Historia al azar: Harry Potter y el Libro Negro
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El pretendiente invisible » Capítulo único
Historia terminada El pretendiente invisible (ATP)
Por Fiera Fierce
Escrita el Viernes 21 de Diciembre de 2012, 01:58
Actualizada el Viernes 21 de Diciembre de 2012, 02:17
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Capítulo único

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  1. Capítulo único
El padre sentó a su hijo sobre su regazo y le dijo:

—Érase que se era un tiempo en que Muerte vestía de negro y esperaba a los incautos a la otra orilla del río; un tiempo en que Vida se trenzaba sus cabellos rubios sentada sobre la rama de un sauce y los elfos no sabían todavía zurcir calcetines. El mundo era viejo ya, pero más joven que ahora, así que los días de invierno eran cortos, pero no lo parecían. Los hombres son los hijos pequeños del mundo: de la tierra, del aire, del fuego y del agua y, para un niño, un segundo puede ser un eternidad. Así pues, un año tenía treinta y un millones quinientos treinta y seis mil eternidades y, por eso, se contaban infinidad de historias que no morían nunca. 

»De entre todas las historias infinitas, la más bella que le contaron al tataratatarabuelo de tu tatarabuelo fue, sin duda, la del Pretendiente invisible. Tan bella era, que, persistente, no ha muerto con el cambio del mundo antiguo al mundo cansado. 

»Cuenta la legenda que en el Valle de Godric vivió una vez un gran alquimista. Tenía una hija de singular belleza llamada Maud y los hombres caían siempre rendidos a sus pies...

—¿Por qué? —interrumpió el niño de repente y las gafas se le resbalaron por el puente de la nariz—. ¿Porque se le daban bien los duelos mágicos? 
—No, hijo, porque era muy hermosa. 
—Ah... Pues no lo entiendo. 
—Algún día lo comprenderás, no te preocupes. Ahora, calla y escucha.
—Vale.
—Maud tenía 16 años e incontables pretendientes. ¿Sabes lo que es un pretendiente? ¿Sí? estupendo.

»Sin embargo, el alquimista no quería compartir el amor de su hija con nadie, así que, con el pretexto de conceder a su pequeña solo lo mejor, comunicó a todos los que querían pedir su mano, que solo se casaría con ella el que probara no tener un solo defecto a sus ojos; todo aquel dispuesto a ponerse a prueba era invitado a cenar en casa del mago durante el solsticio de invierno. Fueron muchos insensatos, magos y muggles, los que lo intentaron, pero el alquimista, que era muy sabio y sabía leer los corazones de las personas, siempre encontraba hasta en el más virtuoso, por lo menos, un defecto.    

»Maud se sentía muy desgraciada porque entendía que todos los seres humanos tenían defectos, hasta su mago alfarero, del que estaba perdidamente enamorada y que solía enviarle mensajes de amor a través de sus figuras mágicas de barro cocido. La doncella lloró amargamente junto al tronco de un viejo sauce la noche que un hada de cerámica, obra de las manos del alfarero, se posó en los faldones su vestido y le susurró que, al día siguiente, el joven se sometería a la prueba del alquimista. 

»No obstante, la Dama del Sauce la escuchó desde lo alto y se compadeció de ella, de manera que pidió a la brisa que soplara y escondiera a la dulce Maud detrás de una maravillosa cortina de ramas y, así, le inspiró una idea. Pasadas solo diez eternidades, Maud sonrió y le suplicó al hada que regresara y la citara con su amado a la orilla del río. Tras marcharse la criatura encantada, corrió Maud hacia su casa y buscó en un arcón hasta dar con su más preciado tesoro: la capa de invisibilidad que le había regalado su padre por Navidad cuando era niña. 

»El alfarero la esperaba junto al río con la esperanza de robarle un beso antes de presentarse ante su padre, pero se lo robó ella a él después de contarle su plan y camuflarlo bajo la capa.

»Después de que la luna se escondiera tras las colinas y saliera y se pusiera el sol, el alfarero se apareció con otros tres caballeros frente del hogar de Maud y uno de ellos llamó a la puerta. Les abrió el alquimista con gesto afable y les permitió pasar. En primer lugar, les señaló el perchero de cristal negro y alargado, a la derecha, para que dejaran sus prendas de abrigo. Los tres caballeros aprovecharon para presentarse mientras tanto, pero el alfarero no se quitó su capa invisible y guardó silencio. 

»Entonces, el padre de Maud los condujo por un largo pasillo de paredes de piedra, sin puertas ni ventanas, alumbrado solo por antorchas y vestido tan solo con una fina alfombra púrpura. Llegaron a un comedor de planta circular iluminado por una soberbia lámpara de araña en el centro del techo, sobre una mesa alargada cubierta por un mantel blanco inmaculado con cubertería de plata. Se sentaron todos menos el alfarero, que quedó en pie, bajo la capa, y guardó silencio. 

»El alquimista inició una conversación al introducirles el menú: estofado de cordero acompañado de vino francés y, de postre, tarta de queso con mermelada de arándanos. Todos asintieron, conformes, y se sirvieron, con apetito. Todos menos el alfarero, que se relamió bajo la capa, pero guardó silencio.  

»Al acabar la cena, el alquimista se dirigió al primer caballero del siguiente modo: 

»—Vos, Sir Bainard, habéis colgado vuestra capa en primer lugar, habéis caminado por delante de los demás por el pasillo y os habéis servido también el primero; siempre queríais hablar el primero durante la cena —hizo una pausa—. Sois de naturaleza impaciente y soberbia y no sois digno de mi hija. 

»Cuando el alfarero pensó que había terminado, el alquimista miró al segundo caballero.

»—Vos, Sir Garin, habéis colocado vuestra capa del revés sobre el perchero. También habéis tropezado con una arruga de la alfombra del pasillo y habéis derramado una gota de vino sobre el mantel al serviros —explicó para después añadir—: Además, habéis balbuceado en una ocasión durante la cena, así que he deducido que sois una persona torpe y descuidada y, por eso, no me parecéis digno de la mano de mi hija. 

»Después, miró al tercer caballero, al que fulminó con la mirada: 

»—Por último, vos, Sir Perroy, me habéis hecho dudar hasta el final. La sonrisa maliciosa que ha aflorado a vuestros labios al escuchar el dictamen sobre vuestros compañeros os ha delatado: os complacéis con el infortunio de los demás y eso os hace indigno del amor de mi hija. 

»El alfarero, a todo esto, no se movió bajo la capa y guardó silencio. 

»El alquimista, después de dar su veredicto, acompañó a Sir Bainard, Sir Garn y Sir Perroy al exterior seguidos por el alfarero y les cerró a todos la puerta en las narices, dichoso de haberse librado una vez más de una boda no deseada. Sin embargo, el día de Navidad, muy temprano, llamó al la puerta el alfarero, esta vez sin capa, y lo recibió el padre de Maud en camisón y gorro de dormir, con cara de malas pulgas. Acudió también su amada a recibirlo, con alegría.

»—¿Quién sois vos y a qué venís? —preguntó el alquimista.

»El alfarero le dio su nombre y le explicó que venía a desposar a su hija Maud y el alquimista replicó de mala manera: 

»—La prueba fue durante el solsticio de invierno. Esperad al año que viene. 
»—Yo pasé la prueba. Solo han pasado unos días, ¿no os acordáis ya? Vuestros ojos no vieron defecto alguno en mí.

»Maud sonrió.

»— Mentís. Si estuvisteis esa noche, ¡demostradlo!
»—De acuerdo. Hacedme entonces cualquier pregunta sobre la velada y os contestaré la verdad.
»—Muy bien, pues... ¿De qué material está hecho el perchero de mi vestíbulo?
»—De cristal.
»—¡Podéis haberlo visto por la ventana! Ahora fallaréis seguro. ¿De qué color es la alfombra del pasillo que conduce al comedor? 
»—De color púrpura.
»—Has tenido suerte. ¿Qué había en el techo del comedor? 
»—Una lámpara de araña.
»—¡Cómo en tantas otras casas! ¿Cuál fue el plato fuerte del menú? 
»—Estofado de cordero.
»—Te lo puede haber contado algún pinche de cocina ese día; ya me enteraré de quién ha sido... ¿Qué defectos había sentados a la mesa? —preguntó el alquimista, entrecerrando los ojos.
»—Había soberbia, torpeza y malicia, pero además, había celos y mala memoria.
»—Eran los celos y las mala memoria de vuestra parte entonces.  
 
»El alfarero sonrió.

»—No señor, yo no estaba sentado a la mesa. 

»El alquimista se puso rojo de rabia al darse cuenta de que el alfarero hablaba de él, pero antes de poder contestar, intervino su hija: 

»—Padre, ¿puede ser que no os acordéis de este joven? ¡Si es evidente que estuvo aquí! Va a ser que no sois digno de mí. 

»El alfarero y la doncella se echaron a reír y el alquimista supo leer en sus corazones para rendirse finalmente ante la evidencia. Se dio cuenta de que el joven se había escondido bajo su vieja capa invisible con la que él tantas veces había guardado a su hija de los peligros, pero, además, comprendió que el amor de Maud no era una posesión exclusiva del que uno pudiera disponer a su antojo, sino que, como aquella capa, era un don: un regalo que pasa de mano en mano de una forma casi mágica o, quizás, de la más mágica de las maneras.

—Papá... ¿ese es el final del cuento? —preguntó el niño con el ceño fruncido. 
—Sí —asintió su padre y le revolvió el caballo negro azabache.
—¿Pero se casó el mago alfarero con la hija el alquimista? 
—Eso parece.
—Ah, ¿y ya puedo ver mi regalo de Navidad?
—Sí, ahora sí. Como te había prometido. 
—¿Y dónde está?

El señor Potter se sacó de la espalda un paquete delgado envuelto en papel de regalo y sonrió.

—Feliz Navidad, James. —Le tendió el paquete a su único hijo con cariño y el pequeño lo agarró, ilusionado y lo desenvolvió en un santiamén. —Ha estado en nuestra familia durante generaciones y generaciones. 

El niño tocó aquella tela del tacto de la seda y exclamó, emocionado:
—¡Hala! ¡Es una capa de invisibilidad! ¿Es la del alquimista? 
—¡La misma! —respondió el señor Potter dejándolo en el suelo—. Y la que Maud le regaló al alfarero, como te la regalo yo a ti. Espero que tú, algún día, puedes regalársela también a la persona que más quieras.
—¡Qué pasada! ¡Gracias, papá!
—De nada, James. Úsala bien. 

  

 N.d.a.

Las referencias a Vida y Muerte, hablan del tiempo de los tres hermanos, con lo que quería dar a entender que el retorcido alquimista no era otro que Ignatus Peverell. Espero que os haya gustado mucho el cuento y os deseo a todos una muy feliz Navidad.  



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