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Viajando a un tiempo Merodeador » La magia es de verdad
Viajando a un tiempo Merodeador (R13)
Por Arriane
Escrita el Lunes 3 de Diciembre de 2012, 19:18
Actualizada el Viernes 25 de Enero de 2013, 18:26
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La magia es de verdad



Una única lágrima se deslizó por su rostro, avisándole cruelmente de que todo lo que ocurría era real.

Cerró los ojos fuertemente, sin poder creérselo todavía. Su única familia había muerto, quedando así ella sola. Llevaba con su abuela apenas un año después de quedarse huérfana, y ya la habían dejado sola de nuevo.

Y ahora ella iría a un orfanato. Teniendo los dieciséis años que tenía, nadie la iba a adoptar.

Recordó la conversación que había tenido apenas unos días antes con su abuela.

 

 

-Annie, ¿Puedes prometerme algo?-le preguntó.

 

-Claro, abuela. ¿De qué se trata?

 

-Nunca pierdas la esperanza.

 

A ella aquello la pilló por sorpresa.

 

-¿Qué?

 

-Ann, cariño, tú que tanto hablas de ese Parry Otter…

 

-Harry Potter, abuela.

 

-Eso, eso; ¡qué más dará! Pues que tanto andas que con ese jovenzuelo que hace magia… nunca pierdas la esperanza de que la magia es de verdad. Aunque sea en las cosas pequeñas.-le dedicó una amable sonrisa, de esas que sólo las abuelas pueden dar- Ah, ¿dónde he dejado yo mi calcetín verde?

 

Ella sonrió. Ya se había vuelto a desviar del tema. Pero no le dio a aquello más importancia.

 

 

Volvió a abrir los ojos. Deseó haberle prestado más atención a su abuela, decirle que la quería. Posó una rosa blanca donde reposaría su abuela para siempre, y siguió al notario.

 

-Bien, señorita White… no hace falta decirle que su abuela le ha dejado toda su herencia, exceptuando una pizca de dinero a la ama de llaves.

 

Anne se levantó, dispuesta a irse, cuando el notario volvió a hablar:

-Espere. Hay una nota en la que no había reparado. Dice así: cuando hayas perdido la esperanza y no tengas nada que perder, la respuesta necesaria la encontrarás en mi relicario.

 

El notario inclinó hacia abajo la cabeza, para verla bien.

 

-¿Sabe usted qué quiso decir con esto su abuela?

 

Ella negó con la cabeza, más por guardar las apariencias que por nada más. No estaba segura de qué significaba, pero de lo que sí estaba segura era de que lo descubriría.

 

 

 

La mañana de la partida, después de desayunar y prepararse, Annie subió a su habitación por última vez para coger el equipaje.

Recorrió la madera de la puerta con los dedos, con suavidad, dando paso a recuerdos no bienvenidos.

 

Agarró con una mano el asa de la maleta y con la otra una bolsita que tenía pensado guardarse en el bolsillo de los vaqueros.

Se le cayó, y apoyándose en su maleta se inclinó para coger de nuevo la bolsa.

El relicario estaba en el suelo. Era un bonito guardapelo con una rosa grabada en una cara. Se le había olvidado completamente.

Alargó la mano para aferrarlo; y sin embargo, al tocar la suave plata sintió una sacudida y todo giró a su alrededor.

 

Cayó al suelo, y esperó unos momentos para recuperarse. Parpadeó confusa, y apoyó las manos en el suelo.

Sin embargo, no era madera lo que tocó. Era hierba.

Se incorporó a duras penas, y un grito le nació de la garganta al ver dónde se encontraba.

Un gran castillo negro, con torres y torrecillas, almenas, un gran campo detrás.

Hogwarts.

 

 

La sorpresa dio paso a la incredulidad. ¡Estaba en Hogwarts! Una carcajada de felicidad se le escapó.

Había sido el relicario de su abuela.

 

-¡Es un traslador!-se sorprendió.

 

Aquello significaba que su abuela había sido una bruja. Cerró los ojos y una sonrisa le adornó los labios.

Recogió el relicario, con cuidado de no tocarlo directamente. Agarró la manilla de su baúl, y anduvo por los jardines, recordando las descripciones de los libros para encontrar una entrada.

Merodeó por los oscuros pasillos, ya que casi era de noche, iluminados con antorchas.

Iba tan absorta mirando el castillo, que chocó contra alguien.

 

-¡Au!-se quejó.

 

El chico con el que había tropezado esbozó una sonrisa y le tendió una mano. Ella se la agarró, y se impulsó hacia arriba.

Se quedaron a escasos centímetros, y Ann abrió la boca con incredulidad al encontrarse con esos ojos que tantas veces se había imaginado.

La descripción del libro no le hacía justicia en absoluto.

Se soltó con rapidez, volvió a coger la maleta y salió de allí corriendo.

 

-¡Eh!

 

Annie apretó los dientes, pero no se giró y continuó su carrera.

Cuando estuvo segura de que no la seguía, se apoyó en una pared y descansó un rato.

Oh, dios mío. No se podía creer dónde había acabado. Enterró la cabeza entre las piernas, desesperada, y esperó a que su pulso volviese a su velocidad normal; pero fue imposible.

Un sollozo se le escapó.

 

-¿Estás bien?

 

Ann levantó la cabeza. Un suspiro ahogado se le escapó al ver quién tenía ante sí. Unos ojos dorados la miraron con interés.

 

-¿Estás bien?-repitió-No te he visto antes por aquí.-le dijo, sonriendo con extrañeza.

 

-Sí, gracias.

 

Él le tendió la mano, que ella estrechó.

 

-Remus Lupin.

 

La chica tomó aire.

 

-Anisse White.

 

Una carcajada se le escapó al chico. Anisse lo miró interrogante.

Él negó con la cabeza, y le ofreció de nuevo la mano, esta vez para que se levantase.

 

-¿De dónde vienes?

 

-Aaam… yo… Salem. De Salem.-le respondió con nerviosismo.

 

A Remus no se le escapó esa duda, pero sonrió.

 

-Tengo que ir a ver a Dumbledore. ¿Me puedes llevar a su despacho?

 

-Claro. ¿Quieres que te ayude con el equipaje?

 

-Ah, no, gracias.

 

Ann suspiró. Era tan caballeroso como lo describían en los libros.

Él le condujo por los pasillos, mientras ella miraba con admiración los estandartes de las cuatro casas.

Le dijo la contraseña (caldero de chocolate), y ella subió con una emoción creciente en el pecho.

 

Tocó con los nudillos, y una amable voz dijo "Adelante".

Annie enfocó su vista con rapidez hacia Dumbledore. Pelo blanco, ojos azules detrás de unas gafas de media luna, las yemas de los dedos apoyadas entre sí, y ligeramente inclinado hacia delante.

El director le ofreció con un ademán de la mano que tomase asiento, y después de que ella lo hiciera, la escrutó con sus ojos azules.

"Harry tenía razón", pensó Annie, "sus ojos son como Rayos X".

 

-Cuéntame tu historia, por favor.-su voz tenía un deje de amabilidad, pero era a la vez autoritaria.

 

Annie se la contó, adquiriendo confianza a cada palabra que soltaba.

 

-Mmm… interesante. Mucho, en verdad. ¿Y dices que Harry Potter es hijo de la señorita Evans y el señor Potter?

 

-Así es. Y él está marcado por una pr…

 

El anciano alzó la mano.

 

-No. No me cuentes más. No debo saber más, podrías revelarme cosas demasiado importantes. Aun así, debo decir que la curiosidad me come por dentro.-añadió, con una sonrisa.

 

Anisse no pudo evitar sonreír también.

Dumbledore rebuscó algo en su túnica, y después de unos segundos, le tendió su varita.

Ella extendió su mano, indecisa.

 

-¿Puedo?

 

-Por supuesto, ése era mi propósito.

 

Annie aferró la varita, todavía con algunas dudas. ¿Y si no hacía nada mágico con la varita y Dumbledore la obligaba a irse? Pero apretó más fuerte la varita, y probó el primer hechizo que le vino a la cabeza.

 

-¡Aquamenti!

 

Un chorro de agua salió disparado de la varita y, para sobresalto de Annie, mojó al fénix de la percha.

 

-¡Oh! Perdona, Fawkes.

 

El pájaro se sacudió el plumaje, ahora mojado, y soltó un graznido que se pudo interpretar como un sarcástico: "No importa".

Los ojos de Albus Dumbledore brillaron un momento, pero no dieron más muestras de sorpresa porque la muchacha supiera el nombre del fénix.

Anisse sonrió, satisfecha, y devolvió la varita al director.

 

-Bien. ¿De Salem le has dicho al señor Lupin que vienes?-ella asintió-Me parece perfecto, sigue con esa historia. Supongo que ya tienes la información necesaria para saber que tienes que ser seleccionada para una casa.

 

Ella asintió, sintiendo que la emoción crecía en su interior. ¡El Sombrero Seleccionador sería posado en su cabeza!

 

-Pero ahora es demasiado tarde, sólo te daré el uniforme del colegio y mañana serás seleccionada a una casa por la profesora McGonagall-la chica se permitió alzar las cejas ante aquella maravillosa perspectiva- y, se te concederá una varita. Estarás en Hogwarts hasta que descubra la manera de devolverte a tu época.

 

Annie asintió.

 

-Gracias, profesor.

 

Albus negó con la cabeza.

 

-Ya que al primer alumno que has conocido ha sido un Gryffindor, me parece apropiado que duermas en la Sala Común de los leones.

 

Annie se levantó, y se dirigió a la puerta después de despedir a su nuevo director.

 

-¡Ah! Y, señorita White…-ella giró la cabeza-¿Usted es muy fan de… los libros de Harry Potter?

 

Ella asintió.

 

-Entonces, espero que disfrute viviendo la historia en primera persona.

 

 

Al bajar por las escaleras, Anisse se permitió suspirar y sonreír, feliz.

 

-¿A qué se debe esa sonrisa encantadora?

 

La chica abrió los ojos, sobresaltada, y se encontró con unos ojos dorados.

 

-¡Remus! ¿Te has quedado esperando a que bajara?

 

Él se sonrojó, y asintió.

 

-Pensé que como eres nueva y no tienes idea de cómo llegar a las Salas Comunes…

 

-Ah, ¿y tú si? Tenía entendido que eras de Gryffindor, sólo de Gryffindor.

 

-Es que yo tenía la esperanza de que fueras Gryffindor.-inventó a toda prisa.

 

Annie asintió, aunque no se había tragado su excusa. Estaba segura de que él sabía dónde estaban con exactitud todas las Salas Comunes, gracias a cierto mapa.

 

-Pues no, todavía no me han seleccionado. Tengo que esperar a mañana.

 

-Espero que quedes en mi casa.

 

-Y yo.-sonrió ella.

 

-Sin no conoces las demás casas ni sus cualidades.-se extrañó Remus.

 

-Es que si todos son como tú, seguro que es la mejor casa.-bromeó, pensando en lo poco que había faltado para que la pillara- No, en serio, al menos te conozco y no será tan horrible.

 

Remus sonrió, convencido. Annie descubrió que no le gustaba mentir a Remus. Sentía que le conocía desde hace mucho tiempo, a pesar de acabarlo de conocer en persona.

 

Fueron a la torre de de Gryffindor, charlando alegremente. A Remus le cayó bien aquella chica que parecía tan simpática, inteligente, y que era guapa.

El pelo negro le caía en suaves ondas, poseía una sonrisa acogedora y unos ojos grises creaban un conjunto que la hacía muy atractiva.

Remus sonrió, al darse cuenta de que era igual que Sirius, solo que su versión femenina.

 

Remus aportó el santo y seña, y dejó que Annie pasara primero.

La chica se sintió en casa. Era igual a como se la había imaginado, cálida y acogedora. Roja, por supuesto, con unos sillones mullidos alrededor del fuego, algunas mesas aquí y allá, cuadros parlantes (algunos roncando, otros hablando), y una snitch volando incansablemente.

 

-¿Te gusta?-preguntó Remus, de nuevo a su lado.

 

-Me encanta.

 

Annie le sonrió, cosa que el licántropo correspondió.

 

-Los dormitorios de las chicas son a la izquierda por esa escalera de caracol.-le indicó, señalándolo.

 

-Gracias, Remus.

 

-Es sólo una indicación.-rió él.

 

-No es sólo eso, me has ayudado cuando estaba sola, y has resultado una compañía muy interesante.

 

Le dirigió una mirada tan llena de cariño, como si se conocieran de toda la vida, que Remus no pudo evitar darle un abrazo.

Annie se sorprendió por su gesto, pero le abrazó igualmente y le dio un beso en la mejilla antes de irse a su habitación.

 

Allí, observó que las chicas con las que iba a compartir habitación por esa noche (y, quién sabía, quizá los siguientes meses) estaban ya dormidas.

Descubrió su baúl al lado de una cama vacía, y se tiró lo más silenciosa que pudo, pero no pudo evitar soltar una risa.

Se revolvió incómoda, y descubrió su uniforme, perfectamente doblado.

Lo posó en el alféizar de la ventana, que estaba al lado de su cama, y se sentó, en la oscuridad que no era completa gracias a la luna, y rebuscó en sus bolsillos y en la maleta para encontrar el relicario.

Pero allí no estaba.

Anisse no le dio más vueltas y se cubrió con las mantas, pensando en todo lo que le había sucedido.

Los pensamientos eran confusos, y se arremolinaban en su mente, intentando cada uno ocupar una posición superior en su cabeza.

Una cosa era segura: no iba a desaprovechar su estancia allí.

 

 

























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