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Historia terminada Contar hasta diez (R15)
Por MeltedSound
Escrita el Domingo 30 de Septiembre de 2012, 15:04
Actualizada el Domingo 30 de Septiembre de 2012, 15:06
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De cero a diez

Capítulos
  1. De cero a diez

-No me gusta esto-murmura, después de un silencio incómodo-el tiempo está cambiando. Muy deprisa, de repente.

 

El cielo se ha teñido de gris oscuro, del color del basalto, y el viento hace acto de presencia rápidamente, jugando no sin brusquedad con los cabellos castaños de Ema y los rubios de Redic, el hijo mediano del alcalde del lugar.

 

La hierba alta, (que también baila con la desagradable canción del viento) les tapa a ambos las viejas botas. Están sentados sobre una piedra enorme de un blanco sucio, en el que entre algunas muescas grandes, descubrieron hace unos pocos años pequeños restos metálicos de lo que en un tiempo se había llamado Avión. Aprendieron en la escuela que era un aparato gigante que surcaba los cielos majestuosamente, con humanos dentro y a su mando.

 Lo más grande que Ema ha visto volar, había sido un halcón no hacía mucho, el día de su diecisiete cumpleaños.

 

Los jóvenes observan como el tiempo se va enfadando poco a poco, lentamente, como el humor de un hombre gruñón lo hace cuando una conversación toma un rumbo no deseado.

 

-Siempre lo hace, Ema. Es mejor hacerse a la idea. Estamos a punto de entrar en Noviembre y ya se acercan los tiempos difíciles-hizo una pausa y añadió, sombrío-y yo diría que ya están aquí.

 

Ema juega con sus manos, nerviosa.

 

-Tardaron tanto en llegar que un poco...por un momento pensé...pensé que era posible que el verano durara para siempre.

 

Redic la mira con condescendencia. Ema odia cuando la miran así. Acostumbrada a ser la hija mayor, y por ello, la responsable de sus hermanos pequeños cuando sus padres o Damen, la cuidadora de su hermano, no están en casa, nunca fue tratada como una muñeca de porcelana, frágil e indefensa. Hanne, su hermana, tenía trece años, pero su mente sospechaba que debía de ir por los tres, como la edad de su hermano pequeño, Antré.

 

Endurece su rostro, se levanta casi de un salto y lo mira desde arriba, imponente.

 

-Claro, había olvidado que tú no vives con miedo. Mírate...uno de los hijos del alcalde, y con La Muralla  justo pegada a tu casa. ¿Porqué habrías de tener miedo, me pregunto, si no tienes más que privilegios? serás el último en el que fijen Los Malditos.

 

Siempre había querido decirle eso. Desde el inicio de la primavera, cuando él empezó a acercarse a ella, buscando algo que Ema podía intuir, pero que de momento, sólo era amistad.

 

Redic se estremece, y parece tan frágil como una hoja mustia.

 

-No los llames así. Está prohibido, Ema, y lo sabes.

 

-¿Quién está aquí para oírnos?- desafía.

 

Y el viento responde, azotando sus rostros y sus ropas con más ímpetu.

 

-Eres una buena corredora- dice Redic, levantándose también y ajustándose la bolsa marrón a la espalda- siempre te salvas de las primeras. No deberías temer nada.

 

-Soy una buena corredora porque vivo lejos de la muralla, precisamente por eso. Y ahora vámonos, antes de que anochezca. Llegar al pueblo lleva tiempo.

 

Minutos después, el corazón les oprime el pecho cada vez más fuerte, avisándoles de que algo no va bien. Los peores temores se reflejan en los rostros de los comerciantes de las calles por donde pasan. Lo que en épocas soleadas es un mercado hecho y derecho, con incluso a veces música amenizadora de la mano de aficionados, se convierte ahora en un funeral en el que, de momento, no hay ningún muerto. Todos actúan ahora más despacio, más lentamente, y mucho más silenciosamente, dominados por el terror. Los ojos de Ema se llenan de lágrimas más de rabia que de miedo, mientras recuerda cosas que es mejor no recordar, pero conviene recordarlas, para sobrevivir.

 

-A veces- murmura Redic, mientras atraviesan la plaza del pueblo, abarrotada pero ahora silenciosa- me gustaría saber como era aquel tiempo en el no vivíamos bajo la opresión de monstruos, donde éramos una civilización avanzada. Donde la gente no callaba en días como estos.

 

Un trueno se oye a lo lejos. Ema toma casi involuntariamente la mano oscura y callosa de Redic.

 

Se escucha un grito agudo y desgarrador. Ema gira la cabeza rápidamente. Una niña de unos ochos años, delgada y de pelo negro graso se tapa los oídos, chillando desconsolada.

 

 Sus sospechas se han hecho realidad. El buen tiempo ha acabado.

 

Y con él, la tranquilidad.

 

De alguna manera, como que la sangre fluye más espesa y el aire es más irrespirable. Y lo saben. De alguna manera lo saben.

 

Ellos estarán llegando ya.

 

 

-Corre, Ema- dice Redic, tirando de ella con brusquedad.

 

 

Todo el pueblo empieza a correr hacia el mismo punto. Todos en la misma dirección, y el silencio instalado no hacía ni cinco minutos atrás se convierte en gritos de pánico e instrucciones a voces. Y llamadas a familiares.

 

 

Ema se pregunta donde estarán sus padres, Hanne, Antré…siempre es lo mismo.

 

 Aquel momento es llamado La Caza. Cuando llega el frío, la tormenta y su hambre, su sed de sangre aparece también. Todo el pueblo tiene una posibilidad de salvarse, pero sólo una.

En el centro del pueblo está la muralla. La muralla es una vaya enorme de plata que los protege del ataque del ataque de los nombres. Cuando Ema nació estaba allí, y allí seguirá siempre.

 

Ya nadie se enfrenta a los vampiros. Hace tiempo prefirieron hacer un pacto para que sólo el más débil pereciese. Porque alguien tenía que morir...

 

Esta vez Ema tiene suerte, y, sin soltarse de la mano de Redic, del que tira para que siga su ritmo, entra con un pelotón de gente en la muralla.

Sale corriendo, soltando a Redic, que ya está a salvo, buscando una cara conocida para ella.

 

-¡Mamá! ¡Papá!-grita, para que su voz se alce por encima de las demás. La gente empuja, y una señora con un delantal lleno de sangre lo hace con mucha fuerza y la tira al suelo. Le ha manchado la chaqueta. Es la carnicera, que busca a su hijo, desesperada. No es la única. La gente le pisa el pelo y alguien le golpea la cabeza. Se levanta como puede, dolorida. Está atrapada entre la multitud. No puede avanzar. Pero sigue gritando.

 

-¡Ema!- logra escuchar entre la multitud, después de un tiempo.

 

-¡Hanne!-responde, desorientada.

 

Unas manos pequeñas la agarran por detrás, con fuerza. Se da la vuelta y se encuentra con su hermana pequeña. Está llorando desconsoladamente.

 

No tiene tiempo de alegrarse de verla.

 

-Papá, Mamá, Antré- sólo dice, agarrándola con fuerza de los antebrazos.

 

Hanne balbucea.

 

-Ella tenía que traerlo, traerlo...-dice.

 

No se sueltan mientras las golpean.

 

-¡¿Quién?! ¡¿A quién?!-exclama.

 

-¡Damen, a Antré! ¡¡Ella estaba con él y no lo ha traído!! ¡¡Esa estúpida lo abandonó!! En casa...lo abandonó.

 

El mundo de Ema se congela por un momento. Damen era egoísta, codiciosa y poco trabajadora. Pero era barata, y su familia no podía gastar mucho dinero en nada, y menos en alguien que cuidara de Antré, cuando podían hacerlo Ema o Hanne.

 

Y la familia había pagado su error  ahora, de la peor de las formas.

 

¿Cómo se podía ser tan egoísta? ¿Como, cuando la vida de un niño de tres años y medio estaba en juego? se lo imagina en manos de los montruos...más indefenso que nadie.

 

" Hace tiempo prefirieron hacer un pacto para que sólo el más débil pereciese. Porque alguien tenía que morir... "

 

La conmoción de Ema se transforma en rabia infinita, apretando las mangas de la chaqueta de su hermana, hasta que los nudillos se le ponen blancos.

 

Gotas de agua comienzan a caer sobre ellas. La visión de Ema se vuelve blanca por un momento. Tres segundos después, un truena resuena furioso en el cielo.

 

-Mamá y Papá, donde están-pregunta, sin preguntar realmente.

 

La multitud se empieza a organizar, ya no se mueve tanto.

 

-N-no lo sé. Estarán

b-buscándonos-responde, sin fuerzas.

 

Por los ojos verdes de Ema cruza una determinación peligrosa.

 

-Escúchame, Hanne. Busca a Papá y Mamá. Que no se enteren ¿me oyes? ¡Que no se enteren!

 

Asiente, nerviosa. Llorando.

 

-Y si ves a Damen, por Dios, házselo pagar. Haz que sufra- le ordena sin ocultar odio.

 

La besa en la mejilla, rápidamente. Suelta su agarre y echa a correr. En una dirección  que inmediatamente discrepa a gritos su hermana.

Aparta a la gente con brusquedad, incluidos a algunas de las personas que considera sus amigos. Pero en ese momento no ve a nadie más que a su propósito, y todavía está muy lejano e invisible.

 

Por fin sale del tumulto de gente, y el aire se le hace demasiado helado y demasiado respirable. Tanto que se le hace insoportable inhalar. Huele a una sustancia fuerte, como el olor de gasolina pero diez veces mayor. El alcalde, el padre de Redic, se apresura a cerrar las puertas  de La Muralla, Ema lo interrumpe por un instante cuando se cuela por la gran puerta y la cierra ella misma, de un portazo.

 

El padre de Redic no tarda en reaccionar.

 

-¡Ema! ¡¿Qué estás haciendo?!- casi le grita, alarmado. Y eso que era muy difícil hacerle perder los nervios.

 

-No creo que sea muy prudente dejar la entrada abierta. Pienso tardar un poco, señor- responde, alzando su voz para que le oiga bien.

 

 

Sin esperar respuesta echa a correr. Ni siquiera el alcalde, o el gobernante, o lo que fuese ese hombre que en realidad no servía para nada (porque todos sabían que no eran más que alimento con sentimientos) le impiden correr a una muerte segura, porque eso implicaba peligro para el rescatador también.

 

No es que Ema no tuviera claro eso. Pero se trataba de su hermano, que ni siquiera puede ser consciente del mundo cruel en el que vive.

 

Juraría que oye los gritos desesperados de Redic, gritando su nombre. Nunca lo quiere tanto como en aquel momento, en el que corre por las callejuelas solitarias, sin compañía.

 

Frío. Calor. Frío. Calor. Esa es la sensación horrible que siente en aquel momento. Cuando hace calor el aire es irrespirable, y cuando se vuelve frío, le congela desde las fosas hasta los alvéolos. Ignora el resto de sensaciones corporales, que en aquel momento, no pueden detenerla. Nadie podía haberle dicho como cambiaba el ambiente cuando una de ellos andaba cerca, porque nadie nunca había sobrevivido para contarlo.

 

Se detiene un momento, respirando fatigosamente. Se desabrocha la chaqueta. Procura que el sonido agudo de una risa, que corta el aire como cuchillo al papel y puede haberla matado en aquel instante, no la frene. Resbala de sus brazos. Agarra la prenda y la estampa con fuerza contra la piedra de la casa más cercana, y la arrastra con insistencia por la pared, como intentando quitar una mancha. La poca sangre empieza a quedar pegada en ella. Cuando considera que no puede hacer más, echa a correr, y esta vez de verdad, con toda su vida. La casa de una de las maestras de la escuela tiene una ventana abierta. Lanza la chaqueta marrón con fuerza al interior. Y cambia de rumbo, repentinamente.

 

Eso puede que los despiste. O eso le dijeron que hiciera si por un casual se encontraba en una situación como esa. Nadie creyó necesitar esos consejos jamás, pero Ema es atenta por naturaleza. Y muy inteligente.

 

Se desvía por calles y calles hasta llegar a una de casas de personas medianamente acomodadas. Ema casi no ve nada del mareo y aturdimiento. Pero está ahí, por fin. Su casa.

 

Los oídos le pitan tanto que se lleva las manos a ellos, dolorida.

 

Una voz terrorífica, aguda y silbante, parece hablarle desde el interior de ella misma. Está cantando…alguien está cantando, con voz infantil y retorcida.

 

Uno, dos…

 

-¡Tré!- llama desesperada, procurando ocultar hasta su mínimo atisbo de miedo- ¡Tré, ¿dónde estás?!

 

No aprendiste la lección.

 

Llega rápidamente a la puerta de su casa y casi echa la puerta abajo, pero esta cede antes de que eso ocurra.

 

-¡Tré! ¡Tré!

 

Un niño llora escaleras arriba. Ema las sube de dos en dos, se tropieza en la mitad. Acto seguido, se incorpora con agilidad.

 

Antré grita en el piso de arriba. A Ema le sangra el corazón.

 

Tres, cuatro…ya  no estás a salvo-canturrea la voz.

 

-¡Suéltale!- grazna, cuando llega al rellano del segundo piso

 

-¡Ema!- la llama su hermano. El cuarto de sus padres. Está en el cuarto de sus padres. Cruza el pasillo y entra precipitadamente, sin saber qué va a encontrarse.

 

No hay nadie. Nadie más que el pequeño, que se ha escondido el armario, entre las ropas de invierno. Sale de su escondite en cuanto ve a su hermana mayor entrar en la habitación.

 

En segundos, se abrazan desesperadamente. Él está vivo, piensa Ema. Pero sacarlo de allí es casi imposible.

 

-Tré- murmura entre lágrimas y sollozos- no llores, Tré…por favor…

Los gritos del niño los delatarán. Enreda la mano en los pequeños rizos castaños del  pequeño, y con la otra rodea su baja espalda, protectoramente.

 

Vuelven a oírlo a él.

 

Cinco, seis…cuidado con lo que hacéis.

 

Puede notar como él se estremece tanto como lo hace ella.

Dice lo primero que se le viene a la mente.

 

-Vuelve a esconderte- le ordena, mirando por lo que cree que es la última vez a los ojos también verdes de Antré, rojos del llanto- ahora mismo- añade, severamente.

 

No le desobece. Es demasiado pequeño para preocuparse por la seguridad de las demás personas. Y es más fácilmente manipulable. Su cuerpo delgado y pequeño desaparece entre los abrigos. No cree que eso funcione, pero…

 

Siente, ocho…tu mayor deseo, a cambio de todo.

 

Parece una canción de niños.

 

Y depende lo ve. Reflejado en pequeño en las lágrimas de Tré, y casi a tamaño real en el trozo de cristal pegado al armario. El monstruo. El vampiro. El amo de todos los habitantes del pueblo. Al menos uno de ellos. Quizá vengan más ahora.

 

No es tan feo como lo había imaginado, e incluso parece un humano. Sólo su cuerpo. Su rostro es completamente antinatural. Pero desde luego no es agradable.

Si Ema intenta respirar se ahoga. Aquel olor tan desagradable se introduce en ella y es como veneno.

 

Los pasos de aquella criatura ni siquiera se oyen. Pero Ema ve como lentamente se aproxima. Cierra los ojos, temblando, como las hojas en aquella estación.

 

Antré ya no llora. Y Ema no se cree capaz de pronunciar palabra.

 

El vampiro se agacha despacio, y le susurra a su oído, con esa voz tan fuera de este mundo.

 

-¿Cuál es tu mayor deseo?- pronuncia, lentamente. Como si aquel juego le divirtiera tanto que deseara hacerlo lo más despacio posible. No está bien jugar con la comida- te lo daré, si es posible.

 

A Ema se le encoge el corazón. Nunca se creyó capaz de decir lo que iba a decir. Por supuesto siempre había pensado que era lo más correcto, lo más heroico, y lo que estaba mejor. Pero siempre había supuesto que si llegaba el momento, nunca lo haría.

 

Sin embargo, las palabras salieron casi solas.

 

-Que a él no le pase nada. Déjalo vivir.

 

Habría jurado que chasqueaba la lengua, si es que la tenía.

 

-Lástima, me habría gustado teneros a los dos.

 

Un alivio infinito inunda  a Ema. Ha conseguido lo imposible. Salvar a Tré.

 

De pronto le vienen a la mente todas las fortunas que las familias de muertos a causa vampiros habían tenido después de las mismas. No habían sido casualidad.

 

Un deseo, a cambio de una vida.

 

A Ema no le asusta tanto morir. Ya no. Ya no le asusta tanto.

 

-Corre, niño- murmura él, sin alterarse.

 

Antré sale de su escondite y huye de la habitación corriendo. Ahora es intocable.

 

Las piernas de Ema, que estaba en cuclillas, flaquean y las rodillas se le estampan contra el suelo. Está llorando desconsoladamente, por un poco de todo. Piensa todo, y en nada a la vez. Solloza.

 

Aquel ser horrible aparta el pelo hacia un lado, dejando al descubierto su cuello, largo y oscuro. Le duele todo y su cabeza está a punto de estallar. Grita cuando aquella canción desagradable acude a su ser de nuevo.

 

Nueve, diez…todos me pertenecéis.

 

Clava sus colmillos, afilados como pinchos, en el cuello de Ema. Los arrastra, como ella arrastró aquella chaqueta por la pared, terminando de desgarrarla.


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NUNCA SUBESTIMES EL AMOR DE UN HERMANO MAYOR.

 

 

 

 

 

 

 

 



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