Historia al azar: Problemas amorosos
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Toujours pur... cueste lo que cueste » Wingardium Leviosa
Toujours pur... cueste lo que cueste (R13)
Por Violet Boudrilliard
Escrita el Domingo 26 de Agosto de 2012, 02:33
Actualizada el Martes 11 de Septiembre de 2012, 15:59
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Wingardium Leviosa

Tres años contaba Misapinoa cuando el segundo nieto de los Sres. Black fue alumbrado, nueve cuando el tercero. Ambos concebidos en condiciones que no podrían haber sido más distintas que las del día del nacimiento de la primogénita. Un fulgurante sol, comadronas experimentadas y ánimos relajados acompañaron a los niños el día que sus vidas dieron comienzo.

Después de todo, no habría un gran cambio para ellos a lo largo de los años, especialmente para Cygnus, el hijo del medio, el primer y sumamente ansiado varón. Sus deseos y caprichos fueron concedidos y creció bajo las tiernas miradas de su madre y de sus tías, que lo mimaban siempre que podían. Teniendo en cuenta estas circunstancias, y el hecho de que hasta su hermanito, Arcturus, lo admiraba, era de esperar que la idea de que era un ser asombroso se asentara en su cabeza desde una muy tierna edad.

Muchas cosas más contribuyeron a ese pensamiento, como la belleza que cada día se hacía más presente en él y las habilidades mágicas que demostró algunos años antes de lo que era habitual.

Esto también creó un gran contraste con su tío Eduardus, que vio caer sobre él las situaciones más oscuras cuando a su hermana Phoebe tuvo la oportuna idea de mencionar la aparente falta de magia en su hermano menor, que entonces contaba nueve años.

No fue un cambio inmediato, pero Eduardus no pudo dejar de notar las pequeñas cosas que no volvieron a ser las mismas.

Si era posible que Phoebe fuera más desagradable con él… bueno, el niño vio sus dudas resueltas.

Si era posible que su padre le dedicara menos atención y su madre más miradas inquietantes… también obtuvo la respuesta a ese interrogante.

No importaba que cada tarde se encerrara en su habitación y tratara en vano de hacer levitar sus juguetes de madera. No importaba que tuviera bien presente la imagen de su sobrino, al cual le llevaba ocho años, cuando éste había dado su primera muestra de magia. ¡Si incluso había pronunciado las palabras correctas!

¡Wingardium Leviosa!

Dos palabras. Dos palabras y la varita de Magenta dio todo un recorrido por el jardín delantero, mientras ella reía a carcajadas, feliz por su hijo, feliz porque creía que nadie más que él la veía reír así.

Pero Eduardus contemplaba la escena desde su ventana. ¡Él también tenía que ser mágico! ¿Por qué no habría de serlo? Sintió un retorcijón en el estómago. Y sintió, por vez primera, resentimiento.

Una amarga lágrima se deslizó, furtiva, por su mejilla.

 

 

Los Black jamás utilizarían sus poderes para algo como las tareas domésticas, las cuales consideraban vulgares, trabajo exclusivo de sus tres elfos domésticos. Por ende, las goteras seguirían siendo goteras hasta que se permitieran costear su arreglo, o hasta que la pobre Pepper se las arreglara para ocuparse de ellas.

Y ésa era, en parte, la razón por la cual los piececitos de la elfina colgaban de la entrada al desván. Por otro lado, la escalera no se había derrumbado sola.

—¿Ama Phoebe? —preguntó Pepper con voz temblorosa. Sin embargo, no fue la voz sedosa de Phoebe la cual respondió, sino una áspera y desagradable.

—La señorita Phoebe no se encuentra en la mansión. Ha salido a pasear sobre su caballo con el señorito Buxus Falcatta —informó Hooley. Sus resecos labios se curvaban en una grotesca sonrisa.

De no haber aparecido Alexia por el otro extremo del corredor, probablemente Pepper habría seguido colgada durante un par de horas, o hasta que Hooley se cansara de mirarla lloriquear. A la muchacha le bastó un simple vistazo para saber qué sucedía. No era la primera vez que uno de los otros dos elfos, o ambos, se entretenían atormentando a su compañera.

Podría haberle gritado. También podría haberlo zarandeado, o haberlo amenazado. Sabía que Hooley le tenía cierto grado de respeto (aunque quizá no tanto como le gustaría). Delatarlo era otra opción.

No optó por ninguna de las anteriormente mencionadas. Ni siquiera se planteó su reacción, sólo llevó a cabo la sencilla orden que su cerebro impartió.

Una mirada bastó para que Hooley se acobardara completamente. Algo tan ridículamente simple como los ojos de una muchacha de catorce años fijos en el elfo, despidiendo chispas.

Sí, quizá Alexia fuera la que más autocontrol tenía de las mujeres de la familia. Quizá fuera, en cierto sentido, dulce y sensible. Pero era indudable que poseía ese brillo en la mirada característico de las personalidades más fuertes, más destacadas de los Black. Jamás, aunque años más tarde intentara convencerse de lo contrario, podría negar que pertenecía a ese linaje.

Hooley se largó trastabillando justo cuando Dawley se asomaba por la puerta de la habitación de Licorus, que se encontraba en el salón discutiendo con sus padres. Alexia, discreta, había subido con la intención de no escuchar sus palabras, aunque la curiosidad que crecía en su interior fuera fuerte.

—¿Qué hacías en la habitación de mi hermano, elfo repulsivo? —inquirió ella, molesta. Se aproximó a la escalera derrumbada para acomodarla en su lugar y así socorrer a Pepper.

En cuanto puso los pies en el suelo, la elfina abrazó las piernas de Alexia con cariño y subió al desván con una sonrisa de gratitud grabada en el rostro. Los otros dos elfos huyeron antes de que la joven bruja pudiera decir más.

Bien en el fondo, la curiosidad seguía viva. Y de alguna manera debía saciarla, por lo que entró a la habitación de Phoebe sin saber muy bien qué hacía allí. Algo desorientada, paseó su mirada por los objetos personales de su hermana, mientras se quedaba inmóvil entre  una estantería y la cama.

Todo era lujoso. Los ropajes de cama, la ropa resguardada en los armarios, las cortinas de seda color verde oscuro que cubrían las grandes ventanas. Las pequeñas y delicadas reliquias doradas que ésta había depositado en una de las estanterías, los bien cuidados libros de otra. Sin embargo, Alexia sabía que a Phoebe no le agradaba demasiado leer. Sus libros eran heredados y, a pesar de que probablemente su hermana conocía su valor, no eran leídos más que cuando Alexia se escabullía sigilosamente a hurtarlos, para devolverlos días más tarde, satisfecha con su lectura.

Halló entonces uno muy diferente a los que solía tomar prestados. Una con cubierta del mismo color que las cortinas y sin título, pero con dos palabras que parecían escritas con tinta de oro en la primera página: Phoebe Black.

No necesitó pasar las páginas para saber de qué se trataba. Era, obviamente, el diario de su hermana. Alexia sonrió maliciosamente, sin poder evitarlo. ¿Qué secretos guardaría su aparentemente insensible hermana mayor?

Pasó las páginas con cuidado. Una caligrafía pulcra y estilizada se distinguía entre una serie de… dibujos. ¿Desde cuándo Phoebe dibujaba? Trazos de tinta limpios y hechos con esmero ocupaban la mayor parte de las páginas: desde dragones hasta flores, e incluso rostros familiares. Allí Alexia reconoció su propio rostro, sus rasgos finos, sus ojos almendrados y sus cabellos revueltos, contra los cuales siempre luchaba, en sus intentos vanos de alisarlo sin magia ("¡La magia te arruinará el cuero cabelludo!", solía decir su madre. No estaba en lo cierto, pero Alexia no tenía forma de saberlo). De haber poseído color, los bosquejos habrían mostrado una cabellera oscura, típica de los Black, y ojos con iris de un profundo color azul.  También vio retratados a Eduardus, cuyo rostro curiosamente estaba trazado de una manera que hacía que su nariz luciera más grande de lo que realmente era, y a Magenta. El cabello rubio opaco de su cuñada se veía retratado con desprolijidad, con desgano, así como el resto de su cara. Cuando Alexia se inclinó sobre la página para leer las pequeñas letras que acompañaban a Magenta, se sorprendió al descubrir una serie de arcaicos insultos. Comprendía que Phoebe no soliera ser agradable con nadie, pero ¿al punto de escribirlo en su preciado diario?

La siguiente hoja se hallaba en blanco y era algo traslúcida, por lo que Alexia alcanzó a vislumbrar lo que parecían ser corazones en las hojas siguientes. Sin embargo, cuando sus indiscretos ojos estaban a punto de echarles un vistazo, sus indiscretos oídos captaron palabras que llamaron su atención.

—¡No voy a tolerar que me faltes el respeto!

Una discusión. La voz de su padre. ¿Qué demonios estaría sucediendo en la sala?

Qué curioso que pudiera oírlos desde esa habitación. Aunque, de hecho, no lo había notado hasta que alzaron sus voces.

Con cautela, fue caminando de un lado a otro, buscando el punto exacto desde donde oyera mejor.

—¡Detesto cuando actúas con tanta terquedad! —bramó nuevamente el Sr. Black—. ¡Cuando yo digo algo, se hace, te guste o no! ¡Y si yo digo que mi nieto se casará con la última hija de lo Max, mis órdenes deberán ser cumplidas!

Alexia abrió los ojos, sorprendida. Hacía tiempo que no escuchaba a su padre tan furioso. Se inclinó contra una de las paredes, junto a una ventana.

—¡No voy a tolerar que toda mi vida sea así! —balbuceó Licorus. Alexia dejó escapar una exclamación ahogada. ¿Su hermano, haciéndole frente a su padre?

—¡Hazle caso a tu padre! —chilló la Sra. Black. Eso también estaba fuera de control, ¿cómo su madre iba a interferir?

—¡No! ¡Ya estoy harto! ¡Toda mi vida fui manipulado por él, todas mis decisiones fueron tomadas por él! ¡No pienso permitir que también mis hijos se vean envueltos en eso! —gritó Licorus, sacado de sus casillas.

—¿Entonces? —inquirió el Sr. Black, repentinamente calmado—. Dime, ¿qué harás? ¿Te irás, te mudarás, llevando a cuestas a una familia que no puedes mantener sin mi riqueza? Porque puedes estar seguro de que aún estoy a tiempo de desheredarte, ¡no estoy muerto y falta bastante para eso! De todas formas, sé tan bien como tú, desgraciado e ingrato muchacho, que no pasará mucho tiempo antes de que comiences a tomar las decisiones de Cygnus por él. ¡Y no me hagas hablar de Misapinoa y Arcturus! Casarás a tu hija con el primer bastardo adinerado que resulte caerte bien de entre sus compañeros de Hogwarts y te asegurarás de conseguirle un buen empleo a Arcturus con el dinero que de ese matrimonio obtengas —sentenció con tono grave. Ciertamente, no era difícil que una familia de tanto renombre como la suya comprara puestos en el Ministerio de la Magia.

Licorus calló durante unos instantes. No es que le estuviera otorgando la razón a su padre, simplemente le resultaba arduo desafiarlo aún más. Fue entonces cuando la voz de Magenta se oyó.

—Hooley, busca a Eduardus, que se halla en el jardín, llévalo a la cocina y sírvele unas golosinas. Se ha comportado muy bien —comentó con tono dulce. Más allá de que, en cierto sentido, el sentimiento de decepción estuviera creciendo en ella, todavía lo quería.

Durante otro breve lapso de tiempo, el silencio siguió reinando, gélido. Luego Magenta volvió a hablar.

—Licorus —comenzó, con un tono angelical—. Diré a Dawley que encargue un carruaje. Empaca tus cosas, yo iré a hablar con los niños. Nos vamos.

"Nos vamos".

El aire se cortó, se liberó de sus cuerpos a través de suspiros secos. Alexia imaginó la incredulidad pintada en los rostros de los dibujos de Phoebe.

No contradiría a Magenta. No después de una situación así.

Su hermano se iría.

Alexia se incorporó, respirando agitadamente. Todo estaba ocurriendo tan rápidamente, todo era tan irreal…

Un impulso la llevó a volver a abrir el diario de su hermana. Necesitaba pensar en otra cosa, y no precisamente en lo que acababa de escuchar, o en que lo que estaba haciendo no era correcto.

Sólo reaccionó cuando, tras pasar las páginas con lentitud, llegó a los dibujos de los corazones, de los trazos entrelazados y de los nombres escritos en bellas cursivas. Dos rostros, uno en cada hoja. En la primera, reconoció a Syagrus Falcatta, el hermano de dieciocho años de Buxus,  quien era compañero de Phoebe y el chico con quien ella había salido de paseo. Syagrus era, como todos ellos, un Slytherin. Era apuesto, arrogante y tenía ese "algo" que hacía que Alexia comprendiera perfectamente la atracción de su hermana hacia él. Quizá todas esas salidas con Buxus tenían el único fin de ver, por casualidad, al joven. A Phoebe no le importaría en lo más mínimo que Buxus se estuviera enamorando de ella, lo cual era sumamente probable.

La impactó el dibujo siguiente. No podía ser cierto, no, eso estaría de lo peor. Tenía que ser una broma de mal gusto destinada a todos aquellos idiotas que sea atrevieran a leer su diario, sí, eso debía ser… ¡pero no! ¡Si Alexia no lo había leído! Con ese pensamiento quería consolarse, aunque de todas formas le gustaría leerlo, cerciorarse de que era todo una patraña.

—¡Bien! ¡Tomen al inútil squib de Eduardus y no vuelvan a aparecerse por aquí o las consecuencias serán terribles! —exclamó el Sr. Black en la sala.

Eduardus no podía ser un squib. Eso tampoco podía ser cierto. Alexia comenzó a temblar, casi sin poder controlarse a sí misma. Era demasiada información en tan poco tiempo…

—¡No es cierto! —gritó, histérica, sin importarle si alguien la escuchaba.

El diario se deslizó de sus manos al suelo, cayendo con una extraña suavidad. ¿O era que le costaba asimilar lo que ocurría a su alrededor?

El rostro de Licorus la contempló desde abajo.

 

 

Dos simples palabras. Dos simples palabras y el pastelillo frente a él se elevaría. Ya tenía edad más que suficiente para dar muestras de magia, como todo el mundo siempre repetía. Como una voz en su cabeza repetía continuamente.

Hooley se había marchado. Mejor, no le caía bien ese elfo que disfrutaba con el sufrimiento ajeno. Lo repudiaba.

Fijó sus ojos en el pastelillo de arándanos. ¡Qué delicioso se veía! Pero eso ahora no importaba. Ahora debía levitar, ¡elevarse!

Se preparó mentalmente.

¿Y si su carta de Hogwarts nunca llegaba?

Respiró hondo.

¿Y si su familia lo repudiaba como él repudiaba a Hooley?

Se estremeció.

Si su sobrino podía realizar magia incluso sin varita, él también.

¡Wingardium Leviosa!

Nada ocurrió.


*******

¿Qué les pareció? Escribí gran parte del capítulo desde el Expreso de Hogwarts, mientras comía un par de grageas de todos los sabores. Y a ustedes, ¿a qué sabores les recuerda este capítulo?

Agradezco muchísimo las críticas constructivas, las opiniones, que me marquen errores y dedazos.

¡Hasta el próximo capítulo! 

Violet



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