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Lyli Griffin y la cámara secreta » Capítulo 4
Lyli Griffin y la cámara secreta (ATP)
Por Lydia C.R.
Escrita el Martes 14 de Agosto de 2012, 07:53
Actualizada el Lunes 1 de Diciembre de 2014, 19:40
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Capítulo 4

Lyli leyó la carta una vez más. ¿Dónde estaban los libros de Gilderoy Lockhart? ¿Qué había ocurrido?

Damon la sacó de su ensoñación al posarse en su hombro. Había entrado por la ventana después de dos días desde que había escrito a Hermione y traía su contestación:

Querida Lyli:

¡Menos mal que eres la vecina de Harry! No me puedo creer aún lo que le hicieron. Menos mal que Ron, aunque de una forma muy de los gemelos, consiguió sacarle de allí.

Voy a ir al Callejón Diagon el próximo miércoles, ya he avisado a Ron y Harry, por lo que si puedes ir ese día tal vez nos encontremos los cuatro.

Esperando verte pronto,

Hermione.

—¿Qué día?—preguntó su padre.

—El miércoles.

Envió una respuesta afirmativa a Hermione. Ciertamente, un halcón era la mascota ideal para sustituir a una lechuza.

 

El caldero Chorreante seguía exactamente igual a hace un año, y qué decir del Callejón Diagon. Corrió, junto a su padre, hasta Gringotts, ya que llegaban tarde por culpa de él y su conducción lenta.

—¡Lyli!¡Aquí!

Fue Hermione Granger, en lo alto de las escale­ras de Gringotts, quien los vio primero. Bajó corriendo a su encuentro para darla un abrazo.

—¡Hey!—Harry venía con Hagrid al lado. Se acercaron a él corriendo.

—¿Qué les ha pasado a tus gafas?—preguntó de inmediato Hermione mientras Lyli abrazaba a su amigo—Hola, Hagrid. ¡Cuán­to me alegro de volver a veros! ¿Venís a Gringotts?

—Tan pronto como encuentre a los Weasley—respon­dió Harry.

—No tendréis que esperar mucho —dijo Hagrid con una sonrisa.

Miraron alrededor. Corriendo por la abarrotada calle llegaban Ron, Fred, George, Percy y el se­ñor Weasley.

—Harry —dijo el señor Weasley jadeando—. Esperába­mos que sólo te hubieras pasado una chimenea—se frotó su calva brillante—. Molly está desesperada..., ahora viene.

—¿Dónde has salido?—preguntó Ron.

—En el callejón Knockturn—respondió Harry.

—¡Fenomenal! —exclamaron Fred y George a la vez.

—¡Espera! ¡No me digas que has viajado mal con polvos flu—se rió Lyli.

—¡Oh, cállate!—pero tenía una sonrisa en el rostro.

La señora Weasley apareció en aquel momento a todo correr, agitando el bolso con una mano y sujetando a Ginny con la otra.

—¡Ay, Harry... Ay, cielo... Podías haber salido en cual­quier parte!

Respirando aún con dificultad, sacó del bolso un cepillo grande para la ropa y se puso a quitarle a Harry el hollínEl señor Weasley le arregló las gafas con un movimiento de varita.

—Bueno, tengo que irme—dijo Hagrid, a quien la seño­ra Weasley estaba estrujando la mano en ese instante («¡El callejón Knockturn! ¡Menos mal que usted lo ha encontrado, Hagrid!», le decía)—. ¡Os veré en Hogwarts! —dijo, y se alejó a zancadas, con su cabeza y sus hombros sobresaliendo en la concurrida calle.

—¿A que no adivináis a quién he visto en Borgin y Bur­kes? —preguntó Harry a sus tres amigos mientras subían las escaleras de Gringotts—. A Malfoy y a su padre.

—¿Y compró algo Lucius Malfoy?—preguntó el señor Weasley, con acritud.

—No, quería vender.

—Así que está preocupado—comentó el señor Weasley—. ¡Cómo me gustaría coger a Lucius Malfoy!

—Ten cuidado, Arthur—le dijo severamente la señora Weasley mientras entraban en el banco y un duende les ha­cía reverencias en la puerta—. Esa familia es peligrosa, no vayas a dar un paso en falso.

—¿Así que no crees que un servidor esté a la altura de Lucius Malfoy? —preguntó indignado el señor Weasley, pero en aquel momento se distrajo al ver a los padres de Hermione y al padre de Lyli, charlando ante el mostrador que se extendía a lo largo de todo el gran salón de mármol. Los padres de Hermione estaban algo nerviosos, pero el padre de Lyli estaba completamente a sus anchas.

»¡Pero ustedes son muggles! —observó encantado el señor Weasley—. ¡Esto tenemos que celebrarlo con una copa! ¿Qué tienen ahí? ¡Ah, están cambiando dinero mug­gle! ¡Mira, Molly! —dijo, señalando emocionado el billete de diez libras esterlinas que el señor Granger tenía en la mano. El padre de Lyli se tapó la boca con la mano y disimuló una carcajada con una tos; él ya sabía, a través de su hija, como era el señor Weasley.

—Nos veremos aquí luego—dijo Ron a Hermione y Lyli, cuan­do otro duende de Gringotts se disponía a conducir a los Weasley y a Harry a las cámaras acorazadas donde se guar­daba el dinero. Otros dos aparecieron momentos después, separando a la familia Granger de la Griffin.

—Me alegra ver que sigue aquí, señorita Griffin—Lyli reconoció al duende entonces como el que la había llevado a la cámara un año atrás.

—¿Por qué motivo no debería seguir aquí?—preguntó ella, desconcertada.

—Podría haberse rendido.

—Lo dudo—cuchicheó el padre a sus espaldas.

El viaje con los carros pequeños a gran velocidad fue rápido, por supuesto, pero su padre se mareó y tuvieron que esperar casi diez minutos a que se recuperara.

—Ahora entiendo porque conduces tan despacio—bromeó Lyli.

Pasaron los dos juntos a través del velo mientras el duende les esperaba fuera. Lyli cogió lo mismo que el año pasado mientras su padre la observaba.

—¿Podríamos ir más despacio a la vuelta?—preguntó al duende una vez hubieron salido.

—Una sola velocidad—contestó secamente.

Cuando salieron a las escaleras de mármol tuvieron que esperar, lo cual pareció un alivio para el padre, que se sentó en uno de los escalones con la cabeza entre las piernas. Poco después aparecieron todos y el grupo se separó. Percy musitó vagamente que necesitaba otra plu­ma. Fred y George habían visto a su amigo de Hogwarts, Lee Jordan. La señora Weasley y Ginny fueron a una tienda de túnicas de segunda mano. Y el señor Weasley insistía en in­vitar a los Granger y al señor Griffin a tomar algo en el Caldero Chorreante.

—Nos veremos dentro de una hora en Flourish y Blotts para compraros los libros de texto—dijo la señora Weasley, yéndose con Ginny—. ¡Y no os acerquéis al callejón Knock­turn! —gritó a los gemelos, que ya se alejaban.

Harry, Ron, Lyli y Hermione pasearon por la tortuosa calle adoquinada. Harry compró cuatro grandes helados de fresa y mantequilla de cacahuete, que devoraron con avidez mientras subían por el callejón, contemplando los fascinantes escaparates. Ron se quedó mirando un conjunto completo de túnicas de los jugadores del Chudley Cannon en el escaparate deArtículos de cali­dad para el juego de quidditch, hasta que Hermione se los llevó a rastras a la puerta de al lado, donde debían comprar tinta y pergamino mientras Harry se reía de una broma gastada por Lyli. En la tienda de artículos de broma Gambol y Japes encontraron a Fred, George y Lee Jordan, que se estaban abasteciendo de las «Fabulosas bengalas del doc­tor Filibuster, que no necesitan fuego porque se prenden con la humedad»("¡Lo más divertido de las bengalas es que se prenden con fuego!" había iniciado una discusión Lyli con Fred interrumpida por Hermione arrastrando lejos a su amiga), y en una tienda muy pequeña de trastos usados, repleta de varitas rotas, balanzas de bronce torci­das y capas viejas llenas de manchas de pociones, encontra­ron a Percy, completamente absorto en la lectura de un li­bro aburridísimo que se titulaba Prefectos que conquistaron el poder.

—«Estudio sobre los prefectos de Hogwarts y sus tra­yectorias profesionales»—leyó Ron en voz alta de la contracubierta—. Suena fascinante...

—Marchaos—les dijo Percy de mal humor.

—Desde luego, Percy es muy ambicioso, lo tiene todo planeado; quiere llegar a ministro de Magia... —dijo Ron a Harry, Lyli y Hermione en voz baja, cuando salieron dejando allí a Percy

—Es que le encanta que todo el mundo le odie—fue la voz aburrida de Lyli lo que provocó las carcajadas de sus amigos.

Una hora después, se encaminaban a Flourish y Blotts. No eran, ni mucho menos, los únicos que iban a la librería. Al acercarse, vieron para su sorpresa a una multitud que se apretujaba en la puerta, tratando de entrar. El motivo de tal aglomeración lo proclamaba una gran pancarta colgada de las ventanas del primer piso:

 

GILDEROY LOCKHART

firmará hoy ejemplares de su autobiografía

EL ENCANTADOR

de 12.30 a 16.30 horas

 

—Muchos dicen que es un farsante—comentó Lyli—. Una persona no puede haber hecho tantas cosas como las que él afirma haber hecho en sus libros y tener tiempo para escribir.

La multitud estaba formada principalmente por brujas de la edad de la señora Weasley. En la puerta había un mago con aspecto abrumado, que decía:

—Por favor, señoras, tengan calma..., no empujen..., cui­dado con los libros...

Los cuatro amigos consiguieron al fin entrar. En el interior de la librería, una larga cola serpenteaba hasta el fondo, donde Gilderoy Lockhart estaba firmando libros. Se unie­ron con disimulo al grupo de los Weasley, que estaban en la cola junto con los padres de Hermione y el señor Griffin, que sonrió a su hija.

—¡Qué bien, ya estáis aquí!—dijo la señora Weasley. Parecía que le faltaba el aliento, y se retocaba el cabello con las manos—. Enseguida nos tocará.

A medida que la cola avanzaba, podían ver mejor a Gil­deroy Lockhart. Estaba sentado a una mesa, rodeado de grandes fotografías con su rostro, fotografías en las que gui­ñaba un ojo y exhibía su deslumbrante dentadura. El Lock­hart de carne y hueso vestía una túnica de color añil, que combinaba perfectamente con sus ojos; llevaba su sombre­ro puntiagudo de mago desenfadadamente ladeado sobre el pelo ondulado. A Lyli le entraron arcadas que hicieron reír a Harry y Ron, pero se ganó una mirada de parte de Hermione.

Un hombre pequeño e irritable merodeaba por allí sa­cando fotos con una gran cámara negra que echaba huma­redas de color púrpura a cada destello cegador del flash.

—Fuera de aquí —gruñó a Ron, retrocediendo para lo­grar una toma mejor—. Es para el diario El Profeta.

—¡Vaya cosa!—exclamó Ron.

—Pues que bien—le acompañó Lyli.

Gilderoy Lockhart lo oyó y levantó la vista. Vio a Rony Lyli y luego a Harry, y se fijó en él. Entonces se levantó de un salto y gritó con rotundidad:

—¿No será ése Harry Potter?

La multitud se hizo a un lado, cuchicheando emociona­da. Lockhart se dirigió hacia Harry, que intentaba esconderse tras Lyli, pero esta estaba combatiendo la risa por el comportamiento infantil de su amigo, y cogiéndolo del brazo lo llevó hacia delante. La multitud aplaudió. Lockhart estrechó la mano de Harry ante el fotógrafo, que no paraba un segundo de sacar fotos, ahu­mando a los Weasley.

—Y ahora sonríe, Harry—oyó que le pedía Lockhart con su son­risa deslumbrante—. Tú y yo juntos nos merecemos la pri­mera página.

Lockhart le dijo algo a Harry en voz baja, para que nadie más lo oyera. Lyli contempló boquiabierta que después lo dejara ir sin añadir nada más.

La multitud aplaudió cuando Harry fue ob­sequiado con las obras completas de Gilderoy Lockhart. Tambaleándose un poco bajo el peso de los libros, logró abrirse camino desde la mesa de Gilderoy, en que se centraba la atención del público, hasta el fondo de la tienda, donde Ginny aguardaba junto a su caldero nuevo. Lyli le siguió confundida.

—Tenlos tú —le farfulló Harry, metiendo los libros en el caldero—. Yo compraré los míos...

—¿A que te gusta, eh, Potter?—dijo una voz que no tuvieron ninguna dificultad en reconocer. Draco Malfoy—. El famoso Harry Potter. Ni siquie­ra en una librería puedes dejar de ser el protagonista.

—¡Déjale en paz, él no lo ha buscado!—replicó Ginny,  fulminando a Malfoy con la mirada.

—¡Vaya, Potter, tienes novia!—dijo Malfoy arrastran­do las palabras. Ginny se puso roja mientras Ron y Her­mione se acercaban.

—¡Y tu envidia!—Lyli dio un paso adelante que hizo retroceder a Malfoy—¡Oh, veo que recuerdas mis puños! Bien, porque ellos te echaban de menos—no llegó muy lejos con sus amigos sujetándola por los brazos.

—¡Lyli! —dijo el señor Griffin, abriéndose camino a duras penas con el señor Weasley y los gemelos detrás.

—¿Qué hacéis? Vamos afue­ra, que aquí no se puede estar—añadió el señor Weasley.

—Vaya, vaya..., ¡si es el mismísimo Arthur Weasley!

Era el padre de Draco. El señor Malfoy había cogido a su hijo por el hombro y miraba con la misma expresión de desprecio que él.

—Lucius —dijo el señor Weasley, saludándolo fría­mente.

—Mucho trabajo en el Ministerio, me han dicho —co­mentó el señor Malfoy—. Todas esas redadas... Supongo que al menos te pagarán las horas extras, ¿no? —Se acercó al caldero de Ginny y sacó de entre los libros nuevos de Lock­hart un ejemplar muy viejo y estropeado de la Guía de trans­formación para principiantes—. Es evidente que no —recti­ficó—. Querido amigo, ¿de qué sirve deshonrar el nombre de mago si ni siquiera te pagan bien por ello?

El señor Weasley se puso más rojo que su escaso pelo.

—Tenemos una idea diferente de qué es lo que deshon­ra el nombre de mago, Malfoy—contestó.

—Es evidente —dijo Malfoy, mirando de reojo a los pa­dres de Hermione, que lo miraban con aprensión, y al padre de Lyli, que agarraba a su hija por el hombro—, por las compañías que frecuentas, Weasley... Creía que ya no po­días caer más bajo.

Entonces el caldero de Ginny saltó por los aires con un estruendo metálico; el señor Weasley se había lanzado sobre el señor Malfoy, y éste fue a dar de espaldas contra un estan­te. Docenas de pesados libros de conjuros les cayeron sobre la cabeza. Fred y George gritaban: «¡Dale, papá!» junto con los propios ánimos de Lyli, y la señora Weasley exclamaba: «¡No, Arthur, no!» La multitud retroce­dió en desbandada, derribando a su vez otros estantes.

—¡Caballeros, por favor, por favor! —gritó un empleado.

Y luego, más alto que las otras voces, se oyó:

—¡Basta ya, caballeros, basta ya!

Hagrid vadeaba el río de libros para acercarse a ellos. En un instante, separó a Weasley y Malfoy. El primero tenía un labio partido, y al segundo, una Enciclopedia de setas no comestibles le había dado en un ojo. Malfoy todavía sujetaba en la mano el viejo libro sobre transformación. Se lo entregó a Ginny, con la maldad brillándole en los ojos.

—Toma, niña, ten tu libro, que tu padre no tiene nada mejor que darte.

—Ni tú nada mejor que darle a tú hijo que la maldad que te sobra, si es que lo hace—se interpuso Lyli entre los dos, librándose fácilmente del agarre de su padre, cogiendo el libro bruscamente y haciendo un juego de manos antes de entregarle su libro a Ginny.

Malfoy se libró de Hagrid, que lo agarraba del brazo, hizo una seña a Draco y salieron de la librería.

—No debería hacerle caso, Arthur—dijo Hagrid, ayu­dándolo a levantarse del suelo y a ponerse bien la túnica—. En esa familia están podridos hasta las entrañas, lo sabe todo el mundo. Son una mala raza. Vamos, salgamos de aquí.

Dio la impresión de que el empleado quería impedirles la salida, pero a Hagrid apenas le llegaba a la cintura, y se lo pensó mejor. Se apresuraron a salir a la calle. Los padres de Hermione todavía temblaban del susto, pero el  señor Griffin intentaba tranquilizarlos mientras la señora Weas­ley, que iba a su lado, iba furiosa.

—¡Qué buen ejemplo para tus hijos..., peleando en pú­blico! ¿Que habrá pensado Gilderoy Lockhart?

—Estaba encantado—repuso Fred—. ¿No le oísteis cuando salíamos de la librería? Le preguntaba al tío ese de El Profeta si podría incluir la pelea en el reportaje. Decía que todo era publicidad.

Lyli no pudo evitarse reír a carcajadas.

Se despidieron en el Caldero Chorreante, donde Harry, los Weas­ley y todo lo que habían comprado volvieron a La Madri­guera utilizando los polvos flu. Los Granger abandonaron el bar por la otra puerta, hacia la calle muggle que había al otro lado, junto a los Griffin.

Hasta que no estuvo segura en el coche, después de abrazar a Hermione, Lyli no miró detenidamente el diario que había logrado que no llegara a manos de la pequeña Weasley, Ginny.

Empezaba la aventura… o la pesadilla.

Y mientras si saber porque Gilderoy Lockhart no había anunciado que iba a dar clases de Defensa Contra las Artes Oscuras en Hogwarts.



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