Historia al azar: Mi Carta para Hermione Granger
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La magia más poderosa » El tercero (II)
Historia terminada La magia más poderosa (R15)
Por MeltedSound
Escrita el Sábado 2 de Junio de 2012, 17:51
Actualizada el Miércoles 28 de Febrero de 2018, 07:56
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El tercero (II)

Capítulos
  1. Sensaciones, sentimientos...y un salto en el tiempo
  2. La hija menor de Pansy Parkinson
  3. El refrán del Slytherin valiente
  4. Ayuda mutua.
  5. El corazón de Rose Weasley
  6. El mayor miedo de Scorpius
  7. La carta de Ann
  8. Harley y Frank Longbottom
  9. La decisión más difícil
  10. Consecuencias de acciones
  11. Alerta permanente
  12. Impotencia y caos.
  13. Lo atractivo en lo desequilibrado
  14. Blanco, negro y gris
  15. Amor
  16. El Escuadrón de Merlín.
  17. Chispas
  18. Pensar. Merecer. Cambiar.
  19. Iguales
  20. "El amor es...
  21. la magia más poderosa"
  22. Andrew (Prólogo)
  23. Despertar.
  24. Toda la verdad.
  25. Verdades y mentiras.
  26. Complicado, no imposible.
  27. Los cambios.
  28. Promesa y amenaza.
  29. Olvido
  30. Profecía y anhelo.
  31. Juntos
  32. Maldiciones
  33. La reina del ajedrez.
  34. Pasado y destino o historia y futuro
  35. A cincuenta metros del suelo
  36. Juego perverso
  37. Veritantrum
  38. Tras la poción
  39. Transición
  40. Crecimiento y curación
  41. El tercero
  42. El tercero (II)
  43. Reinicio
  44. Héroes
  45. El dibujo del miedo
  46. Preludio
  47. Ausencias
  48. Viejo o nuevo
  49. S de Slytherin
  50. El discurso del caballo.
  51. El silencio de todos
  52. La duda
  53. Inmateria
  54. Suficiente
  55. Floresencia
  56. Fantasía
  57. Lo inevitable
  58. La tercera
  59. Una nueva vida

El caos se desató en la Sala Común de Slytherin como una ola se aproxima a la orilla: fue haciéndose presente en pocos segundos, y finalmente chocó, en toda su plenitud.

Grace, Scorpius y Josh estaban sentados sobre los cojines de los sofás de la gran estancia, y tanto Josh como la chica estaban disfrutando de ver a su amigo sonrojado. Reían, ajenos todavía a lo que estaba empezando a ocurrir fuera, metiéndose con el pequeño de los Malfoy. El acercamiento entre Lily Potter y él era más posible que nunca, y la alegría de Scorpius era contagiosa. Josh era el encargado de las ocurrencias, mientras ella reía las gracias y el aludido se limitaba a gruñir, ciertamente un tanto divertido. Nada podría arruinarle la sonrisa.

Para cuando escucharon el primer grito de una alumna de cuarto, ni siquiera fueron conscientes. Pero cuando empezó la inquietud general, la sonrisa se les congeló en el rostro. Se levantaron rápidamente, alarmados.

Scorpius fue el primero en observar al Neomortífago que había entrado en la sala común, posiblemente obligando o coaccionando a otro alumno a dejarle entrar. Cuando se deshizo de la máscara ante las miradas de todos, Scorpius lo reconoció: Xantos Scarbot siempre había sido muy parecido a su padre. Le tembló el cuerpo, y fue el último de los tres en enarbolar la varita. Por un momento, llegó a pensar que solo venían a matarlo a él.

-¿Qué mierda…

Varios mortífagos aparecieron al lado del primero. La mirada de Scorpius se paseó por todos: iban enmascarados, excepto uno de ellos: alto, con el cuerpo torcido de manera grotesca, hipertricosis en el rostro y al verlo sonreír, observó unos afilados dientes tras sus agrietados labios. Habían traído criaturas mágicas con ellos. Un hombre-lobo, quizás vampiros…quien sabía qué más. Lo que significaba que Sameor tenía muchos más aliados de los que se temía, y que aquel día iban a acabar con los opuestos a su causa, sin piedad.

Scarbot padre comenzó un discurso que Scorpius no pudo escuchar. Perdió rápidamente la conciencia. Su cuerpo estaba a punto de desplomarse, pero entonces, Josh lo atrapó a tiempo.

A pesar de su reticencia inicial, las habilidades de Grace con los hechizos de aturdimiento habían mejorado hasta límites insospechados, gracias a la insistencia de Rose. Tras de él, sus amigos habían establecido un tácito plan.

-Tienes que ocultarlo donde sea- murmuró Grace, procurando esconderse de la vista de los mortífagos, que parecían estar exigiendo que nadie saliera de la sala común- lo matarán.

Josh lo miró angustiado.

-Te matarán a ti también si pueden.

-¡¡Todo aquel que se resista a nosotros, será castigado!! ¡El resto de casas de Hogwarts no van a tener esta opción de escoger entre vivir y morir!

La sangre de Grace se heló. A ella tampoco la dejarían escoger. Y enfrentarse a ellos era una absoluta locura.

-Tenemos que escondernos.

Pero no iba a ser tan sencillo. Slytherin ya no era como los Neomortífagos pensaban: muchos eran mestizos, como Josh y Grace, y sabiéndose en peligro, muchos estaban teniendo la misma idea. Ella maldijo la estupidez de todos, mientras arrastraban como podían a Scorpius.

La sala común se transformó en el infierno. Muchos alumnos corrían a esconderse en sus habitaciones; otros aguardaban el caos para escapar de la sala común. Comenzaron a volar maldiciones, y Grace tuvo ganas de chillar, en parte porque Josh le clavaba las uñas en el hombro, con fuerza.

-¡Tenemos que salir, no escondernos!- razonó Josh.

-¡Haberlo pensado antes de decidir desmayar a Scor!- rebatió ella, mientras unos alumnos de cuarto casi los tiran al suelo. Por fortuna, nadie les había prestado atención. Los Mortífagos lanzaban maldiciones a los que primero habían visto, y ellos estaban lejos de la salida.

Ambos agarraron con todas sus fuerzas a Scorpius.

-A la habitación de las chicas. ¡¡Corre!!- bramó Grace.

El cuerpo de su amigo parecía pesar una tonelada, pero Josh llevaba la mayor parte en sus fuertes brazos. No había tiempo para despertarlo, ni para levitarlo hacia allí.

Tras lo que parecieron años, consiguieron atravesar la barrera de alumnos. A aquellas alturas, los collares les brillaban y les quemaban tanto, que gritaron de dolor: la quemazón en el pecho se hizo insoportable. Para cuando soltaron a Scorpius en la cama de Erized sin gracia y empezó a despertar, los tres collares se habían roto: la chapa se había resquebrajado y yacía partida en dos, inservible. Dónde habían estado, habían quemado la piel.

-¿Por qué se han roto?- preguntó ella, asustada.

-Llámalo saturación de información- contestó, mirando horrorizado en collar de Grace- nos hemos metido en la boca del lobo, ¿cómo vamos a salir de aquí?

-Si se te ocurre algo-tuvo que alzar la voz poco a poco, debido al griterío- avísame.

--------------------------------------------------------------------------

No…-murmuró Rose, tan bajo, y tan agónico, que solo Sameor pudo oírla.

Acababa de perder momentáneamente las fuerzas. ¿Cómo había sido tan estúpida? ¿Cómo no había caído antes? Por un momento, solo tuvo ojos para mirar a Andrew, a Harley, todavía en el suelo, roto de dolor y agotamiento. No parecía tener fuerzas para seguir luchando. El chico subió su mirada, para encontrar la de ella, como si tuvieran que compartir juntos esa carga. Esa verdad que se estaba acoplando a ellos, derretida, como el plástico al quemarse. Y se tornó tan fino, que se hizo su segunda piel.

Sameor solo reía, divertido. Harley cerró los ojos, y Rose juró que una lágrima se escapaba por su mejilla.

-Es una pena que vayas a morir ahora que sabes toda la verdad.

Rose estaba dispuesta a rebatir hasta su último aliento, pero Sameor se adelantó. Siempre parecía adelantarse a todo, como Ann había hecho tantas veces, como si tuviera el don de leer las mentes de todos. Porque lo tenía.

-No me asustan los posibles futuros que Ann y yo hemos visto que pueden suceder. El futuro no es inquebrantable. Solo hay que pelear con él, y se amolda a tus deseos. Estarás de acuerdo conmigo, ¿verdad?- sonrió de lado, hermoso pero grotesco, mientras demostraba que sabía perpetrar en el corazón de las personas. Era cierto que Rose no le temía a las profecías: su madre la había educado en que el arte de la adivinación era más eso, un arte, que una ciencia que resultaba difusa- nunca llegaremos al momento que se predijo en su día, cuando yo era aún joven. Matando a Andrew será sencillo, Ann morirá, y yo seré de nuevo el mago con más poder.

De nuevo, Rose se revolvió en sus invisibles ataduras, y el mago oscuro la observó, con la sonrisa todavía presente. Tras unos segundos, con el único fin de verla sufrir u poco más, le lanzó una maldición cruciatus que impactó de lleno en su pecho. Mil agujas parecieron clavarse en sus entrañas. Gritó, trasportada muy lejos de allí. Loca de dolor.

Harley se revolvió, más de lo que lo había hecho desde que lo habían arrojado. Gruñó, furioso, y Rose lo escuchó en la lejanía. Rose no podía irse de allí. No iba a dejarlo solo. El dolor cesó, y se esforzó por permanecer consciente, temblando. El efecto de la maldición era el doble de horrible si era Sameor el dueño de ella.

Solo los mortífagos, todavía alrededor a las expectativas de una orden, pudieron ver que una idea perversa atravesaba el rostro del mago. Sonrió de nuevo, ya que había permanecido serio lanzando la maldición, y se dirigió al hermano de Ann.

-Morirás cuando ella te esté esperando entre los muertos- dictaminó.

Una fuerte explosión se escuchó a lo lejos. Provenía del castillo.

En aquellos momentos, Harley no era capaz de pensar ya en sí mismo, en quién era en realidad, en todo lo que le habían arrebatado. Solo podía pensar en Rose, a metros de él, a punto de morir, y él apenas podía hacer nada: estaba en un estado de agonía, no le quedaban fuerzas. Rezó porque la magia saliera de él, como muchas otras veces, e hiriera a Sameor. Pero ya se lo había confirmado: la magia de Ann se acoplaba por fin a él, no había manera de perder el control sobre algo que llevaba toda su vida sin poder controlar. A no ser que su hermana se desatara, que perdiera el control sobre ella misma. La desesperación le hizo llamarla, todo lo fuerte que pudo.

-¡¡Ann!!- gritó.

Varios Mortífagos se carcajearon, y Sameor pareció divertirse también.

-Desatadla- ordenó a los que estaban más cerca de Rose- colocadla donde él pueda verla abandonar este mundo. Y vosotros- miró a los que esta vez estaban más cercanos a él-traedme a Albus Potter. Muerto si es necesario- especificó.

Mientras acataban estas órdenes, Sameor alzó su varita al cielo, y un rayo verde salió disparado de su varita, con fuerza y poder.

La marca tenebrosa volvió a aparecer en el cielo, después de muchos años. Anunciando el retorno de los tiempos de guerra.

La gente había empezado a levantarse de sus asientos y a correr en cualquier dirección en la que se sintieran seguros. Albus había agarrado a Ann del uniforme y tirado de ella hasta quedar debajo de la mesa, luchando por espacio con sus propios compañeros de casa.

Varias personas que Albus había identificado sin duda como Neomortífagos habían irrumpido en la sala común, tan solo un par de minutos después de que Ann entrara y viera a Albus esperándola. Le había contado que hacía horas que no veía ni a Harley ni a Rose, pero al menos su prima había tenido la decencia de notificar que estaría en la biblioteca.

Ann parecía asustada, pero Albus no sabría decir en qué punto se había trasformado de la chica asustadiza a la valiente que era capaz de afrontar lo que le viniera encima, parecía dispuesta a salir de su escondite en cualquier momento. Al lo impidió, agarrándola de nuevo.

-¿Pero qué…

No terminó la frase.

-¡Entregarnos a Albus Potter, y no mataremos a nadie!

Albus se quedó de piedra. Lo buscaban a él. Además, reconoció esa voz al instante: la persona a la que su hermano James más odiaba en el mundo, Michael Samdon, parecía liderar aquel pequello batallón de Mortífagos. Estaba oculto tras la máscara, pero reconocía su voz. A su lado, Hennicc Samdon sonreía levemente, aunque al observarlo Ann supo que en el fondo estaba tenso. Puso una mano sobre su hijo.

-Lo has dicho mal. Vamos a matarlos igualmente.

Albus se desató el collar, que quemaba como el fuego. ¿Estarían atacando el resto de salas comunes? Ann aprovechó el descuido de su amigo para salir de su escondite, enarbolando su varita de Sauco.

-No te vas a llevar a nadie.

Los alumnos que estaban allí la miraron. Algunos miembros del E.M la contemplaron, con cierto alivio.

Lejos de asustarse, los Mortífagos parecían estar esperándola.

-El señor del Mal ha ordenado su muerte- informó con diversión el señor Samdon.

-Por encima de mí, entonces.

Para entonces, Albus había imitado a Ann, y posicionado a su lado. Ya no iba a esconderse de nadie.

Tras unos tensos segundos, la multitud empezó a agruparse en torno a ellos. Ann giró su mirada, alterada. Unos cuantos eran del E.M, como Nick o Chistinne, además de Fred y Lucy, que estaban abajo en aquel momento. Pero había más: Henry Stump, que aunque estaba asustado, sentía amistad por Albus, alumnos de séptimo con los que James se había llevado bien, alumnos de cuarto a los que Rose había amonestado alguna vez en sus rondas de prefectos…

Eran más alumnos que Mortífagos. Pero aun así, perderían mucho. O no.

O lo suficiente para que doliera.

Un hechizo de rayo verde que ni Ann ni nadie fue capaz de evitar, impactó en el pecho de un alumno de segundo, que se había hecho el valiente.

Varios gritaron, pero sobretodo un grito desgarrador llenó la sala común.

-¡Malcom!- chilló Christinne. El primo de la chica cayó al suelo, con el fantasma del desafío para siempre ya en su mirada.

El pechó de Ann se hinchó de rabia, y el séptimo y causante del hechizo, cayó al suelo, inconsciente.

Comenzó la batalla de hechizos. Para Ann habría resultado fácil acabar con ellos, pero tenía que ocuparse primero de que nadie más sufriera daño, de que no mataran a nadie más…en su cabeza no paraba de repetirse una idea: de alguna manera, Sameor había averiguado que Ann había descubierto la verdad, y eso lo había enfurecido. O había encajado justo en sus planes. Pero… ¿cómo saberlo? Mientras ejerció un protego que se extendió a todos sus compañeros, pensó en Skeeter, pensó en Yem, y el pecho le dolió solo de pensarlo. Yem no podía haber sido. Él no.

Tal vez había sido ella misma la que se lo había dicho a Sameor. La conexión que tenían…para ella nunca había sido sencillo  controlarla.

Para entonces, solo quedaban tres mortífagos en pie, entre los que se encontraban los Samdon. Se dieron cuenta en seguida de la enorme barrera protectora de Ann. La miraron, y la encontraron, respirando con fuerza, y mostrándose firme. Había aprendido de su encuentro con Xantos Scarbot, y parecía que habían pasado semanas del mismo.

El Mortífago que Ann no conocía cayó al suelo, petrificado. La chica apenas levantó una ceja. Después, miró a Samdon padre.

-¿Qué quiere?- solo preguntó.

Pudo notar cómo Michael se removía, nervioso. O temeroso.

-Acabar contigo. Matarte- contestó Hennicc.

Ann se quedó callada unos instantes. Estaba sorprendida.

-¿Y por qué atacar Hogwarts? ¿Por qué justo ahora, tras un año escondido? ¿Qué le hace pensar que yo voy a permitirlo, y además permitir ser asesinada? Con un poco de ayuda, puedo venceros a todos vosotros. Que venga. Llevo esperándolo demasiado tiempo.

Samdon rio.

-Tienes la suficiencia de tu padre. Él también se creía invencible.

-No te he pedido que me hablaras de mi padre- siseó Ann. Aquello empezaba a ponerla tensa. Para ella, habían dejado de existir los demás. Solo el rostro de su tío, levemente parecido al suyo- concéntrate en Sameor, o…

-¿Cómo te atreves a nombrar al señor del Mal como a un vulgar humano? Él debió matarte, como tenía planeado antes incluso de que nacieras.

-Nunca entenderás la fascinación, o el alivio que te recorre por dentro al encontrar a alguien que es igual que tú. Él no quiere matarme, porque matarme sería como matar una parte de sí mismo. Es un cobarde- lo insultó Ann- puede que os dijera que quería matarme, pero esa jamás fue su intención. ¿Va a haber cambiado algo ahora?

-¿Y quién dice que va a matarte…a ti?

Ann frunció el ceño. Samdon solo la miraba, con miedo, como su hijo, pero al mismo tiempo disfrutando con su suicidio.

Albus los miraba. ¿Se estaría Samdon marcando un farol? El plan del mago oscuro siempre había sido destruir a Ann, pero no matarla. ¿Entonces, por qué él había dicho que su señor esta vez sí quería hacerlo esta vez?

Mientras, la chica ya había creado una teoría en su cabeza. Se horrorizó, y por primera vez, perdió el control de la situación.

-Por eso no me mató al nacer, no podía, pero todos estos años…ha estado esperando-

-Exacto. Estaba esperando a que la unión fuera fuerte, y al matarle a él…morirás tú también.

Algo se hizo de piedra dentro de Ann, justo como Michael y Hennicc, que cayeron al suelo petrificados. El hechizo de protección desapareció.

La multitud se revolvió, y la chica se giró para hablar con Albus, con urgencia.

-Tenemos que encontrar a Harley.

Albus no tuvo tiempo a preguntar por qué; en seguida todos se arremolinaron alrededor de ellos, y Ann no iba a decirle nada más. Su mirada era clara y decidida, cualquiera habría obedecido sin pensárselo dos veces.

Lily Potter cogía a Ann del brazo y miraba a su hermano, preguntándole qué había pasado, y muchos los miraban asustados e interrogantes, pero estaba teniendo lugar una muda comunicación y hasta que no terminó, el resto del mundo dejó de existir para los dos amigos.

-Ve- solo dijo Ann-él es el tercero, ¿lo entiendes?

Sabía a lo que se refería: al tercero al que se refería la profecía. De alguna manera que no entendía, Sameor iba a matar a Harley, porque así conseguiría matar a Ann.

Albus salió corriendo de allí, y se sintió liberado, en cierta manera. Tenía ganas de luchar: los remordimientos del año pasado no lo dejaban dormir en paz por las noches. Veía el peso de las batallas recaer sobre Rose, Harley, y Ann. Incluso Grace tenía en su mirada aquel rastro del horror de San Mungo. Y Albus, mientras, no había hecho nada.

Pues aquella vez, sí que lo iba a hacer.

De la sala común ya no salió Albus Potter, sino un gran lobo gris, que echó a correr con todas sus ganas, observando como los profesores Longbottom y Patterson peleaban contra dos mortífagos, en las escaleras cambiantes. Bajó todo lo rápido que pudo, al piso inferior. Olía a batalla, a hechizos. Olía a fuego, a rabia, a defensa y a ataque. El lobo buscaba el olor de Harley, pero no estaba. No estaba. Buscó, corriendo entre los hechizos, parándose para herir a una mortífaga particularmente letal, que atacaba a alumnos de segundo año de Hufflepuff que acababan de escapar de su sala común. Albus mordió su pierna y golpeó con sus pezuñas la cadera, haciendo tambalearse. Los pequeños supieron aprovechar el momento en el que a la mujer se le cayó la varita para robársela. Acabó en el suelo, desarmada.

-¡Detenedla!- chilló una voz que el lobo reconoció muy bien.

Su padre.

Harry Potter y el resto de Aurores ya habían llegado al castillo. Una parte de él sintió un inmenso alivio.

-¡Al animago también!

Se le heló la sangre. Al animago no. El animago no era un mortífago. El animago era Albus, su hijo.

-¡Yo me encargo de él!- intervino otra voz.

Su hermano James también los había acompañado. Por suerte, estaba allí para evitar que lo capturaran.

Albus echó a correr y James lo siguió, hasta cruzar la esquina del corredor.

Se transformó de nuevo en humano, unos instantes. Para cuando James lo alcanzó, volvía a ser él.

-Gracias- saludó Albus, resollando.

-¿Qué está pasando, Albus?- preguntó James, urgentemente.

-Creo que lo único que me ha quedado claro es que Sameor pretende matar a Harley. Pero no sabemos dónde está Harley, estaba tratando de encontrarlo. Tal vez sea demasiado tarde- se temió.

James necesitó un par de segundos para asimilarlo.

-¿Y dónde está Ann? ¿Sabe lo que está pasando?

-Claro que lo sabe- contestó, apurado- La he dejado en la sala común, pero posiblemente haya cogido la capa de invisibilidad, lo mejor si pretende encontrar pronto a Harley o peor, a Sameor, si es que está aquí.

Unos alumnos de primero con uniformes de Slytherin corrieron hacia ellos.

-¡Ayuda!- se abalanzaron sobre James que, vestido del negro de los Aurores, no daba mucho lugar a confundirlo con un alumno- ¡han entrado hombres encapuchados en la sala común!

-¡Dijeron que nos matarían si no los más mayores no se unían a nosotros! ¡La gente empezó a correr y han matado a varios!- contaba otro, con lágrimas del susto en los ojos!

-¡Nuestras compañeras están encerradas! ¡Morirán! ¡Y hay un hombre lobo entre ellos!

A Albus se le heló la sangre, pero James fue más reactivo.

-Vamos- lo agarró de la túnica.

Ya se dirigían allí, cuando Albus intentó detenerlo.

-¡Tengo que buscar a Harley!- protestó.

-¡Harley es un alumno de séptimo casi!- chilló, mientras lo arrastraba a ocultarse bajo la pared de unas escaleras, un mortífago les lanzó una maldición desde arriba- ¡Ann ya lo está buscando, y posiblemente vaya a contárselo a papá también! Los aurores no saben que están atacando todas las salas comunes, el tiempo vuela, podrían morir muchas personas- James lo agarró de nuevo, pero Albus se zafó esta vez- ¡Despierta, idiota, su guerra es parecida, pero no es la misma que la tuya! ¡Puede que sean tus amigos, pero no juegas en el equipo de los especiales, y deberías de haberte dado cuenta mientras te tocaba vivir los problemas de los demás!

El resto del mundo dejó de existir por un momento, mientras James salía de su escondite y lanzaba un certero desmaius contra el mortífago, que cayó por la baranda al primer rellano.

Su hermano no esperó a que reaccionara, reanudó su camino. Albus dudó, recordando la mirada de Ann. Pero realmente…

James acababa de desmontar quién era. Y no podría construirse de nuevo en cuestión de segundos, era algo imposible.

De pronto, un sentimiento de preocupación empezó a cobrar fuerza, mientras veía a James alejarse. No solo su hermano se alejaba, sino que a donde iba, había alguien que tiraba inconscientemente de sus acciones.

Salió corriendo detrás de su hermano, transformado de nuevo en el lobo gris de ojos verdes.

Hacía tiempo que Yem se había separado de la señora Pomfrey. Tenía claro cuál era su papel allí, como en todas las ocasiones que se le presentaran, aunque en aquel momento pusiera en duda su vocación. No estaba luchando, siempre que no fuera estrictamente necesario, sino que procuraba salvar a quien pudiera, o curar, o hechizar, para que doliera menos. Era un Sanador. En la batalla también.

Entre él y la compañera de una chica herida de Hufflepuff, ocultaron a la alumna de tercero entre varias columnas.

A la chica se le había clavado una estaca astillada en el tórax, que había salido disparada de un enorme mueble de trofeos en una enorme explosión. Lloraba del dolor, y poco a poco perdía la conciencia, como cayendo en un profundo sueño.

-¡Quítesela!- pidió la chica, a gritos.

Yem pareció pensarlo un par de segundos, mientras negaba.

-No puedo. Tendrá una hemorragia y se desangrará. Yo solo no puedo hacer nada.

-¡Madge!- chillaba su amiga. La herida perdía la consciencia, más y más- ¡no te vayas, tienes que seguir despierta!

-Déjame- intervino una voz detrás de Yem.

Se giró, con alivio. Ann había llegado hasta allí, y se quitaba lo que parecía una capa que, comprobó, parecía estar volviéndola invisible.

Ann y Yem se miraron un pequeño instante, que dijo muchas cosas, pero rápidamente ella se arrodilló ante la chica, mirando su herida con seriedad.

¿Qué quieres que haga?- preguntó Yem urgente, en su cabeza.

Tengo que encontrar a Harley ya- contestó- hay que hacer esto deprisa. Cuando veas que empiezo a curarla, quita la estaca. Tapona deprisa la herida.

¿Saldrá bien?

No se me ocurre otra cosa.

Yem se rompió parte de la capa y se posicionó a su lado, mientras Ann ya la había tomado de la mano. La magia brotó, más rápidamente que nunca. La alumna comenzó a recuperar el color.

-¡Ahora!- chilló Ann.

Yem lo hizo. Por unos segundos, la amiga soltaba gemidos angustiosos, la capa se había manchado de sangre, deprisa y escandalosamente. Pero en cuestión de un minuto, remitió.

-¡Madge!

-¿Susan?- contestó la herida.

-¿¡Estáis bien?

Ann y Yem dirigieron la vista hacia Victoire Weasley, que se hallaba a dos metros de ellos, preocupada. Ninguno de los dos la esperaba allí.

-¿Vic?-Yem fue el primero en reaccionar.

-Estaba con Ted cuando le avisaron del cuerpo de Aurores, y no podía no venir- fue su única explicación- por suerte estás bien- dijo, apoyando la mano en su hombro. Él se la apretó, confidente.

-Escondedlos en un lugar seguro- dijo Ann, refiriéndose a las niñas- tengo que irme. Tengo que encontrar a Harley.

-¿Has avisado al señor Potter?- preguntó Yem, con agobio.

Ann asintió.

-Lo está buscando fuera del castillo.

Yem tuvo el reflejo de levantarse e ir con ella, cuando empezaba a verla marchar, pero no tuvo mucho tiempo de pensárselo. Segundos después, Ann cayó al suelo, como si se hubiera tropezado.

-¡¡Ann!!- gritó Victoire, asustada.

Yem corrió hacia ella, con el corazón a punto de salírsele del pecho.

-¿Ann?- la llamó, temeroso, mientras la incorporaba, porque había caído boca abajo.

La chica tenía la boca abierta, e intentaba mover la garganta, como si se estuviera ahogando. Sus ojos habían cambiado de color, y eran dos pozos negros, mientras su piel se oscurecía por momentos. Victoire ahogó un grito, mientras Yem, aterrorizado comenzaba a atar cabos.

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Por mal que pudiera pintar la cosa en la sala común de Slytherin, Scorpius no pudo hacer otra cosa que sentirse aliviado. Por primera vez, se habían puesto casi todos de acuerdo, y el motivo era  salir de la sala común con vida. Habían derrotado a varios Mortífagos, y la gente estaba empezando a tener la oportunidad de huir de allí, aunque la maldición asesina había alcanzado a dos alumnos, y el pánico estaba más que sembrado. Scor llevaba tanto tiempo preparándose para esas situaciones, que se preguntó si ese era el motivo por el que se estaba comportando tan fríamente, a pesar de estar temblando de miedo. Pero aún podía hacer algo para salvarse el pellejo. Josh, Grace y él se mantenían juntos, temerosos de que la cosa se pusiera peor para ellos.

-¡Tienes que salir de aquí!- le indicaba Josh a Scorpius- si Scarbot repara en ti…querrá matarte.

El pasillo que conducía a la sala no estaba lejos de la entrada, pero sí lo suficiente como para que estuvieran preocupados por si no llegaban vivos a cruzar la puerta. Los tres se ocultaban tras el tapiz de una de las esquinas.

Grace apretó los dientes, con fuerza. Apuntó a Scorpius con la varita.

Pronunció el hechizo, y el pelo de su amigo se volvió más oscuro, hasta llegar a tornarse marrón.

-Josh, el hechizo de los ojos- solo dijo. Grace sabía que su amigo era muy bueno con ese tipo de hechizos. Él y Scorpius comprendieron en seguida, y Josh también lo apuntó. Consiguió que sus ojos se volvieran marrones.

Seguía siendo Scorpius…pero ya no parecía un Malfoy.

Una voz hizo girarse a Grace antes de comprobar el resultado.

Alguien lo estaba llamando.

-¡Wilson!

Se giró. Hyssac Sladde corría hacia ella. Subió la varita, por instinto.

El alzó los brazos, consciente de la desconfianza.

-Tenemos que quedarnos aquí- Grace no pareció entender- ¡somos prefectos, y las niñas de primero están atrapadas todavía en sus habitaciones!- eso pareció atraer su atención, se aproximó a él- estaba yendo con dos compañeros a desalojar las habitaciones de los chicos ¡no podemos quedarnos aquí, ya han muerto dos personas!

Grace no podía contradecir eso. Pareció pensarlo unos segundos. Finalmente, reaccionó. Volvió junto a Josh y Scorpius, que ya estaban listos para salir de su escondite.

-Ir yendo. Yo ahora os alcanzo. Tenéis que salir de aquí.

-¿Y tú, qué?- preguntó Scorpius.

-Voy a quedarme a ayudar. Soy prefecta- dijo, entre la valentía y la molestia. No era egoísta querer salir indemne de todo aquello, pero al mismo tiempo tenía el cargo que tenía por algo: McGonnagall había visto en ella mucho más que una chica con un espíritu práctico- no os podéis quedar- contradijo, antes de que abrieran más la boca: ya la habían abierto para oponerse- precisamente lo que queremos es que la gente salga.

Antes de separarse, Josh le apretó la mano con fuerza y Scorpius la miró con gravedad.

Salió corriendo, detrás de Hyssac.

-¡Tú vete a los cuartos de las chicas!- ordenó, mientras se metía él en el de los chicos.

Corrió lo más deprisa que pudo, internándose de nuevo en el lugar del que acababa de salir, mientras se repetía lo estúpida que estaba siendo. Acababan de brindarle una oportunidad de escapar, y ella hacía todo lo contrario. Tenía un mal presentimiento. Pero al mismo tiempo, algo en ella no le hacía plantearse el dar marcha atrás y volver.

Sobretodo, después de escuchar unos chillidos de socorro que consiguieron hacerla temblar de terror.

"Las niñas de primero"- pensó.

Aquello no estaría pasando si todos los Slytherin fueran como ella, pensó con rabia y adrenalina, mientras corría a sus habitaciones. Grace las conocía: al ser prefecta tenía que hacer labores de inspección por todas las habitaciones, solucionar discusiones y arreglar problemas.

Entró dispuesta a lanzar el primer hechizo de aturdimiento al primer mortífago que viera, pero no parecía estar allí. Con rapidez, miró a los lados. Cuatro de las cinco niñas estaban apiladas en una esquina, como queriendo esconderse unas tras las otras.

-¿¡Dónde!?- les gritó, apremiante.

Una de ellas, con lágrimas en los ojos y el rostro descompuesto, levantó una mano temblorosa hacia la puerta del baño.

Grace desvió la mirada, rápidamente, con miedo, y ahogando un grito. Un pequeño brazo sobresalía, mientras la puerta se tenía de sangre a ritmo de golpetazos.

Fueron cuestión de tres segundos. La puerta se abrió de par en par.

-¡¡Corred!!- les gritó ella, al mismo tiempo.

Las niñas salieron de la habitación, a la vez que el hombre lobo de aspecto torvo la miró con una gran sonrisa afilada, mientras se salpicaba la sangre de la mano zarpa en la que no llevaba la varita.

Grace retrocedió a la pared, con el terror en su rostro.

-Mira que tenemos aquí- dijo, mientras saltaba el cuerpo inerte de la quinta niña- incluso Slytherin tiene héroes. Y son héroes muy hermosos…

-¡Desmaius!-maldijo.

Pero falló. El hombre lobo se movía deprisa. Para cuando quiso reaccionar, la criatura saltó desde su posición y acertó a dar un zarpado izquierdo en el vierte de Grace, que cayó al suelo golpeándose la cabeza primero contra la pared; se sentía muerta de dolor, como si la hubieran abierto por la mitad, le habían rasgado la piel, y la sangre comenzó a manchar su uniforme. Buscó su varita inútilmente. Iba a morir. Pensó en todas las personas a las que quería, y en lo mucho que lo hacía. Su padre, Josh, Scorpius, Albus…su madre…incluso el rostro sonriente de Rose apareció un microsegundo en sus pensamientos. Ojalá hubiera tenido más tiempo. Ojalá se hubiera permitido amar un poco más.

La criatura iba a terminar lo que había empezado, abalanzándose definitivamente sobre ella, pero algo lo paró en el último momento.

Un lobo gris se abalanzó sobre él, mientras ella solo tenía atención hacia sus heridas, que dolían y quemaban como el fuego. El animal clavó sus dientes en el medio humano, con todas las ganas, mientras las pezuñas se le clavaban repetidamente en cada parte que conseguía capturar. El hombre lobo, gritó, intentando apartarlo. Fueron varios segundos tensos, en los que las dos criaturas pelearon con todas sus ganas: en especial el lobo, que parecía fuera de sí.

Finalmente, Grace vio con los ojos prácticamente cerrados que un rayo de luz roja atravesaba la habitación, y el hombre lobo cayó inconsciente al suelo, a la vez que el animal le daba un zarpazo en el feo rostro.

Cuando se hizo el silencio, solo quedaron los gemidos lastimeros de la chica. Dolía, punzante y certeramente.                 Escuchó pasos. Le pareció ver una cabellera oscura que hacía meses que no veía.

Cuando creyó que ya no estaba allí, escuchó la única voz que la habría mantenido consciente.

-¡¡Grace!!

Albus.

El chico la puso en su regazo. Puso una mueca de dolor, pero en seguida remitió. El sudor y la sangre que caía de la comisura de su boca, al haberse roto el colmillo no empañaban su olor. Se sintió mejor, pero estaba aterrorizada.

-Albus…

-Tranquila- dijo él, desquiciado. Su rostro estaba pegado al de ella. Notó un dolor más agudo en el vientre, y chilló, revolviéndose.

-¡¡Está perdiendo demasiada sangre!!- le gritó Albus a James, que ejercía un hechizo sobre la herida.

Todo empezó a escucharse mucho más lejos.

-¡¡Y si no la pierde se infectará, Al!! ¡Tenemos que hacer esto!

-No te vayas, Grace…- le pidió Albus al oído, desesperado. Sonó tal lejano, que Grace apenas lo entendió- te necesito...

Pero Grace se abandonó a un dulce sueño.  

Colocaron a Rose en la hierba, de rodillas. Pero apenas podía mantenerse así: estaba muy cansada. Sameor rio de nuevo, mirando a Harley, que estaba intentando incorporarse del suelo.

-¡¡Mira hacia aquí!!- ordenó Sameor.

Rose supo que Harley se estaba viendo obligado a hacerlo por una maldición Imperius.

-Quiero que la veas morir- repitió el mago, despacio, para que comprendiera a la perfección, sin dejar lugar a ninguna duda- quiero que veas como lo poco que ha construido Ann Anderson en su estúpido reino donde el amor es la magia más poderosa se derrumba. Quiero que seas testigo de que lo que te hizo resucitar no lo hará de nuevo. Quiero que sufras, para que ella sufra antes de morir.

Rose no lloraba escandalosamente, sino que apretaba la mandíbula con impotencia y rabia, deseando que aquella maldita pesadilla acabara de una vez. No quería que Harley muriera: estaba dispuesta a hacerlo ella primero. Quizás él tendría una oportunidad, si era listo y aprovechándose de la distracción, conseguía escapar.

El interior de Harley seguía removiéndose, loco y a punto de desatarse: no podía matar a Rose. No podía permitirlo él. Estaba sin hechizos que lo ataran: solo tenía que levantarse, correr, y llevársela. Merlín. Tenía que poder hacerlo. Tenía que sacar ese poder de algún sitio. La muerte inminente de Rose ya lo había movido en una ocasión. Recordó todas las situaciones que lo habían hecho romperse, que habían sacado toda esa magia de dentro de él. Su falsa madre, Ann, el señor Harley, Rose…sintió como su cuerpo vibraba, cada vez con más fuerza.

Rose lo miraba a él. No sería a Sameor a la última persona que vería antes de morir.

-¡Avada kedavra!

Morir no era como Rose lo había esperado. Fue un viaje doloroso. Por un instante se sintió volando, libre, pero en seguida notó cómo se estrellaba contra un lugar frío, como en el bosque en el que acababa de morir.

Como si ya no estuviera en el mundo de los vivos, escuchó gritos, y hechizos. En su mente, empezó a ver colores verdes y rojos, hombres y mujeres gritando. ¿La muerte no se supone que proporcionaba calma? ¿Cómo era posible que dentro de la muerte, hubiera más muerte?

-¡¡Ann!!- la llamó Yem, una vez más.

Pero aquella ya no se parecía demasiado a Ann. Su piel ya no era clara, y aumentaba su tamaño en longitud.

-¿¡La han hechizado!?- preguntó Victoire, aterrorizada.

Ann se zafó del agarre del chico, e intentó levantarse.

-Muerto- solo dijo. Y su voz tampoco era la suya. Sonó con un timbre más armonioso, más mágico. Parecía rota por la mitad, inhumana, muerta.- lo mataré- solo dijo, poniendo una rodilla el suelo, intentando incorporarse.

Yem la agarró del brazo, y ese fue el motivo por el que se desapareció con ella. Sintió esa agobiante sensación asfixiante de la desaparición, y en seguida, sintió la brisa del exterior, fría y cortante.

El primer impulso tras llevarse la sorpresa que tuvo fue proteger a Ann: los hechizos iban y venían a diestro y siniestro, y a Yem le costó en la oscuridad distinguir entre el negro de los Neomortífagos y el negro del cuerpo de Aurores. Pero Ann no tuvo dificultar en apartarlo, incorporándose por fin del suelo. Las ramas crujieron bajo sus deportivas. Sus nuevos ojos negros miraban desesperados la batalla.

-¡¡Sameor!!- gritó, y se escuchó perfectamente en la mitad del bosque. Al mismo tiempo, parecía a punto de desfallecer.

A Rose, que había intentado incorporarse después de darse cuenta llena de confusión de que no estaba muerta, le congeló aquel grito. Juraría que era la voz de Ann, pero al mismo tiempo no lo parecía.

Una sospecha ponzoñosa acerca de lo que acababa de pasar llenaba el corazón de Rose, y lo tiñó de negro.

Harry Potter y el resto de sus Aurores (los que quedaban vivos) se detuvieron, casi inconscientemente. Incluso los mortífagos se detuvieron. Rose se puso en pie, ayudándose de un árbol, y vio un cuerpo delgado en el suelo, con un Auror comprobando su estado, poniendo dos dedos en el cuello. Se acercó, son pensarlo demasiado. Despacio, mientras Ann se enfrentaba cara a cara con el mago oscuro.

Ella lo miró, con dolor, ira y sufrimiento. Él parecía contrariado, y Rose habría dado un mundo por verle la cara, pero estaba muy ocupada avanzando hacia el cuerpo.

-Tú no tendrías que estar viva…¡¡Está muerto!!- gritó, desquiciado- ¡¡Acaba de morir!!

Rose lo alcanzó, cayendo sin fuerzas al lado de él. Llevaba la ropa de Harley, pero ahora le quedaba grande, era un muchacho más pequeño y delgado, con el rostro blanco y pétreo. Sus grandes ojos azules, una copia de los de su hermana, miraban al cielo, sin vida. Rose, a su lado, comprendiendo lo que había pasado, estalló en llanto. De alguna manera, había conseguido interponerse entre ella y la maldición asesina. Estaba muerto. Todos los chicos que Harley había sido: Ciro y Andrew, habían muerto con él.

Miró a Ann, desesperada, buscando una explicación. Una solución. Algo.                                    Ann era mitad ella, mitad lo que había sido Harley. Su rostro estaba teñido a trozos, y sus ojos eran negros, porque estaban recuperando su color original. Era más alta, más fuerte, y más bella de lo que había sido jamás. Y más temible.

-Ya moriré cuando te haya vencido primero- solo dijo Ann, y por ese instante, Rose le tuvo el mismo miedo que a Sameor. Hasta el mago parecía levemente asustado. Las cosas no habían salido como él había planeado. Ann tenía que morir en el momento. No sobrevivir.

La pelirroja no supo interpretar si se sintió aliviada cuando Sameor se desapareció, seguido de algunos de sus mortífagos que no habían sido capturados.

-¡¡No!!- chilló Harry Potter, desquiciado. Sameor se había desaparecido. Todo había acabado.

Pero había acabado mal.

Cuando Ann fue consciente de lo que acababa de pasar, pareció que se iba a desplomar. Harley estaba muerto. Claro que ella estaba muriéndose también. Se hizo un silencio tan completo: ni siquiera Rose se movía.

Ann comenzó a caminar hacia su hermano, despacio, con Yem comenzando a seguirla y su amiga pudo ver sus ojos negros, inundados por las lágrimas. Se arrodilló, respirando con mucha dificultad, al otro lado del cuerpo. Miró a su hermano, y los demás se dieron cuenta de que jamás contemplarían tal mirada de pena, de amor roto. Ann tenía la derrota en su mirada, y nada rompía más el corazón que eso. Rose miró a los lados, estaba desesperada. Aquello no tenía que suceder. El futuro no había contado eso. Las visiones de Ann no habían contado eso. Su mirada chocó con la de Yem, y le pareció un reflejo de la suya.

-Se muere también- dijo urgente a Rose, como si ella pudiera hacer algo- esa magia…ya no es suya.

La chica miró a Ann, que estaba agonizando ya. Y volvió a mirar al cuerpo de Harley, sin vida. No podía. No podía vivir sin ellos. No podría vivir sin él.

-Ya lo hiciste una vez- murmuró, cayendo en la cuenta- ¡Ya lo hiciste una vez!- le gritó a Ann, que mantenía los ojos entrecerrados-¡Ya le salvaste una vez! ¡¡Puedes hacerlo de nuevo, Ann!! ¡¡Es la única manera!!

La chica la miró con esfuerzo. Una parte de ella se estaba marchando lejos, pero sin embargo pareció aferrarse a la idea de Rose.

-¡No!- gritó Yem, incluso Harry se acercó, dispuesto a impedirlo, pero la mano de Ann rozó la de su hermano, y ya no hubo nada que hacer. Sus brazos brillaron, desprendiendo más luz que nunca. Fueron varios segundos en los que tanta luz consiguió cegarlos a todos, y Rose que estaba particularmente cerca, se tapó con los dos brazos, dolorida.

De pronto, la luz cesó, y todos pudieron ver que Ann había recuperado su aspecto normal menudo y flaco, y yacía inconsciente en una posición grotesca sobre el suelo, todavía cogida de la mano con su hermano, que aún brillaba en forma de destellos. El aspecto de Andrew no cambió.

Excepto sus ojos, que se habían cerrado.



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