Historia al azar: Una novia para mi padrino
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La magia más poderosa » Iguales
Historia terminada La magia más poderosa (R15)
Por MeltedSound
Escrita el Sábado 2 de Junio de 2012, 17:51
Actualizada el Miércoles 28 de Febrero de 2018, 07:56
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Iguales

Capítulos
  1. Sensaciones, sentimientos...y un salto en el tiempo
  2. La hija menor de Pansy Parkinson
  3. El refrán del Slytherin valiente
  4. Ayuda mutua.
  5. El corazón de Rose Weasley
  6. El mayor miedo de Scorpius
  7. La carta de Ann
  8. Harley y Frank Longbottom
  9. La decisión más difícil
  10. Consecuencias de acciones
  11. Alerta permanente
  12. Impotencia y caos.
  13. Lo atractivo en lo desequilibrado
  14. Blanco, negro y gris
  15. Amor
  16. El Escuadrón de Merlín.
  17. Chispas
  18. Pensar. Merecer. Cambiar.
  19. Iguales
  20. "El amor es...
  21. la magia más poderosa"
  22. Andrew (Prólogo)
  23. Despertar.
  24. Toda la verdad.
  25. Verdades y mentiras.
  26. Complicado, no imposible.
  27. Los cambios.
  28. Promesa y amenaza.
  29. Olvido
  30. Profecía y anhelo.
  31. Juntos
  32. Maldiciones
  33. La reina del ajedrez.
  34. Pasado y destino o historia y futuro
  35. A cincuenta metros del suelo
  36. Juego perverso
  37. Veritantrum
  38. Tras la poción
  39. Transición
  40. Crecimiento y curación
  41. El tercero
  42. El tercero (II)
  43. Reinicio
  44. Héroes
  45. El dibujo del miedo
  46. Preludio
  47. Ausencias
  48. Viejo o nuevo
  49. S de Slytherin
  50. El discurso del caballo.
  51. El silencio de todos
  52. La duda
  53. Inmateria
  54. Suficiente
  55. Floresencia
  56. Fantasía
  57. Lo inevitable
  58. La tercera
  59. Una nueva vida

James caminaba muy apurado por el Gran Comedor, en dirección a la salida. Por su mano, casi completamente metida en el bolsillo derecho, descendió un collar rojo cuya temperatura molestaría en contacto directo con la piel. Unos segundos más tarde, alguien se unió a su discreta huida.

-Louis-le saludó, con una pizca de alivio. Aunque ya debía de haber supuesto que no era él el que tendría problemas.

-James-respondió, mientras se desanudaba la corbata gris que llevaba con su traje- no he visto a Jamie. ¿Tú lo has visto?

-No. El condenado estará estudiando para los É.X.T.A.S.I.S como un loco. Si hiciera lo que el resto, asistir al baile, no tendríamos que estar preocupados ahora.

-Si todo el mundo estuviera aquí, no se habría dado la voz de alarma o sabríamos el porqué de esa alarma. Además, la biblioteca está cerrada en teoría. Estará en la sala común.

James gruñó. Paseó su mirada, nervioso.

-¿Has visto a mis hermanos?

Louis levantó el brazo.

-Lily está allí.

-Vale-dijo él al verla-¿Y Albus?

-A él no lo veo.

-¡James! ¿Qué ocurre?

El chico se acercó a su hermana, que tiraba de su primo Hugo. Parecía desorientado, pero en proceso de volver a la realidad.

-Eso me gustaría saber a mí. A ver, ¿Y Jamie? ¡Necesitamos a Jamie!

-¿Y si le ha pasado algo?- se preguntó casi para sí Louis, con preocupación.

James sacudió la cabeza.

-A ver. Lista mental de la gente que pertenece al Escuadrón de Merlín, o como se llame-exigió, a nadie en concreto.

-Sabía que te gustaba el nombre- comentó Lily, con una pizca de orgullo.

-Bueno ¡venga!-apremió, más por decir algo con lo nervioso que estaba, que por exigencia real.

-¿Qué ha ocurrido?- intervino Tobías Smith, que llevaba a Clarissa Waysand de la mano. Ambos habían salido de la pista de baile a la carrera.  Hugo no pudo evitar fulminar con la mirada al recién llegado.

-Dos menos- dijo James.

-¿Mi hermana?- preguntó Hugo, rápidamente.

-Nosotros no la hemos visto- dijo Grace, con Albus detrás de ella, con el cuerpo tenso como un palo.

-Yo te podría decir dónde está. ¿Alguien ha visto a Harley?- preguntó Albus.

-Juraría que los vi pasar por el segundo piso. Yo también estaba allí- comentó Christinne Bennet.

-¿Y por qué ellos no han bajado también? ¿Habéis visto a Ann?- preguntó el menor de los Potter.

James sacudió la cabeza.

-Calla, Al. Aquí no podemos hablar. Ahora somos muchos y algunos ni siquiera somos amigos. Con lo cual, llamamos un poco la atención, por si no os habíais dado cuenta.

-Sí, vale, James. Pero si nos vamos de aquí ¿Cómo nos encontrarán los demás?- razonó Louis.

-¡Pues no lo sé! ¡Me estoy poniendo de los nervios! ¿Qué demonios está pasando? Bueno, mira… ¡Tú, Malfoy!

Scorpius Malfoy llegó a la entrada del gran comedor, sofocado.

-¿Qué?

-Quédate aquí en la entrada del comedor. Si alguien de los nuestros viene, asegúrate de decirle que estamos en el segundo piso, en el aula que no se utiliza más que para guardar objetos defectuosos, ¿Sabes cuál digo?

-Sé cuál dices- confirmó, atento. Resollando.

-Sorprendente- contestó James. Charlotte Sanders, Josh Wracen y un par de alumnos más cuyos nombres no tenía muy claros se acercaron al grupo, intentando enterarse de lo que el mayor de los Potter estaba diciendo. Todos se preguntaban dónde estaba Rose Weasley, que era la que solía manejar cualquier actividad de aquellos alumnos asustados.

-Bien. Vamos allí. ¡Despacio! No podemos llamar la atención. Es importante que cada uno llegue más o menos por separado. Tenemos suerte de que haya tenido que ser hoy cuando surge algún problema. No tendríamos otra oportunidad de llamar menos la atención.

-¿Habrán atacado a otro alumno?- se preguntó Christinne Bennet, en voz demasiado alta.

Y lo que dijo alarmó a los demás.

-Te darán un premio a la incitadora de la histeria colectiva algún día, Bennet, no lo dudes- se mofó James, profundamente irritado y paseando la mirada de un lado a otro, histérico.

Albus mantenía el ceño fruncido como nunca, preocupado.

Louis suspiro de alivio cuando vio a Jamie Toth, el alumno más inteligente de séptimo (y también su mejor amigo) acercarse, corriendo a toda velocidad y ataviado con el uniforme de Hogwarts (era el único que no iba vestido de gala, o con un uniforme del coro)

-Perdón. He venido en cuanto he podido.

-Vámonos.

-Yo me quedo con Malfoy-dijo Albus, mirando a su hermano con desafío, como demostrándole que no iba a poder hacer nada o decir algo que le hiciera cambiar de opinión.

James chasqueó la lengua.

-Como te dé la gana. Si te ocurre algo no seré yo el responsable. En fin… ¡venga! No sabemos dónde están ni Adams, ni Anderson, ni Holmes…

-Holmes soy yo- dijo Nick, alzando la voz.

 

 -¡Bien! Te encontramos- soltó, con fingido alivio.

Como pudieron, cada grupo reducido de aquellos alumnos fue dispersándose con esfuerzo.

Albus y Scorpius se quedaron allí, fingiendo que hablaban, si bien no muy animadamente, de algo que pudiera mantenerlos juntos al menos por un rato.

-¿Tienes idea de lo que puede haber ocurrido?

Albus negó mientras todavía oía la música, aunque como un eco lejano, como si él no estuviese en el enorme comedor, sino muy lejos de allí. Donde fuera que estuvieran sus amigos.

-No. Esta vez no. Pero tengo un muy mal presentimiento.

-¿Otro alumno atacado, como ha dicho Bennet?

Potter negó, de nuevo. Parecía como si tuviera un tic.

-No. Algo peor. Si es que existe.

La biblioteca estaba oscura. Tan oscura como un agujero sin salida. Pero Rose no tropezaba, aunque la recorría con demasiada rápidez. Su mano se aferraba a la de Harley, mientras él la arrastraba por caminos que ella se sabría de memoria en el caso de que pudiera ver algo. Cuando terminaron de atravesar una estantería, se encontraron al lado de una ventana, y pudo ver algo por fin. Se soltó de él un segundo, deteniéndose.

-Harley…aquí no hay nadie.

 Él se detuvo también, y se giró sólo un poco para mirarla.

-Escucha, sé que es difícil de creer. Pero sé que aquí, justo aquí, ha pasado algo. Y sé que tú también crees que esta vez sí que es Ann la que está en problemas. Dime que me equivoco.

Rose bajó la vista y se mordió el labio inferior.

-Vamos, anda-murmuró, finalmente.

-Voy a mirar un momento por ahí-dijo, señalando a la sección de historia.

-Vale. Yo por el otro lado-informó Rose.

-Si te pasa algo, grita.

-Igualmente, supongo.

Después de apretarse las manos, se separaron.

Habían acordado no encender luces o usar el hechizo lumos, por si acaso. Porque serían más fáciles de ver o localizar. Realmente Rose estaba teniendo problemas para conseguir ver algo. Podía al menos haber brillado la luna en lo alto del cielo y así iluminar el lugar. Para no tropezar con nada, su mano derecha se desplazaba por la estantería, con las yemas de los dedos notando perfectamente notando el grosor de cada libro.

-¿Ann?-llamó, insegura, en voz baja- Ann, ¿estás aquí?

No obtuvo respuesta. Ninguna de las veces que la llamó. Se tropezó con la esquina de un estante.

-¡Ann!-llamaba en voz baja Harley recorriendo diferentes pasillos, con prisa. Estaba empezando a desesperarse y tropezó varias veces, golpeándose en una ocasión en una zona bastante dolorosa- ¡Ann, joder!

De repente, el chico pisó algo. Se agachó a cogerlo y vio que era un libro.

Frunció el ceño. Tampoco podía ver excesivamente bien en la oscuridad, pero...

Juraría que tenía una enorme mancha de sangre. La tocó. No estaba seca, le manchó un poco la mano. Lo cerró con un ruido sordo.

Se puso nervioso. No conocía aquel libro, pero era sin duda lo que Ann había ido a buscar allí. Rose le había explicado el plan de la chica para aquella tarde.

Lo sabía. De alguna manera, sabía que ella estaba en problemas. Lo sabía tanto como que el mar era azul, y que los ojos de Ann eran como el mar.

Su pecho empezó a subir y bajar con más rapidez.

Un fogonazo de luz apareció a sus espaldas.

-Suelte el libro, Crespo. Y levántese.

Harley se encogió más en si mismo, todavía en cuclillas. Giró  un poco la cabeza y comprobó que la voz que había oído era del dueño que sospechaba.

Mierda.

-Señor Hoff, yo solo...-intentó excusarse, pasmado porque no había conseguido oír sus pasos y evitarse aquello- no es que no supiera que no se podía entrar, es que estaba buscando a...

-No me ha entendido. He dicho que se levante-dijo con voz severa.

Harley frunció el ceño.

Se giró lentamente sobre sus talones, intentando esconder el libro a sus espaldas.

Pero fue inútil.

-Le confieso que me resulta insoportable la idea de que no se despegue de la señorita Anderson ni por un momento. Ha sido muy difícil que coincidiera justo un día que no estuviera siguiéndola como un perrito faldero. Aunque con su marcha de hace unos meses podríamos haberla sacado del castillo. Pero claro, ya se aseguró de que hubiera gente alrededor de ella...como el señor Potter.

Harley se levantó despacio. El señor Hoff lo apuntaba con su varita, que emitía ahora una  potente luz blanca. Él tuvo el instinto de alzar los brazos, pero la idea de cómo era posible que no hubiera escuchado que el hombre andaba cerca de él le atormentaba la mente.

El mismo bibliotecario respondió, como si pudiera leerle el mismo pensamiento.

-¿Has comprobado lo bueno que soy con los hechizos de ocultamiento? a prueba de alumnos aventajados. O desventajados, depende de por donde se mire ¿no cree?

Estaba casi irreconocible. Tenía un aire de seguridad que no había mostrado antes nunca. Casi no podía verle debido a la luz que le cegaba, pero supuso que ya no se parecería a un enclenque y apocado ratón de biblioteca.

-Entonces es usted-dijo Harley, tenso y con gravedad. Cada palabra cayó como una losa-es el Mortífago.

-¡Vaya, además de agraciado, listo! Es imposible que no te haya ayudado nadie. ¿Es posible? Es una desgracia que no vayas a vivir para presumir de que fuiste tú el que descubrió la verdad. Un simple Sangre Sucia, casi squib, inmiscuyéndose en asuntos de magos.

-No le llame Sangre Sucia.Y no es un squib.

Juraría que pudo ver el sobresalto en los ojos del profesor al oír la voz de Rose, segura y autoritaria, que provenía de detrás de él.

Alguien se rio.

-Siempre te gustó demasiado la biblioteca ¿No, Weasley? no podías pasar un día sin pisarla.- se rió. Ambos chicos supieron en ese instante, que estaba seriamente demente.

Harley supuso que Rose apuntaba al profesor con su varita, porque el Mortífago no se giró para combatirla. Así, seguía apuntando al chico, para que la pelirroja no pudiera hacer ningún movimiento sin arriesgarse a que su novio saliera herido.

-Parece que a tu novia también se le dan bien los hechizos de ocultamiento.

-Deje de apuntarle-exigió Rose, con nerviosismo oculto en su voz.

-O si no ¿qué?

No supo qué responder.

-Mírelo bien, Weasley. ¿Realmente merece la pena arriesgarlo todo por personas como Anderson o este patético muggle extranjero, que ni siquiera saber manejar una varita como es debido?

Harley apretó la mandíbula, furioso.

La voz de Rose sonó un poco ronca.

-¿Realmente merece la pena arriesgarlo todo, o fingir ser un bibliotecario aburrido tantos años por los patéticos Mortífagos y Sameor, un mago que se cree invencible y que está dispuesto a matar a cualquiera que se interponga en su camino sólo para acabar con una simple estudiante de Hogwarts de apenas dieciséis años, y que por lo tanto, acabaría con su vida sin pensárselo?

-Ahora mismo, así lo creo. Además, no es una muchacha normal y corriente. En cambio usted, aparte de la famosa sangre que corre por sus venas... sí lo es-dijo, y después se giró sorpresivamente- ¡Avada Kedavra!

Rose chilló de la sorpresa y esquivó el hechizo por los pelos, intentando dar dos medias vueltas sobre si misma, pero tropezó y cayó al suelo. Si no hubiera estado entrenando sus reflejos para cazadora del equipo de Quidditch, habría muerto en aquel mismo  instante.

-¡Rose!-gritó Harley.

No fueron casi ni tres segundos. El chico aprovechó que Hoff se había girado para avanzar con una rapidez mágica hacia él y agarrarlo con fuerza, levantándolo varios palmos del suelo y golpearlo con saña contra el mismo. Fue un golpe que casi retumba en las estanterías.

Lo agarró de la pechera de la capa y le arrebató la varita, con facilidad.

-¡¿Dónde está?! ¡¡Vas a decírnoslo ahora mismo!!

Rose se levantó del suelo trabajosamente y se acercó a ellos, corriendo como pudo. Apuntó con su luz al hombre, para comprobar que no estaba inconsciente todavía.

No lo estaba, pero le habían hecho daño. Aun así, él tuvo la oportunidad de volver a reírse. Rose ya no tenía miedo por Hoff, sino por Harley, que furioso estaba dispuesto a hacer de todo hasta obtener una respuesta.

-Sugiero que deje de reírse y le responda-dijo ella, procurando mantener la calma.

-Rose, márchate. Avisa a los demás.

-No puedo dejarte solo. Le matarás-le soltó. No podía mentirle ante una situación así. Tenía que ser clara y recordarle que era una buena persona y no podía permitirse perder el control sobre sí mismo en tamaña situación-mientras yo esté aquí, no es probable que pase algo que lamentarías después.

-Tampoco me arrepentiría mucho de matarle-siseó, mientras le miraba. Rose realmente dudó sobre la veracidad de lo que había dicho- voy a preguntarlo otra vez ¿¡DÓNDE ESTÁ!?

-Monstruo.-le soltó, rojo de ira. También estaba colorado por la falta del aire que las manos del joven le negaban.

-¡Electro!

Chispas amenazadoras salieron de la varita de Rose hacia él, y el señor Hoff se retorció de dolor varios segundos.

-¡Le ha hecho una sencilla pregunta! ¡¡Responda, demonios!!

El brillo obsesivo de sus ojos se fue apagando lentamente, como un neón. Acto seguido, dijo con esfuerzo:

-San Mungo-pronunció con lentitud- Los Mortífagos están atacando el Hospital. Se han llevado a Anderson allí.

Rose soltó un gritito, de la conmoción.

Su madre. Ella estaba allí. Su familia...

Harley tampoco se mostró aliviado. No soltó ni aflojo su agarre.

Ella sabía que tenía que hacer.

-¡Desmaius!

Harley quedó encima de un hombre desmayado e inconciente.

-Vámonos-ordenó.

-Pero él... ¿Por qué le has maldecido tan pronto? y si mient...

-¡¡Olvídale!! ¡¡No importa!! ¡¡Hay cosas más importantes!!

Él obedeció, tras pensárselo.

Al levantarse, ambos se abrazaron, fugazmente.

-¿Qué hacemos?-preguntó Harley.

Rose negó varias veces.

-Primero encontremos a los demás. Y sobre el resto... estoy pensando.

Cuando Albus vio aparecer a sus amigos por el gran comedor, jadeantes y desaseados (al menos, más de lo normal) tuvo ganas de estrangularlos, cada uno con una mano.

-¿¡Pero vosotros sois conscientes de la que tenemos encima!? ¿¿Qué pasa, no llevabais collar, o es que estabais muy ocupados como para...

-Hoff es el Mortífago-soltó Harley.

Albus calló súbitamente y abrió mucho los ojos. Scorpius, a su lado, estaba atónito.

Rose asintió, sin resuello.

-Lo es. Acabamos de dejarle petrificado en la biblioteca.

¿Y los demás?

-Todos en el segundo piso-respondió Scorpius.

- Pues vamos. No tenemos tiempo que perder.

Fue Rose la que relató todo lo que sabían en aquella pequeña aula, con los alumnos apretujados unos con otros.

Cuando acabó, todavía reinaba el silencio.

-¿Por qué crees que están atacando San Mungo?- intervino finalmente Jamie Toth.

-Han infectado a gente para matarla-consiguió decir Albus a duras penas- pero si atacan el hospital podrán matar a la familia que se encuentre allí...-expresó con esfuerzo debido al nudo de su garganta.

-Yo voy. No sé cómo, pero hay que conseguir ir a San Mungo.

-¿Cómo,  Potter? en Hogwarts no podemos desaparecernos, y no hay ninguna chimenea conectada con San Mungo,  que lógicamente dispone de una red privada de chimeneas...

-Smith, como no te calles, te aplico la lógica con una maldición-le espetó James.

-Tobías tiene razón-dijo Rose. Miró al chico- pero te equivocas en algo. Hay solo una chimenea que podría estar conectada. La de la enfermería. Quizás. Con suerte.

Grace se revolvió entera.

-Erized llegó hoy de San Mungo. Hoy por la mañana-intervino- nadie lo sabe todavía. Está escondida en nuestro cuarto. No quería volver a pisar los pasillos- muchos entendieron como debía de sentirse- ¡Es probable que la comunicación siga abierta!

Varios se pusieron animados con ese dato.

Rose se mantuvo circunspecta.

-Tal vez tengas razón. Pero espero que no. Significaría que los Mortífagos también pueden entrar aquí. Nos conviene ser nosotros los que lo habramos.

Se escucharon varias respiraciones sorpresivas.

Rose se aclaró la garganta.

-Escuchadme.  En cualquier caso, tengo un plan. Un plan que seguramente salga mal. Pero es un plan, al fin y al cabo.

Harley se acercó a Albus mientras Rose hablaba.

-Busca a Ann en el castillo-le dijo- no es casi probable que Hoff haya mentido. Pero si está aquí, tú podrás encontrarla. Sabes que otras veces he procurado evitarte algo así pero ahora no podemos permitírnoslo.

Albus le miró como si estuviera loco. Aunque también con un deje de vacilación.

-Harley, hoy es fiesta. Hoy hay fiesta-remarcó- Nadie se acostará hasta tarde y muchos podrían verme.

- Bueno, ya. Y ¿prefieres que a Ann le pase algo?-le espetó.

-No digas gilipolleces. ¡Claro que no! Pero por si no te acordabas, me transformo en un lobo gris enorme. Además de que ser un animago no registrado es ilegal ¡Yo desentonaría un poco en los pasillos del edificio!

Harley no añadió nada. Albus chasqueó la lengua segundos después.

-Veré lo que puedo hacer.

-Albus- Harley le mostró la mano izquierda, roja-¿Ves esta sangre? seguramente sea de Ann. Y hay un libro entero manchado de ella-le confesó. Por primera vez en mucho tiempo, no le temblaba la voz de dolor físico.

Albus se asustó y respiró profundamente varias veces.

-Si es de ella olerá como ella-dijo, sin encontrar las palabras adecuadas.

-Pues tenemos que saber de quién es, o al menos si es de Ann.

-¡Señora Pomfrey! ¡¡Señora Pomfrey, por favor!!

Poppey Pomfrey acababa de llegar a su despacho en la enfermería y se había quitado la molesta capa de gala, agotada, cuando escuchó el grito de una alumna  llamándola desde la entrada de la misma enfermería. Dejó sus ropas más molestas y se colocó la bata de enfermera en apenas unos segundos. Salió atropelladamente del despacho y, en la puerta, vio como Rose Weasley y Albus Potter sostenían a duras penas a Harley, el niño que había batido en cinco años el récord de estancias en la enfermería. Poppy conocía su problema. Desequilibrio de magia. Una enfermedad en la que el enfermo no era capaz de controlar la magia en su interior, como el resto de magos, sino que sufría inestabilidades constantes. A pesar de que el problema era intratable clínicamente, estaba orgullosa. El chico era capaz de vivir una normal, más o menos. Había muchos otros condenados a vivir en San Mungo toda su vida, hasta que murieran al no soportar su cuerpo adulto el peso de una magia tan incontenible.

Pero de vez en cuanto…hasta a el chico le surgía alguna complicación.

Como en aquel momento.

-¡No sabemos que le ha pasado!- chilló Rose, con los ojos llenos de lágrimas y desesperada- estaba normal, y de repente, ha empezado a convulsionar.

Lo miró, y vio que el joven se retorcía sin control en los brazos de sus amigos, que apenas podían sostenerle. Le sangraba copiosamente la nariz y sus ojos estaban rojos e hinchados. Rose cayó al suelo por no soportar el peso del chico. Albus hizo un esfuerzo por mantenerse en pie, pero ambos chicos se estamparon  contra la fría piedra. Harley gritó, y el sonido de su agonía se escuchó retumbando por todas partes.

Pomfrey se acercó corriendo como pudo.

-¿Qué ha ocurrido exactamente?- preguntó, intentando  mantener la calma.

-¡Estaba bien- repitió Rose gritando y poniéndose en pie-  pero de repente se puso a temblar y...no lo sé, no fue como las otras veces!

-Pero ¿por qué?-preguntó, anonadada.

-No lo sé, señora Pomfrey. ¡Pero mírelo, nunca se había puesto así!

La miró fijamente, sin saber qué más decirle.

-Por favor. Sé que no es lo que él quiere, pero tiene que llevarle al Hospital. No puede seguir así, y menos hoy. Es peor que otras veces. Por favor…-dijo el joven Potter.

Lo sopesó unos segundos. Sus amigos parecían fuera de sí.

Una enfermera tiene que tomar decisiones a la velocidad del rayo.  Y saber tomar la más correcta.

En el Hospital estaría bien.

-De acuerdo. Conectaré la chimenea con la de San Mungo. ¡Llévenlo con un hechizo levitador, vamos!

Fue corriendo hasta la chimenea de su despacho (y su hogar) e inició el Sortilegio para conectar la red flu con San Mungo. Cuando acabó y se dio la vuelta, Rose la miraba angustiada y Albus con cara de arrepentimiento. Llevaba una varita en la mano que la enfermera juraría que no llevaba antes.

Harley estaba de pie, al lado de sus compañeros.

Una enfermera tiene que tomar decisiones a la velocidad del rayo.  Y saber tomar la más correcta.

Pero cuando la engañan... todo cambia.

-Lo sentimos muchísimo, señora Pomfrey-dijo Harley, lamentándose de verdad.

-No haríamos esto si hubiera otra opción, pero creemos que es mejor así.

-¿Pero qu...

Albus inspiró con rápidez.

-¡Petrificus totalus!

Poppy cayó como una losa al suelo, todavía con el rastro de la sorpresa en su rostro.

-Esto está mal-no pudo evitar decir Rose, lamentándose también-ya podemos ir haciendo las maletas...

-Eso es lo de menos-soltó Harley mientras se sacaba el turrón sangranarices y las píldoras enfermamiradas para tener los bolsillos del elegante pantalón libres. Se agachó y agarró a la profesora por las axilas lo más gentilmente que pudo-habrá que esconderla por si alguien decide asomarse por aquí ¿no?

-Si alguien se asoma por aquí, nos verá a todos reunidos- replicó Albus.

Y efectivamente. En veinte minutos, todos volvían a estar juntados allí.

-Vale-empezó James- Tenemos a la enfermera petrificada, la comunicación al Hospital y...un número excesivo de gente a repartir en diferentes "tareas" o "misiones". O lo que sea. Como queráis llamarlo.

-James, no he entendido eso último-dijo Edith Lawrence.

-Todos no podemos ir a San Mungo. De hecho, la mayor parte de nosotros tendrá que quedarse aquí para...

-¡Yo voy!-exclamó Clary.

-¡También yo!

-¡Y yo!

-¡Callaos la boca!-exclamó Harley, cabreado- quien haya venido aquí para hacerse el héroe, ¡se puede ir por esa maldita puerta porque no hay tiempo para eso!

-Lo que está queriendo decir es que algunos de nosotros tenemos familia en el Hospital, o somos más útiles en un lugar o en otro o, como es el caso de Harley, está demasiado preocupado como para parase a ver que necesita al menos un poco de ayuda. Tampoco quiere gente que podría ayudar más en otra parte.

-Gracias por hacerme de traductor, Al. Y yo que creía que hacía años que sabía expresar mis ideas en Inglés...

-Para mí está claro quién viene y quién se queda-siguió el mayor de los Potter- en San Mungo, si la situación es la que ha contado el condenado señor Hoff, necesitaremos a alguien bueno con la varita. Por supuesto, yo y  Rose vamos. Jamie...

-No, James-cortó Louis- Jamie se queda. Mi hermana trabaja de Sanadora, tengo que asegurarme de que está bien y además, Jamie es más productivo aquí ¿no?- le preguntó al chico.

Jamie Toth asintió, conforme.

-No iba a decir otra cosa, Louis. Jamie, te encargarás de dirigir a los que se queden aquí- ¡Callaos!- ordenó, por el barullo- los chicos grandotes. Harley y...tú ¿Cómo te llamabas, Josh...?

-Joshua Wracen-respondió el aludido, muy serio.

-Vale. Pues uno en cada lado. Supongo que tú ni de coña te quedas aquí-le dijo a Harley- así que Wracen, tú te quedarás. Que vean que no somos unos blandengues. Malfoy...tú te quedas también. Avisa a Mcgonagall de lo que ocurre aquí cuando ellos se hayan ido. Clary...lo siento, tú te quedas. Lily, Lawrence, Fred, Bennet, Brennan, Holmes, Sanders...y los que nombré ahora, se quedan.

Harley miró a Albus, y este se dio cuenta en seguida.

-Tienes que quedarte, por favor.

Albus no protestó excesivamente. Se limitó a suspirar.

-Este es nuestro trato. Busco a Ann por todo el castillo. Si no está, iré a San Mungo.

Harley asintió, conforme.

-No dejes que le pase nada a Rose- le advirtió seriamente a su amigo- no la dejes de lado.

Al chico le molestó ese comentario, y esta vez no respondió nada, ni con un gesto de cabeza.

A unos metros, James seguía organizando como un loco.

-Wilson...tú te vienes.

-¡Ni hablar!-soltaron Scorpius y Josh a la vez, haciendo que se miraran. Todavía quedaba un un leve enfrentamiento en sus miradas.

-James, no-corroboró Albus-sé por qué lo haces, y no me gusta. No me gusta en absoluto. No voy a permitirlo.

-Callaros todos-soltó la aludida- Estoy de acuerdo. Yo voy. No me asusta ver al marido de mi madre en...

-¡Querrá matarte!-soltó Albus- ¡James, la matará, si está allí! ¿No pretenderás usarla como una distracción, verdad?

James pareció vacilar por unos segundos.

-¡No soy de porcelana!- chilló Grace-¡Yo me defiendo con la varita mucho mejor que muchos de los que están aquí! y por si no te habías dado cuenta, si hay Mortífagos por todas partes, ¡querrán matarnos a todos sin excepciones! Yo voy, y no se hable más-finalizó, mirando a Albus con seriedad.

-Que sí. Que venga. No sé. ¡Nos tenemos que ir ya!- soltó James, impacientándose-¿Quieres que a Ann le pase algo?

-Rose, yo no puedo quedarme aquí...

La aludida se sobresaltó. Cruzó una mirada con su hermano. Él  parecía estar tan desesperado como ella por llegar al Hospital para asegurarse de que a su madre no le pasaba nada malo.

Se mordió el labio, indecisa.

Finalmente, suspiró.

-Claro que no, Hugo. Vienes.

El chico se puso en marcha, resuelto.

-Pero como te pase algo-añadió Rose- te mato.

Hugo no pudo evitar sonreír.

-Hemos traído ropa para las chicas- decía Nicholas Holmes mientras entraba en el despacho con una bolsa llena-con un vestido y zapatitos no podrán hacer mucho. No sé... ¿ha sido una buena idea?

Rose ni siquiera se había acordado de que llevaba una prenda inusual encima, y de que aquellos zapatos le apretaban el pie y ya le habían hecho más de una herida.

-Han traído ropa mía-le informó Hugo- todo te quedará un poco grande, pero les he pedido a los chicos que me cogan el cinturón. A ver si me han hecho caso.

Rose le devolvió la media sonrisa, agradecida. Un silencio extraño se formó entre ambos.

-No te preocupes Hugo. Nadie va a dejar que algo le pase a Mamá-le consoló, hablando también para sí misma.

-Empezando por papá y por nosotros.

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-¿Es normal que esta sala esté vacía?

James terminó de decir su pregunta cuando apareció Grace, que fue la última en aparecer por la chimenea del Hospital con una humareda verde que se fue esfumando poco a poco.

-Si es la sala de Emergencias de Hogwarts, quizás sí. Aunque con el último ataque a Erized lo normal es que tuvieran un equipo de emergencias bien preparado, o algo parecido. Pero esto está casi vacío.

Rose tenía razón. Aquella pequeña salita a la que habían llegado tras viajar por la red flu estaba prácticamente desierta, excepto por unas gasas y unas pocas pociones que había en un estante blanco.

Grace contempló la sala con extrañeza, mientras se subía los pantalones con disgusto. Eran de Albus, y aunque cualquier otro pantalón de otro Griffindor le hubiera quedado más grande, tenía prácticamente que sujetarlos para que no se le cayeran. Le quedaban largos y tenía que darles dos pequeñas vueltas por encima de unos zapatos deportivos que debían de ser de un alumno años más pequeño que ella. Y, acostumbrada a los ajustados, resultaba extraño como los pantalones podían tener  espacio en...esa zona.

No eran muchos. James, Rose, Louis, Harley, Hugo, ella misma, Tobías Smith y Lena McLaggen. Por un momento, echó de menos a Scorpius y a Josh junto a ella. Y por qué no admitirlo...también a Albus.

Procuró pegarse a Rose. Cuando llegó a su lado, se escuchó un alboroto fuera de allí, además de varios chillidos a lo lejos.

Todos se tensaron.

-Coged vuestras varitas- dijo Rose, nerviosa-bien. Todos ya sabemos lo que habrá cuando crucemos la puerta. Así que este es el plan principal. Encontrar a Ann. Hugo y Louis, por favor, id a la habitación de mi madre. También buscad y encontrad a Victoire, espero que no...

-Le esté ocurriendo nada-completó Louis.

-Sí, eso. Es lo que iba a decir. Lena, sé que tu padre también está aquí, nadie se olvida. Tobías ¿podrás acompañarla y asegurarte de que todo está bien?

Tobías asintió.

-Si a Lena le parece bien.

 

-Claro-afirmó Lena- pero... eso os deja a tres para buscar a Ann. Sois muy pocos.

Grace, Harley y Rose se miraron, dubitativos.

-No-soltaron finalmente, los tres a la vez.

 

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Frank no conocía Hogwarts. Sólo había estado una vez allí, cuando su padre lo había arrastrado a la fuerza (exagerando un poco) al castillo en el que él iba a estudiar cuando tuviera once años.

A menudo cuando estaba deprimido por tener que soportar cada luna llena que su cuerpo quisiera convertirse en el cuerpo de un lobo deforme y salvaje pensaba que al menos eso tenía algo de bueno: no tendría que soportar que su padre le diera clases, ya que tenía una excusa más que perfecta para no ir a Hogwarts. Además, realmente no le atraía la magia demasiado. Es decir, al vivir en una posada y no en cualquiera, sino en la que se "conectaba" el mundo muggle con el callejón Diagon, sabía muchas cosas de ambos mundos. Y aunque a veces se sentía raro por pensar así, prefería el mundo muggle, donde quizás eran posibles menos cosas, pero los dueños de las mentes no-mágicas estaban llenas de sueños y creatividad. Soñaban con algo que sólo Frank y el resto de magos sabían que existía. MAGIA.

Solo lamentaba en aquel momento nunca haber vivido en los muros de aquel castillo y conocer solamente el pasadizo secreto desde Sortilegios Weasley (antiguamente el pasadizo de Honeydukes) hasta la estatua anticuada. Además de la chimenea de su padre...por donde había llegado él. Caminó ocultándose en la sombra para que nadie le viera, y en seguida notó un alboroto cerca de él. Tuvo suerte de que le gustara vestir siempre de negro, porque eso le ayudó a confundirse con la oscuridad del pasillo y que las dos figuras que pasaron junto a él no notaran su presencia.

Aunque parecían bastante pendientes de otras cosas más importantes.

-¿Dónde dice que lo han dejado, Malfoy?-preguntó la figura más alta, procurando aparentar tranquilidad. Frank la reconoció al instante. Era Minerva Mcgonagall, la directora de Hogwarts.

-En la entrada de la biblioteca, señora-Frank vio que se trataba de un muchacho rubio, casi plateado. Por el apellido reconoció quien era. Había oído hablar de la familia Malfoy-amenazó a Harl...bueno, a Ciro y a Rose con lanzarles una maldición e incluso...bueno, pretendía matarlos, por lo que ellos dijeron.

-Merlín, esto es horrible...avise a la profesora Badgreen, Redfield, Patterson y Longbottom-el corazón de Frank se disparó-y esperemos que no...

Los tres pensaban lo mismo.

Cuando Malfoy se quedó sólo en el pasillo, Frank decidió que tendría que cometer una pequeña locura.

Lo siguió en las sombras durante unos minutos rogando que no estuviera buscando a su padre, y cuando lo consideró oportuno, salió a su encuentro con la varita por delante.

-No te muevas, Malfoy-dijo, con la voz tomada.

Scorpius Malfoy se detuvo como si no pudiera dar ni un paso más, tenso como una cuerda.

Se dio la vuelta para mirar a Frank. El chico pensaba que se le iba a caer el alma a los pies. El  rubio tenía su varita en la mano, y Frank solo estaba aparentando que era un mago, cuando no sabía realizar ni un hechizo levitador y aquella varita que sostenía había sido más un regalo simbólico que otra cosa.

-¿Tú quién eres?-preguntó Malfoy, con un tono arrogante y de superioridad en su voz. Supuso que debía de encantarle darse cuenta de que Frank no era un Neomortífago.

-Soy parte del... ya sabes...-dudó-Rose Weasley me ha traído aquí-sacó del bolsillo de su pantalón negro ajustado un collar de chapa como el que todos tenían-solo quiero ayudar.

 

-Ya, pero es que resulta que no sé quién eres.

-Y no hace falta que lo sepas.

-Oh, sí hace falta-dijo una voz a sus espaldas.

Frank se giró, asustado.

Un enorme chico curtido y fuerte  vestido de traje escolar, con la camisa arrugada y la corbata verde desanudada lo apuntaba también.

-¿Este es amigo tuyo, Malfoy?-preguntó Frank mientras levantaba las manos.

-¿Él? bueno, depende de para qué-dijo, con resentimiento. Sólo pudo ver la sorpresa y tristeza del chico desconocido al que miraba-¿Y tú cómo sabes quién soy?

-¿Es peligroso?-preguntó el desconocido.

-No lo sé-contestó Scorpius-dice que viene de parte de Rose pero ¿De dónde vienes?

-Me llamo Frank-dijo.

-No pregunté cómo te llamas.

-Dejadle-dijo una tercera voz, que, para su alivio, sí conocía-sí que dice la verdad. Rose lo ha llamado. También sé cómo ha llegado hasta aquí. Wracen...deja de apuntarle.

Wracen gruñó un poco y le hizo caso. Frank apenas podía apartar la vista de él.

Albus Potter apareció de entre la oscuridad, sofocado por algo.

Scorpius sacudió la cabeza.

-No puedo perder más tiempo. Mcgonagall me pidió que avisara al resto de los profesores. Así podrían ayudarnos.

-Corre-apremió.

-Albus-llamó Frank- ¿Qué está pasando? ¿Dónde está Rose?

Albus negó.

-Aquí no.

-¿Cómo?-su voz subió casi una octava.

-Tranquilo. Ella está bien. Es Ann la que ha desaparecido.

Frank frunció el ceño, preocupado.

-No tengo tiempo de explicártelo. Necesito que me ayudes. Josh, tú también-Frank volvió a mirar al Slytherin.

-Para eso estamos aquí- dijo él.

-Frank, he estado revisando los pasillos y pasadizos en busca de Ann, y...no... la huelo. Está claro que no está aquí.

-No has acabado de olfatear todo el castillo-le dijo Josh Wracen.

Frank los miró a ambos.

-¿Él lo sabe? vaya, debe de ser muy amigo tuyo...

-Es de confianza-solo dijo Albus-¿Dónde más pretendes que mire?-siguió hablando a Josh.

-En mi Sala Común, por ejemplo.

-¡No puedo simplemente entrar como un lobo en la Sala común!

-¿No decías que tenías la capa de invisibilidad?

-Qué nivel. También sabe lo de la capa-intervino Frank.

Albus suspiró.

-De acuerdo, vamos.

Hacía unos tres años, Albus había pillado a su hermano y a sus amigos preparando en los baños una poción para convertirse en animago. Lo que no sabía era lo que estaban preparando. Y por estupidez, lo había tomado. James se enfadó mucho. Muchísimo. Supuso que si había estado preparando una poción ilegal, era porque realmente deseaba convertirse en un animal. En un lobo, con diferencia su animal favorito en aquel entonces. Pero era su hermano el que le había robado la ilusión. Y James nunca había vuelto a intentar ser animago.

 

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Todo daba vueltas. Sintió un dolor de cabeza peor que el que sentía al despertarse de una siesta demasiado corta. La luz era blanca. Un ruido ensordecedor invadió sus tímpanos. Sintió la necesidad de taparse los oídos. Chillidos. Estallidos.

Pero no pudo. No podía mover los brazos. Tampoco las piernas.

Fue despertando.

Se dio cuenta de lo enormemente atada que estaba. Tirada en el suelo, frío y blanco (aunque casi gris de la suciedad) apenas pudo ver unas cajas de cartón  que estaban enfrente de ella. Arrastró su mejilla por el suelo y tardó unos segundos en darse cuenta de que el líquido viscoso que había bajo su rostro era sangre. Parpadeó. Intentó levantarse.

-Dile que ha despertado-escuchó decir a alguien, como un eco lejano, con gritos y estallidos como música de fondo.

-¿Está herida?

-Supongo, estúpido.

Alguien la levantó sin miramientos del suelo. Tuvo el impulso de gritar. Le ardía la piel, como quemada por el sol. Su cabeza daba vueltas. Soltó un gemido lastimero. La sentaron en una caja más dura, de metal.

¿Dónde estaba su varita?

¿Qué era lo último que recordaba?

Lo último que recordaba era a ella en la biblioteca, con el libro de Morgan Le Fey en la mano, mientras buscaba algo que pudiera aportarle un poco de información a su nuevo dilema.

Después de darle muchas vueltas, había estado pensando en que quizás alguien quería que encontrara un parecido entre su historia y la historia del mago Merlín.

Aunque claro...la historia de Merlín era más leyenda que otra cosa. O a esa conclusión había llegado.

-Mírame.

Ann paseó su mirada por el lugar, desorientada. Parecía un almacén. La luz iba y venía. Finalmente, clavó su mirada en un hombre encapuchado y con una máscara que le tapaba el poco rostro que podía vérsele.

-No puedes escapar-le dijo a la chica.

Ann no movió un músculo, intentando mostrarse inflexible.

-¿Qué quiere?-preguntó la chica, con voz pastosa. Apenas se le entendió.

-Creo que podrás esperar a que él te lo diga.

Ann se estremeció entera (eso hiciera que le doliera más la piel) y cerró los ojos, mientras le temblaba el labio.

Tras unos instantes interminables para ella, alguien irrumpió en el pequeño lugar, silenciosamente.

Iba también encapuchado y con máscara, aunque se notaba la diferencia entre el NeoMortífago que la había levantado del suelo y, posiblemente, la había mutilado, y aquella persona.

Ann sabía de sobra quién era. Lo había enfrentado en otras dos ocasiones. Las dos, él se había ocultado tras una máscara y el anonimato.

Pero ella sabía quién era. Reconocería esa voz oscura en cualquier parte. Era la que poblaba sus pesadillas cada noche, intentando dominarla.

Sameor. El mago oscuro más poderoso de todos. El líder de los Mortífagos y el supuesto sustituto de Voldemort. Pero Ann sabía que ni siquiera la magia de un mago tan poderoso como lo fue Voldemort podía compararse con la de alguien al que se le había otorgado desde el nacimiento el poder mágico más poderoso de todos.

Y Ann lo sabía porque, por mucho que se lo negara, ella era igual que él.

-Déjanos solos-ordenó con la voz fantasmagórica de sus peores sueños.

El Mortífago obedeció, sumiso. A Ann se le hizo extraña aquella visión. Siempre se preguntó porque los defensores de unos ideales como los de los partidarios de la Sangre limpia eran los mismos que servían a sus órdenes.

Supuso que estaban locos por un líder que les llevara a alcanzar la gloria.

-Lamento todo lo que te han hecho antes de traerme a mí-dijo, con voz neutra y sin atisbo de lástima-supongo que debe ser divertido saberte más fuerte que una de los dos magos más poderosos de la tierra. Aunque sea solo mientras ella está inconsciente.

Ann no dijo nada. Solo se escuchó el sonido de su respiración, fuerte y nerviosa.

-¿No es cobarde eso

Ann recordó que nunca había visto el rostro de Sameor.

-Hay cosas más cobardes-dijo, con esfuerzo.

Él se paseó por la estancia, lentamente.

-Ann Anderson -pronunció- ¿Sabes lo que más me "fascina" de ti? que pareces una chiquilla asustada todo el tiempo. Y les mientes a todos. Solo yo puedo ver cómo eres en realidad. Osada. Fuerte. Poderosa. Muy poderosa, si tú quisieras...mírate ahora, por ejemplo. Pareces a punto de morir y sin embargo, noto como la magia lista para actuar cuando tú se lo mandes.

-¿Por qué haces esto?-preguntó Ann, casi llorando, pero sin perder la compostura.

-Vamos, niña estúpida- escupió- no te portes como una tonta. Podrás engañar a tu familia, a tus amigos...pero conmigo no tienes que fingir. Lo sabes. Sabes exactamente porque no estás muerta. Porque no te he matado aún, a pesar de las numerosas oportunidades que he tenido. Si estás viva es gracias a mí. Los Mortífagos te habrían matado hace mucho de no habérselo impedido yo.

-No puedes matarme-dijo Ann, sin pizca de duda.

-¿Ves, Ann, lo ves?

Su voz empezó a denotar emoción.

-Puedes matar a cualquier ser humano de este planeta, pero a mí no puedes matarme.

-¿Por qué no puedo? ¡Dímelo! ¡¡Di lo que piensas!!-gritó, furioso.

-Porque yo soy tú. Somos como dos piezas de un todo. Somos...

-Iguales- dijo.

-Te sientes tan solo y tan desesperado como yo me sentía- dijo Ann. No sabía de donde le salía esa capacidad para expresar con tanta claridad sus pensamientos y sentimientos más hondos, pero aquel miedo que había sentido siempre se esfumaba poco a poco. Porque nos da miedo aquello que ignoramos o no conocemos.

Y Ann había nacido para conocer- hasta que tuve a alguien que al menos intentó entenderme. Hasta que tuve amigos.

Supo que había conseguido enfadarle.

-Te odio-siguió Ann. Se sentía viva y llena de fuerza- se que tú mataste a mi padre el día que yo nací. No pudo haber sido otra persona. Tuviste que ser tú mismo el que hiciera que me sintiera tan sola, lo suficiente como para que vivir se me hiciera insoportable. Tenía que estar tan sola como tú.

Sameor rio tras su máscara, y a Ann se le aplastó un poco más el corazón.

-Quieres hacer algo mucho menos amable que matarme. Quieres hacer que mi vida sea tan miserable que no pueda soportarlo.

-En definitiva, quiero destruirte-completó él-porque te odio.

-Pero te fascino. Antes lo has dicho. Es la maldita razón por la que yo estoy viva y toda la gente a la que quiero está siendo destruida.

-Las cosas no tienen por qué ser así, Ann. Y tú lo sabes muy bien.

Silencio.

-Ven conmigo, Ann. Únete a mí, y no volverás a sufrir jamás. No a mi lado.

A Ann se le llenaron los ojos de lágrimas.

Negó muy a su pesar.

-Nunca seré como tú. No deseo el poder, ni el reconocimiento. No deseo el mal.

-Puedo ofrecerte mucho a cambio. Puedo ofrecerte algo que no tuviste jamás. Una familia.

Eso encendió a Ann.

-¡Mi madre y yo éramos una familia! ¡¡Y como me entere de que lo que tenía no era cáncer, si no tú matándola poco a poco como haces a los padres de muchos compañeros míos, juró que no descansaré hasta vengarme!

Se escuchó unos fuertes estallidos y un líquido violeta salió de varias de las cajas. Ann respiró e inspiró, fatigada.

Se asustó.

-¿Qué me estás haciendo?-preguntó, aterrorizada.

-No he hecho nada. Esa rabia y esa magia están dentro de ti. Tú controlas lo que ocurre.

-Yo no soy así.

-Ya te he dicho que tienes dos caras.

Ella bajó la mirada, derrotada.

- De todas formas tengo dos enormes ofertas que acerte para que aceptes mi propuesta, ya que tan horrible te parece. La primera...has hecho estallar unos pocos de los muchos botes que tenemos de la cura contra la enfermedad que afecta con mayor rápidez a los Sangre Sucia. La enfermedad mortal que hemos inyectado a los que no merecen llamarse magos.

Ann abrió mucho los ojos.

-Creo que lo has entendido. Únete a mí, y Hermione Weasley vivirá. ¿No querrás ser tú la que le rompa el corazón a tu amiga, verdad? su madre, muerta, y tú pudiste impedirlo...

-Yo no soy la culpable. Los culpables sois tú y tus Neomortifagos.

-Buen argumento. Dejaremos que muera, entonces.

Ann apretó los dientes.

-Aunque ahora que tu madre está muerta, ella podría haber sido tu familia, tu segunda madre. Porque...no tienes más familia, ¿no es cierto? pobre Ann...tu madre era huérfana, tu padre huyó de su hogar, y...tu hermano mellizo murió nada más nacer.

Ann frunció el ceño.

-Ah ¿no lo sabías? ¿Tu madre nunca te lo contó? sorprendente...

-¿También lo mataste tú?-siseó Ann.

-Iba a llamarse Andrew- continuó Sameor, impasible- supongo que la razón por la que tu madre nunca te habló de tu hermano pequeño fue porque, aunque los Sanadores juraron que estaba muerto, el niño desapareció.

Ann soltó un gemido de sorpresa.

-No...

-Sí, Ann. Todavía tienes familia. El pobre Andrew lleva dieciséis años sintiendo que le falta su otra mitad...cosas de mellizos, supongo.

Todo alrededor de Ann se volvió borroso. Comenzó a temblar de nuevo.

-No, no, no...¡Es mentira! ¡¡Es mentira!!

Imágenes empezaron a penetrar en la mente de la chica a toda velocidad.

Un camino terroso, sol brillando en el cielo, y un niño muy pequeño de pelo castaño oscuro y ojos azules corriendo con el viento.

Un niño de nueve años mirando para Ann, en mitad del bosque, seriamente, como si se sintiera solo y nada pudiera hacerle volver a sonreír.

Un chico de unos quince años, con el mismo pelo y ojos que los anteriores, recorriendo las calles de Londres, sin rumbo…

Basta.

-¡¡Basta!! ¡¡Es otro de tus trucos!!

-No, Ann. Andrew John Anderson está vivo.

-¡¡No!!

Se abrieron grietas el techo, amenazadoramente.

-No te enfades tanto, Ann. Al fin y el cabo, el llevarme a tu hermano y hacerlo mío tuvo sus ventajas. ¿Quieres mucho a Harley, verdad? como no quieres a nadie, por mucho que intentes quererlo como al resto de tus amigos. Lo amas. Todos creen que viene de otro país, que es diferente. Está enfermo. Nació enfermo. Yo lo vi nacer. Yo envié a Ciro lejos. Yo envié a Harley a tu lado. Gracias a mí él te quiere y te proteje como nadie. Digamos que hice...una especie de intercambio de familia.

Ann casi no le escuchaba.

O eso intentaba. Porque lo que decía cobraba un sentido que no quería entender.

Algo borboteó dentro de ella. Algo furioso, primitivo y desconocido.

-Harley es mío-dijo con rabia y posesión, y no se reconoció a sí misma diciendo eso.

Sameor bajó su capucha y, con un elegante movimiento de su  varita de Tejo, destapó su rostro por primera vez.

Había estado esperando ver la cara de un monstruo. Pero lo que vio, fue mil veces peor.

Tenía el pelo negro y la piel oscura. Los ojos también  oscuros, como los de...la mandíbula cuadrada, tapada por una barba. Cada facción de su rostro estaba perfectamente hecha, sin ninguna imperfección.

Era...era como él. Solo que más mayor.

Ann solo pudo chillar como nunca antes hubo chillado. Chilló de puro terror.

-Harley es mi hermano.




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