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Análogo
(R13)
Por WendySumpterWood
Escrita el Miércoles 22 de Abril de 2009, 19:57 Actualizada el Miércoles 10 de Febrero de 2010, 22:42 [ Más información ]
Wasn\'t born to follow
Me había pedido que la llevara conmigo. Sonó
como una súplica, un ruego, una necesidad, tal vez. Estuvo a punto de
atravesarme con esa débil mirada de ojos castaños, sorprendiéndome en el acto
(y yo que había pensado que nunca nadie sería capaz de ir más allá dentro de mi mirada). Tenía el ceño vagamente fruncido
por la angustia que amenazaba con exteriorizarse a través de gotitas resbalando
de sus ojos y su boca se curvaba hacia abajo en señal de descontento y
confusión. Y me estaba pidiendo que la llevara, que le permitiera viajar junto
a mí. Quería experimentar, vivir, cambiar… No sabía bien cómo explicarle todo,
cómo decirle algo que a su juicio resultara lógico sin dañarla. Recuerdo haber dado un fugaz vistazo a mi
motocicleta, encontrándome quizá con lo que me ahorró un trago amargo, o al
menos la mitad de él. Extraje de mi bolso un libro sin cubierta, sin autor ni
título, y se lo entregué. No le dije que se fuera conmigo, no le dije nada
importante. -La respuesta que no he sabido darte está aquí
-dije- Sin autor, sin nombre, sin nada. Entre estas líneas están mis porqués,
mis argumentos e incluso mis metas. Descífralas. Se aferró al viejo libro como si fuese lo
único que la mantenía viva. Sentí, de pronto, que algo dentro de mí se encendía
y tuve un desagradable deja vú que
creí conveniente dejar pasar. Ya había tenido mi momento de recuerdos la noche
en que la había conocido a ella y no
podía permitirme más que eso. - Llévame, por favor. Quiero saber qué
escondes -balbuceó, de pronto, cuando me hallaba casi montado en la
motocicleta- Quiero saber porqué viajas, qué dejaste atrás… -Una de las principales enfermedades del hombre es su inquieta curiosidad por conocer lo que no puede llegar a saber. Tenía que citar algo por última vez, era
necesario. Cuando la miré a los ojos y noté que su rostro estaba completamente
empapado en lágrimas creí, por un segundo, que la motocicleta se desvanecería
bajo de mí y que esa dama dejaría de estar allí en cualquier segundo para ceder
su lugar a una mujer en un fantástico vestido blanco, persona del ayer. Cerré los ojos casi sintiendo dolor, con el corazón latiendo de una manera por poco desconocida para mí. Me puse el casco, la miré por última vez. Partí. En cierto momento percibí el amargo sabor de una lágrima deslizándose por mis labios y descubrí, no sin horrorizarme, que esa mujer sin nombre había revolucionado mi vida mucho más de lo que me hubiese gustado. A veces cuando me recuesto en el suelo en medio de la nada me parece que escucho su voz quebradiza pidiéndome que la lleve conmigo. Y esas noches, en sueños, su rostro se funde con el de la doncella de blanco, con la imagen de mi madre en mi cuarto…
-En mi vida siempre ha existido gente que de
cierta forma me impulsa a ir más allá,
a olvidar, a partir, a crecer. -dijo el sujeto, haciendo eco a lo que siempre
había pensado de la gente que me rodeaba- Aunque, claro, si no existiesen
también habría podido llegar donde he llegado. Soy un independiente. -¿Y dónde has llegado? -pregunté,
completamente seguro de que no podría contestarme de manera inteligente. -Aquí, por supuesto. Aquí,
por supuesto. Otro más, otro más. Llevaba meses de
pueblo en pueblo buscando personas especiales y diferentes que añadiesen algo a
mi vida, pero al parecer mi capacidad para atraer individuos interesantes se
había esfumado en una ciudad lejana cuyo nombre ni siquiera lograba recordar.
Quise decirle que su viaje carecía de propósito espiritual, que era mejor que
regresara a sus costumbres tecnológicas y que no encontraría nada que lo
llenase si mantenía esa mentalidad. Pero me contuve. No tenía sentido alguno
comenzar a darle una charla sobre algo que jamás comprendería. Me levanté de la mesa de aquel café de mal
ambiente con la excusa de tener que marcharme pronto del pueblo. Mi
interlocutor no opuso resistencia a mi partida y en cuanto me despidió llamó al
camarero para pedir otra taza de ese café de mal sabor mezclado con agua con
exceso de químicos. Había encontrado un granero abandonado y lo
había utilizado como refugio durante la noche anterior. El espacio era
suficiente para dejar mi motocicleta en una esquina y acomodarme con la
guitarra y la mochila; al instrumento le faltaba una cuerda, así es que luego
de hacer el intento de tocar una canción decidí dejarla por allí para que
alguien hiciera lo que quisiera con ella. El pueblo en el que me hallaba cargaba con un
nombre extraño de pronunciación difícil y su mayor atractivo era,
probablemente, una tiendita de artículos anticuados ubicada en la entrada
suroeste. Supuse que allí encontraría alguien que aportara algo nuevo a mi
vida, pero en lugar de eso sólo me encontré con un hombre con crisis de mediana edad y ganas de
retomar su vida, mal disfrazadas de una sensación de triunfo por haber hallado
eso que aparentemente tanto buscaba. A pesar de llevar todo ese tiempo de viaje
básicamente seguía persiguiendo lo mismo que aquella vez que huí de mi tierra
natal: escape, personas nuevas, mundos desconocidos, conexiones singulares… No
conseguía hallarlo, estaba a punto de desesperarme. Mis estadías en los lugares
que encontraba se hacían cada vez más cortas y tenía la horrible sensación de
que algo se me había perdido al
alejarme de cierta mujer racional cuyo rostro no lograba recordar con claridad.
A veces me sentía como un chiquillo en busca de una mano a la que aferrarse,
remembrando aquellas épocas de adolescencia en las que podía asirme con
facilidad a las caderas de alguna doncella con quien me veía envejeciendo,
creciendo y aprendiendo. Sabía perfectamente que había dejado atrás todas
aquellas aspiraciones románticas por considerarlas, ciertamente, obstáculos en
la vida de un errante como yo, pero en ocasiones se volvía necesario sentir el
tierno calor de un cuerpo haciendo contacto con el mío y unos labios húmedos
susurrándome palabras de amor al oído. Una parte de mí, la más mínima y recóndita de
todas, se arrepentía un poco de haber dejado todo atrás hacía casi dos años.
Durante noches de luna menguante solía tener sueños -más similares a las
pesadillas- en los que mi madre me reprochaba a gritos todo el daño que le había
hecho a ella y lo idiota que había
sido al marcharme así como así en el momento más "exitoso" de mi vida. Luego,
como si se tratara de una de las películas independientes de Gus Van Sant,
podía ver claramente la imagen de una mujer de blanco ingresando de espaldas a
una iglesia iluminada únicamente con velas. Me descubría, de pronto, vestido de
gala esperándola a un lado del altar, junto a un sacerdote con gemas azules en
lugar de ojos y sotana negra con agujeros por doquier. El rostro de la mujer se
revelaba cubierto de sangre, con el maquillaje oscuro esparcido en sus finas
facciones y la delicada boca contraída en una mueca de dolor. A veces la dama
era de ayer, a veces era un
indescifrable borrón de la fémina racional e incluso, en ocasiones, era una completa
desconocida que jamás había visto. Tenía que marcharme de allí. No sabía qué
haría una vez que se me acabaran los pueblos del continente, no sabía dónde
iría a parar mi vida. De alguna manera sentía que todo había perdido su razón
de ser hacía ya bastante tiempo, que los caminos desconocidos ya no tenían el
mismo sabor de antaño, que la luna llena en pleno desierto o en medio de un
bosque desolado ya no causaban nada dentro de mí. Carecía de emoción el
sentarme en una roca a contemplar el cielo, las constelaciones; la aventura
había perdido ese no sé qué, aquello
que solía obligarme a continuar mis andanzas cada amanecer. Tal vez no estaba tan hecho para la soledad como creía,
tal vez sólo necesitaba una persona con quien compartir ese millón de ideas,
teorías y filosofías que llenaban hojas y hojas de cuadernos que cargaba en una
caja en la motocicleta. Honestamente, sin exagerar, nunca me había sentido tan
desorientado. Decidí que quizá sería bueno olvidarlo todo y
visitar un club nocturno que había divisado al llegar al pueblo. Tenía un
nombre sugerente y llamativo y, además, un cartel anunciaba que esa noche
habría un recital tributo a los
clásicos del rock. Una voz masculina pero delicada entonaba una
canción que creí haber escuchado alguna que otra vez durante una época de mi
vida. En medio del lugar había un escenario de madera iluminado vagamente por
un par de farolas en cada extremo, sobre el que un sujeto de cabello castaño
claro y largo tocaba una guitarra blanca al tiempo que pronunciaba frases que,
de pronto, llegaron a mis oídos con total claridad, como si lo único existente
en el mundo fuese su voz al cantar. "And
then she'll know the things I learned Algo se desligaba notoriamente de lo cotidiano, no sabía qué. El tema acabó, el sujeto
descendió del escenario en medio de débiles aplausos y, a continuación, una
doncella de ropas ligeras ocupó su lugar sin instrumentos entre sus brazos. Comenzó
a sonar una melodía que me pareció vagamente familiar (tal vez la persona del ayer la había oído alguna
vez, no estaba seguro) y me acerqué más al escenario luego de encender un
cigarrillo, intrigado por la manera en que esa dama meneaba sus caderas al
ritmo de la música. Parecía rodeada por un halo de libertad, de despreocupación.
Me recordó a mí mismo, de cierta manera; era como si me estuviera contemplando
en un espejo que reflejara el pasado. Expulsé el humo del cigarrillo sin apartar mi vista de ella, y en un intervalo del tema en el que no debía cantar fijó sus ojos sobre mí. Alarmado, con el corazón olvidando latir y la boca entreabierta, la reconocí. Damas de blanco, canciones, pasado. Era ella.
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