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Por WendySumpterWood
Escrita el Miércoles 22 de Abril de 2009, 19:57 Actualizada el Viernes 9 de Julio de 2010, 23:24 [ Más información ]
Casualidades
Alguna vez durante mi adolescencia una amiga cinéfila -o algo remotamente similar- me habló de una película cuya protagonista declaraba que su vida estaba hecha de casualidades, y que, paradójicamente, en el momento cumbre del filme estaba esperando la casualidad de su vida, cosa que resulta totalmente ilógica si se analiza fuera de contexto, pero dado el tema de la película resultaba totalmente cuerda. La frase nunca se me olvidó, claro está. El hecho de que alguien asegurara que su vida está hecha de hechos fortuitos era completamente irracional para mí. No puedo recordar cuántas tardes de estudio desperdicié al recordar la frase e intentar comprenderla para poder aplicarla en mi propia vida o algo así. Siempre creí que las vidas de los seres humanos estaban planeadas, escritas, no sé por quién. Tal vez algún ente superior, o una especie de dios griego con poderes excepcionales… Nunca lo analicé demasiado, pues al intentar hacerlo un escalofrío recorría mi espina dorsal y comenzaba a pensar en cosas desagradables. En mi vida no han existido demasiadas casualidades, no que lo recuerde. La más grande y precisamente la que cambió mi vida fue conocer al extraño adicto al café, amante de las motocicletas y la libertad. Recorrer la ciudad junto a él fue lo mejor que pudo pasarme ese frío, aburrido y monótono mes de Abril. Nunca había subido a una motocicleta y realmente no pretendía hacerlo por considerarlas peligrosas e innecesarias para el mundo, pero luego de ese paseo a toda velocidad entre taxis y buses comprendí que me había perdido la mitad de mi vida. El sujeto me llevó a una plaza abandonada en el extremo sur de la ciudad, explicando que ese lugar era lo más interesante que había hallado en uno de sus itinerarios de repartición de pasteles para la dueña de la pensión. No había nadie, claro, y unas cuantas casas desoladas rodeaban el montón de árboles secos y bancas de madera rota. -¿Por qué este lugar? No tiene vida… -Alguna vez la tuvo, doncella. Y ese es precisamente el motivo de mi admiración hacia este territorio. ¿No imaginas la cantidad de historias que pudieron haber ocurrido aquí? Tan solo piensa en los cientos de pequeños que jugaron en el césped alguna vez verde, cuántas parejas se declararon amor eterno en este mismo asiento, cuántas amistades nacieron o se acabaron aquí… Es la perspectiva de poder crear e imaginar lo que hace interesante un lugar desconocido. -¿A qué autor famoso y desconocido para mí
pertenece eso? -Oh, a ninguno. Esa frase es mía. Sonreí. Sentí que en esa ocasión su presencia
me era mucho menos hostil que durante nuestro primer encuentro, lo cual era
completamente lógico considerando que lo había echado de menos durante dos largas semanas. Habló de muchas cosas, e incluso trató temas
que nunca me había atrevido a sacar a relucir en alguna conversación con mis
amigas. En algún punto de la tarde me sorprendí debatiendo sobre algo sumamente
interesante para él y que yo jamás me había detenido a reflexionar. Habló de
política, de religión, de la sociedad, de la música, de la historia del mundo e
incluso dejó entrever su opinión y sentimientos hacia el amor ('excusa barata para perpetuar la especie
humana', había dicho). Habló tanto que casi no me dio la oportunidad para
dejar expresar mi propio punto de vista acerca de las cosas, pero en realidad
no tenía demasiado que decir y era un gusto escucharlo hablar con tanta pasión
acerca de cosas cotidianas y a simple vista insignificantes. Cuando el sol se escondió por completo decidió
que era hora de volver a la civilización y me invitó a la pensión, a lo que yo
no pude negarme. No supe cómo le explicaría a Elizabeth al día siguiente el
porqué de haber estado toda la tarde con él, pero enseguida noté que con la
partida del sujeto a mi amiga no le importaría nada más que el espacio vacío
que dejaría en el último piso del lugar. Me sugirió ir a su cuarto, comentando que allí
habría menos ruido y que quería enseñarme algo que había hallado en el armario;
en situaciones normales, quizás con otra persona, me habría negado
irremediablemente y me habría marchado, pero no temía estar en una habitación
sola con él y honestamente quería aprovechar las pocas horas que le quedaban en
la ciudad. -Acomódate -dijo, luego de cerrar la puerta.
Se acercó a un armario ubicado en una esquina de la habitación, mientras yo me
sentaba en el borde de la cama cubierta con un edredón café. El cuarto tenía paredes y piso de madera debido a que era una instalación que, según me había contado Elizabeth alguna vez, el dueño de casa había construido poco antes de morir. La habitación tenía una enorme ventana con vista al patio y además de la cama había un armario, una guitarra negra apoyada en la pared (era la de Elizabeth, de eso no cabía duda) y un majestuoso pero antiquísimo tocadiscos en una esquina. -Estaba acá cuando llegué -comentó él,
poniendo una caja llena de vinilos encima de la cama. Se refería al tocadiscos,
claro está- Y esto también. No sé si te guste, pero creo que no hay nada mejor
que el sonido de una canción con las imperfecciones del tocadiscos… -¿Quién canta? -pregunté, antes de que pusiera
el vinilo. -Bob Dylan. Robert Allen Zimmerman. A mi mamá le gustaba Bob Dylan, siempre lo oía y con el correr de los años logré aprenderme la melodía de algunas canciones. Mi madre era una mujer grandiosa, según mi padre. Tenía buen gusto musical y hacía bien todo lo que se proponía; yo le recordaba a ella, según él, pero sabía que lo decía solo para hacerme sentir bien y recordarla un poquito más. Las canciones de Dylan siempre habían significado algo especial para mí, precisamente porque formaban parte importante de la vida de mamá y sabía que eran fragmentos de la banda sonora de su historia de amor. Con el pasar de los años, ciertos temas de Zimmerman habían pasado a caracterizar momentos de mi propia existencia, y esa, la que había puesto él, era la que más recuerdos llevaba a mi mente. "You
know, I once knew a woman who looked like you Things
have changed sonaba la primera mañana que desperté sin
mamá en casa. Mi padre la había puesto en la radio a todo volumen y llenaba
cada rincón de nuestro hogar; casi me parecía escuchar la voz de ella cantándola
a todo pulmón desde la cocina o su cuarto. Encontré a mi viejo en la sala, sentado en su sillón favorito con un vaso de
licor en una mano y un cigarrillo en la otra. Él no fumaba, nunca lo había
hecho… pero allí estaba, disfrutando del tabaco. Tenía el rostro lleno de lágrimas
y los ojos rojos; nunca lo había visto tan destruido, pues se empeñaba en
mostrarse fuerte ante mí. Y entonces, sin saber exactamente qué hacer, corrí
hacia él y me aferré a una de sus piernas con todas mis fuerzas, llorando como
nunca antes había hecho. Él me acarició torpemente la cabeza y no dijo nada más
que 'te quiero'. El vaso de licor se
cayó al piso estruendosamente y mi papá estalló en llanto, destrozado. Me
estrechó entre sus brazos dejándome casi sin respiración, aferrándose a mí como
si fuese lo único que le quedaba. En ese momento comprendí lo mucho que mis
padres se habían amado. -¿Estás bien? -el desconocido se había sentado junto a mí y me observaba preocupado,
frunciendo el ceño e indagando un poco más en mis ojos. -Sí… Es solo que… -¿Qué? -Esa canción de Bob Dylan… -balbuceé, mirando
el piso de madera. -Creí que no te gustaba… -En realidad Dylan me agrada, pero esa canción
me recuerda a mi madre y… No sé, hace mucho tiempo que no me atrevía a pensar
en ella. -A veces es bueno recordar lo que nos duele,
es una muestra de que estamos vivos. -dijo, como si supiera exactamente lo que
había sucedido. Le sonreí, agradecida por sus palabras.
Realmente habían pasado meses sin que recordara ese momento de mi vida, y el
hecho de que precisamente gracias a él
hubiese escuchado la canción que me recordaba a mi madre me hacía sentir como
la protagonista de la película que me había comentado mi amiga cinéfila durante
mi adolescencia. Habló de muchas cosas, una vez más. Su voz se
hacía cada vez más hipnotizante y en ocasiones me era difícil mirarlo
directamente a los ojos, pues me sentía desnuda y susceptible ante su mirada. Acabé
recostada en la cama con una sensación de libertad que jamás había
experimentado; de pronto me vi con la necesidad casi insoportable de tener alas
para abrir la ventana y salir volando junto a él. Mientras yo mantenía mi
posición él se quedó de pie frente a mí, se acuclilló a mi lado mirándome con
intensidad mientras hablaba sobre la eternidad; se sentó en el suelo, en la
cama, a mi lado, apoyado en la pared, en el alféizar de la ventana. Se arrodilló
en el borde de la cama, me crucé de piernas. A un lado de la cama había un
cenicero negro repleto de colillas de cigarro y los vinilos de Bob Dylan
estaban repartidos por toda la habitación. Se recostó a mi lado, se apoyó en mi
vientre, buscó algo en el armario; abrió la puerta, tocó algo en la guitarra,
guardó algunos vinilos y se sentó en el suelo nuevamente. En algún punto de l
noche me quedé dormida, no supe cuánto tiempo. Cuando desperté estaba sentado a
mi lado con el cabello mojado y ropa cambiada, por lo que deduje que durante mi
siesta había tomado una ducha. Me incorporé y saqué mi teléfono móvil con la
intención de ver la hora, pero él me detuvo, alarmado. -No -dijo, acercándose rápidamente y tomando
el aparato para dejarlo a un lado del cenicero que aun estaba a un lado de la
cama- No, no veas la hora. La hora es otra de las tantas excusas baratas que ha
inventado la humanidad para engañarnos. -¿Ah, sí? -Cuestioné- ¿Y cómo nos engañan con
la hora? -El tiempo no se mide con números ni con
relojes, dama. El tiempo debería medirse según cada persona, que cada ser le dé
un significado especial. -Me gustan los números y los relojes. -repliqué,
confundida -Tiene que haber algo más allá de toda esa
ciencia a la que rindes culto… -Prefiero pensar que no hay nada más allá,
¿sabes? -¿A qué le temes? -preguntó. Volví a recostarme en la cama y miré fijamente
el techo, sin ánimos para responderle. Me habían hecho esa misma pregunta muchísimas
veces antes y yo nunca hallaba la respuesta, no sabía porqué. Él se recostó a
mi lado una vez más. -Tú sabes qué es lo que temes -susurró- Lo
sabes, pero no quieres asumirlo. Hay muchas cosas que no quieres asumir y me
pregunto porqué… Una de ellas, por ejemplo, es que realmente te agrada estar
acá y que no te arrepientes de haberme conocido. Lo miré asombrada, pensando por un segundo que
era extraño que hubiese adivinado eso último, pero no logré preguntarle cómo lo
había sabido porque noté que era bastante obvio que me agradaba su compañía
tomando en cuenta que había aceptado dar el paseo con él y que, luego, había
accedido a ir a su habitación. -Y no lo niegas, así es que lo acabas de
asumir. Volvió a ponerse de pie y se dirigió a la
ventana, encendiendo un cigarrillo. Tomé mi teléfono móvil sin mirar la hora,
solo para guardarlo en mi bolsillo, y me acerqué a él, interesada en lo que observaba
con tanta admiración, pensando que tal vez había una persona haciendo magia o
alguien realizando algo excepcionalmente raro. -Es mi parte favorita del día -dijo, luego de
expulsar el humo formando circulillos, tal como la primera vez que lo había
visto. Lejos de hallar personas en actos extraños,
cuando me apoyé en el alféizar a su lado descubrí al sol asomándose tímidamente
entre las montañas, por encima de los techos destruidos de las casas aledañas. Nunca
había visto el amanecer… Él me tendió el cigarrillo sin dejar de mirar el cielo,
perdiéndose en él durante varios segundos. Y de pronto, rompiendo ese magnífico
silencio al que mis oídos se habían acostumbrado, su voz resonó en la habitación. -Ya debo partir. Le pasé el cigarro y lo miré interrogante,
como exigiéndole un porqué a lo que había dicho. -Disfruto irme cuando amanece, me da la
sensación de que estoy comenzando una nueva vida. Se acercó al armario y sacó una mochila negra,
además de una funda de guitarra que reconocí enseguida como la de Elizabeth. -Dile a Elizabeth que le agradezco por haberme
dado la guitarra -dijo. Ante mi expresión de terror, añadió:- Hace unos días
dijo que me la obsequiaba como muestra de afecto, para que nunca la olvidara.
Le dejaré una nota avisándole de mi partida. Sentí que el día que había pasado junto a él
se había reducido a solo segundos, que nada había sucedido en realidad. Lo ayudé
a guardar los vinilos restantes, cerré la ventana, arreglé la cama y dejé el
cenicero dentro del ropero. -¿Te marcharás sin dormir? -le pregunté. -Sí. Descuida, estaré bien. Lo observé durante unos instantes, sintiendo
que mi corazón estaba a punto de escaparse de mi cuerpo. Mientras se ponía la
chaqueta de cuero negra tuve que luchar contra las ganas de aferrarme a él tal
como me había aferrado a la pierna de mi padre cuando era pequeña, conciente de
que si me permitía esa muestra de debilidad ante él se daría cuenta de que
comenzaba a sentir algo… -¿Me pasas el encendedor? -me dijo, señalando
la cama.
Debían ser las cinco de la madrugada o algo así.
Dejó una nota encima de la cama para la dueña de la pensión disculpándose por
irse sin decir adiós y agradeciéndole por todo. Pasó por la habitación de mi
mejor amiga y metió otra nota bajo su puerta, no sé qué decía y no me atreví a
preguntarle. Bajamos las escaleras sigilosamente, procurando no despertar a
nadie, sin intenciones de llamar la atención. Cerró la reja con cuidado,
observando con un deje de tristeza la casa que dejaba atrás; me pregunté si
cada vez que se iba de un lugar tenía la misma expresión. -Espero que te vaya bien -le dije mientras nos acercábamos a su motocicleta, que yacía a un lado de la reja, donde la había dejado la noche anterior. -Te llevo a tu casa -dijo, sonriéndome. Recordé
la primera vez que me había sonreído y le devolví el gesto, agradecida. -¿Sabes dónde queda? -pregunté, sorprendida,
notando que al doblar en la esquina tomaba el camino correcto sin mis
indicaciones. -Un día tuve que entregar un pastel en tu
calle y Elizabeth me mencionó que su mejor amiga vivía allí. Su chaqueta olía a cigarrillos de menta y su
cuello a colonia. Esa sensación de euforia que había experimentado la tarde
anterior al subirme a la misma motocicleta volvió a apoderarse de mí y cerré
los ojos para disfrutarla más aún. Cuando divisé mi casa al otro lado de la
calle mi cuerpo se estremeció al notar que no volvería a ver a ese desconocido,
jamás. Me bajé de la motocicleta y él aparcó, no sé porqué. -Gracias por traerme -le dije, esbozando una
sonrisa- Y perdón nuevamente por haberte tratado así hace dos semanas… -No te preocupes por eso, ya pasó. -¿Me dirás tu nombre? Él sonrió. -¿De verdad quieres saberlo? Negué con la cabeza, riendo. Se acercó a mí y me tendió una cajetilla de tabaco de una marca extraña. -Es lo mejor que he probado -murmuró, con tono
confidencial- Sé egoísta y guárdalos para ti, ¿está bien? -Sí. No dijimos nada durante unos segundos, hasta
que él sacudió la cabeza como despertando de un sueño y me sonrió. -Debo irme… Fue un gusto que formaras parte de
mi vida. -dijo- Sé que suena un poco extraño, pero has sido la persona más
interesante que he conocido durante estos años de viaje. Sentí la necesidad de viajar junto a él, de
vivir todas esas aventuras, de conocer gente, de dormir a la intemperie, de pedirles
a desconocidos que nos guiaran por una ciudad… -Llévame contigo -dije, en un hilo de voz- Llévame
contigo, quiero viajar, quiero vivir… No puedo seguir encerrada en mi monotonía,
llévame contigo. -Mademoiselle,
yo… -Por favor, llévame contigo…
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