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Análogo
(R13)
Por WendySumpterWood
Escrita el Miércoles 22 de Abril de 2009, 19:57 Actualizada el Miércoles 10 de Febrero de 2010, 22:42 [ Más información ]
Café II
No volví a ver al extraño. Volví al mismo banco de aquella tarde durante cinco días seguidos, mas nunca se presentó… Y admito que si lo hubiera hecho habría creído que era un idiota por intentar volver a contactarse conmigo después de todo lo que le había dicho, pues no solo lo había llamado desquiciado, sino que también había destrozado un poco su forma de ver la vida y, por sobre todo, le había hecho daño. Me gustaba pensar que mi sermón lógico había marcado un hito importante en su vida, pero no podía darme el lujo de jactarme de ello si no sabía nada de él, y lo más probable era que, viniendo de una persona tan despreocupada, lo de aquella tarde no hubiera sido la gran cosa y se hubiese ido al día siguiente. Mi cuarto semestre de Medicina transcurría sin mayores complicaciones. Obtenía las más altas calificaciones, como siempre, y los alumnos con dificultades para comprender acudían a mí para solicitar tutorías. Todo seguía igual, exactamente como había estado la mañana del día en que había conocido al extraño de la casaca de cuero negro. Contrario a lo mencionado por el sujeto, no fui capaz de comunicar mi experiencia a las que denominaba amigas. No fui lo suficientemente valiente para sacar a relucir el tema en la cafetería del a universidad y decir "¿Saben? La otra tarde no tenía mucho que hacer y salí sola a merodear por la ciudad… ¡Y me encontré con un apuesto tipo que me pidió un tour! Después de pasar la mejor tarde de mi vida, arruiné todo y terminé diciéndole que estaba loco. Y, ¿saben qué más? Desde ese día no dejo de pensar en él… ¡Ah, claro! ¿Cómo lo olvidé? El problema es que no lo volveré a ver porque viaja en una motocicleta y no se queda mucho tiempo en un solo lugar. Pero qué importa, si ese día fue impresionante…" Sí, no podía dejar de pensar en él. Cada vez que se me aparecía un hombre con casaca de cuero me volteaba a verlo esperanzada, y al segundo me regañaba por ser tan estúpida. No podía comprender qué era lo que me había hecho ese sujeto; sentía que me había hechizado al más puro estilo Harry Potter y que estaba controlándome a través de una bola de cristal. Lo único que pasaba por mi mente eran los recuerdos de aquella maravillosa tarde… Él había logrado hacerme ver la vida de una forma diferente y yo no había tenido el valor para aceptarlo. Tal vez tenía miedo de que acabara cambiando todo mi mundo, y yo no buscaba eso. Inconscientemente, ese día había salido a perseguir un cambio de aires no definitivo, sólo un momento ínfimo en el que pudiera desconectarme de todo lo que conocía y supuestamente disfrutaba. Y había querido hacerlo sola, pero había aparecido él, haciéndolo todo mucho más extraordinario e interesante. Y yo, increíblemente, lo había dejado ir. Había permitido que toda la lógica que predominaba al momento de tomar decisiones y pensar me invadiera por completo, haciéndome insultar todo eso que comenzaba a agradarme de él, todo lo que lo hacía ser el hombre más interesante, querible y dulce que jamás hubiera conocido. Lo último era lo que más me reprochaba desde que me había alejado del parque aquel lluvioso atardecer, más allá de que en esos momentos hubiera estado demasiado enfadada (y eso era lo más estúpido de todo) como para sentirme mal por haberlo insultado y dejado solo en una ciudad que desconocía. Exactamente dos semanas después de todo eso, casi a fines de Abril, creí que sería bueno volver a los mismos lugares que había visitado con él, pero esta vez en compañía de alguna amiga. Ella no sabía, claro, que la salida al café y luego al parque tenía un significado especial para mí, pero prefería que las cosas se quedaran así para poder disfrutar un poco más mi día. -Un expreso y una gaseosa, por favor -pedí al camarero, mientras mi amiga retocaba su maquillaje sosteniendo un espejo portátil. -¿Por qué nunca habíamos venido aquí? -preguntó. -Siempre vengo, pero sola. A ustedes no les gusta mucho el café, ¿recuerdas? Acabas de hacer que te pida una gaseosa. -Cierto, muy cierto… A propósito, ¿hiciste ya el informe que pidió el profesor de Microbiología? -¿No es para un mes más? -Sí, pero siempre has sido la que adelanta en extremo sus tareas… -No, no lo he hecho. Me falta tiempo. Con todo esto de que me iré a vivir sola he estado muy ocupada, ¿sabes? -¿Qué promedio obtuviste en Neurociencias el semestre pasado? -Elizabeth, ¿acaso vinimos acá a hablar de la universidad? -ella negó con la cabeza, algo avergonzada- ¿Por qué no me cuentas cómo vas con tus canciones? -Oh, cada día mejoro un poco más. Había olvidado contarte que hace casi dos semanas conocí a un inquilino que vive en la parte más alta de la pensión. -dijo- Es muy atractivo, pero eso no es lo importante. A que no adivinas qué hace. -¿Qué hace? -pregunté, más por obligación que por interés. Probablemente me hablaría de uno de los tantos estudiantes universitarios que se quedaban en la pensión en la que ella vivía. El lugar en sí era genial: la estructura de la casa era colonial y se dividía en más de tres plantas, tenía un invernadero genial al que iba cada vez que debía ir a buscar a Elizabeth y, además, la dueña era una mujer carismática que administraba una de las pastelerías más prestigiosas de la ciudad y que me regalaba un trozo de mi pastel favorito -de tres leches- cada vez que me veía. -Viaja. -Indicó, sacándome de mi análisis fugaz acerca de su residencia- Tiene una motocicleta asombrosa y carga sólo con una mochila. Vive la vida al estilo Born to be wild… Ya sabes, como la canción esa de Steppenwolf. Y toca la guitarra, además. Le pasé la mía para que retomara el hábito, porque ya sabes que tengo dos. -¿Q-qué? ¿Había escuchado bien? ¿Acaso me había hablado de un hombre apuesto que vivía en la pensión y viajaba en motocicleta?... ¿Cuál era la probabilidad de que existieran más de cuatro o cinco hombres que vivieran de ese modo? Imposible, tenía que ser sólo él. Increíble, además: Elizabeth, mi mejor amiga, me estaba hablando de mi desconocido. -Eso, ¿no me escuchaste? Estás ida… -Sí, sí te escuché. Y… ¿cómo se llama? Si me decía algún nombre entonces debía descartar inmediatamente la posibilidad de que se tratara del mismo sujeto que yo había conocido, porque era obvio que él jamás le diría su nombre a alguna dama que en poco tiempo dejaría atrás. -No ha querido decirme su nombre -respondió, frunciendo el ceño- Me parece extraño, pero en realidad no importa. Creo que a veces sobrevaloramos la importancia de los nombres… ¿qué crees tú? -Sí, tienes razón. Ella no notó que mi cabeza se había ido repentinamente a otro lado, muy lejos de allí. No podía creer que Eli prácticamente viviera con él y que, por lo demás, llevaran semanas de conocerse y hablar a diario. Entonces, de pronto, recordé que ella vivía en el tercer piso de la pensión, y que el extraño me había mencionado a una muchacha que no dejaba de observarlo. ¿Acaso era ella? -Elizabeth -le llamé- ¿Él no es el tipo del que tanto hablaste una noche? -Sí, sí, el mismo. Es que deberías conocerlo, en serio, ¡es increíble! Es la persona más interesante que he conocido, parece un personaje sacado de una novela dramática. -¿Y no trabaja? -No realmente. Es que la dueña de la pensión lo contrató para que hiciera las entregas de la pastelería que tiene en la motocicleta; así ella gana más clientes sin pagarle un sueldo y él no tiene que entregarle con dinero. Quería decirle que sí lo conocía, que había pasado el mejor día de mi vida junto a él probablemente la misma noche que ella había hablado con él por primera vez… pero no podía. Si le comunicaba que ya lo conocía me vería en la obligación de contarle lo que había sucedido, y no me veía capaz de inventar toda una historia ficticia que relatara el día que había tenido con él sin incluir la parte horrible de las descalificaciones por parte mía. Además, si le decía que había insultado todo eso que aparentemente ella admiraba se enfadaría conmigo, y lo que menos quería en esos momentos era algo así. -Tu café se enfriará… -susurró, mirándome preocupada- ¿Estás bien? -Sí, no te preocupes. Es sólo que ayer fui a hacer los últimos trámites para tener mi departamento y surgieron unos inconvenientes; nada serio, descuida. En cuanto Elizabeth se aseguró de que yo estaba bien (debía fingir, era mi obligación) comenzó a charlar del único tema que últimamente parecía tener lugar en su cabeza -y estaba a punto de hartarme de eso-: su novio. No la culpaba, claro, pues había esperado más de un año para que ese tipo le hiciera caso y la invitara a salir, y probablemente si yo hubiese estado en su lugar también hablaría a cada instante de ello… pero, ¿acaso no se cansaba? Cuando empezaba a pronunciar demasiado su nombre le indicaba que se calmara, que sí conocía al sujeto y que dejara de contarme con lujo de detalles todo lo que hacían. Ella se limitaba a sonreír avergonzada y por lo general cambiaba de tema para enseñarme alguna idea para una nueva canción. -¡Mira, es él! -exclamó Elizabeth, radiante
luego de un comentario acerca de la Inflación, señalando la entrada del café. Supuse que se trataba de su novio y que en cualquier momento dejaría su puesto para lanzarse a sus brazos y abandonarme allí, como tantas veces había hecho cuando se lo encontraba al salir conmigo. Sin embargo, al voltearme a ver lo que me indicaba con tanta insistencia, noté que estaba completamente equivocada. Era él, mi desconocido, como le había llamado tantas veces en mi mente. Estaba allí, entrando al café, con un casco en una mano y dos cajas de cartón en la otra; se dirigió rápidamente al mesón principal del café y entregó las cajas a uno de los camareros. Se volteó para apoyarse en la barra y posó sus hipnotizantes ojos negros en Elizabeth, quien sonrió y lo saludó tímidamente, devolviendo la sonrisa alegre y sincera que él le había dedicado. Y entonces, cuando el camarero se acercó para pagarle por la entrega, me vio. Deslizó su mirada por la mesa que ocupábamos Eli y yo, deteniéndose de golpe en una de mis manos que jugueteaba con nerviosismo con una servilleta; su rostro se tensó de súbito, y su boca se entreabrió cuando sus ojos se toparon con los míos. Me estremecí. Percibí la mirada extrañada de mi amiga, frente a mí, y tragué saliva con incomodidad. -Lo llamaré -murmuró Elizabeth- No deja de mirarte, quizás le interesas. Quise gritarle con voz amenazadora que no lo hiciera, que estaba bien así y que no me interesaba para nada un tipo que viajaba por el mundo en una motocicleta. Pero no lo hice. Me quedé allí, boquiabierta, observando en cámara lenta cómo mi mejor amiga se acercaba al aún extraño sujeto para decirle quién sabe qué cosas y luego sentarse en nuestra mesa junto a él, sonriendo. -Este es el hombre del que te hablé -dijo ella, mientras él depositaba el casco de la motocicleta sobre sus piernas y me atravesaba con su mirada- Y ella es mi mejor amiga. No dijo mi nombre, no sé porqué, pero se lo agradecí internamente. Sin embargo, sentí que algo dentro de mí se hacía mil pedazos cuando el desconocido me tendió la mano y, con voz ronca y algo lejana, dijo: -Así que tú eres la amiga de la que Elizabeth habla maravillas… Mucho gusto. Tomé su mano en estado de trance, sintiendo esa electricidad que tantas veces había añorado volver a experimentar. Su mirada era hipnotizante, ¡cómo no!, pero esa sonrisa perfecta, seductora y misteriosa que me había dirigido dos semanas atrás parecía no querer asomarse entre sus labios… Y yo lo entendí. A lo lejos -demasiado, quizás- percibí que el celular de Elizabeth vibraba y que ella atendía, apresurada. Momentos después se hallaba preguntándole a él si tenía más entregas que hacer para obtener un 'no' por respuesta. -¿Puedes quedarte con ella? -preguntó- Debo irme, es urgente. Miré a mi amiga interrogante, intentando ocultar a toda costa el terror que me invadía al deducir que me quedaría sola con él una vez más. Lo había deseado tantas veces durante esas dos semanas que no podía creer que estuviera ocurriendo, y ahora que estaba allí yo simplemente quería desaparecer. Elizabeth dejó la mesa cuando él asintió en silencio, sonriéndole. Desapareció tras la puerta del café y me dejó allí. Sola… con él.
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