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Análogo » De puertas en el cielo & guitarras
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Análogo (R13)
Por WendySumpterWood
Escrita el Miércoles 22 de Abril de 2009, 19:57
Actualizada el Miércoles 10 de Febrero de 2010, 22:42
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De puertas en el cielo & guitarras

La pensión estaba muchísimo más cerca del parque de lo que había creído. Minutos después de la partida de la dama decidí que había recibido suficiente lluvia por aquel día, así es que hice todo lo posible para llegar a lo que en esos momentos denominaba hogar. Caminé unas cuatro o cinco cuadras hacia el norte, recordando que mientras paseaba con la desconocida había divisado una casa amarilla que se veía desde mi alcoba si me asomaba a la ventana. Mis pies se movían sin mayores preocupaciones, como si no hubiese sucedido nada fuera de lo común momentos atrás. Doblé a la derecha tarareando "Just one of those things" de Sinatra, mientras creaba un musical mental en el que transeúntes y vecinos entusiasmados se sumaban a un baile que estaba improvisando para una dama con la que había pasado la noche anterior. La gente se movía uniformemente a mi alrededor, en medio de la acera e incluso en sus antejardines. La dama junto a mí me contemplaba avergonzada y confundida, tal vez queriendo creer que lo que la canción le decía no se adecuaba a lo nuestro y que estaríamos juntos para siempre. El musical se detuvo de golpe cuando sentí que alguien chocaba conmigo y caía pesadamente al suelo, probablemente lastimándose mucho más que yo, que seguía en pie sin ningún daño. Sacudí la cabeza, aturdido, y le tendí la mano a la doncella que yacía a mis pies al tiempo que susurraba un "lo lamento"; a los segundos la identifiqué como la muchacha que vivía en el tercer piso y no pude evitar una sonrisa divertida. Me miró avergonzada y tomó mi mano, estremeciéndose con el contacto. La ayudé a levantar un montón de hojas que se habían caído, mientras notaba que ya había llegado al pórtico de la pensión y ella levantaba del suelo una guitarra negra que no había visto hasta ese momento.

-¿Te encuentras bien? -Le pregunté- Lo lamento, en serio, no te había visto. Ni siquiera había notado que ya estaba aquí.

 -No te preocupes, estoy bien. Sólo fue una caída, no es la gran cosa -respondió, agachando la cabeza. Parecía avergonzada.

 -¿Ibas saliendo? -Aquello era obvio, pero una parte de mi me pedía a gritos que la invitara a la cocina a tomar una taza de café.

 -Yo… En realidad no. Vine a sentarme a escribir, adentro hay demasiado ruido.

Enarqué ambas cejas, sorprendido. ¿Escribía? Eso me parecía interesante. Durante un segundo tuve la sensación de que quizás, por esas casualidades del destino, esa muchacha con la guitarra y la intención de escribir podía llegar a ser más interesante y especial que la chica del parque.

 -¿Escribes? -Ella asintió- ¡Qué coincidencia! Yo también escribo, ¿sabes? -Sonrió con timidez y acomodó los papeles bajo su brazo. Parecía un poco incómoda. -¿Te parece si entramos? Conozco un lugar donde no hay tanto ruido. Además, necesito abrigarme un poco.

 -Oh, claro…

 La dejé entrar primero y cerré la puerta tras de mí. Al parecer alguno de los inquilinos estaba celebrando otra de sus reuniones sociales semanales, puesto que se oía música fuerte y antigua proveniente del comedor. Le pedí que me esperara en la cocina mientras me cambiaba la ropa húmeda, añadiendo una sugerencia para que pensara en alguna canción que interpretar, ya que tenía la intención de oírla cantar y probablemente no la dejaría hasta que lo hiciera. Lo único que quería era sociabilizar con esa chica para lograr sacarme de la cabeza la sensación de angustia y desesperación que se había apoderado lentamente de mí a medida que la dama de pensamiento científico se alejaba de mi lado bajo la lluvia.

 Cuando volví a la cocina la hallé con la guitarra entre los brazos, probando unos acordes y sacudiendo la cabeza con resignación. Se sobresaltó al oírme llegar y esbozó una tímida sonrisa.

 -Sígueme -le dije-. Aquí definitivamente hay mucho ruido.

 Abrí una puerta que estaba junto a la alacena y nuevamente dejé que la dama pasara primero. Había descubierto ese lugar el día anterior, notando enseguida que todo el bullicio de la casa parecía no llegar allí. Enseguida me percaté de que era un invernadero en desuso, debido a la cantidad de maceteros que yacían en las paredes apilados unos con otros, como esperando que una semilla se anidara en ellos.

 -¿El invernadero? -Preguntó, hablando consigo misma.

 -¿Nunca habías venido?

 -No sabía que se podía entrar por aquí. -susurró.

 Sonreí. Le acerqué una silla de madera corroída y me senté en el piso observándola con cautela.

 -¿Cómo te llamas? -le pregunté. Al instante me sentí extraño por haber formulado la pregunta, intuyendo que una parte de mí creía que los sobrevalorados nombres podían arruinar por completo encuentros fortuitos como aquél.

 -Elizabeth -respondió, a media voz. Había acomodado su guitarra en su regazo y parecía concentrada en alguna cosa muy lejana al lugar en el que estábamos.

-¿Qué me interpretarás?

-No estoy segura, pero… es una de mis favoritas. -Tuve que agudizar el oído para poder oírla, y me obligué a admitir mentalmente que su introversión estaba irritándome más de lo que deseaba.

Reconocí enseguida el sonido de aquella canción, sonriendo nostálgicamente cuando ella comenzó a cantar.

-Mama take this badge off of me, I can't use it anymore… It's getting dark, too dark to see…

-Feel I'm knockin' on heaven's door -completé, acompañándola. Su voz era dulce y suave pero al mismo tiempo apasionada, tal como el sutil murmullo de dos respiraciones agitadas y acompasadas en medio de una noche especial, en el instante cumbre de un momento en el que dos amantes hallan la inmortalidad en brazos del otro y tocan el cielo con la punta de los dedos.

Durante dos minutos y algo más esa doncella de cabellos claros logró transportarme a épocas que había dejado atrás hacía años, removiendo una parte de mí que había luchado por esconder para no escarbar en heridas aparentemente cicatrizadas.

Cuando terminó la canción me sorprendí al notar que ella había cerrado los ojos, conmocionada. Le pregunté si se encontraba bien y asintió, aún sin mirarme.

-¿Sabes tocar la guitarra? -inquirió, de pronto. Había dejado el instrumento a un lado de la silla y me observaba expectante.

-Algo. Hace años que no lo hago, no sé cómo estoy…

-Si quieres te la presto -dijo-, tengo otra en mi habitación. Pareces necesitar un poco más de distracción -sonrió.

Suspiré, aliviado, agradeciendo que ella no me dirigiera una mirada de confusión. No podía evitar tranquilizarme al sentir que su faceta introvertida se esfumaba.

-Sería muy amable de tu parte -respondí- Me vendría bien un poco de música.

Me sonrió con sinceridad y por un segundo recordé el sublime momento en que la  dama que había conocido esa tarde había aceptado guiarme por la ciudad, inyectándose de pronto de una euforia que me contagió al instante.

Luego de varias preguntas algo forzosas logré entablar una conversación con Elizabeth, a pesar de seguir creyendo que por saber su nombre cualquier magia posible dejaba de tener algún chance de existir entre ella y yo. Cuando terminé de contarle anécdotas que ya había narrado durante el día noté, no sin alarmarme, que comenzaba a aburrirme de la charla.  Su expresión de admiración y éxtasis me incomodaba, y su manera de observarme, con los ojos vidriosos y una media sonrisa dibujada en el rostro, no ayudaba mucho a mi conforte. Comprendí rápidamente que una parte de mí estaba deseando que Elizabeth fuera la doncella de aquella tarde, lo que podía interpretarse como un insaciable deseo por hacerle ver a alguien -especialmente a ella- que la vida se basaba tanto en lo trivial como en lo general… o al menos eso esperaba.

No sé cómo logré dar por terminada la conversación. En algún punto de la noche llegué a mi alcoba con una guitarra negra en las manos, totalmente exhausto. Me senté en el borde de la cama y repasé cada centímetro del instrumento con la punta de mis dedos, intentando recordar aquellas épocas en las que me sentaba en el pórtico de una casa blanca para entonar canciones con un grupo de personas de mi edad. Permití que las remembranzas me enseñaran una vez más, después de tantos años, cómo tocar la guitarra… y sin saber bien cómo, de pronto me hallé interpretando el mismo tema que Elizabeth había tocado para mí. Agradecí que mi habitación se localizara en el ático, el lugar más apartado de la pensión donde jamás se oía nada. Dejé que la imagen de aquellas tardes musicales se apoderara de mi mente y susurré la letra de la canción, disfrutando de un momento tan sublime como el que alguna vez había vivido en una carretera a kilómetros de allí.

Una vez que acabé la canción, sin importarme si había sonado bien o mal, sostuve la guitarra entre mis brazos durante algunos minutos. Consciente del cansancio que guardaba mi cuerpo logré ponerme de pie, resignado. Recargué el instrumento contra la pared y me acerqué al armario para guardar en él la mochila que aún estaba tirada junto a la puerta, tal como la había dejado esa mañana luego de cambiarme la ropa. En el mueble no había más que un par de colgadores de madera y una caja de cartón con un montón de discos de vinilo que llamaron inmediatamente mi atención. Los revisé uno por uno, encontrando más de una sorpresa que creí conveniente escuchar en ese momento.

En una esquina del cuarto había un viejo tocadiscos en el que logré poner uno de los tantos vinilos de Bob Dylan que se hallaban en la caja. Me recosté en la cama luego de encender un cigarrillo y cerré los ojos, permitiéndome que la melodía entrecortada de uno de los clásicos de Dylan se colara por mis oídos.

Knockin' on heaven's door. Otra vez. Siempre me había gustado la música de aquél hombre, pero ese tema en particular acarreaba sensaciones que ninguna otra melodía era capaz de inspirarme. Mi madre gimoteando en su habitación sobre los deprimentes restos de una guitarra acústica, el sonido de mi motocicleta alejándose de la ciudad que me había visto crecer y, por sobre todo, una mujer llorando desconsoladamente durante el que presuntamente estaba destinado a ser el día más hermoso de su vida. A veces no podía creer cuánto daño había causado durante mis veinte y algo años de existencia, e incluso cuando me hallaba solo en ocasiones como aquella la conciencia no me dejaba descansar. No recordaba cuándo había sido la última vez que me había permitido hurgar de esa manera en lo que albergaba mi memoria, pero sabía que si volvía a hacerlo acabaría por irme más pronto de lo que quería de la ciudad en la que me hallaba.

Expulsé el humo del cigarrillo mientras la banda sonora de Pat Garrett & Billy the Kid continuaba sonando en el tocadiscos. Otra oleada de recuerdos azotó mi cabeza al tiempo que un montón de imágenes se sucedían bajo mis párpados, tocando la fibra más sensible de mi ser. Había tenido pocas noches como aquellas… No me gustaba recordar la vida que había dejado atrás, pero creí en ese momento que lo mejor era dejar que la música continuara empapándome de imágenes de mi pasado.

Segundos después de acabar el cigarrillo y momentos antes de caer en un sueño superficial, toqué con la punta de mi dedo índice una lágrima traviesa que había escapado de mis ojos en algún instante que definitivamente había pasado desapercibido para mí.


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