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Por WendySumpterWood
Escrita el Miércoles 22 de Abril de 2009, 19:57 Actualizada el Viernes 9 de Julio de 2010, 23:24 [ Más información ]
Historias
Comenzamos a caminar hacia el sur, en dirección al parque. Aún no había indicios de lluvia y yo volvía a pensar que quizás el hombre a mi lado era un psicópata que trabajaba la mente de las personas. Noté que caminaba más distraído que nunca, perdiéndose en las fachadas de las viviendas e incluso las grietas en las veredas. Su peculiaridad me hizo sonreír. Nunca me había topado con un personaje así y ciertamente jamás pensé que lo haría, pero al estar caminando con él por calles que sólo había visto desde el transporte público sentí, por primera vez en mucho tiempo, que mi corazón latía con motivos de sobra. -¿Alguna vez te has parado a pensar qué es lo que sucede dentro de las casas que no conoces? -preguntó, con un extraño brillo en los ojos. -No, nunca -respondí, extrañada. -Si lo piensas es bastante interesante… Por ejemplo, en esa casa de allí, la de la esquina. Apostaría mi moto a que en este preciso instante una pareja reciente está haciendo el amor con suma intensidad allí adentro, en la habitación principal. Es la casa de los padres del hombre, pero se han ido a la casa de un matrimonio amigo y no volverán hasta pasada la medianoche. Y en esa otra, ¿la ves?, la casa verde con rejas blancas. Una anciana está alimentando a su perro mientras ve su película favorita, Casablanca, por milésima vez. Está sentada en un sofá de cuero amarillo y en la mesita de su derecha está la foto de su hijo, que dejó la vida terrenal ya bastantes años. Fruncí el ceño con una extraña sonrisa en los labios, preguntándome de dónde había sacado todas esas descripciones tan… humanas. -¿Cómo lo sabes? -Sólo tienes que dejarte llevar por tus sentidos. Imagina que eres las paredes, las ventanas y la puerta de la casa… de esa forma puedes saber todo lo que ocurre. -Guardó silencio unos segundos hasta que un hombre alto y de expresión cansada se nos atravesó.- Él viene del hospital -dijo-, creo que su hermano tiene cáncer. Lo acaban de despedir de su trabajo de hace veinte años y está devastado… Dios, pobre hombre. -¿Cómo has sabido eso? -pregunté, sorprendida, mientras me volteaba sólo para llegar a ver la espalda del hombre que supuestamente venía del hospital. -Sólo se ve bien con el corazón; lo esencial es invisible ante los ojos. -¿El Principito? -Exactamente, Antoine de Saint Exupéry…¿Cómo relacionarías eso con mi descripción de las vidas de desconocidos? -Lo miré desconcertada, sin saber qué decir una vez más- Soy un viajero, un hombre que vive el día a día y básicamente sigue a su corazón. He pasado tanto tiempo solo que lo único que tengo es a mí mismo, y me conozco tan bien que puedo ver las cosas tanto con la mente como con el corazón. Es fácil leer el rostro de una persona cuando observas todo con el corazón… para ojos no conectados con esto -tocó su pecho con gesto solemne- las vidas de los demás resultan una incógnita imposible de descifrar con una simple mirada. Existe por allí un dicho que recalca que los ojos son la ventana del alma, y eso es horriblemente cierto. Hay gente que sabe cómo bajar las persianas de esas ventanas, personas que han adquirido experiencia en cerrar la entrada a sus almas… Es más difícil comprender lo que piensan, más difícil ilustrarse sobre ellas; sin embargo, a la larga aquellas ventanas no soportan demasiado tiempo sin abrirse para dejar entrar la luz, y el alma y corazón de dichos individuos acaba siendo el libro más simple de leer, porque en el fondo todo lo que querían ocultar era el miedo a quedar desnudos frente al mundo, a que todos sus temores y anhelos fueran descubiertos por los demás. Nos detuvimos ante un semáforo en rojo e intenté evocar algo interesante que decir, algo que alcanzara el nivel de monólogos que él dictaba y que no me hiciera quedar como una completa ignorante, pero no se me ocurrió nada. Yo no tenía tiempo para analizar la vida, para detenerme un segundo y tratar de ver mi existencia con algo más que los ojos. De pronto me sentí estúpida y poco importante, como si no mereciera de su compañía. Continuamos el camino casi en silencio, pero a él no parecía importarle ese pequeño detalle. Contrario a mis predicciones de que un hombre como él odiaría los silencios, sus ojos parecían brillar con más intensidad cuando no tenía que preguntarme por el nombre de una calle o la función de algún edificio de apariencia corporativa, y, además, una sonrisa tímida y misteriosa se dibujaba en su rostro cada vez que pasábamos frente a una casa pintoresca, como si imaginase mil historias ocurriendo dentro de cada lugar. Poco a poco noté, no sin alarmarme, que estaba caminando junto a un hombre con total preferencia por la literatura, por las cosas simples de la vida, por las reflexiones y las charlas extensas y enriquecedoras. Yo, una mujer que había dedicado casi toda su vida a los números y a la biología, a las ciencias exactas; una persona que en esos momentos iniciaba el primer semestre del cuarto año de una prometedora carrera en Medicina. No podía creer que me sintiera tan a gusto junto a él, un vividor que se alejaba totalmente del tipo de personas que solía frecuentar y que con una simple mirada era capaz de recitar los últimos cinco años de cualquier persona adulta que se le cruzara por delante. De pronto su voz, con ese tinte ya característico de relajación, me sacó de mis pensamientos. -¿Es éste el parque? -preguntó. -Sí. No podía creer que ya habíamos llegado, ¿cuánto tiempo había pasado sorprendiéndome por estar caminando con un hombre como él? El único parque íntegramente natural de la ciudad se extendía frente a mí devolviéndome rápidamente a la realidad en la que no me quedaba más opción que continuar con ese extraño tour hasta que uno de los dos dijera que ya era demasiado tarde, sin importar si yo era científica y él un filósofo. Amaba ese parque por razones sencillas y a la vez intrincadas, y simplemente por eso decidí que lo mejor que podía hacer era continuar descubriendo que había otro tipo de seres humanos completamente opuestos a mí merodeando por el mundo. Se recostó en el césped y cruzó las manos por detrás de su cabeza, cerrando los ojos como si quisiera entrar en contacto con todo lo que le rodeaba. Me sentía ajena a su mundo, lo cual era sumamente extraño considerando que en realidad era una desconocida para él y ni siquiera debería estar lamentando el sentirme lejos de su universo. -¿Cuál es tu historia? -murmuró, súbitamente, observando con interés a un ave que se posaba sobre la copa de un árbol. -¿Mi historia? -Sí, tu historia. Todo el mundo tiene una historia, ¿sabes? -Creo haberte dicho que mi vida no es interesante… -Sólo dijiste que hacías lo mismo desde la adolescencia, pero no mencionaste exactamente qué es lo que haces ahora. -respondió, mirándome. -Bien, pues… Estudio medicina, estoy comenzando mi cuarto semestre. -dije- Vivo con mi padre, pero estoy a punto de comprarme un apartamento cerca de la universidad. ¿Qué más podría decirte? -No lo sé… Déjame preguntarte. ¿Alguna vez te han pedido matrimonio? Fruncí el ceño por la extraña interrogante y negué con la cabeza, confundida. -¿Alguna vez te han contado una historia tan impresionante que te inspiró a crearte una nueva vida? -No, nunca me han contado una historia, aparte de los cuentos de hadas que me leían de pequeña. -Si no te han contado una historia, entonces no puedes tener una propia. Déjame contarte algo, ¿sí? -Eso no me suena a petición… Él sonrió. Se incorporó y se apoyó en el tronco de un árbol cercano, invitándome a sentarme a su lado. Se aclaró la garganta y me pidió un cigarrillo, alegando que nunca había sido capaz de contar algo extenso sin un poco de tabaco. -No empezaré con un "había una vez", tal vez eso te desligue un poco de la idea de historias similares a los cuentos de hadas -dijo, luego de expulsar una bocanada de humillo-. Dicen que todo tiene un origen… Génesis, dice el libro más popular de todos los tiempos. Este árbol, por ejemplo, comenzó siendo una semilla que con el pasar de los años llegó a ser lo que es ahora. Sí, todo tiene un comienzo. ¿Alguna vez te has preguntado cómo se creó este lugar? Supongo que piensas que fue un proyecto de la municipalidad de tu ciudad, pero ¿y si fuera más que eso? Es más que eso. Antes, cuando no existían todos estos autos, ni estas casas ni mucho menos este tipo de cigarrillos que tanto nos gustan, este sitio contaba con unos pocos habitantes que apenas interactuaban entre sí. Entre dos altos muros de piedra había casas frente a frente, tan sólo unas diez, y en medio de ambas filas de viviendas había un gran sitio de tierra totalmente desierto. Cierto día, una mujer que residía en la tercera casa del lado suroeste decidió salir de su humilde morada y enterrar en la explanada un par de extrañas piedrecillas que había hallado el día anterior en uno de sus paseos matutinos. Cavó un agujero no muy profundo y le echó agua para que no se notase el desnivel entre ese montoncito de tierra y el resto. No le tomó mucha importancia a lo que había hecho, pues pensó que sólo había arrojado dos piedrecillas a la tierra y ya. Sin embargo, con el pasar de los días, del trocito de terreno en desnivel comenzó a aflorar césped, luego un arbusto y más tarde incluso flores. Los vecinos preguntaron quién había sido capaz de crear tamaño jardín (para ellos los jardines sólo pertenecían a la clase alta, a los que vivían del otro lado del muro) y la mujer salió tímidamente de su hogar, diciendo que sólo había enterrado unas piedras extrañas y el resultado había sido ése. Las personas estaban maravilladas, por supuesto, y no podían concebir la belleza de lo que día a día crecía más y más. Así es que poco a poco comenzaron a imitar lo que había hecho la mujer, plantando miles de semillas que daban paso a árboles, arbustos, plantas y diversas creaciones de la naturaleza. El inmenso jardín alcanzó tal dimensión que, con el pasar de los años, incluso se podía contemplar por encima de los muros de piedra… y el dueño del lugar lo encontró tan hermoso que decidió derrumbar las dos paredes gigantes para que toda la ciudad pudiese gozar de las bondades de los árboles y el césped. Los habitantes de las diez casas circundantes avanzaron en la escala social y, en nuestros días, son los antepasados de los que ahora gobiernan la ciudad. Me quedé en silencio, atónita, por la peculiaridad de la historia y lo verídica que había resultado para mí. Arriesgándome a parecer ignorante, pregunté: -¿Es… es eso verdad? -El mundo no es sino un lienzo para nuestra imaginación… -respondió- No es verídica, la inventé mientras hablaba. ¿Has oído de Henry David Thoureau? -No, lo siento. -Vivió en el siglo XIX y fue el que dijo las palabras que acabo de citar. ¿No crees que es cierto? Sólo basta con tomar un pedazo del mundo para comenzar a trazar las líneas de lo que puede ser la historia más maravillosa jamás contada. No digo que la que conté sea lo mejor, ha habido mucho más bellas, pero para ti, inexperta en relatos, ha sido estimulante, ¿no? -Pues sí, me has dejado con las ganas de hacer algo maravilloso que inspire a los que me rodean a hacer algo mejor por el mundo. -¿No lo estás haciendo ya? Cuando llegues a casa y le cuentes a tus amigas que guiaste a un guapo desconocido por la ciudad notarás que sus ojos se llenarán de envidia y querrán hacer lo mismo, tener aventuras y salirse de sus rutinas. Mi boca se curvó en una sonrisa y el suave sonido de una carcajada llegó a mis oídos. Él se reía, no sé porqué. Su risa me contagió y en poco tiempo ya estaba riendo a más no poder, sin detenerme a pensar si quiera porqué lo estaba haciendo. No sé cuánto tiempo estuve en eso, pero cuando recobré la noción del tiempo una gota caída del cielo llegó a mis labios. Lo miré, sorprendida, y noté que me devolvía la mirada, embelesado por lo que estaba a punto de suceder. Comenzaba a llover. Tal como él había dicho al salir del café.
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