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Análogo
(R13)
Por WendySumpterWood
Escrita el Miércoles 22 de Abril de 2009, 19:57 Actualizada el Miércoles 10 de Febrero de 2010, 22:42 [ Más información ]
Walk the lonely highway, parte II
"We're here today, gone tomorrow
¿Qué podía decir al respecto? Su suposición era cierta, no había nada que dijera para demostrar lo contrario y tampoco me apetecía hacerlo. Me agradaba que ella fuera capaz de ver a través de mí con esa facilidad, nadie había podido hacerlo hasta ese momento. La doncella que descansaba a mi lado, recostaba sobre el césped húmedo bajo un cielo iluminado generosamente por la Luna llena, había llamado mi atención apenas la había visto por primera vez al otro lado de la calle, escuchando música y observando a la gente con inusitado interés; después de todo no había sido casualidad que me hubiera dirigido a ella para un tour por la ciudad. Sin embargo, cuando la dejé atrás aquel amanecer, pensé que nunca más la volvería a ver y que me estaba deshaciendo de la única persona capaz de comprenderme más de lo que a veces yo mismo me comprendía, aunque a primera vista no pareciera alguien en sintonía con mi forma de ver la vida. Y de alguna manera la vida se había encargado de volver a juntarnos en un pueblecito que ambos visitábamos por primera vez, destruyendo esa idea que me había creado relacionada con el hecho de no volver a encontrar a alguien como ella nunca más. Ella. Estaba consciente de que, en parte, gracias a mí estaba allí, viajando, buscando algo más, desligándose de todo. Los dos días que habíamos pasado juntos le habían abierto los ojos, habían desencadenado a la bestia que la sociedad -que su padre, e incluso ella misma- se había encargado de mantener en el anonimato durante tanto tiempo. Y yo estaba orgulloso de aquello, por supuesto. Y entonces, mientras sentía su insistente mirada clavada en mis ojos que observaban apaciblemente el firmamento, supe exactamente qué decir.
-Sucedió algo -Me
giré para mirarla y me acomodé en mi posición, intentando encontrar la mejor
manera de comunicarle de una sola vez lo que tenía pensado.- Y creo que por eso
parece que escapara, por eso escapo. -Oh… Bueno, si… si
no quieres hablar de aquello no importa, lo entiendo. -Es por eso que lo
menciono -respondí- Quiero hablar de eso. Ella se aclaró la garganta y me alentó a comenzar. No sabía dónde nos llevaría todo eso, pero ya había dado el puntapié inicial y no podía retractarme. -Me veo en la
necesidad de citar a Tolstoi mademoiselle. Creo que esta frase resume
perfectamente mis porqués, o al menos uno de ellos. -Adelante -dijo,
sonriendo- Siempre es bueno saber nuevas frases de ese señor. -Quería movimiento, no
una existencia sosegada -murmuré, algo sobrecogido, sintiendo que estaba a
punto de desnudarme, de dar a conocer
lo más íntimo de mi alma, lo que me había empeñado por ocultar y por dejar
atrás todos esos años- Quería emoción y
peligro, así como la oportunidad de sacrificarme por amor. Me sentía henchido
de tanta energía que no podía canalizarla a través de la vida tranquila que
llevábamos. -Entonces había una
ella. -Sí, la hubo. -Pero no es solo
eso, ¿verdad? -inquirió, luego de unos cuantos segundos de silencio,
incorporándose para mirarme directamente a la cara.- No es por eso que ahora
escapas… ¿De qué te ocultas? -De mí, probablemente. Hay algo… hay muchas cosas que ya no encajan, ¿sabes? Me encontré con ella hace un tiempo y me dijo que había comenzado una vida nómada por mí, que estaba recorriendo el mismo camino que yo para convencerme de volver a casa. Y yo… no comprendí qué me había atado a ella antes, simplemente no vi nada en ella, nada que me llamara la atención. Y… y desde ese día siento que falta algo, que olvidé algo de suma importancia a mitad de camino; no logro descifrarlo, no logro saber qué es lo que me falta para volver a sentirme tan libre como antes. -Tal vez… tal vez ya no necesitas viajar -balbuceó, como temiendo que lo que sus labios pronunciaran fuera una blasfemia- Tal vez ya te desligaste de todo, ya no queda nada de lo que puedas deshacerte. Dejaste tu hogar de infancia, dejaste a una mujer que creías amar, dejaste probablemente algún tipo de posición dentro de la sociedad… Tal vez ahora necesitas buscar un sitio para ti, algún pueblito como este en medio de la nada que no sea demasiado urbano, donde no tengas que tener demasiado para vivir, donde solo te haga falta una habitación de cuatro paredes y un millón de noches como esta, tirado por ahí en el claro de algún bosque, simplemente observando las estrellas, sintiéndote pequeño…
No dijo nada relacionado con estar con alguien, pero en cuanto sus palabras rozaron mi alma sentí que ese era el lugar en el que debía estar, con ella. Que quizás… quizás si lograba que nuestras almas estuvieran en pleno contacto encontraría eso que me faltaba, eso que ni siquiera sabía cómo nombrar. De pronto el brillo azulino de la luna iluminando sus elegantes facciones me pareció algo completamente divino por el simple hecho de estar entregándole su resplandor a ella. Y quise regalarle las estrellas, embotellar el brillo de la luna, construir una cama de pétalos de rosa sólo para ella y recorrer cada milímetro de su cuerpo con mis labios. Y no dejarla ir nunca, jamás, aferrarme a ella como si fuera lo único capaz de mantenerme con vida, nada más, nadie más. -¿Qué pasa? -preguntó preocupada, sacándome de mi letargo. Había estado observándola fijamente durante demasiado tiempo, quizás.- ¿Te ha molestado lo que t…?
Era imposible que esperara más. La miré de tal manera que enmudeció y cerró los ojos, casi temblando. Podía sentir que un trocito de su esencia, de sus pensamientos y de su corazón comenzaba a flotar a nuestro alrededor; podía sentir que el escudo que me había construido para esconderme de todo se resquebrajaba poco a poco mientras ella alzaba la mano para acariciar mi rostro con extrema suavidad, repasando con un dedo frío cada parte de mi cara, aparentemente queriendo memorizarlas con el tacto. Cuando al fin nuestros labios se juntaron no pude evitar pensar que todo tenía sentido, que todo eso encajaba, que eso era. No sabía a qué me refería exactamente, pero había algo que me comunicaba a gritos que eso, allí mismo, era la libertad que había estado buscando al alejarme de mi hogar hacía años, que en ese momento la persona que besaba con ímpetu a la chica que había descubierto ese claro en medio del bosque era yo, completamente yo, un ser humano, una bestia, un animal salvaje, un errante, un extraterrestre, algo indescriptible. Mil identidades, un millón de pensamientos que de pronto se hacían uno y cobraban sentido, encajaban en alguna parte del cosmos y llegaban directamente a su corazón, impactando estrepitosamente, revolviendo todo lo que estaba allí, desordenándolo… pero de alguna manera dándole más vida, uniéndolo aún más al mío, a ese órgano que había permanecido intacto durante tanto tiempo, que ni siquiera la persona a la que supuestamente había amado mientras vivía en sociedad había logrado rescatar del pozo sin fondo en el que yo mismo me había encargado de dejarlo. Y ella lo estaba haciendo, en ese momento, bajo ese cielo, entre aquellos árboles oscuros, en medio de la nada... estaba rescatándome. No sabía cómo, pero había bastado su roce para que todo se desatara, para que la explosión tomara lugar y mi cuerpo se estremeciera por completo en medio de la nada y mi alma se escapara en medio de un suspiro para refugiarse dentro de la suya.
Ya nada importaba. El césped húmedo había perdido relevancia, al igual que las estrellas y los árboles, al igual que la ropa, el auto abandonado al inicio del bosque, la naturaleza, el café de la tarde, los discos de Bob Dylan que habíamos dejado en el armario aquella madrugada del año anterior. Sólo éramos ella y yo, y ni siquiera eso. Las identidades se desvanecían lentamente entre el ir y venir de nuestros cuerpos sobre nuestra propia ropa, no quedaba nada; nos deshacíamos de todos los pensamientos, de todas las frases, todo lo que importaba y lo que no. La libertad que había sentido cuando hacía poco más de dos años había notado que definitivamente lo dejaba todo atrás no se comparaba en lo absoluto con la plenitud que experimenté en ese momento, junto a ella, haciendo realidad ese reciente deseo de recorrer todo su cuerpo con mi boca, esas ganas inexplicables de saborearla, quizás hacerla mía… No, ¿cómo podía ser tan egoísta? Ella no era mía, era del viento; ambos pertenecíamos a ese infinito que se funde con el universo, a ese inefable montón de almas que se unen en un lugar donde el cielo se junta con la tierra, con el mar… Éramos eternos, invencibles, indestructibles, un par de almas y esencias que se unían de una manera que el mundo jamás había visto, algo completamente nuevo e indescriptible, demasiado intrincado y simple para ser descrito con palabras, demasiado… Un hombre y una mujer verdaderamente enamorados es el único espectáculo de este mundo digno de ofrecer a los dioses. ¿Enamorados? Oh, Goethe podía estar equivocado al mezclar esa palabra dentro de su frase. Eso no era un simple enamoramiento, iba mucho más allá. Superaba todas las leyes, todas las creencias, todo lo que habíamos pensado ambos alguna vez en nuestras vidas. Era muchísimo más, demasiado, casi insoportable… Era alcanzar el nirvana y quedarse allí para siempre, junto a ella, en ese momento inmortalizado, nada más y nada menos. Los dioses podían bajar y sentirse satisfechos, saber que esa perfección a la que habían aspirado al crearnos estaba allí, estaba desarrollándose mientras nosotros hurgábamos en el cuerpo del otro cual exploradores, descubriendo y maravillándonos con todo lo que nos encontrábamos. Peligro, aventura, amor y un poco-mucho más, magia -demasiada, revoloteando alrededor, cubriéndonos con su esplendor, protegiéndonos y alentándonos a seguir, a no acabar jamás, a quedarnos allí juntos, a no dejarnos ir nunca, a detener el tiempo simplemente porque éramos capaces, porque podíamos hacer lo que quisiéramos y mucho, muchísimo más. Las manos, los labios, las miradas no eran suficientes; el aire se escapaba, volvía de golpe, se perdía… El poema más profundo e intenso del mundo no era suficiente ni digno para ser susurrado al oído de aquella doncella a la que me estaba entregando como jamás me había entregado a nadie. Ella... de pronto transformándose en la dueña de todo lo que pensé que me pertenecía, entregándose de la misma manera que yo, sintiendo que el resplandor de la luna nos elevaba y nos llevaba a otras dimensiones, a otros mundos; que nos transportaba por la Vía Láctea, nos paseaba entre un arco iris interestelar, nos permitía decirlo todo y mucho más en un beso profundo o una caricia tímida. Magia, magia pura, de esa que no se puede describir con palabras, de esa que solo parece existir en libros o películas o historias sumamente fantasiosas… Ese tipo de magia estaba pasando frente a nuestros ojos, nos estaba entrelazando aún más creando algo invencible, demasiado y a la vez efímero. Mágico, fantástico, eterno, inefable, íntimo, profundo, intenso… como ella.
-Quédate conmigo y
nunca me sueltes.
El susurro del desconocido se coló por mi oído y logró llegar hasta el fondo de mi corazón. Apreté su mano con fuerza, lo besé en la mejilla y sonreí, asintiendo, dándole a entender con una simple mirada que nunca, nunca me alejaría de él. Lo que mucha gente llama amar consiste en elegir a una mujer
y casarse con ella. La eligen, te lo juro, los he visto. Como si se pudiese
elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja
estaqueado en la mitad del patio. (Julio Cortázar)
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