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Análogo
(R13)
Por WendySumpterWood
Escrita el Miércoles 22 de Abril de 2009, 19:57 Actualizada el Miércoles 10 de Febrero de 2010, 22:42 [ Más información ]
Libertad
Al abrir los ojos me encontré con un rostro femenino
vagamente familiar. Dormía plácidamente a mi lado, desnuda, con el cabello
platinado cayendo con delicadeza por sus hombros descubiertos y las manos
aferrando con fuerza la almohada. No era la primera vez que despertaba con
alguna mujer prácticamente desconocida a mi lado, pues de alguna manera durante
esos últimos meses mi vida se había basado en relaciones esporádicas con damas
carentes de identidad -y quizás de cerebro, también-. Claramente una parte de mí,
la predominante, se negaba a incorporar a alguna de ellas de manera permanente,
principalmente porque ninguna -hasta ese momento- había logrado colarse dentro
de mi alma de manera que quisiera dejar de viajar para quedarme en un solo
lugar junto a ella por el resto de mi existencia. Eso era un problema, claro,
porque estaba consciente de que si alguna vez decidía dejar mi estilo de vida
sería porque mi corazón decidiría entregarse por completo a alguien que le
respondiera de la misma manera, alguien que lograra transmitirle toda la magia
que había añorado durante tanto tiempo y que parecía no dignarse a llegar a él.
Y, desgraciadamente (o quizás no tanto), esa maravillosa fémina aun no se
aparecía en mi vida, así que podía disfrutar sin mayores compromisos de cada
doncella que me pareciera lo suficientemente atractiva para establecer contacto
físico. Me incorporé sigilosamente, procurando no despertarla; debía
marcharme de allí sin que ella se enterara de mi ausencia. Intenté recordar su
nombre, pero un millón de imágenes de la noche anterior se mezclaron con los
restos de alcohol en mi organismo y una fuerte punzada en extremo derecho de la
cabeza me devolvió a la realidad en la que debía volver a vestirme sin que me
importara cómo se llamaba. Observé a través de la ventana que comenzaba a
amanecer y, haciendo caso omiso del estúpido dolor, me obligué a levantarme de la cama -debía apegarme a mis
reglas de siempre, por supuesto, y la resaca no lo iba a impedir- e intenté encontrar
mi ropa, que probablemente estaba tirada en algún rincón de la habitación.
Cuando cerré la puerta de la habitación, aún acomodándome los vaqueros, no me
molesté en mirar atrás ni en decir algo al escuchar que la dama de cabellos
claros me llamaba con desesperación, alarmándose aun más al notar que no sabía
mi nombre. Y yo seguía intentando recordar el suyo, aunque tenía claro que eso
era lo de menos. Pero no podía evitarlo. Seguí intentándolo incluso cuando ya
me alejaba en la motocicleta hasta el lugar de la ciudad donde había decidido
quedarme dos días atrás, dispuesto a asearme un poco para poder marcharme de
allí. Mis relaciones con el resto del mundo, si bien siempre habían sido más
bien escasas, se caracterizaban por ser especialmente personales, y el hecho de
no saber el nombre de la mujer con la que había tenido sexo (algo, en el fondo,
muy personal para mí) la noche anterior me descolocaba en exceso y me hacía
notar que algo andaba definitivamente mal. Al parecer eso de incorporar mujeres
a mis viajes no estaba resultando, no lograba devolverme la emoción que
esperaba encontrar. Ya no entendía qué me había hecho creer que el sexo sería
capaz de devolverme las ganas de viajar que había dejado en alguna ciudad a mis
espaldas. Subí a la motocicleta con cierto mal humor, y no me molesté
en hacer mi partida poco ruidosa para no despertar a los habitantes del barrio
en el que estaba. No me importaba nada. Tomé el camino por la carretera hacia
el sur apenas siendo consciente de lo que me rodeaba, todo el bosque, el sol
apenas filtrándose entre las copas de los árboles… Hacía bastante tiempo que no
reparaba realmente en esas pequeñas cosas que en tiempos olvidados
prácticamente le daban sentido a mis viajes. Todo eso, la naturaleza, lo que
sentía yo mismo al respecto, era lo que en un principio había bautizado de
libertad, a secas. Pero con el pasar de las noches descubrí, no sin espantarme
un poco, que si bien había conseguido librarme de la sociedad, de las presiones
de mi familia, de mi novia y de ciertos estereotipos, ahora me hallaba atado a
esa vida de errante, a vagar incansablemente por el mundo, a ser un desconocido
para cualquiera que me viera. Y la libertad se acababa allí. Sentirse libre por
el hecho de andar por el mundo sin mayores preocupaciones dejaba de tener
sentido súbitamente cuando comenzaba a notar que de una prisión había pasado a
otra… ¿Acaso no existía tal cosa llamada libertad? ¿Qué era la libertad,
después de todo? ¿Cómo podía lograr que mi alma se hallara completamente en paz,
sin sentirse dentro de una prisión, dentro de un cofre, completamente
encerrada? Tenía que haber una manera, después de todo esa era una de las cosas
que me había impulsado a iniciar lo que estaba pasando en esos momentos; tenía
que encontrar la manera de llegar a la libertad absoluta. Era una obligación: o
la encontraba o me condenaba a mí mismo a continuar vagando, pero sin propósito
aparente. Y no podía soportar esa idea, no podía continuar el viaje porque sí,
debía tener algún motivo que valiera la pena, algo que me diera ánimos cuando
la parte de ser humano que se escondía dentro de mí decidía salir a la luz y
sumirme en algo horrorosamente similar a la depresión y el desgano total. Si la búsqueda de la libertad era lo que me había impulsado
a realizar aquel viaje hacía unos años en primer lugar, entonces ese mismo
propósito serviría para que continuara mi travesía con más motivación. Find a way to where the sky meets the earth… Visualicé otro pueblito cercano y me sorprendí de la poca distancia existente entre él mismo y la ciudad de la que acababa de despedirme. Definitivamente, a pesar de todo, el mundo no dejaba de sorprenderme.
Había dejado atrás el mar hacía bastante tiempo, pero aún no
me acostumbraba a toda esa cantidad de naturaleza en el más puro estado que me
rodeaba. De pronto veía que los árboles cambiaban de forma, que algo aparecía
entre ellos y que el sol se esfumaba de súbito al esconderse en la copa de
algún espécimen especialmente alto. Mi decisión de emprender camino al Sur no
se basaba en nada especial, simplemente sentía que el Norte no podía ser tan
maravilloso como lo que imaginaba del otro extremo del mundo. No buscaba nada
en especial con aquel viaje, quizás solo quería sentirme independiente por una
temporada, sentir que lograba limpiarme de toda la mierda que había conseguido
introducir en mi cabeza y escapar.
Nunca había sentido especial inclinación por los escapes, prefería enfrentar
las cosas inmediatamente y no dejar que después me afectaran, probablemente con
más intensidad; sin embargo, el escapar al
que aspiraba con esa travesía distaba completamente de alguna 'huida' en
especial. Lo que buscaba no era evitar alguna que otra situación, sino
desintoxicarme. Necesitaba saber que la vida sí podía ser algo más -mucho más-
que un trabajo, una carrera, un título profesional, una familia. Necesitaba
cerciorarme de que había un millón de cosas que no se nos decían, que todas
esas cosas podían hacernos mucho más felices que otras mucho más materiales.
Necesitaba descubrir, saber, sentir plenamente. Y después, una vez que lo
lograra, intentar retomar lo que había pospuesto o, ¿quién sabe?, iniciar un
capítulo totalmente nuevo dentro de mi existencia. Llegué a un pueblito pequeño poco después de dejar una
ciudad de aires extrañamente bohemios. El nuevo lugar contrastaba completamente
con el que había dejado atrás -¡oh, aquello era una de las cosas que más amaba
del viaje que estaba haciendo!-; era completamente acogedor, con casitas de
madera, pequeños jardines por doquier, automóviles antiguos y personas
saludándose con inusual alegría a cada esquina. Parecía un pueblo de fantasía.
Me permití pasear un poco en mi auto, visitando las calles y buscando lugares
para comer. Luego de tomarme un buen café con algo más decidí ir a dar otra
vuelta, esta vez para encontrar un lugar un poco más natural que pudiera
disfrutar por el resto del día, pues debía ser algo así como mediodía y quería
quedarme un poco más allí, sentía que escondía algo de mi interés. Encontré
exactamente lo que buscaba cuando me detuve frente a un enorme sauce que
conducía a un bosque de dimensiones desconocidas, aparentemente infinito.
Aparqué bajo el árbol y, luego de asegurarme de que mi vehículo estuviese
completamente cerrado, me interné en esa maravilla de la naturaleza que se
extendía frente a mis ojos. La luz del sol apenas ingresaba a través de las
copas de los árboles más altos, otorgándole al bosque una atmósfera un poco tétrica
y húmeda, perfecta para alguien como yo que buscaba algo completamente
diferente a lo que había dejado en la ciudad bohemia. Después de pocos minutos
de caminata me topé con un pequeño claro
tapizado de césped húmedo y extremadamente verde. El sol brillaba con todo su
esplendor en ese lugar, era como si estuviese en el cielo sólo para iluminar
ese pedacito diminuto del mundo, nada más que eso… era sencillamente mágico. Merodeé durante unas horas por allí, fascinándome con la simplicidad natural de los troncos de los árboles y las diferencias casi imperceptibles de sus hojas, sus aromas y pequeños detalles que en algún otro momento de mi vida no habría notado, probablemente. Demoré más de lo que creí en encontrar mi auto. Me perdía en ocasiones y pensaba que quizás no podría salir de allí, pero hallé la manera de volver a la carretera y subí al vehículo con la cabeza absolutamente renovada. Increíblemente ya estaba atardeciendo. Era impresionante la rapidez con que pasaba el tiempo cuando hacía cosas como esas (perderme por allí en las maravillas de la naturaleza; me había pasado hacía poco en una playa), era como si todo dejara de tener importancia para mí y solo pudiese concentrarme en lo que estaba haciendo, lo que estaba viendo, nada más. Me dirigí a la calle principal de la ciudad para ir por un café y quizás buscar alojamiento, tenía pensado quedarme mucho más tiempo allí para continuar descubriendo secretos de aquel bosque y de algún otro complejo natural que seguramente encontraría en los alrededores. Encontré un lugar agradable en una casa de madera cuya dueña era una mujer de avanzada edad que no tenía más compañía que un viejo perro de apariencia cansada; pensé que sería bueno quedarme con ella durante unos días y tomé la pieza que arrendaba a bajo precio con la condición de pagarle cuando me fuera, así lograba conseguir el dinero suficiente. Dejé mi auto en la cochera de la casa y me fui a pie a un cafecito que había visto camino a mi nueva residencia. Se veía bastante acogedor, familiar y no estaba demasiado lleno, el ambiente era apropiado para aquella hora del crepúsculo. Me senté en una mesa esquinada, esperando pacientemente que algún mesero me llevase la carta, y miré a mi alrededor para descifrar un poco la personalidad de los lugareños. Se veía de todo, a decir verdad, y no parecían ser diferentes de las personas que había conocido en otros lugares, pero una parte de mí tenía la sensación de que había algo más en ese lugar que necesitaba ver.
-Did you find a way to
where the sky meets the earth?* No sé porqué, pero habría reconocido aquellas manos jugueteando con la servilleta en cualquier lugar del mundo. No pude resistirme a saludarla con aquella frase. Sabía que recordaría inmediatamente a quien parecía pertenecer y que, por lo demás, se demoraría un poco en alzar la vista para que nuestros ojos volvieran a encontrarse después de tanto tiempo. La dama había cambiado, de eso no cabía duda. Llevaba el cabello mucho más corto de lo que recordaba, su ropa no era tan formal como antes y sus hombros se veían mucho más relajados, como si en algún momento se hubiese sacado un peso de encima. Sorprendentemente, lejos de la reacción casi silenciosa que
me hubiese esperado, una vez que logró mirarme, fue lo suficientemente valiente
como para decir algo. -El camino recién comienza, falta mucho para que encuentre
ese lugar. Sonreí. Casi olvido que había ingresado al café con una mujer,
que me observaba de manera asesina a mi lado. Le dije que tendríamos que vernos
más tarde (aunque pensaba que era mejor no volver a verla, en realidad) y que me
quedaría charlando con esa chica que se hallaba sentada en una mesa de esquina
esperando por su café. Me senté frente a ella mientras me observaba analítica,
probablemente notando que había algo diferente en mí. -Aun el hombre más
razonable tiene necesidad de volver a la Naturaleza, su relación fundamental ilógica con
todas las cosas. -Nunca dejarás de citar a filósofos o escritores, ¿verdad? -inquirió,
sonriendo. -Es inevitable citar a Nietzche, con esa frase, cuando te
encuentro en un pueblito en medio de la carretera con el rostro relajado, el
cabello corto y aparentemente… libre. -Sí, libertad. Nada más que eso, li-ber-tad, querido
desconocido. Mi sonrisa se ensanchó aun más y percibí que sus ojos brillaban un poco. No tenía palabras para expresar lo extraño y mágico a la vez de ese encuentro, ¿cómo iba a imaginar que me iba a encontrar a esa dama antiguamente racional, lógica y apegada a las reglas en un pueblito completamente rural?
Había un millón de cosas que hablar. Tenían que contarse disimuladamente lo mucho que ambos habían influido en la vida del otro -principalmente tenían que descubrirlo y aceptarlo, pero qué orgullosos eran ambos-, tenían que hablar del libro que él le había dejado, tomarse otro café, exasperarse con las costumbres mutuas (porque ambos se irritaban de maneras insospechadas)… Y, por sobre todo, debían descubrir que en algún punto de sus caminos, los papeles se habían invertido. Mientras ella alcanzaba esa sensación de libertad en su estado más puro, él comenzaba a desesperarse porque la perdía, porque se escapaba de sus manos sin que pudiera hacer nada para volver a tenerla. Y eso, ese repentino cambio de vida para ambos, era lo que, quizás -o no-, los había vuelto a reunir. Oh, I am fortune's fool! * ¿Encontraste un camino adonde el cielo se encuentra con la tierra?
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