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Análogo
(R13)
Por WendySumpterWood
Escrita el Miércoles 22 de Abril de 2009, 19:57 Actualizada el Miércoles 10 de Febrero de 2010, 22:42 [ Más información ]
Carpe Diem
"Carpe Diem: Tópico literario relacionado con no dejar pasar el tiempo que se nos ha brindado; o bien, para disfrutar los placeres de la vida dejando a un lado el futuro, que es incierto. Es decir, arriésgate a diario". A Elizabeth le gustaban las revistas esotéricas que a menudo vaticinaban tragedias y/o maravillas para todas las personas nacidas entre ciertas fechas de dos meses. A mí me gustaban las revistas esotéricas que dejaban de lado los horóscopos y se concentraban en la investigación de las bondades de, por ejemplo, las plantas y los colores de las velas durante ciertas fases de la luna. O, también, la explicación científica de ciertos fenómenos que a la mayoría de las personas le gustaba identificar como simplemente sobrenaturales. Otra cosa que me gustaba de aquellas revistas eran las secciones de 'cultura', por decirlo así. Cierto día hallé algo relacionado con el Carpe Diem, y en alguna forma extraña y retorcida todo cambió.
-Y bien, por fin terminamos el año… -celebró uno de mis
compañeros de carrera, sentado en la misma mesa que Elizabeth y yo. -Todo el esfuerzo, las noches en vela, las tediosas tardes
repletas de libros enormes, soportar las clases de Anato*… -suspiró Elizabeth, luego de dar un sobro a su vaso de cerveza. -Brindo por un año universitario asquerosamente productivo
-dijo otro de los chicos, alzando su vaso con una enorme sonrisa en la cara-
¡Salud! -¡Salud! -exclamaron los demás. Había cerca de diez o doce personas, incluyéndome a mí,
sentados en la mesa del club favorito de los estudiantes de Medicina -no sé
porqué, a mí nunca me agradó. Todos portábamos un vaso de cerveza y en medio de
el desastre de botellas vacías, ceniceros con colillas y servilletas arrugadas,
se extendía una enorme fuente de vidrio con papas fritas que alguno que otro
mesero se encargaba de rellenar cada vez que se acababa. Éramos clientes
frecuentes del lugar, a decir verdad, y ya se podía tratar de 'tú' a las
personas que nos atendían. A pesar de todo ese ambiente familiar y relajado que
se podía respirar claramente por allí, no lograba sentirme del todo cómoda y no
había dicho ni una palabra más que 'hola' desde que había llegado junto a
Elizabeth y su novio. Había mil ideas rondando por mi cabeza, ideas que en
ningún momento del día me dejaban tranquila y que prácticamente estaban a punto
de enviarme a hibernar seriamente dentro de mi habitación por todas las
vacaciones. Un constante dolor en la sien me invadía cada diez minutos,
aproximadamente, y ni siquiera sabía cómo es que soportaba el ruido de la
música que invadía el club. -Eh, ¿te encuentras bien? -me preguntó el sujeto a mi lado,
preocupado. Lo reconocí como el compañero que, según Elizabeth había dicho un
millón de veces, se pasaba la mayoría de las clases mirándome de reojo y
siempre hallaba la manera de sentarse a mi lado en juntas como aquella. Pero yo
nunca lo notaba. Recordé cuando el desconocido había mencionado a Elizabeth
como la chica extraña de la pensión que se la pasaba espiándole, sin darse
cuenta que en realidad ella gustaba de él, y no pude evitar esbozar una
sonrisa. -Sí, estoy bien, no te preocupes -respondí, después de unos
cuantos segundos. -A mí me parece que estás en otro mundo. ¿No te apetece
hablar de las cosas afuera? Alcé una ceja en señal de confusión y sacudí la cabeza,
intentando ser lo más cortés posible. Le dije que prefería quedarme allí, con
los demás, para escuchar lo que hablaban e intentar participar. Y, por suerte,
mi turno llegó cuando Elizabeth mencionó una vez más esas ganas que tenía de
viajar después de terminar la carrera, aclarando, a la vez, que yo era la más
ferviente detractora de esa idea. Era la oportunidad perfecta para exteriorizar
todo lo que me había estado acechando. -¿Sabes? Creo que he pensado mucho en eso -dije, lo
suficientemente alto como para que todos notaran que era yo la que hablaba.
Sorprendentemente, el grupo guardó silencio y puso atención a lo que estaba a
punto de decir.- Y… sí, es buena idea tomarse un tiempo para escapar de todo,
más aun después de terminar todo este tedioso proceso de inserción en la
sociedad. Tomar tu auto y… simplemente largarte de acá. -Concuerdo contigo en todo eso de largarse de acá -dijo una
chica sentada al lado de Elizabeth- Pero, ¿a qué te refieres con proceso de inserción en la sociedad? -A estudiar una carrera universitaria, por supuesto. De
alguna manera la sociedad nos ha
inculcado que para ser alguien en la vida debemos tener obligatoriamente un
título, ¿correcto? -Los demás asintieron, serios- Tal vez no sea así. Tal vez
para algunos resulte eso, tal vez solo algunos sienten que son parte de algo
cuando obtienen un papel que indica que son 'algo', sea médico, profesor,
ingeniero o abogado. Pero quizás otras personas no lo ven así. Quizás para
alguien más, ser parte de algo, sin llamarle sociedad a ese algo, sea
simplemente conectarse consigo mismo, o… no sé, formar una familia, o recorrer
el mundo, cumplir sus sueños… Lo que digo es que la sociedad ha logrado que
todos tengamos una misma visión de lo que logrará que nos sintamos satisfechos
con nosotros mismos, pero ¿qué pasa cuando conseguimos todo eso y no se siente
como siempre lo pintaron? Tal vez la sociedad se equivocó con nosotros y ese no
era el camino correcto. ¿Se entiende? Elizabeth me miraba boquiabierta. Los demás, al parecer, intentaban procesar lo que yo había dicho y quizás decir algo apropiado, o cambiar de tema de manera sutil pero radical. Una voz al otro lado de la mesa fue la que respondió, precisamente cuando ya creía que nadie diría nada. -Completamente entendible -dijo. Era un sujeto con el que
había intercambiado un par de palabras alguna vez en la biblioteca, ni siquiera
sabía su nombre.- Todo está programado, se supone que todos tenemos que llevar
la misma vida… Digo, todos estudiar algo, obtener el título, obtener el
trabajo, tener dinero, luego la familia y ¡listo!, ya tienes una vida hecha y
derecha. Y si tu objetivo es otro, si crees que el título y el trabajo y el
dinero y la familia inmediata no te harán feliz, entonces eres tachado de revolucionario,
todos te miran como un bicho raro o un soñador, incluso demente. Y la mayoría
de las veces terminas creyendo que hay algo malo contigo e intentas acallara
ese espíritu libre que yace dentro de ti… pero aunque se logre, siempre llegará
el momento en que esa bestia, ese animal salvaje, ese ser que nos conecta con
nuestras verdaderas intenciones, se revele. Y, en serio, cuando se revela, es
mejor hacerle caso… Sonreí, eufórica. Eso era precisamente lo que pensaba, la
respuesta perfecta a lo que yo había dicho. -De cierta forma, cuando uno se niega a abrazar y aceptar a
esa bestia, lo mínimo que se puede hacer es arriesgarse a diario al menos en
cosas insignificantes, como ir a pie dondequiera que se desee ir, o… no sé, ir
a visitar lugares que siempre has elegido pasar de largo. Como Carpe Diem,
vivir el día a día en todo lo que experimentes. -añadió, luego de un par de
segundos. -Exacto -sentencié, aun sonriendo. Él me devolvió el gesto y alzó su vaso en señal de 'salud', a lo que yo respondí orgullosa. Nadie dijo nada.
La primera vez que mi padre me comentó que sería apropiado
que tuviera mi propio automóvil comencé a atacarlo
con comentarios relacionados con el alto precio de los vehículos en la
actualidad, el gasto en combustible, el hecho de que aquel era un lujo que no
nos podíamos permitir… Sin embargo, cuando hizo que me asomara por la ventana y
descubrí afuera un Ford Mustang del '68 con la pintura roída y sin tapas de
ruedas, me abalancé sobre él y comprendí que de verdad me conocía, a pesar de
que no pasábamos tanto tiempo juntos como hubiera creído, y cuando estaba en
casa no hablábamos más que durante la cena. Dijo que se lo habían dado a bajo
precio debido a que era muy antiguo y presentaba ciertos desperfectos de
apariencia, como la pintura y alguna que otra pequeña falla en el interior.
Pero no importaba. Porque ése era mi auto, mi propio medio de transporte. Y no
era lujoso, espectacular ni del año, sino que de hecho databa de los sesenta y
por lo tanto podría brindarme todo el encanto de la época. La primera vez que Elizabeth dijo que después de terminar con sus estudios intentaría realizar un viaje por otro continente, yo le dije que algo así solo lo haría alguien con escaso sentido de la realidad y que era lo peor que podía hacer, porque luego de la travesía los conocimientos adquiridos se esfumarían poco a poco y al volver a su vida diaria no podría ejercer medicina como pudo haber hecho inmediatamente después de titularse. Ella simplemente torció el gesto y luego sonrió. La conversación se reiteró innumerables veces y mi opinión siempre había sido la misma, incluso después de haber conocido a ese sujeto que se había hospedado en la pensión de mi mejor amiga. Aunque, a decir verdad, a medida que pasaba el tiempo y la charla se repetía, mi forma de ver lo que mi amiga decía me parecía cada vez menos creíble, como si estuviese mintiendo descaradamente. Y a pesar de nunca haberle mencionado a nadie mis dudas acerca de mi carrera y de dónde iba mi vida, sabía que algo andaba mal. Me pregunto qué estará pensando Elizabeth en estos momentos… La primera vez que comprendí que mi vida estaba tomando el rumbo equivocado fue cuando me encontré con el desconocido aquella tarde de abril. No lo admití enseguida, por supuesto, pero ese extraño brillo aventurero en sus ojos y el dejo de sabiduría y experiencia de lo que decía se introdujeron casi inmediatamente dentro de mi alma, sin que pudiese borrarlos siquiera con su partida. Cuando acabé de leer el libro que me había dado ya tenía la certeza total de que todo lo que estaba haciendo estaba mal, pero mi mente no terminaba de procesar aquella idea y solo me limitaba a recordarme que pronto tendría que hacer algo al respecto; no sabía cuándo, dónde, ni cómo, pero llegaría el momento -cuando menos lo esperara, por supuesto- en que tendría que arriesgarme y hacer algo para salir de ese oscuro agujero en el que me había dejado caer gracias a una sociedad consumista, clasista, avara, inconformista, discriminadora y, por sobre todas las cosas, ciega. A veces me desconocía, a veces no podía creer que ese tipo de pensamientos estuvieran en mi cabeza, pero cuando cierto día encontré uno de los tantos diarios de vida que había escrito durante mi adolescencia descubrí, no sin alarmarme un poco, que ideas similares y tan extremas como aquellas estaban plasmadas con mi propia letra en las páginas de lo que en algún momento había sido el único testigo de mis pensamientos. Y entonces supe que la sociedad, con toda la presión de ser alguien por el simple hecho de tener un pedazo de papel que indica que eres "médico", "profesor", "ingeniero", etc., había logrado apaciguar mis ideas ciertamente revolucionarias y probablemente mal vistas. Ya ni siquiera recordaba, sinceramente, porqué había ingresado a la facultad de medicina… mi pasión por los números y las ciencias ya no me parecían razón suficiente para haberlo hecho.
Aparqué a un lado de la carretera apenas divisé un trozo de mar, procurando a la vez que el vehículo quedase lo suficientemente lejos de la huella, en caso de que a alguien se le ocurriera robarlo o algo así (más vale prevenir que lamentar, dicen por ahí). Me acerqué a la orilla y permití que mis pies se filtrasen en la arena húmeda al tiempo que los mínimos restos de olas llegaban a mis piernas. Extendí los brazos, cerré los ojos… sentí que cada rayo del sol brillando en lo más alto formaba parte de mi anatomía, que de pronto el agua salada se colaba por cada uno de mis poros, que la arena y todo lo que representaba para mí penetraba en lo más profundo de mi alma… me sentí una sola con cada elemento que me rodeaba. Comprendí que todo lo que había decidido dejar atrás tan abruptamente había quedado reducido a cenizas apenas había comenzado mi camino en la carretera, apenas había visto mi primer amanecer con las ventanas abajo, algún CD de The Beatles y el vago recuerdo del último café que había tomado antes de partir de mi otrora hogar. Y allí, en ese momento, con los brazos extendidos, los ojos cerrados y el viento oceánico golpeando con fuerza mi rostro, sentí la libertad. Algo así como la evolución del Carpe Diem, según mi percepción. Sí. Eso era libertad.
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