Historia al azar: **HP y la orden del fenix**
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Análogo (R13)
Por WendySumpterWood
Escrita el Miércoles 22 de Abril de 2009, 19:57
Actualizada el Miércoles 10 de Febrero de 2010, 22:42
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Rutina

 

-Disculpe, ¿podría hacerle un par de preguntas?

Expulsé el humo de mi cigarrillo y miré a mi derecha con poco interés, pensando que quizás sería buena idea pedir otro café. A mi lado había un muchacho de no más de veinte años, de cabello rubio platinado y sonrisa publicitaria; llevaba una franela verde con el logo de alguna organización ecologista, por lo que inferí inmediatamente que querría preguntarme algo relacionado con el medio ambiente o la actual situación del planeta.

-Por supuesto -respondí. Hice una seña al sujeto detrás de la barra para que me proporcionara más café e intenté enfocarme en la persona que tenía junto a mí, completamente conciente de que ese día no estaba de humor y que no quería tener contacto con ningún otro ser humano que no fuera el hombre que me estaba entregando café.

-¿Por qué fuma? -preguntó, mientras balanceaba entre sus dedos un bolígrafo descuidado y apoyaba sobre la mesa un cuadernillo de aspecto profesional.

-Me gusta sentir la nicotina introduciéndose dentro de mí e intoxicando todo lo que encuentra, cada pequeño recoveco de mi organismo. Todo eso me hace sentir vivo, ¿sabes?, de una manera retorcida y probablemente insensata.

-¿Sabía usted que además de intoxicar su propio organismo todo ese humo logra perjudicar a nuestro planeta, aumentado aun más todo ese daño que le hemos hecho durante generaciones? -Parecía uno de esos discursos políticos aprendidos de memoria, esas palabras aparentemente profundas con las que los seres humanos planean ganarse audiencias enteras con algún fin poco desinteresado.

-Sí, claro que lo sabía. -asentí-

-¿Y por qué continúa fumando, entonces?

El joven estaba desconcertado, evidentemente. En pocos instantes toda esa seguridad con la que se había acercado a mí pareció esfumarse de su semblante, dando paso a la duda y la confusión, como si todo lo que tenía preparado para su encuesta se hubiese arruinado con mis palabras.

-A diferencia de ti y probablemente de la mayoría de las personas que conoces, no poseo ese amor tan absoluto por la naturaleza, esa convicción de que cambiaré el mundo por unirme a alguna organización ecologista y que basta con usar papel reciclado o separar mi basura en plástico, papel y lata. Me gusta la naturaleza como a todo el mundo, aprecio un bosque, un desierto, el mar… Disfruto de lo que puede aportarnos, claro, pero nada más. Si el calentamiento global ha de matarnos a todos dentro de veinte años pues que lo haga, es el destino de la Tierra y no se puede luchar contra ello. Todo el desastre ha sido causado por la inminente evolución de la raza humana desde hace muchísimas décadas, han sido demasiados años como para remediar todo el daño ahora, es simplemente imposible. Alguien tendría que inventar una máquina del tiempo y viajar, por ejemplo, al siglo dieciocho e impedir la Revolución Industrial para que todos esos avances tecnológicos no contaminaran en el futuro, frenando de paso todo lo que la sociedad ha prosperado.

-¿De qué habla? -preguntó, exasperado y con un tono de impaciencia en la voz. Dejó el cuadernillo de lado y acomodó el bolígrafo detrás de su oreja.- Todo se puede rescatar, sí podemos reponer todo ese daño que la humanidad le ha hecho a nuestro querido planeta… si todos nos unimos, si todos viéramos lo que hemos hecho…

Lo observé casi con compasión, experimentando al mismo tiempo sensaciones relacionadas con la molestia, la pena, la desesperación y el cansancio. Su encuesta me estaba aburriendo. No pretendía lograr que alguien como él compartiera mi pensamiento -era una batalla perdida, por supuesto- y él no tenía la mínima intención de cooperar para obtener una versión diferente de lo que probablemente le habían inculcado en la organización a la que pertenecía.

Había tenido un mal día. Ya no recordaba cuándo había sido la última vez que me había despertado de mal humor, en realidad, pero en ese momento lo que menos quería era mantener contacto con otros seres humanos. Dirigí una mirada fría al muchacho sentado a mi lado y le dije que debía irme, que se me hacía tarde y que esperaba haberlo ayudado en algo (sabía que no lo había hecho, pero era una manera de no tratarlo tan mal como habría querido realmente). No le di tiempo de responder, por supuesto, y le pagué al tipo que me había dado café momentos atrás antes de que pudiera abrir la boca para decirme algo. Cuando salí no me molesté en mirar atrás, aunque estaba conciente de que el joven ecologista me observaba marchar.

Al despertarme esa mañana noté que una de las cuerdas de la guitarra que había cargado durante unos cuantos meses estaba rota y que, por lo demás, hacía bastante tiempo que no me topaba con alguna tienda de instrumentos musicales. Me había encariñado tanto con el instrumento en sí que lo único que pude hacer para superar la pérdida -porque demoraría unos cuantos pueblos más en hallar una tienda adecuada- fue destruirlo. No quedó nada. Y desde ese momento, cuando salí a caminar un poco y me encontré con los habitantes del lugar, descubrí que ese día mi lado misántropo estaba más potenciado que nunca, como si de pronto se hubiese amontonado todo el odio hacia la sociedad que había guardado durante meses de viaje. Todo me molestaba, absolutamente todo. Decidí marcharme de allí antes de que llegara la noche, rompiendo de paso con la tradición que había adquirido de partir siempre cuando comenzaba amanecer. Sentía que tenía que hacer cambios (y tal vez por eso había roto la guitarra), que tenía que añadirle algo diferente a la especie de rutina que se había convertido eso de llegar a un lugar nuevo y honestamente hacer siempre lo mismo. Bares, tiendas turísticas, hablar con vagabundos, analizar a las personas, costumbres nuevas, viviendas diferentes… Sí, todo sumamente interesante, pero mi actitud no cambiaba jamás y me estaba hartando de ser el sujeto misterioso que caminaba por las calles sin detenerse realmente a mirar a las personas. No podía ser completamente de otra forma, sin embargo, ése era mi carácter y sabía que estaba lejos de ser el tipo de hombre que saluda a cada ente parlante que se le cruza, pero si quería continuar viviendo dentro de una aventura, si quería volver a sentir esa emoción que me embriagaba los primeros meses, cuando había comenzado todo años atrás, tenía que hacer algo. Y una parte de mí le decía a gritos a la otra que lo que debía hacer era absolutamente obvio, que la idea y la certeza de ello estaban allí.

 

 

 

Cerré el libro con una extraña sensación cerca del pecho. Sentía que me faltaba el aire, que todo a mi alrededor giraba y que los estantes frente a mi perdían consistencia. El ocupante de la mesa contigua me miró de reojo con interés al notar que el pequeño libro que sostenía aun entre mis manos contrastaba con el enorme volumen de anatomía humana abierto sobre el mueble. Dejé el libro sin cubierta a un lado y apoyé lentamente la cabeza sobre él, recordando de pronto el día en que ese montón de papeles había pasado a formar parte de mi vida. Después de haberlo leído dos veces, después de unos cuantos meses de la despedida de aquel sujeto que viajaba en motocicleta, mi diario vivir había cambiado radicalmente (al menos para mí). Ya no pasaba mis días simplemente estudiando e incluso había cancelado la compra de mi nuevo departamento; y, además, en lugar de una vivienda había adquirido un vehículo de modelo antiguo pero claramente más resistente que los actuales.

Al leer el volumen anónimo me vi identificada con la mayoría de las ideas que desarrollaba. Hablaba de libertad, de rutinas, de almas, de viajes… planteaba teorías que yacían escondidas en alguna parte de mí y que probablemente no me había atrevido a sacar a la luz por temor a encontrarme con verdades que arruinarían la perfección del mundo que me había creado, acabarían de destruir lo que aquel extraño se había encargado de resquebrajar aquella dramática tarde de lluvia en abril. Comprendí porqué él viajaba, porqué no había podido llevarme y porqué parecía disfrutar tanto de todo lo que vivía. Entendí porqué hablaba de esa manera, porqué parecía saber tanto… y de pronto, en medio de la biblioteca de mi universidad, me vi con una necesidad casi incontrolable de salir corriendo, tomar mi auto y simplemente… viajar. No sería por él ni por perseguirlo, mucho menos lo haría en un acto de imitación barato de su estilo de vida ni con la finalidad de encontrarme con él en algún punto de la travesía, sino que mi alma, de cierta manera, me pedía a gritos desesperados que dejara todo atrás para 'ser algo más' y descubrir maravillas que no llegarían a mí si me quedaba en la comodidad de la vida que la sociedad tenía planificada para personas como yo. En ciertos fragmentos del libro mi curiosidad se encendió súbitamente y mi subconsciente me indicó a través de señales, como sueños, que en algún momento tendría que tomarme el tiempo de viajar aunque fuese por un mes o unas pocas semanas. Pensé que si el objetivo del extraño al entregarme ese libro era que encontrara una razón de peso, una razón real y más profunda para viajar sola en busca de la esencia de mi existencia, entonces había logrado al cien por ciento su propósito.

Esa noche cuando llegué a casa mi padre dormía profundamente sobre su cama, que curiosamente era lo primero que se veía al ingresar a la vivienda si la puerta del cuarto estaba abierta -como en ese momento, claro está-. Apagué su luz y la televisión que se había quedado encendida, como de costumbre, y aproveché de retirar las colillas de cigarro de la mesita de noche y llevarme el tazón vacío impregnado con el aroma del café fuerte. Me lancé sobre mi cama sin preocuparme por nada, con la intención de descansar en exceso luego de haber rendido un examen realmente largo luego de mi estadía en la biblioteca. Me removí entre los almohadones y clavé los ojos en un retrato de Jim Morrison que había pintado Elizabeth. Estaba hecho con grafito y no poseía ningún color que no fuera blanco, gris o negro, combinando con todos los retratos y fotografías que había en mi habitación. Cerré los ojos, suspiré y estiré una mano para ver la hora en el móvil que había dejado esa mañana en la mesita de noche, logrando al instante que la mayoría de las cosas que había allí cayeran estrepitosamente al suelo. Encendí la lámpara comenzando a hartarme y dejé escapar unos cuantos improperios a medida que levantaba las cosas y las ponía en su lugar.  Distinguí entre un montón de papeles un sobre amarillento que no estaba allí el día anterior, probablemente había llegado esa tarde mientras estaba en la universidad y mi padre lo había dejado para que lo viera al regresar. Me acomodé en el borde de la cama y lo abrí con curiosidad, descubriendo de paso que no poseía remitente. Nunca llegaba correspondencia para mí -a no ser que estuviese atrasada con el pago de la universidad, lo cual nunca sucedía-, así es que me sorprendí aun más cuando descubrí una carta con letra totalmente desconocida para mí. En el papel no había más que un par de frases y un nombre debajo, indicando que no eran de la persona que había escrito eso sino de alguien más.

 Una de las principales enfermedades del hombre es su inquieta curiosidad por conocer lo que no puede llegar a saber.

                                   (Blaise Pascal)

Al dar vuelta la hoja descubrí otra frase más, esta vez de su propia autoría.

Yo digo, mademoiselle, que ahora, después de todo este tiempo, esa inquieta curiosidad por lo prohibido es lo que la llevará más allá. Arriésgate.

Miré la pared durante unos segundos en cierto estado de shock. Cuando me dispuse a guardar la hoja dentro del sobre descubrí que había una fotografía de él (ignoré de forma impresionante la mala pasada que me jugaron los latidos de mi corazón al volver a ver su rostro) en formato polaroid con una pequeña frase

"Find a way to where the sky meets the Earth"

Reconocí la idea de la oración como algo planteado más de una vez en el libro que me había entregado. Y entonces descubrí que algo grande estaba a punto de suceder y que, por supuesto, ya no había vuelta atrás.



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