Historia al azar: La última batalla
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Análogo » Extraño
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  19. Epílogo II
  20. Epílogo III
Historia terminada Análogo (R13)
Por WendySumpterWood
Escrita el Miércoles 22 de Abril de 2009, 19:57
Actualizada el Viernes 9 de Julio de 2010, 23:24
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Extraño

Una tarde de Abril es totalmente perfecta para quedarse en casa observando a un lado de una ventana cómo empieza a llover, con una taza de chocolate caliente o café y pensamientos nostálgicos que remueven cierta parte de nuestra mente. La mayoría de las personas se ven invadidas por una extraña sensación de conforte cuando se quedan en casa en un día gris de otoño… y me incluyo totalmente en ese grupo. Sin embargo, no sé porqué, una tarde (casi casi noche) de Abril hace unos cuantos años decidí salir para poner de cabeza todas mis costumbres y rutinas. Creí que sería divertido romper mis esquemas por una vez y, sin invitar a nadie, me vestí con la ropa más sencilla que encontré, incluyendo mi bufanda y chaqueta favorita, y salí a caminar por allí. No sabía dónde iba, pero realmente no me importaba… Tenía veintidós años y podría decirse que ya me había acostumbrado a esa sensación de "no saber". Di un par de vueltas por un parque cercano a mi hogar, hasta que al parecer mi cerebro decidió llevarme al centro de la ciudad, donde estaban todas esas tiendas con escaparates llamativos y cafés llenos de gente con ropas abrigadas y sonrisas sinceras.

Había algo inusual en todo eso, algo en las personas o en lo que hacían. Me senté en una banca en medio de un paseo peatonal y retiré los audífonos que brindaban música a mis oídos, sintiendo, de pronto, que mi vieja chaqueta negra y desteñida era un poco más cómoda de lo normal. Apoyé mi espalda en el respaldo del asiento de madera y cerré los ojos, disfrutando del ruido urbano: motores de autos, buses abriendo y cerrando sus puertas, vendedores ambulantes y el suave pero insistente murmullo de los peatones caminando de un lado a otro, sumergidos en sus mundos. Todo era perfectamente imperfecto. Nunca había disfrutado tanto de la sociedad como aquél día. Y tal vez no lo había hecho porque nunca me había dado el tiempo de intentarlo. Me gustaba salir con mis amigas -salía con la misma gente desde que tenía catorce años- e ir a los lugares de siempre, sin prestarle demasiada atención a la gente que veía. No me agradaba cambiar de ambientes, nunca fui partidaria de los cambios en sí… Por mucho que me costara aceptarlo amaba mi rutina más que nada en el mundo, pues era algo seguro de lo que no podría llevarme jamás alguna sorpresa desagradable. Mi vida era muy simple, quizás en extremo. Cada día era idéntico al anterior -y eso no me molestaba por más que intentara convencerme de lo contrario-: me despertaba a las siete tuviera clases o no, desayunaba con mi padre (mi madre ya no vivía con nosotros, por razones de fuerza mayor), iba a la universidad en bicicleta, almorzaba en un pequeño restaurante barato cercano a la facultad, volvía a clases si es que las tenía, llegaba a casa, cenaba sola hasta que llegara mi padre del trabajo, veía mis series favoritas en la TV, estudiaba lo necesario y me acostaba a dormir. Fin de mi día. Lo único que cambiaba en mi semana era el día domingo, cuando podía salir con mis amigas al cine o, como dije, a los lugares de siempre (centro comercial o algún parque). Oh, sí, mi rutina no me molestaba… Pero quizás ya era hora de dejar de hacer siempre lo mismo y lanzarme un poquito a la vida. Yo quería tener historias interesantes para mis nietos o hijos, pero con lo que había vivido hasta ese momento no me alcanzaba para nada.

Saqué un cigarrillo del interior de mi chaqueta y lo puse en mi boca para luego encenderlo con el encendedor negro que me había comprado la semana anterior. Ya dejaría ese mal hábito… era sólo una etapa. Observé interesada a una multitud de personas que cruzaba la calle, atraída por lo llamativo de sus atuendos. Casi todos vestían de negro, con cadenas e implementos de ultratumba, algo realmente extraño en mi ciudad (al menos ahora, nunca he sabido qué hay en lados escondidos de la ciudad a altas horas de la noche). Noté que los demás peatones también los observaban fijamente-en sus miradas predominaba el miedo a lo desconocido-, quizás preguntándose de dónde habían salido. Una vez que se encontraron al otro lado de la acera dejaron al descubierto a un grupo de personas más cotidianas y yo me tomé el tiempo de observarlas mientras esperaban que el semáforo volviera a cambiar a verde. Había una pareja de ancianos tomados del brazo; él usaba un bastón de madera barnizada y ella acomodaba sus anteojos redondos. También había una madre con su hija pequeña. Al parecer la mujer regañaba a la niña por un berrinche reciente, y ella le miraba con los ojitos vidriosos a punto de llorar. Y al lado de las dos féminas había un tipo de mediana estatura, piel clara y ojos profundos. El cabello negro le caía sobre las orejas como en una cascada azabache y unos bigotes casi inexistentes se asomaban por encima de sus delgados labios, haciendo juego con la pequeña barba reciente que adornaba su mentón endurecido. Llevó una mano a su chaqueta de cuero negra y sacó una cajetilla de cigarros idéntica a la que tenía yo en mi bolsillo. Cuando encendió el cigarrillo noté, desde mi posición a unos diez metros de él, que tenía un grueso anillo de plata en el dedo índice de la mano izquierda y que un tatuaje se asomaba por el cuello de la camiseta gris a la que cubría aquella casaca. Guardó el encendedor en el bolsillo trasero de sus jeans azules oscuros y luego de unos segundos botó el humo del cigarrillo formando circulillos con él. Esbocé una sonrisa al notar su extraña forma de pasar el tiempo en un semáforo y acomodé un mechón de mi cabello detrás de mi oreja. Noté que al lado del sujeto de la chaqueta de cuero había un hombre bajito y calvo de unos cincuenta años de edad, con un rostro graciosamente jovial y los ojos más brillosos de lo normal. Vestía una camisa a rayas de colores pálidos y unos pantalones café claro que hacían juego con el color levemente rosado de su piel. Hablaba distraídamente por teléfono y jugueteaba con unas llaves lanzándolas al aire con su mano izquierda una y otra vez, como muestra de no estar poniendo demasiada intención a su charla. En un determinado momento las llaves se escaparon de sus dedos y cayeron estrepitosamente al suelo, pero al parecer él no tenía la intención de levantarlas. Y fue entonces cuando el tipo que fumaba tranquilamente su cigarrillo se agachó y le tendió las llaves al hombre calvo… y yo me di cuenta de que la sociedad estaba menos jodida de lo que pensaba.  La luz cambió a verde y el grupillo de gente cruzó, mientras los dos hombres intercambiaban palabras de agradecimiento y modestia.

Volví a ponerme los audífonos para ver qué tanto cambiaban esas calles al observarlas con música de fondo, una banda sonora especial para aquel especial día de Abril. Estaba tan absorta en mis pensamientos, observando a la gente caminar con parsimonia al ritmo de mi música, que no noté que alguien se había sentado a mi lado. Retiré disimuladamente el audífono de mi oreja derecha -sólo por si esa persona me hablaba, lo cual era casi imposible- y presté más atención a lo que hacía mi reciente compañero de asiento. Cuando le miré de reojo pude darme cuenta de quién era, y realmente no pude evitar que mi boca se entreabriera de asombro al caer en la cuenta de que el ser humano sentado a mi lado era el tipo de la chaqueta de cuero y el cigarrillo. Tenía las piernas estiradas, una sobre la otra -admiré durante unos segundos sus tenis de lona, pues tenían unas letras en inglés escritas en la punta blanca que captaron inmediatamente mi atención-, y el brazo izquierdo extendido en el respaldo de la banca. Acabó su cigarrillo y lo tiró a un lado de sus pies para pisar la colilla con su zapatilla. Se quedó un rato observando la calle hacia el norte y hacia el sur, como si no tuviera nada que hacer y estuviera allí por ocio. Fijé la vista en el suelo, mientras me acomodaba en la banca, y guardé la mano desocupada en el bolsillo de mi chaqueta, un poco nerviosa.

-Disculpa, ¿tienes fuego?

Alcé la vista, sorprendida, y miré a mi derecha para encontrarme con el rostro de aquel tipo que había captado mi atención desde la acera de enfrente minutos atrás. Me observaba interrogante con esos ojos profundos pero vacíos, sin mayores pretensiones que encontrar fuego para encender su siguiente cigarro.

-Sí. Un segundo. -respondí.

Hurgué en el bolsillo interior de mi cazadora y recordé, de pronto, que había visto claramente cuando él había extraído su encendedor del bolsillo trasero de su pantalón. Le tendí el mío mientras él botaba a un basurero cercano la cajetilla de cigarros vacía.

            -Gracias.

            Boté la colilla de mi cigarro al suelo y lo pisé con la punta del pie Una mujer pasó frente a la banca y la seguí con la mirada, sin saber qué más hacer. Cuando llegó a la esquina se volteó a vernos con curiosidad, paseando rápidamente -con incredulidad- su mirada entre el desconocido a mi lado y yo.

 - Y… ¿eres de aquí? -preguntó él, mientras me tendía el encendedor.

             Me demoré unos segundos en reaccionar y contestarle, pues sentía que algo estaba mal en aquella situación. Él parecía ser un tipo diferente a los demás, de esa clase de personas que ves caminar por la calle con mirada distraída, totalmente envueltas en un halo de superioridad y lejanía… esa especie de ser humano que sabes nunca volteará a hablarte -ni siquiera para preguntarte la hora-.

             -Sí -respondí, con la boca seca, mientras tomaba lo que le había prestado. Noté que mis manos, una dentro de mi chaqueta y otra encima de mi pierna, comenzaban a temblar casi descontroladamente, como si estuviera terriblemente nerviosa. Quise sacar a la superficie mi capacidad de sociabilizar con desconocidos (porque realmente era mucho más amigable de lo que parecía), pero mi cerebro no mandaba señales de actividad a mis labios y no hice más que quedarme en silencio.

             -Salí a buscar alguna persona que pueda interpretar bien el papel de guía turístico -explicó, al notar que yo no diría nada hasta que él hablara sobre algo comprensible, algo que tal vez revelara porqué estaba hablando con una desconocida en un paseo peatonal-. Te vi antes de cruzar la calle y me pareció que serías una buena guía. Siempre he creído que una persona que puede quedarse sola en un lugar como éste conoce mucho la ciudad en la que está.

             -No sé si yo sea la más indicada -dije, controlando exitosamente el temblor que amenazaba con exteriorizarse a través de mi voz-. Suelo olvidar nombres de cosas importantes y no poseo sentido de orientación.

             -Soy bueno recordando nombres y sé que me ubico bien en el espacio -inquirió, sonriendo. Su sonrisa era, ¡cómo no!, total y completamente perfecta, de aquellas que se ven en los comerciales de cremas dentales. Exhibía una hilera de dientes blancos enmarcados por unos labios delgados y finos.- ¿Quieres ser mi guía turística esta tarde?

             Pensé en negárselo rotundamente y me vi argumentándole que sólo era un extraño en la calle que podía ser cualquier tipo de psicópata buscando a su próxima víctima, pero entonces recordé que había dejado la calidez de mi hogar para romper mi rutina y hacer cosas nuevas. Observé durante unos segundos sus ojos, evaluando qué tan sincera y pura había sido su pregunta… y, finalmente, lo único que hice fue asentir en silencio.

             -Bien, lo seré -dije, al ver que esperaba una respuesta un poco más concreta que un simple asentimiento. Me puse de pie y miré al horizonte, intentando pensar qué era, según mi opinión, lo más importante de la ciudad.- Lo primero que debes conocer de esta ciudad es, sin lugar a dudas, el mejor sitio para tomar café de toda la región. -Su sonrisa, que ya estaba estampada en sus labios, se ensanchó aún más y sentí que mi euforia repentina por aquél paseo lo había hecho feliz.- ¿Tomas café? Si tu religión o creencia no te lo permite lo comprenderé y pasaremos al segundo punto más importante (no sé cuál es, pero ya lo sabré).

             -No te preocupes, sí me gusta el café. Es una de las mejores cosas de este mundo. -Se puso de pie lentamente y sacó una pañoleta negra de uno de los bolsillos de sus jeans para amarrársela alrededor del cuello, cual bufanda.-

             -Por cierto, ¿cómo te llamas? -inquirí, recordando que no sabía su nombre aún.

             -Sabrás mi nombre siempre y cuando al final del tour no te hayas aburrido con lo que probablemente diré -sonrió de lado, sin revelar  el misterio que se escondía tras sus labios. Aquella mueca le brindó a su endurecido rostro una debilidad que nunca, en todos mis años de convivencia diaria con el sexo opuesto, había visto en un hombre.  No dije nada, simplemente porque no supe qué decir ante su respuesta.- Bien, ¿dónde queda ese lugar que decías?

             -Sígueme, persona sin nombre.

             Saqué otro cigarrillo de mi chaqueta -me vi obligada a incrementar el vicio debido a mi nerviosismo- y lo encendí rápidamente.

             -Ah, ¿tienes más? -preguntó, ansioso. Asentí sonriente, mientras caminábamos hacia el sur. Le pasé la cajetilla y en menos de un minuto ya éramos dos extraños caminando juntos con un cigarro en la mano.

             Crucé en una esquina, tres cuadras al sur del lugar donde nos habíamos encontrado, y visualicé a unos metros de mí las mesitas exteriores de mi café favorito. Me pregunté, de pronto, si la madre regañando a su hija en el semáforo del paseo peatonal ya había detenido el lloriqueo de su pequeña y, también, si acaso el hombre calvo y bajito estaba jugando con sus llaves en otro semáforo (probablemente si eso sucedía no iba a haber otro desconocido de chaqueta de cuero que levantase sus llaves por él).

             -Ése es el lugar -dije, apuntando el local de mesas de madera y puertas de vidrio polarizado que se extendía a pocos metros de nosotros.

             Me miró interesado, esbozando una sonrisa. Fue entonces cuando me pregunté qué diablos hacía yo frente a mi café favorito con un desconocido como él (ya habíamos hablado sobre gustos y éramos completamente opuestos: yo rock alternativo, él heavy metal y metal clásico; yo no leía demasiado, él era un intelectual amante de los libros)… y, además, porqué rayos sentía esa necesidad de quedarme con él hasta que fuera imposible, por motivos de fuerza mayor, seguir disfrutando de su presencia.

             -¿Vamos? -preguntó, posando suavemente su mano izquierda en mi brazo, apurándome a entrar. Noté que una chispa de electricidad proveniente de su roce atravesaba mi ropa hasta llegar a mi piel… Dudé. ¿Acaso tenía sentido todo aquello? ¿Por qué iba a entrar a ese local junto a él? ¿Por qué esa electricidad? Y, sobre todo, ¿qué diablos me había incitado a salir de mi casa un día como aquel?


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