Historia al azar: Nostalgia y melancolía
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¿Por qué? » ¿Qué es esto?
Historia terminada ¿Por qué? (R15)
Por tamarindo
Escrita el Viernes 14 de Noviembre de 2008, 02:51
Actualizada el Domingo 16 de Noviembre de 2008, 03:09
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¿Qué es esto?

Capítulos
  1. ¿Qué es esto?

¿Qué es esto?

(contiene slash)

 

 

Miro a mí alrededor en busca de una excusa, de algún estúpido profesor para no hacer lo que es tan propio de mí. Por mucho que busque no hay nadie más que nosotros en el vestíbulo. El par de idiotas que me siguen a todos lados no se me separan nunca, por lo que no puedo mostrarme como hace días que me siento, ni cómo quisiera en estos momentos ante ti, así que te susurro algo. Traicionado por mi orgullo te digo que estás muerto. Me contestas como sólo tú puedes, hiriéndome sin más, como si para ti insultarme fuera algo rutinario. Me haces daño, hace semanas que tus palabras me causan ese efecto, y con estos dos a mi espalda sólo me queda una salida: ponerme a la defensiva e intentar amenazarte y ponerte furioso. Pero no puedo, algo dentro de mi intenta perder esta batalla hasta que por fin, alguien me salva de esta agonía. El profesor Snape aparece y siento un gran alivio momentáneo. Me tranquiliza que Snape esté presente porque él te dirá todo lo que tanto me cuesta ahora.
Me quedo embobado mirándote mientras discutes con el profesor de pociones y la repentina presencia de McGonagall hablándonos me devuelve al vestíbulo.
—… Potter, Malfoy, creo que con un día tan espléndido como el de hoy deberíais estar fuera los dos. —Atino a escuchar, pero cuando por fin reacciono a esas palabras y me saco los pensamientos de la cabeza, tú ya no estás.

No sé cómo explicar algo que no llego a entender. Llevo todo el verano arrepintiéndome de ese día. No es lógico que yo me arrepienta, yo nunca hago nada de lo que me pueda arrepentir, soy un Malfoy. Pero me reconcome ese maldito momento en el que nos cruzamos en el vestíbulo. Mi orgullo me juega peores pasadas a cada momento. Te juro que ese día, si no fuera por esos dos idiotas que me siguen a todos lados no te habría dicho nada de nada. Aunque metieras a mi padre en Azkabán no podía dejar de pensar en lo mal que lo estabas pasando por perder a tu única familia. ¿Pero que me pasa? ¿Cómo un Malfoy puede sentir compasión por otro ser humano?
A medida que se acerca el momento de regresar a Hogwarts, me pongo más y más nervioso. Volveré a verte, y eso me gusta. Pero siendo yo un Slytherin y tu un Gryffindor tendré que insultarte, no puedo permitir que nadie vea lo que me provocas, lo vulnerable que me dejas sólo de pensar en ti, como ahora, acurrucado en mi cama, abrazado a la esquina de mi edredón y entre sábanas de seda. Intento dormirme pensando en el momento que te veré en el Expreso a Hogwarts, en el comedor o en clase. Me duermo pensando que mañana por fin te veré. Pero aun no sé qué hacer. Quizá alejándome de ti no te des cuenta de todo esto. Intentaré centrarme en algo más. Sí, eso es, me centraré en mi tarea de prefecto y buscando nuevas víctimas para hacer callar esa parte de mí que necesita ver a niños llorando.
Y con esa idea de alejarme de ti, me acurruco un poco más, escondiendo mi cara en la almohada, sin poder evitar soltar unas lágrimas. Por lo que más quieras, espero que nunca nadie me vea así.

Empiezo a poner en práctica mi idea. En el tren de camino a Hogwarts me dedico a lo mío. Hago mis rondas por los vagones como prefecto.
En el último vagón, siempre tan vacío, me pongo a buscarte. Sé que estarás solo porque la sangre sucia y Weasley están haciendo sus respectivas rondas en los primeros vagones. Te encuentro en el último compartimento. No me esperaba menos de ti, Potter, sabes cuál es tu lugar. Tienes la cabeza apoyada al cristal de la ventana, con la mirada perdida. Te observo desde el pasillo, intentando no hacer ruido alguno. Pero el tren da un fuerte traqueteo que me hace perder el equilibrio y me inclino hacia la puerta cerrada de tu compartimento. Te das la vuelta por el susto y me ves a través de la puerta. Tus ojos verdes se me clavan y el corazón se me dispara. Tardo en reaccionar, es la primera vez que me miras sin odio alguno. Me giro para que no veas lo sonrojado que estoy. Sé que es demasiado tarde, me has visto con una expresión que vale millones.
—¿Qué quieres Malfoy? —Me dices con desprecio. —Sé que estás ahí. —Oigo como te mueves dentro.
Si me quedo quieto, si no hago ruido, puede que así pienses que ya no estoy y te olvides de mí. Pero es evidente que no, eres tan curioso y sigiloso como el león que llevas dentro, que me pillas agachado en medio del pasillo desierto. Enseguida hago como si me atara los cordones. Acabo, me levanto, te miro con el mayor desprecio que pueda mostrarte y me voy. Te dejo con tantas preguntas sin contestar que no lo soportas.
—¿Qué pasa? ¿Tienes miedo sin tus gorilas?
Me desafías así que me paro. No puedo dejar que me insultes sin más. Mi cerebro no da más de si para una respuesta. Lo que antes te diría con mi sangre fría, sin pensar, ahora me es del todo imposible. Me giro muy despacio con una sonrisa maliciosa, o eso pretendo que sea.
—Cuidado Potter, ten más modales ante un prefecto. —Me giro y me voy sin más. ¿Pero qué hago? Me parece tan absurdo lo que te acabo de decir. Pero tú te quedas plantado en el pasillo sin reaccionar mientras yo me doy prisa en alejarme sin que se note. Mis mejillas siguen ardiendo pero parece que no te has dado cuento, o eso es lo que me hacer creer.
En el siguiente vagón veo un compartimento con dos alumnos de primero. Los echo fuera con toda mi ira y me encierro en él el resto del camino. Debo tranquilizarme antes de volver con mis compañeros. ¿Por que me siento tan vulnerable cuando estoy contigo? Por qué… si eres una persona más, una cualquiera entre tantos alumnos. Sin embargo eres único. No por la cicatriz en forma de rayo que te dejó el señor tenebroso en la frente, no por esa absurda profecía que dice que tienes que salvar el mundo. Eres único por ese valor Gryffindor que tienes, por no dejar que el miedo te posea nunca, por… por hacerme pensar tanto en ti cuando nunca nadie acaparó mi mente tanto como tu. Por hacerme sonrojar cuando te veo… Y a pesar de todo no lo entiendo, no entiendo el por qué todo esto si eres un chico.

Con el hambre que traía del viaje, pues en el tren no pude comer nada porque no quería salir del compartimento, y deseando que Dumbledore acabe su discurso para empezar ya, me había olvidado de ti un instante. Pero me vuelves a la mente en cuanto el director acaba y todos aplaudimos. En el momento en que levanto la vista y te veo, ahí estás, en la mesa de Gryffindor, rodeado de la sangre sucia de Granger y los estúpidos Weasleys. Qué mal gusto tienes Potter, cómo puedes aguantar a esos muertos de hambre. No sé por qué estás con gente tan patética. Con todo los que has vivido, ¿qué te pueden aportar? Aunque no me extraña que estés con ellos, admito que Granger se esfuerza por saberlo todo, y Weasley, al fin y al cabo es un sangre limpia, y es un excelente estratega en el ajedrez mágico. Y los dos te son fieles hasta la muerte. Ya me gustaría a mí que Grabbe y Goyle me fueran la mitad de fieles… Lo que no entiendo es por qué dejas que esa pequeña Weasley te merodee todo el tiempo. Ni que te gustara su compañía. Han llegado a mis oídos rumores sobre esa infeliz y sé que no te conviene, vales más que eso, Potter, no pierdas el tiempo con cualquiera.
No dejo de mirar en tu dirección. Les susurras algo y de repente me miras y me señalas con una sutileza que el idiota de Weasley no se da cuenta hasta que su hermana le pega con fuerza en la cabeza. Me río por la escena que montan hasta que me doy cuenta de algo. Me doy cuenta de por qué tus amigos me miran con intriga. ¿Cómo te atreves a contarles lo que pasó en el Expreso a Hogwarts? Os miro a todos con un odio tan notable que mis compañeros se asustan al ver mi rostro pasar del blanco porcelana de mi piel a un rojo vivo.
Nada más llegar a la sala común de Slytherin, empiezan todos a interrogarme sin piedad. Me rodean y me agobian a preguntas, de las que sólo la mitad escucho.
—Ey, Draco, ¿Qué te pasa?
—Sí, estás muy raro hoy. ¿Dónde estabas en el tren?
—Nada. ¡Dejadme en paz! —les grito furioso y me meto en el dormitorio dando un portazo para que sepan que no quiero hablar con nadie.
¿Por qué no sales de mi cabeza? Te odio por no ser capaz de desaparecer de mi mente. Siempre ahí. Me tiro en la cama, exhausto, con la ropa puesta, ni pienso en sacar el pijama del baúl y ponérmelo. Sólo me da tiempo a cerrar las cortinas del dosel que cubre mi cama y me quedo dormido al instante.

Ya ha pasado más de un mes desde que empezó el curso. Y por extraño que te parezca, ya no soy el de antes, aquel que disfrutaba insultando y persiguiéndote hasta ponerte furioso delante de algún profesor para que te saque puntos. Ni tampoco uso mi poder para pillarte y sacarte yo mismo los puntos. Sinceramente, hacerte eso a ti ya no es lo mismo. Mis compañeros de habitación están asustados de lo desganado que estoy últimamente por las noches. No saben exactamente qué me ocurre, pero saben lo que les conviene, y por eso callan. Por encima de todo soy un Malfoy, y no permitiré que nadie me vea así ni admitiré nunca este estado que me provocas.
Como dije que haría, intento estar todo el tiempo posible ocupado. Entre clases, deberes y entrenamientos de Quidditch tengo los días completos. Y si encuentro tiempo libre, me ensaño con cualquiera que me encuentro por los pasillos. Pero a pesar de no tener tiempo para nada más, a pesar de pasarme el día pendiente de otras cosas absurdas. A pesar de todo, mis rondas nocturnas por los pasillos son enteramente tuyas. No puedo negarme a ellas, soy prefecto y me da un poder y una superioridad que adoro, pero no tanto como desearía que salieras de mi cabeza para descansar un rato. Pensar en ti me consume tanta energía.
Hoy me toca el pasillo del séptimo piso. Es tan tranquilo como siempre, nadie en su sano juicio merodearía por los pasillos a estar horas, y menos por este. Sólo a ti se te ocurriría tal cosa, a ti y a tus amigos. Siempre quebrantando las normas como Gryffindor que eres, igual que hacía tu padre. Y entonces caigo en la cuenta. ¿No estaba por aquí la sala de los Menesteres? ¿Esa que se te aparece sólo cuando realmente la necesitas? Sí, claro que sí. El año pasado las usabas para entrenar a ese, ejercito de Dumbledore creo que os hacíais llamar. Pero no sé por qué perdías el tiempo con esos ingratos mal nacidos, si la mayoría te dejó plantado a la primera de cambio.
Al llegar al tramo vacío de la pared, en frente del tapiz, me paseo tres veces por delante, aunque no sé que busco. No puede aparecer nada, no necesito nada. Pero para mi asombro aparece una gran puerta de madera. La abro despacio, metiendo la cabeza para ver lo que hay. Me sorprendo al ver algo que no me esperaba. En medio de la sala hay una cama, mi cama. No la del dormitorio que uso en Hogwarts y comparto con mis compañeros. Sino que es mi cama, la que está en mi habitación, en casa, en la que nunca ha entrado nadie salvo yo, mi lugar sagrado. ¿Por qué se me habrá aparecido?
Cierro la puerta a mi espalda y miro el reloj. La ronda ya se acabó, ya se ha pasado el toque de queda para los prefectos, pero tengo demasiada curiosidad y un repentino sueño como para irme ahora. Me acerco a la cama y veo un pijama encima de la almohada. Sin pensármelo mucho me lo pongo y me deslizo entre las sábanas. Me acurruco como me gusta, con la cara en la almohada y agarrando la esquina del edredón. La aprieto con mucha fuerza y todo mi cuerpo se empieza a tensar. No entiendo por qué me ocurre esto, por qué iba a estar yo tenso. Sin más, una cálida lágrima se desliza por mi mejilla y va a dar a las sábanas. ¿Será que necesito desahogarme? ¿Tanto me desgasto cada vez que te veo hablando con tus amigos, deseando estar yo sentado a tu lado para poder ver tus ojos verdes, para que esas sonrisas sean para mí? Empiezo a hipar y a emitir leves gemidos. Sin poder evitarlo salen muchas más lágrimas de mis ojos fuertemente cerrados. Estoy llorando desconsoladamente por ti. ¿Qué me has hecho Potter? ¿Algún maleficio para poder tramar tus planes con tranquilidad? ¿Qué es este dolor que me causas en el pecho?
Quisiera quedarme encerrado en esta sala para siempre. Salir supone seguir sufriendo como hasta ahora. Seguir viéndote y no poder hacer nada por lo que me pasa, no poder evitar todo esto que tanto odio. No puede ser que me esté enamorando de mi enemigo, no quiero creerlo. ¿Cómo puede ser, si eres un chico y te odio?
Durante los siguientes días decidí refugiarme en la sala de los Menesteres. Me ofrece un lugar seguro para que nadie sepa lo que me sucede por tu culpa. Pero creo que hice mal en asegurarme que nadie me moleste con esos dos idiotas en la puerta, porque creo que merodeas por el séptimo piso en busca de una explicación a mi repentino cambio de actitud. ¿Es que ahora me echas en falta, Potter? Sé que me buscas, que piensas que tramo algo, y con Grabbe y Goyle haciendo guardia delato mi posición.

Me despierto y entreabro un poco los ojos. Por entre las cortinas del dosel entra un hilo de luz. Las abro del todo y veo la ventana nevada. Me quedo tumbado, mirando como cae la nieve. Las vacaciones de navidad acaban de empezar y es como si llevara una eternidad así.
Por el miedo al señor tenebroso, nadie se queda estas navidades en el castillo salvo 4 alumnos y unos cuantos profesores. Soy el único Slytherin que se queda estas navidades, tengo toda la sala común para mi solo. Y es un alivio, porque últimamente tengo bajones y me pongo a llorar a cada momento. Cualquier cosa que vea me recuerda a ti. No puedo comprender esto, pero por lo menos nadie me ve en esta embarazosa situación. Las noches me las paso gimoteando hasta dormirme. Es extraño. Nunca me había quedado en navidades, pero me gusta, está todo tan tranquilo.
Me visto y bajo a desayunar. Al entrar en el Gran Comedor me quedo en la puerta mirando a los 12 árboles navideños de todos los años, igual que el acebo y espumillón de los pasamanos y los ramilletes de muerdazo por los pasillos. Hay sólo una gran mesa redonda en medio de la sala sustituyendo a las cuatro largas mesas de las casas. Los profesores que se quedaron están desayunando con los alumnos. Te busco y te encuentro sentado, charlando tranquilamente con Dumbledore. Busco entre las cabezas si tus inseparables amigos están a tu lado, pero los otros dos alumnos que se quedaron son de Hufflepuff. ¿Cómo es que ese Weasley no te invitó a pasar las navidades en su casa, en La Madriguera? Si a eso se le puede llamar casa. Al darme cuenta que pasarás las navidades aquí y solo, sonrío sin querer. ¿Qué me pasa? Siento una repentina necesidad de salir corriendo, pero mi estómago protesta por ese olor tan rico del desayuno. Llevo sin comer algo decente ya unos días, porque no me atrevía a subir hasta el comedor a las horas de comer. Mi aspecto ha desmejorado mucho. Estoy más flaco y pálido que de costumbre, con ojeras y ojos rojizos que delatan mis noches en vela pensando en ti.
—Ah! Bien, señor Malfoy, venga a sentarse y coma algo —me dice Dumbledore. Vuelvo a la realidad y me acerco a la mesa—. Tome asiento —me dice. Me siento en el único asiento libre que queda, y es justo en frente a ti—. Ahora que ya estamos todos, quiero desearos unas felices vacaciones y también unas buenas navidades. —Levantamos todos la copa y bebemos.
No paras de mirarme como si con la mirada fueras a descubrir algún misterio, o lo que es peor, lo que pienso. Me asusto y bajo la mirada para mirar lo que tengo en el plato y juego con los cereales. No me atrevo a mirarte. Si saber por qué ni cómo, a cada segundo que pasa me pongo más y más colorado.
Sin pensarlo me cojo dos bollos y salgo corriendo del Gran Comedor. ¿Cómo es que no puedo controlarme delante de más gente? Soy un Malfoy, no me puede estar pasando esto. Corro por los pasillos en dirección al séptimo piso, pero un ruido me hace detenerme en seco. El ruido para conmigo. Por primera vez reconozco que estoy asustado, nunca antes me había asustado tanto como hasta ahora. ¿Y si me estas siguiendo? ¿Y si te enteras de todo?
Antes de girarme me tranquilizo. Mi rostro vuelve a esa expresión maléfica que me caracteriza y te veo en medio del pasillo. Pensándolo fríamente yo tengo el control, porque eres tú quien me sigue, y tú el que no sabe qué pasa. Pero, ¿por qué me sigues, Potter? Mi corazón se desboca, y aun así, mi rostro queda impasible. Te miro, te examino… y caigo. ¿Por qué no te has escondido?
—No me apetece nada ponerme a pelear contigo ahora, Potter —te digo antes de que pase nada—. Así que esfúmate, no quiero… —Aunque no acabe la frese, mi mano con la varita levantada me delata.
Me sorprende mucho que no te muevas. No haces nada y mi respiración empieza a tener una leve alteración, sobre todo cuando veo que tu mirada no supone ninguna amenaza. Sin apenas notarlo, empiezas a acercarte a mí. Eres tan sigiloso como el león que llevas dentro.
—¡Te lo advierto Potter, detente ahora! —Te apunto con la varita, pero en un suave y lento movimiento me coges la mano y la bajas. Mis ojos se abren como platos y aprieto fuertemente mi mandíbula por esa insolencia de haberme tocado.
Ya no sé como reaccionar. Tengo tantos pensamientos contradictorios y tu no ayudas a decantarme por atacarte o no, y por primera vez dejo que mis ojos expresen miedo, aunque no mi rostro, mientras los tuyo me dicen que algo te preocupa ¿pero por qué?
—Tranquilo Malfoy —me dices con suavidad—. No pienso atacar. Solo… —desvías la mirada hacia un lado— …solo quería saber si estás bien. —Parece que te cuesta decirlo.
¿Te preocupas por mí, Potter? ¿Por qué? No logro entender lo que pasa.
—Qué te hace pensar que un Malfoy no iba a estar bien. —Te escupo las palabras como si de veneno se tratara. Rápidamente me vuelves a mirar. Es la primera vez que noto lo que has crecido estos años, ¿sabías que eras más alto que yo?
—No creo que sigas siendo un Malfoy con ese aspecto.
—No te pienso dar coba para tus estúpidos insultos, Potter. —Me giro dispuesto a irme, esta vez a la sala común de Slytherin. Pero tu mano seguía agarrando la mía. ¿Me has estado agarrando todo este tiempo?
—Draco, espera… —me dices con un leve susurro. No me puedo ir ya que no me sueltas, pero dejo de intentar soltarme. Además de alto, también tiene más fuerza que antes.
Un momento… ¿me acabas de llamar Draco? Nunca antes lo habías echo. Me da un vuelco el corazón por lo dulce que suena mi nombre en tus labios. Me sonrojo sin evitarlo, ya no me importa que me veas vulnerable, ya no me importa casi nada si me hablas de esa forma. Pero mi orgullo me vuelve a traicionar:
—¿Y ahora qué, Potter? —siseo con un odio incomprensible. ¿Por qué no me dejas ir? ¿Por qué me retienes si no es para insultarme o humillarme?
—Draco… —otra ves mi nombre. Me miras sorprendido. Sí Potter, acabo de sonreír de forma involuntaria para ti—. En serio quiero saber cómo estás —de lo bajo que hablas casi no te escucho. Me acerco a ti usando tu mano como apoyo para poder oírte mejor y para mi grata sorpresa te estremeces y te asustas. ¿Acabo de asustar al niño que vivió? Es algo me que infla el ego, pero ¿por qué te has asustado?— Draco, por favor… —suplicas. Me gusta que me supliques, pero ya no puedo retenerlo más. Como te rías no saldrás vivo del pasillo.
—¿A qué viene este interés?
—No… no me hagas suplicarte más… —Veo en ti el mismo miedo que yo tengo desde hace tanto tiempo. Reconozco mis noches en tu ojos rojos, mis pensamientos. Sin saber por qué te contesto.
—Me hubiera gustado que te unieras a mi cuando en primero te ofrecí mi mano, pero has preferido a ese traidor a la sangre y me has obligado a odiarte hasta más no poder. Lo intenté con todo mi orgullo Slytherin y Malfoy, pero no pude más —por fin te lo digo. Vaya peso me quito de encima, hasta respiro mejor. Te miro para saber cuál es tu reacción pero no te mueves, te quedaste de piedra—. ¿Potter? —Parpadeas dos veces. Aun cogidos de la mano me atraes hacia ti, con la otra me coges por la nuca y me das un beso.


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