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Relatos de mi adolescencia (y algo más)
(ATP)
Por WendySumpterWood
Escrita el Domingo 20 de Julio de 2008, 15:11 Actualizada el Miércoles 10 de Marzo de 2010, 19:01 [ Más información ]
La desconocida
La había visto apenas había entrado a la casa y me había llamado la atención de inmediato. No tenía muy claro qué diablos hacía yo allí –no era familiar directo de las personas de esa casa, menos de ella-, pero al verla me di cuenta de que esa aburrida noche en una casa desconocida podía ser más interesante de lo que había pensado. En el momento de comer tuve que sentarme a su lado y estuve a punto de hablarle, pero su madre la interrumpió llamándola desde la cocina. Me percaté de la expresión de frustración que se apoderó de su rostro y reprimí una sonrisa divertida. Aún me quedaban unas cuantas horas en esa casa –lo sabía porque la charla estaba cada vez más animada- y no sería difícil encontrarla. Fui obligado a bailar con una muchacha de unos veinte años de edad –demasiado sociable para mi gusto- y tuve que fingir que me divertía. Mi celular vibró en el bolsillo de mi pantalón y me retiré de la pista de baile con la excusa de que debía contestar esa llamada pues podía ser importante, aunque sabía perfectamente que el sonido que emitía el aparato correspondía a un nuevo mensaje de texto y no a una llamada entrante. Busqué una puerta que no fuese la entrada a alguna habitación y me encontré con la que daba perfectamente al patio de la casa, así es que salí para sentarme en el césped y así poder tomar un poco de aire. La noche estaba total y completamente estrellada, como si algo cursimente genial fuese a suceder. Cerré los ojos intentando acallar la música que provenía desde el interior de la casa… había logrado relajarme levemente cuando escuché que una puerta se abría a unos metros de mí y me sobresalté, ¿acaso se tenía acceso al patio desde otra habitación? La misma puerta –supuse- se cerró y escuché unos pasos que se dirigían hacia donde estaba yo, acompañados de unos cuantos suspiros y uno que otro susurro in entendible. Me quedé paralizado al ver que la figura de ella se acercaba lentamente al lugar en el que estaba yo –no se había percatado de mi presencia- y que, al parecer, iba a sentarse a mi lado. Se quedó de pie, de espaldas a mí, y contempló el cielo durante unos segundos. Me puse de pie intentando no hacer ruido y me acerqué a ella lentamente. Posé una mano sobre su hombro izquierdo y ella ahogó un gritito, asustada. Se volteó rápidamente y pareció paralizarse al verme a mí en lugar de alguien que pudiese conocer. “Hola, extraña, ¿cómo te llamas?”, dije, mientras ella observaba mis ojos profundamente, como queriendo indagar más sobre mí a través de mi mirada. “Hola, extraño. Mi nombre es Alejandra, ¿y el tuyo?”. “Me llamo Daniel”, le sonreí, intentando brindarle un poco más de confianza. Me senté en el césped y la invité a tomar asiento junto a mí, como si el patio de su casa fuera mi apartamento o algo por el estilo. La conversación fluyó como si fuésemos amigos de la infancia, personas que se conocían desde siempre o almas gemelas. Descubrí que tenía más cosas en común con ella de las que pensaba, y esa sensación de electricidad que se apoderaba de mi cuerpo cuando el viento provocaba que su cabello rozara mi brazo o mejilla sólo aumentaba la peculiaridad del momento. Eran las tres de la madrugada y la fiesta parecía recién empezar, por lo que ambos acordamos quedarnos allí hasta que la música disminuyera lo suficiente para saber que la reunión estaba llegando a su fin. Continuamos charlando y poco a poco la confianza cedió. La sostuve entre mis brazos cuando me percaté de que tiritaba de frío y la besé suavemente cuando la luna prestó su brillo para iluminar plenamente su rostro. No quería irme de allí, eso era demasiado bueno para ser real. Sin embargo –y tal como habíamos acordado- tuvimos que separarnos cuando la música disminuyó su volumen. Intercambiamos número de teléfono celular y prometí que algún día volvería por ella. Han pasado casi tres meses desde aquella noche de sábado y nos hemos hablado unas cinco veces… hace dos semanas que no oigo su voz. Me pregunto si le habrá sucedido algo, me pregunto si tiene novio. Sé que en algún momento la volveré a ver, la volveré a llamar o le diré que nos veamos. Hasta ahora no he olvidado la sensación que se apoderó de mi ser cuando la tuve cerca de mí… Estoy seguro de que si el destino lo quiere y si yo pongo de mi parte todo puede suceder –o volver a suceder, como sea.
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