Historia al azar: Letras en pluma de Fénix
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Relatos de mi adolescencia (y algo más) » Tarde
Capítulos
  1. El desconocido
  2. Recuerdos extintos
  3. El dependiente de la tienda del cuarto piso
  4. Poder
  5. Magia
  6. Tarde
  7. Cinco minutos
  8. La desconocida
  9. Sueño de bodas
  10. Ella
  11. Lo extraño
  12. Aterrizaje forzoso
  13. Reflejo
  14. You belong to me, Elizabeth.
  15. Él
  16. Armas y rosas
  17. Cronopio
  18. Despedida I
  19. Desvarío
  20. Ana *
  21. Lugar secreto
  22. Reflexiones de una mente ocupada
  23. Mi superhéroe
  24. Sabores
  25. Otto*
  26. Despedida II
  27. Una lágrima
  28. De príncipes y princesas
  29. Los sentimientos lo arruinan todo, pero...
  30. Iris
  31. Finales felices
  32. Cronopio II (Perdida)
  33. Hard to explain
  34. Steppen wolf
  35. Más alto
  36. Testimonio de un observador
  37. En reversa
  38. En serio
  39. De la aristocracia
  40. Untitled
  41. Runaway girl's letters I
  42. Domingo a las diez de la mañana
  43. Trapped in the eyes of a stranger I
  44. Runaway girl's letters II
  45. ~Wonderwall
  46. Der Lächle
  47. Despedida III
  48. Romeo
Relatos de mi adolescencia (y algo más) (ATP)
Por WendySumpterWood
Escrita el Domingo 20 de Julio de 2008, 15:11
Actualizada el Miércoles 10 de Marzo de 2010, 19:01
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Tarde

Tarde


Esa era la primera vez que salía con ella y, a decir verdad, no tenía idea de cómo actuar. Hablamos del colegio, de anécdotas, de música… de todo un poco. Hasta que tuvo que irse y yo no pude hacer nada para detenerla. No quería alejarme de ella, pero era necesario. Nos despedimos en una calle concurrida, con un beso en la mejilla y un “cuídate”. Aguanté las ganas de abrazarla y la dejé ir, con una extraña opresión en el pecho. Comencé a caminar en dirección contraria, pero a los pocos segundos algo me detuvo. Me quedé de pie, mientras la gente pasaba a mi lado, como si estuviese esperando que algo pasara… Escuché un estruendo unos metros atrás de mí y me quedé paralizado, viendo cómo un montón de gente corría hacia el sur. Una mujer gritó “¡Llamen a una ambulancia, está inconsciente!” y mi corazón se aceleró al punto de llegar a lastimarme. Me volteé lentamente, temeroso de lo que pudiese ver… Un montón de gente se agrupaba en círculo en medio de la calle, rodeando lo que parecía ser una camioneta roja y, probablemente, algo más. Algo me obligó a correr hacia allá, buscándola a ella desesperadamente. Asustado, me abrí paso entre la multitud y, súbitamente, mi mundo se detuvo… mi corazón se olvidó de latir y, luego, todo a mi alrededor comenzó a dar vueltas. Mis oídos dejaron de oír y sólo tuve ojos para aquella muchacha que estaba tendida en el suelo, con los ojos cerrados y un charco de sangre rodeándole la cabeza: era ella. Me arrodillé a su lado, desesperado, intentando pensar con claridad. Escuchaba voces lejanas que preguntaban quién era yo, si era su novio, si sabía lo que había sucedido, si conocía a su familia… Oí, entre todas esas voces, una que afirmaba que la camioneta roja la había golpeado fuertemente. Busqué al chofer del auto asesino y lo encontré apoyado en el vehículo, sujetándose la cabeza con ambas manos. Sentí que alguien tomaba mi mano y la apretaba suavemente… Ella había recuperado la conciencia e intentaba llamar mi atención. “¿Estás conmigo?”, susurró, haciendo un gran esfuerzo para hablar. Le rogué que no hablara, que se quedara tranquila, y le aseguré que estaría con ella para siempre. Me pidió que no asegurara nada, porque sabía que esa era la última vez que le vería con vida. Se me llenaron los ojos de lágrimas y me arrepentí de haberla dejado ir minutos atrás, me arrepentí de no haberla retenido a mi lado… Y, como último impulso, acerqué mi rostro al de ella y junté mis labios con los suyos, besándola por primera y última vez. Me sonrió, aún aferrada a mi mano, y susurró un “Te quiero”. Acaricié su rostro y le respondí con un “Yo también te quiero…”. Escuché el sonido de unas sirenas acercándose y una leve esperanza se encendió en mi interior: tal vez tenía posibilidades de sobrevivir. La miré a los ojos y le sonreí… Ella esbozó una débil sonrisa y cerró los ojos. Su mano dejó de aferrarse a la mía y cayó al asfalto… Nunca más volvió a respirar. Un policía me tomó de los brazos para sacarme del lugar, comenzando a interrogarme. Yo no respondía. Aún miraba el lugar en el que había estado tendido el cuerpo de ella, de la muchacha con la que había pasado toda la tarde, riendo y charlando. Comprendí que había actuado demasiado tarde, que la había besado y le había dicho lo que sentía en el momento menos preciso. Entendí que tenía que haber actuado antes, cuando estábamos ambos plenamente conscientes. Ya había reaccionado tarde… y ya nunca más podría volver a estar con ella.

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