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Relatos de mi adolescencia (y algo más) » El dependiente de la tienda del cuarto piso
Capítulos
  1. El desconocido
  2. Recuerdos extintos
  3. El dependiente de la tienda del cuarto piso
  4. Poder
  5. Magia
  6. Tarde
  7. Cinco minutos
  8. La desconocida
  9. Sueño de bodas
  10. Ella
  11. Lo extraño
  12. Aterrizaje forzoso
  13. Reflejo
  14. You belong to me, Elizabeth.
  15. Él
  16. Armas y rosas
  17. Cronopio
  18. Despedida I
  19. Desvarío
  20. Ana *
  21. Lugar secreto
  22. Reflexiones de una mente ocupada
  23. Mi superhéroe
  24. Sabores
  25. Otto*
  26. Despedida II
  27. Una lágrima
  28. De príncipes y princesas
  29. Los sentimientos lo arruinan todo, pero...
  30. Iris
  31. Finales felices
  32. Cronopio II (Perdida)
  33. Hard to explain
  34. Steppen wolf
  35. Más alto
  36. Testimonio de un observador
  37. En reversa
  38. En serio
  39. De la aristocracia
  40. Untitled
  41. Runaway girl's letters I
  42. Domingo a las diez de la mañana
  43. Trapped in the eyes of a stranger I
  44. Runaway girl's letters II
  45. ~Wonderwall
  46. Der Lächle
  47. Despedida III
  48. Romeo
  49. Never let him go.-
  50. Runaway girl's letters III
  51. Como si nada
  52. Fact #100
  53. Trapped in the eyes of a stranger II
  54. El Túnel
  55. De este lado (I)
  56. Del otro lado (II)
  57. Reencuentro I
  58. Despedida IV
Relatos de mi adolescencia (y algo más) (ATP)
Por WendySumpterWood
Escrita el Domingo 20 de Julio de 2008, 15:11
Actualizada el Domingo 29 de Agosto de 2010, 18:53
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El dependiente de la tienda del cuarto piso

El dependiente de la tienda del cuarto piso


Acudía a aquella tienda sagradamente cada dos días, a observar todo tipo de productos darks: CD’s, camisetas, posters, parches para bolsos, mochilas, chaquetas, vinilos, libros, etc. Me gustaban esas cosas. La mayoría de ellas adornaban mi habitación y me ayudaban a sobrellevar mis depresiones de muchacha de 15 años, esas que duelen como ninguna de otro tipo pero que, si se analizan, son bastante inútiles. Acudía a la pequeña tienda del cuarto piso por una razón en particular -se alejaba notablemente de los productos que vendían allí, pero no me importaba-: el dependiente. No tendría más de 18 años, puesto que su rostro tenía impregnada la dulzura de un buen chico, y nunca quise creer que era uno de aquellos tipos que engañara a las personas con su carita de niño bueno. Él combinaba perfectamente con las cosas que se ofrecían a los clientes –más de una vez lo vi utilizando una de las camisetas que se exhibían en maniquíes de medio cuerpo-, y disfrutaba de la música que inundaba el pequeño local. Yo gastaba, como mínimo, media hora de mis días allí, encontrándome siempre con novedades en los CD’s, en los libros y en los parches. Creo que el muchacho ya me reconocía, puesto que cada vez que me veía entrar se acomodaba en su silla, detrás del escaparate, se cruzaba de brazos, esbozaba una media sonrisa y me observaba escudriñar entre los productos de siempre. Cada día acudía con una amiga o amigo diferente. Al salir, ese amigo o amiga me susurraba un “Con que éste era el tipo de la tienda del que tanto hablabas…”. Yo sólo sonreía y me limitaba a mirar atrás, a ese extraño que me devolvía la mirada, sonriendo, desde dentro de la tienda.

No sé cuántas veces pensé en hablarle, creo que perdí la cuenta. El punto es que mi timidez nunca me permitió acercármele, por miedo al rechazo o a la burla. Me conformaba con contemplarlo de reojo y estar cerca de él cada dos días. Me conformaba con que me devolviera la mirada cada vez al salir. Acudía cada dos días sagradamente, sí, hasta que un día fui y me encontré con que otro hombre, mucho más mayor, ocupaba su lugar. Estuve menos de diez minutos dentro del local, tal vez esperando encontrármelo en otra de las tiendas de ese tipo que ocupaban el recinto. Pero no estaba. Y volví a ir al día siguiente, y al otro, y al otro… pero el extraño de la tienda del cuarto piso no estaba. Y no lo volví a ver. Mi mente inventó todo tipo de teorías, que se había caído y había muerto, que se había ido de la ciudad, que lo habían despedido. Sea como fuere, la teoría no importaba… porque él ya no estaba. A veces me parece verlo dentro de multitudes, pero pierdo de vista al sujeto casi de forma inmediata y me resigno a no volverlo a ver. Tal vez un día viernes vuelva a ir a esa tienda y lo vuelva a ver, tal como la primera vez que lo vi.

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