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Destino II. Epidemia. » Ataques, esquives y contraataques
Destino II. Epidemia. (R15)
Por Kajiura
Escrita el Martes 5 de Mayo de 2015, 23:20
Actualizada el Miércoles 4 de Octubre de 2017, 01:30
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Ataques, esquives y contraataques


VIII

Ataques, esquives y contraataques

 

El primer reto de esa noche, fue acomodarse en el sillón largo que le correspondía sin que el bajo del vestido se le subiese. Agradeció en silencio que Misaki fuese una de las criadas presentes para servir, si bien la notó bastante nerviosa, seguramente por estar delante de personalidades como los miembros del Verzaik.

Al principio, Elizabeth se limitó a escuchar las conversaciones que se desarrollaban a su alrededor; la mayoría centradas en asuntos del gobierno, la reconstrucción de las ciudades y, por último, el relato detallado de todo lo que había acontecido hacía poco más de un año, desde la suplantación de Lluc Lee, la traición de Raynard, su propia llegada a Cultre y su entrenamiento.

—Permítame reconocer, señorita Monanti, su admirable valor y determinación —hizo notar Elina, quien bebió un sorbo de su copa.

—Se lo agradezco, señorita Kunne —Elizabeth inclinó la cabeza con ligereza—, aunque todo se los debo a mis hüteur, fueron ellos los que sembraron esas cualidades en mí.

—Me emociona su modestia, señorita Monanti. Desconocía que valor y determinación fuesen conceptos que con repetirlos se aprenden —comentó Megan en tono mordaz—. Sin embargo, y tómelo como un consejo de una anciana sabia, esas cualidades no serán suficientes para pasar las pruebas. Necesitará esforzarse mucho más, si en verdad planea asumir el cargo a la gubernatura.

—Aprecio enormemente su consejo, señora Dadle —respondió Elizabeth en griego, Megan casi se atraganta con una uva de la impresión—, y tenga por sentado que lo tendré presente siempre.

—No sabía que hablase griego, señorita Monanti —Electra enarcó una ceja—. Pensé que sólo hablaba el cultroriano y su idioma natal.

—Mi madre me enseñó griego y japonés, lo usábamos cuando no queríamos que mi hermana menor nos entendiese. El egipcio lo aprendí al venir aquí, a cargo de la instrucción del señor Dikoudis.

Bryant ocultó una sonrisa tras su copa. Al parecer, su mensaje había sido descifrado correctamente y la infusión capsciere, bien empleada.

—La señorita Monanti cuenta con una mente prodigiosa —declaró Astucieus con inmensa satisfacción, también, contento de que la joven hubiese entendido la indirecta—, al igual que su difunta madre quien, a pesar de no manifestar ningún don sobrenatural, realizó sus estudios en las mejores instituciones.

—Es una lástima que no heredase el don empático de su padre —dijo Megan con pena fingida, Elizabeth se mordió la lengua para no rebatirle que aquel asesino poco tenía que ver con ella—, de llegar al gobierno, le sería de gran utilidad a la hora de comprender las necesidades del pueblo. Aun así, el parecido físico entre ambos es impresionante. ¿No lo cree así, señor Thrampe? Usted que trató a ese desalmado, no me dejará mentir.

—Sí, es cierto —concedió Astucieus con los ojos entornados—. Afortunadamente los Dioses libraron a la señorita Monanti de la bestialidad interna que gobernó los actos de Furste.

—Oh, yo no estaría tan segura, recuerde que la mala sangre se transmite, ¿o no hemos tenido casos lamentables de hijos violentos, de padres violentos? Bien lo dice el viejo dicho: hijo de höllechat sangre busca.

Astucieus maldijo por lo bajo.

—No en el caso de la señorita Monanti —salió al rescate Bryant—, su madre tenía un corazón noble e intrépido. Si algo sacó de ella, fue su coraje y buena voluntad.

Elizabeth tragó con fuerza. No sabía si el nudo lo sentía en la boca del estómago o en la garganta, o en ambas partes. Bebió más vino, un sorbo más largo pero sin rebasar el límite de lo cortés; el líquido le bajó con calidez y logró reconfortarla, a medias.

—He oído que está representada por un chaniro, señorita Monanti —habló Eunice con un interés que, a Elizabeth le pareció mezquino. O quizá era que el vino la estaba poniendo paranoica—. ¿Es eso cierto?

La muchacha tomó aire. Sí, estaba exagerando, tal vez algunos de los allí presentes no manifestaban un sincero interés por su persona, pero no era la mayoría. Lo veía en los ojos de los guardianes, en el de Ebe y Érix Kunne. Tenía que resistir.

—Sí —respondió en un tono más recompuesto—, en efecto, mi animal característico es el chaniro.

—¡Qué emoción! —sonrió Ebe—. Y qué honor, estar representada por una de las pocas criaturas mágicas que pueden manifestarse físicamente.

—Eso no lo sabía —Elizabeth arqueó ambas cejas—. Pensaba que cualquier persona podía invocar a su animal representativo.

—En realidad, ninguna de las criaturas mágicas que se encuentran en esa selecta categoría puede ser invocada —explicó Érix—. Se dice que esas criaturas obedecen a las órdenes del señor Chronos, el gran Dios del tiempo, y que sólo acuden en ayuda de los humanos cuando este así lo autoriza, a pesar de que, por ejemplo, el chanyro fue creado por las señoras del cielo.

Elizabeth asintió. Ya entendía por qué su chaniro no había acudido en su auxilio durante la batalla contra Tyr.

—Y por curiosidad, ¿cuáles son las otras criaturas?

—En total son diez, agrupadas en pares según el elemento al que pertenecen —expuso Bryant—: el chaniro y el höllechat, pertenecen al elemento tierra; el leviatán y las crash, al agua; el fénix y la ateran, al fuego; el pegaso y el ave prisma, al aire; y el kodoran y las ryanades, al éter.

—De acuerdo, mañana a primera hora prometo ponerme a estudiar —argumentó Elizabeth y todos rieron—. No sabía que usted era uno de los privilegiados, hüteur Thrampe.

Astucieus realizó un ademán displicente.

—La verdad es que yo tampoco —nuevas risas—. Lo cierto es que sólo he visto a mi animal representativo una vez, el día de mi ritual de iniciación. Me temo que nuestro señor Chronos no me tiene mucha estima.

—Yo más bien creo que sabe de su fortaleza —apuntó Duncan—. Y para alivianarle la carga de estudios, señorita Monanti, permítame explicarle cómo es cada una de las criaturas.

—Se lo agradezco, señor Zephyr, pero no estoy tan desubicada. De hecho, sólo desconocía la existencia de las crash, el ave prisma, el kodoran y las ryanades.

—He de insistir —rechazó el hombre con amabilidad—: las crash son criaturas acuáticas, que miden entre quince y veinte centímetros. Son muy traviesas y escurridizas, y por lo mismo no se sabe mucho de ellas, salvo que pueden aumentar de tamaño a voluntad, auto-insuflándose aire. Por otra parte, el ave prisma es, como ya habrá deducido, un pájaro de plumaje que arroja destellos color tornasol al contacto con la luz. También se le ha visto poco, a pesar de que es lo bastante grande como para transportar a dos personas a la vez. Las ryanades tienen forma de mariposa, aunque parecen estar compuestas por neblina platinada. Son imposibles de atrapar, ni se diga cazar al koran, el cual cumple con todas las características de un dragón, variando en el tamaño que es mayor, y en que su fisionomía parece estar hecha de luz.

—En realidad —intervino Bryant—, no es muy común ver a estas diez criaturas. Si acaso, el más avistado es el höllechat, y sólo en Cultre del Sur. Por eso el ejército de Tyr diezmó nuestras fuerzas con tanta facilidad, al armarse con una horda de höllechat. Resultó toda una sorpresa que Nirvana pudiese manipular a tantos a la vez.

—Y hablando de dones excepcionales —dijo Electra—, ¿cuál es su don, señorita Monanti?

—Tengo tres: la telequinesis, la laceración y la protección.

—Tres dones —las cejas de Érix se elevaron de asombro—. Increíble, aparte de los Garque y los magyassu, no conozco a nadie que posea más de un don.

—Eso la hace todavía más merecedora del gobierno —Ebe le guiñó un ojo y alzó su copa—. Si me permite, señorita Monanti, me gustaría hacer un brindis por usted y por su futuro triunfo, porque Cultre no merece mejor gobernante que usted.

—Por la gloria de la señorita Monanti —apoyó Érix e imitó el gesto de su hermana.

—¡Por la gloria de la señorita Monanti! —corearon los demás.

Elizabeth sonrió y bebió de su copa. Sin dudas, tenía a dos aliados poderosos en Ebe y Érix. El resto de la noche transcurrió en conversaciones más triviales, además de un tropiezo por parte de Misaki, que casi le arruina el vestido. Por fortuna, el vino había sido diluido, con lo que Elizabeth tuvo los suficientes reflejos como para usar la telequinesis y así evitar que el guiso le cayese encima. Intentó dedicarle una sonrisa tranquilizadora a la criada, mas esta rehuyó su mirada, sobre todo porque Astucieus la taladraba con los ojos desde su sillón.

Al cabo de un rato, luego de que los platos fuesen retirados y la fruta volviese a adornar las mesitas que tenían a los costados, Érix Kunne la invitó a bailar. Elizabeth sintió que la garganta se le secaba y el estómago se le revolvía, pero aceptó. Estaba preparada para interpretar cualquiera de los tres tipos de danza, incluso elevó una plegaria a los Dioses para no devolver la comida en caso de tratarse de un baile griego, cuando para su sorpresa, escuchó el desliz del sonido de violines. Érix notó su desconcierto y sonrió, con una mano rodeó su cintura y la atrajo hacia sí.

—¿Sorprendida? —le dijo, Elizabeth reprimió un estremecimiento placentero al tenerlo tan cerca—. Va a disculpar mi atrevimiento, pero desde que planeamos este viaje con mis hermanas no pude evitar averiguar acerca del tipo de danza al que está acostumbrada.

—Todo lo contrario, mi señor, resulta un verdadero halago. A decir verdad, me tiene anonadada, es evidente que posee un talento sin igual para la danza, o no habría aprendido pasos nuevos en tan poco tiempo.

Érix rio, divertido.

—Me temo que voy a decepcionarla, porque mi «maestría» en el baile no es algo que venga enteramente de mí —le sonrió cómplice y se pegó más a ella, Elizabeth contuvo la respiración y deseó que el sonido de los violines amortiguase el de los desenfrenados latidos de su corazón—. Mi hermana Elina es muy diestra con las infusiones, y ha preparado una para ayudarme a memorizar los pasos del baile. Le llaman la pócima de Senet, la infusión capsciere.

Elizabeth fingió asombro.

—No sabía que existiese tal cosa. ¿Entonces, he de asumir que su interés por mis costumbres es genuino?

—Asume bien —los ojos de Érix refulgían de forma extraña, casi hechizante, debido a las llamas que serpenteaban en el interior de las ánforas—. He de confesar, señorita Monanti, que desde que conocí su historia, quedé cautivado por su sagacidad, pero sobre todo, por su belleza.

—Me adula, mi señor —Elizabeth apartó el rostro unos centímetros, no por incomodidad, sino porque sentía que le faltaba el aire. También debía recordarse a sí misma que no estaban solos y, por otro lado, no estaba bien que sintiese todo aquello por un hombre al que acababa de conocer, no con esa intensidad—. Es un honor que alguien como usted me haga tan maravillosos cumplidos.

—No son cumplidos, es la pura verdad —él la hizo girar, aun así, Elizabeth sentía las mejillas calientes. ¿Es que acaso habían avivado el fuego de las ánforas?—. Y espero, de todo corazón, que este no sea nuestro último encuentro. Me encantaría saber más acerca de usted, eso claro, si mi presencia no le incomoda.

—Para nada —se apresuró a responder ella—. Será… será todo un privilegio contar con su compañía, mi señor.

El hombre sonrió. Así, Elizabeth le calculaba unos veintisiete o veintiocho siglos, aunque sabía que su existencia databa desde la fundación de Cultre.

—Érix. Llámeme Érix, por favor.

Elizabeth meneó la cabeza, en un intento por desvanecer el aturdimiento que los encantos del hombre le provocaba. Alerta, tenía que mantenerse alerta, aunque este fuera un encuentro de placer.

—Es usted un caballero, señor Kunne, y aunque me gustaría complacerle, no puedo —miró de reojo a Megan quien, tal y como pensó, seguía cada uno de sus movimientos, a pesar de que Duncan intentaba hacerle plática—. Tratarlo con tanta cercanía no sería bien interpretado, ni por parte del Saigrés ni del resto de candidatos a Garque.

—Oh, entiendo —cabeceó Érix con pesar—. Entonces, tomaré también medidas para comunicarme con usted. ¿Le parece bien por cartas?

Elizabeth recordó el suave rostro de Nezumi y de la gentileza de sus ojos.

—Por supuesto. Le recomiendo fiarse de las criadas, en especial, de las señoritas Nezumi Saar y Misaki Isaiods.

—Perfecto —Érix la hizo dar la última vuelta, poco a poco los violines acortaban su resonar—, prometo no olvidar los nombres.

Se detuvieron. Elizabeth le dedicó una última sonrisa, se inclinó con ligereza a modo de agradecimiento y volvió a su lugar alrededor del círculo. Hubo una nueva conversación en torno a sus habilidades para el baile, antes de que la reunión se diese por concluida. Bryant los teletransportó hasta los límites de la morada, el señor Zephyr se separó de ellas al doblar por una bifurcación. Para cuando alcanzaron las estancias de las candidatas, Elizabeth estaba tan exultante que ni siquiera se vio afectada por los comentarios de la señora Dadle.

—¿Crees que por simpatizar con los Kunne vas a resultar beneficiada, verdad? —gruñó la mujer tomándola de una muñeca—. Mejor ni te hagas ilusiones, muchacha, porque aunque seas encantadora, entre tú y los Kunne hay un abismo de diferencia.

Elizabeth asintió y entró en sus estancias, para su alivio, Kya, Cleopatra y Gabriella estaban dormidas. Y no porque no quisiese contarles los detalles, sino porque prefería guardárselos para sí un poco más. Era cierto, entre ella y los Kunne había un abismo de diferencia, pero Érix Kunne había sido tan cortés con ella, encantador y a la vez, extraordinariamente sencillo. Se quitó el maquillaje, se puso el pijama y se metió bajo las mantas, quedándose dormida casi al instante.

Sólo que en esta ocasión, y por primera vez desde hacía mucho tiempo, se dormía con una sonrisa grabada en los labios.

 

Bryant suspiró y ocupó una silla.

Estaban en la biblioteca, luego de despedir a los Kunne, Astucieus y él habían decidido reunirse, para comentar sus impresiones con mayor libertad.

—Parece que todo ha salido bien —dijo y movió los hombros para deshacerse un poco de la tensión—. Por unos segundos dudé de que Elizabeth hubiese entendido el mensaje.

—Es una chica lista —asintió su compañero—. Aunque me preocupa la inquina que le trae Dadle. Después de todo, formará parte del jurado que la evaluará, y podría perjudicarla a propósito. No, estoy seguro de que buscará una forma para afectarla —hizo una mueca—. Si tan sólo pudiésemos saber qué pruebas le aplicarán, podríamos advertirle para que se preparase.

—No hay manera —Bryant negó con la cabeza—. Tú mismo lo has dicho, el desagrado que la señora Dadle le profesa hará que no nos revelen nada al respecto. Y aunque ha simpatizado a Ebe y Érix, no creo que lleguen al grado de romper las normas para favorecerla.

—Yo creo que a Érix le ha más que simpatizado —Astucieus curvó los labios en una sonrisa de lado, Bryant pudo ver a través del brillo malicioso de sus ojos que algo tramaba—. Podríamos aprovecharnos de eso.

—No lo sé, Astucieus. De por sí, no me agrada la idea de que se relacione mucho con ella. Podría ser una mala influencia —agregó al notar las cejas arqueadas de su superior.

—¿En serio? Tal parece que sientes celos, Dikoudis.

—Tonterías —el castaño espantó sus palabras con un ademán de la mano—. Lo digo porque a pesar de que Elizabeth lleva un año aquí, no deja de ser una joven de pueblo, inocente en muchos otros aspectos. Y Érix Kunne podría no tener buenas intenciones para con ella. ¿Quién sabe? A lo mejor sólo busca llevársela a la cama para luego sacarlo en los medios.

—Es una posibilidad —admitió Astucieus y se acarició el mentón con una mano—. Ahora que lo pienso, las últimas relaciones de Kunne se han airado en la prensa, y lo han pintado como un pobre cocodrilito destrozado —torció el gesto—. De cualquier forma, no dejo de pensar que podríamos sacarle provecho.

—Yo creo que mejor es esperar. Ya nos hemos entrometido bastante, hacerlo más sería arriesgarnos demasiado. Confiemos en que Elizabeth sabrá usar la infusión capsciere, y que no le harán un estudio sanguíneo —agregó con preocupación.

—Lo dudo. Las últimas veces en que se realizaron pruebas para la elección de guardianes no lo hicieron, creo que la precaución que tomaron al respecto fue un «registro mental» realizado por el hüteur Kotoro.

—Ese hombre me da escalofríos —expresó Bryant con un respingo, como si el susodicho pudiese salir de cualquier parte—. Lleva eones allí y se ve igual. Prácticamente lo conozco desde que entré al Templus.

—A lo mejor tiene el don de la juventud eterna —Astucieus se encogió de hombros—. Es un magyassu, puede desarrollar cualquier tipo de don. Pero sí, es algo… raro, algunos dicen que está medio loco, aunque los estudiantes que han formado parte de su linaje han salido muy bien preparados. Pero volviendo a donde estábamos: dudo que vayan a hacerles estudios médicos a todos, son un buen número de candidatos y ya no tienen tiempo.

Bryant suspiró y se masajeó las sienes.

—Eso espero.

—Hay otra cosa que quería comentarte —empezó Astucieus—: ¿has notado el nerviosismo de Isaiods?

—¿Lo dices por el traspié que ha sufrido? Quizás se debía a la presencia del Verzaik. Todas las criadas se veían algo ansiosas.

—No es sólo eso, Dikoudis. Isaiods parecía preocupada, a veces ausente —sacudió la cabeza—. ¿Le has dado el aumento?

—Sí —el castaño parpadeó, confundido—. No entiendo, ¿qué es lo que te inquieta tanto?

—La verdad, que vuelvan a traicionarlos. Sé que Isaiods no nos ha dado motivos para sospechar, pero… —soltó aire—. Olvídalo, creo que rememorar lo vivido el año pasado no me ha sentado bien —bostezó—. Me voy a dormir, mañana será un día largo.

Bryant cabeceó. Era cierto, a partir de mañana los Kunne formarían parte de los guardianes, y en el caso de los puestos de ellos dos, estarían en constante supervisión. Habían dicho que su objetivo era ayudarlos con la carga de trabajo, pero Bryant sabía que iban a vigilarlos de cerca. Él tendría la suerte de ser supervisado por Elina, pero Astucieus, iba a tener encima a Érix. Y aunque poco había tratado al menor de los Kunne, algo le decía que no era todo gentileza como había demostrado en la cena.

 

A la mañana siguiente, Elizabeth fue despertada por la voz melodiosa de Kya.

—¡Vamos Ely, tienes que contárnoslo todo!

La joven se quejó y giró sobre su costado.

—Déjala dormir, Kya, seguramente llegó muy tarde.

—¡Pero Gaby, si pasa de medio día! —protestó la voz de la muchacha—. Ha dormido suficiente, además, necesito saber, o corro el riesgo de desarrollar un tic en un ojo, y eso sería catastrófico. ¿Me imaginas con un tic?

—En pocas palabras, el no saber el chisme te está matando —rió Cleopatra.

—¿Pasa… pasa de medio día? —habló por fin Elizabeth con voz pastosa—. Entonces me he perdido el desayuno.

No debió abrir la boca.

—¡Ya despertaste! —exclamó Kya y la zarandeó por un brazo, con lo que estuvo a punto de caerse de la cama—. ¡Genial, genial, ahora podrás contarnos! ¿Cómo te fue con los Kunne? Érix es tan sexy como se ve en los medios? ¿Y Ebe? Yo digo que es simpática pero no sé… las trillizas me vienen y me van… ¡habla, mujer!

—¡Suficiente! —Gabriella logró que la soltara y para su alivio, también consiguió poner una sana distancia entre ambas—. Déjala respirar, Kya. Eh… —agregó al ver que la aludida hacía un mohín—, no te lo tomes a mal, lo hago porque… Porque si zarandeas a alguien acabado de despertar, le puede salir una verruga —Kya jadeó, horrorizada—. Y no quieres que a Elizabeth le salga una verruga en la punta de la nariz, ¿o si?

—¡No! —chilló la muchacha y se cubrió la nariz con ambas manos—. Dios, sería espantoso. ¿Dónde viste eso de la verruga? No tenía idea.

—En una revista —mintió la pelirroja—, aunque no recuerdo el nombre.

—Dios, creo que no estoy acostumbrada a beber tanto vino —se quejó Elizabeth ya sentada en el borde de la cama, con una mano se sujetaba la cabeza, como si de un momento a otro se le fuese a desprender—. Y eso que estaba diluido.

—Espera, creo que tengo algo aquí que podría servirte —Cleopatra registró su armario y sacó una bolsita, de la cual a su vez extrajo lo que parecía ser alguna raíz—. Toma, tienes que masticarla. No es tan fuerte como las píldoras o infusiones, pero te ayudará a aguantar, al menos hasta que puedas comer algo.

—Queríamos guardarte algo del desayuno —explicó Gabriella—, pero como fue japonés y no sabíamos cuándo ibas a despertar, no envolvimos nada, por miedo a que se descompusiese. Además, con lo irritable que amaneció Andrómeda, seguro nos armaba el escándalo del siglo por el olor.

—Kya, ¿por qué no bajas a las cocinas a ver si consigues algo? —sugirió Cleopatra.

—¡Ni hablar! —se negó la aludida con las manos en las caderas—. Quiero oír la historia de Ely.

Cleopatra puso los ojos en blanco.

—De acuerdo, iré yo —dijo y se encaminó a la puerta—. Sólo tengan cuidado de cómo se expresan, no vaya a ser que «las otras dos» —enfatizó, en referencia a las eruditas que faltaban en el dormitorio—, vengan de repente y las escuchen.

—Descuida, tomaremos precauciones.

Cleopatra asintió y abandonó la habitación.

—¡Ahora sí, cuéntanos! —urgió Kya con emoción—. ¿Qué tal te fue anoche? ¿Mantuviste los buenos modales, verdad? —agregó en lo que casi fue una amenaza.

—Claro —respondió Elizabeth con una media sonrisa. Se ruborizó al recordar el baile con Érix Kunne—. Todo ha ido bien, ha sido una velada encantadora, para ser honesta. Al principio «la señora» —dijo, no hizo falta más para que sus amigas supieran de quién hablaba—, intentó ponerme en mal ante los Kunne, pero mis hüteur se apresuraron en defenderme. Y el señor Érix Kunne es todo un caballero, él y su gemela son muy agradables.

—¿Y los idiomas? —cuestionó Gabriella—. ¿Hablaron en alguno de los tres idiomas? ¿Les diste la explicación que planeamos acerca de cómo es que sabías hablarlos?

—No, todas las conversaciones fueron en cultroriano. Aunque sí usé el griego para cerrarle la boca a «la señora», y de paso, di la explicación que inventamos.

—¡Bien hecho! Ya me imagino la cara que puso esa mujer al ver que te desenvolvías bien con el idioma.

—¿Y el señor Kunne? —quiso saber Kya—. ¿Te sacó a bailar?

—Sí —Elizabeth no pudo reprimir una sonrisa, segura de que las mejillas se le habían encendido otra vez—. Pero no bailamos ninguna pieza clásica, más bien, bailamos algo parecido a lo que estoy acostumbrada. Parece ser que se informó al respecto —carraspeó—. Me sorprendió mucho el detalle, para ser franca.

—¡Oh Zehel, le gustas a Érix Kunne! —exclamó Kya eufórica, pero bajó la voz ante la mirada asesina que le lanzó Gabriella—. Te lo dije, Ely, con lo hermosa que estabas anoche era imposible que no lo flecharas.

—Yo diría más bien que lo flechó mucho antes —Gabriella le guiñó un ojo—. Si se tomó la molestia de aprender acerca de las costumbres de Elizabeth, es porque se interesó en ella antes incluso de verla anoche.

—Admito que fue un detalle muy lindo, sí. Pero no creo que sea para tanto, apenas y nos conocemos. Dijo que buscaría la forma de enviarme cartas…

—¿Cartas? —repitió Kya con total excitación—. ¿Quiere escribirte cartas? ¡Pero qué romántico! —suspiró—. No, Ely, si el señor Kunne busca mantener el contacto es porque vive y muere por ti.

Gabriella se carcajeó, más divertida por el azoramiento de Elizabeth que por otra cosa.

—Es increíble, tú estabas muerta de los nervios anoche, y acabaste levantando pasiones en Érix Kunne.

—¡Dios! —Elizabeth se abanicó con una mano—. No lo digas así, Gabriella, suena tan… tan… pecaminoso.

Sus amigas rieron. Sin previo aviso la puerta se abrió, lo que cortó la diversión al momento, Elizabeth giró la cabeza para así cubrir parte de su rostro con ayuda de su cabello.

—No van a creer a quien he visto —las tres se relajaron. Era Cleopatra, que volvía con un atado entre las manos, enseguida el aroma de panecillos recién horneados flotó por el ambiente—. En serio, no puede haber más personalidades en la pirámide de las que ya hay.

—¿A quién viste? —inquirió Gabriella con curiosidad—. Hasta donde sé, las únicas personalidades que hay son los miembros del Verzaik

Cleopatra le entregó los panecillos a Elizabeth.

—Pues ha llegado alguien más —dijo—. Parece que la reconocida Pitonisa Beryl Wonna ha decidido honrarnos con su presencia.

 



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