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Destino II. Epidemia. » Invitados
Destino II. Epidemia. (R15)
Por Kajiura
Escrita el Martes 5 de Mayo de 2015, 23:20
Actualizada el Martes 6 de Junio de 2017, 21:43
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Invitados

VII

Invitados

 

Gabriella cerró la puerta tras de sí.

Luego de que el quinto al mando se retirase del comedor general —y de que los nervios de Elizabeth se apaciguasen tras confirmar que era él quien había escrito la carta—, el trío de eruditas casi corrió a la biblioteca, solicitando una sala de estudio, además de bolígrafos y  hojas de papel.

—¿Estás segura que él lo escribió? —preguntó Cleopatra no muy convencida, ocupando un lugar en torno a la mesa rectangular que había en el centro de la estancia—. Pudo haberse tratado de una coincidencia.

—Las coincidencias no existen —Elizabeth suspiró y extendió la carta que había llegado junto con el supuesto perfume—. La vida misma se ha encargado de enseñármelo, además, en la carta se menciona a Senet, la protectora del Quinto guardián. Eso no puede tratarse de una casualidad.

—De acuerdo, entonces el Quinto Garque te ha enviado un mensaje encriptado… —Gabriella le pasó un bolígrafo a Cleopatra—. ¿Alguna idea de cómo empezar a descifrarlo?

—Mmm —la chica de ojos azules frunció el ceño—, podríamos comenzar con las palabras que tienen la inicial alta.

—Bien —Cleopatra alistó la pluma—, comienza a dictar.

—Petulante —empezó Elizabeth—, preponderante, mí, cinco, pruebas, sabiduría, favoreciendo y silenciosa.

—Perfecto —Gabriella revisó la lista—, se me ocurre que podríamos agruparlas, quizás según las iniciales que comparten.

—O quizás —Elizabeth echó un vistazo a la hoja de Cleopatra y agarró otra en blanco, sobre la cual fue a trazar un cuadro—, podrían quedar así. Mi hermana y yo teníamos un juego, apuntábamos palabras que nos recordaban a algo o a alguien, y la otra tenía que adivinar qué era eso que nos recordaba.

Les extendió la hoja a las otras dos. En ella, había dibujado un recuadro con tres columnas y dos filas, en cada una de las columnas resaltaba un encabezado que a su vez, agrupaba cierto número de palabras:

 

Astucieus Thrampe

Bryant Dikoudis

Otros

Petulante

Cinco

Cinco

Sabiduría

Sabiduría

Preponderante

Pruebas

Favoreciendo

Silenciosa

Obsequio.

 

—¿La palabra «mí» te recuerda al señor Thrampe? —preguntó Cleopatra con desconcierto.

—Lo de petulante le queda como anillo al dedo —apuntó Gabriella con una sonrisa socarrona.

Elizabeth carraspeó y se removió en su asiento.

—Sí, bueno, el hüteur Thrampe tiene el carácter un poco… difícil —las eruditas la miraron con las cejas arqueadas como diciéndole: « ¿un poco?»—, por eso lo asocié con la palabra «mí», tiende a pensar en sí mismo de forma un tanto frecuente.

Gabriella abrió la boca para decir algo, no obstante la puerta se abrió sin previo aviso, las tres dieron un bote del susto. Doblaron las hojas con disimulo, aunque se relajaron a los segundos siguientes al detectar que era Kya. La muchacha cerró la puerta y se sentó frente a Elizabeth, pálida y con los ojos desorbitados.

—¡Tienes que compartir el contenido de esa botella con nosotras! —exclamó—. ¡Si no lo haces es porque no eres buena amiga… las amigas comparten todo!

—Kya por los Dioses, cálmate —intervino Gabriella—. Escucha, creemos que el remitente del paquete es el Quinto al mando, ¿qué has encontrado tú?

—Que lo que hay en la botella no es perfume —declaró la aludida, todavía más conmocionada ante la confesión de su amiga—, es infusión capsciere.

—¿Es qué? —casi gritaron Cleopatra y Gabriella.

—Eh… —Elizabeth se enderezó en su silla—, disculpen pero, ¿para qué sirve la infusión capsciere, exactamente?

—Para memorizar —respondió Cleopatra—, fija cualquier conocimiento a tu mente. También conocida como la infusión de la sabiduría o la pócima de Senet. Pero no es una infusión comercial, sus ingredientes son caros y no cualquiera sabe prepararla. Además, está prohibido utilizarla en las pruebas, en cualquier tipo de examen, de hecho.

Elizabeth arrugó el entrecejo.

—Pero si está prohibido utilizarla, ¿por qué Bryant me la ha enviado?

Gabriella bajó la mirada al cuadro que habían trazado.

—Déjame ver la carta —pidió. Elizabeth le tendió el papel—. Es probable… que no tengamos las categorías correctas —agarró una hoja en blanco y comenzó a trazar—. Sobre todo, porque olvidamos incluir las palabras en mayúsculas.

Mostró el nuevo cuadro que había hecho:

 

Garque

Elizabeth

Verzaik

Petulante

Cinco

Sabiduría

Obsequio

Favoreciendo

Silenciosa

Pruebas

Preponderante

DANZAN

MODALES

HABLAR

LINAJE

NOBLE

TRES DÍAS

VENERABLE

 

—¿Y por qué así? —preguntó Elizabeth, desconcertada.

—Veamos —Gabriella se acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja—. En la categoría «Garque», las primeras cuatro palabras son las que, por así decirlo, los identifica. Las últimas son sus propósitos, que es hacerte llegar su valioso obsequio y, obviamente, favorecerte en las pruebas.

—Pero sería hacer trampa —protestó Elizabeth.

—Tal vez, pero y sin ánimos de ofender, creo que es la única forma en la que consiguieses salir vencedora —argumentó Cleopatra—. Prácticamente no conoces nada sobre Cultre, ¿de qué otra manera ibas a meterte tantísima información en la cabeza?

Elizabeth bajó la mirada. La erudita tenía razón, más, si recordaba lo obsesionado que parecía Astucieus porque ella fungiese como Primera al mando. Por otra parte, ¿qué clase de gobernante la hacía el conseguir el puesto con artimañas sucias?

—Hey, sé lo que piensas —la sacó de sus cavilaciones Gabriella—. Pero Cleopatra tiene razón, es la única forma de que libres las pruebas. Y sé que puede parecer lo menos correcto, ¿pero no es acaso para una buena causa? ¿No merece Cultre tener de nuevo un gobernante que lo haga renacer de sus cenizas?

—Gaby tiene razón, Ely —apuntó Kya—. Serías una excelente gobernadora, el señor Thrampe es un amargado y sabrá Afrodita qué calamidades no haría en el puesto.

—Además —Gabriella lució animada de nuevo—, que bebas la infusión no significa que tienes la victoria asegurada, aún necesitarías desarrollar la parte práctica. Y eso me lleva a las otras dos categorías —señaló la que rezaba el nombre de la chica—: las primeras dos palabras aluden a nuestros señores Garque, pero más bien dirigidas a ti. Ellos quieren que pases las pruebas, pero que seas cautelosa, silenciosa con esto de la infusión capsciere. La cuarta palabra recalca la importancia de las tres que la suceden: modales, danzar y hablar, las cuales, sospecho son habilidades que debes desarrollar, no tanto para pasar las pruebas, sino más bien, y cuidado aquí que me estoy aventurando demasiado, para enfrentar al Verzaik.

—¿El Verzaik? —repitió Elizabeth y se inclinó en su asiento—. ¿Qué tiene que ver el Verzaik conmigo?

—Dos palabras —Gabriella repasó con un dedo una de las líneas que había en la última de las columnas—: «tres días». Si no fuera así, no lo habrían resaltado, hubiese dado igual que te enterases de su llegada a través de los cartelones. Pero algo me dice que tendrás un encuentro directo con ellos, a lo mejor por eso el Quinto al mando fue a hablar con el Saigrés, para informarles que el Verzaik solicitaba verte.

—Pero no entiendo, ¿qué tienen que ver las palabras «modales», «danzan» y «hablar» con Elizabeth? —cuestionó Cleopatra—. Estoy segura de que sabe hablar y danzar, y por lo poco que la conozco, me parece una chica educada.

Gabriella estrechó los ojos y sonrió, sutil.

—Sí, pero no conoce los modales, mucho menos danza y habla en griego, egipcio y japonés.

 

—… al final se acordó que la señora Dadle entregará el vestido en persona, además de estar presente en la cena, junto con el señor Zephyr. Así se aseguran que no se cometan ningún tipo de irregularidades —finalizó Bryant y soltó aire con gesto agotado.

Astucieus cabeceó y terminó de firmar unos documentos, sus labios curvados en una sonrisa torcida por alguna razón que Bryant desconocía. Ahora que lo pensaba, el Garque había mantenido la misma expresión de siniestro regocijo desde que llegase a su despacho.

—Esperemos que Elizabeth sepa descifrar el mensaje —miró a Bryant—. ¿Estás seguro de que no lo retorciste demasiado? Recuerda que ella no es una erudita mantum.

El castaño torció los ojos.

—Ya lo sé. Utilicé un sistema conocido para ella, su hermana… bueno, tú me entiendes —sacudió la cabeza—, ella me lo enseñó en una ocasión, una especie de juego de asociación y categorización de palabras.

—Perfecto —asintió Astucieus complacido—, asegúrate de que se le haga llegar un vestido apropiado esa misma mañana, algo bonito pero sencillo, para que Dadle no ladre nada acerca de favoritismos. Ah, y auméntale el sueldo a Isaiods.

Bryant enarcó ambas cejas.

—De acuerdo, comienzas a asustarme. ¿Qué bebiste en el desayuno? Pareces demasiado contento… ¿a quién le desgraciaste la vida?

Astucieus ensanchó la sonrisa sin poder evitarlo.

—A nadie —dijo en un tono de inocencia fingida que para nada engañó a su compañero—, simplemente creo que si Isaiods nos va a ayudar con esto de los mensajes y paquetes para Elizabeth, deberíamos mantenerla contenta, para que no se vaya de la lengua. Anoche me comentó algo sobre que su madre estaba ingresada, así que ese dinero le vendría bien.

—No te creo —Bryant entornó los ojos—, Misaki y tú se repelen mutuamente… De verdad, ¿a quién mortificaste?

—De verdad, no he molestado a nadie. Aunque comienza a parecerme tentadora la idea de rostizar hipocampos —señaló con un dedo la puerta—, agradece que estoy de buen humor y ya. Ve a ocuparte de tus asuntos y déjame a mí con los míos.

—Como quieras —Bryant se levantó, aunque sin abandonar su gesto receloso—. Sólo espero que tus «asuntos» no nos traigan problemas.

Giró sobre sus talones y abandonó la estancia, los ojos de Astucieus brillaron maliciosos en cuanto se hubo cerrado la puerta. Recordó los jadeos y gemidos de Beryl, seguidos de su expresión de cólera al abandonarla sin más.

—Despreocúpate, Dikoudis, esta pequeña venganza sólo va a cobrarse una víctima.

 

Elizabeth se masajeó las sienes con las manos. Tras discutir las asociaciones de Gabriella  durante al menos una hora más, acabó por darle la razón, cosa que sólo crispó más sus nervios. Iba a conocer al Verzaik, el órgano más sobresaliente de todo el planeta. A partir de esa conclusión, Kya, Gabriella y Cleopatra se habían dividido las actividades a realizar junto con ella: la pelirroja se encargaría de enseñarle las tres lenguas, Kya le daría clases de etiqueta y Cleopatra le enseñaría los pasos básicos de las diferentes danzas.

Gabriella había tenido razón en una cosa: la infusión capsciere no lo solucionaba todo. Con las clases de lenguas, por ejemplo, Elizabeth había aprendido ya el significado de un sin número de palabras, además de la pronunciación dada por su amiga, y ni qué decir de la estructura gramatical, pero de eso a hablarlas con fluidez, había una diferencia considerable. Como si a su boca y lengua les costase articular los sonidos, en especial con el japonés, demasiado rápido y musical.

Con Kya fue distinto. Al principio, la erudita había protestado por no poder tomar un poco de la infusión, sin embargo Gabriella le explicó que si sus cálculos no fallaban, el contenido de esa botella debía ser exacto para los seis meses que duraban las pruebas, y a diferencia de Elizabeth, ellas tres lo tenían más fácil, empezando porque habían nacido en Cultre. Al final la joven lo entendió y proporcionó un dato extra:

—Los libros no lo dicen, pero te recomiendo que interrumpas la toma de la pócima un día antes de las pruebas, Ely. Ese día dedícate a tomar líquidos como desquiciada, así eliminas los residuos y si te hacen cualquier tipo de análisis médico, saldrás limpia.

—¿Y tú cómo sabes eso? —inquirió Cleopatra con una sonrisilla mordaz.

—Porque trabajaba para un laboratorio —contestó la muchacha con un encogimiento de hombros—. En una ocasión nos enviaron a hacerles estudios a un grupo de chicos que participaban en un concurso de matemáticas, precisamente, para ver que no hubiesen ingerido la infusión capsciere. Uno de ellos salió positivo, pero el otro no. Y obviamente, el que había salido negativo ganó el concurso.

—¿Por qué «obviamente»? —quiso saber Elizabeth.

—Porque él sí que había tomado la infusión. Me lo confesó después, al parecer se había quedado prendado de mí —les guiñó un ojo a sus compañeras—, sólo que había hecho lo que te dije: suspender la dosis de infusión un día antes y beber agua como desesperado. Veinticuatro horas antes, para ser más exacta.

A Elizabeth le sorprendió ver que Kya se supiese de pe a pa todas y cada una de las normas de etiqueta, y aunque no hubo mucho problema en repetirlas tras haberlas observado, sí que temía por su vida cuando se equivocaba y Kya le llamaba la atención. Si a gritar cual posesa era «llamar la atención», claro.

—¡No, no, no! —la regañó puesta en pie, la belleza de sus facciones eclipsada por la contracción de los músculos de la cara. Elizabeth estuvo a punto de dejar caer la copa que se había llevado a los labios—. ¡Son sorbitos, sorbitos! ¿Te imaginas si fuese un vino sin diluir? ¡Acabarías de cara al plato y se arruinaría tu maquillaje! —meneó la cabeza de forma reprobatoria y tomó una profunda bocanada de aire, como si pidiese paciencia a los Dioses—. A ver, hazlo de nuevo.

Las clases con Cleopatra eran otro asunto. Afortunadamente, Gabriella se ofreció a estar presente, o de lo contrario Elizabeth habría entrado en pánico, sobre todo con los movimientos del baile egipcio, los cuales a su parecer, eran demasiado provocadores. La danza griega la llevaba mejor, el único inconveniente era la velocidad que podía alcanzar, y en donde sus brazos —siempre en movimiento— a veces terminaban enredándose. Pero en definitiva, era la que más disfrutaba. El baile al estilo japonés tampoco estaba mal, pero a diferencia de la griega, esta era mucho más concienzuda y elegante. Tal y como la propia Cleopatra le había explicado una vez: «el danzar japonés está dirigido más a la tierra, a diferencia del griego, que busca elevarse hacia el cielo.»

—Creo que ha sido suficiente —declaró Gabriella esa tarde luego del almuerzo—. Me parece que con todo lo que te hemos enseñado estos tres días, tienes para hacer frente al Verzaik.

Por la mañana, Megan Dadle le había hecho llegar un paquete alargado, el cual le pidió abriese en su presencia, para después esculcarlo ella misma. Supuso que buscaba algún mensaje oculto por parte de los Garque, cosa que no encontró. Lo malo es que el vestido acabó todo arrugado, Kya emitía gemiditos de impresión desde su litera, mientras Gabriella le susurraba a Cleopatra algo que Elizabeth no alcanzó a oír, pero que hizo reír a la erudita. En cuanto la mujer se hubo retirado, Kya rescató la prenda como si se tratase de un pobre niño maltratado, y con ayuda de un hechizo la dejó como nueva. Era un vestido de color azul marino, sencillo, de un solo tirante y con franjas plateadas en el bajo, junto con unas sandalias que se ajustaban con cintas hasta la pantorrilla.

Elizabeth suspiró. No sólo el vestido había servido para confirmar la teoría de la pelirroja, sino que también había recibido una carta, esta vez enviada por el señor Duncan Zephyr, en donde se le notificaba que vería a los cinco hermanos en la cena de esa noche, en la morada de los Garque. Asimismo, Dadle le advirtió que, al menor intento de establecer algún tipo de comunicación extraña con sus hüteur, sería descalificada. Lo que le daba a entender que como mínimo, la erudita estaría presente en el evento. Un factor más para ponerla nerviosa.

—Si te soy sincera, creo que esto va a acabar en desastre —comentó con voz cansina—. Además, ¿para qué querrá verme el Verzaik?

—Yo apuesto por la mera curiosidad —Gabriella se levantó y juntas abandonaron la sala de estudio que habían pedido prestada—. Quiero decir, eres la poderosa Monanti, la que destruyó al tirano rey Tyr. Medio mundo quisiera mantener una conversación contigo.

Elizabeth rio, a medias.

—Bueno, esperemos que esa conversación sea en griego o egipcio, porque el japonés todavía me cuesta.

En cuanto llegaron a sus estancias, la muchacha quedó en manos de Kya. Al principio temió que exagerase con el maquillaje, pero no fue así. En realidad, cuando volvió a mirarse frente al espejo que Cleopatra le ofrecía, emitió un jadeo de la impresión.

—Vaya… —murmuró con una media sonrisa en los labios, sus ojos zafiro se veían más grandes gracias al maquillaje—. Me veo… diferente.

—¡Diferente es poco! —la felicitó Gabriella, Kya henchía el pecho de orgullo—. Te ves preciosa, Elizabeth.

—Sí, seguro que Érix Kunne no te quita los ojos en toda la noche —apoyó Cleopatra y le guiñó un ojo—, por no decir que serás la envidia de sus hermanas.

—Yo sólo espero no hacer el ridículo, con eso me doy por bien servida.

—A ver —Kya se llevó las manos a las caderas—, comprobemos qué tan preparada estás: ¿cuáles son los nombres y animales representativos de los Kunne?

—Bueno… primero está Elina —enumeró Elizabeth con los dedos—, representada por una sierva. Después está Electra, representada por un ri-no-ce-ron-te —dijo despacio, para no equivocarse—. Le sigue Eunice, identificada por una leona. Las tres son trillizas y, al igual que sus dos hermanos menores, quienes son gemelos, poseen el don de la inmortalidad: Ebe y Érix Kunne. La primera se identifica con una nutria y el segundo, con un coco-drilo.

—¡Muy bien! —la felicitó Kya—. Al menos en ese sentido, no meterás la pata. Eso sí, recuerda dar sorbos pequeñitos —entornó un ojo—, no olvides lo que te dije acerca de los diferentes tipos de vino.

—Y no pienses mucho al bailar —le sonrió Cleopatra—. A veces, sale mejor si te dejas llevar por la música.

—Lo harás bien —Gabriella le quitó una pelusa de un hombro—. Lo más importante, es que seas tú misma. Demuéstrale al Verzaik que Elizabeth Monanti es más que una chiquilla insufrible.

Elizabeth iba a decir algo, pero los golpes en la puerta le cortaron la inspiración. Gabriella fue a abrirla, en donde descubrió que se trataba de Nezumi, quien, anunció que la señora Dadle esperaba en el exterior.

—Bien —Elizabeth se armó de valor y cuadró los hombros—, dile a la señora Dadle que enseguida salgo.

Intercambió unas últimas palabras con sus amigas, antes de desalojar la estancia y enfrentar a la erudita de faz amargada. Nada más verla, la mujer compuso una mueca desdeñosa, aun así Elizabeth notó sus cejas alzarse en un arco.

—Vaya, veo que has puesto esmero en tu aspecto —comentó—, pero me temo que no será suficiente.

Elizabeth no dijo nada. Caminó al lado de la mujer en absoluto silencio, repasando mentalmente todo lo que había aprendido, y sujetándose las manos para evitar que le temblasen. Duncan Zephyr, el erudito con ojos de color anaranjado, las esperaba en los límites de la morada.

—¡Señorita Monanti! —la saludó y besó una de sus manos—. Un gusto y un honor conocerla al fin, está usted radiante.

—El gusto es mío, señor Zephyr. Y gracias por el cumplido.

—Démonos prisa —apremió Megan—, no debemos hacer esperar al Verzaik.

—No hará falta que caminen —interrumpió la voz de Bryant, Elizabeth sintió un gran alivio al detectarle—, permítanme teletransportarlos hasta el salón.

—Señor Dikoudis —Duncan inclinó el cuerpo con ligereza—, agradecemos su amabilidad, señor.

—Estoy para servirles, señor Zephyr —Bryant repasó a Elizabeth con la mirada y sonrió, la chica sintió arder sus mejillas—. Me alegra ver que está bien, señorita Monanti. Esta noche luce especialmente hermosa.

—Gracias, señor Dikoudis —Elizabeth intentó que sus nervios no trasluciesen—. El vestido que me han enviado hace gran parte del trabajo.

Megan bufó, hastiada.

—Sí, bueno, mejor que nos demos prisa, o se nos hará tarde.

—Por favor —Bryant ofreció sus brazos a los eruditos—. Señorita Monanti, usted sujétese del brazo del señor Zephyr.

Elizabeth acató la orden, pronto los cuatro quedaron rodeados por puntos de luz y, antes de que siquiera lograsen asimilarlo, el sonido de la desaparición los ensordecía y sus ojos se adaptaban a una nueva panorámica.

El comedor de los Garque había sido cambiado por completo. En lugar de la mesita baja y los almohadones, habían distribuidos una especie de sillones largos que Elizabeth no había visto nunca, separados por un par de mesitas y con dos criadas franqueando el respaldar, a la espera de servir a sus futuros ocupantes. Cortinas de seda caían desde el inicio de las columnas, ánforas bien distribuidas resguardaban llamas que aportaban una agradable claridad.

Instantes más tarde, una segunda explosión dio paso a la presencia de Astucieus, acompañado por los que Elizabeth supuso debían ser los hermanos Kunne. Los cinco compartían ciertos rasgos, tales como las pestañas gruesas y los ojos con matices que mezclaban el marrón y el verde, el pelo castaño oscuro y ondulado, además de los cuerpos atléticos, tanto entre las féminas como en el varón. La diferencia radicaba más bien en que, las trillizas poseían un tono de piel ligeramente bronceada, mientras que los gemelos, mantenían una tez olivácea.

Por su parte, ellas llevaban puesto un doble quitón de seda dorada, con franjas blancas a modo de galones, además del himatión en idéntico tono; bisutería fina les adornaban las orejas y las manos, alrededor del cuello se distinguía un medallón que exhibía su animal representativo. Él, por el contrario, lucía un kimono y hakama en color oro, junto con un haori y obi níveos, así como su respectivo medallón.

—Parece que hemos llegado casi al mismo tiempo —Astucieus le regaló una sonrisa complacida a su discípula—. Me da gusto volverla a ver, señorita Monanti.

—El gusto es mío, señor Thrampe.

—Pero por favor, permítanme presentarlos —el Garque se apartó para que los Kunne pudiesen apreciarla mejor—. Damas, señor Kunne, les presento a la señorita Elizabeth Monanti, actual y única candidata para el puesto de gobernación. Señorita Monanti, ellas son las señoritas Elina, Electra y Eunice —indicó con un ademán a las trillizas—, y ellos, el señor Érix y la señorita Ebe Kunne. Juntos forman el Verzaik, órgano por encima de los guardianes y encargados de vigilar que estos cumplan con su deber.

—Una vigilancia en la que hemos fallado estrepitosamente, si se me permite decir —habló la que por el medallón de sierva, Elizabeth supo era Elina—, aunque esperamos enmendar nuestro error apoyando a los Garque con la administración de los puestos vacíos, mientras se llevan a cabo las pruebas.

—Me siento honrada al estar en su presencia, mis señores —Elizabeth realizó el acostumbrado gesto de respeto—, y para nada los culpo por lo acontecido, el rey Tyr tenía una mente demasiado retorcida como para poder adelantársele, además de contar con ayuda divina.

—Permíteme corregirte, querida —habló Megan con voz melosa—, pero creo que lo que quisiste decir fue: «mi padre tenía una mente retorcida…»

Elizabeth quiso desintegrarla con la mirada. Bryant y Astucieus no fueron la excepción.

—Yo creo que la señorita Monanti ha demostrado no haber heredado el siniestro corazón de ese desalmado —Érix se adelantó unos pasos y tomó con delicadeza la mano de la joven—, incluso consiguió lo que ninguno de nosotros —le besó el dorso, sus ojos fijos en los de Elizabeth quien, agradeció en silencio su apoyo pero también, sintió un calor agradable recorrerle el estómago—. Estoy seguro que esta será una noche inolvidable, señorita Monanti.

La chica esbozó una tímida sonrisa.

—Eso espero, mi señor.

 



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