Historia al azar: " Amor de Familia "
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Destino II. Epidemia. » Mensajes encriptados, emociones vengativas
Destino II. Epidemia. (R15)
Por Kajiura
Escrita el Martes 5 de Mayo de 2015, 23:20
Actualizada el Viernes 11 de Agosto de 2017, 00:15
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Mensajes encriptados, emociones vengativas

VI

Mensajes encriptados, emociones vengativas

 

Elizabeth refunfuñó y se arrebujó más en las mantas. Algo la sujetaba por un hombro y la movía con cuidado. También oía una voz a lo lejos, pero el calorcito de las sábanas la instigaba a seguir ahí, tan cómoda…

—Vamos, no querrás quedarte sin desayuno.

Abrió los ojos despacio. Durante un instante, le costó recordar dónde se hallaba, más aún, le costó reconocer la faz que tenía al frente, de piel dorada y cabello lacio muy negro, sus labios curvados en una sutil sonrisa.

Entonces, lo recordó: ya no se encontraba en la morada de los Garque, compartiendo ahora habitación con otras cinco eruditas y que, una de ellas, la que precisamente le agarraba el hombro, tenía preferencia por las mujeres. No se alejó, a pesar de que el instinto le gritaba que lo hiciera; lo que sí le resultó imposible fue el no tensar sus músculos. Cleopatra lo notó y retiró la mano con un suspiro, pero  sin abandonar su gesto paciente.

—Uno de los baños está libre —dijo y señaló con la cabeza uno de los cubículos vacíos. Al otro lado de la estancia, Andrómeda se desenredaba el cabello húmedo, y ni rastro de Momoka—. ¿Quieres ducharte o puedo entrar yo?

—Entra tú —indicó Elizabeth con voz pastosa. Bostezó y sacudió la cabeza—. ¿Y Kya y Gaby? —preguntó al no escuchar movimiento en la cama de arriba.

Al principio, Cleopatra había instalado sus cosas allí, pero luego de la charla con Gabriella, ambas parecían haber acordado que lo mejor era que la pelirroja compartiera la litera con Elizabeth. «Un gesto muy noble de su parte», pensó la chica, agradecida.

—Kya sigue dentro —Cleopatra señaló con un pulgar el otro cuarto de baño, en cuya puerta cerrada colgaba un letrerito que decía: «No entre, divinidad peligrosa embelleciéndose»—, y apuesto a que tardará otra media hora, al menos. Y Gaby se ha levantado temprano, supongo que ha salido a correr.

Elizabeth cabeceó.

—Ya.

Cleopatra se levantó, sacó una muda de ropa y entró en el aseo. En cuanto hubo pasado el pestillo Elizabeth cayó en la cuenta de que tenía que vestirse, y no confiaba tanto en Andrómeda como para desnudarse delante de ella.

Se levantó, se frotó los ojos y fue al armario donde había guardado sus cosas, con la esperanza de que las puertas tuviesen doble función, tal y como ocurría con su antiguo armario. Lo abrió y en efecto, las puertas estaban armadas de tal forma que, si se tiraba un poco más de las manijas, estas se desplegarían en paneles que al final, formarían un pequeño biombo.

Elizabeth activó el mecanismo y sin prestar atención a la muchacha que había a su espalda, buscó lo que iba a ponerse. Localizó una blusa de mangas largas y acampanadas, junto con una falda gris. Se vistió, plegó de regreso las puertas con lo que quedó libre de su pequeño escondite. Y fue cuando pudo verle la cara Andrómeda, con una ceja en alto y una sonrisa torcida que para nada le gustó.

—¿A la poderosa Monanti le avergüenza desnudarse delante de otras mujeres? —dijo con sorna—. Descuide, señorita, no soy como la inmundicia que hay en el cuarto de baño —agregó y miró de reojo la puerta tras la que se había perdido Cleopatra—. Por cierto, linda falda —ironizó—. Muy… provocadora.

—Gracias, viniendo de alguien con tan buenos gustos y un excepcional juicio para la estética, resulta todo un alago — contraatacó Elizabeth e hizo como que al descuido un ademán contra las vestimentas de la otra, ambas prendas de idéntico color y sin mayor decorativo.

Andrómeda iba a replicar, pero los toques en la puerta de entrada la cortaron, Elizabeth fue a ver de quién se trataba.

—¿Sí? —parpadeó. Ante ella se hallaba una criada, con el pelo rubio sujeto en un apretado moño, atravesado por dos palitos de madera—. ¿Deseaba algo?

—Un paquete para usted, señorita Monanti —anunció la sirvienta y realizó la acostumbrada inclinación respetuosa.

—¿Para mí? —Elizabeth lució asombrada—. ¿De quién es?

—No me han dado remitente, señorita. El paquete me lo ha entregado otra criada. Pero viene con una carta, seguro ahí lo explica.

Elizabeth recibió el paquete, una cajita cuadrada no muy grande y de color rosa brillante, en cuya tapa venía pegado un sobre a medio cerrar.

—Oh, bueno… muchísimas gracias. ¿Su nombre es…? —preguntó de último momento, con una idea en mente. La criada se vio desconcertada, a lo que Elizabeth agregó—. Perdón, es que me gusta saber el nombre de aquellos con los que trato.

—P… Pero soy una sirvienta —balbuceó ella pasmada.

—¿Y? —Elizabeth le sonrió—. Igual eres una persona, y sólo por eso mereces que te llame por tu nombre.

La mujer se ruborizó.

—Nezumi, me llamo Nezumi Zaar.

—Un gusto conocerte, Nezumi. Y gracias por traerme el paquete —Elizabeth amplió la sonrisa—, te deseo un lindo día.

Cerró la puerta de regreso y soltó aire, despacio. Si se ganaba a los eruditos sería estupendo, pero la servidumbre también podría favorecerla. En sus circunstancias, cualquier cultroriano que la apoyase era bienvenido, por el simple hecho de conocer cosas sobre Cultre que ella no.

Se volteó, ignoró la ceja en alto que le dedicó Andrómeda, y tras dejar la cajita sobre su cama, se dispuso a leer la carta.

 

«Mi adorada Elizabeth:

Es la primera vez que te escribo, mas no la primera vez que te veo. Incluso, y quizás con riesgo a sonar Petulante, me atrevo a decir que sé más de ti que cualquier otra persona en el Templus.

Pero eso no es lo que importa. Lo verdaderamente Preponderante, eres tú. Para Mí, siempre serás tú. Porque ni siquiera las Cinco estrellas que DANZAN en torno a la luna pueden igualar tu belleza, no hay dama que alcance a imitar tus MODALES o siquiera asemeje tu recatado HABLAR, de la misma manera en la que no existe LINAJE en todo el mundo que supere la pureza de tu NOBLE corazón; para Mí, tu seguridad y bienestar están por encima de todo y, es por eso que desde que supe tu participación en las Pruebas, Rezo cada TRES DÍAS a la Diosa Senet para que te ilumine con su infinita Sabiduría; a nuestra señora Libna, le pido te dote de fortaleza y perseverancia; y a la divina Afrodita, te siga Favoreciendo con su gracia, apenas realzada por mi "humilde" Obsequio.

Espero, mi VENERABLE Elizabeth, que No rechaces mi sentir, la más sincera ADMIRACIÓN y amor que te profeso, porque de lo contrario, no habría nadie que me consolase, nada que pudiese curar la herida Silenciosa que se abriría  en lo más profundo de mi ser.

Por siempre tuyo:

Sesenta y ocho.»

 

—¿Sesenta y ocho? —repitió la chica en voz baja, más desconcertada que ruborizada por lo leído en la carta. ¿Quién rayos era sesenta y ocho? ¿Y qué clase de declaración amorosa era esa, que usaba las altas cuando no debía?—. Por Dios, creo que alguien necesita clases de ortografía y de… romanticismo —finalizó con el ceño arrugado.

—Créeme, te espantarías de ver la ortografía de muchos eruditos —oyó decir la voz de Gabriella desde la entrada—. Y sobre el romanticismo… bueno, supongo que no a todos se les da. Buenos días, Andrómeda —saludó en tono cortés, pero se volvió hacia Elizabeth—. Hey, ¿y esa carta? ¿Es que tan rápido te has ganado un admirador secreto?

—Aunque no lo creas, parece que sí —Elizabeth le tendió la carta mientras ella abría la cajita—. Pero la verdad… no sé cómo sentirme ante su… declaración.

Gabriella arrugó la frente a medida que avanzaba. Detrás de ella, Andrómeda terminó de alistarse y salió de la habitación, para nada interesada en los asuntos de sus compañeras.

—¿Sesenta y ocho? —fue lo primero que dijo tras terminar—. ¿Quién diablos se pone una cifra como pseudónimo? Y… Dioses, qué redacción más espantosa —bajó el papel para percatarse de que Elizabeth examinaba una botellita de lo que parecía ser loción, redonda y de cuello alto, su contenido brillaba en un tono dorado pálido—. Al menos dime que huele bien.

—En realidad, no huele a nada —Elizabeth olfateó el borde de la botella—. ¿Qué clase de perfume no tiene aroma?

—Déjame oler —Gabriella le regresó la carta y olisqueó el recipiente abierto—. Vaya, en serio no tiene olor —se acarició el mentón con una mano, con la otra alzó la botella, para verla a contra luz—. A menos claro, que no se trate de un perfume, sino de una infusión.

Elizabeth se puso rígida y la miró, sus ojos estrechados.

—Insinúas… ¿Que alguien trata de envenenarme?

Gabriella volvió a bajar la botella y la examinó con cuidado.

—No lo sé, hasta donde recuerdo ningún veneno tiene este color, aunque podríamos preguntarle a Kya para salir de las dudas. Podrá parecer muchas cosas, pero es experta en infusiones. Es una erudita shiraberu, ¿recuerdas? Incluso podría examinar una muestra —cerró de regreso el frasco—. Quién sabe, a lo mejor es una toxina que se absorbe por la piel.

—Quien la escribió dice que si lo rechazo, le provocaré una herida silenciosa —puso los ojos en blanco—. Sonaría lindo si no tuviese tan mala redacción y usase frases… bueno, tan fuera de lugar.

—¿Escuché a alguien hablar de mi indiscutible talento? —dijo la voz de Kya desde el marco de la puerta de uno de los aseos, ya vestida y maquillada—. ¿Quién de las dos necesita una crema antiarrugas?

—Ninguna, Kya —Gabriella sonrió divertida—. Lo que sucede es que alguien le ha enviado una carta y un paquete a Elizabeth, pero dudamos que el obsequio sea lo que dice ser.

—¿Y de qué se trata? —Elizabeth alzó la botella para que pudiera verla, los ojos de la cobriza se ensancharon y brillaron iguales a los de una niña pequeña ante un caramelo—. ¡Oh, santa Afrodita, un perfume! —le arrebató la botella a su compañera—. Yo amo los perfumes, ¿qué marca es? —destapó el frasco—. ¿Me puedo poner un poco?

—¡No! —gritaron Elizabeth y Gabriella a un tiempo.

—¿Por qué? —Kya parpadeó, con una mano sostenía la botella y con la otra, el tapón—. ¿Acaso… acaso lo quieren para ustedes solas? —preguntó con los ojos anegados en lágrimas.

—Nada de eso —Gabriella negó con la cabeza—. Es sólo que… bueno, huélelo.

Kya la miró sin comprender, pero olió el borde de la botella, acto seguido puso cara de desconcierto.

—No huele a nada —objetó irritada—. ¿Qué clase de loción no tiene olor?

—Eso mismo hemos dicho nosotras —apuntó Elizabeth—, así que pensamos que tal vez no sea un perfume, sino una infusión.

—Más específicamente, un veneno —Gabriella se cruzó de brazos y se puso seria—. Alguna toxina que se absorba por la piel.

Kya estudió la botella con un ojo entornado.

—Mmm, lo creería posible, pero tiene un color poco habitual como para tratarse de algún veneno. Normalmente, las infusiones tóxicas tienen colores o muy oscuros o muy chillantes —miró a las otras dos—. Si quieren, puedo llevarme una muestra y examinarla en uno de los laboratorios estudiantiles.

—Te lo agradeceríamos mucho. Mientras, nosotras podríamos intentar descifrar esa carta —pasó uno de sus dedos por las palabras escritas en mayúscula—. Algo me dice que esto no es una declaración de amor.

—¡Una declaración de amor! —saltó Kya, reemplazada su suspicacia por excitación—. ¡Oh, Ely, seguro que es de Ian! ¡Te dije que despertabas pasiones, te lo dije!

Elizabeth rio entre dientes y, esta vez sí se ruborizó.

—Lo dudo mucho, Kya —le pasó el papel a la cobriza quien lo recibió y leyó con avidez—, concuerdo con Gabriella, me da la impresión de que esa nota nunca intentó ser una declaración de amor.

—Y si lo fuera, yo saldría corriendo —Kya le regresó la carta y fue a registrar su armario, de donde extrajo una serie de instrumental para tomar la muestra—. Quien quiera que haya sido, de poeta se muere de hambre.

—Por cierto, Gabriella —Elizabeth aguzó el oído a fin de distinguir ruidos en el cuarto de baño cerrado, que le indicase que su ocupante no pretendía salir de momento. Bajó la voz—. ¿Crees que sea prudente confiar en Cleopatra para estas cosas?

La pelirroja le regaló una sonrisa tranquilizadora.

—Descuida, Elizabeth —dijo también, en un tono de voz modulado—, si existe alguien discreto en esta pirámide, esa es Cleopatra. Además, tres cabezas piensan mejor que dos.

Elizabeth asintió y soltó aire.

—Si tú lo dices, entonces confiaré en tus palabras.

Apenas y pudo ingerir algo en el desayuno. Si comió un par de bolitas de arroz fue porque Gabriella se las sirvió. Las palabras de la carta daban vueltas en su cabeza, en especial, aquellas que parecían haber sido escritas en mayúsculas (o con la inicial alta) apropósito. Kya fue la primera en terminar y levantarse de la mesa, aquella mañana ni Egbert ni Ian se asomaron al comedor.

Quien sí se dejó ver, para gran asombro de todos —Elizabeth incluida—, fue nada más y nada menos que Bryant. Iba vestido con su uniforme de Garque, oscuras ojeras se le marcaban bajo los párpados. En un inicio, Elizabeth creyó que la buscaba a ella, mas el castaño se encaminó a la mesa del Saigrés, en donde rápidamente se le abrió espacio.

—¿A qué habrá venido el Quinto al mando? —susurró Cleopatra, al igual que casi todo el comedor, con los ojos fijos en el guardián, quien parecía sostener una conversación con Itzal—. Se ve bastante cansado, eso de ocupar dos puestos a la vez no debe ser nada sencillo.

—No, la verdad es que se le junta mucho trabajo —comentó Elizabeth—, aunque ayer no tenía ese aspecto…

—Miren —Gabriella señaló un grupo de guardias que se dispersaron a lo largo de todo el perímetro, entre sus brazos sostenían un fajo de papeles—. Parece que van a pegar algo en la pared… —frunció el ceño—. Qué extraño, las fechas y horarios de las pruebas no se anunciarán sino hasta la semana entrante.

—Iré  a ver —Cleopatra se levantó—, antes de que se amontone la gente.

—Me da la impresión de que la conversación no es muy amigable —Elizabeth inclinó la cabeza en dirección a la mesa del Saigrés, en donde una señora Dadle, rígida en su silla, le argumentaba algo a un Bryant con el semblante tenso—. ¿De qué crees que conversen?

—Ni idea, pero concuerdo contigo: no parece que charlen de algo agradable.

Elizabeth se mordió el labio. Estuvo tentada a acercarse a Bryant y contarle lo de la carta, pero recordó que tenía prohibido hablar con él, así que se quedó en su sitio. Al cabo de unos segundos volvió Cleopatra, su cara decía que tenía algo para contar.

—¿Y bien? —le urgió Gabriella—. ¿De qué va el anuncio?

—Del Verzaik —relató la muchacha—, parece que estarán aquí dentro de tres días. Imagino que la presencia del Quinto al mando está relacionada con lo mismo.

Elizabeth se enderezó.

—¿Tres días? —repitió, en su mente volvió aparecer una de las líneas del mensaje: «es por eso que desde que supe tu participación en las pruebas, rezo cada TRES DÍAS a la Diosa Senet…»

Miró a Bryant. La Diosa Senet era la Diosa de la sabiduría, patrona de las escuelas y todos los recintos dedicados al saber. Era, por ende, la protectora del Quinto al mando. ¿Sería él quien le habría enviado la carta? Y si era así, ¿con qué objetivo? ¿Para avisarle de la llegada del Verzaik? No, eso no tenía sentido, se hubiera enterado de todos modos, a través de los cartelones. Y en cualquier caso, ¿qué relación podría tener ella con las personas de más alto rango en la pirámide?

—¿Elizabeth? —la llamó Gabriella con preocupación—. ¿Estás bien? Te has puesto pálida.

—Miren, parece que ya se va —Cleopatra señaló con disimulo la figura vestida de blanco que se había puesto en pie, acompañada de uno de los miembros del Saigrés, Vlad Tie, el hombre con la mitad de la cabeza calva.

Elizabeth no dijo nada. Tampoco contestó a la pregunta de Gabriella. Siguió a Bryant con la vista, este se veía bastante abatido mientras hablaba con el erudito; rezó para que al menos le dedicase una mirada, una mínima señal que confirmase sus sospechas. Entonces, justo cuando ambos hombres pasaron muy cerca, Bryant la miró de reojo. Fue un gesto apenas perceptible, acompañado de una exclamación que significó todo para Elizabeth:

—¡Sí, nada más pensar que tengo sesenta y ocho folios esperándome en la oficina!

 

Astucieus se materializó delante de la enorme verja plateada, a esas horas, resplandeciente gracias a los rayos solares. No era la primera vez que visitaba el Oráculo de Delfos, institución y santuario no tan antiguo como el Templus, ni de proporciones similares, pero sí muy hermoso y rodeado por cierto halo de paz. Ubicado en el fondo de una depresión rocosa, por lo que daba la impresión de estar amurallado por los mismos peñascos que lo cercaban; distintos riachuelos descendían de lo alto y atravesaban los terrenos, grandes cantidades de áreas verdes se distribuían, perfectamente cuidadas.

Astucieus tenía infinidad de recuerdos relacionados con aquel sitio, todos y cada uno hermosos ante sus ojos, pero agridulces y nostálgicos para su corazón. Su vida había cambiado allí, de la misma forma en la que una parte de él se había desgarrado una noche, en el hospitalucho de un Orturbs cuyo nombre no recordaba.

 

—¡Señora Txaran! —la llamó apenas identificarla, sin importarle lo que pudiese pensar de su aspecto desaliñado; había movido tierra, cielo y mar para llegar hasta allí—. ¿Cómo está? Vine tan rápido como pude, suerte que no me hallaba muy lejos de aquí.

—Astucieus… —la mujer, en ese entonces con vetas grises que aún le teñían el pelo, le dedicó una sonrisa tensa—, querido, gracias por venir. No debiste haberte molestado, pensaba contactar contigo en cuanto estuviese de vuelta en la pirámide… ¿Cómo te enteraste?

—El hüteur Kotoro me ha contactado por telepatía, dijo que estaba presente cuando recibió la notificación del hospital —se retorció las manos nervioso—. ¿Cómo está? ¿El bebé…?

 

Astucieus respiró profundo y sacudió la cabeza. Necesitaba centrarse, recordar que había llegado al Oráculo por una predicción que hablaba acerca de Elizabeth, y no por acontecimientos no resueltos en el pasado.

—Buenos días —saludó al par de guardias, dos Dvergar a los que bien se les podría confundir por estatuas—, tengo una cita con la pitonisa Beryl Wonna.

Sincronizados, y sin mirar ni una sola vez a Astucieus, los guardias  se movieron y abrieron la verja, el Garque les pasó de lado, no obstante su mente no le dio tregua, no ante la marea de olores y tonalidades que le atravesaron los sentidos sin piedad. El Oráculo estaba igual que la última vez que lo había visitado, tal vez con bancas y setos nuevos, pero en esencia, era el mismo. A lo lejos distinguió un puente que pasaba por encima de un riachuelo, el mismo en el que la conoció.

Apretó las manos en puños y continuó con su andar, en su interior se revolvían un aluvión de emociones; pasó de largo el altar de ofrendas, en cuyo centro había una estatua de tamaño medio del Dios Chronos. Estaba a punto de volver a verla, después de tantos siglos, después de que lo votara sin más, después de que estuviera a punto de condenar al mundo por el dolor que le había causado. Y sin embargo, la evocación de su cara afilada, sus pestañas largas y su boca pequeña, hacía que la respiración se le cortase, aunque no estaba muy seguro de que fuera de alegría.

Se detuvo al pie de unas escalinatas ascendentes. El Oráculo de Delfos era un edificio que, si bien contaba únicamente con dos pisos, lucía imponente debido a hallarse elevado sobre una plataforma. Tenía  inmensas columnas de mármol que sostenían un techo rectangular fabricado con tejas en forma de ese, grabados simétricos en cobre resaltando a lo largo de todo el pórtico, el inicio y la base de las propias columnas.

Astucieus subió las escalinatas y se adentró en el vestíbulo, siendo recibido por un aroma a sándalo. Delante de él se erigía un mostrador tallado en madera, detrás del cual una mujer entrada en años y con expresión severa revisaba unos papeles al mismo tiempo que murmuraba para sí. El Garque se aproximó a ella para llamar su atención, en cuanto lo reconoció la mujer cuadró los hombros, no obstante sus ojos no reflejaron respeto o afabilidad, más bien se mantuvieron agudos y cortantes.

—Señor Thrampe —dijo y terminó de organizar los documentos—, qué sorpresa tenerlo por aquí, ¿puedo servirle en algo?

—En realidad sí —Astucieus mantuvo la serenidad, ¿sería posible que Beryl no hubiese avisado a nadie de su llegada? No, los guardias le habían abierto las puertas sin rechistar—, ayer recibí un citatorio de la señorita Beryl Wonna, solicitando mi presencia aquí para tratar un asunto de suma importancia, relacionado con una de sus predicciones.

—Así es —habló una voz delicada—, y me alegro que haya podido venir, señor Thrampe.

Astucieus giró la cabeza. Era ella, finalmente y luego de tanto tiempo la volvía a tener cara a cara. Los siglos no habían hecho mella en su faz, blanca y tersa, el pelo rubio platino lo tenía sujeto en una coleta alta. El vestido de un solo tirante le contorneaba las curvas y se habría en una amplia falda hasta los tobillos, los aretes y pulseras de plata sólo realzaban su exuberante belleza, hacían centellear el fulgor de sus ojos grises.

Él fue incapaz de moverse, sintiéndose de pronto como si una mole lo hubiese golpeado en el estómago, dejándolo sin aire. Sus recuerdos giraron vertiginosos hasta marearlo, sus emociones por fin se definieron en una sola, aunque supo reprimirla, sabía que era la misma emoción que lo había llevado a realizar un ritual de invocación en una noche fría, tan lejana pero a la vez, tan palpable en su memoria, como si hubiese acontecido el día anterior.

—Señorita Wonna —la saludó, tomando su mano entre la suya y rozándola con los labios—, es un gusto y un honor verla de nuevo, después de tantos siglos.

—El honor es mío, señor Thrampe —respondió ella en tono respetuoso, pero con los iris clavados en los de él, reflejando cierto dejo de asombro y admiración—, quién iba a decir que aquel capitán miembro de la polissa, que muy humilde se ofreció a escoltarme ese día, sería hoy un valeroso guardián.

Astucieus rio entre dientes.

—Sí, la vida da muchas vueltas, ¿no? —comentó, incapaz de reprimir un tono ácido en su voz.

—Muchísimas —Beryl le dedicó una mirada intensa, antes de dirigirse a la recepcionista—. Estaremos en una de las salas de consulta, por favor, que nadie nos moleste. El asunto a tratar con el señor Thrampe es delicado, así que pondré hechizos de protección.

La recepcionista arrugó la nariz.

—¿Estás segura? ¿No prefieres que tenga puesto un ojo en ti por… —miró de reojo a Astucieus—, por cualquier cosa?

Beryl meneó la cabeza.

—No, Rita. Lo que he de tratar con el señor Thrampe requiere de absoluto secretismo. Pero agradezco tu preocupación. No te apures, estaré bien.

—Como desees —asintió la mujer—. De cualquier forma, si necesitas algo, sabes que estaré aquí.

—Lo sé. Sígame, por favor, señor Thrampe.

Lo condujo a través de un largo corredor, bajando por unas escaleras en dirección a otro pasillo colmado de puertas, hasta finalmente detenerse frente a una y abrirla con un suave toque de la palma. La mujer entró de primera, él la siguió manteniendo un semblante austero e intentando no evocar ningún otro recuerdo.

La estancia no tenía dimensiones muy complejas: con las paredes pintadas en tonalidades claras, cortinas de seda que caían desde el techo, un par de sofás enfrentados, con una mesita de té entre ambos. En la esquina superior derecha, había una vitrina que contenía infinidad de botellas, tazas y copas; en el lado opuesto se veía una cantera de cuarzo sobre la cual había una vasija con agua, junto con una toalla de mano.

—Por favor, tome asiento —invitó Beryl e hizo un ademán a uno de los dos sofás que adornaban la sala—, enseguida estoy con usted. ¿Hay algo de beber que pueda ofrecerle? ¿Té, vino?

—Vino, por favor —aceptó Astucieus y ocupó un puesto en uno de los muebles.

Aguardó a que Beryl se sentase frente a él, empero la mujer demoró unos minutos más; luego de aplicar los respectivos hechizos de protección, fue a donde la vitrina, sacó un par de copas, mismas que enjuagó y secó con la toalla, antes de llenarlas hasta el borde con un líquido rosáceo.

—Bien —ella colocó las copas sobre la mesita y, esta vez, sí fue a sentarse delante de Astucieus—, primeramente, le agradezco respondiera a mi llamado con tanta rapidez, tal y como le comuniqué en la nota, lo que tengo que decirle es de suma importancia y alto secretismo.

— ¿De qué se trata? —inquirió el Garque con indiferencia.

—Es sobre la señorita Monanti. No sé cómo catalogar lo que he visto, señor.

—Relate.

—Cultre volverá a quedar en penumbras. Tal será el caos que aquellos que guardan la verdad se verán obligados a tomar caminos distintos. Entonces, el Monanti será alcanzado por un trueno de poder, y liberará luz eterna que resplandecerá hasta el fin de los días.

— ¿Sabe a qué se debe el nuevo descenso de Cultre? —cuestionó Astucieus y bebió un sorbo de su copa.

—No, señor, eso no me ha sido revelado —Beryl suspiró y se reclinó sobre el sofá—. Pero me preocupa que el planeta caiga en desgracia de nuevo. Más aún, me preocupa que la señorita Monanti tenga que enfrentarlo.

—La señorita Monanti ha demostrado ser capaz de muchas cosas. No niego que a mí también me preocupa una nueva revolución pero… ¿ha emitido alguna fecha en específico?

—Me temo que no, señor. Nuestro señor Chronos nunca envía predicciones concisas, debido a lo impredecible que resulta el propio destino. Mi profecía podría referirse a un acontecimiento venidero, o a algo a ocurrir en siglos posteriores, eones después, incluso.

—Hay algo que me inquieta todavía más —siguió Astucieus—. ¿A qué se refiere con que el Monanti será alcanzado por un trueno de poder?

Beryl frunció el ceño.

—Bueno, esa parte podría referirse a muchas cosas, la misma expresión ha sido usada para hacer referencia a la inspiración o iluminación divina. Como dije antes, no siempre se debe tomar los vaticinios de forma literal. Si me permite, le sugiero mantener vigilada a la señorita Monanti, para así poder evitar cualquier tipo de desgracia. Qué, por otra parte, dudo mucho que ocurra, en especial porque cuando realicé la predicción fui invadida por una sensación de júbilo, más que de desasosiego.

—Me alegra escuchar eso —Astucieus asintió—. De todas formas, voy a pedirle que transcriba la predicción junto con sus impresiones, a fin de que el Quinto al mando pueda revisarlo, tal vez él saque conclusiones más claras —se levantó, a lo que Beryl lo imitó—. Recogeré el escrito dentro de cinco días, ¿está usted de acuerdo?

—Perfecto —Beryl inclinó la cabeza—, y lamento no poder darle más esclarecimientos al respecto, señor.

—Pierda cuidado —el Garque realizó un ademán con una mano—, es más, le agradezco se pusiese en contacto conmigo antes que con otra persona. Como usted misma expresó, se trata de un asunto delicado que, en manos equivocadas, podría ocasionar una catástrofe.

Beryl asintió, Astucieus se giró antes de que siquiera pudiera decir algo, la emoción había vuelto a surgir y si se quedaba observando la expresión sumisa de la pitonisa, estaba seguro que sucumbiría a la tentación.

—Espera… —lo llamó ella de último, en un tono que casi era una súplica—. No… no te vayas, Astucieus.

El hombre no se movió. Aquella simple petición había derrumbado sus defensas, y el rencor, la emoción que tanto se había esmerado en ocultar, finalmente salió a la superficie. Se volteó, sus ojos abismales se clavaron en Beryl con la misma frialdad y dureza que si fuesen dagas de hielo. La mujer desvió la mirada, sus largas pestañas dibujaron sombras bajo los párpados, y algo dentro de Astucieus se removió, un placer oscuro que hacía siglos no sentía.

—¿Disculpe? —dijo en tono petulante—. No creo haberle dado permiso para tutearme, señorita Wonna.

—¿Por qué? —siguió la mujer, sin ofenderse pero A la vez, sin atreverse a mirarlo.

—¿Por qué, qué? ¿A dónde quiere llegar, señorita Wonna? Porque le recuerdo que ahora que soy Garque, mi tiempo vale oro.

Beryl levantó los ojos y lo miró directamente, Astucieus notó una chispa de enfado en ellos, misma que estuvo a punto de hacerlo reír divertido. Siempre le había gustado verla molesta, con el entrecejo apenas arrugado y los labios fruncidos. A su memoria acudieron todas esas veces en las que habían discutido para terminar sin ropas sobre la cama o algún aula vacía del Templus.

Conmemorar esos eventos no le disgustaba, todo lo contrario, pero tampoco estaba dispuesto a caer esta vez. No luego de lo que le había hecho, no después de que ella había seguido como si nada, mientras a él la duda lo había carcomido hasta hacerlo cometer una locura. No, esta vez no le daría gusto, Beryl Wonna iba a pagar el haberlo abandonado, y lo iba a pagar con creces.

—¿Por qué actúas así? —preguntó ella con timbre resentido—. Nos conocemos desde hace siglos, ¿por qué esa frialdad para conmigo?

Astucieus rio entre dientes, sardónico.

—¿En serio quieres saberlo? —Beryl asintió, cruzada de brazos—. Veamos… Me abandonaste sin más, sin ninguna explicación, como si hubiese tenido la culpa de la muerte del bebé. Un bebé que era mi hijo, por cierto.

—Astucieus yo… —intentó disculparse ella.

—No he terminado —la cortó él, tajante—: estuve como un imbécil afuera del Oráculo cada maldito día del siguiente mes, Beryl. Pero tú no te dignaste a salir. Y no importó cuántas cartas te enviase, por cuál medio intentase comunicarme contigo, tú jamás respondiste.

—Astucieus…

—No hubo quién aclarara mis dudas —siguió él, la rabia y frustración que había acumulado durante siglos estaba saliendo a borbotones—, quién me quitase esa maldita incertidumbre, esa condenada sensación de culpa. Ni siquiera Itzal me dio una explicación. Y mientras tú continuabas con tu vida, yo no podía dormir por las noches, preguntándome qué demonios había hecho mal, en qué rayos te había fallado.

—¡Estaba dolida! —exclamó ella con los ojos llenos de lágrimas—. Yo… no sabía qué hacer, creía que te había defraudado… —se cubrió la cara con las manos—. ¿No lo ves? Sentía que había fracasado, que no te merecía, pensé… pensé que te hacía un favor al alejarme…

*Se auto cortó al sentir las manos de Astucieus en torno a sus muñecas. Con una suavidad que la sorprendió, el hombre le apartó las manos de la faz, y la besó.

 

*****

N/A: la escena marcada con asterisco ha sido modificada y o cortada para su publicación en esta página, debido a que infringe las normas del sitio. Para poder leer el capítulo completo, diríjase a la otra web en donde se está publicando la obra (Wattpad)

Mil disculpas para quien esto pueda significar un inconveniente.



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