Historia al azar: cinco chicas especiales
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Destino II. Epidemia. » De amigos y enemigos
Destino II. Epidemia. (R15)
Por Kajiura
Escrita el Martes 5 de Mayo de 2015, 23:20
Actualizada el Viernes 11 de Agosto de 2017, 00:15
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De amigos y enemigos

V

De amigos y enemigos

 

Elizabeth contempló a la gente pasar. A su lado, Gabriella permanecía en silencio, sentadas las dos en una de las banquitas que se repartían por los distintos jardines. El primer sol se había metido, y detrás de él lo hacía el plateado, por lo que sombras y distintos matices de grises teñían su alrededor; algunas luces habían sido encendidas y servían de guía para aquellos que volvían de realizar diligencias, la mayoría de ellos eruditos que habían superado los niveles de estudio básico. Otros menos, según explicaciones de la propia Gabriella, eran eruditos venidos de todas partes que, luego de haber pasado los exámenes correspondientes, se disponían a jugar para alguna de las candidaturas a Garque.

La muchacha que la acompañaba la había escuchado con toda la paciencia del mundo, sin interrumpirla, para acto seguido explicarle con calma lo que implicaba ser una persona homosexual, bien fuera lesbiana o gay. Y aunque Elizabeth se había esmerado por comprender todo lo que le habían dicho, lo cierto era que sentía una espantosa incertidumbre por dentro.

—Dale tiempo al tiempo, mujer —la sacó de sus cavilaciones la pelirroja—, no desistas sin antes haberlo intentado.

—¿Pero y si no logro adaptarme? Todo esto es tan diferente, la ideología, las costumbres, todo lo que yo creía correcto resulta que no lo es. ¿Y si defraudo a mis hüteur? ¿Y si hago el ridículo? ¿Y si me echan de aquí? Yo… no tengo a dónde ir…

—Lo dudo. Lo de defraudar a tus hüteur, quiero decir.

—¿Cómo estás tan segura?

—Porque los he visto en televisión. La forma en cómo te miran, más bien. Ellos ya están orgullosos de ti y no sólo eso, me da la impresión de que también te han aprendido bastante —Elizabeth enarcó una ceja con escepticismo—. No, lo digo en serio. Incluso yo, que te acabo de conocer, me parece que fuiste muy valiente al dejar tu mundo y seguir a dos completos extraños. Por otro lado —se levantó y le tendió una mano—, creo que en caso de que no pases las pruebas, habrá un montón de eruditos hüteur que querrán acogerte bajo su tutela, aquí en el mismo Templus. Así que no sufras, porque desamparada no quedarás, te lo aseguro.

Elizabeth suspiró, pero sonrió.

—De acuerdo —asintió y aceptó la mano que le ofrecían—, tendré un poco más de fe en mí.

—¡Así me gusta! Ahora, señorita Monanti, vayamos a cenar, que me muero de hambre. Y recuerda, dale tiempo al tiempo para poder adaptarte, que el Templus no se edificó en un día.

Elizabeth asintió y caminó junto a ella de vuelta a la pirámide. Algunos de los que le pasaban de lado lograban reconocerla y se volvían a sus acompañantes para cuchichear, pero Elizabeth estaba ya bastante acostumbrada a eso.

—Y a todo esto —dijo mientras avanzaban—, ¿cuál es tu habilidad natal, Gabriella?

—La invisibilidad —respondió esta—. Aunque para ser franca, he llegado a un punto en el que creo que mi desarrollo se ha estancado.

Elizabeth frunció el ceño.

—¿Cómo?

—Sí, verás, al principio sólo podía desaparecer una mano, pero conforme fui practicando, conseguí volver invisible todo mi cuerpo, a tal punto que logré ocultar también la ropa que llevaba encima. A eso se le llama desarrollar el don.

—Oh, ya comprendo —asintió la muchacha—. Yo al inicio sólo podía mover objetos pequeños, pero poco a poco el maestro Thrampe me enseñó a movilizar cosas más grandes y pesadas.

—Claro, él también es un mentalista —la joven parpadeó, desconcertada, Gabriella le sonrió con ligereza y prosiguió a explicarle—: un mentalista, es aquel que tiene cualquier don relacionado con la capacidad mental: telequinesis, manipulación mental, telepatía. El señor Thrampe posee la segunda y, por ende, es natural que conozca el estilo de enseñanza a emplear con un mentalista.

—¿Estilo de enseñanza? —repitió Elizabeth con curiosidad—. ¿Te refieres a que hay una forma de enseñar para cada… «categoría» de habilidades?

—Para cada categoría, y dependiendo también de tu animal característico.

—¿Y cuál es el tuyo?

Gabriella amplió la sonrisa.

—El águila.

—¿Y en qué categoría entra la laceración y la protección?

—¿Cómo? —Gabriella lució asombrada—. ¿Tienes más de una habilidad natal?

Elizabeth asintió.

—Tengo tres —las enumeró con los dedos—: la telequinesis, la laceración y la protección. Aunque por lo que me explicaste, creo que las dos últimas no las tengo muy desarrolladas —cabeceó—. Por eso preguntaba qué tipo de enseñanza necesitaría para poder entrenarlas.

—Mmm —Gabriella se acarició el mentón—, interesante, muy interesante. Pero desconozco qué tipo de enseñanza sería la apropiada para ti, tal vez mañana podríamos visitar a la que fue mi hüteur, seguro ella puede orientarnos.

Se detuvieron. Acababan de llegar ante unas enormes doble puertas que se abrían de par en par y tras de las que se oía cierta algarabía. Sin dudas, se trataba del lugar donde estudiantes y eruditos compartían los alimentos.

—Muchas gracias por todo, Gaby —habló Elizabeth—. Yo… tenías razón, estaba bastante confundida. Bueno… —añadió al ver a una erudita sensei con el pelo pintado del color del arcoíris—, todavía me siento un poco fuera de lugar, pero creo que ya no estoy tan asustada.

—Me alegra escuchar eso —Gabriella le guiñó un ojo—. De todos modos, recuerda todo lo que te dije.

Ella asintió y juntas entraron al comedor. En efecto, el lugar estaba atestado de gente. Mesitas bajas y de distintos largos se esparcían por todo el lugar, rodeadas de almohadones. Hüteur, maestros y estudiantes se mezclaban entre sí como si no existieran rangos que los separasen, riendo y gesticulando mucho al hablar; el único espacio que sobresalía precisamente por ser diferente, era el que ocupaba una mesa pentagonal, alta, ubicada en una esquina del recinto y rodeada de  sillas acojinadas, ocupadas estas por los miembros del Saigrés. Elizabeth supo que se trataba de dicho grupo al detectar a Megan en él.

—Ven —la llamó Gabriella y tiró de su muñeca con suavidad—, mi amigo Ian nos ha guardado un lugar en su mesa.

Elizabeth se dejó guiar por la muchacha en dirección a una de las mesas bajas, desde donde les hacía señas un joven calvo, de tez oscura y ojos grises, enfundado en una túnica idéntica a la de ellas.

—¡Pero mira nada más! —dijo él en tono animado, Gabriella lo abrazó brevemente—. ¿Qué hace aquí una secretaria?

—Lo mismo podría decir de ti —se rió ella—. ¿Qué hace aquí un científico del Hospital Central?

—Oh, ya ves, a este científico le apasionan las armas y se ha creído que puede jugar para Cuarto al mando —Gabriella se carcajeó—. ¿Y tú? ¿Para qué puesto juegas?

—Segunda al mando.

—¡Vaya, pero si la secretaria tiene ambición!

—Oh, ya cállate —la pelirroja lo golpeó por un hombro, pero sin dejar de reír—. Que donde tú y yo no quedemos lo primero que haré será reírme en tu cara. Mira, te presento a mi nueva compañera de dormitorio, la señorita Elizabeth Monanti. Elizabeth, él es Ian Arzt, un joven pero talentoso erudito shiraberu.

—¿Es en serio? —Ian apartó con suavidad a la pelirroja para poder apreciar mejor a quien la acompañaba—. Por todos los señores del cielo, en verdad es usted —le tomó una mano a Elizabeth y se la llevó a los labios—. Es todo un honor conocerla, señorita Monanti.

—El gusto es mío, señor Arzt. Y por favor, llámeme Elizabeth.

Ian le besó el dorso y sonrió.

—Entonces, tú puedes llamarme Ian.

—¿Por qué no van a servirse mientras yo cuido la mesa? —sugirió Gabriella, dirigiéndole a Elizabeth una mirada significativa—. Así aprovechan para conocerse.

La chica aceptó la proposición. Se acercaron a una barra larguísima que ocupaba gran parte de una pared, en donde todos hacían fila y se servían de los diferentes platillos expuestos. Elizabeth tomó un plato y escudriñó  el espacio a fin de localizar los habituales palitos de madera, pero no los encontró. No le dio mayor importancia y siguió su camino a lo largo de la fila, al mismo tiempo que conversaba con Ian y miraba de reojo las bandejas, en busca de algo que le apeteciera.

—Y dime, Ian, ¿qué habilidad tienes?

—Puedo atravesar muros —respondió el aludido y se sirvió un puré de lo más apetitoso, que Elizabeth también añadió a su plato—, aunque la verdad, hace siglos que no le dedico tiempo al desarrollo de mi don. ¿Tú qué habilidad tienes?

—La telequinesis, la laceración y la protección.

Ian silbó, asombrado.

—Vaya, es la primera vez que sé de alguien que tiene más de una habilidad… sin contar a los Magyassu, por supuesto.

—¿Qué es un Magyassu?

—Alguien que puede desarrollar un sinfín de habilidades —dijo una voz aterciopelada detrás de ellos—, también poseemos un encanto natural, si se me permite decir.

Elizabeth se volvió hacia la voz. Detrás de Ian iba un hombre de lo más extraño, con el pelo negro trenzado hasta el nivel de la cintura, sus ojos bicolores, rasgados con ligereza, negro y rojo respectivamente, su piel amarillenta y sus facciones finas le daban cierto aire exótico. Llevaba puesta una túnica negra con bordes plateados, del lado del pecho se distinguía un bordado que dibujaba un ojo.

—Hüteur Kotoro —lo saludó Ian con una inclinación de cabeza—. Qué gusto verlo otra vez, señor.

—El gusto es mío, joven Arzt, me produce especial satisfacción que ex alumnos de esta escuela vuelvan para postularse para Garque.

—Por favor, permítame presentarle a quien me acompaña, la señorita Elizabeth Monanti.

El hombre examinó a Elizabeth con detenimiento, sus ojos emitían un extraño magnetismo.

—Es usted una dama excepcional, señorita Monanti —habló él y su sutil sonrisa le provocó a la joven un agradable cosquilleo—. Me honra estar en su presencia.

—Oh, no, señor, yo soy la halagada —la chica inclinó la cabeza y esbozó  una tímida sonrisa—. Elizabeth Monanti a sus servicios, señor.

—Qué encantadora —él soltó una alegre carcajada—. Va a ser muy interesante verla participar en las pruebas, señorita Monanti.

—Haré mi mejor esfuerzo, señor.

—Mira, Elizabeth, te recomiendo que te sirvas de estas —Ian le señaló una bandeja donde yacían unas jugosas costillas asadas—, se sumergen en una de esas salsitas y mmm, quedan deliciosas.

—De acuerdo, las probaré.

—Con permiso, hüteur Kotoro —Ian se despidió del hombre con una inclinación de cabeza y agarró un par de vasos los cuales rellenó con leche de cabra—, que tenga buen provecho.

—Igualmente, muchachos —respondió el hombre educado—, ¡no olviden agarrar muchas servilletas! —agregó antes de que se perdieran, a lo que Elizabeth volvió al trote y tomó un fajo de paños de papel.

Regresó al lado de Gabriella, quien de inmediato husmeó lo que habían servido en sus platos.

—Humm, eso se ve bueno —señaló las costillas—. Iré a servirme, ahora les toca a ustedes cuidar la mesa.

—Lo que no he traído han sido los palitos de madera —recordó Elizabeth—. O no los encontré, o los ponen en otro lugar.

—No, lo que ocurre es que la cena no se come con palitos, se come con los dedos —Elizabeth la miró consternada, Gabriella soltó una risita—. Sí, mira, las comidas aquí son de la siguiente forma: son tres, pero en cada una tanto los platillos como la forma de comerlos varían. Si se trata de comida japonesa, pues ponen palitos de madera, pero en este caso, es una cena griega, y se come con las manos. Los únicos utensilios que encontrarás son las paletas de madera, útiles para comer los purés. A veces, aunque muy raras, colocan uno que otro juego de palitos, pero se los apropian quienes llegan temprano —se encogió de hombros.

—¡Hoy la cena está exquisita! —exclamó la voz de Kya de repente, Elizabeth dio un brinco del susto. La muchacha se sentó al otro lado de Gabriella, en su bandeja se apreciaban un par de palitos de madera, al mismo tiempo una alumna con el pelo despeinado y un aruñón en la cara, pasó por su mesa y le dedicó a la erudita una mirada asesina—. Gaby, yo tú me apuraba o te vas a quedar sin comer.

Ian miró los palitos, después a Kya y arqueó una ceja.

—Eso, o se los arrancas de las manos a otro estudiante —le susurró a Elizabeth por la comisura de los labios, esta rió divertida.

—¿Puedo sentarme? —Cleopatra ocupó un puesto sin esperar respuesta, Elizabeth agradeció en silencio que no hubiese ido a sentarse al lado de ella. «Dale tiempo al tiempo», se recordó a sí misma y respiró hondo, aunque sin pasar por alto la expresión abatida de la joven.

—Hey, Cleo, ¿sólo piensas cenar eso? —preguntó Ian con la frente arrugada, Cleopatra no tenía en su bandeja más que un vaso con leche—. ¿Te sientes mal o algo?

La otra se encogió de hombros.

—Sólo malos ratos, no te preocupes.

—¡Vamos Cleo, no dejes que te afecte! —habló Kya con irritación—. Al diablo lo que diga Andrómeda y el mundo entero, aunque si quieres, le puedo incinerar las entrañas.

—¿Por qué? —cuestionó Ian—. ¿Qué ha dicho Andrómeda?

—¡Ha dicho que mis pechos son falsos!  —exclamó Kya casi escandalizada, Elizabeth quiso taparse la cara con el almohadón, en especial al percatarse de que varios curiosos habían volteado a verlos—. ¡Hazme el favor, mis pechos falsos! Estas preciosidades son naturales, ¡ya quisiera esa perra tenerlos! —arqueó más la espalda para darles realce a sus senos, Elizabeth estaba roja de la vergüenza, y eso que no era ella quien se exhibía—. Ah, y ha despreciado a Cleo por ser lesbiana.

—He… me bastaba con lo último —Ian carraspeó, pero se dirigió a Cleopatra—. Kya tiene razón, Cleo, no deberías dejar que esas cosas te afecten, en especial, si vienen de Andrómeda. Ya sabes cómo es.

—Yo repito mi oferta —dijo Kya muy seria—. Si quieres, la rostizo de adentro hacia afuera. ¿Cómo se atreve a decir que mis pechos son falsos? —se giró hacia Ian—. A ver, Ian, ¿tú qué crees? ¿Te parece que mis pechos sean operados?

El erudito se puso bastante nervioso. Por el contrario, Cleopatra parecía haber olvidado su depresión, divertida ante la escena y, en especial, ante la cara traumatizada de los otros dos.

—Eh… bueno yo…

—Míralos bien, Ian —Kya se puso de perfil, a esas alturas Elizabeth tenía la cabeza casi sumergida en su vaso de leche—. ¿Verdad que son puro encanto natural?

—Yo creo, señorita Kalonice, que toda usted ha sido esculpida por la Diosa Afrodita.

Los cuatro desviaron las miradas. En el último almohadón vacío —sin contar el de Gabriella— se había sentado un hombre que debía rondar los veinticinco siglos, para nada agraciado, de ojos oscuros, cabello color paja, rostro fofo y una barriga prominente que, de hecho, causó asombro a Elizabeth, ya que esta no parecía impedirle arrodillarse con la espalda muy recta.

—Qué amable, Egbert —Kya forzó una sonrisa—, me da gusto ver que hay al menos alguien que aprecie la verdadera belleza.

—Elizabeth, te presento a Egbert Förhatlig —presentó Ian—, antiguamente un erudito Tajou, actualmente especialista en armas y candidato para Cuarto al mando.

—¡Por todos los Dioses! —el hombre desorbitó los ojos—. Pero si es usted, Ojou-sama, mil perdones por no reconocerla. Eh… —agregó al ver la túnica gris que llevaba puesta la muchacha, idéntica a las del resto—, disculpe mi atrevimiento, Ojou-sama, ¿pero a qué se deben sus vestimentas y su presencia entre nosotros? Digo, no es que me moleste pero…

—Pierda cuidado, señor Förhatlig —le sonrió la joven—. Y por favor, llámeme Elizabeth.

Prosiguió a explicarle el porqué de estar entre los eruditos, Gabriella llegó al cabo de unos segundos, con lo que pudo enterarse de toda la historia. El resto de la velada fue muy amena. En realidad, el ambiente que inundaba el comedor era ligero y agradable, a diferencia del comedor de los Garque, en donde, y aun cuando se respiraba un aire de tranquilidad, no transpiraba esa frescura y camaradería por cada rincón. Al principio, comer con las manos se sintió un tanto incómodo, pero al notar la despreocupación del resto por ese hecho, (salvo en Kya, que comía refinada haciendo uso de los palitos de madera) se relajó y empezó a disfrutar la comida también. Lo único que la perturbaba a ratos, era la presencia de Cleopatra, más todavía al sentir su mirada sobre ella. Había fruncido el ceño, con los músculos tensos y, apenas se hubiese terminado su vaso de leche, se levantó y se fue.

—¿Pero qué le ha ocurrido? —preguntó Egbert, confundido.

—Iré a verla —Gabriella terminó de degustar su dulce, se limpió las manos con un par de servilletas húmedas que habían puesto más tarde y se levantó—, ustedes sigan, seguro que no es nada.

No obstante, Elizabeth sabía que sí era algo, algo relacionado con ella. ¿Habría leído su mente y descubierto sus inseguridades respecto a lo que era? O tal vez… una luz repentina se encendió en su cabeza y, aunque no le gustase evocar el recuerdo de aquella persona de ojos zafiro, no pudo evitarlo.

—Ian —captó la atención del muchacho—, ¿qué habilidad tiene Cleopatra?

—Es empática —respondió el científico e hizo una mueca—. Por eso le ha afectado tanto lo que dijo Andrómeda, no fueron sólo sus palabras, sino su genuino desprecio hacia sus preferencias sexuales.

Elizabeth asintió. Ahí estaba su respuesta al súbito cambio de actitud de Cleopatra. Sin duda, había percibido sus sentimientos de miedo e inseguridad referentes a ella. Suspiró, debió esquivar su mirada a toda costa, así quizá habría atribuido sus emociones a otra cosa. Uno a uno los eruditos se fueron despidiendo, el camino de vuelta a los dormitorios lo hizo en compañía de Kya quien, no paraba de hacerle preguntas acerca de Ian.

—¡Pero fue tan obvio! —decía sin cuidar el volumen de su voz—. Charlaba contigo con mucha naturalidad, Ely, seguro que le gustas.

—No creo, Kya —la chica tenía las mejillas encendidas—. Apenas hemos charlado unos minutos.

—¿Y? —ella se encogió de hombros—. Eres muy bonita, basta con un vistacito para que cualquier hombre quede prendado de ti. Bueno, no tanto como ocurre en mi caso, pero sí que eres linda.

Elizabeth rió divertida y arqueó una ceja.

—Gracias, Kya. Es un deleite estar «casi» a tu altura.

—De nada, querida. Considérate afortunada.

Elizabeth negó como dándola por caso perdido, y juntas se adentraron en la habitación que compartían. Gabriella y Cleopatra terminaban de conversar de algo, las dos recostadas bocabajo en el suelo. La pelirroja sonrió al identificarlas mientras que, su amiga mantuvo una expresión neutra pero a la vez, cordial. Elizabeth notó que ya no la miraba de mala manera, sino que parecía entenderla, se lo decía la compasión que brillaba en sus pupilas. Aunque tampoco la forzaba a aceptarla, simplemente, se mantenía al margen.

—¿Qué tal la sobremesa? —preguntó Gabriella.

—¡Estupenda! —Kya codeó a Elizabeth por las costillas y esbozó una sonrisilla pícara—. A Ely le gusta Ian.

La aludida enrojeció hasta las orejas.

—¡Eso no es cierto! —dijo azorada—. Apenas y le conozco y…

—Bueno, bueno, pero tú a él le gustas. Mis sentidos no me engañan, puedo oler a una persona enamorada —Kya se dio de toquecitos en la nariz—, e Ian está loco por ti.

—N…No lo creo, Kya. Sólo… sólo hemos intercambiado algunas palabras amigables.

Gabriella se carcajeó.

—Ya, Kya, déjala en paz —dijo divertida—. O harás que no quiera ir a desayunar mañana, por miedo a tropezarse con Ian.

—Pero miren nada más a quién tenemos aquí —habló una voz áspera desde el marco de la puerta—, a la reina de la ineptitud.

—Hola, Momoka —saludó Gabriella en tono ácido, desaparecida la expresión alegre de hacía ratos—, también me da gusto verte.

—Cuando te vi en la mañana creí que era cosa de una mala racha, pero ahora me queda claro que los Dioses no me favorecen —escupió la mujer, esbelta y bastante alta, de facciones endurecidas y cabello negro recortado por debajo de las orejas, con ojos de un azul pálido. Miró por primera vez a Elizabeth, y aunque su semblante no varió, sus pupilas sí que se dilataron—. Pero… ¿qué…?

—Elizabeth Monanti para servirle, señorita Momoka —se presentó la chica no sin cierto tono afilado—, la reina de la ineptitud, tal y como ha llamado a mi amiga, me ha hablado mucho de usted.

Momoka le disparó una mirada asesina a la pelirroja, mas no se acobardó.

—Un gusto conocerla, señorita Monanti —inclinó el cuerpo ligeramente—. Será un honor tenerla entre nosotras. Aunque si me permite aconsejarle, le sugiero que tenga cuidado con las relaciones que forja. Hay gente aquí que no vale la pena.

—¡Por los Dioses, pero qué desagradable eres! —exclamó Kya con los ojos chispeantes—. En serio Momoka, ¿qué te ha hecho Gaby para que la trates así?

—Déjala, Kya. Hay gente que no vale la pena.

—Le agradezco su… consejo —Elizabeth mantuvo el porte—, pero le aseguro que sé perfectamente con quién relacionarme.

Momoka cabeceó, pero no dijo nada más. Se dirigió a una de las literas, la que ya estaba ocupada en la parte inferior por las cosas de Andrómeda, y procedió a deshacer el equipaje.

 

—¿Beryl Wonna? —repitió Bryant con ceño—. ¿No es la afamada pitonisa, hija de la difunta Sheila Wonna y protegida de Itzal?

—La misma —Astucieus incineró la nota—. Al parecer, ha realizado una predicción acerca de Elizabeth.

—¿De Elizabeth? ¿Y qué dice?

—¿Y a ti qué te importa? —soltó Astucieus sin pensar. Inhaló hondo y se masajeó la sien—. No pruebes mi paciencia, Dikoudis, porque no estoy de humor.

—No pruebo tu paciencia —Bryant puso los ojos en blanco—, simple y sencillamente quiero saber si Elizabeth corre algún peligro.

—Bueno, ya puedes quedarte con la duda, porque eso no lo sé. Beryl… quiero decir, la señorita Wonna no ha comentado nada respecto a la predicción, para ello me ha citado mañana en el oráculo.

Bryant arqueó las cejas.

—¿Y por eso te has enfadado tanto? ¿Porque tienes que levantarte temprano para ir al citatorio?

—¿Señores Garque?

Astucieus estuvo a dos segundos de rostizar al soldado.

—¿Y ahora qué quieres? —espetó.

—Más correspondencia, señor. Del Verzaik y la señora Dadle respectivamente.

—Trae aquí —Astucieus le arrebató las cartas de la bandeja—. Ahora, lárgate antes de que se me antoje convertirte en una antorcha humana.

El hombre no necesitó que se lo repitieran. Chocó talones y dio media vuelta, Bryant apenas y reaccionó cuando el Segundo al mando le lanzaba uno de los sobres.

—Lee a Dadle —ordenó su compañero, a la par que rompía el sello del otro mensaje—, no me apetece leer sus berridos seniles.

Bryant suspiró, pidió paciencia a la Diosa Senet y abrió el sobre. Lo leyó con detenimiento mas, con cada línea que avanzaba, su tez se tornaba cetrina. Miró a Astucieus con severidad, el hombre había terminado también y al igual que la carta anterior, le prendió fuego, como si aquello le proporcionara un siniestro placer.

—Astucieus, tenemos un problema.

—Lo sé, el Verzaik estará aquí dentro de tres días —gruñó el aludido—. Y quieren ver a Elizabeth.

—Oh, no —Bryant se pasó una mano por el rostro—, entonces es un doble problema.

—¿Por qué? —su compañero lo miró, por primera vez, con interés—. ¿Qué dice la arpía de Dadle?

—Dice que Elizabeth se encuentra ya integrada entre los eruditos… pero que tenemos prohibido hablar con ella, sea cual sea el motivo.

—¿Y? —Astucieus se encogió de hombros—. Es el Verzaik. Si ellos quieren verla, Dadle no puede oponerse, por más graznidos que dé.

—No lo digo por eso, Astucieus. Tenía pensado darle a Elizabeth un frasco con infusión capsciere para que pudiese asimilar mejor todos los contenidos, pero si no puedo verla, ¿cómo se supone que lo haga?

Astucieus enarcó una ceja.

—Vaya, eso sí me sorprende, ¿el señor rectitud quiere hacer trampa en las pruebas? —se burló.

—¡No es eso! —se enfadó el castaño—. Tú deberías entenderlo, por todos los cielos —se rascó la cabeza con exasperación—. ¿Cómo pretendes que Elizabeth aprenda todo lo necesario para pasar las pruebas? Podrá ser el Monanti, pero nadie memoriza cientos de volúmenes en una semana. Tampoco normas de etiqueta de diferentes culturas, mucho menos sus idiomas. Y si no mal recuerdo, a ti te conviene que ella sepa todo eso, o serás tú quien ascienda al poder —esta vez, Astucieus sí captó el mensaje. Palideció—. Así que dime tú, ¿qué rayos vamos a hacer? Porque para el inicio de las pruebas faltan siete días, pero para la llegada del Verzaik, tres.

Astucieus tragó con fuerza, al mismo tiempo que una gota de sudor resbalaba por su sien.

—Hacerle llegar a Elizabeth esa infusión… así se me vaya la vida en ello.

—Pues piensa rápido cómo lo vamos a hacer —ironizó Bryant—, porque no tenemos una vida.

 



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