Historia al azar: ¿La Mazmorra V.I.W?
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Destino II. Epidemia. » Cuando el pasado escribe al presente
Destino II. Epidemia. (R15)
Por Kajiura
Escrita el Martes 5 de Mayo de 2015, 23:20
Actualizada el Sábado 8 de Abril de 2017, 04:07
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Cuando el pasado escribe al presente

IV

Cuando el pasado escribe al presente

 

Astucieus se dejó caer sobre la cama, exhausto.

Había sido un día realmente agotador. Para empezar, la Reunión con el Saigrés había salido fatal, y el resto del día no había sido mejor. El recuerdo de Zehel diciendo esa sarta de mentiras acerca de él, sólo para quedar bien ante los eruditos y Bryant, apenas lo había dejado concentrarse en sus labores. Y si a eso se le agregaba el hecho de que había tenido que enfrentarse al idiota de Dikoudis y a Elizabeth…

Por una parte, sentía pena por la chica: su compañero tenía razón, la joven había cumplido de manera excepcional su misión y por ende, lo mínimo que se merecía era que le permitiesen realizarse. No obstante, el Dios de Dioses lo había dejado entre la espada y la pared, y Elizabeth era la única capaz de medio librarlo de su perdición. A él, y al mundo entero. Cerró los párpados, con lo que los recuerdos de lo acontecido hacían milenios volvieron a sus pensamientos.

 

El calor de las velas llenaba la estancia, sus ojos, con más resentimiento que astucia, contemplaron el dibujo trazado con determinación escalofriante. Desde que ella lo había dejado las cosas parecían irle de mal en peor: lo habían despedido de su trabajo, su relación con Âkil se había deteriorado debido a su pésimo humor y, por si fuera poco, le había ido de lo peor en aquellas primeras pruebas para ser Garque.

En un principio, se mostró inseguro respecto a si participar en las pruebas o no, debido a que si llegaba a convertirse en uno, su relación con Beryl estaría prohibida; los guardianes no tenían permitido casarse ni tener relaciones con gente ajena a la pirámide. Pero transcurridos varios meses sin que ella volviera a dirigirle la palabra, había terminado de convencerse.

Por desgracia, convertirse en Garque no era nada sencillo, sin contar con que no podía sacársela de la cabeza, a ella y a lo que había ocurrido. ¡Él no había tenido la culpa! ¿Por qué entonces esa maldita actitud? ¿Es que no se daba cuenta de que a él también le había golpeado el hecho?

—No importa —murmuró con amargura, colocándose en la punta del triángulo luminiscente—. He tomado una decisión, y no pienso echarme hacia atrás.

Respiró hondo y soltó el aire despacio, sus ojos cerrados a fin de evitar cualquier tipo de distracción. Le demostraría a Beryl y al mundo entero que no les necesitaba, más aún, que nadie se metía con Astucieus Thrampe y salía impune.

—Me alzo a desafiar el poderío Celestial —recitó sin titubeos—, ha muerto en mí la lealtad que pude procurar…

Abrió los ojos. Todas las llamitas que segundos antes titilaban se habían paralizado, casi solidificado cuales agujas de vidrio carmín. Aquel hecho le provocó un escalofrío a lo largo de la columna, una vocecita en su interior gritó que se detuviera, pero el rencor y el dolor fueron más fuertes y lo instaron a continuar:

—Yo soy mi propia voz y clamo al árido desierto de cenizas y acero, en busca de lo que ofreces, oh Señor que comanda las Legiones Etéreas, de lo que ha muerto y no puede volver a morir…

La tierra se estremeció con ligereza, una última advertencia antes de que culminase con el rito que lo cambiaría todo. Pensó en sus abuelos, en su difunto padre a quien odiaba por haberlo maldecido…no, no se detendría.

—Escucha a este siervo que regala magia, carne y sangre como ofrenda —continuó, algo en su interior burbujeaba, el aire se había vuelto tan denso que se habría podido cortar con un cuchillo—. . Ven a mí, gran espíritu corrupto. ¡Acógeme bajo tu manto, porque soy tu verdadero adorador!

Aguardó, con la adrenalina acelerándole el pulso; las llamas seguían sin moverse, pese a ello algunas gotas de sudor le perlaban la frente.

Entonces, las velas se apagaron. Permaneció muy quieto, a la espera de que algún ruido lo alertase mas, el silencio fue su único compañero.

Sin previo aviso, un punto de luz roja apareció en la pared del fondo, sobre la que trazó un rectángulo, este a su vez sobresalió y se deslizó hacia dentro como una puerta, emitiendo un rechinido espantoso. Astucieus tuvo que hacerse pantalla con una mano para proteger sus ojos de la luz escarlata que se derramó sobre él, procedente de la nueva entrada. Una vez acoplado, intentó ver más allá, pero fue inútil. El brillo sobrenatural que irradiaba parecía invitarlo a que se adentrase en sus profundidades.

Se levantó cauteloso y caminó hacia la abertura, sus ojos se estrecharon a tal punto que se vio obligado a cerrarlos, culpa de la intensidad de la luz; detrás de él hubo un portazo, aun así no se amilanó.

No tuvo que esperar mucho para poder abrir los ojos de nuevo, puesto que el resplandor rojizo se apagó al cabo de unos segundos y le permitió enfocar. Ya no se hallaba en su apartamento, una larga explanada de roca y ceniza era la nueva panorámica, misma que terminaba a orillas de un río. Densa neblina flotaba en el ambiente, a sus oídos llegaba el sonido de lamentos humanos.

Miró a su alrededor pero no encontró nada, el terreno austero se extendía detrás suyo y a cada uno de sus costados. Ni rastro de la puerta que lo había traído hasta allí. Lo único que le quedaba era dirigirse a la orilla del río.

Con los sentidos alerta se aproximó, despacio, su aguzada vista intentó traspasar la neblina, todavía más densa en ese punto. Se percató de que el sonido lastimero se había intensificado, por lo que bajó la cabeza en dirección a las aguas.

Ahogó una exclamación y retrocedió unos pasos, perturbado. Lo que al inicio creyó que era agua resultaron ser cuerpos etéreos que se entremezclaban, manos que se extendían en busca de algo a lo que aferrarse, rostros contorsionados en muecas horrendas y expresiones adoloridas. Conservaban una tonalidad gris semi transparente y flotaban por un canal ancho,  bien delimitado.

Se obligó a guardar la compostura, a no perder los estribos ante el pavor que de pronto lo había invadido. Estuvo a punto de apartar la vista del río de almas, cuando una figura a lo lejos captó su atención. Al principio se manifestó sólo como una sombra difusa, pero conforme se acercaba, Astucieus fue capaz de distinguir la barca y el ente al que transportaba. Tenía el cuerpo recubierto de escamas negras y doradas, las manos con uñas larguísimas y el cuello dividido en dos cabezas, una de hombre y la otra de mujer.

—Bienvenido al mundo de las tinieblas, mortal —le saludaron ambas cabezas, sus voces gloriosas contrastaban con su apariencia grotesca.

—¿Ustedes… ustedes son…?

El ente soltó una carcajada.

—No, no somos ese a quien buscas —dijeron con sonrisas mordaces—, él ha decidido ponerte a prueba antes de pactar contigo. Nosotros somos quienes recibimos a las almas, y a los mortales osados como tú. Somos la personificación de la noche, de todo lo que hace a los tuyos gritar y encogerse.

—Apep —musitó Astucieus—, el Dios del sufrimiento.

Los ojos de Apep centellearon, malévolos.

—El mismo —amplió la sonrisa—. Eres muy afortunado, mortal. El Shujouk rara vez se interesa por uno de ustedes… aunque tampoco es que sean muchos los imbéciles que se atrevan a invocarlo. De cualquier forma, falta ver si llegas  hasta el final. Las reglas son las siguientes: tienes que recorrer el inframundo de punta a cabo hasta llegar a la Daépolis, en donde te esperará un Monva, quien a su vez te guiará hasta el Shujouk.

—¿Eso es todo? —preguntó Astucieus, incrédulo—. ¿Sólo tengo que caminar hasta llegar a la ciudad de los demonios?

La cabeza de mujer soltó una risita sardónica.

—Yo no diría que «sólo tienes que caminar» hasta allí.

Indicó con un gesto el río de almas, con lo que Astucieus captó la indirecta. No iba a ser tan sencillo. Después de todo estaba en el infierno y, dudaba que sus habitantes fuesen a ser hospitalarios con él, o a darle indicaciones si se perdía. Sin embargo, él era lo bastante testarudo —o lo bastante idiota, tal y como había dicho el Dios—, como para no darse por vencido.

—¿Qué es lo que quieres para cruzarme del otro lado? —inquirió con una ceja en alto.

—Ya hablas nuestro idioma, mortal —siseó la cabeza masculina—, parece que eres más listo de lo que aparentas. Bien, lo único que tienes que hacer es resolver mi acertijo. Si lo haces te cruzaré del otro lado. Si no, te arrancaré el alma y la arrojaré junto a las demás.

—Perfecto —Astucieus se sonó los dedos de las manos—, soy bueno con los acertijos.

 

Astucieus parpadeó y volvió a la realidad, sacado de sus remembranzas ante los golpes en la puerta. Suspiró y se levantó, bajo el marco lo esperaba Misaki, la criada que había ocupado el papel de dama de compañía de Elizabeth.

—Lamento la interrupción, señor Thrampe —la mujer realizó una inclinación con los brazos pegados al cuerpo—, pero me envía el señor Dikoudis. Quiere saber si bajará a cenar, señor.

—¿Y por qué no me lo ha preguntado él mismo a través del canal telepático?

—Lo desconozco, señor.

El hombre volvió a suspirar y se pasó una mano por el rostro.

—Sí, de acuerdo, dile al señor Dikoudis que enseguida bajo.

—Como ordene, señor —respondió la criada, mas permaneció inmóvil en su sitio—. Yo… ¿señor?

—¿Sí?

—Perdón si sueno atrevida, pero quería saber si usted podía… bueno... —carraspeó, Astucieus la miró con una ceja en alto—. Quería saber si podía darme un aumento, señor.

El hombre lució asombrado.

—Vaya, Isaiods, siempre supe que tenías una lengua muy larga, ¿pero esto? —le dedicó una mirada desdeñosa—. No estoy muy al corriente del sueldo de la servidumbre, pero sí me enteré de que el tuyo aumentó al convertirte en la dama de compañía de la señorita Monanti. Y dudo mucho que, a pesar de que ya no está ella, el señor Dikoudis, que es también el encargado de la economía ahora, te lo haya quitado.

—No lo ha hecho, no —dijo Misaki sin atreverse a mirarlo, si bien Astucieus pudo ver un brillo de enfado en sus ojos—. Pero mi madre está enferma, y el dinero que gano no es suficiente para pagar su estancia en el hospital. No saben qué es lo que la aqueja y tiene que quedarse ahí unos días.

—Pues lo lamento mucho —dijo Astucieus sin sentirlo en realidad—, pero no puedo darte ese aumento. ¿Por hacer qué? Ya ni siquiera cumples como dama de compañía. Agradece que el señor Dikoudis no te ha reducido el sueldo a lo que tenías antes.

—Y lo agradezco, pero…

—Escucha, Isaiods, no eres la única que tiene carencias económicas. La diferencia es que el resto de la gente se esfuerza por solventar sus necesidades, en vez de esperar a que el dinero les caiga del cielo —escupió con acidez—. ¿Quieres más ingresos? Prostitúyete en las esquinas. Si administras bien tu tiempo terminarás temprano para iniciar tus labores aquí.

Misaki estaba roja de la rabia. Astucieus no le dio tiempo a decir nada más, giró sobre sí mismo y le cerró la puerta en las narices.

 

El silencio que siguió a la partida de Andrómeda fue de lo más incómodo. Ninguna de las cuatro se movió, Kya roja como un tomate a causa del último comentario de su rival, Cleopatra con la mandíbula tensa, Gabriella con el ceño fruncido y Elizabeth, fija la mirada en donde antes había estado la erudita Mantum.

—Iré a dar una vuelta —comentó Cleopatra y se levantó—. Las veré en la cena.

Abandonó el recinto con paso apresurado, Elizabeth se limitó a soltar aire y girarse al armario que había escogido para guardar sus pertenencias. Las otras dos estaban demasiado abstraídas en sus cavilaciones como para notar cuando se adentró en uno de los cuartos de baño.

Se desvistió y metió bajo la regadera. El golpe de agua fría le ayudó a despejarse un poco o, al menos, sirvió para quitarle parte de la incomodidad que había experimentado. ¿A qué se había referido Andrómeda al decir que Cleopatra era una sucia lesbiana?

Se masajeó las sienes. A veces sentía que a pesar de poseer habilidades extraordinarias, no terminaba de encajar allí. Sus conceptos, en comparación con los de los cultrorianos, parecían por momentos demasiado diferentes, y ello la hacía sentirse algo sola.

Pensó en las jóvenes que se hallaban afuera, en la gente que había atendido durante su etapa de Garque provisional. No, no estaba tan sola en aquel mundo extraño. A su memoria acudió el recuerdo de las palabras dichas por su hüteur durante aquella primera comida que habían compartido: «un gobernante tiene poder gracias al apoyo de sus súbditos, y éste sólo se consigue si lo admiran o le tienen miedo. Y usted tiene que hacer que le sigan por admiración, por respeto.». Sabía que existían eruditos que la admiraban (aunque ella no se sintiera merecedora de esa admiración), e iba a sacar provecho de eso: se apoyaría en ellos para tener éxito y, de paso, haría nuevos amigos. Suspiró, a sabiendas de que no iba a ser tan sencillo como parecía.

Empezando porque, iba a tener que preguntarle a Kya y Gabriella sobre el término que no había entendido, así pasase un desagradable momento. Al salir de la ducha se percató de que en la estancia sólo se encontraba Gabriella, Kya debía estar en el otro aseo, puesto que podía oírse el correr del agua detrás de la puerta. Para su fortuna, Cleopatra no había vuelto de su paseo, lo que le daría, hasta cierto punto, mayor libertad para hablar.

—Esto… —comenzó diciendo, con lo que la pelirroja le prestó atención—. Sé que nos acabamos de conocer, señorita Altus…

—Gabriella —le corrigió la muchacha con amabilidad—. Puedes tutearme.

—Oh, muchísimas gracias, Gabriella —le sonrió—. Verás, sé que acabamos de conocernos pero, no sé a quien más recurrir, ya que no se me permite hablar con ninguno de mis hüteur.

—Entiendo. No te preocupes, puedes preguntarme, yo intentaré ayudarte en lo que pueda.

—Bien… —Elizabeth carraspeó—: me percaté de que la señorita Andrómeda no parece simpatizar con la señorita Cleopatra pero, ¿por qué la ha llamado «sucia lesbiana»?

Gabriella parpadeó, despacio; parte de su afabilidad parecía haberse esfumado.

—¿Lo dices en serio? —dijo con algo de suspicacia—. Porque si es una broma de mal gusto…

—¡No, no! Lo que sucede es que… —soltó aire—. Sé que te parecerá increíble pero, yo no nací en Cultre.

—Naciste en la Tierra —atajó Gabriella con calma, pero denotando cierta irritación—. Todo mundo sabe eso, salió en televisión, en las noticias  que hablaban de ti el año pasado. Pero hasta en la Tierra saben qué es una lesbiana.

—No en la época en la que yo crecí —explicó Elizabeth paciente—. Mi tiempo de nacimiento no coincide con tu actualidad. Yo crecí en un pueblo donde la magia estaba penada con la muerte, en donde todo lo diferente era despreciado por la sociedad. Te aseguro que mi duda es genuina, sin ninguna mala intención. De lo contrario, no me molestaría planteártela estando presente Cleopatra.

Gabriella suspiró.

—De acuerdo, te creo. Discúlpame, es sólo que estoy un poco alterada por lo sucedido. Apenas conozco a Andrómeda, pero me ha molestado sobremanera todo lo que ha dicho. Supongo que en general no soporto a la gente abusiva y altanera. Por eso me he postulado para Jueza Mundial.

—Comprensible.

—Sobre tu duda, es algo difícil de explicar, si es que te criaste en una época como la que me describes. Mmm… —arrugó la frente, en un intento por encontrar las palabras apropiadas—. De acuerdo, voy a decirlo como es: una lesbiana es una mujer a la que le atraen otras mujeres.

Elizabeth puso cara de desconcierto.

—¿Cómo? —dijo entre incrédula y sorprendida—. Se supone que Dios… —sacudió la cabeza, a modo de auto-corrección—. Me refiero a que los seres humanos fuimos creados para estar hombres con mujeres, ¿no? ¿Cómo es posible que una mujer se sienta atraída por otra mujer? Eso… eso es…

Se quedó callada de golpe. No quería terminar la frase, no así, y presentía que Gabriella no la condenaría, pero si completaba la oración, ¿no estaría comportándose tal y como lo había hecho Andrómeda?

—Lo lamento —dijo y miró a otra parte, más para nover reflejado en los ojos de la pelirroja aquello que le aterraba—, esto…esto es demasiado para mí.

Gabriella no dijo nada. La observó durante varios segundos, hasta que finalmente suspiró, Elizabeth mantuvo sus ojos apartados de los de ella.

—Sé que es difícil para ti, que no es sencillo tumbar toda una forma de ver el mundo. Pero al menos intenta no despreciar a Cleopatra. Si no puedes entenderlo está bien, pero no la trates como lo ha hecho hoy Andrómeda.

Elizabeth asintió.

—Haré mi mayor esfuerzo. Ahora si me disculpas, creo… creo que necesito tomar aire fresco.

—Espera —la detuvo Gabriella—, tienes que ponerte una de esas —indicó con un dedo las túnicas grises que permanecían dobladas sobre las almohadas de Elizabeth—. Nos identifican como candidatos a Garque. No hace mucho que Momoka las ha traído.

—¿Quién es Momoka?

—Otra erudita. Y si eres inteligente, no te relacionarás con ella.

Esta vez, Elizabeth sí la miró.

—¿Por qué?

—Hazme caso, te lo digo por tu bien.

—De acuerdo —Elizabeth desdobló una de las prendas y se la colocó por encima del vestido que llevaba—, en cuanto ubique quién es intentaré no mezclarme mucho con ella.

Le dedicó una última inclinación de cabeza a su compañera, antes de encaminarse a la salida y abandonar el lugar con paso ligero.

Agradeció que el pasillo estuviese desierto a esas horas, no le apetecía ser cordial en aquellos momentos. Entablar amistad con las eruditas iba a resultar más difícil de lo que creyó, en especial, porque si quería contar con su pleno apoyo, tendría que aceptar que a Cleopatra le gustaban las chicas. Por una parte, no deseaba discriminar a la muchacha; ella misma había sido rechazada por su gente en Sleepy Hollow, y sabía lo difícil que era relacionarse con aquellos que desconfiaban de uno.

Pero la joven pelirroja tenía razón en una cosa: no era sencillo tumbar toda una forma de ver el mundo. Ciertamente, durante ese año que había pasado junto a Astucieus y Bryant había logrado modificar muchas de sus creencias, pero eso no quitaba que hubiese otras cuyo peso aún cayese sobre su consciencia.

—Pero debo hacer un esfuerzo —murmuró para sí misma—. Estoy segura que no será lo único que deberé aprender… Pero tengo tantas dudas… ¿y si me contagia? ¿Y si se enamora de mí? ¡A mí me gustan los hombres!

—¿Qué te parece si damos una vuelta por los jardines, y así aprovechamos a contestar tus dudas?

Elizabeth ahogó un grito y se detuvo. Giró, Gabriella terminó de darle alcance con expresión serena y una ligera sonrisa.

—Gabriella… —las mejillas de la joven se colorearon de rojo—. Yo… lo siento, no quería…

La erudita, ya con su túnica color gris, realizó  un ademán conciliador.

—Sé que querías estar sola, y créeme, pretendía respetar tu desición, pero te vi tan confundida que decidí mejor seguirte. Además —amplió el gesto afable—, ¿sabes cómo llegar al comedor general?

Elizabeth rió entre dientes, sintiendo como el rubor de su rostro se extendía hacia sus orejas.

—No, la verdad es que no.

—Me lo imaginé —Gabriella le hizo señas para que la siguiera—. Ven, vamos a los jardines. Allí podremos charlar mejor, y luego acudiremos juntas al comedor para cenar.

 

Astucieus encontró a Bryant en el comedor, arrodillado sobre un almohadón blanco, con su cena a medio terminar, más enfrascado en un libro que reposaba al lado de los platos. El Garque se adelantó y ocupó su lugar, pero su compañero siguió sin inmutarse, a lo que agarró uno de los palitos de madera y se lo lanzó, éste fue a dar justo en el espacio entre sus ojos.

—¡Hey! —protestó el castaño con un brinquito del susto, Astucieus rió divertido—. ¿Pero qué rayos te pasa? ¡Casi me sacas un ojo!

—En realidad, mi intención era atravesarte de lado a lado, a ver si así tu cerebro recordaba usar la telepatía en vez de enviar a una criada a buscarme.

—¿Eh? —Bryant lució desconcertado—. Yo no envié a ninguna criada a buscarte. De hecho —frunció el ceño con desagrado—, por mí mejor si te hubieses quedado en tu habitación.

—Esa Isaiods me las va a pagar —masculló Astucieus por lo bajo. Pero miró a Bryant y soltó aire fastidiado—. Escucha, Dikoudis, sé que estás molesto por lo de Elizabeth, pero entiende que Zehel no me ha dejado opción. O asume ella el puesto, o lo hago yo. No, escucha —agregó al verlo con intenciones de protestar—: aunque te ofrezcas voluntario, él no cambiará de parecer. Sabe que no deseo estar a cargo de la gubernatura ni cerca de ella, y hará todo lo que esté en su mano para perjudicarme. Aunque te ofrecieras como voluntario para el puesto, no cambiaría su decisión: o asciende Elizabeth junto conmigo, o lo hago yo solo. Y prefiero la primera opción.

Bryant suspiró.

—¿Por qué te da tanto miedo ser gobernador, Astucieus? —preguntó en lo que casi fue un murmullo—. Si me lo explicaras… si nos dijeras a Elizabeth y a mí qué hay de malo con ello tal vez podríamos ayudarte.

Astucieus lo miró con fijeza. No podía hacerlo. Esa razón era un secreto que sólo Âkil y ciertas divinidades conocían. Si se los revelaba a ellos dos…

—¿Señores Garque?

Ambos guardianes volvieron las cabezas. Astucieus con alivio, Bryant con molestia por haber sido interrumpidos. Tenía la impresión de que Astucieus finalmente iba a confesarle algo.

—¿Sí? —inquirió Astucieus al guardia que se hallaba bajo el marco de la puerta, sobre una charola llevaba un sobre sellado.

—Ha llegado una carta para usted, señor Thrampe —notificó el guardia y realizó una ligera inclinación—. No tiene remitente, señor.

Astucieus chistó con fastidio, se levantó y tomó la carta de la charola.

—Se lo agradezco, soldado. Puede retirarse.

El hombre chocó talones y con paso marcial, abandonó la habitación. Ni bien se había retirado Astucieus rompió el sobre y extrajo la carta que guardaba.

—¿De quién es? —quiso saber Bryant.

Pero su compañero no respondió. Sus ojos se movieron de lado a lado del papel, poco a poco su rostro adoptó un tono ceniciento, sacudidas sus manos por un repentino temblor.

—¿Astucieus? —lo llamó Bryant alarmado—. ¿De quién es la carta?

El hombre estrujó la hoja y apretó los dientes con un aluvión de emociones en el interior. El hermoso rostro de una mujer rubia apareció en sus pensamientos, de sonrisa seductora y hechizantes ojos grises.

—Beryl Wonna —dijo simplemente.

 

****

N/A:

¡Holaaaa amores de mi vida!

Vale, les traigo doble capítulo por el retraso que he tenido en actualizar, y porque he decidido suspender, temporalmente, la publicación de otro de mis fanfics. La cuestión es que mi estado de salud no me permite trabajar al ritmo que tenía antes, y por desgracia, mis originales llevan prioridad. En estos momentos tengo un libro tocando puertas en las editoriales, sin contar con otra novela que quiero registrar y presentar, además de una noveleta que pienso enviar a concurso, sin contar con seguir escribiendo-reestructurando esta saga. Así que una disculpa para quienes van siguiendo «Prohibido ser feliz», pero mis pobres neuronas no dan para tanto.

De cualquier forma, espero que esta segunda parte les esté gustando, por favor, dejen sus notitas/comentarios en la sección correspondiente, al menos para que sepa que no estoy escribiendo en vano, o que estoy metiendo las cuatro hasta el fondo. Déjenme saber de ustedes a través de cualquiera de las formas de contacto, saben que no obligo a nadie a escribirme, pero estaría mintiendo si no dijera que me hace muy feliz que me den sus opiniones, sea cualesquiera estas.

Mientras tanto, me despido deseándoles una linda semana, ¡y que tengan felices lecturas!

Un saludo:

Kajiura.



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