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Destino II. Epidemia. » Erudita a la fuerza
Destino II. Epidemia. (R15)
Por Kajiura
Escrita el Martes 5 de Mayo de 2015, 23:20
Actualizada el Martes 6 de Junio de 2017, 21:43
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Erudita a la fuerza

III

Erudita a la fuerza

 

Bryant se levantó seguido de Elizabeth quien, no daba crédito a lo que había escuchado.

—¿Maestro? —preguntó.

—Ya escuchaste —la cortó Astucieus tajante—: no es una sugerencia, es una orden. Presentarás esas pruebas y te convertirás en la nueva gobernante de Cultre.

—Espera un momento, Astucieus —intervino Bryant, severo—. Creo que has ido demasiado lejos.

—Silencio, Quinto al mando —imperó el hombre—, esta situación está fuera de tus manos. Te relego de tu responsabilidad como hüteur del Monanti.

—¡Pero ni siquiera la has escuchado! —estalló el castaño, furioso; a su lado Elizabeth mantenía la cabeza gacha y las manos cerradas en puños—. ¡Ella no quiere hacerlo, quiere est…!

—Ordené silencio —atajó el hombre en tono gélido, sus ojos contorneados de rojo explicaban el por qué de la repentina mudez de su subordinado, quien boqueaba sin emitir sonido alguno—, y no creo haberlo hecho en un idioma desconocido para tu sabiondo cerebro.

—No, no lo hizo —Elizabeth se interpuso entre ambos guardianes, sus ojos zafiro eran incapaces de ocultar la rabia y el resentimiento en contra de su hüteur—. Ha sido una orden clara y entendible.

—Me alegro —Astucieus liberó a Bryant de su influjo, reprimiendo a su vez un escalofrío. Durante una fracción de segundo, le pareció ver a Tyr reflejado en la mirada de Elizabeth—, porque Megan Dadle vendrá por ti a medio día.

—Como desee, hüteur —respondió la muchacha sin atreverse a mirarlo de nuevo, pero sin suavizar su tono de voz.

Astucieus asintió complacido, antes de dedicarle a Bryant una última mirada de advertencia, para al final rodearse de puntos de luz que lo hicieron desaparecer.

—Es un… —Bryant se pasó una mano por el cuello y disparó una mirada furibunda al lugar donde antes había estado parado su compañero—. Podrá ser inteligente en muchas cosas, pero a veces pierde la cabeza. No sufras, hablaré con él y el Saigrés. Les diré que seré yo quien asuma la gubernatura. Eh… —parpadeó al ver a la chica darle la espalda para encaminarse al armario que había a un costado de la habitación—. Elizabeth, ¿qué haces?

—Empaco —contestó ella sin más—. Agradezco tu preocupación y generosidad, Bryant, pero no olvides que aparte de la palabra del consejo y mi hüteur, está la del señor Zehel. Dudo que puedas oponerte a su voluntad, o que si quiera sea correcto.

Bryant no dijo nada. Elizabeth estaba furiosa, se notaba en el temblor de sus manos, mismo que la joven se esmeró en ocultar al revolver la ropa. Estuvo tentado a acercarse y tomarla de un brazo, pero dedujo que si lo hacía, empeoraría las cosas más que mejorarlas.

—Lo lamento, Elizabeth —dijo con sinceridad; la joven detuvo su faena para prestarle atención—. Jamás creí que proponerte como gobernadora podría acarrearte tantos problemas.

Ella se esforzó por componer una media sonrisa.

—No te preocupes, Bryant. Estaré bien. Si pude adaptarme antes creo que podré hacerlo ahora.

Bryant cabeceó, aunque sabía que la joven no lo decía de verdad. Sin embargo, tampoco tenía escapatoria, no con Astucieus en ese plan inflexible y tirano, no con la palabra de Zehel de por medio.

—Intentaré venir al medio día —le prometió—, así te acompaño hasta las estancias de los candidatos, la señora Dadle puede ser muy desagradable —finalizó con una mueca.

—Descuida, si no puedes, no me enfadaré.

Bryant cabeceó.

—Te dejo —dijo y le besó una mejilla—, no sea que Astucieus venga a sisearme por no estar en mi puesto.

—Que tengas una linda mañana, Bryant. Nos vemos al medio día.

—Hasta el medio día, Elizabeth.

El castaño se rodeó de puntos de luz y desapareció.

Sólo entonces, Elizabeth dejó salir todo lo que sentía por dentro: sus facciones cambiaron por unas abatidas, molestas, con los ojos cerrados con fuerza. Golpeó el armario con un puño. No era justo, no después de lo que había hecho por Cultre y lo que había tenido que perder para conseguirlo.

—¿Por qué, maestro? —preguntó al aire—. ¿Por qué si me enseñó a pelear y a forjarme un destino, ahora viene y me ata de manos?

Apoyó la frente contra el mueble y respiró profundo, a la vez que se esmeraba por calmar el cúmulo de emociones que la atormentaban. Por una parte quería rebelarse, hacer su voluntad; mas Astucieus era su mentor, le debía la vida a él y a Bryant. Encima, pesaba sobre ella la palabra de un Dios y a eso, definitivamente, no podía negarse. Y Bryant tampoco podía ayudarla.

Soltó aire, sacudió la cabeza y decidió retomar su labor, con el objetivo de no darle más vueltas al asunto. Misaki entró al cabo de un rato, por lo que, muy a su pesar, tuvo que contarle cuáles habían sido las órdenes de su hüteur.

—¡Pero no tiene derecho! —se indignó la mujer—. ¡No puede hacerlo, eres libre, puedes hacer con tu vida lo que te plazca!

—Es mi mentor, Mis. ¿Y qué me dices de las palabras del señor Zehel? ¿Me vas a decir que puedo decirle que no a un Dios?

Misaki apretó los labios.

—Podrías invocarlo —sugirió—. Bueno, pedirle al señor Dikoudis que lo invoque por ti. A lo mejor él sí te escucha…

—No se trata de eso, Mis —Elizabeth meneó la cabeza y esbozó una sonrisa triste—. Además, Bryant me dijo que era un Dios sabio, negarme a su sugerencia sería dudar de él

—Pero Liz… —Misaki lució abatida—. Yo… te voy a echar mucho de menos.

—Oh, Mis —Elizabeth la abrazó fuerte—… yo también te voy a echar mucho de menos. Pero no sufras, verás que pasaré las pruebas, me convertiré en Garque y volverás a ser mi dama de compañía.

—Eso espero —la mujer le besó la frente con calidez—, porque no quiero quedarme con el amargado de tu hüteur.

Elizabeth negó y compuso una media sonrisa, como dándola por caso perdido. Retomaron la labor de empacar lo esencial, aunque Elizabeth se resistió al principio, Misaki insistió en que se llevase los pantalones y su traje de batalla, ya que las pruebas que realizarían iban desde aplicar un examen escrito hasta combatir con otros eruditos.

Se preguntó cuál de los grupos era el que presentaba más candidatos para ser Garque, sin evitar ponerse un tanto melancólica al recordar que ya no podría estudiar. De haber podido, le hubiese gustado formar parte de los eruditos sensei, encargados de impartir clases.

El tiempo se le fue como agua entre los dedos. Por desgracia, Bryant mandó un mensaje para avisarle que no podría acompañarla a las estancias de los candidatos, debido a la cantidad excesiva de trabajo que tenía. Así que cuando llamaron a la puerta, se encontraba junto a Misaki, con las manos sudándole de los nervios.

—Buenas tardes —saludó la voz de una mujer, a la que Elizabeth no distinguió bien debido al cuerpo interpuesto de Misaki—, he venido a buscar a la señorita Monanti, la escoltaré a sus nuevas estancias.

Misaki se hizo a un lado, o más bien la apartaron de un empujón, lo que le permitió a Elizabeth encontrarse con la tan afamada señora Dadle. Tenía una cara de amargada imposible de ocultar, al igual que unos ojos agudos y taladrantes que advirtieron a la joven irse con cuidado. Si Astucieus escupía veneno, la erudita seguro mataba de un picotazo.

—Buenas tardes, señora Dadle —se presentó ella, educada; hizo una reverencia a la mujer—, mi nombre es Elizabeth Monanti…

—Sí, sí, sé quién eres. Y francamente, me da lo mismo que hayas acabado con Tyr o con cualquier otro, a partir de este momento no eres nadie, ¿entendido?

—Sí, señora —musitó Elizabeth y se mordió la lengua para no responder una barbaridad. Ya sabía por qué Bryant había insistido en acompañarla.

—Bien —la mujer alzó la nariz—, toma tus cosas y sígueme.

Elizabeth obedeció sin chistar, al pasar al lado de Misaki, esta le dedicó una mirada de aliento y una mueca a la anciana que hizo que aguantase una carcajada.

Erudita y muchacha anduvieron por los pasillos sin intercambiar palabra un buen rato. La segunda estaba muerta de los nervios, ya que si bien había convivido con unos cuantos eruditos en ese primer año que fungió como guardiana, había interactuado más con la gente del refugio, los heridos y desamparados. A los otros los veía con un poco de admiración, y es que sin importar que ella fuese «la poderosa Monanti» ellos sabían más de Cultre, conocían más hechizos y estaba segura, dominaban mejor sus habilidades.

—Debes saber —habló de repente la señora Dadle, haciendo que Elizabeth diera un respingo—, que no podrás hablar con ninguno de los Garque mientras estés en periodo de evaluación. Si nos enteramos de que has intercambiado palabra con ellos, no importa con qué objetivo, quedarás descalificada y por ende, Astucieus asumirá la gubernatura.

—Entendido, señora —asintió Elizabeth muy seria—. Le garantizo que…

—Hablamos de un periodo de seis meses de evaluación —la interrumpió Megan como si no le interesase lo que tuviese que decir—. Cada inicio de mes aparecerán el tipo de pruebas y los días que deberás aplicarlas. Algunas serán escritas, otras serán prácticas; de cualquier modo, no se te permite llegar tarde, copiar en las pruebas teóricas ni posponerlas para otro día. Así ardas en fiebre, tienes que presentarte.

—Sí, seño…

—Dormirás en una misma estancia junto con otras cinco eruditas —siguió la mujer, Elizabeth imploró paciencia a cualquier Dios que se apiadase de ella—. Todas se hacen responsables de sus objetos personales, así que si se te pierde algo, no vengas a lloriquear. Los horarios de comida son estrictos y se llevan a cabo en el comedor general, junto con el resto de los alumnos y eruditos. Si por alguna razón no llegas a tiempo, deberás buscar dónde comer y has de pagarlo de tu propia bolsa.

Elizabeth suspiró y asintió, ya sin preocuparse por responder. No tenía caso, la señora Dadle no la escuchaba. Por fin, alcanzaron unas doble puertas, mismas que tenían talladas las letras «AG» en color rosa.

—Detrás de esas puertas están las habitaciones de las aspirantes a Garque —explicó Megan en tono aburrido—, la tuya es la número cuatro y como te expliqué antes, la compartirás junto con otras cinco eruditas. ¿Alguna duda?

—Ninguna, señora.

—Perfecto —Megan tomó aire y estrechó los ojos, a Elizabeth no le gustó lo que en ellos vio—. Ahora escúchame bien —dijo amenazante, muy cerca de la joven quien había retrocedido hasta chocar contra la pared—: no creas que por ser la Monanti lo vas a tener fácil, chiquilla. A mí no me importa que tu madre haya muerto, no me interesa que tu vida fuese dura. Por nada del mundo pienso permitir que una mosca muerta como tú asuma el poder —curvó los labios en una sonrisa torcida—. ¿Crees que no me huelo lo que Astucieus y tú traman? ¿Crees que no sé que detrás de ti él será quien dé las órdenes?

Elizabeth arrugó la frente.

—Señora, no sé de qué…

—No, conmigo no funcionan tus artimañas —la cortó Megan, Elizabeth empezaba a perder los estribos, más con ese tono y esa mueca de superioridad—. Así que no vengas a querer a hacerte la santa, hija de Tyr.

Elizabeth sintió que le hervía la sangre.

—Él no es…

—Oh, sí, sí es tu padre. Llevas sus ojos, su boca… —la apuntó con un dedo, directo al corazón—. ¿Piensas que no sé que por tus venas corre la pura esencia del mal? —rió sarcástica y negó con la cabeza—. No, muchacha, yo tú no me hacía ilusiones, porque no vas a pasar de la primera prueba.

Suficiente. Había llegado a su límite. Elizabeth compuso una sonrisa de lado, misma que pareció intimidar a la mujer, porque retrocedió unos pasos.

—Lo que usted diga, señora Dadle —dijo con acidez, las puntas de los dedos le hormiguearon, prestas a desintegrarla de un vago ademán—. Pero yo no sólo me hago ilusiones, las vuelvo realidad.

Giró sobre sus talones y atravesó las doble puertas, a su espalda dejó a una Megan con un rictus de cólera contenida.

Al hallarse del otro lado se frotó las manos y soltó aire. Esa mujer era insufrible, ¡apenas la había tratado y ya la odiaba! Como si no fuese suficiente con todo lo que llevaba sobre los hombros, como para que encima tuviese que lidiar con ella. Respiró hondo y se obligó a controlarse, su poder remitió hasta quedar dormido de nuevo. Había estado a punto de cometer una locura, de no ser porque logró contenerse, habría asesinado a la erudita.

Se estremeció sólo de pensarlo. «Tienes sus ojos, su boca…» ¿Era posible que se pareciese a Tyr más de lo que creía? Sacudió la cabeza y se frotó los brazos. No, podrían tener la misma sangre, pero se diferenciaban sobremanera. Empezando porque ella no habría provocado tan terrible destrucción como lo había hecho Tyr.

Localizó la puerta que tenía grabado el número cuatro y la deslizó a un lado, al instante los espejos captaron la luz del sol y la reflejaron por toda la estancia. Al principio la claridad le molestó, culpa del dolor de cabeza que le martilleaba en las sienes, mas no tardó en adaptarse.

Estaba en un dormitorio amplio, con tres pares de literas, diferentes a las que conocía ya que estas estaban hechas de metal. Al lado de cada grupo había dos armarios y dos repisas, en ese momento vacías. De hecho, no había nadie en el recinto aparte de ella.

Se adentró mientras con los ojos recorría el lugar, de decoración sencilla, con una lámpara en el techo que sostenía cinco antorchas y dos puertas en el muro posterior. Dejó sus cosas sobre una de las camas y husmeó el interior del armario que tenía más cerca, antes de inspeccionar tras las puertas, pero sólo encontró dos cuartos de baño.

Regresó a la cama para comenzar a desempacar, todavía con las palabras de la señora Dadle fijas en sus pensamientos: «¿piensas que no sé que por tus venas corre la pura esencia del mal? No, muchacha, yo tú no me hacía ilusiones, porque no vas a pasar de la primera prueba.»

Rechinó dientes y estrujó la prenda que tenía entre sus manos. Podía soportar que Astucieus se portara impositivo con ella, al fin y al cabo tenía cierto derecho, pero que una completa desconocida la juzgase de aquella manera y además la amenazase, eso sí que no lo iba a tolerar.

Sobre todo, nadie iba a impedir que alcanzase su objetivo, (aunque este hubiese sido impuesto) únicamente por llevar la sangre de un hombre al que ni siquiera había conocido. Ella no había pedido ser hija de Tyr, así que nadie tenía derecho a condenarla por ello. Mucho menos, después de todo lo que había hecho por Cultre. No es que pidiese palmas y reconocimiento, pero tampoco estaba dispuesta a que la limitasen por algo de lo que no era responsable.

Terminó de guardar sus cosas y se recostó en la cama, de pronto demasiado cansada. El dolor de cabeza no había menguado, todo lo contrario, estaba segura de que el cráneo se le iba a partir en dos. Y para colmo de males, no había traído ninguna infusión consigo. Cerró los ojos y se puso la almohada encima, al final vencida por el sueño. No fue sino hasta que escuchó voces femeninas que se removió, aunque sin alzar los párpados.

—¿De qué linaje creen que sea? —preguntó una de ellas con un dejo de curiosidad en el timbre.

—Ni idea —respondió otra, más alejada que la primera—, necesitaría verla bien para poder identificarla.

—Mientras no sea como Andrómeda —bufó una tercera, cuyo timbre era más agudo que el de las otras dos—, se supone que tenemos esta semana libre para socializar, ¡y ella ha sido toda antipatía!

—Ella siempre ha sido así, Kya.

—Es una amargada —concluyó Kya en tono molesto—. ¡Y Momoka! Por los Dioses, parece que se hubiera tragado media docena de limones.

—Debe ser porque es una tajou…

—¡Hey! —protestó la que hasta el momento se había mantenido al margen—, yo soy una tajou, y no soy amargada.

Hubo un silencio que se prolongó unos segundos, hasta que las tres se echaron a reír. Elizabeth se quitó la almohada y abrió los ojos, movimiento que bastó para que el trío de féminas se callara de golpe y se  fijara en ella.

—¡Oh, te despertamos! —exclamó la que, por el tono de voz, Elizabeth dedujo se llamaba Kya. Tenía el rostro maquillado con esmero, cabellera cobriza, lacia y larga hasta la cintura, los ojos grandes y expresivos captaron su atención debido al peculiar tono de rosa—. Lo sentimos, no era nuestra intención.

—No se preocupe —sonrió Elizabeth con algo de timidez—, ya he dormido suficiente.

—Santa Tamara… —murmuró de repente una muchacha de ojos almendrados color miel y el pelo caoba echado hacia un lado—. Eres… eres Elizabeth Monanti.

Sus compañeras desmesuraron los ojos al reconocerla.

—¡Por los Dioses, es cierto! —saltó Kya muy emocionada, Elizabeth se encogió y deseó que la tierra se la tragase—. ¡Increíble, vamos a compartir habitación con Elizabeth Monanti!

—Me halaga su efusividad, señorita, pero creo que no me la merezco.

—Tonterías —rechazó Kya con un ademán displicente. Carraspeó y adoptó un porte más formal—. Permíteme presentarme, mi nombre es Kya Kalonice, compito para el puesto de Tercera al mando y soy una erudita shiraberu. Ella —señaló a su amiga pelirroja—, es Gabriella Altus, erudita tajou y candidata al puesto de Jueza Mundial. Y ella —realizó un pomposo ademán a la última muchacha, no más grande que Bryant y de cabello oscuro—, es Cleopatra Canatsu, juega también para el puesto de Tercera y es una erudita Litoi. Es buena con los números, pero no más que yo —agregó y soltó una risa fresca.

Cleopatra rodó los ojos.

—Gracias, Kya. Con amigas como tú, ¿para qué quiero enemigas?

—De nada, querida —ella le guiñó un ojo—, ya sabes, para eso estamos.

Cleopatra bufó.

—Disculpe mi atrevimiento, señorita Monanti —empezó a decir la de nombre Gabriella—, pero no entiendo, ¿qué hace usted aquí? ¿No debería estar en la Morada de los Garque?

—Dígame Elizabeth, por favor —pidió la joven con una amable sonrisa—, y no es ningún atrevimiento. Lo que sucede es que…

—Dicen que el Saigrés duda de sus habilidades —la interrumpió una voz desde el marco de la puerta—, que sospechan que ha hecho pacto con Ferzeo y quieren asegurarse de que no nos traicionará para vengar a su padre.

Las cuatro volvieron la vista en dirección a la procedencia del sonido. Acababa de llegar una joven de porte estirado y ojos perspicaces, enfundada en una túnica color perla, en la zona del pecho del lado izquierdo podía apreciarse un bordado que dibujaba una flor de cerezo. «Una erudita Mantum», recordó Elizabeth, agradecida con los libros que la habían instruido acerca de los eruditos y sus jerarquías.

—Andrómeda —la interceptó Kya, el enfado teñía cada una de sus palabras—, pero qué descortés eres con la señorita Monanti, deberías mostrar más respeto, en especial, porque nos salvó la vida a todos.

—Discúlpame, Kalonice —Andrómeda avanzó unos pasos, sus ojos seguían fijos en Elizabeth—, pero no tengo por qué rendirle pleitesía a quien el Saigrés considera una amenaza.

—¿Quién te ha dicho eso? —intervino Cleopatra con ceño—, apuesto a que son puras habladurías…

—Nadie te invitó a la conversación, sucia lesbiana —espetó Andrómeda, esta vez, sus ojos sí se movieron hacia su interlocutora, mirándola con desprecio y repulsión; Elizabeth no entendió el por qué de esos sentimientos, ¿a qué se refería con la palabra «lesbiana»?—, así que mantente al margen.

—Sin ofender, Andrómeda —objetó Gabriella con una seriedad inusitada—. Cleopatra no se ha metido contigo, déjala en paz.

—Lo que sucede es que le tienes envidia —saltó en defensa Kya—, seguro que llevas milenios sin pareja, estás tan fea que ni los escorpiones de Tyr te harían caso.

Andrómeda soltó una carcajada aguda.

—¡Mira quién lo dice! La señorita plasticidad y pechos falsos.

Los ojos de Kya se encendieron.

—¡Mis pechos no son falsos, tú…!

—¡Kya no! —Gabriella la sujetó por ambos brazos—. ¡Ignórala, no vale la pena!

—¡Sí lo vale, Gaby! —la erudita forcejeó con su compañera, a lo que Cleopatra se apresuró en retenerla también—, ¡le voy a incinerar una pierna y así sabrá lo que es plasticidad cuando tengan que ponerle la prótesis!

—Sí, Altus, déjala que lo intente —Andrómeda extrajo del interior de la manga de su túnica, un látigo de acero trenzado que hizo chasquear en el aire—, hace tiempo que tengo ganas de desfigurarte el rostro, engreída muñeca de plástico.

Gabriella fue la primera en notar sus intenciones.

—¡Abajo! —gritó y obligó a las otras dos a acatar la orden.

Sin embargo, alguien más consiguió actuar tan rápido como ella. Elizabeth había levantado una barrera platinada, la cual consiguió bloquear el ataque de Andrómeda, el látigo rebotó sin mellar en lo más mínimo la protección.

—¿Pero qué…? —dijo la mujer desconcertada.

—Creo que ha sido suficiente, señorita —habló Elizabeth con calma—, no es necesaria tanta violencia. Por otra parte —se levantó, al tiempo que su protección se desvanecía; Andrómeda no volvió a atacar, pero le sostuvo la mirada—, no sé quién le haya proporcionado tal información acerca de mi presencia en estos dormitorios, pero quien haya sido, me temo que está muy equivocado.

Andrómeda enarcó ambas cejas, sin dejarse amedrentar.

—¿Insinúa que la señora Dadle es una mentirosa? —dijo con el timbre envenenado—. Porque fue ella quien me ha dado esa información.

—Por supuesto que no —Elizabeth ayudó a Cleopatra a ponerse de pie—, aunque sí creo que la percepción de la señora Dadle difiere bastante de la mía y de la de mis señores Garque, quienes, son responsables de solicitar que yo presentase las pruebas. Si se queda con la versión de ellos o con la de la vicepresidenta, es decisión suya, pero le pido de favor que no promulgue una sola perspectiva como única verdad.

Andrómeda sonrió de lado y entornó los ojos.

—Qué diplomática… Pero me temo que no seré la única que lo tomará así, señorita Monanti. Yo usted me preparaba —les dedicó una última mirada de desprecio a las otras tres, hasta fijarse específicamente en Kya—. Estudia mucho, Kalonice. Abrir las piernas no te ayudará a convertirte en Garque.

Con un movimiento ágil, enroscó el látigo de regreso en su brazo dentro de la manga de su túnica, para por último darse la vuelta y abandonar la habitación con paso seguro.

 

 



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