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Destino II. Epidemia. » Juego sucio
Destino II. Epidemia. (R15)
Por Kajiura
Escrita el Martes 5 de Mayo de 2015, 23:20
Actualizada el Miércoles 4 de Octubre de 2017, 01:30
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Juego sucio

XXXIII

Juego sucio

 

***Advertencia: este capítulo no es apto para menores de edad ni almas sensibles. Se ha depurado lo mejor posible, quitando la mayoría de escenas de sexo, pero hay partes que debían permanecer allí para la comprensión y evolución de los personajes.

 

Elizabeth cerró la puerta tras de sí y se acomodó en su puesto habitual entre las dos pitonisas, Beryl y Priscilla. A esas alturas, llevaba gran parte de las visiones separadas y esclarecidas, y sabía que una de ellas no le iba a gustar. Sin decir nada, les tendió los brazos a ambas mujeres, antes de que el puzle ya conocido tomara forma en su mente y le hiciera, al mismo tiempo, pedazos el corazón.

 

Bryant lució asombrado al ver a Astucieus materializarse dentro de su despacho. Más, al acercarse a Elina Kunne con mucho porte, besarle la mano y añadir:

-Mi estimada señorita Kunne, ¿tendría usted la amabilidad de dejarme a solas con el señor Dikoudis?

La susodicha carraspeó ante tal galantería pero se recuperó rápido.

-No tengo inconveniente, señor Thrampe, aunque si me pudiera decir de qué versará su conversación y por qué tanto secretismo…

-De la señorita Monanti -respondió el Garque-. Se aproxima su cumpleaños y me ha parecido que deberíamos contarlo como el inicio de sus cumplesiglos… ya sabe, ella antes se festejaba cada año, pero ahora deberá hacerlo distinto…

-Oh, comprendo -asintió Elina y  se levantó-, bueno, si de hacerle una fiesta se trata, no duden en contarnos y en solicitar nuestra cooperación, también. Saldré a dar una vuelta, señor Dikoudis, lo veré después.

-Gracias, señorita Kunne.

El castaño esperó a  que la mujer saliera para fijar sus ojos en el Segundo, quien ya se acomodaba en una de las sillas ubicadas frente a él.

-¿Qué es lo que quieres en realidad? -dijo, cruzado de brazos-. Sí, el cumpleaños de Elizabeth se acerca, pero dudo que esos sean tus verdaderos motivos…

-Voy a retirar a Elizabeth de las pruebas.

Bryant parpadeó sin poder creérselo.

-¿Qué? -dijo al ver que el silencio de su compañero se prolongaba-. Me estás tomando el pelo, ¿verdad?

-No. Ascenderé al cargo de Emperador de Cultre.

-Emperador -medio bufó, medio se rio Bryant-. Siempre supe que te dabas ínfulas, Astucieus, pero… ¿Autodenominarte "emperador"? ¿Es que "gobernador supremo" te parece poca cosa? Y… ¿qué hay con lo de Zehel y  Ferzeo?

-Exacto. El término emperador no está en las condiciones que puso Chronos…

-Nuestro señor Chronos -le corrigió Bryant, severo-. A ti se te ha zafado un tornillo, es lo que pasa. Elizabeth prácticamente es gobernadora, y casi la matan en el proceso, te recuerdo. Sería una grosería que ahora simplemente le dieras las gracias y se la asignaras a algún hüteur.

-Dikoudis, lo que te duele es que no vayas a tenerla cerca para seguir besuqueándola…

-No seas idiota -para sorpresa del Segundo, su subordinado dio un fuerte golpe contra el escritorio-. Elizabeth y yo no tenemos nada. Ni siquiera lo hemos hablado. Y, como te lo he dicho infinidad de veces, no es un objeto. Y por eso mismo no puedes venir un día y decirle: "gracias, Elizabeth, pero voy a asumir la gubernatura, solo que con otro nombre". Sin contar con que estarías jugando con fuego, Astucieus. Un fuego sumamente peligroso. Burlar a Zehel con quien pareces tener un constante pique está bien, darle la vuelta a Ferzeo con quien ya has trabajado también es risible, ¿pero verle la cara al señor del tiempo? ¿En serio tan grande es tu arrogancia? ¿Tan poco afecto le tienes a Liz quien ha dado la vida en estas malditas pruebas por ti? Porque lo ha hecho por ti y por nadie más, para que tu sucia y podrida alma no sea reclamada.

Astucieus bufó, se reclinó en su puesto y permaneció callado largo rato.

-Sopesaré lo que me has dicho -dijo y se levantó-. Y por cierto, deberías aclarar las cosas con Elizabeth, los rumores ya corren por la pirámide y no me extrañaría que de un momento a otro tuvieras encima a la prensa.

-Gracias. Y yo te aconsejo que sea cual sea la idea que te ha llevado a cambiar de opinión con respecto a la gubernatura, te la guardes, porque podrías ocasionar un daño mayor del deseado.

Astucieus cabeceó, antes de alejarse y desaparecer envuelto en un resplandor.

 

Elizabeth realizó el último tramo del laberinto casi por inercia. Había tantas emociones entrechocando dentro de sí, las imágenes de lo último vivido superpuestas con tantas otras. Por un lado estaba Bryant, pero por otro estaba Érix. El primero en buenos términos, el segundo… definitivamente en malos. En sí, todo parecía tan claro y, quizás lo era, quizás Elizabeth era quien estaba complicando las cosas, pero no podía dejarlo simplemente así, necesitaba enfrentarlo, decirle a la cara todo lo que había hecho por él y que no lo había valorado.

Se detuvo al llegar al centro en donde siempre se veían. Nada más detectarla, el menor de los Kunne extendió los brazos en un amplio ademán como para abrazarla, pero la joven se echó atrás y negó con la cabeza. Las facciones del hombre se cubrieron de confusión, pues a pesar de los altibajos habían mantenido una relación aceptable. Pero ya no. La visión de Priscilla y Beryl habían acabado incluso con eso.

-¿Liz? -la llamó él con desconcierto-. ¿Qué… Qué sucede?

-Oh, Érix, en verdad quise creerte, incluso intenté parecerme al resto de chicas a las que has conocido, pero ni eso te bastó -parpadeó, en un intento por despejar las lágrimas-. Tuve una visión sobre ti, Érix Kunne, engañándome con al menos media docena de mujeres distintas.

-¿Qué? -se indignó este-. ¿Quién te ha dicho semejante mentira? Espera, fue Priscilla, esa pitonisa barata, ¿verdad? -apretó las manos en puños- No puedo creer que hayas consultado a esa tipeja para corroborar mi amor, tal vez si hubiera sido la señorita Wonna lo creería, pero… Por los Dioses, Elizabeth, he estado muerto de preocupación todos estos días, creyendo que a lo mejor no te volvería a ver, ¿y tú me vienes con este desplante?

-No fue solo la señorita Priscilla, también fue la señorita Wonna -Érix abrió y cerró la boca-. Y este no es un desplante, Érix, es un hasta aquí: se acabó. No hay más tú y yo, creí que eras distinto, pero al final resultó que para ti también soy un objeto que puedes usar y desechar cuando quieras…

El hombre soltó una risa hilarante.

-Olvídalo -dijo-. Ni creas que vas a largarte sin más -la sujetó por la muñeca con fuerza férrea-. A mí nadie me bota, Elizabeth Monanti, y tú no serás la primera.

-Suéltame -exigió ella con todo el temple que fue capaz de reunir-. No me obligues a hacerte daño…

-Hacerme daño -Érix dejó escapar una carcajada que le puso a  Elizabeth los vellos de punta-. Creo que soy yo quien puede hacerte más daño, pequeña gata. ¿O no has pensado en lo que podría pasarles a tus hüteur si te pones pesada conmigo? -la acercó de un tirón y sus rostros quedaron a milímetros de distancia-. Aún te quiero abierta de piernas para mí… -le lamió una mejilla a lo cual, Elizabeth le escupió en el rostro, logrando que Érix le diera un bofetón que la envió al suelo-. Parece que más que gata, eres una perra… yo tú me tranquilizaba, o el principito castaño que te robó un beso en el Node lo pagaría muy caro. Y ni hablar de Thrampe, a ese podría condenarlo a la horca si se me diera la gana… Así que dime, perra, ¿qué día me dejas desflorarte?

Elizabeth no contestó al momento. Había comenzado a llover, y sus lágrimas se mezclaban con las gotas de lluvia que le resbalaban por el rostro. Ella, la heroína que había acabado con los canes de Ferzeo, se sentía tan impotente, tan sola, tan vulnerable en esos momentos que quería gritar, lacerar el cuello de Érix hasta decapitarlo… pero no podía. Y todo porque él era superior, con dominio sobre todo y todos a quienes ella amaba. Así que con el alma estrujada en un puño dio una fecha, antes de regresar al Templus, sin preocuparse por convocar una esfera para evitar acabar empapada.

 

Astucieus suspiró, cerró los ojos y se recostó contra una de las paredes de la bañera. El agua caliente subía en espirales de vapor y desentumía poco a poco cada uno de sus músculos, las esencias y sales de baño también le ayudaban a relajarse. El nuevo enfrentamiento con Bryant lo había puesto de mal humor, aunque por fortuna (y por primera vez en la historia) Érix Kunne había interrumpido justo a tiempo. Bufó. Cuando se lo proponía, ese hipocampo podía llegar a ser realmente insoportable. ¿Y qué si había cambiado de parecer? Además, lo tenía todo controlado, nada iba a salir mal, era cuestión de que jugase bien sus cartas.

Repentinamente, una mano suave se deslizó por su antebrazo en dirección hacia su hombro, haciendo que se sobresaltara y abriera los ojos de golpe. El agua se derramó fuera de la bañera a causa de su movimiento brusco, con la mano libre aprisionó la muñeca invasora.

—Beryl… —dijo al reconocer la faz de la mujer entre la bruma—. Por Tamara, me has dado un susto de muerte, no te he oído entrar.

—Lo siento —se disculpó la aludida con una tímida sonrisa—, no era mi intención. Yo sólo… —le acarició una mejilla, al tiempo que se mordía el labio inferior—, quería verte.

Astucieus arqueó ambas cejas y recorrió de arriba abajo la figura desnuda de la mujer.

—¿Sólo verme? —inquirió y le soltó la muñeca.

—Está bien, quería ducharme contigo —la pitonisa curvó los labios en una sonrisa insinuante—. ¿Tiene eso algo de malo?

—No, si nadie te ha visto entrar en  mi habitación.

—Nadie lo ha hecho —ella se incorporó para después meterse junto con él dentro del agua—. Y me he preocupado por esconder mis prendas dentro de tu ropero, también.

—Mmm…es usted una mujer sumamente inteligente, señorita Wonna.

—No tanto como usted, señor Thrampe… Aunque igualmente agradezco el cumplido.

—¿Qué tal se han portado tus alumnos hoy?

—Muy bien. Aunque la señorita Monanti lleva días sin presentarse a las lecciones, según me dijo Gabriella, ha pescado un resfriado y ha preferido guardar cama —frunció el ceño—. Y hablando de la señorita Monanti, hoy tuve una visión… he visto al Quinto al mando salir del palacio de Inret, y no parecía contento.

Astucieus gruñó.

—Por supuesto que no lo estaba —dijo—. Hemos vuelto a abordar el tema de mi ascensión a la gubernatura y no le ha hecho ninguna gracia.

—¿Pero por qué? Tienes derecho, te corresponde por ser el Segundo.

Astucieus cabeceó.

—Quizás, pero Elizabeth está muy avanzada con las pruebas, y Dikoudis no cree justo que de la nada, yo cambie de parecer —mintió de modo convincente, porque hasta el momento, Beryl desconocía todo lo relacionado con su ascensión y el pacto con Ferzeo—. No importa, de cualquier forma, no quiero pensar en eso ahora. Y a todo esto… —arrugó el entrecejo—, ¿por qué has tenido una visión sobre Dikoudis, y de tipo tan… banal?

Beryl sonrió.

—En realidad, buscaba tener una visión relacionada contigo, para saber en qué momento del día podría encontrarte, pero ha sido esa la primera que he interceptado.

—¿Y la segunda? —el Garque se aproximó y pegó su rostro al de ella, sus labios rozándose mientras hablaba—. ¿Por casualidad no habrá tenido que ver con algo como esto? —finalizó y deslizó una mano por su cintura.

—No… —Beryl condujo su mano más abajo—, de hecho, tuvo que ver más bien con esto.

Y lo besó. Se sumieron en una marejada de caricias, hasta que ella preguntó:

-¿Cuánto crees tardar en convencer al Quinto al mando?

-Mmm… no lo sé… -él le acarició la espalda-. ¿Por qué tanta ansiedad por el cambio? Digo, sé que el Shainte Rituell se acerca, pero pareces tener un interés especial porque yo ascienda de forma directa.

Beryl se mordió el labio inferior.

-Si te digo, ¿prometes no enfadarte?

-¿Y por qué habría de enfadarme…?

-Estoy embarazada.

Astucieus estuvo seguro de haberla oído mal.

-¿Qué? -repitió, con el corazón desbocado, y no precisamente de alegría.

-Sí -Beryl bajó la mirada como si se tratase de una niña descubierta en una infantil travesura-. Estoy embarazada de ti, Astucieus. Creí que no era posible, porque los médicos me dijeron la última vez que mi matriz había quedado muy dañada y no podría volver a concebir pero… -se acarició el vientre-, casi llego ya al primer trimestre… y me gustaría decirle a Itzal quién es el padre, a todo el mundo en general -rio con nerviosismo-. Que lleve el apellido Thrampe con orgullo…

-Oh, por todo el cielo y el infierno -Astucieus la tomó de ambos hombros-. Beryl, ¿por qué diantres no tomaste anticonceptivos?

-Ya te expliqué por qué -ella se vio mortificada-. Además, no veo por qué tu molestia, hasta donde sé, los niños se hacen entre dos… si no querías hijos, te hubieses protegido con el maldito condón.

-No es que no quiera hijos contigo, Beryl, pero mira en la situación precaria en la que estamos, ahora más que nunca no pueden descubrirnos o te matarían y yo… -sacudió la cabeza-. No puedes decírselo a nadie, ¿me oyes?

-Tendré que hacerlo -rebatió ella, resentida-. No es como que pueda ocultar el crecimiento del bebé cuando llegue a los siete meses… -se le aguaron los ojos-. Se supone que esto te alegraría, y mira en qué acabó -se levantó y salió de la bañera-. Yo lo único que quiero es no tener a un hijo bastardo, Astucieus Thrampe. No creo pedir demasiado.

Y sin darle tiempo al Garque para reaccionar, salió del cuarto de baño dando un portazo tras de sí.

 

Elizabeth entró seguida de Érix quien, permaneció rezagado en la puerta asegurándose de que nadie fuera a interrumpirlos o a escucharlos. La joven estaba nerviosa. Sus amigas le habían dado opiniones diversas acerca de lo que eran las relaciones sexuales, y mucho antes su propia madre se había sentado con ella y Juliette a hablar del tema pero, de la teoría a la práctica había un largo trecho de diferencia.

La habitación de Érix estaba impecable, con las antorchas proporcionando una agradable iluminación y temperatura. Despacio, el hombre se le acercó por la espalda, la rodeó por la cintura y le besó el cuello, sin lograr por ello que los músculos de Elizabeth se aflojasen. Con una mano Érix la atrajo más hacia sí mientras que, con la otra, acariciaba su abdomen y un poco más abajo. Entonces se detuvo, se separó de ella y la hizo darse la vuelta para encararlo.

—Quítate la peluca —le ordenó.

Elizabeth se deshizo de las horquillas hasta que finalmente pudo apartar la peluca de bucles rubios, la cual fue a parar al piso. Érix le aflojó el moño que sujetaba su melena azabache hasta que finalmente la hizo caer en cascada sobre sus hombros y su espalda, sus ojos fijos en los suyos en todo momento, como los de un depredador.

—Perfecta —murmuró él y se inclinó para besarla.

Trazó un camino de besos desde sus hombros y hacia el lóbulo de su oreja, pasando por su cuello y la línea de su mandíbula, mientras sus largos y habilidosos dedos no tardaban en bajar la cremallera del vestido de Elizabeth y, casi sin perder tiempo, la liberaba del sujetador también. La muchacha jadeó y se cubrió los pechos poniendo los brazos en cruz, Érix soltó un gruñido quebrado y se apartó unos centímetros de nuevo.

—¿Qué haces? —le preguntó con el ceño fruncido.

—Yo… —Elizabeth tenía las mejillas encendidas—, es sólo que…

Él no la dejó terminar. La besó profundamente, tomó sus muñecas y las colocó alrededor de su propio cuello, de tal forma que volviera a enredar los dedos en el pelo de su nuca.

—Sólo mantén ocupadas las manos —le dijo con voz ronca—, y no pienses.

Volvió a unir su boca con la suya a la par que comenzaba a desabotonarse la camisa. Elizabeth intentó con todas sus fuerzas en no pensar demasiado en lo que estaban haciendo, pero era imposible. Cuando se vino a dar cuenta, estaba tumbada sobre la cama, de espaldas, con Érix erguido sobre ella abriendo el empaque de un preservativo. El hombre se lo colocó y le separó ambas piernas con una de sus rodillas, Elizabeth contuvo la respiración y se aferró al edredón como si estuvieran a punto de lanzarla por un precipicio. Había leído en un par de novelas que la sensación era comparable con eso, pero nunca creyó que fuese tan desagradable… o que siquiera se sintiese así de tensa.

—Érix… por favor… —suplicó ella en un intento desesperado.

El susodicho le dedicó una mirada desdeñosa, casi cruda… Y la penetró.

Elizabeth ahogó un grito cubriéndose la boca con una mano, sus ojos apretados no pudieron contener el par de lágrimas cristalinas que le escurrieron por las mejillas.

—Estás… demasiado… cerrada… —escuchó mascullar a Érix.

—Me duele… —gimió ella por toda respuesta.

El hombre soltó un gruñido quebrado y salió de dentro de ella, Elizabeth tragó con fuerza para desasir el nudo en su garganta mientras con una mano se secaba las lágrimas que se le habían escapado. Érix alcanzó una botella que había encima de una de las mesitas de noche, la abrió y vertió su contenido sobre su mano, antes de volver a la cama y aplicarlo sobre la intimidad de Elizabeth, quien sintiese un ligero alivio al contacto con la sustancia viscosa y resbaladiza.

—Con eso bastará —dijo él y volvió a alinear su cuerpo con el de ella—. Ahora, quédate quieta.

Elizabeth siseó al sentir la nueva invasión, aunque esta vez pudo aguantar mejor las embestidas. Cuando todo terminó, no había experimentado un hormigueo en los pies, ni tensión y contracciones placenteras en los músculos del vientre, ni una explosión mágica de placer como lo había descrito Kya. Lo único que sentía en aquellos momentos era una incomodidad terrible entre las piernas y ardor. Mucho, mucho ardor. Érix, por el contrario, soltó un gemido largo y placentero, para por último derrumbarse sobre ella.

Permaneció así durante un par de minutos, hasta que por fin se incorporó y bajó de la cama, Elizabeth flexionó las piernas con cuidado, haciendo una mueca de dolor ante el movimiento. Tenía la necesidad imperiosa de cubrirse, pero su vestido —y toda su ropa en general— estaba demasiado lejos, así que agarró una orilla de la manta y se la echó encima, acurrucándose de lado.

—Ha ido bien —comentó Érix volviendo a su lado, todavía sin vestirse—, para ser tu primera vez. Has estado un poco frígida, pero mejorarás con la práctica —le dio un beso en la mejilla—. Ahora, ¿prefieres ducharte aquí o lo harás en los dormitorios de las candidatas?

—No… —respondió Elizabeth distante, como si no fuera ella quien hablase—, me ducharé en los aseos de las candidatas.

—Perfecto —el hombre dio una palmada al aire—, entonces, será mejor que te vistas, no puedes pasar la noche aquí.

—No… por supuesto que no.

Elizabeth se levantó. El calor de las antorchas ya no parecía querer alcanzar su piel, como si no fuera suficiente, o como si ella no fuera digna de entibiarse. Se vistió, se puso la peluca de nuevo y abandonó la habitación, convencida de que al pasar a los guardias que custodiaban la morada, el único título que tenía ella con respecto a Érix Kunne era el de su puta.

 

***

N/A:

Hola chicuelos, aquí está el siguiente capítulo, a petición del público, aunque digo que son unos tramposos, porque votó gente que estoy segura ni lee esta historia. En fin, lo que se promete se cumple, y aquí está.

Sé que es un capítulo un tanto crudo, bastante si nos ponemos críticos, pero tenía que plantear la escena (y eso que le quité un montón de detalles para subirla aquí), de tal forma que lo que sigue sea entendible. Y no, no haré una 50 sombras de Grey, que esto es para adolescentes de 15, no de 18. Sin contar con que…tengo mi propia opinión al respecto.

En fin, comenten qué les pareció el cap, y los que quieran leer la versión original, ya saben que pueden encontrarla en Wattpad.

Un abrazo a todos, ¡se les quiere!



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