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Destino II. Epidemia. » Los canes de Ferzeo
Destino II. Epidemia. (R15)
Por Kajiura
Escrita el Martes 5 de Mayo de 2015, 23:20
Actualizada el Miércoles 4 de Octubre de 2017, 01:30
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Los canes de Ferzeo

XXXII

Los canes de Ferzeo

 

 Cuando Gabriella llegó a su lado, Elizabeth ya se preparaba para el  combate. Como siempre, el Saigrés iba un paso por delante de ella en lo referente a sus evaluaciones, así que no le sorprendió ver a la señora Txaran sacando su equipo y armas. No le quedó más que soltar un suspiro  afligido ante la negativa de su compañera, a pesar de que sospechaba  de antemano que no habría poder humano que evitase el enfrentamiento con el hüteur Kotoro.

—¿Nerviosa, señorita Monanti? —le preguntó Itzal.

—Un poco, sí —admitió mientras se ajustaba los guantes.

 El cabello se lo había recogido por completo, si bien se percató que  las prendas le quedaban ligeramente grandes. Seguro había perdido peso  en los últimos meses, de tanto estrés. No importaba, el cinturón y las  placas hacían que la tela no le estorbase a la hora de moverse.

—No tema, el hüteur Kotoro podrá ser muchas cosas, menos sanguinario.  Estará bien.

 Elizabeth no contestó. Había algo en Maks Kotoro que no terminaba de  gustarle, no importaba lo bien que hablasen de él todos, desde aquel día en el que conversaron en su despacho una sensación de inquietud se había instalado en ella y por ende, había guardado las distancias. Ni siquiera se había pronunciado ante el descubrimiento de que lo que dormía en la cama de Gabriella, algunas noches, era un aposhii y no ella. Desconocía cuánto tiempo llevaban juntos pero, ¿qué importaba?  Su amiga no se había metido en su relación con Érix, así que ella  tampoco lo haría en lo tocante a Maks.

—Mucha suerte —el abrazo de la pelirroja la sobresaltó, pero pudo  mantener el equilibrio. Sintió cómo Gabriella se pegaba a su oído—. Maks es zurdo —le susurró con celeridad—. Provócale una migraña lo  bastante fuerte y conseguirás que su precisión y la intensidad de sus  hechizos disminuyan —le estampó un sonoro beso en la mejilla—. Ánimo, ¡rezaré a Atenea para que salgas victoriosa!

—Gracias, amiga —Elizabeth le sonrió y se caló el casco. Después,  seleccionó sus armas y miró a la señora Txaran—. Estoy lista, mi  señora.

 Se aproximaron a Megan y Tanos. De nueva cuenta se lanzó una moneda y ganó el hüteur Kotoro, quien extrajo la piedra blanca (para disgusto  de Megan). En cuanto Elizabeth puso un pie en la tarima, la gente de  las gradas estalló en ovaciones. Elizabeth no sabía si eran para ella o para el hüteur Kotoro, pero una vez se alzaron las barreras a su espalda, el mundo a su alrededor desapareció. Todos los conocimientos, ofrecidos por sus hüteur y los libros que había devorado durante aquel tiempo, regresaron a su memoria, miles de hechizos y maldiciones, formas de canalizar la energía y maniobras de ataque pasaron veloces por su mente.

—Oh, por favor, no me fallen ahora —imploró para sí.

 Aguardó, en espera de que llegara el primer encantamiento y, en cuanto  lo hizo, se apartó a un lado con insultante calma y sin despegar los pies del suelo. La maniobra se repitió tres veces más, Elizabeth  deseaba que el hüteur Kotoro no se diera cuenta y le permitiera completar la figura que trazaba con las plantas. Podía sentir la  energía del hechizo que intentaba conjurar brotar del subsuelo,  hormigueándole en las pantorrillas, las caderas, el pecho y hacia los  brazos.

 No obstante, su deseo no se cumplió. Tres shuriken zumbaron hacia ella  y la obligaron a dar un salto, con lo cual, el encantamiento se rompió. Maldijo por lo bajo, en la faz del hüteur Kotoro se dibujaba una sonrisa triunfal.

—No me malinterprete, señorita Monanti —dijo y se puso en movimiento, su katana reverberó contra la de Elizabeth—. Su danza era hermosa, pero me dio la impresión de que no me favorecería. ¿Estoy en lo  cierto?

—Tal parece que me leyera el pensamiento, señor —ella se valió de la  telequinesia para poner en contra del hombre los shuriken que le había  arrojado—. ¿No se supone que es incapaz de hacer tal cosa conmigo?

 Maks rio con alborozo.

—No necesito de la telepatía para leer algunos de sus movimientos —dijo y con un pisotón, gruesas ramas reventaron la superficie y  reptaron en pos de Elizabeth—. Soy hüteur, miles de alumnos han cruzado mi linaje y he aprendido a observar…

Elizabeth quería recriminarle si era por eso que se había fijado en  Gabriella, pero se contuvo. De sus manos se desprendió un maleficio que zigzagueó e hizo una finta en el aire, antes de impactar el  costado derecho del hüteur Kotoro. El susodicho gritó de dolor, sorprendido, emoción que Elizabeth utilizó a su favor: proyectó un  látigo contra él y lo enredó de la cintura para abajo, tirando con  fuerza para hacerlo caer de espaldas.

 Maks ardió en llamas obligando a Elizabeth a soltar su arma, aunque  estaba segura que el porrazo en la cabeza había sido fuerte. Confiada  más en la suerte, volvió a arrojar los shuriken contra el fuego, en un intento por alcanzarlo en cualquier parte, pero de la pared  incandescente saltó una pantera que rugió con fuerza. Elizabeth interpuso su katana entre ella y el animal, si  bien el peso de este le sacó gran parte del aire. Con una orden mental  los shuriken volaron en su rescate, clavándose en la espalda de la  fiera que rugió adolorida y saltó lejos de ella.

—¡Ríndase, hüteur! —jadeó la muchacha, sudaba y había perdido el casco—. ¡No quiero hacerle más daño!

 Rastreó el área en busca del animal o del hombre, pero no los  encontró. Cautelosa se puso de pie, aquí y allá se veían manchas de  sangre que, hasta el momento, no eran suyas.

—No, pequeña, soy yo el que no quiere hacerte daño —resonó una voz  venida de ninguna parte—. Pero si estás tan insistente…

Elizabeth esperaba que le lanzaran un rayo de luz, algún kusari oculto por el polvo levantado, cualquier cosa, menos que el suelo bajo  sus pies se abriera en una grieta y se la tragara. Gritó, pero alcanzó  a clavar su katana en el borde. Se aferró al mango de esta hasta que los nudillos le crujieron, mientras con la mano libre se apresuró en  extraer una daga larga, la misma con la que había asesinado a Tyr.  Justo a tiempo, porque un vendaval se desató y de no haberse afianzado bien con las armas, se habría precipitado por el agujero sin remedio. Como pudo comenzó a escalar pero para su horror, Kotoro cambió el vendaval por rocas de las cuales, si no se apartaba, acabaría sin cabeza.

Finalmente, alcanzó la superficie en donde el hüteur Kotoro la esperaba, ya sin ninguna herida, aunque con una franca mirada de asombro y una ceja en alto. Las tribunas restallaron en aplausos al ver a Elizabeth emerger del agujero, la muchacha jadeaba mas no desperdició el tiempo y volvió a ponerse en pie.

—Con esa tenacidad, señorita Monanti, me habría encantado tenerla como mi discípula —comentó el hombre al tiempo que hacía girar una hoz entre sus manos—. Aunque no niego que sus hüteur han hecho un buen trabajo…

Elizabeth envainó su katana y su daga. Las armas de largo alcance nunca fueron lo suyo, a lo mucho sabía manejar un látigo, pero todavía contaba con su don de laceración y el resto de magia antigua que tanto Bryant como los libros le habían enseñado. Tomó una respiración profunda, previa a continuar con el enfrentamiento, cuando de pronto la tierra se estremeció con tal fuerza, que la joven trastabilló unos pasos antes de recuperar el equilibrio.

Entonces, se desató el caos.

  Elizabeth los vio derramarse desde la parte más alta de las gradas, cual si fueran una avalancha de colores oscuros, entre rojo, marrón, negro y púrpura. Fugaces recuerdos relampaguearon en su cerebro, retazos de esa encarnizada noche en donde sus hüteur y ella se habían abierto paso a través de hordas y hordas de demonios de rango inferior.

No obstante y, debido a lo que Elizabeth había estudiado sobre demonología, esta vez la lluvia infernal no se limitaba a componerse por animalejos deformes a los que podría vencérseles con una simple estocada o con un hechizo, sino a criaturas cuya jerarquía los volvía tremendamente cercanos a su señor Ferzeo.

Entre risas demenciales y saltos imposibles de imitar, los demonios llegaron hasta donde los candidatos y espectadores estaban, desgarrando, poseyendo y destruyendo todo y a todos a su paso. La gente se dispersó entre gritos de pánico, a la par que intentaban no desnucarse peldaños abajo o morir pisoteados por los demás. Rayos de todos los colores no tardaron en surcar el aire, sin embargo, ninguno atravesaba las barreras aún activas que encerraban a Elizabeth y al hüteur Kotoro.

—¡Quédese aquí, señorita Monanti! —rugió el hüteur por encima del escándalo. Corrió en dirección a una de las esquinas del cuadrilátero, en donde se apreciaba uno de los símbolos que lo erigían—. ¡Estará mejor si permanece aquí dentro!

—¡Olvídelo! —Elizabeth le dio alcance y lo aferró con una fuerza de la que no se creía capaz, obligándolo a mirarla—. Si usted sale, yo también. Además, no soy una inválida y, por otra parte, sospecho que esos demonios han venido a por mí.

—Claro, y entregarse en bandeja de plata es una magnífica idea… —bufó él en un tono mordaz.

—Quizá no, pero tampoco pretendo quedarme a salvo, viendo cómo otros mueren —le rebatió la joven con terquedad—. Así que enséñeme a bajar estas barreras, hüteur, y vayamos a patear unos cuantos traseros demoniacos.

Maks la evaluó de arriba abajo, pero al final sonrió y le explicó cómo deshacer cada uno de los muros. Una vez fuera, Elizabeth se perdió en la marea de gente y criaturas diabólicas. Aranea, tenía que tratarse de ella, aunque le sorprendía que Ferzeo le hubiese autorizado llevarse a demonios de mayor rango. Y a tantos. Elizabeth pisó algunos cuántos brazos de gente que jamás se volvería a levantar, patinó con un charco de sangre negruzca y estuvo a punto de caer de no ser porque Gabriella la sujetó a tiempo.

—¡Gabs! —dijo y la abrazó brevemente—. ¿Has visto a Kya?

Por toda respuesta, algunos demonios comenzaron a retorcerse hasta caer al suelo, sus pieles humeantes como si se cocinaran de adentro hacia afuera, con ampollas que burbujeaban hasta que al fin estallaban en un puñado de llamas blancas. Elizabeth rastreó las gradas con rapidez, encontrando a su otra amiga a mitad de camino, con las manos y brazos abiertos, ojos cerrados de concentración y un Egbert que la sostenía por detrás de la cintura mientras murmuraba algo.

—¡Le está pasando energía! —exclamó Gabriella con alarma en la voz—. ¡Tiene que haber otra forma de poder reducir a estas cosas…! —destripó a un demonio que tenía pinta de babosa ciclopéica—. ¡Son demasiados demonios y muy pocos los que dominan el fuego celestial!

Elizabeth estuvo de acuerdo, pero su desesperación no la dejaba hallar alguna solución. Repentinamente, hubo un estallido de luz tras el cual se materializaron dos mujeres, Elizabeth no las habría reconocido de no haber estudiado sobre las deidades cultrorianas. Se trataban de dos de las miembros de la Triada, Iriel y Libna. La primera, de ojos rasgados y cabellera negra recogida en una trenza y la segunda, con iris verde agua y una melena reluciente como el trigo.

Con un ademán imperioso, Libna despejó un área de cualquier tipo de bestia, formando en torno a sí una especie de tornado,  que poco a poco fue ensanchándose.

—¡Rápido! —ordenó Iriel al resto de la gente—. ¡Mortales, ayúdense a llegar allí dentro!

Al inicio, Elizabeth creyó que las semi-Diosas se equivocaban porque, ¿cómo diantres iban estar a salvo dentro de un torbellino? Sin embargo, en cuanto vio entrar a una arrastrada señora Dadle supo que lo conjurado por Libna favorecía a los humanos y repelía a los demonios. Junto con Gabriella ayudaron a varios heridos a entrar a la zona de protección, Elizabeth incluso utilizó la telequinesis para elevar a un puñado de inocentes y hacerlos levitar lejos de las garras de sus captores. Por otra parte, los dotados con el don del fuego seguían en su lucha candente, ahora ayudados por Iriel quien desde lo alto de las gradas disparaba flechas de fuego celestial a diestro y siniestro.

—¡Vamos a salvarnos! —exclamó jubilosa una candidata, despeinada, con las ropas desgarradas y ensangrentadas, pero todavía de pie—. ¡Vamos a acabar con estos hijos de puta y…!

El siguiente temblor la derribó al suelo. Lo que ocurrió a continuación le puso a Elizabeth los vellos de punta. Tres aullidos conjuntos reverberaron por todo el lugar, al tiempo que la hacían levantar la mirada, de vuelta a lo alto de  las gradas. Desde allí, tres canes de descomunal tamaño y orejas puntiagudas parecían estudiar el campo que se extendía bajo sus patas gruesas y con garras curveadas; en realidad, los animales daban la impresión de ser mitad sólidos y mitad etéreos, con cuencas en vez de ojos en cuyo interior ardía fuego púrpura.

-Que el cielo perdone nuestros pecados -dijo la erudita y se santiguó-, son los canes de Ferzeo…

El trío de lobos lanzó un aullido conjunto… y se dejaron venir contra los que quedaban escaleras abajo.

 

Astucieus casi sufre un infarto cuando alguien dejó caer sobre su escritorio un atado de comida.

-Beryl -le reprochó a la pitonisa-. Casi me matas de un susto… ¿Por qué no has llamado a la puerta?

La mujer bufó y puso los ojos en blanco.

-¿Será porque tengo guardias detrás de mí todo el tiempo? Si me los quitaras…

-Itzal no me lo permitiría. Además, los necesitas, te guste o no admitirlo.

-Ya, bueno, al menos hagamos lo nuestro público -insistió ella mientras  disponía las viandas-. Estoy harta de tener que esconderme… Si siguieras el plan que te sugerí el otro día, todo saldría a pedir de boca: tú como gobernador para cambiar esa estúpida ley sobre las parejas de los Garque, Elizabeth liberada de tanta burocracia y peso que no merece cargar…

-No, no merece cargarlo, pero Zehel quiere que lo haga, y que encima, yo sea su asesor.

-Es lo mismo: gobernador directo, ministro, ¿qué más da?

Astucieus tironeó del cuello de su kimono como si le costase que la comida pasase.

-Me temo que no es lo mismo. Al menos, no para Zehel.

Beryl gruñó.

-¿Y si cambias la terminología? Podrías ser emperador, ya que al parecer el término gobernador directo no le place a nuestro señor… Así liberas a la pobre Lizie y conservas el puesto para hacer lo que queremos con esa ley…

Astucieus suspiró.

-No te darás por vencida, ¿cierto?

La mujer pasó un bocado y se sobó el estómago.

-No si se trata de ti -sorbió su té helado-. Deberías comentárselo al señor Dikoudis, a ver qué piensa…

Iba a continuar, cuando un temblor sacudió el edificio.

-¿Pero qué diablos? -comenzó a decir Astucieus, mas el temblor arreció y por poco lo tira al suelo, Beryl se aferró con fuerza al escritorio-. ¡Me cago en…!

-¡Es el Node! -exclamó Beryl horrorizada-. ¡Itzal me está pidiendo ayuda mentalmente… no dejan de atacarlos! ¡Son demonios, demonios de todos los rangos! ¡Oh, Astucieus!

-¡Mírame! -él la sujetó con fuerza por los hombros-. Vuelve a la pirámide, ¡Dikoudis y yo nos haremos cargo!

Ella lo besó con pasión, antes de alejarse y desaparecer con un pin.

 

Bryant se materializó en el Node casi al mismo tiempo que Astucieus. De inmediato, sus ojos localizaron a Elizabeth, quien luchaba codo a codo con otras candidatas, manteniendo a raya a un lobo e intentando que los demonios que quedaban no la hiriesen de muerte. El resto de eruditos, un puñado de doce o quince, peleaban contra otro can, el tercero debía haber sido exterminado por una de las semi-Diosas.

—¡Ya están aquí! -exclamó Elizabeth con regocijo. Pero se volvió al hüteur Kotoro y agregó en tono imperativo—. ¡Hüteur, póngalos al tanto!

Bryant captó las imágenes que el hombre le transmitía, pero frunció el ceño y negó con la cabeza antes de que siquiera terminase.

—¡Es una locura! -replicó en dirección a su compañero—. ¡El hechizo la mataría antes que a cualquiera de los perros!

—No, siempre y cuando nos apeguemos al plan…

—¿Y por qué nuestras señoras no acaban con esos bichejos? -protestó el castaño. Pero suspiró y meneó la cabeza ante el encogimiento de hombros de Astucieus—. Comienzo a odiar al cielo… ¡Bien, hagámoslo!

No necesitaron de más instrucciones. El hüteur Kotoro se reunió con Astucieus y juntos comenzaron a recitar un cántico un tanto siniestro. Bryant fue donde Elizabeth y le rodeó la cintura con ambos brazos, a fin de iniciar la trasfusión de energía. El resto, formó una barricada delante de ellos, el Garque distinguió a Gabriella a la cabeza del grupo.

—¿Confías en mí? -murmuró Elizabeth de improviso, Bryant la miró y por primera vez se dio cuenta de lo cerca que estaban. Asintió—. De acuerdo, entonces no me sueltes si me pongo un poco…rara…ya ves cómo es esto de la magia blanca y negra…

Él rio con nerviosismo, a sabiendas de que no podía besarla en público, pero deseándolo con todo su corazón.

—Solo no me asustes demasiado… —dijo, y apretó el agarre entorno a ella, al tiempo que comenzaba a recitar su respectiva parte.

Paulatinamente, el cielo se oscureció. Nubes grisáceas formaron con mortífera lentitud un círculo que giraba encima de Astucieus y Maks, quienes formaban un triángulo con sus manos. A su alrededor el aire chisporroteó e hizo que los pelos de la nuca de Bryant se erizaran. Experimentó una sensación de vacío, a la vez que algo recubría su cuerpo, dejando un pequeño orificio tanto en la espalda como en el abdomen. La idea de Elizabeth tenía sentido, pero como todo en la magia podía fallar, en especial, cuando se trataba de magia avanzada.

De repente, un relámpago iluminó todo, seguido de un rayo que rasgó su caminar hacia los dos mentalistas, cuyos triángulos resplandecieron y soltaron un chorro de luz esmeralda el cual impactó a Bryant por atrás. La protección de Elizabeth disminuyó la gravedad del encantamiento, aun así el Garque apretó los dientes mientras la magia pasaba a través de él y en dirección a la chica, quien reuniese todas sus energías y mezclase el encantamiento con su propio poder de laceración, extendiendo los brazos y abriendo los dedos en un amplio ademán.

Los que formaban la barricada se apartaron como pudieron, con lo cual por fin el hechizo magnificado impactó a los lobos haciéndolos dar un aullido lastimero y desgarrador. Bryant continuó pasándole energía a Elizabeth, sobre todo al verla aumentar la fuerza del encantamiento y lograr que este brincara de los canes al resto de demonios que quedaban, achicharrándolos en un tris.

—Suéltalo -susurró él entre dientes—. ¡Suéltalo, Liz, o acabará contigo…!

Ella negó con la cabeza. Guiado más por un impulso, Bryant la tomó por la barbilla y la besó, primero despacio y luego con frenesí, con la única intensión de que Elizabeth se detuviese. Empero, lo que obtuvo fue que soltara una última descarga que consiguió que los lobos explotaran y la tierra se sacudiera en un temblor que los derribó a ambos, Bryant pudo sentir hilillos de sangre correrle de la nariz hasta la boca, antes de perder el conocimiento con la joven entre sus brazos.

 

Gabriella entreabrió los ojos, parpadeando para tener que acostumbrarse a la claridad que dañaba sus pupilas. Una vez se hubo acostumbrado, repasó su entorno para percatarse que estaba en un hospital, enfundada en una bata y conectada a un monitor que medía sus signos vitales.

—Les dije que podía curarte sin problemas y ahorrarnos todo esto -argumentó una voz a su izquierda. Gabriella se volvió, encontrándose con los ojos bicolores de Maks. De hecho, acababa de percatarse que estaban entrelazados de manos. El hombre tenía una expresión de total desagrado a la aguja que sobresalía precisamente de la muñeca de la fémina—. Incluso habrías despertado antes…

—Antes… —la pelirroja se llevó la mano sana a la sien—. Maks, en primera instancia, ¿qué hago aquí?

—¿No recuerdas nada? -preguntó él con preocupación.

Gabriella arrugó la frente.

—¡Oh, por los Dioses, Elizabeth…! -exclamó en cuanto las imágenes comenzaron a pasar por su memoria—. ¡El Node, los lobos y…!

—Hey, tranquila -la apaciguó él—. Si esta cosa comienza a pitar demasiado me echarán de aquí.

—Pero es que…

—Elizabeth está bien. En cuidados intensivos, pero por lo que he oído, saldrá de esta. El señor Dikoudis despertó ayer y bueno, debido al caos, las bajas y lo ocurrido en general, el Saigrés suspendió el resto de las pruebas.

—¿Y Kya y Egbert?

—Vivos, que ya es ganancia -Maks le besó la mano—. Te alegrará saber que Greta Leonelli falleció hace unos días.

—Pues no, no lo hace -ella se zafó de su agarre—. Era un ser humano, Maks, y lo que pasó en ese lugar… —se estremeció—. Juro por los Dioses que tendré pesadillas sobre ello para toda la vida.

El erudito suspiró y bajó la cabeza.

—Lo siento, hermosa, es solo que estoy cansado de que estos medicuchos de pacotilla no me dejaran sacarte. Repito, y no es por ser arrogante pero, yo pude haber hecho un mejor trabajo y más rápido. Sin contar con que el brote de gripa que intentan mantener aislado me pone los nervios de punta… para mí que eso es otra cosa.

—¿Pues cuánto tiempo llevo aquí?

—Tres días.

Gabriella puso los ojos en blanco.

—Qué exagerado.

—Eso lo dices tú porque no has tenido que dormir en esta silla de mier… ¡Ay! ¿Por qué fue eso?

—¿Por qué no vas a buscar a un médico para que me den de alta? -sugirió ella y acercó su mano conectada al suero, Maks pegó un brinco del susto y se echó hacia atrás—. No les tengo pánico como tú, pero tampoco soy devota de ellas.

—Solo a mí se me ocurre enamorarme de un águila y no de una pollita -murmuró Maks y se levantó para ir a cumplir las órdenes de su damisela.

 

***

N/A:

¡Hola caracolas!

Un eón para subir este capítulo, pero aquí está. Sorry, primero me detuvo un bloqueo literario, luego entré en crisis existencial, luego me enfermé y por último me estaba dando el pánico de si continuar esta historia o no. Pero en fin y como dije antes, aquí está el engendro digo la criatura. Espero de todo corazón que les guste.

Y finalmente, este capítulo está dedicado a mi abuela, que hoy hace tres años de fallecida. Todos me comparan con Elizabeth Monanti, pero creo que si hay alguien que debe ser comparada con ella, es mi abuela, a quien le debo muchas cosas. Te quiero un montón, abu.



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