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Destino II. Epidemia. » Sangre
Destino II. Epidemia. (R15)
Por Kajiura
Escrita el Martes 5 de Mayo de 2015, 23:20
Actualizada el Miércoles 4 de Octubre de 2017, 01:30
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Sangre

XXXI

Sangre

 

Gabriella colocó la punta de su katana por debajo del mentón de su rival, una mujer de piel lechosa y cabellera azabache, quien frunció el ceño, dejó caer el pedazo de lanza que le quedaba y alzó las manos en señal de rendición. La pelirroja agradeció el gesto, ya que si bien no sería la primera candidata a la que asesinaba, tampoco era una acción que le encantaba realizar. Más allá, alguien hizo sonar el gong, sonido al que le siguió el de la potente voz de Tanos Tsuul anunciándola como vencedora.

Gabriella aguardó a que quitasen las barreras mágicas de protección, antes de bajar de la tarima medio cojeando. Estaban en el Node, una edificación de inmensas proporciones, con forma circular y gradas de granito

Hacía cosa de dos meses que las pruebas de eliminación habían iniciado. Durante el primer mes los combates se enfocaron entre candidatos del mismo grupo, no obstante apenas iniciar este los integrantes que quedaban de las diversas candidaturas (Segundo, Tercero y Cuarto al mando) debían enfrentarse entre sí. Gabriella ya había peleado contra eruditos de todas las postulaciones y hasta ahora, seguía invicta. Magullada, pero todavía dentro.

—¡Eso estuvo cerca! —Kya la abrazó. A su lado, Elizabeth se agachaba para revisarle la pantorrilla, que era donde la habían alcanzado—. Gabs, Gabs, yo tú la habría decapitado nada más saber que su habilidad era la de híper velocidad…

—Bueno, Kya, habría sido sencillo si fuese un blanco fácil de ver —ella bufó y se sentó en un espacio libre—. Además, sabes que detesto llegar a ese…extremo.

—Ya somos dos —Elizabeth  terminó de limpiarle la zona afectada, le colocó una gasa y se la vendó. De las tres, era ella quien siempre cargaba con el botiquín, ya que hasta la fecha no le habían asignado compañero/a de combate—. Me pregunto cuándo será mi turno…

—Bah, Ely, si tú eres una experta —Kya hizo un ademán indiferente—. No me digas que ahora pecas de santurrona.

La aludida rio entre dientes, aunque el gesto estuvo cargado de amargura. Gabriella lo comprendió. Elizabeth estaba intentando con todas sus fuerzas el ser de mentalidad más abierta, pero la tarea no le estaba siendo nada sencilla, en especial en lo referente a su relación con el señor Kunne.

—No es eso, Kya, pero matar a alguien… —sacudió la cabeza—. No es como si fuera un deporte.

La susodicha gruñó y se cruzó de brazos. Sus rivales se habían rendido antes que ser asesinados, al punto de que una de las candidatas había desistido sin antes luchar, y es que la fiereza y destreza de Kya Kalonice comenzaban a hacerse legendarias.

—¡Y ahora, Momoka Yane y Greta Leonelli! —anunció el señor Tsuul.

Las mencionadas se levantaron de sus asientos y descendieron los peldaños en dirección a la tarima. Las facciones de Momoka eran inescrutables, aunque había palidecido notoriamente. Gabriella habría estado igual. Greta Leonelli era la mujerona que tenía pinta de hombre y que casi alcanzaba los dos metros de alto. Por si no fuera suficiente, su habilidad era convertir en piedra a aquel que la mirase directamente a los ojos, un don que no había dudado en usar para abrirse camino a lo largo de las evaluaciones.

Gabriella contempló la selección de armas: tanto Momoka como Greta escogieron katanas, entre muchas otras que pendieron de sus cinturones. A continuación, se encaminaron hacia donde las aguardaba Duncan Zephyr. El erudito sostenía en una mano un saquito negro, en cuyo interior descansaban dos piedras: una roja y una blanca. La primera significaba que el enfrentamiento no podía detenerse sino hasta que uno de los combatientes muriese, mientras que la segunda, indicaba que los contrincantes podían elegir rendirse o pelear hasta su último aliento.

Se lanzó una moneda al aire para ver quién sacaría la piedra. Ganó Momoka. Con una tranquilidad asombrosa, la bakemono introdujo la mano dentro del saquito, la mantuvo allí durante unos segundos antes de volverla a sacar, alzando el brazo para que todos pudieran ver el color de la roca que sostenía.

Era roja.

Elizabeth ahogó un grito. Kya desmesuró los ojos. Gabriella, por su parte, se había quedado sin palabras. Los murmullos del resto de presentes no se hicieron esperar, ya que a pesar  de que Momoka había demostrado ser sumamente habilidosa e ingeniosa, nadie hasta el momento le había ganado a Greta en una lucha cuerpo a cuerpo. Eso, sin contar con que ninguno de sus adversarios había salido entero.

«Pero ella tiene el don de la invisibilidad», pensó Gabriella, no sin cierto vacío en el estómago. «Eso podría poner las cosas a la par…»

Momoka y Greta se colocaron en sus posiciones. Hicieron sonar el gong, y fue la segunda quien se lanzó al ataque. Las katanas sacaron chispas al chocar, una con el nombre de su dueña brillando en oro y la otra en diamante.

Momoka se dedicó a esquivar los ataques de su contrincante durante los primeros cinco minutos. Sus movimientos eran un tanto toscos, pero lo bastante efectivos como para apartar los golpes que le lanzaba Greta, sin la necesidad de emplear demasiadas energías. «Pretende cansarla», pensó Gabriella y, como si le hubiese leído el pensamiento, la enorme mujer llegó a la misma conclusión y decidió que era hora de utilizar su don.

Sus ojos, originalmente de un color marrón oscuro, se fueron tiñendo poco a poco de un gris intenso, casi plateado, perdida la pupila en la tonalidad del iris. Gracias a la barrera mágica que los separaba, los espectadores podían seguir el combate sin ningún problema, no obstante Momoka hubo de apartar la mirada antes de que los ojos de su contrincante se convirtiesen en cuencas plateadas.

—Tengo que crear unas lentillas que me hagan inmune al don de esa mujer —comentó Kya al aire, justo cuando Greta daba un grito de guerra y se lanzaba contra Momoka.

—Si lo consigues te compraré un par —argumentó Elizabeth.

—Y yo otro —agregó Gabriella.

Con una fuerza que sorprendió a la mayoría, Momoka apartó a Greta de un empujón, antes de usar su propia habilidad y volverse invisible. Entonces, se hizo el silencio. «Igualdad de condiciones», sonrió Gabriella para sus adentros, porque aunque no se llevaba bien con Momoka, prefería que venciese ella a Greta. «Ninguna de las dos puede verse, condenada Gorgona, ¿qué vas a hacer ahora?»

Por toda respuesta, la mujerona permaneció quieta en su sitio, intentando regular su respiración pero con los sentidos alertas a cualquier indicio de movimiento. Así, pasaron tres largos minutos en los que nadie se atrevió siquiera a respirar. De pronto, algo invisible rasgó el traje de Greta, la mujer no consiguió apartarse a tiempo y un pedazo de su hombro y brazo fueron seccionados. Gritó, mas no soltó el agarre de su arma. Por el contrario, la empuñó con fuerza y lanzó una estocada hacia delante, misma que alcanzó a su adversaria porque se escuchó un quejido de dolor.

Con una sonrisa perversa, Greta reparó en el rastro de sangre que quedaba regado en el suelo, antes de arrojarse sobre los sitios donde creía estaba Momoka. La bakemono la hirió en las pantorrillas, luego en los tobillos, con lo cual, Greta finalmente cayó al suelo. Al precipitarse, su katana se llevó por delante el brazo de Momoka, la muchacha dio un alarido y sin poder controlar más su don a causa del dolor, quedó a la vista.

Ambas contrincantes se derrumbaron en el suelo, sobre sendos charcos de su propia sangre entremezclada. La gente de las gradas gritaba, abucheaba y vitoreaba, todo a la vez, mientras que Gabriella solo podía ver a su compañera mutilada. A rastras, Greta llegó hasta su arma y, con un nuevo bramido colérico, se arrojó contra Momoka quien, logró encogerse todo lo que pudo, se arrancó el adorno que le sujetaba el cabello y se lo clavó a la otra en plena rodilla.

 

Greta aulló de dolor, más aún, cuando Momoka desplegó e hizo girar el abanico de acero dentro de su articulación. Por inercia, la grandullona soltó la katana, sin embargo cerró el puño en torno a la cabellera de Momoka y le alzó el rostro, obligándola así a quedar cara a cara.

—¡Mírame, maldita zorra! —vociferó y con la otra mano, retorció la muñeca de Momoka hasta hacerla crujir—. ¡Anda, no seas cobarde!

—No soy cobarde —respondió Momoka con voz trémula y los ojos fuertemente apretados—, se llama instinto de supervivencia.

Golpeó la entrepierna de Greta con una rodilla, pero esta se limitó a gruñir, para acto seguido inclinarse sobre su enemiga y desgarrarle una mejilla con los dientes. Consumida por la desesperación y la agonía, Momoka se retorció, intentó apartar la cara, pero lo único que consiguió fue dejar el cuello expuesto, oportunidad que Greta no dudó en aprovechar: estrelló la cabeza de Momoka contra el suelo, para acto seguido tomar su katana y hundir la punta en la garganta de la muchacha.

—¡No! —gritó Gabriella puesta en pie—. ¡No, Yane, no!

La aludida abrió los ojos. Empero, sus pupilas no se fijaron en las de Greta, sino en las doradas de Gabriella. La pelirroja notó, pese a la distancia, el esfuerzo descomunal que la moribunda hubo de hacer para hablar:

Sheriann…Sheriann Gabriella Altus…

La sangre le escurrió por entre los labios al tiempo que con un último estertor dejaba de moverse. Tanto exclamaciones de diversa índole como susurros admirados inundaron el lugar. Gabriella no oía nada de aquello, las últimas palabras de la bakemono se habían quedado grabadas en sus oídos, retumbando una y otra vez: «Sheriann…Sheriann Gabriella Altus…». Vio, como en cámara lenta, cómo los ojos de Greta recuperaban su tonalidad, mientras se carcajeaba de gozo, antes de que el gong retumbara, las barreras mágicas fueran deshabilitadas y un equipo médico llegara a socorrerla.

—¡Gabs! —gritó Kya en medio del escándalo, zarandeándola por un brazo—. ¡Gabs, tienes que ir a reclamarla! ¡Si no lo haces la katana no será tuya!

—No me importa la katana —se oyó decir la susodicha con voz lejana y distorsionada—. Yo…no quiero…

—¡Mírame! —era Elizabeth, quien la tenía sujetada con fuerza por los hombros. Gabriella hizo contacto con sus ojos, dos zafiros de hielo—. ¡Ella confiaba en ti, Gabriella! ¡Deseaba que llegases hasta el final, que cumplieses con tu misión, o de lo contrario, no habría pedido que la reclamases! —bajó la voz—. Sé que es difícil, pero si cumples con su última voluntad, al menos su muerte habrá valido la pena.

Gabriella se tragó las ganas de llorar, respiró hondo y apartó con delicadeza a Elizabeth.

—De acuerdo. Iré.

Bajó de las gradas con todo el aplomo y la serenidad que fue capaz de reunir. Al llegar al lado del cuerpo de Momoka, el silencio a su alrededor era total. Con cuidado se arrodilló, sin importarle el dolor de su propia herida, y le cerró los ojos a su ex compañera de espionaje. Después, humedeció la punta de su dedo índice con la lengua, luego con la sangre de la caída, a fin de usarla como pintura para trazar un enrevesado símbolo en el pecho inerte, en donde se entrelazaban las iniciales de los nombres de ambas féminas. Una vez terminado, el símbolo comenzó a resplandecer, convirtiéndose pronto en llamas rojas y doradas que envolvieron a Momoka cual mortaja incandescente.

Gabriella se apartó varios pasos. Algunos elevaron oraciones al Dios Anubis, si bien la pelirroja no sabía a quién rezarle. ¿Por qué, de entre todo el mundo, Momoka la había escogido para que llevase aquel ritual, para que heredara su katana? Nunca se habían llevado bien…ahora que lo pensaba, jamás había visto a Momoka en compañía de nadie. Siempre tan fría, tan déspota…tan sola. Y ella tampoco le había ofrecido su amistad…

Dio un respingo cuando Itzal, la presidenta del Saigrés, carraspeaba para llamar su atención. Entre los brazos sostenía una urna sencilla, tallada en madera y con algunos símbolos en relieve. Era la misma urna que les habían regalado a los parientes de los candidatos fallecidos. Pero Momoka era huérfana tanto de padres como de hüteur y, por otra parte, le había pedido a Gabriella que reclamase su cuerpo. Así pues, la pelirroja aceptó la caja y, con ayuda de Vlad Tie y Duncan Zephyr, recolectó las cenizas que habían dejado las llamas a su paso. Luego, caminó hasta donde estaba la katana manchada de sangre y le dio la vuelta. Ya no tenía el nombre de Momoka grabado, sino el suyo, con el «Gabriella» resplandeciente en diamante y el «Altus» en oro.

La erudita tuvo que tragar con fuerza para desasir el nudo en su garganta. Su katana era de madera, y se sentía indigna de blandir un arma como la que sostenía. Pero recordó las palabras de Elizabeth y recuperó fuerzas y agallas para levantar ambos objetos, urna y katana. Tenía que hacer que valiese. Lograría que su nombre completo brillara en diamante…por Momoka. Y por Chihiro Wakana. Y por su propia impotencia por no haber podido salvar a dos de sus compañeras de espionaje. Los aplausos no se hicieron esperar, si bien estos estaban más cargados de un respeto reverencial que de histeria colectiva.

En cuanto se apagaron, Gabriella bajó de la tarima, le entregó a Kya el arma y la urna y permitió que Elizabeth la arrastrara a la parte posterior, lejos de los oídos y ojos curiosos. Apenas estuvieron a solas Gabriella se abrazó a su amiga con fuerza. Acababa de percatarse que temblaba de pies a cabeza.

—Shhh, ya pasó —la consoló Elizabeth. A Gabriella se le escapó un hipido—. Todo está bien ahora, todo va a estar bien…

—¿Por qué? —sollozó la erudita y se separó—. ¿Por qué nunca puedo hacer nada para evitarlo?

—No creo que la muerte sea algo que podamos evitar —Elizabeth suspiró y meneó la cabeza—. Tarde o temprano nos alcanza…a todos. Sin excepción.

Gabriella abrió la boca para decir algo, pero la voz de Tanos Tsuul la interrumpió:

—¡Y ahora, Kya Kalonice y Andrómeda Noir!

Gabriella y Elizabeth se miraron.

—Oh, no —murmuraron a un tiempo.

Y corrieron de vuelta a las gradas.

Al reocupar sus lugares, solo encontraron las cosas de Gabriella y Elizabeth. El público gritaba enloquecido, algunos incluso proclamaban el nombre de Kya una y otra vez. Gabriella tuvo un escalofrío al contemplar la selección de armas: un kusari por parte de Andrómeda y una guadaña por parte de Kya. «La misma arma con la que mataron a Cleopatra…». Se lanzó la moneda al aire y ganó Andrómeda. Para alivio de Elizabeth y Gabriella, la piedra que sacó fue blanca, a leguas se pudo ver la inconformidad de Kya.

Con todo y eso, las dos mujeres se plantaron en sus posiciones y alzaron las armas. Nada más sonó el gong, Andrómeda se precipitó contra Kya quien, hizo girar su arma con sorprendente facilidad, al mismo tiempo que de sus manos surgía un encantamiento que impactó a la otra en el estómago.

Andrómeda rodó por el suelo con el costado abierto, herida que permaneció abierta apenas unos segundos antes de cerrarse. Al parecer, la erudita había desarrollado su don. Por su parte, Kya no le dio tregua y la persiguió con la guadaña, dejando hendiduras en la tarima, ahí donde antes había estado su adversaria quien, hubo de huir para no ser alcanzada.

Gabriella y Elizabeth ahogaron un grito cuando el kusari de Andrómeda golpeó la rodilla de Kya, quien emitió una carcajada ante el ridículo rebote del arma. Si Andrómeda había desarrollado su don, ella había mejorado su propio traje de combate. La mujer con el don de la sanación lució tan desconcertada que no pudo hacer nada ante el golpe que Kya le propinó, no con la hoja de la guadaña, sino con el mango, en uno de los pómulos.

Detrás de la barrera, el hüteur de Andrómeda gritó algo, algo que hizo palidecer a la susodicha, sus ojos centellearon de rabia, pero arrojó de nuevo su kusari contra Kya, esta vez sí le hizo un desgarrón en la tela y en la piel. La joven científica retrocedió, aunque sin soltar su arma; por el contrario, la levantó por encima de su cabeza y trazó en el aire un símbolo que, al completarse, bañó la hoja metálica de un fulgor rosáceo.

—¿Qué es eso? —exclamó Elizabeth con franco asombro.

—Magia —Gabriella buscó a Maks Kotoro con la mirada, pero no lo encontró—. Magia muy avanzada mezclada con el único y propio ingenio de Kya Kalonice…

Como si hubiese sido fundida y vuelto a forjar, el acero ahora rosado de la guadaña se dividió y adoptó la forma de varias avispas que  zumbaron en torno a su dueña, antes de que esta las lanzara al ataque con una orden. Andrómeda se vio obligada a cambiar de arma, solicitando una katana y un escudo luego de que las avispas la corretearan y Kya le diera con el palo en el culo varias veces (cosa que divirtió en demasía a los espectadores)

—No la ha herido de verdad —apuntó Elizabeth, confusa.

—Por supuesto que lo ha hecho —Gabriella apuntó con un dedo al hüteur Noir, el hombre tenía los dientes tan apretados que a nadie le habría sorprendido que le saltasen fuera de la boca—. Le va a destrozar el ego y la reputación.

Con una carcajada medio maniática, Kya recuperó su guadaña al completo, para después enzarzarse en una batalla contra Andrómeda, en la que acabó por recurrir a su propia katana, pero sin escudo.

—¿Qué pasa, Noir? —la desafió en tono burlesco—. Ya tienes el don de la regeneración… ¿no debería ser ese un suficiente escudo? ¿O es que me tienes miedo? —todos abuchearon—. ¡Ah! Claro, es que con la cabeza fuera de tus hombros, es imposible que te autosanes, ¿cierto?

—Vete a la mierda, Kalonice —escupió Andrómeda con rabia—. Deberías estar agradecida que la piedra saliera blanca y no roja.

Kya rio, mas la distracción le salió cara al impactarla un hechizo que la revolcó por el suelo, lejos de su espada. Andrómeda no perdió el tiempo y proyectó un segundo rayo de luz pardusco, mismo que dio a Kya en el centro del pecho. La muchacha gritó y se arqueó hacia atrás, su traje cuarteándose, de sus oídos y fosas nasales comenzó a manar sangre. Algo, una cosa asquerosa y viscosa entraba y salía de ella, se enrollaba en sus tobillos, en su cuello y su abdomen. Consiguió colocarse a gatas, pero solo para vomitar un coágulo escarlata y dar un nuevo alarido.

—¡Ríndete, Kalonice! —rugió Andrómeda con una anticipada sonrisa de triunfo—. ¡Ríndete o pronto verás a la inmunda de Canatsu!

Fue como si detonasen algo dentro de Kya. La muchacha  fingió retorcerse en el piso hasta llegar a su espada y, una vez la tuvo a su alcance, la sujetó con fuerza y se impulsó hacia Andrómeda, rebanándole las piernas por encima de las rodillas. La aludida se desplomó sobre Kya con un chillido espantoso, su propio hechizo se salió de control y la atrapó a ella también, dejándolas a merced de una especie de serpiente que las apretaba y las trituraba en un abrazo mortífero.

—¡Deténganlas! —gritó alguien entre la multitud—. ¡Ríndete, Noir, o las dos morirán!

Pero Andrómeda no cedió. O Quizá no podía hacerlo, consumida por la agonía, porque cada vez que intentaba recomponer sus piernas, aquel monstruo le devoraba los muñones ensangrentados. Entre aquel amasijo de carne, brazos y fluido escarlata, Gabriella vio surgir a Kya, manchas y ríos carmín le brotaban de los ojos, el pelo revuelto y la faz llena de llagas. Con un grito mitad ira mitad sufrimiento, levantó su katana y la dejó caer en el centro de la frente de Andrómeda. Aun así, la magia oscura que había liberado la susodicha no cesó, Gabriella creyó que Kya moriría convertida en una pelmaza irreconocible, pero justo en ese instante la frente de Andrómeda empezó a humear.

Entonces, todo el cuerpo de Andrómeda estalló en llamas, incluido el bichejo diabólico que había convocado. Kya se mantuvo erguida para controlar el fuego, inmune a él, apoyada sobre su katana hasta que los bramidos tanto de Andrómeda como de la cosa se apagaron. Fue solo en ese momento que la erudita extinguió el fuego a rescoldos, nada de lo que había quedado bajo ella era distinguible.

Gabriella contempló cómo su amiga gateaba para apartarse, su mirada fija en el cuerpo carbonizado de Andrómeda pareció perderse al no encontrar lo que por tanto tiempo había buscado. El gong sonó en cuanto Kya se puso de pie, pero era como si la joven ya no estuviera allí, únicamente su cuerpo, un cascarón a punto de hacerse mil pedazos ante el mínimo contacto.

—Voy a ir por ella —anunció Gabriella en cuanto bajaron las barreras.

—No —Elizabeth la sujetó de un brazo y señaló con un gesto de la barbilla las gradas de más abajo—. Dejemos que él lo haga. Las caras que menos querrá ver en estos momentos serán la tuya o la mía.

Gabriella iba a protestar, a recordarle a Elizabeth con bastante saña, que precisamente ella no había mostrado mucha resistencia ante las locuras de Kya, pero se mordió la lengua. Ya Maks se lo había dicho: no importase quién la alertase, Kya no atendía a razones, por lo que permitió que fuese Egbert quien fuese a recogerla.

No hubo aplausos ni vítores. La escena había sido tan escalofriante que nadie dijo nada, ni siquiera cuando el hüteur de Andrómeda no quiso recoger las cenizas de su discípula, a pesar de que no había nadie más que las reclamase. Noir no solo se negó a hacerlo, sino que negó a Andrómeda como parte de su linaje de forma tan despreciativa que Gabriella sintió odio hacia él, atinando a estrechar la urna de Momoka contra su pecho.

—¡Bastardo! —gritó de repente una voz. Era Kya, que había regresado a la arena—. ¡Malnacido, usted le enseñó toda esa mierda de la magia oscura! ¡La amenazaba, la torturaba…! —la voz se le quebró—. ¡Por eso ella era así, porque tuvo que soportar a un hijo de puta como usted, por eso no hizo nada por salvar a Cleo! —escupió, una mezcla de saliva y sangre—. ¡Ojalá que el día de su muerte nadie se acuerde de usted, nadie se preocupe por si sufre o no…!

No pudo continuar, ahogada por su llanto, Egbert no tardó en aparecer para llevársela fuera de la vista. Absolutamente todos los ojos se habían clavado en Noir, quien con un descaro absoluto dio la espalda al público, bajó de la tarima y se perdió por detrás de las gradas.

—Esto es horrible —comentó Elizabeth luego de hacer la oración al Dios
Anubis. El Saigrés finalmente se había hecho cargo de levantar las
cenizas de Andrómeda—. ¿Podemos irnos ya? Se supone que cada candidato
pase una vez al día…Y no sé tú, pero yo ya he tenido suficiente como
para quedarme a ver más.

Gabriella iba a decirle que sí, pero fue cortada por segunda vez por
la voz de Tanos.

—¡Elizabeth Monanti y Maks Kotoro!

Se hizo un silencio como nunca. Gabriella estaba más que segura de
haber oído mal.

—¿Qué? —murmuró Elizabeth en un hilo de voz.

—Tiene que haber un error —Gabriella se levantó—. No pueden
enfrentarte a un hüteur, menos, a un magyassu —apretó el hombro de una
paralizada Elizabeth—. Espérame aquí, iré a hablar con el Saigrés.

Descendió hasta donde el grupo supremo estaba, aunque la sonrisa de
Megan Dadle no le pronosticó nada bueno en lo absoluto.

—Mis señores —dijo y realizó una corta reverencia—, me dirijo a
ustedes en nombre de la señorita Monanti, ya que parece que ha habido
un pequeño error con respecto al contrincante que le han asignado
—miró de reojo a Maks, quien por fin se dejaba ver ya vestido con su
armadura y en pro de seleccionar sus armas. El público no tardó en
iniciar una avalancha de murmullos—. Todos nosotros nos hemos
enfrentado a candidatos, iguales en nivel mágico…

—Ah —la interrumpió la señora Dadle con una voz asquerosamente
dulce—…en efecto, señorita Altus, todos se han enfrentado a
contrincantes iguales en nivel mágico, por ende, estará de acuerdo con
que no vamos a poner a pelear al gran y todo poderoso Monanti contra
uno de ustedes, ¿cierto? Aparte de desastroso, sería injusto.

Gabriella apretó las manos e intentó sonreír.

—Comprendo su perspectiva, señora Dadle, ¿pero contra un magyassu?
—enarcó una ceja—. Y nada menos que el hüteur Kotoro.

La mujer realizó un ademán indiferente.

—La señorita Monanti cuenta con tres dones sumamente útiles…Y si los
ha trabajado tanto como creo que lo ha hecho, estoy segura que el
hüteur Kotoro no le será rival.

—Descuide, señorita Altus —habló Maks una vez listo para la batalla.
Así, todo de negro y con el metal de las placas y las mismas armas
centelleando al sol, Gabriella tuvo que admitir que se veía
impresionante—. Estoy seguro que la señorita Monanti me dejará
desarmado y contra las barreras mágicas  en menos de un parpadeo.

La pelirroja cabeceó, aunque por dentro una horrible sensación de
tragedia se irguió como una serpiente, su corazón dividido entre el
cariño que le profesaba a Maks, su amistad con Elizabeth y el deber
que tenía como bakemono de protegerla.

N/A:

¡Holaaaaaaaaaaaaaa!

Perdón, perdón por los años luz que tardé en actualizar, pero me robaron mi laptop durante estas fiestas y bueno, ya se imaginarán la tragedia, sin contar con que también se llevaron la memoria donde tenía la versión más actualizada de mis archivos. Por fortuna, una de mis hermanas tiene un maravilloso respaldo de mis cosas, mientras que yo encontré un disco duro que contenía otro poco más de información (es increíble la cantidad de información que puede almacenar un simple escritor), así que luego de poner en orden este capítulo, aquí está. El siguiente está empezado, pero mentiría si les dijese que lo subiré a la semana, ya que tengo que instalar programas en la nueva computadora, poner en orden mis documentos y claro, continuar con mi vida diaria.

En fin, ya me extendí…Espero que pasaran felices fiestas, que este año traiga para todos ustedes cosas lindas y ya sabe, quien guste regalarme su voto, escribirme o lo que sea…los atenderé con gusto n.n



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