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Destino II. Epidemia. » Dilemas
Destino II. Epidemia. (R15)
Por Kajiura
Escrita el Martes 5 de Mayo de 2015, 23:20
Actualizada el Miércoles 4 de Octubre de 2017, 01:30
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Dilemas

XXX

Dilemas

 

Esa mañana, Elizabeth entró al despacho de Beryl a sabiendas de que no la encontraría sola. A esas alturas, ya se había corrido la voz acerca de la llegada de la nueva pitonisa, la señorita Priscila Zukuweit, venida desde el oráculo para ayudar a su compañera y amiga con las clases de clarividencia, ante la gran demanda por parte de los estudiantes (lo cual no era mentira). A diferencia de su sensei, Priscila tenía el cabello rubio como el oro, peinado en bucles y los ojos grandes y expresivos, de un límpido color celeste.

—Buenos días, sensei Wonna, sensei Zukuweit —Elizabeth realizó una profunda reverencia—. Espero no haberlas hecho esperar demasiado.

—Para nada, querida. Siéntate, siéntate —le invitó Beryl con una sonrisa—. Mira, te presento a mi gran amiga Priscila, ella es quien nos ayudará con la nueva parte de tu entrenamiento.

—Un gusto conocerla, señorita Monanti —la pitonisa le estrechó la mano—. Beryl solo ha hablado maravillas de usted desde que llegué.

—El gusto es mío, señorita Zukuweit…Y le sugiero que desoiga los halagos de mi sensei, suelen ser bastante exagerados.

—¡Tonterías! —Beryl realizó un ademán con una mano—. Ya lo verás, Scila… —miró a Elizabeth—. ¿Estás lista?

—Sí. Tomé una cena ligera y temprano, tal y como me indicó, sensei.

—Perfecto —Beryl colocó un cubo vacío delante de los pies de Elizabeth. A continuación, arrimó una silla para quedar sentada al lado de ella—. La explicación es muy sencilla: tanto Priscila como yo hemos tomado, cada una, un presagio relacionado contigo. Ambas te transmitiremos, al mismo tiempo, dichos presagios, mediante un enlace de sangre. Tú deberás separar las visiones y armarlas de vuelta, distinguir qué cosa pertenece a qué.

—¿Y cómo sé si he armado correctamente los presagios?

—Simple: nos narrarás lo que viste y si concuerda con la visión que cada una obtuvo de la sala, pues, lo habrás conseguido.

Elizabeth suspiró y asintió, su ceño fruncido y sus nervios tensos como las cuerdas de un violín, en uno de los bolsillos interiores llevaba una botellita con la poción que les permitiría a las mujeres tener acceso a su mente.

—De acuerdo. Estoy preparada.

Beryl desenfundó un puñal en cuyo mango resplandecía un ojo formado por incrustaciones de ónix. No obstante, lo que llamó la atención de Elizabeth fue su hoja, fina y medio traslúcida, del mismo color verde que poseían algunas botellas.

—Cristal vinculatorio —dijo. Apoyó la punta sobre su palma y, sin que lo moviese, su piel se rasgó en un arañazo que se fue extendiendo hasta formar un ojo—. Su función es interesante, pero como te dije antes, no se trata solo de compartir imágenes, sino de ordenarlas e interpretarlas —le tendió el instrumento a Elizabeth—. Y eso te tocará a ti. Descuida, la herida apenas sangra y en cuanto terminemos, cerrará sin dejarte cicatriz.

La joven se marcó las dos palmas antes de pasarle el puñal a Priscila, quien se cortó la mano izquierda, que era con la que la iba a sujetar. Elizabeth bebió un sorbo de la poción que bajaría sus defensas mentales, extendió las manos a los lados y tomó varias respiraciones, pero antes de que lo asimilase, las mujeres ya la habían sujetado y una avalancha de colores se precipitó en el interior de su mente. Nada tenía forma, todo eran masas de colores que se mezclaban, giraban, se estiraban…Elizabeth abrió los ojos y, sin poder evitarlo vomitó en el cubo, más bilis que alimento en sí. Sintió cómo le soltaban las manos marcadas para sujetarla cada pitonisa por un hombro, porque las arcadas no pararon hasta unos segundos después.

—Dioses… —aceptó tanto el pañuelo que le tendía Beryl como el vaso con agua que le ofrecía Priscila—. Fue…fue espantoso, me he mareado y… —se frotó el pecho y el estómago—. No sé lo que sentí.

—Eso es porque las visiones no solo se componen por imágenes, sino también por sensaciones —explicó Beryl. Contempló el ojo trazado sobre su mano y soltó aire—. ¿Lista para el siguiente embate?

Elizabeth hizo una mueca.

—¿Tengo otra opción?

Se dejó caer en su silla tras el quinto intento, fatigada y con el estómago tan adolorido que dudaba que pudiese ingerir cualquier cosa más tarde.

—Creo que por hoy ha sido suficiente —anunció Beryl mientras que Priscila le alcanzaba un vaso con una infusión que parecía ser té, pero que debía de tratarse de alguna poción, ya que causó en Elizabeth mejoras inmediatas—. Haremos esto un día sí y uno no, ¿te parece? Así tu cuerpo y tu psiquis no lo resentirán tanto.

—¿Lograste distinguir algo en concreto? —preguntó Priscila, ansiosa.

Elizabeth hizo memoria.

—Sí —entornó los ojos—. Dos pares de ojos, azul y verde respectivamente.

Priscila miró a Beryl, pero esta se limitó a negar con la cabeza.

—Dame tus manos —indicó la mujer de cabello rubio platino. Tocó las palmas rasguñadas de Elizabeth con el mango, apoyando las frías piedras sobre la piel. Al instante la herida se cerró y, tal y como le habían garantizado, no quedó ni rastro de la marca—. Excelente. Puedes irte, solo cuida que lo que comas no sea muy grasoso.

—Sí, sensei —Elizabeth se levantó y despidió de ambas féminas con una inclinación de cabeza—. La veré en las clases teóricas. Que tenga linda mañana…igual usted, señorita Zukuweit.

La interpelada le sonrió.

—Muchísimas gracias, Elizabeth. E igualmente. Te veré pasado mañana.

A la joven no le hizo gran ilusión tener que repetir lo vivido dentro de dos días, pero sonrió y abandonó la estancia.

 

Bryant terminó de hacer las últimas anotaciones a los planes de estudios del Templus que el Saigrés le había enviado. Segundos después, llamaron a la puerta.

—Adelante —invitó.

Ebe, la menor de las mujeres Kunne, entró en la oficina cargada con un par de atados entre los brazos. Al verla, Bryant no dudó en levantarse e ir a ayudarla.

—Señorita Kunne… —desocupó su escritorio para colocar las cosas—, ¿qué hace aquí a esta hora? Pensé que se encontraría almorzando con sus hermanas…

—Decidí traerle algo de comer —respondió la muchacha con alegría—. Con lo rebelde que se pone  al respecto…

A Bryant las mejillas se le encendieron. Carraspeó.

—No es rebeldía, lo que sucede es que tengo mucho trabajo —señaló la pila de papeles que había en una esquina—. Y eso es solo del quinto puesto, sabe que además debo lidiar con las obligaciones del Tercero y…

—Sí, pero también debe cuidarse —ella tiró de él y lo obligó a sentarse en la silla que había a un lado. Acto seguido, deshizo los paquetes y reveló una suculenta comida, ante la cual las tripas del castaño no pudieron mostrar discreción. Ebe rio—. ¿Ve? Tiene hambre. Además, si no mal recuerdo, su salud no ha sido la más idónea para saltarse comidas.

Bryant suspiró, pero aceptó los palillos y el tazón con fideos que Ebe le ofrecía. Se hizo con un buen bocado, sopló para quitarle lo caliente y se lo metió en la boca.

—¿Esto lo ha preparado usted? —preguntó luego de tragar.

—No exactamente —ella bajó la mirada, sus mejillas pronto adquirieron un tono rosáceo—. Más bien vigilé que su preparación fuese la apropiada. Ya sabe, verificar el buen sazón pero sobre todo, que no le echasen nada extraño. A como están las cosas… ya no se sabe…

—Vaya, pues, agradezco su preocupación, señorita Kunne.

—No tiene por qué —los ojos de la mujer brillaron de felicidad—. Como miembro del Verzaik, mi obligación es velar por el bienestar de los guardianes.

Bryant la miró fijamente y arqueó una ceja.

—¿Le ha llevado también un plato al señor Thrampe?

Ebe se atragantó.

—Bueno… —dijo, nerviosa, ahora era todo su rostro el que se había ruborizado—. No estaba segura si el señor Thrampe iba a agradecer el gesto y…

Bryant no aguantó más y se echó a reír.

—Es usted una mujer encantadora, señorita Kunne —dijo—. Y se lo digo de verdad. Pero por favor, no intente tapar el sol con un dedo…

La muchacha lo miró.

—Señor Dikoudis, yo…yo…

—Como dije, es usted una mujer maravillosa —él le tomó una mano y se la rozó con los labios. Ebe estaba tan roja como un tomate—, pero sería yo un sinvergüenza si continuase aceptando sus favores.

Ebe tragó con fuerza y su mandíbula se tensó un tanto.

—A que… ¿A qué se refiere, exactamente? —preguntó con severidad.

Bryant soltó aire y, despacio, liberó la mano que sostenía.

—A que no soy el hombre que busca, señorita Kunne.

—¿Por qué no? —terció ella, ceñuda—. Ambos formamos parte de la jerarquía del Templus, lo que significa que podríamos tener algo…

Bryant negó con la cabeza.

—Yo no puedo, señorita Kunne. No con usted.

—Está enamorado de otra mujer —entendió al fin la susodicha. Bajó la cabeza y apretó las manos en puños—. ¿Quién es?

Bryant se reclinó en su asiento y clavó la vista en cualquier punto. A su memoria volvieron los ojos verdes y el cabello dorado de Juliette, seguidos de la cabellera pelirroja y los iris violáceos de Nirvana, para por último transformarse en los rizos azabaches y mirada zafiro de Elizabeth. Luego del desencanto que había sufrido, le había costado mucho deshacerse de los sentimientos que había experimentado hacia la supuesta hermana del Monanti, sin contar con la constante auto recriminación por haberse enamorado de su enemiga.

No obstante y, mientras él pasaba ese mal trago, dos personas habían permanecido a su lado: Vlad Tie y la propia Elizabeth. El primero como amigo y sabio consejero y la segunda, como ejemplo de vida. Elizabeth lo había perdido todo, había sido insertada en un mundo desconocido a la fuerza, había hecho frente a la guerra (por un método poco convencional, pero lo había hecho)… ¿Y él se moría por una desilusión amorosa? Patético. Sin embargo, ¿qué era, con exactitud, lo que sentía por Elizabeth en esos precisos momentos?

—No lo sé —respondió al fin—. Lo que siento por esa mujer, quiero decir. Pero no me parece que mientras yo me decido, deba aprovecharme de sus sinceras emociones. Sé lo que es que jueguen con uno, señorita Kunne, y para nada me gustaría hacerla pasar por lo mismo.

La aludida no respondió. Permaneció muy quieta en su asiento, con la vista clavada en su plato, Bryant notó cómo poco a poco sus facciones y músculos se relajaban, hasta que por fin levantó la cabeza, sus ojos estaban llenos de lágrimas.

—Dígame quién es —musitó con voz rasposa—. Es lo único que le pido.

Bryant dudó, pero al final dijo:

—Elizabeth Monanti.

Ebe rio con amargura.

—Una rival digna —se secó los ojos con brusquedad—. Al menos mi ego no se sentirá tan mal.

—¿Rival? —repitió Bryant, inquieto—. ¿A qué se refiere con eso?

Ebe le sonrió, esta vez el gesto le salió genuino. Lo tranquilizó con un ademán.

—Es una mera expresión, señor Dikoudis. Despreocúpese. Sé reconocer cuando he perdido una batalla —se levantó—. En fin, lo dejo para que pueda comer. A mí se me ha quitado el hambre.

—Señorita Kunne —Bryant la alcanzó a sujetar por un brazo—…en verdad lo lamento.

La mujer le sonrió con tristeza, y sus ojos volvieron a brillar, acuosos.

—Yo más, señor Dikoudis, pero así es esto del amor: al corazón no se le manda.

Se zafó con educación del agarre de Bryant, antes de desalojar el sitio.

 

Elizabeth caminaba por los pasillos del laberinto con pasos fuertes y firmes. Su flamita azul-plateada la iluminaba, aunque el trayecto parecía hacerlo más bien a ciegas, sus ojos velados por una rabia que llegaba incluso hasta colorearle las mejillas. Al alcanzar su destino, el punto en donde siempre quedaba de verse con Érix, no pudo reprimir el impulso de arrojarle a la cara la revista que llevaba en la mano, en cuya portada aparecía el hombre con una mujer sentada sobre las piernas y otra acariciándole la espalda.

—No me digas que eso es parte de tu actuación —susurró con timbre contenido de cólera, temblaba de pies a cabeza—. Porque no te lo voy a creer.

—¿Pero qué demonios te pasa? —Érix no había levantado la revista, mas su rostro denotaba tal indignación que parecía a punto de explotar—. ¿Cómo osas arrojarme eso a la cara?

—¡Porque quiero una explicación! —estalló Elizabeth fuera de sí, sin importarle que alguien pudiese oírles—. ¡Quiero saber por qué dices amarme, por qué perjuras tantas cosas en tus cartas, pero en la realidad eres tan distinto! —señaló con un dedo la revista—. Y encima te pavoneas con esas tipejas…

—En primer lugar, Elizabeth, no te permito que me hables en ese tono —sentenció con timbre helado—. Y en segunda instancia, esas… «tipejas», como las has llamado, son amigas mías.

Elizabeth bufó.

—Pues para amiguitas que tienes.

—Deberías estar agradecida —espetó Érix—. Al menos no me exhibo con gente desconocida.

Elizabeth soltó una carcajada medio histérica.

—¡Agradecida! —chilló, indignada—. ¡Por supuesto, debo agradecer que besuqueen a mi novio en público porque yo no puedo hacerlo!

—¡Más bien porque no quieres hacerlo! —la corrigió él a voz en grito—. ¡Si me amaras, no te importaría lo que dijesen los eruditos o el Saigrés, o cuánto pudiese afectar lo nuestro en tus estúpidas pruebas! ¡Si me amaras, tendrías la decencia de guardar tu cuerpo para mí, en vez de usarlo para fotografiarte como una golfa con tal de conseguir unas cuantas monedas! ¡No eres más que una puta, Elizabeth Monanti!

Ni la propia Elizabeth lo vio venir: su mano se disparó contra Érix y lo abofeteó con tal fuerza que lo hizo tambalearse hacia atrás, la rabia que minutos antes había bullido dentro de ella pareció evaporarse. Parpadeó, de pronto como si hubiera salido de un sueño. Se cubrió la boca con una mano para ahogar un grito, al tiempo que Érix se rozaba con las yemas el área en donde habían quedado marcados sus dedos.

—Yo… —balbuceó la joven—. Lo…Lo siento, Érix, yo…no quería y… —rompió a llorar—. Oh, Dios mío, no sé qué es lo que me pasa, lo lamento, de verdad lo lamento…

Esperaba que él le gritase, incluso que la golpease, pero el silencio y una brisa helada se instaló entre los dos, logrando que el llanto de Elizabeth aumentase. Se sentía fragmentada, Dios sabía que si había aprovechado su figura pública había sido por una buena causa y, aun así, ¿por qué no era capaz de entregarse a Érix? ¿Y cómo podía exigirle nada si ella se mostraba tan rígida? Pero él también era distinto entre lo que decía y hacía… A punto estuvo de caer de rodillas cuando el hombre la sujetó de las muñecas y la obligó a descubrirse el rostro, para colocar los brazos de la joven en torno a su cuerpo.

Ella se aferró a él, desesperada, incrédula de que le permitiese tocarlo, hundida la cara en su pecho, las manos de Érix frotaban su espalda con calidez.

—Yo soy quien debe disculparse —lo escuchó decir contra su pelo—. No eres ninguna golfa, Elizabeth. Yo…es que me resulta tan difícil, tenerte y no tenerte a la vez, la noche en que me sacaron esa fotografía estaba borracho, lo único que buscaba era olvidar…olvidar el hecho de que millones de cultrorianos te ven ahora a través de comerciales y distinguidas marcas…Y yo…quisiera gritar lo nuestro…

—No importa —hipó ella, con una mano sujetaba la barbilla de él para que la mirase directo a los ojos—…escúchame bien, Érix Kunne, no importa en cuántos comerciales o cuánta ropa modele, te amo…y siempre seré tuya…

—Bésame… —susurró el hombre contra sus labios.

Elizabeth obedeció. Su lengua se enredó con la de Érix, sus manos acariciaron sus mejillas, en un intento por borrar la marca que había dejado sobre la blanca piel. Sintió las manos masculinas despojarla del albornoz vino que la recubría, con lo cual, el frío aire se coló a través de la ligera tela de su camisón y, con este, los dedos de Érix.

Esperaba que su corazón se acelerase o, como mínimo, que el estómago le mariposease, pero lo que ocurrió fue que las imágenes de las revistas, entremezcladas con las palabras que el hombre le había gritado a la cara le restallaron en la memoria, dolorosas y agudas como el azote de un látigo.

—Para… —susurró—. Yo…Érix, por…por favor, aquí no…

Creyó que no se detendría, pero tras unos estresantes segundos lo hizo, con los ojos brillantes y la respiración entrecortada.

—Sí, sí…lo siento —tragó saliva—. Será…será en otra ocasión.

Elizabeth se apartó varios pasos, recogió la prenda que había caído al suelo sin apartar los ojos de Érix y se levantó.

—Lo siento —repitió con la garganta seca—. Yo…es solo que…

El hombre sacudió la cabeza.

—No importa —la miró de arriba abajo y, por alguna horrorosa razón, Elizabeth se sintió desnuda ante él—. Será…será mejor que te vayas. Es tarde y…hace frío.

—Sí… —Elizabeth no tardó en volver a ajustarse la bata que había tomado prestada del armario de Gabriella. De repente, deseaba alejarse todo lo posible de él—. Yo… —quiso decirle que lo quería, pero los condenados insultos seguían rebotando dentro de su cerebro. ¿Qué demonios le pasaba? ¡Si hacía unos instantes lo había besado!—. Adiós, Érix.

—Adiós, Elizabeth. Que descanses.

—Igual tú, Érix.

Y giró sobre sus talones para casi correr fuera del laberinto.

 

Gabriella dejó que el sonido del corazón de Maks la relajase. Era un sonido agradable, rítmico y pacífico. Se sentía bien allí, recostada encima de él, desnuda y con las manos masculinas entorno a su cintura. El pelo envinado se desparramaba por sus hombros y parte de su espalda, le cubría la mitad de la cara. Pero Gabriella sabía que Maks Kotoro no necesitaba leer su expresión para saber que algo la atormentaba, porque así, sin amuleto que la protegiese, su mente era un libro abierto para su desarrollado don.

—¿Se puede saber por qué estás tan callada? —preguntó él de improviso, con lo cual, Gabriella dio un respingo.

La muchacha se alzó para mirarlo de frente y enarcó una ceja.

—Puedes leerme la mente. Creo que la pregunta sobra.

—Me gusta respetar la intimidad de los demás —ella puso cara incrédula—. Ya, está bien, me gusta respetar la intimidad mental de las personas que me importan —le delineó los labios con un dedo—. Y por lo común, eres la primera en iniciar una conversación después de que hacemos el amor.

Gabriella suspiró.

—Estoy algo preocupada —rodó sobre sí misma para quedar al lado de él. Maks se acomodó sobre su costado y apoyó la cabeza en una mano—. Elizabeth…le importa tanto adaptarse a la mentalidad de las mujeres de acá…Y yo la apoyaría, ¿sabes? Si no fuera porque está con ese…ese…

—¿Imbécil? —ella lo miró con asombro. Maks encogió un hombro—. Vamos, hasta donde sé, Kunne no tiene el oído híper desarrollado.

—Sí, con ese imbécil —escupió Gabriella con la mirada sombría—. Quisiera intervenir, abrirle los ojos, no sé… —se alborotó el cabello—. Y luego está Kya… —lo miró con ojos suplicantes—. Maks, tú sabes que esa venganza…

—Sólo va a envenenarle el alma —la cortó él con suavidad, posando uno de sus dedos sobre sus labios—. Lo sé, Gabriella, pero ella no quiere escuchar. Por otra parte —le acomodó un mechón de cabello detrás de una oreja—. ¿Qué me dices de ti?

—¿De mí? —repitió Gabriella, confundida—. Yo…yo estoy bien.

—¿En serio? —el hombre le acarició una mejilla con dulzura—. Porque a veces, cuando te quedas dormida, suplicas en sueños… ¿A qué le temes, Gabs?

La susodicha no respondió. Por su mente pasó la muerte de Chihiro Wakana, todas y cada una de las vicisitudes por las que estaban pasando sus amigas, su propia responsabilidad como bakemono y candidata a Jueza Mundial.

—A no poder salvar a nadie —murmuró—. Ni siquiera a mí misma.

—Me parece —él le masajeó los hombros, sus huesos crujieron agradecidos a lo cual ella suspiró—, que te estás echando encima más responsabilidades de las que te corresponden. La señorita Monanti debe percatarse, por su propia cuenta, que el hombre con el que se relaciona no es el adecuado; Kya Kalonice debe aprender a perdonar y perdonarse… —la besó, sus manos trazaron el camino de su cintura y hacia su pelvis—. Y respecto a ti… Creo que ya estás más que salvada, Gabriella Altus. El problema es que no te das cuenta… —alineó su cuerpo con el de la muchacha y ejerció presión, Gabriella no necesitó más orden para separar las piernas y recibirlo con un gemido de placer—, no notas esas magníficas alas que surgen de tu espalda…no has asumido que puedes volar.

—Llévame al paraíso, Maks —pidió la mujer arqueada hacia él—. Haz que toque el cielo…

El hombre saboreó sus pechos y su cálido aliento hizo chisporrotear una dulce sensación en el bajo vientre de Gabriella.

—El cielo y las estrellas, mi águila real. El cielo y las estrellas.

Kya aplaudió junto con los demás una vez hubo terminado el espectáculo de marionetas. Egbert la había traído a un show al cual ella nunca había asistido. Por fuera, parecía un circo, ya que se distinguía como una inmensa carpa azul marino, plagada de estrellas. La magia del evento, de hecho, comenzaba desde que se cruzaba la entrada, ya que las vestimentas cambiaban según el animal representativo de cada uno. Kya, por ejemplo, lucía ahora un vestido ceñido a la cintura, con franjas amarillas y negras, como si fuera una avispa. Su acompañante, por otro lado, lucía un traje verde lima, con un sombrero que asemejaba la cabeza de un sapo, con verrugas incluidas. Kya tenía que admitir que era divertido, en especial, cuando le tocó ver a una mujer que tuvo que pelearse con la cola de zorrillo que le había surgido, a fin de poder sentarse.

Hasta el momento, había disfrutado de gran variedad de atractivos, algunos inimaginables hasta para ella, que estaba acostumbrada a la magia y las cosas extraordinarias. Obras de teatro con luces y sombras que se acercaban tanto que casi podías tocarlas, un tigre de bengala que flameaba y que como mínimo debía medir dos metros de alto. Duendes de la ciudad de Vitre que hicieron joyas y prendas sencillas con rayos lunares, el sereno de la propia noche y el canto de un fénix; palomas luminiscentes que eran capaces de realizar una bellísima danza fuera y dentro del agua…Y aun así, Kya no era capaz de apartar de su mente a Andrómeda, escondida bajo la cama sin mover un solo músculo mientras asesinaban a Cleopatra. «A Cleo le habría encantado todo esto…» pensó con tristeza, pero sin permitirse derramar ni una sola lágrima. No planeaba estropearse el maquillaje, más, si venía del quid nuevo que le había regalado Egbert.

El hombre había sido más que amable con ella: había sido paciente, comprensivo, la había escuchado y dejado llorar cuando lo había necesitado, sin contar las noches de pasión que le había regalado. No, debía corregirse, aquello había sido más que pasión y Kya lo sabía, estaba consciente de cómo la miraba Egbert y no era crudo deseo, sino verdadero cariño, un amor tan noble que intentaba salvarla de un abismo a sabiendas de que ella se negaba y negaría a tomar la mano que le ofrecía.

—¡Vamos a bailar! —la sacó de sus cavilaciones el susodicho. Tiraba de su muñeca para levantarla. Kya parpadeó, acababa de darse cuenta de que alguien entonaba una canción en francés mientras una impresionante orquesta de animales e insectos producían la música. La pista de baile no tardó en llenarse de gente que parecía más disfrazada que preparada para un baile. Por inercia, la erudita se dejó llevar, luces de colores iban y venían por todas partes—. ¡Anda, no me digas que el mito es cierto! —exclamó Egbert para hacerse oír entre la algarabía.

—¿Cuál mito? —preguntó Kya también en tono alto.

—¡El de que las avispas son enojonas!

Ella lo miró sin entender.

—¡Creo que no capto!

—¡Tu cara! —apuntó Egbert—. ¡Parece que no hubieras ido al baño en semanas! —Kya esbozó una media sonrisa. Egbert, por su parte, asintió complacido—. ¡Así me gusta! ¡Que se note que te diviertes, preciosa!

—¿Por qué haces esto, Egbert? —cuestionó Kya de todos modos—. ¡Todo esto…!

No pudo terminar ante los labios que se fundieron con los de ella en un apasionado beso que no dilató en regresar.

—Porque te amo —le dijo él al oído—. Te amo, Kya Kalonice, desde el primer momento en que te vi…

—Pero yo…

—¡Shhh, no lo digas! —la reprendió Egbert con ceño. Pero suavizó la expresión y le regaló una tierna sonrisa—. ¡No importa! ¿De acuerdo? ¡Mientras tú estés bien yo también voy a estarlo!

—Oh, Egbert —los ojos de la mujer se cristalizaron—, yo…

—¡Nada, nada! —él le dio unos toquecitos en la nariz con un dedo. La besó de nuevo—. ¡Anda, quiero verte sonreír y bailar como la diva que eres!

Kya se rio y parpadeó para espantar las lágrimas. Con un gesto teatral, se desenganchó la pinza en forma de avispa que le recogía el cabello.

—¡Bien, pero si tus ancas de rana no pueden seguirme el ritmo no te quejes!

Y dejó que su cuerpo se embriagara con la música…y la compañía de él.

 

***

N/A:

Este capítulo está dedicado a Alejandra Huerta Ortega, por ayudarme, sin querer, a escribir esta última escena ;-)



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