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Destino II. Epidemia. » Injusta justicia
Destino II. Epidemia. (R15)
Por Kajiura
Escrita el Martes 5 de Mayo de 2015, 23:20
Actualizada el Miércoles 4 de Octubre de 2017, 01:30
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Injusta justicia

II

Injusta justicia

 

Se recargó sobre una pared etérea y perlada. Toda la estancia parecía estar difuminada, como sacada de una ensoñación, con colores claros y un mobiliario sobrio, algunos cristales despedían, de hito en hito, rayos de luz tornasol.

No obstante, ni los colores ni lo fantástico del lugar parecía llamar su atención. Permanecía inmóvil, de brazos cruzados y con la mirada chispeante clavada en el vacío. Si hubiese podido, lo habría matado de un manotazo igual que a una mosca. Pero de nada habría servido, su esposa no habría vuelto porque él desapareciera.

Respiró hondo sin necesitarlo como tal. Ese mortal ponía su paciencia a prueba, con esa arrogancia, esa altivez, más aún, con esa maldita necedad; siempre queriendo hacer lo que se le daba en gana, sin detenerse a pensar en las consecuencias de sus actos, tan caprichoso…

—Dicen que cuando alguien no te simpatiza, es porque se parece a ti.

Se enderezó de un salto al identificar la voz. Nunca lo sentía llegar, ni podía predecir sus movimientos. Y eso le fastidiaba, sobre todo porque era el Dios de Dioses y debería tener a todas las deidades bajo su estricto escrutinio.

Sin embargo, él conseguía escaparse de su mirada y percepción. Estaba contento, su apariencia adolescente lo delataba. Tenía el cabello de un color verde botella, sujeto en una trenza que le llegaba a las caderas. Cuerpo atlético, rasgos finos y mirada intensa de color avellana, llena de una sabiduría milenaria, en contraste con su apariencia juvenil. Iba enfundado en una túnica negra, atravesada por una banda dorada que tenía grabados los signos del zodiaco de cientos de culturas, algunas desconocidas hasta para el propio Zehel.

—Hola, Dios de Dioses cultroriano —lo saludó con una voz varonil—. Veo que llego en el momento justo para enseñarte un par de cosas —soltó una risa sin sentido, sus ojos desenfocaron unos segundos antes de volverlo a mirar—. O para fastidiarte la mañana, como prefieras verlo.

Zehel le dedicó una mirada indiferente. Otro al que quería destazar vivo, pero si lo demostraba, sólo conseguiría divertirlo y, no quería darle ese placer.

—¿Qué es lo que quieres, Chronos? —lo cortó tajante—. No estoy de humor para tus artimañas, así que por favor ve al grano.

—Oh, el pequeño Zehel ha sido mortificado por un mortal —se burló Chronos y en un parpadeo, estaba sentado de piernas cruzadas sobre el escritorio—. ¿Te irritarías más si te dijese que lo que has hecho estuvo muy mal?

—No sé de qué hablas. No he hecho nada fuera de las normas.

Chronos estrechó los ojos y esbozó una sonrisilla odiosa.

—¿En serio? —dijo y arrastró las palabras—. Yo creo que sí, Zehel. Le estás cobrando a un mortal algo que no te corresponde.

—¿Que no me corresponde? —el Dios tensó cada uno de sus músculos, sus manos apretadas, en su timbre se distinguía una nota peligrosa—. ¿Entonces a quién le compete? ¿A ti, que fuiste quien pidió ese pago? —lo encaró con ojos furiosos—. Me parece que ya esperé suficiente, ¿no crees?

Chronos fingió meditarlo, con una mano se acarició el mentón.

—¡No, yo creo que no! —exclamó de pronto y soltó una risa demente—. Deberías aprender de cierto mortal que una vez dijo: «Usar de venganza con el más fuerte es locura, con el igual es peligroso, y con el inferior es vileza» —se carcajeó y se puso a dar saltos y piruetas por todas partes—. ¡No deberías actuar así con Astucieus Thrampe, Zehely! ¡Qué diría tu difunta esposa, al ver lo bajo y vil que es ahora su sacrosanto marido!

—¡Cállate! —estalló el Dios y le lanzó un rayo que abrió un boquete en el suelo al no dar en el blanco—. No te atrevas… no te atrevas a mencionarla…

—¿Por qué no? —lo instó el otro, que ahora daba saltos sobre el sofá, ubicado a un costado—. ¡Era tan hermosa, tan dulce y valiente…!

Zehel dio un bramido y disparó un nuevo rayo en pos del jovenzuelo, quien dio vueltas de gimnasia hacia atrás hasta quedar acorralado contra la pared, pero logró desaparecer a tiempo con lo que el muro estalló en cientos de fragmentos luminosos. Zehel no se detuvo y envió a por él una masa de energía que fue a destrozar una vitrina, el segundo rayo hizo añicos el escritorio y las dos sillas.

—¡Cobarde! —tronó al no detectar ni rastro de su adversario—. ¡Ven y enfréntame, maldito bas…!

El resto de la oración se le quedó atorada en la garganta. Boqueó cual pez fuera del agua, sus rodillas chocaron contra el suelo al perder fuerzas. Entonces, una figura alta se materializó delante de él, su sola presencia y aura hizo que el recinto se reconstruyera solo. Alzó la cabeza, Chronos lo observaba con una sonrisa torcida y el aspecto de un adulto, el porte de un rey y un destello maléfico en los ojos, amenazante.

—Sin palabrotas, amigo mío —dijo socarrón—. No destruyas la linda amistad que tenemos.

—Yo… no…tengo… nada contigo… —dijo Zehel con voz estrangulada, derrumbado por completo como si una fuerza invisible lo doblegase—. Nunca…

Tosió compulsivamente al ser liberado del poder aplastante de Chronos, sus pulmones buscaron aire de la misma manera en la que lo hubiese hecho cualquier mortal. Él, un Dios de Dioses, el creador de todo un mundo, luchando por conseguir una pizca de oxígeno. Patético.

—Sé que eres inteligente, señor de los Cielos Cultrorianos —dijo Chronos como si desde un principio hubiesen mantenido una charla de té—. No sigas con esto, sabes que no te corresponde tomar justicia por tu propia mano. No es ese tu papel —se alejó un paso, Zehel se apoyaba contra la pared del fondo y se recuperaba de a poco—. No hagas que tome medidas drásticas, porque no te gustarán.

Zehel quiso desintegrarlo con los ojos.

—Lárgate —escupió—. Vete antes de que yo también tome medidas drásticas.

Chronos rió como si le acabasen de contar un chiste.

—Está bien, me iré, pero luego no digas que no te lo advertí —su cuerpo comenzó a desvanecerse, empezando por los pies—. ¡Adiós, que el tiempo te aproveche!

Y con una última risa desquiciada, desapareció.

 

Bryant soltó aire, abatido.

Acababa de teletransportarse al Iusterión, lugar en donde estaban los tribunales de justicia y la oficina de Astucieus. Era una edificación con cinco pisos, de forma pentagonal, con vitrales en diferentes tonos de grises y muros sostenidos por torres en cuyas cúspides se erigían sendas esfinges.

Y  justo en la parte más alta, construida sobre la azotea, había una escultura de gran tamaño, rostro hermoso, ojos estrechados y taladrantes. La Diosa Tamara de la Justicia sostenía un arco que apuntaba con fiereza hacia abajo, lista para atravesar con su flecha a quienes se atreviesen a desobedecer la ley.

Pese a la intimidante fachada, lo que abatía al castaño era a quien tenía que enfrentar. De por sí, Astucieus no era una persona abierta a compartir sus asuntos personales, sobre todo si quien intentaba indagar algo era él. Pero necesitaba saber, conocer la historia que había detrás; porque tenía que haber una razón para que se negase a asumir la gubernatura, alguna explicación debía existir para el trato hosco que Zehel le había dado.

Se adentró en las instalaciones sin reparar en nada ni nadie; fue directo a la recepcionista, para nada agraciada, tan delgada que los huesos de la cara le sobresalían, pero que esbozó una sonrisa tan deslumbrante que hizo a Bryant olvidar el resto de sus rasgos. Era una de las cualidades de las Dvergar: hechizar a los demás con la gracia de sus movimientos, además de poseer una memoria infalible.

—Buenos días, Georgia —la saludó—. Busco al señor Thrampe, ¿sabes dónde está?

—No, pero si está en este edificio, lo localizaré para usted.

—Muchas gracias, Georgia.

La recepcionista sacó de debajo del mostrador un trozo de azabache cortado en forma rectangular, junto con una aguja larga y de punta finísima, la cual sumergió en un tintero, empapándola de un líquido blanco. Escribió el nombre del Garque sobre la piedra, con lo que las letras comenzaron a serpentear en su lugar, hasta diluirse y arremolinarse sobre el azabache, para al final formar una nueva oración:

 

«Oficina Jurídica Mundial, quinto piso»

 

—Está en su oficina, señor Dikoudis —comunicó la Dvergar—. Lo que no sé es si la señorita Farfalla esté con él, tengo entendido que tenían una reunión… ¿gusta que corrobore?

—No, Georgia, esté o no Cantharis presente, tengo que hablar con él —rechazó Bryant con elegancia y se alejó del mostrador unos pasos—. Que tengas un lindo día.

—Igualmente, señor Dikoudis.

Bryant giró sobre sus talones y se adentró en el elevador que conducía a los pisos superiores. Se trataba de un tubo de vidrio ancho, el cual a su vez contenía una caja de cristal polarizado, con puertas corredizas que se abrían y cerraban solas. Encima de la caja, se apreciaban tres dragones púrpuras de no más de cincuenta centímetros de alto, con alas pequeñas y ojos azul eléctrico muy grandes que les daban un aire adorable. Los animales estaban sujetos por cadenas de acero, ancladas cada una a una esquina de la caja.

Bryant oprimió el botón que tenía impreso el número cinco. Al instante, el elevador cerró sus puertas y se puso en marcha, alzado por los cuatro dragones. Al llegar a su destino, el castaño bajó del aparato y se encaminó por uno de los cinco túneles de azabache que se habían abierto frente a él, con forma de serpiente y ojos de rubí. Cuando llegó a la puerta grabada con el animal característico de Astucieus que había al final, se detuvo.

Respiró profundo, en un intento por armarse de valor. Golpeó la madera con los nudillos, pero no hubo respuesta del otro lado.

—Astucieus —habló con una determinación que no sentía—, abre la puerta. Sé que estás ahí, lo corroboré con Georgia.

Finalmente, la puerta se deslizó hacia dentro y le permitió a Bryant el acceso. La oficina de Astucieus era la más escalofriante de todas: el suelo estaba hecho de cristal, bajo el cual burbujeaba una sustancia roja y brillante. Amplio, con paredes de roca negra, techo abovedado de donde colgaba un enorme candelabro.

Al otro lado y pintado sobre la pared, había un mural que representaba a la Diosa Tamara sentada sobre un trono, lanzando flechas envueltas en llamas a diferentes seres oscuros. Al fondo de la estancia se hallaba un escritorio en forma de sarcófago, acompañado de sus respectivas sillas. Y justo en la pared posterior, se veía una enorme placa de plata triangular, con el escudo de Cultre tallado en relieve.

—Sé breve, Dikoudis —lo apuró Astucieus sin despegar la vista de unos papeles—, hoy te he visto la cara lo suficiente como para que me dé una infección en los ojos.

Bryant ignoró el último comentario y ocupó una silla delante de él.

—Itzal me dijo que hablase con Elizabeth cuanto antes…

—¿Y qué haces aquí, entonces? —lo interrumpió el hombre todavía sin mirarlo.

Bryant suspiró y pidió paciencia a los cielos.

—He venido a obtener una explicación —dijo muy serio—. Astucieus, ¿por qué no quieres asumir la gubernatura?

El hombre bufó y lo miró.

—Dikoudis, ¿por qué no dejas de meterte en donde no te llaman? —contraatacó con los ojos estrechados.

Bryant hizo una mueca.

—Hablo en serio, Astucieus.

—Yo también —él dejó a un lado los folios que revisaba—. ¿Qué? —arqueó ambas cejas—. ¿Es que llevar el gobierno por un mes te ha dado el derecho de exigirme cuentas? —se cruzó de brazos y le dedicó a Bryant una sonrisa mordaz—. En ese caso, creo que tendré que recordarte cuál es tu puesto. Eres el Quinto al mando, Dikoudis. Por ende, tú eres quien me da explicaciones, no yo a ti.

—Escucha, Astucieus —espetó Bryant con las manos alzadas, como para protegerse del veneno de sus palabras—, si quiero saber no es para fastidiarte. Es para saber qué le diré a Elizabeth.

Su compañero frunció el entrecejo.

—¿Qué le dirás? Bien, Dikoudis, no veo qué problema hay con eso. Lo único que tienes que decirle es que la gente la quiere como nueva gobernadora, pero como no cumple el mínimo de edad, deberá presentar unas pruebas. Punto. ¿Es eso muy complicado? Yo creo que no.

Bryant apretó las manos en puños y respiró hondo.

—¿Y si se niega? —dijo—. No voy a negar que a mí la idea me parezca estupenda, en serio —se pasó una mano por el pelo con nerviosismo—, pero no nos detuvimos a pensar en lo que Elizabeth quiere.

—¿Y qué otra cosa puede querer? —refutó Astucieus con una risa burlona—. Dikoudis, por los Dioses, no tiene a nadie ni nada más importante que hacer aquí.

Bryant lo fulminó con la mirada.

—En serio, no puedo creer que seas tan egoísta. Aunque no tenga a nadie, ella puede querer muchas cosas. Estudiar, trabajar en algún lado… y estaría en su derecho. Su obligación para con nosotros y el mundo entero terminó el mismo día en que le practicó el Seppuku a Tyr. En teoría, no podemos obligarla a nada. Claro que sería diferente si le explicases por qué no quieres asumir de manera directa la gubernatura —se cruzó de brazos—. Hasta yo estaría dispuesto a colaborar si me dijeses qué hay entre Zehel y tú como para que te tratase así hoy.

Astucieus soltó una risa amarga.

—Zehel trata así a todo el mundo, Dikoudis. ¿O ya se te olvidó cómo es que usó su influjo en ti? —el aludido frunció los labios, Astucieus esbozó una sonrisilla de autosuficiencia—. No por eso tengo que tener una deuda pendiente con él.

Los ojos de Bryant centellearon, triunfales.

—Yo nunca dije que tuvieses una deuda pendiente con él.

Astucieus maldijo por lo bajo.

—Escucha, cuatro ojos, mis asuntos personales no te incumben —dijo tajante—. Ni a ti, ni a Elizabeth. Lo que yo tenga con Zehel es asunto mío y de él, de nadie más. Si ella se niega a cooperar entonces tomaré medidas drásticas —alzó un dedo, sus ojos contorneados de rojo—. Así que mejor convéncela de que lo haga por las buenas. Además, a ti también te conviene. Si no mal recuerdo, no parecías muy emocionado cuando te propuse como gobernador.

—Y no me hace especial ilusión —aclaró Bryant—, pero tampoco pienso obligar a Elizabeth a asumir esa responsabilidad si no quiere. No es un objeto —se puso de pie, enfadado—. ¿Crees que no me di cuenta? La entrenaste como a una máquina de batalla, y tal vez estuvo bien debido a la situación, pero esa bomba tarde que temprano va a estallar, Astucieus. Y te estallará sólo a ti, directo en el rostro.

Astucieus apretó los labios en una fina línea, aunque sin añadir nada más. Se limitó a chasquear los dedos, con lo que la puerta se abrió sola, Bryant giró sobre sus talones y abandonó la estancia en contra de su voluntad.

 

 

Elizabeth giró sobre su eje con la intención de apreciar su figura por todos los ángulos, enfundada en un sencillo vestido blanco que Bryant le había comprado.

Había pasado tiempo desde que hubiese derrotado a Tyr y, si bien llevaba viviendo en la pirámide más de un año, todavía le costaba adaptarse a ciertas situaciones, tales como las ropas y la mentalidad de los cultrorianos, demasiado diferentes a las suyas. Antes, por ejemplo, había utilizado vestidos largos y corsés, incluso la indumentaria que había usado durante su función como guardián provisional le llegaba a los tobillos, pero ahora que ya no fungía ese papel, debía vestirse como lo haría cualquier otra chica de Cultre.

Misaki había intentado convencerla de usar pantalones, mas al final sólo se compró dos de ellos, demasiado acostumbrada a las faldas. De cualquier forma ya no iba a luchar, así que podía ponerse lo que quisiera.

—Me siento desnuda —comentó a su dama de compañía, con la mirada clavada en el reflejo de sus piernas—. ¿Segura que no hay algo más largo?

—Pero si te llega arriba de la rodilla —sonrió Misaki divertida—. Además, te ves preciosa.

—Gracias —ella le regresó el gesto, pero adoptó un semblante pensativo—. ¿Por qué crees que ni Bryant ni el maestro Thrampe bajasen a desayunar?

—Mmm… bueno, no estoy muy segura, pero me parece que han tenido una reunión —explicó la mujer mientras recogía la ropa regada—. Precisamente, con los miembros del Saigrés.

Elizabeth enarcó las cejas. Al no tener nada que hacer, había invertido gran parte de su tiempo en leer los libros de la biblioteca de los Garque, en donde mismo había encontrado un ejemplar que hablaba del Templus y sus jerarquías.

Allí, se había enterado de que había un órgano por encima de los guardianes: el Verzaik. Según explicaba el texto, eran cinco hermanos, descendientes de uno de los primeros Garque, todos dotados con el don de la inmortalidad.

Debajo de los guardianes, estaba el Saigrés. Y Elizabeth tenía intención de dirigirse a ellos, más específicamente, a Itzal Txaran, con el objetivo de que la dejasen formar parte de los estudiantes de la pirámide. Después de todo, no sería ni la primera ni la última muchacha que entrase a estudiar a una edad avanzada. Según había visto en «La historia de los Garque», el propio Astucieus había entrado a los quince siglos.

—¿Qué crees que hayan tratado?

Misaki iba a responder, pero el llamado a la puerta la interrumpió; ambas féminas se miraron extrañadas.

—¿Quién es? —preguntó Elizabeth.

—Bryant —respondió la voz del aludido en tono osco—. Abre la puerta, tengo que hablar contigo.

El desconcierto de las dos aumentó, por lo que Misaki se apresuró a abrir la puerta, hallando así a un Bryant de pie y con expresión truncada. El muchacho entró a la habitación, la dama de compañía no necesitó que él hablase para entender que no era bienvenida en la conversación; realizó una reverencia hacia el castaño y salió del recinto, tras cerrarse la puerta, Elizabeth se volvió.

—¿Sucede algo? —preguntó cautelosa al notar su gesto.

—Toma asiento, Elizabeth —pidió Bryant en un suspiro. Palmeó la cama a modo de invitación—. No querrás caerte de la impresión.

Ella lució preocupada, pero acató la orden en silencio. Si algo tenía Bryant era que pocas veces se enojaba y, cuando eso ocurría era porque se trataba de algo serio.

—Bien… —Bryant tomó aire—: hoy temprano ha llegado a la morada un grupo de eruditos conocidos como el Saigrés. Su función es…

—Eh… —Elizabeth carraspeó y se movió incómoda, Bryant detuvo su explicación—, disculpa pero, sé qué es el Saigrés. Lo leí en un libro de la biblioteca —añadió con timidez.

—Perfecto —suspiró Bryant con una amable sonrisa—, me ahorrarás la instrucción. La razón por la que el Saigrés se ha reunido con nosotros es para hablar de ti, Elizabeth. Y aunque no me guste decirlo, lo cierto es que tenían la intención de echarte del Templus.

—¿P…Pero por qué? —tartamudeó la joven, perpleja—. No he hecho nada malo…

—Lo sé, lo sé —la apaciguó él—, pero ellos temían que nos traicionases, por ser hija de Tyr. Además de tus poderes, los cuales los asustan

La chica parpadeó.

—Pero si hice todo lo que ustedes me ordenaron, acabé con Tyr… ¿Por qué iba entonces a traicionarlos?

—Están asustados —repitió Bryant con suavidad. Le tomó una mano como muestra de apoyo, gesto que hizo a la muchacha sonrojarse—. Toda esta situación los tiene algo paranoicos. Por suerte, Astucieus y yo logramos convencerlos de que no había nada que temer. El problema radica, en que se te ha propuesto como candidata para gobernadora.

Elizabeth agradeció en silencio el haberse sentado: el estómago se le abrió en un hueco, al mismo tiempo que las piernas comenzaban a temblarle. Desmesuró los ojos, lívida.

—¿Para… para gobernadora? —dijo en un hilo de voz—. P…Pero Bryant…

—Sé que es una gran responsabilidad, pero también creo que podrás hacerlo. Eres inteligente, demostraste agallas durante tu entrenamiento y el combate contra Tyr.

Elizabeth sacudió la cabeza.

—Gracias por el cumplido, Bryant, pero creo que se necesita más que eso para ser gobernadora —miró sus manos entrelazadas y, muy despacio, se liberó de su agarre—. Y yo no lo tengo. A duras penas pude ayudarte cuando el maestro Thrampe estuvo en el hospital. Yo… —se removió en su puesto, sin saber muy bien cómo expresarse sin ofender al muchacho—, la verdad es que tenía otros planes.

Bryant suspiró.

—Tengo que admitir, que al principio yo estaba de acuerdo con la idea —comenzó—, pero luego pensé precisamente eso: ¿y si no quiere hacerlo? —la joven no dijo nada, mas Bryant supo interpretar su silencio y el brillo anhelante de sus ojos, como una súplica, la súplica de que la liberase de una enorme carga. Soltó aire y agregó—: ¿Qué planes tenías?

—Deseaba estudiar —respondió Elizabeth en voz baja, con las manos apretadas sobre el regazo—. Si ustedes me lo permitían, pensaba ir a la oficina de la señora Txaran para hablar del tema. A mi madre le hubiese gustado que estudiáramos —sus ojos se apagaron—, y como encontré que el maestro Thrampe entró al Templus a los quince siglos, supuse que no habría problema.

—E imagino que eso lo leíste en un libro de la biblioteca —apuntó Bryant con una media sonrisa—. Escucha, comprendo que tengas ganas de entrar a estudiar, de hacer con tu vida lo que te plazca. A fin de cuentas, has cumplido con tu compromiso de destruir a Tyr —ella asintió acorde, casi agradecida, a punto estuvo de abrazar a Bryant de la emoción—. Por desgracia, no es sólo la decisión del Saigrés la que pesa sobre esta situación, si no, créeme, volvería con el consejo y me ofrecería yo mismo para el puesto —Elizabeth se desinfló—. Pero a Zehel, el gran Señor del Cielo, también le interesa que seas tú quien represente el cargo.

La alegría que la chica experimentaba pareció congelársele en el cuerpo. Miró a Bryant, entre asombrada e incrédula.

—¿Me estás diciendo… que un Dios quiere que sea gobernadora?

—Nuestro señor Zehel es un Dios sabio, Elizabeth —sonrió Bryant a fin de tranquilizarla—. Si ha hecho tal sugerencia es porque confía en ti, en tus capacidades. Aunque… —sus ojos se ensombrecieron ante el recuerdo de Zehel denegándole la destitución a Astucieus—, bueno, el detalle es que no cumples el mínimo de edad para ser Garque, si se te permitió fungir ese papel antes fue por las circunstancias que se vivían. Y para cubrir ese inconveniente ha solicitado que en caso de que pasases las pruebas, Astucieus actúe como ministro de gobernación a tu lado. En un inicio se creía que él asumiría el cargo, pero se negó y pidió su degradación, misma que le fue negada.

—¿Por qué rechazó el puesto? —se atrevió a preguntar Elizabeth—. El maestro Thrampe es muy capaz, sería un excelente gobernante: justo, sabio y valiente.

Bryant rió entre dientes, irónico. Astucieus no tenía de justo ni un pelo. Muestra de ello era el cómo pensaba usar a la chica para salvarse él mismo.

—Díselo a él —terció y rodó los ojos—: se niega rotundamente a ser el gobernador de manera directa, y por tanto, eso te obliga a ti a presentar las pruebas.

—Yo… no lo sé —Elizabeth suspiró—. No quiero ser irrespetuosa con el señor Zehel, ni defraudarte a ti o al maestro Thrampe, pero esto… simplemente no estaba en mis planes.

—De cualquier forma, Elizabeth —oyeron decir una voz que no les gustó—, no es una sugerencia, es una orden.

Tanto Bryant como la muchacha volvieron las cabezas en dirección a la entrada. Astucieus estaba parado bajo el marco de la puerta, con las manos apretadas y una expresión que, Bryant supo, no auguraba nada bueno.

 



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