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Destino II. Epidemia. » Desafiados y vencidos
Destino II. Epidemia. (R15)
Por Kajiura
Escrita el Martes 5 de Mayo de 2015, 23:20
Actualizada el Miércoles 4 de Octubre de 2017, 01:30
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Desafiados y vencidos

XXIX

Desafiados y vencidos

 

Elizabeth memorizó lo mejor que pudo todos los detalles de la reproducción que se transmitía en una televisión, a cámara rápida. En el entrenamiento práctico de la señorita Wonna habían pasado a colocar distintos distractores, desde sonidos, una serpiente que le reptaba por el cuerpo, malos olores, una infusión que la dejaba somnolienta y la propia Beryl que le lanzaba de vez en cuando uno que otro encantamiento, el cual debía esquivar. Todo esto, con el objetivo de que fuera capaz de retener la mayor cantidad de información durante la manifestación de una visión, pero al mismo tiempo, conservar el contacto con la realidad y hacer frente a los obstáculos que pudieran presentársele.

             

—Bien — la pitonisa apagó el aparato, le quitó a Elizabeth la víbora como si se tratase de un bebé y desactivó todos los encantamientos que hacían que las cosas del despacho se moviesen—. Ahora, escribe todo lo que recuerdes de lo que viste. Solo hechos, por el momento no nos meteremos con tus impresiones personales.

Elizabeth asintió, ocupó la silla que había delante del escritorio y tras soltar un suspiro, comenzó a escribir.

Tres meses habían transcurrido desde que presentase su primera prueba práctica. Durante ese tiempo, hubo de hacer frente a muchas más evaluaciones, unas más duras que otras. Dentro de estas estuvo el reconstruir una de las calles principales, utilizando sus propios recursos e ingenio.

Para lograrlo había concertado una junta con el Saigrés, a fin de que le dieran la oportunidad de exentar una materia a los alumnos que ella misma seleccionaría, los cuales debían manifestar ciertas habilidades útiles a la causa, como lo eran la telequinesis, la manipulación del fuego entre otras. Con esta oferta, Elizabeth creyó que cualquier alumno al que le pidiera su ayuda accedería, pero para su sorpresa, no todos los jóvenes le tenían estima. Algunos, especialmente los de grados más avanzados, la culpaban por las muertes que la guerra contra Tyr había ocasionado.

Aun así, un buen número de estudiantes optaron por ayudar, los más entusiastas dispuestos a trabajar horas y horas con tal de estar al lado de la señorita Monanti. La prueba en sí buscaba comprobar la capacidad de Elizabeth para relacionarse con su pueblo y solventar conflictos. Así, Elizabeth asignó labores a todos los involucrados, desde los estudiantes del Templus, profesores, servidumbre, gente de la ciudad que por una u otra razón se había quedado sin empleo. Lo más difícil (al menos para ella) fue obtener el financiamiento, ya que tuvo que hacer uso de su figura pública para conseguirlo, firmando contratos con marcas de ropa, calzado, joyería y hasta comida reconocidas.

Pasarelas, sesión de fotos, comerciales, presentaciones…y entre tanto, debía continuar con sus estudios y, por si no fuera suficiente, con la relación que tenía con Érix Kunne. Elizabeth ya no sabía cómo sentirse al respecto, ya que quien parecía haber sido el hombre de sus sueños decía una cosa y hacía otra, sin contar con sus interminables quejas en contra de sus hüteur y la constante presión que ejercía sobre el tema de la demostración de afecto. Elizabeth había ido permitiendo cosas que en un inicio se había negado a conceder, en un intento por «ser más cultroriana»

Ahora, dejaba que Érix la estrechara, la besara o incluso le acariciase una pierna en público, además de lucir atuendos más provocativos o suntuosos. Sin embargo, algo dentro de ella estaba cambiando, aunque no estaba muy segura de si era para bien o para mal.

— ¿Te gusta? —le preguntó el hombre una tarde.

Elizabeth lució francamente impresionada ante el pintoresco café al que Érix la había traído. Estaba al aire libre, con un kiosco en un extremo en donde se preparaban las bebidas; mesas de herrería rodeaban una fuente iluminada por flores iridiscentes desde abajo, con lo cual, daba la sensación de que era el agua la que resplandecía.

—Me encanta —sonrió ella—. Es precioso… —sintió que el corazón le daba un vuelco al descubrir a quien se hallaba en una de las mesas—. Oh, no…

— ¿Qué sucede? —Érix siguió la dirección de su mirada—. Oh, ya veo…Vamos, Elisa, no hay probabilidad alguna de que te reconozca. Tu aspecto es completamente diferente al original.

— ¡Érix! —lo reprendió Elizabeth en un susurro—. Habla más bajo, por favor.

Él enarcó ambas cejas y alzó las manos.

—De acuerdo, de acuerdo, aunque he de insistir: no hay manera de que sepa quién eres.

Elizabeth se mordió el labio. Bryant estaba sentado en una de las mesas, acompañado, además, por uno de los eruditos del Saigrés: Vlad Tie, el hombre con la mitad de la cabeza calva. Desconocía el motivo de su reunión, aunque por sus gestos relajados, suponía que nada tenía que ver con el trabajo.

—Sí, supongo que tienes razón.

—Aunque si quieres —Érix avanzó por entre las mesas con elegancia, llevándola a ella de su brazo—, podemos escoger una mesa más…cómoda.

Pasaron al lado de Bryant y el señor Tie, Elizabeth sintió cual aguijón la mirada esmeralda, incluso después de haberlos dejado atrás. Empero, no se volvió para comprobarlo. Si así fuera, cerciorarse de la maniobra del castaño sólo la haría ver sospechosa, por lo que mantuvo la cabeza erguida y agradeció el que Érix escogiese una mesa ubicada bastante atrás de la de ellos. Que Bryant la descubriese no le preocupaba tanto como que lo hiciese el erudito, el cual, no dudaría en dar la voz de alarma al resto de los miembros del Saigrés.

—¿Más tranquila? —le preguntó el hombre tras acomodarse en su puesto frente a ella.

—Sí —sonrió Elizabeth. Desde donde estaba, veía perfectamente la espalda de Bryant quien, si es que realmente la había seguido con la vista, había vuelto a sumergirse en su charla con el señor Tie—. Muchas gracias por comprender.

—Sus deseos son órdenes, señorita.

Les tomaron la orden, Elizabeth pidió un café frío acompañado de un postre.

—¿Cómo te fue en el trabajo?

—Horrible —Érix bufó—. A veces siento que la ineptitud de mis subordinados acabará con mi paciencia…

—Oh, vamos, no creo que sea para tanto…

—Tú no lo ves así porque el… tipejo este —enfatizó, Elizabeth no necesitó más para entender que se refería a Astucieus— te agrada, pero yo simplemente no soporto su incompetencia. Es más, estoy pensando seriamente en hacer unas cuantas modificaciones…

Elizabeth arqueó una ceja.

—¿El Verzaik puede hacer eso? Creí que estaba obligado a permanecer en un escalón arriba para vigilar que todo estuviese en orden, no para…intervenir de manera tan directa en lo referente a los Garque.

—Quizá, pero el escalón superior no me ha servido para percatarme del desastre que este sujeto ha hecho con el globo —meneó la cabeza—. Además, para eso están mis hermanas, que ellas cumplan esa labor…

 Elizabeth removió su café y se mordió la lengua para no hacerle ver que si estando por encima del Garque no se había percatado del «desastre» que se había desatado, mucho menos lo haría si estaba al mismo nivel. Casi al instante, una vocecita le recriminó el ser tan dura con él, mas se apresuró en callarla al recordar que no era la primera vez que Érix se expresaba mal de su hüteur. Si había decidido no seguir reprochándole al respecto, era porque no quería más discusiones.

—Yo…creo que podría sustituirlo como Ministro, que, por otra parte, me permitiría estar más cerca cuando llegue el momento… —finalizó y le acarició una mano.

—¿Sustituirlo como ministro? —saltó ella sin poder evitarlo. Pero suavizó su expresión al ver sus ojos oscurecerse—. Pero… ¿qué puesto ocuparía, entonces?

El hombre realizó un ademán despreciativo.

—Lo degradaría a hüteur, por supuesto.

Elizabeth arrugó la nariz.

—Lo dices como si fuera un cargo miserable.

—Oh, vamos, hermosa, no te lo tomes así. Si en verdad quisiese perjudicarlo lo convertiría en sirviente…el puesto de hüteur es un puesto considerable, si tenemos en cuenta las faltas que ha cometido.

—Yo…lo siento —Elizabeth desvió la mirada, aunque por dentro cierta irritación persistía—, Me parece que te malinterpreté, creo…creo que estoy un poco sensible.

Érix la tomó de la barbilla y la obligó a mirarlo.

—¿Es que acaso no te ilusiona la idea de poder pasar más tiempo juntos? —preguntó en un susurro.

—Sabes que no es eso —Elizabeth suspiró—…pero ponte también en mi lugar, estás hablando de mi maestro y…

—O sea que prefieres a tu maestro que a mí.

—No, Érix, es que…

Se quedó callada al notar la algarabía que de pronto se había desarrollado al frente. El señor Tie sujetaba a Bryant por ambos brazos con fuerza, ayudándolo a sentarse de regreso. Una camarera no tardó en llevarles un vaso con agua, alrededor varios curiosos miraban y cuchicheaban entre sí.

—Érix, algo va mal —murmuró Elizabeth—. Podrías… ¿Podrías ir a ayudarlos?

—Yo creo que todo está bajo control… —ella puso cara suplicante—. Ah, maldición, está bien. Iré a ver qué pasa.

Se levantó y aproximó a la mesa de los otros dos, el señor Tie fue el primero en detectarlo e intercambiar palabras con él. Minutos después, los tres abandonaban el café, Vlad y Érix sosteniendo a Bryant. Elizabeth notó que el Garque estaba muy pálido. Demasiado pálido. Al cabo de un rato, su pareja regresó y ocupó su asiento.

—¿Cómo está? —preguntó ella con más ansiedad de la que pretendía demostrar.

—Estará bien. Al parecer es agotamiento por el trabajo… —hizo una mueca—. Te digo, estos guardianes no aguantan nada.

—¿Seguro que sólo es eso? —insistió Elizabeth e ignoró deliberadamente aquel último comentario—. Estaba muy pálido…

—Sí, amor, sólo era eso… —Érix frunció el ceño—. Tal pareciera que sientes algo por él.

La joven se tensó.

—Que no, Érix. Además… yo podría decir lo mismo de las…amigas con las que te fotografías para la prensa y las revistas.

El hombre puso los ojos en blanco.

—Ya te dije que son sólo amigas.

—Y yo ya te expliqué que Bryant es sólo mi hüteur.

—Pues pareciera que es algo más.

—Pues no, no lo es.

Se quedaron callados por largos minutos.

—Si en verdad me quieres… —comenzó Érix—, entonces entrégate a mí.

—¿Qué? —dijo Elizabeth, incrédula—. Eso… yo…

—¿Lo ves? —espetó él—. Preferirías acostarte con ese bastardo que conmigo.

—¡No! —Elizabeth se ruborizó—. Érix, por Dios, ¿qué te pasa? —apretó las manos en puños—. Yo…es sólo que no estoy lista.

—¿Lista? —el hombre rio con desdén—. Elisa, para esas cosas no se necesita preparación. Simplemente te entregas y punto. ¿O qué? —arqueó una ceja—. ¿Es que tus antiguas costumbres te siguen atando?

—No… —Elizabeth se sentía confundida, ofuscada e indignada a partes iguales—. Érix, por favor, ¿podríamos dejar esta conversación para después?

—Como quieras.

Apenas intercambiaron palabra después de aquello. De repente, Elizabeth sólo deseaba irse de allí, volver a la pirámide y estar con sus amigas, segura de que no la juzgarían por sus antiguas o nuevas creencias, y que no tendría que hacer nada que no desease. Finalmente lo hizo, si bien desde esa ocasión las cosas entre ella y su pareja friccionaban cada vez más.

—Listo —dijo y le entregó a Beryl el escrito.

La pitonisa lo leyó, puso la grabación de nuevo y juntas analizaron qué y cuántos detalles había omitido Elizabeth.

—La verdad es que mejoras a pasos agigantados —comentó la mujer—. Casi podría decir que estás lista en lo que a retener información se refiere. Me gustaría que la próxima semana te desafiases con una buena amiga, ¿aceptas? ¿O tienes algún examen programado para esas fechas?

—No, la próxima semana estoy libre… —la muchacha parpadeó—. Pero sensei, ¿a qué se refiere con «desafiar» a su amiga?

—Oh, no es un desafío como tal —explicó la aludida—. Verás, quienes poseemos el don de la visión, sean pitonisas o personas con el don, podemos compartir las visiones que tenemos. Así es como se determina si una visión se debe tomar como profecía o no: la pitonisa a la que se le es revelado el vaticinio reúne a una o más personas con el don y lo comparte, con el objetivo de comparar impresiones y sensaciones. El ejercicio consiste en tomarse de las manos y, a través de runas de sangre, la pitonisa transmite lo que vio y percibió. En el caso de un desafío, la pitonisa muestra únicamente un fragmento fugaz de la visión a su acompañante, y él o ella debe describir lo que captó. Si lo hace bien, la pitonisa le obsequia otro trozo de la visión, hasta completar el cuadro.

—Va a disculparme, sensei, pero sigo sin ver la parte del desafío…

Beryl sonrió con avidez.

—El desafío radica en que mi compañera te transmitirá otro presagio al mismo tiempo que yo te transmitiré uno. De esa manera, tú deberás separar las visiones, y dejar tal cual cada una  —arqueó una ceja—. ¿Qué dices? ¿Aceptas el desafío?

Elizabeth respiró hondo.

—Sí, sensei. Acepto.

 

Astucieus terminó de secarse el cabello y salió del cuarto de baño. Había sido un día duro, sobre todo, porque la salud de su compañero lo tenía inquieto. Desde que Bryant se desvanesiese en aquella cafetería, Astucieus mantenía un ojo en el aspecto del guardián, por más que él insistiese que se tratase de pura extenuación laboral. Tanto él como Ebe Kunne habían insistido con que se tomase unos días de descanso y, a pesar de que el castaño había aceptado, seguía teniendo días en donde se le notaba demasiado ojeroso y demacrado.

Por ende, nada más volver a la pirámide esa tarde, el Segundo al mando tomó la decisión de darse un baño con agua caliente, mismo que lo había revitalizado y despejado. El vapor de la ducha se había colado también en la habitación y por eso, cuando la vio de espaldas sobre la cama, creyó que su imaginación lo estaba traicionando. De cualquier modo, parpadeó en espera de que la visión desapareciera, mas cuando no lo hizo, una parte de él se enfureció mientras que otra, no pudo evitar estremecerse.

Beryl estaba tumbada sobre su cama, de espaldas, luciendo únicamente un conjunto de ropa interior de encaje color hueso. El pelo rubio se le desparramaba sobre la almohada, los pechos y hacia su abdomen, como un camino de plata que desembocaba en el paraíso. Su boca pequeña, apenas curvada en una sonrisa inocente, casi tímida, brillaba gracias a algún brillo labial, mientras que sus ojos grises lo observaban con la certeza de quien se sabe deseada. Tenía las manos alzadas por encima de la cabeza, con un par de esposas sujetando sus muñecas a uno de los lados de la cabecera.

—Beryl… —musitó Astucieus con voz ronca, a duras penas separando los ojos de su hechizo—. ¿Qué haces aquí?

—Espero a por ti —respondió ella arrastrando las palabras—, a que me rescates.

—Tú no necesitas ser rescatada —espetó él y caminó hacia el tocador, pero aun así, podía ver su reflejo en el espejo—. El papel de damisela en apuros jamás te ha quedado.

—Eso no importa ahora —ella torció la sonrisa, al mismo tiempo que en sus ojos centelleaba una levísima chispa de enfado—. La cuestión es que tienes que desencadenarme.

—Desencadénate tú. Si pudiste atarte, podrás soltarte sola.

—¿Y si no quiero?

—Me da lo mismo. Por mí si quieres momificarte sobre la cama.

—¿En serio? —Beryl rio, satírica—. Dudo en verdad que puedas simplemente observar cómo me momifico, aquí, a tu lado, mientras duermes…

Astucieus enarcó una ceja.

—¿Me estás desafiando, Beryl?

—No —ella flexionó una pierna y contempló su figura en el espejo, sonriéndose a sí misma, seduciéndose con la mirada… ¿o estaba mirando a Astucieus?—. Sólo digo la verdad. Sabes perfectamente que me deseas, de la misma forma en la que sabes que estoy loca por ti.

«Loca por ti». Astucieus odió la seguridad con la que lo decía, en especial, porque era cierto. Todo su cuerpo gritaba que se dejara de rodeos y caminase hasta ella, en vez de únicamente observar como ladeaba la cabeza, igual a un pájaro curioso, su pecho subiendo y bajando al compás de su respiración, su pierna izquierda flexionada y ligeramente separada dejaba ver el sutil pliegue de su entrepierna.

—Ya hablamos de esto, Beryl —dijo y se desplazó hacia su escritorio, consciente del temblor en sus manos, las cuales ocupó en revolver las cosas que habían sobre la mesa—. Lo nuestro hace tiempo que se perdió. Tuviste tu oportunidad y la desperdiciaste —hizo énfasis en la última palabra—. Ahora, tener algo es una locura. Los Garque no tienen permitido relacionarse con alguien ajeno a la pirámide, y para tu desgracia, las pitonisas entran en esa categoría.

—¿Y tú no soportarías cargar con eso, verdad, Astucieus? Llevar mi muerte en tu consciencia…

Él se encogió de hombros sin responder. Por los Dioses, en esos momentos no le hubiese importado que Zehel enviase un rayo y la incinerase, con tal de desaparecerla de su vista y de sus oídos.

—Haz el favor de desatarte e irte, Beryl —repitió, y esta vez, sus ojos tropezaron con su vestido tirado cerca de la silla de su escritorio. Maldición, ¿sería posible que hubiese predicho sus movimientos? Sí, era probable—. No, espera, mejor sólo desátate y vístete, te teletransportaré a tu habitación, no quiero que nadie te vea salir de aquí.

—Yo también poseo ese don, querido. Además, te he dicho que no quiero —ronroneó ella, Astucieus sintió su voz deslizarse por su espalda como una caricia—. Prefiero quedarme aquí hasta que… no sé, alguno de los miembros del Verzaik venga a preguntar por mí. Alguien como Érix Kunne, por ejemplo.

Astucieus apretó las manos en puños. Recordó a Érix Kunne conversando con la pitonisa, sus sutiles movimientos a la hora de explicar algo, pero que llevaban implícito un roce, la forma en cómo la miraba, cómo la desnudaba con los ojos y cómo ella reía de sus comentarios, grácil, encantadora.

—Te matarían —dijo para cortar el hilo de sus pensamientos—. Te condenarían a muerte, así lo dicta la ley…

—¿Y tú lo permitirías? —inquirió ella—. ¿Permitirías que me apedreasen hasta morir? No sería… ¿no sería más fácil venir, tomar la llave de las esposas y liberarme? A menos claro, que temas acercarte…

Astucieus se giró. Estaba harto de aquel jueguecito. Evitó mirar a Beryl aunque fue casi imposible, en busca de la llave que abriera las malditas esposas. Finalmente dio con ella, recargada en la almohada sobre la que descansaba la cabeza de la mujer, justo al lado de su oreja izquierda.

Se aproximó dando sendas zancadas, mas en cuanto estiró la mano para tomar la llave, se topó con una barrera invisible que le impedía alcanzar su objetivo. Tanteó la barrera a sabiendas de que esta se extendería a lo largo de toda la orilla izquierda de la cama…maldita zorra.

—Ups —soltó Beryl con una sonrisa triunfal—, parece que hay un hechizo personalizado de protección, cariño. ¿Sabes lo que eso significa, verdad?

Por supuesto que lo sabía. Implicaba que él no podía deshacer la barrera, por lo que tendría que rodear la cama, subir y estirarse por encima del cuerpo de la mujer para poder alcanzar la llave.

—No sé a qué le temes tanto, al fin y al cabo estoy encadenada —soltó ella en un tono inofensivo que no engañó a nadie.

Astucieus inhaló profundo y abrió y cerró las manos para sosegarse. A continuación rodeó el borde y trepó por la orilla, gateando en dirección a Beryl, con cautela, como si temiese que la mujer pudiese hacer un movimiento en falso.

No obstante, la mujer no se movió. Incluso cerró los ojos. El Garque se detuvo a su lado y se estiró por encima de ella, su brazo tembloroso dibujó un arco, su mirada fija en la carnosa boca femenina. Entonces, Beryl alzó los párpados lentamente, sus largas pestañas dibujaron sombras sobre sus mejillas, su lengua humedeció su labio inferior.

—Dulce perla escondida… —susurró ella con voz cadenciosa—, entre montes de ambrosía. Das al hombre alegría, y a la mujer, un bajo ardor.

Los dedos de Astucieus se cerraron alrededor de la llave. Con un esfuerzo sobrehumano apartó la vista de Beryl, de sus pupilas dilatadas y oscurecidas, concentrado en introducir el artilugio de plata en la cerradura. Sólo un giro y ella quedaría libre, sólo un giro y él no tendría que verla más, ver la curva de su clavícula, sus pezones endurecidos, la sombra húmeda en sus prendas bajas.

Pero la llave no giró. Click, click, pero nada de torceduras. Astucieus frunció el ceño y giró la llave con más fuerza, pero la única respuesta que obtuvo fue un nuevo y negativo click.

Aquella no era la llave.

—Tímida como una niña, suave como una flor. Das a quien te regala un beso, el néctar de más exquisito sabor.

Astucieus volvió a mirar a Beryl. Ella le sonreía, sensual, taimada, con su nariz a centímetros de la suya, con su aliento a menta y frutas acariciándole los labios mientras hablaba.

—Pequeña pero impetuosa, expulsas fuego cuando se te roza. Del paraíso tienes las llaves, y por eso mismo eres poderosa.

—¿Qué es lo que quieres de mí, Beryl? —preguntó Astucieus, ya sin poder ocultar todo aquello que la visión de la mujer le provocaba—. ¿A dónde quieres llegar con este juego?

—Bendito sea el caballero, dichosa, la espada que te toque. Pues a él lo llevarás al cielo, y al hierro, fundirás con tu roce.

—Respóndeme —insistió Astucieus y se inclinó más sobre ella, mientras con una mano acariciaba su largo y delgado cuello—, al menos dame eso, una respuesta…

—Para mí esto no es un juego, Astucieus —susurró Beryl, persuasiva—. Lo que siento por ti es real, real y sincero… no te resistas más…te amo, Astucieus, y por tu amor yo pactaría hasta con el propio Ferzeo…

Astucieus curvó los labios en una sonrisa torcida.

—Qué ironía, porque yo igual.

Y la besó.*

 

***

N/A: la escena de este capítulo ha sido cortada, a fin de no violar las normas del sitio. En caso de querer leer el capítulo original, diríjase a la otra web en donde la obra está siendo publicada (Wattpad)

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