Historia al azar: Enamorado de mi mejor amigo
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Destino II. Epidemia. » Mujeres
Destino II. Epidemia. (R15)
Por Kajiura
Escrita el Martes 5 de Mayo de 2015, 23:20
Actualizada el Miércoles 4 de Octubre de 2017, 01:30
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Mujeres

XXVIII

Mujeres

 

Elizabeth despertó, despacio, desperezándose lentamente. Entonces, sus músculos emitieron una larga protesta, debido a haber pasado tanto tiempo a la intemperie. Al menos hasta anoche, cuando por fin durmió en una cama, en donde dejó escapar toda la tensión acumulada.

—Oh, por mi madre… —gimió—. Me duele todo…

—¿Ely? —murmuró la voz de Kya desde su armario. La habitación estaba clara, y ni rastro de Andrómeda o Momoka—, te desperté…lo siento, no era mi intención.

La aludida se incorporó pero fue inevitable que torciera el gesto en una mueca.

—No te preocupes, ya estaba despierta…Por Dios, Kya, dime que tienes algo para el dolor muscular, o no podré moverme hoy.

—Creo que sí —la susodicha registró en su armario—. ¡Aquí está! Mira, tengo estas tabletitas que son masticables —le arrojó el frasquito—. La prueba práctica te está cobrando, ¿cierto?

—Cierto —la chica la observó mejor—. Kya, te has quitado el traje pero…esa ropa… ¿no es la que lucías ayer?

La erudita curvó los labios en una sonrisa divertida. Luego de haber charlado, Kya se había marchado para volver y quitarse la armadura para ir a la cena, o eso es lo último que Elizabeth la había visto hacer.

—Sí —Elizabeth siguió sin entender, a lo cual, Kya agregó—. No pasé la noche aquí. Dormí con Egbert. Acabo de volver, de hecho.

—¿Qué? —exclamó Elizabeth con los ojos exorbitados—. Yo… ¿te refieres a…?

—¿Cómo que dormiste con Egbert?

Las dos se volvieron. Gabriella se había incorporado en su cama, todavía con el pijama y el pelo revuelto, a todas luces recién despertada como Elizabeth.

—Vaya, parece ser que a alguien se le pegaron las sábanas… —comentó Kya en tono burlón pero amigable—. ¿Y ese milagro, Gabs? Tú siempre te levantas temprano.

 

La pelirroja se encogió de hombros.

—Ya lo has dicho: se me pegaron las sábanas —enarcó una ceja—. Pero no te hagas la loca, ¿cómo que dormiste con Egbert?

—No sabía que ya eran novios —comentó Elizabeth mientras Kya volvía a sumergirse en su armario en busca de algo.

La joven de pelo cobrizo soltó una carcajada. Gabriella, por su parte, carraspeó y sus mejillas se marcaron con un ligero rubor.

—Oh, Ely, se me olvida que eres distinta —Kya finalmente encontró lo que buscaba: una cajita de donde extrajo una píldora la cual pasó con un trago de agua; cerró el armario y le sonrió a Elizabeth—. Egbert y yo no somos novios. Simplemente…bueno, dormimos juntos.

Elizabeth lució confundida.

—Pero… —ahora era ella la sonrojada—. ¿No se supone que haces…eso… cuando tienes novio o estás casada con alguien?

—No necesariamente —explicó Kya y arrimó una silla que colocó entre ambas muchachas—. A veces lo haces cuando estás muy triste —bajó la mirada—, como una forma de sentirte mejor.

—¿Te sentías triste?

—Sí. Un poquito. Por lo de Cleopatra.

Elizabeth se removió en su cama, intentando por todos los medios ponerse en el lugar de Kya.

—Y Egbert… ¿te consoló?

Por primera vez, su interlocutora se ruborizó con ligereza.

—Exacto —dijo con una tímida sonrisa.

—Pero y si… ¿y si quedas embarazada? Mi madre decía que podíamos consumir cierta hierba… ¿Aquí hacen lo mismo?

—Aquí hacemos muchas cosas —Kya le guiñó un ojo. Gabriella, por su parte, se arrebujó entre sus mantas—. Hay muchas formas de no quedar embarazada, o contraer alguna enfermedad. La más común es usar condón…

—¿Qué es eso?

—Es como una especie de capuchón —instruyó esta vez Gabriella—, hecho de un material llamado látex, que se coloca alrededor del miembro como si fuera una vaina y, de esa forma, sus fluidos no traspasan a tu cuerpo.

—A menos que se rompa —apuntó Kya— Entonces puedes tomar la píldora de emergencia, que es la que me acabo de tomar. En mi caso no es que el condón se rompiera, es que no lo usamos porque…bueno, porque se nos olvidó.

—Pero no debes usar mucho la píldora de emergencia —advirtió Gabriella—. Contiene hormonas que alteran tu periodo y, de usarla con mucha frecuencia, puedes ocasionarte un trastorno y hasta tener problemas para quedar embarazada más adelante.

—Lo más recomendable es usar el condón o preservativo —asintió Kya—. O bien, tomar las anticonceptivas. Esas también son pastillas, y te ayudan a no quedar embarazada, pero no te protegen de las enfermedades.

—Qué… ¿Qué tipo de enfermedades? —preguntó Elizabeth. Sus amigas prosiguieron a darle una cátedra sobre el tema—. Pero entonces… ¿cómo sabes cuándo tener relaciones —dijo esto último muy bajito— y cuándo no?

—Para empezar, no debe ser forzado —habló Gabriella—. Las relaciones sexuales deben ser libres y voluntarias, no por obligación. Si te toman sin tu permiso se llama violación, y si te tocan sin tú desearlo o consentirlo, se llama abuso. Y está mal. Eso solo debe ser si tú quieres y de la forma en la que quieras.

—¿Cómo? —Elizabeth estaba tan roja como un tomate—. ¿A qué te refieres con… «forma»?

—A que hay un montón de posiciones riquísimas para hacerlo —soltó Kya con una sonrisa pícara. Elizabeth por poco se desmaya, Gabriella puso cara de aguantarse la risa—. A mi me encanta la de la mariposa, esa donde colocas las piernas sobre los hombros de él y… ¡uff!

—¡Basta! —la cortó Elizabeth abanicándose con una mano—. Suficiente, por Dios, es demasiada perversión por hoy… —las otras dos se rieron—. ¡No se burlen! Es…es tan bochornoso y…

—¿Por qué? —inquirió Kya—. ¿Te ha pedido ya Érix Kunne que te acuestes con él?

En un parpadeo, el rubor de Elizabeth se desvaneció. Frunció el ceño.

—Ha intentado…que vayamos más rápido… —meneó la cabeza—. Pero yo no estoy lista. Ni siquiera sé bien cómo actuar con él. Quiero decir, cuando hay mucha gente, como esa noche en la cena, no hay problema, incluso él se muestra más…no sé, distinto —se removió en su cama—. Pero al estar solos nosotros dos todo es diferente. Como si un abismo de diferencias nos separasen…y yo…siento que me falta ser más cultroriana…Como tú, Kya, que has dormido con Egbert sin que sea tu novio. Yo no podría.

—Espera un momento, Elizabeth —atajó Gabriella—. Hablas como si te sintieras mal por no poder «llevarle el ritmo» al señor Kunne. ¿Me equivoco?

Elizabeth bajó la cabeza.

—Me siento un poco…culpable, sí —admitió en un murmullo.

—Pues no tendrías por qué. Quiero decir, el señor Érix Kunne es hijo de uno de los fundadores, él más que nadie debería entender lo que es adaptar y modificar el pensamiento a la ideología actual. Puedo asegurarte que en algún momento pensó y sintió como tú. Entonces, no tendría por qué portarse mal contigo si tú deseas ir más despacio.

Elizabeth entornó los ojos.

—No es que se porte mal —dijo, aunque una parte de ella le decía que sí lo había hecho. En cualquier caso, Gabriella no podía saberlo, porque ella no había estado esa noche en el laberinto—. Es solo que es…distinto a como se muestra en sus cartas.

—Pero eso tampoco está bien —Kya se mordió el labio—. Hmmm…perdón si parezco entrometida, Ely, pero una persona no puede decir que es o siente una cosa y demostrar otra. Eso es ser hipócrita.

—Solo hemos salido dos veces —intentó excusarlo ella, porque algo en su interior se negaba a darle un calificativo negativo al hombre que le había escrito aquellas maravillosas cartas—. Tal vez debamos frecuentarnos más…

—O tal vez debas estar atenta —Gabriella sacó algo de debajo del colchón de su cama: una revista—. Sé que vas a odiarme por esto, pero tienes que verlo.

Le tendió la revista a Elizabeth, y a esta se le paralizó el corazón.

Allí, ocupando casi toda la portada, estaba Érix Kunne, con una voluptuosa muchacha colgada al cuello.

 

El resplandor de la aparición de Astucieus iluminó, durante un instante, el interior de la caverna. No obstante, al apagarse este no fue necesaria mayor luminosidad, ya que al menos una veintena de flamitas de un extraño color hueso alumbraban el recinto.

—¿Beryl? —la llamó, mientras sus ojos escudriñaban los alrededores.

Por la mañana había recibido un mensaje de la pitonisa que lo invitaba a reunirse con ella y, aunque al inicio el hombre pensó en ignorarlo, al final pudo más su curiosidad por saber qué era lo que tenía para decirle. Sin embargo, el único indicio de que la mujer rondaba por allí eran las flamas con su color característico.

—¿Beryl? —repitió, mas ante los siguientes segundos de silencio, pensó lo peor. ¿Y si le había pasado algo? ¿Y si había sufrido un ataque?

De pronto, algo se movió entre las sombras. Fue como si un pedazo de roca de uno de los laterales se hubiese desprendido y adoptado figura humana, antes de que su textura y color se desvaneciesen, dejando a la vista la imagen de Beryl con el cabello platino recogido en un peinado en forma de flor.

—Hola —le saludó ella con una media sonrisa la cual, se amplió al notar la estupefacción del Garque—. ¿Qué? ¿Sorprendido?

—Algo, sí —admitió él y parpadeó—. ¿Es una de tus habilidades?

—Sí. Mi intención primera era desarrollar el don de la invisibilidad, pero esto del camuflaje tampoco está tan mal.

—¿Cómo funciona? —preguntó Astucieus con sincero interés—. Lo de desarrollar nuevas habilidades, quiero decir.

Beryl frunció el ceño, pensativa.

—Puede darse de dos formas —explicó—: voluntaria o involuntariamente. Cuando se hace de forma voluntaria, el magyassu en cuestión piensa en el don que quiere desarrollar, le da forma, se imagina a sí mismo con dicho don…aunque para que realmente este se dé debe tenerse cierto dominio sobre el fluir y la emanación de la magia interna. Por otra parte, la manera involuntaria es…bueno, eso, sin que uno lo desee, simplemente el don se manifiesta. Algunos magyassu dicen tener síntomas previos a la aparición de un don, pero otros no sentimos nada en lo absoluto.

—¿Dónde aprendiste todo eso? —inquirió Astucieus con una ceja en alto—. Quiero decir, si nunca tuviste a un magyassu para que te instruyera.

—Itzal se empapó del tema y me pasó todos esos conocimientos —respondió la mujer acercándose unos pasos—. Una vez a la semana me sacaba del oráculo para enseñarme a desarrollar mis dones y pasarme toda la información en lo que a magyassu se refiere. Desconozco si alguna vez consultó alguna duda con tu hüteur o el hüteur Kotoro, pero imagino que sí.

—¿Y qué otras habilidades tienes?

La mujer esbozó una mística sonrisa.

—La teletransportación, por ejemplo. Así es como me trasladé del Oráculo al Templus tan rápido, la vez en que me atacaron.

—Y por eso eras tan puntual en las citas —argumentó Astucieus con el entrecejo fruncido. Beryl se rio—. Tramposa…

—Yo prefiero aventajada…En cualquier caso, tú siempre fuiste muy puntual. Y cortés. Y detallista. Recuerdo que siempre me traías algo, aunque fuera una pequeña nota.

—Y yo recuerdo cómo en ocasiones te sonrojabas… —la mente de Astucieus volvió atrás con una facilidad que le asombró—, la forma en la que te reías cuando te contaba un chiste, o los versos que me recitabas al oído…

—Podríamos…podríamos recuperar eso —sugirió Beryl y se acercó unos pasos más, sus largas pestañas dibujaban sombras sobre sus mejillas—. Astucieus, yo…yo estoy dispuesta a todo, no me importa el riesgo, el peligro que pueda suponer el estar contigo, con tal de recuperar el tiempo perdido, de…de enmendar mis errores.

El Garque sacudió la cabeza y retrocedió un paso, en un intento por huir de su exótica fragancia, de su hipnotizante mirada.

—No hay nada qué enmendar, Beryl —dijo, si bien no pudo evitar fijarse en los senos que asomaban con ligereza por el escote del vestido de la fémina—. Ya te he perdonado. Por otra parte, la ley es terminante en cuanto a los Garque se refiere y, cambiarla me tomaría años.

Los ojos de la mujer se oscurecieron.

—¿Me amas, al menos?

El guardián no contestó. La pregunta lo había tomado desprevenido, además de dejarlo sin aliento.

—Yo…no lo sé —la recorrió de arriba abajo y volvió a retroceder otro paso—. Pero lo nuestro no puede ser, Beryl. Ya no.

La pitonisa estrechó los ojos.

—Eso está por verse, Astucieus Thrampe. Eso está por verse.

Y desapareció con un pin, dejando a Astucieus solo en la caverna.

 

Elizabeth permitió que le ayudaran a descender del carruaje. Volvía a llevar la peluca rubia, luciendo esta vez el vestido blanco que Bryant le había regalado. Era sencillo, pero de algún modo, usarlo en esos precisos instantes le daba valor y seguridad en sí misma. A su lado, Érix Kunne la valoró de arriba abajo, y realizó una expresión de ligero descontento.

—Te dije que vendríamos a un restaurante caro… ¿no pudiste encontrar algo más apropiado?

—No tengo cosas tan elaboradas —replicó Elizabeth con sincera irritación, tanta que asombró al propio Érix y lo hizo arquear una ceja. La joven respiró hondo mas no se dejó amilanar—. Ponte en mi lugar, ya de por sí es difícil tener que…«mejorar mi aspecto».

—Entonces te compraré ropa nueva —sentenció él más que dijo. Con Elizabeth sujeta de su brazo, entraron en un restaurante de dos plantas con paredes acristaladas—. Aunque nuestras salidas sean esporádicas, quiero que luzcas tan hermosa como el primer día en que te conocí.

Elizabeth pensó, con cierta amargura, que lo que más bien deseaba Érix era que se viese como la fulana con la que se había sacado la fotografía para la revista, pero no dijo nada.

La recepcionista los condujo a un privado en donde cada uno ocupó un lujoso almohadón. Del techo del recinto, pendían lianas de cuyas puntas colgaban flores con forma de campana. Al inicio, Elizabeth pensó que se trataba de parte de la decoración, hasta que una camarera llegó y les preguntó qué iban a tomar.

—Vino, por favor —respondió Érix con timbre impecable—. Lo mismo para la señorita.

A Elizabeth no le hizo la mínima gracia que eligieran por ella, pero nuevamente, se mordió la lengua. Por fortuna, la sorpresa de lo que ocurrió a continuación disminuyó un tanto su malestar: la camarera dispuso dos copas, miró hacia el techo y con voz clara repitió la petición del hombre. Seguido, una de las lianas descendió y, con la flor apuntada hacia la copa de Érix, disparó un chorro de vino hasta rozar los bordes, para repetir la acción con la copa de Elizabeth. La muchacha quedó tan anonadada por el suceso que no protestó cuando Érix pedía una pasta para ambos, si bien la idea del platillo tampoco le desagradó.

—Nunca antes había visto lo de las plantas —comentó ella para iniciar una plática.

—No todos los restaurantes las tienen —explicó Érix y bebió un sorbo de su copa—. Son especímenes difíciles de cultivar y, según tengo entendido, requieren de cuidados especiales una vez afianzadas al techo.

—Interesante… Y dime, ¿qué tal tus días durante mi ausencia?

Aguardó, en espera de ver la reacción del hombre, mas este se mantuvo extraordinariamente sereno. Kya le había sugerido la estrategia, con el objetivo de averiguar si el susodicho manifestaba algo de culpa, pero este estaba más fresco que una lechuga.

—Rutinarios —respondió al fin—. Espantosamente monótonos, en realidad. E insufribles. Astucieus Thrampe pone a prueba mi paciencia…a veces me pregunto cómo es que alguien tan inepto y estúpido puede ser el Segundo.

Elizabeth frunció el ceño.

—¿Inepto? ¿Estúpido? —repitió, un tanto ofendida—. ¿Por qué dices eso?

—Porque lo es —Érix se encogió de hombros—. Sus ideas son tan absurdas que tengo que pararlas y aportar mis propias soluciones, sin contar con que se preocupa por cosas tan nimias…. Hoy, por ejemplo, me sacó el tema de reparar las calles, ¿pero tienes idea del recurso monetario que se necesita para ello? —negó con la cabeza—. Es una locura. Conviene más rellenar los baches con una mezcla de arena y grava…

—Pero Érix, con las lluvias eso va a lavarse —objetó Elizabeth con sutileza—. Además, pensé que estábamos recibiendo apoyo de otras partes… ¿Por qué no arreglar las calles como se debe?

El aludido suspiró y miró a la joven como si fuera idiota. El enfado de la chica creció otro poco.

—Mi dulce Elizabeth, siempre tan ingenua…Si hacemos eso, ¿de qué crees que viviremos? Además, las calles no son tan importantes.

—Me estás diciendo… ¿Qué piensas quedarte con ese dinero? —preguntó Elizabeth sin poder creérselo.

Érix bufó y rodó los ojos.

—No lo digas así, querida, que se escucha horrible. No, lo único que digo es que hacer lo que Thrampe sugiere sería malgastar el recurso, siendo que existe otra forma de solventar el problema.

—Pero…

—Lo entenderás cuando llegues a la gubernatura —la cortó él con un ademán displicente—. Ahora dime, ¿cómo te fue en tu prueba práctica?

Elizabeth empezó a relatarle lo sucedido con detalle, pero al notar que el hombre le prestaba poca atención (estaba más pendiente de la comida y de lo que marcaba su reloj de muñeca), decidió narrar a grandes rasgos.

—¿Se puede saber cuál es la prisa? —cuestionó, ya harta.

Él la miró con asombro y cierto brillo ofendido ante su tono.

—Bueno, me gustaría dormirme temprano… ¿tiene algo de malo?

Las mejillas de la chica ardieron.

—No —contestó a secas—. Es solo que… —se movió incómoda—, encontré una revista en donde apareces con otra mujer.

—Ah —argumentó él con una exasperante indiferencia—. Con que es eso. Bueno, querida, estarás de acuerdo con que debo conservar las apariencias, ¿no?

—¿Cuáles apariencias? —Elizabeth dejó a un lado sus cubiertos, con un nudo apretándole el estómago—. Se supone que sales conmigo…

—¿En serio? Pues nos vemos con muy poca frecuencia, sin contar con que te niegas a tener muestras de amor conmigo en público…incluso en privado —finalizó con acritud.

Elizabeth apretó las manos en puños.

—¿Y eso te da derecho a restregarte con otras?

Érix soltó una carcajada.

—¿Estás celosa?

—Claro que no —espetó ella con más rabia de la que deseaba demostrar—. Es solo que tu argumento no me parece…

Se quedó callada de golpe. O más bien, Érix la cortó al incorporarse y besarla de forma tan intensa que la hizo arquearse, su mano sobre su espalda produjo en la erudita un estremecimiento placentero.

—No tienes de qué preocuparte —le susurró él al oído tras haberse separado. Elizabeth estaba sin aliento—. Yo solo tengo ojos para ti, mi querida Elizabeth.

—Érix…no…no digas mi nombre, alguien podría oírnos y…

Volvió a guardar silencio al sentir el dedo masculino posarse sobre sus labios.

—Si no fueran por esas malditas normas gritaría al mundo lo nuestro —murmuró y le delineó con los ojos la faz, los hombros y más abajo—. Me crees, ¿verdad?

Elizabeth suspiró, derrotada por la intensidad de su mirada.

—Sí —accedió al fin—. Te creo, Érix. A mí tampoco me gusta tener que disfrazarme…

—Y llegará el día en que no tengas que hacerlo —le acarició una mejilla con el dorso de la mano—. Llegará el día en que podremos estar juntos sin ningún tapujo, y nada ni nadie podrá separarnos.

Ella asintió, e intentó apartar la incomodidad que por dentro sentía, una sombra de alarma, de advertencia de que a pesar de las palabras y caricias del hombre, algo en todo aquello no terminaba de cuadrar.

 



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