Historia al azar: ...sólo nosotros dos...
Regístrate | Recupera tu contraseña
     
     
Menú

RSS de Pottterfics



 
¿Quién ha añadido esta historia a sus Favoritos?
Destino II. Epidemia. » La voz de la experiencia
Destino II. Epidemia. (R15)
Por Kajiura
Escrita el Martes 5 de Mayo de 2015, 23:20
Actualizada el Sábado 8 de Abril de 2017, 04:07
[ Más información ]

La voz de la experiencia

XXVI

La voz de la experiencia

 

Gabriella entró en la habitación cuando Elizabeth ya se hallaba en su cama secándose el cabello. A esas alturas, la joven bakemono se había dado una ducha rápida y había contactado con su aposhii para recolectar los recuerdos y sensaciones captados durante el tiempo en el que había estado ausente.

—¡Elizabeth! —exclamó con fingido alivio—. Por los Dioses, creí que no volverías, o algo peor. ¿Cómo te ha ido con tu prueba práctica?

De forma inconsciente, Elizabeth se llevó una mano a la cadera e hizo una mueca. Gabriella se mantuvo inexpresiva, a pesar de que quería apretar las manos en puños. Megan no le había permitido intervenir para nada, ya que Elizabeth no se hallaba realmente en peligro, sino en una prueba, si bien en opinión de la pelirroja haber sido casi mutilada por un höllechat no formaba parte de su concepto de evaluación.

—Más o menos. Creo que aprobaré, pero no demasiado bien.

La muchacha terminó de entrar a la estancia y se sentó en el borde de la cama al lado de ella.

—¿De qué trató tu prueba?

Elizabeth se lo explicó. Gabriella se cuidó de adoptar las expresiones apropiadas, antes de darle a ella las nuevas que había recogido de su Aposhii.

—Ian se ha retirado de las pruebas —comenzó con un cabeceo—. Ha decidido unirse al grupo de científicos que están trabajando en la cura de un brote extraño… ¿no te tocó ver nada?

Hubo una nueva pausa para que la chica de ojos azules se expresara.

—…Creo que deberíamos informarles a mis hüteur…

—Estoy segura que ya lo saben, Liz. Quiero decir, ha salido en la prensa y el llamamiento a los científicos se ha hecho de forma global. Incluso invitaron a Kya pero ella se negó… —apretó las manos y esta vez, el gesto fue genuino—. Estoy preocupada por ella, Elizabeth.

—¿Por qué? ¿Sigue en ese estado de depresión profunda?

—No. Quiero decir, a veces sí que llora, pero hasta ahora Egbert ha sabido consolarla incluso mejor que yo… —finalizó con amargura.

—Gaby, no te tortures con eso. Después de todo, Cleopatra también era tu amiga.

La aludida se encogió de un hombro.

—En cualquier caso —prosiguió con un suspiro abatido—. Kya no deja de preocuparme…ha pasado a la rabia, y diría que es algo completamente normal, pero resulta que ha ido a pedir ayuda a su hüteur para entrenar en el arte de la lucha. Al principio, la señora Kalonice la ayudó con la empresa, pensó que era un mero interés para aprobar las pruebas, hasta que notó sus verdaderas intenciones de venganza.

Elizabeth frunció el ceño.

—¿Intenciones de venganza?

—Quiere asesinar a Andrómeda —Elizabeth se cubrió la boca con ambas manos en una exclamación ahogada—. Pronto comenzarán las pruebas de eliminación, tanto las grupales como las de pareja, y me imagino que Kya espera quedar frente a frente con Andrómeda.

—¿Y qué ha dicho la hüteur de Kya?

—Ha dejado de entrenarla. Kya vino a pedirme ayuda después, pero me negué, y creo que si hubieras estado presente, también te lo habría pedido a ti. Incluso Egbert se negó. Al inicio creyó que quería aprender como método de autodefensa, pero acabó percatándose de sus verdaderas intenciones —se rascó la cabeza con exasperación—. El caso es que acabó por acudir al hüteur Kotoro.

—¿El hüteur Kotoro? —repitió Elizabeth—. ¿No es ese hombre joven que tiene los ojos de diferente color y que lleva el pelo recojido en una larga trenza?

—Sí. El mismo.

—¿Y él sí aceptó?

—Sí. No sé si está enterado de las verdaderas intenciones de Kya…imagino que sí, la señora Kalonice lo habrá puesto sobre aviso, pero no estoy segura.

—¿Y qué vamos a hacer ahora?

—No lo sé, Liz, pero no podemos permitir que Kya siga con esto…tendrías que verla cómo está…

—¿Cómo está quién?

Las dos se quedaron calladas…y muy tiesas. La voz que había surgido desde la entrada era la de Kya. Despacio, se voltearon a verla, intentando no expresar en sus gestos el cambio por demás notorio en la joven erudita.

Kya Kalonice no era la misma desde que se habían ido. Estaba más morena a causa de las horas pasadas bajo el sol, sus ojos rosados despedían un brillo frío y astuto que no tenían antes, al igual que su voz. El cabello cobrizo, antaño recogido en media coleta, despejaba todo su rostro al enroscarse en un moño bien apretado, su maquillaje aplicado con precisión no se escurría ni un ápice. Llevaba el traje de la milicia enfundado, perfectamente ajustado, casi como otra piel, con un cinturón de armas que produjo en Gabriella un estremecimiento solo de mirarlo. Ni siquiera un militar ostentaba sus armas así y, en todo caso, las que presentaba en su cinturón era las que podía manejar, y Kya mostraba una buena cantidad de ellas. «Se está aplicando en el aprendizaje», pensó la pelirroja, mientras su amiga entraba en la habitación. «Tengo que hablar con Maks, esto no puede seguir así…no debe…»

—Cómo estás tú, por supuesto —respondió a la pregunta con una sonrisa forzada. No iba a pretender estar de acuerdo con lo que Kya hacía, no solo porque su aposhii así lo había demostrado, sino porque ella misma lo sentía así—. Le he hablado a Elizabeth de tu nueva…estrategia.

Kya bufó.

—Déjame adivinar, Ely, te ha dicho que me he vuelto loca y que estoy entrenando como desquiciada solo para matar a Andrómeda.

—Yo lo hice —declaró Elizabeth sin más—. Entrenar como desquiciada para matar a alguien, quiero decir.

Kya abrió y cerró la boca. Gabriella comenzó a dudar de qué lado estaba Elizabeth.

—Así que… ¿cómo te va? ¿Ya llegaste a la parte de despellejar gente viva?

Kya parpadeó.

—¿Despellejar gente viva? —repitió, desconcertada, aunque para alivio de Gabriella, hubo una chispa de horror en su mirar—. No, supongo…supongo que es porque acabo de empezar.

—Entiendo. Bueno, si necesitas algo para el estómago, me dices. Medio mundo te advierte que te acostumbrarás, pero la verdad es que el desollamiento es bastante asqueroso. Los gritos —realizó un ademán displicente, Gabriella estaba que no se lo creía—, bah, a esos sí te acostumbras.

—¿En serio? —Kya la miró con interés y se acercó más a ella—. ¿Hiciste algo de eso en tu prueba?

—Que va a ser. Pero lo aprendí cuando estaba con mis hüteur. Me han dicho que quien te entrena es el hüteur Kotoro, ¿cómo es?

Se enfrascaron en una charla que Gabriella no pudo soportar, así que se apartó de la cama y se dispuso a leer un libro maldiciendo por dentro el no poder alejarse mucho de Elizabeth. Utilizaría otro aposhii, pero ya había sido suficiente. Y crear las figurillas tampoco era cosa de coser y cantar. Cuando terminaron Y Kya se marchó la mar de contenta, Gabriella le increpó a la otra con rabia contenida:

—¿Por qué lo hiciste? Se supone que la hagamos entrar en razón.

—Porque en estos momentos, no escuchará a nadie. Si le das la razón durante un rato, si te abres a escucharla, puede que ella se abra a escucharte también. Entonces se le podrá sermonear.

—¿Y si desoye lo que le dices?

Elizabeth soltó un largo suspiro.

—Entonces asesinará Andrómeda, pero cuando lo haga y se dé cuenta de que no le ha traído nada bueno, sabrá a quien recurrir. Un hombro sobre el cual llorar a veces es mejor que un millón de sermones.

Gabriella se ablandó al ver los ojos vidriosos de Elizabeth.

—Odio tener que preguntártelo pero, habla la voz de la experiencia, ¿cierto?

—Cierto —la chica soltó una risa nerviosa y entrecruzó las piernas sobre la cama—. Bryant intentaba advertirme de vez en cuando, pero no demasiado, porque iba en contra de mi entrenamiento. Sin embargo, cuando todo terminó, ninguno de los dos supo consolarme, entender lo confundida y repulsiva que me sentía…nuevamente, ellos habían recibido una capacitación que los preparó para lo que yo solo medio recibí en un año —se secó los ojos con brusquedad—. Si Kya mata a Andrómeda, me gustaría que al menos supiera que puede contar con alguien que la entienda, no solo que la amoneste y que le diga: «te lo dije», porque para esos casos, lo que menos necesitas es que te digan eso. Solo quieres llorar, porque no sabes si realmente hiciste lo correcto, porque…

Gabriella no la dejó terminar. Se levantó de su litera y fue a abrazarla, Elizabeth tardó unos segundos en regresarle el gesto y permitirse a sí misma el llorar en silencio. No fue un llanto desconsolado, aunque sí que se demoró varios minutos.

—Gracias —dijo y aceptó el pañuelo que su amiga le tendía—. Yo…lo siento, nunca se lo había contado a nadie.

—No tienes por qué disculparte. Se supone que sea así, ¿no? Que el sello se desmorone pero que tú mantengas el equilibrio…aunque sin ofender a tu hüteur, creo que ese sello mental se está resquebrajando más rápido que la primera vez.

—Sí, yo siento lo mismo. Pero por otra parte creo que está bien, no puedo depender de algo así para procesar y dejar ir todo lo que me ha pasado —se sonó la nariz—. ¿Irás a cenar?

—No lo sé. ¿Quieres que te traiga algo? Hoy toca cena griega.

—No. Estoy exhausta, creo que dormiré hasta que se acabe el mundo.

Gabriella rio.

—De acuerdo —se levantó de la cama—. Yo sí tomaré algo…aunque sea ligero. No tengo mucha hambre.

Elizabeth cabeceó.

—Dale espacio a Kya, Gabs. Necesita asimilarlo por su cuenta. Nadie aprende en cabeza ajena.

Gabriella asintió, aunque en sus planes no estaba reñirle a la joven de cabello cobrizo, sino al hombre que la entrenaba.

A Maks Kotoro.

 

Astucieus bebió un gran trago de su infusión. A su lado, Bryant revisaba unas estadísticas, su ceño fruncido, mientras frente a ambos los Kunne conversaban entre sí, Beryl y Érix parecían especialmente entretenidos. Desde su último encuentro con la mujer, la pitonisa había insistido con que retomaran lo que habían tenido siglos atrás, a lo que Astucieus se había negado, en contra de sus propios deseos.

Al final, Beryl había aceptado sus negativas y, ahora que se sabía «libre», daba la impresión de querer iniciar algo con el menor de los Kunne. Astucieus conocía esas miradas, esos gestos, pura coquetería, la cual, era correspondida por el hombre.

«Es un maldito descarado». Le habló Bryant por el canal telepático. Astucieus estuvo a dos segundos de dar un brinco y derramar su bebida: « ¿Te fijaste en el periódico de ayer? Hay una foto de él y otra fulana recubriendo toda la primera plana…Me pregunto si Elizabeth lo habrá visto. A todo esto, ¿sabes si habrá vuelto ya?»

«No tengo idea, Dikoudis. Pero si tanto te enerva Kunne, ve y túmbale los dientes. Yo no te lo reprocharé, créeme»

Bryant lo miró y arqueó una ceja.

«Allí hay más que desagrado por la presencia de Kunne…». Pasó la mirada de la pareja a Astucieus: «Oh, por los Dioses, no me digas que…»

«Termina la idea y te echo mi taza de té encima.»

—Tal parece que mis señores Garque mantienen una interesante conversación telepática —comentó Ebe con una sonrisa, mirando intensamente a Bryant quien, se ruborizó y desvió los ojos a otra parte. Desde hacía días, según comentarios de su propio compañero, Ebe parecía mostrarse más solícita para con él, incluso había bajado la presión respecto a la supervisión del cargo que le había tocado. A Astucieus le agradaba la melliza de Érix y, a diferencia de él y Beryl, Bryant no tenía ninguna norma que le impidiese formar una relación con ella, mas sabía que las flechas del castaño apuntaban hacia otra persona, aunque no quisiese admitirlo—. ¿Algo que puedan compartir con nosotros?

—Hablábamos del brote atigrado que ha surgido, mi señora —carraspeó Astucieus con educación, porque Bryant no sabía en donde meter la cara. Además no era mentira, las estadísticas que descansaban en el regazo del Quinto versaban sobre dicha enfermedad—. Nos tiene un tanto alarmados el que no se tenga una cura…de por sí nuestra situación no es demasiado favorable con el pueblo como para encima cargar con una Epidemia.

—Vi las noticias —asintió Electra—. La gente comienza a preocuparse, más, por lo alarmistas que  se muestran los medios.

—Tal vez deberíamos soltarles un poco de…polvillo de hadas para que se apacigüen —sugirió Ebe con sutileza—. Nosotros tenemos una buena fortuna acumulada, no creo que nos cueste nada desprendernos de algo para acallar a los medios y…

—¿Y tapar el sol con un dedo? —bufó Eunice—. Alertar al pueblo es lo mejor que podemos hacer, para que tomen precauciones.

—¿Qué precauciones? —rebatió Ebe con un ademán—. Los científicos ni siquiera saben qué tipo de enfermedad es o cómo se contagia. Lo único que conocen son sus síntomas.

Eunice se encogió de hombros.

—Con mayor  razón. Que los medios les informen cómo es la enfermedad para que lleven a sus parientes enfermos al hospital.

—Pero de esa forma solo se asusta al pueblo y….

—El pueblo debe estar alertado —intervino Elina. Érix y Beryl seguían sin darse por enterados—. Lo que podríamos hacer es invertir en más recursos que ayuden a los médicos  y científicos a descubrir una cura o un origen.

Eunice hizo una mueca.

—No veo por qué tengamos que dar dinero de nuestros bolsillos. Para eso están los impuestos.

—¿Hablas en serio? —se enfadó Electra—. El planeta apenas se está recuperando de una guerra. Los impuestos deben emplearse para las reparaciones de los edificios, hay que regresar el equilibrio económico a las pequeñas y grandes empresas, asegurarnos de que la educación se retome como debe de ser, pagar los salarios de la polissa para evitar vandalismo, el cual, debido a la propia situación, prolifera como la maleza.

—Nosotros también tenemos que poner nuestro granito de arena —agregó Ebe, acorde. Pero miró a Beryl de repente—. Señorita Wonna, ¿usted no podría ayudarnos?

—¿Perdón? —dijo ella, distraída—. No…no prestaba atención, lo siento.

—Queríamos saber si podría ayudarnos con esto del brote —comentó Ebe—. No sé, aportarnos un poco de luz con alguna de sus visiones.

Beryl negó con la cabeza.

—Lo he intentado desde que vi la noticia, pero lo único que atisbo es a médicos y científicos trabajando, nada en sus conversaciones me parece importante.

Elina cabeceó.

—De cualquier forma —Bryant pareció recobrar su aplomo—. Su colaboración económica sería bienvenida, mis señores. Siempre y cuando estén todos de acuerdo, por supuesto.

—Más que dispuesta —aceptó Electra.

—Igualmente —dijo Elina.

—Sin problemas —dijo Ebe, fija la mirada en Bryant.

—Yo apoyo la moción —declaró Érix encogiéndose de hombros.

Eunice masculló algo.

—De acuerdo, pero espero que ese dinero no se despilfarre, Segundo y Quinto.

—No lo hará, mi señora —aseveró Astucieus—. Tiene mi palabra al respecto. Utilizaremos el dinero para apoyar a los médicos y científicos, armar una cuarentena, y de paso, apaciguar un poco a los medios, porque tampoco quiero que cunda el pánico entre la gente, al menos hasta que se sepa cómo proceder.

Eunice asintió, osca.

—Eso espero, señor Thrampe.

 

Gabriella, protegida por su don de la invisibilidad, caminaba por los pasillos a medio iluminar del Templus. Esta vez, no lo vería bajo el árbol de cerezo lumínico. Esta vez hablarían en su despacho, porque el asunto a tratar era serio. Gabriella no creía que llegasen a los gritos, pero a horas tan tardías, el resguardo de una oficina encantada les venía de maravillas.

Se había acercado a él durante la cena, indetectable, aunque estaba segura que de alguna forma Maks había sabido que se aproximaba, porque en ningún momento se sobresaltó cuando dejó caer la nota al lado de su plato. Agradeció que fuera discreto al regresarle el papel con su respuesta, acercándose primero a Kya para hablar con ella y estrechándole la mano a ella a modo de despedida.

Por fin, se detuvo delante de  la puerta indicada. Asegurándose de que no había moros en la costa, volvió a hacerse visible. Estaba a punto de llamar cuando esta se abrió sola, invitándola a deslizarse al interior. Durante unos segundos la extraña claridad de dentro la desubicó, porque era como si una luz tenue surgiera de una lámpara con el cristal ahumado.

—Es mi color característico —dijo la voz de Maks Kotoro desde detrás del escritorio—. Toma asiento, Gabriella.

—Gracias —ella se habituó y ocupó un lugar frente al hombre—. Lamento que sea a estas horas, Maks, pero…

—No tienes que disculparte. En realidad, la hora me preocupa más que incomodarme —la escudriñó con ojo crítico—. Te noto más delgada que la última vez y, aunque te has puesto maquillaje para taparlas, luces unas ojeras de muerte —frunció el ceño—. Las píldoras que te di son buenas, Gabriella, pero no pueden sustituir…

—¿Ese es el tipo de sermón que le das a Kya durante el entrenamiento? —lo cortó la erudita, un tanto tajante—. Porque si es así, entonces volveré a mi cama para reponer las horas de sueño.

El hüteur suspiró.

—Ah, así que es eso.

—No me digas que no lo sabías —inquirió la muchacha, escéptica—. ¿Qué pasó con tu sinigual talento para leer las mentes? ¿Se atrofió estos días?

El hombre enarcó una ceja.

—No. Pero parece que tu memoria sí se atrofió durante estos días… ¿O es que has olvidado el amuleto que te protege de uno de mis dones?

Gabriella suspiró agotada y se despeinó.

—Lo siento, Maks. Fueron días difíciles y…espera, ¿cómo sabes que…?

—¿Que lo que andaba por ahí era un aposhii y no tú? —él sonrió—. Muy fácil: ella no vino a reñirme cuando acepté entrenar a la señorita Kalonice.

Gabriella gruñó.

—Sí, sobre eso… ¿por qué aceptaste? Tienes que saber qué es lo que quiere, ¿por qué la ayudas?

—Nadie aprende en cabeza ajena, Gabriella.

—¡Pero estás entrenándola para matar a alguien! —exclamó la pelirroja—. No es como que vaya a liarse con el hombre equivocado y bueno, lo solucionamos después con la separación…quiere matar a alguien, Maks. Arrebatar una vida. Y las vidas, una vez sesgadas, no las puedes restañar.

—Y lo dice una asesina entrenada.

—Sí, lo dice una asesina entrenada —espetó ella con brusquedad—. No quiero que las manos de mi amiga se manchen de sangre como las mías.

—La cuestión es que tu amiga anhela mancharse las manos de sangre. Está sedienta. Y mejor que sacie esa sed ahora, durante una prueba de eliminación, que cuando suba al cargo de tercera. Prefiero que se manche las manos con la sangre de una sola persona que con la de un montón de gente inocente, todo porque a su parecer no se hizo justicia. Kya Kalonice no está dispuesta a perdonar, Gabriella. No respecto a esto. ¿O es que piensas que no he hablado con ella, intentarla hacer entrar en razón?

—No sé —barbotó la aludida—, dímelo tú.

—Bien, pues, lo he hecho. Más de una vez. Pero no está dispuesta a escuchar. Por otra parte, si no la entreno para esto, entonces la señorita Andrómeda acabará con ella primero.

Gabriella se enderezó.

—¿Andrómeda quiere matar a Kya? ¿Lo has visto en su mente? ¿Se lo has dicho a algún miembro del Saigrés?

—La señorita Andrómeda es como un ratón asustado —explicó Maks y se reclinó en su asiento—. Pero no es idiota. Sabe que Kalonice la odia. Sabe que irá a por ella. Entonces, ella hará exactamente lo mismo. Su hüteur es un sanguinario. Aun así le ha pedido ayuda, a sabiendas de que le costará azotes y palizas cada vez que se equivoque. El Saigrés sabe que la señorita Andrómeda es peligrosa, pero no pueden impedir que haga lo que está haciendo, tal y como lo hace tu amiga. Si lo ves desde otra perspectiva, lo que buscan es salvar sus vidas. Realmente… —soltó aire—, todos ustedes deberían prepararse para eso, porque irremediablemente tendrán que luchar por ello en las pruebas de eliminación. Te guste o no, Gabriella, vas a tener que mancharte las manos de sangre de otro candidato si quieres seguir, antes de que alguien más se haga con tu preciado líquido vital. Mata o muere. Así de sencillo.

—Así de sencillo —escupió la muchacha con desprecio—. Hablas como un psicópata, ¿sabes?

—No. Hablo como un hüteur que perdió a una de sus discípulas durante las pruebas de eliminación, todo porque fue demasiado noble como para eliminar a su contrincante.

—¿Qué? —musitó Gabriella, pálida—. Maks, yo…no sabía…—sacudió la cabeza—. ¿Contra quién peleó?

Los labios del hombre se curvaron en una sonrisa torcida.

—Contra Astucieus Thrampe.

Gabriella apretó la mandíbula.

—Y ese es el Segundo al mando.

—Y ese es el Segundo al mando —convino Maks—. Un hombre que sabe tomar decisiones rápidas. Que tiene que decidir entre salvar a la minoría o la mayoría. Alguien que conoce el significado de sacrificio…

—¿Lo estás halagando? —preguntó Gabriella, incrédula.

—No. Pero sé ver las cualidades de los demás, tal y como vi las tuyas. Y aunque tu gran corazón sea algo que me cautive, también me preocupa que te lleve a la perdición.

Gabriella se puso tan roja como su cabello.

—Mi… ¿Mi gran corazón te cautiva? —dijo con voz aguda. Pero carraspeó y recuperó el porte—. Bueno…gracias, Maks, pero estaré bien.

—Eso espero —el hombre desvió la mirada, con las mejillas ligeramente encendidas—. Te sugiero que entrenes con la señorita Monanti…podrá haber recibido un entrenamiento brutal y salvaje, pero te ayudará. Y seguramente puedes enseñarle un par de cosas.

Con un largo suspiro, la erudita se hundió en su asiento.

—Tú… ¿me prometes que orientarás a Kya lo mejor posible?

Maks asintió con solemnidad.

—Haré todo lo posible, lo juro.

Sus miradas se clavaron fijamente, pero la pelirroja rompió el enlace antes de que pasara algo más, poniéndose de pie con celeridad.

—Creo que será mejor que me vaya —argumentó—. Me alegra volver a verte, Maks.

Se giró sobre sí misma, pero antes de llegar a la puerta, un repentino vértigo la sacudió y le nubló la vista. En menos de un parpadeo ya estaba en el suelo, o más bien, en los brazos del hüteur quien, la observaba con sincera preocupación.

—¿Estás bien? —le decía—. Gabriella, ¿puedes oírme?

—Sí… —consiguió articular, todavía medio aturdida—. Yo…creo que ha sido demasiado desgaste…el…el ritmo que estoy llevando comienza a pasarme factura.

Tragó con fuerza y no pudo evitar el estremecerse cuando él le acomodó el cabello. Maks olía a canela y algo más, algo picante.

—Te lo dije…debes tener más cuidado…

—¿Habla la voz de la experiencia?

—Puede ser —susurró él de vuelta, sus labios a milímetros de tocarse.

Maks se inclinó, rozando su boca con la suya, como si pidiera permiso, a lo cual Gabriella respondió recibiéndolo. Sus lenguas se entrelazaron, se exploraron, sus manos se deslizaron por sobre las telas en una caricia sutil pero llena de calor.

Gabriella solo atinó a rodear el cuello del hombre cuando este se levantaba con ella entre los brazos. Cruzaron una puerta que había en una esquina, misma que llevaba al dormitorio del erudito. La depositaron sobre la cama al tiempo que la despojaban de sus prendas, mientras ella hacía lo mismo con las ropas de Maks. Estaba cansada, muy cansada, pero los besos y las caricias de él eran adictivos, consoladores y hasta revitalizantes. No quería pensar, no quería preocuparse por su amiga o por su deber como bakemono, lo único que deseaba era sentir, tocar y ser tocada.

Gimió ante una caricia lenta y concienzuda a lo largo de uno de sus senos. Con las manos rozó la espalda de él, piel inmaculada, amarillenta, casi dorada, tallada en sutiles músculos que sobresalían con ligereza. Apenas podía respirar, las manos de Maks sobre su piel eran pura seda, sus besos, breves erupciones que la hacían vibrar entera.

Sentía como si el corazón se le fuera a salir del pecho, todo su cuerpo estaba velado por una fina película de sudor, de pronto, un hormigueo la recorrió desde los pies hasta la cabeza, sacudiéndose en varios espasmos al llegar al clímax. Él la sujetó mientras se recomponía, pero la muchacha fue incapaz de articular palabra después, quedándose profundamente dormida.*

 

***

N/A:

*La última escena de este capítulo ha sido modificada y cortada, debido a su contenido erótico. Si desea leer la versión original, favor de dirigirse al otro sitio en donde se está publicando la novela (Wattpad)

¡Gracias por leer!



« Secretos susurrados Comenta este capítulo | Ir arriba Mujeres »


Potterfics - Harrylatino
Potterfics es parte de la Red HarryLatino





Todos los derechos reservados. Los personajes, nombres de HARRY POTTER, así como otras marcas de identificación relacionadas, son marcas registradas de Warner Bros. TM & © 2003. Derechos de publicación de Harry Potter © J.K.R.