Historia al azar: Engañándose
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Destino II. Epidemia. » Secretos susurrados
Destino II. Epidemia. (R15)
Por Kajiura
Escrita el Martes 5 de Mayo de 2015, 23:20
Actualizada el Sábado 8 de Abril de 2017, 04:07
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Secretos susurrados

XXV

Secretos susurrados

 

Elizabeth se levantó temprano junto con Gabriella, Kya y para su asombro, Momoka. Luego del interrogatorio, la pelirroja la había acompañado a comprar un kimono negro, mismo que se enfundó esa mañana.

—Antes la tradición dictaba que se fuera de blanco —le explicó Gabriella en un susurro mientras las cuatro se alistaban. Andrómeda seguía profundamente dormida (habían tenido que darle calmantes para tal efecto), por su parte Kya se mantenía en absoluto silencio, con la tristeza brillando en sus pupilas pero sin derramar una sola lágrima—, pero con el tiempo se ha dejado el blanco para las bodas. Ahora, el único que viste de blanco en un funeral es el difunto.

Elizabeth asintió. No fueron las únicas candidatas que salieron de la pirámide vestidas de negro. De hecho, una cantidad pequeña pero considerable de eruditos acudieron al funeral. Había filas de sillas bien alineadas, despejando un pasillo central que conducía al féretro en donde descansaba Cleopatra.

Cubierta por el kimono blanco, cualquiera diría que la muchacha solo dormía, si bien algo en sus rasgos, en su piel y en su esencia en general había cambiado. Cleopatra había sido maquillada, a cada costado suyo un par de objetos preciados se distinguían, así como seis monedas que, según le explicaron, simbolizaban una especie de peaje a pagar en el más allá. Con todo y eso, algo en el cuerpo recostado de la ex erudita no acababa de verse bien. Quizá era, precisamente, la carencia de esencia lo que hacía a la joven verse diferente.

«Porque su alma se ha ido», pensó Elizabeth y regresó a su puesto al lado de Gabriella, luego de haberse acercado a la difunta para hacer una oración por ella.

Existía un rezo en específico que se recitaba, pero Gabriella le aconsejó que dijera palabras surgidas desde lo más profundo de su corazón. Elizabeth así lo hizo, e inevitablemente pensó en su madre y su hermana, ambas muertas sin recibir posterior sepultura. Se le hizo un nudo en la garganta, pero tragó con fuerza y parpadeó varias veces para contener las lágrimas.

En las primeras filas, una pareja lloraba amargamente, el hombre de forma silenciosa y la mujer dando de gritos. Los padres de Cleopatra, supuso Elizabeth. Al lado de ellos, un erudito hüteur entrado en años también sollozaba, acompañado por otros tres muchachos y una chica, todos de diversas edades. Los cuatro llevaban fijados a sus ropas fúnebres un pedazo de cartón cualquiera, pero con dos palabras que, Elizabeth estaba segura, habrían simbolizado todo para Cleopatra en el pasado: «linaje Canatsu».

El rito funerario dio comienzo con el sacerdote haciendo una oración al Dios Anubis, mientras la familia de Cleopatra (linaje incluido) se turnaba para ofrecer incienso en una urna colocada frente al ataúd. El resto de congregados también repetían el gesto, pero en urnas más pequeñas situadas delante de ellos. Todos permanecían sentados, no obstante Elizabeth alcanzó a ver entre las cortinas de humo cómo Kya se desmoronaba por segunda vez, ahora entre los brazos de Egbert. Minutos más tarde, aunque todavía con los cánticos y rezos entonados, Gabriella le aferró una mano, a lo cual, Elizabeth la abrazó. No intercambiaron palabras. No era necesario y tampoco existía consuelo para ofrecer.

Mientras le alisaba el cabello a su amiga, Elizabeth se permitió a su vez derramar unas cuantas lágrimas, algunas en nombre de sus seres queridos perdidos, otras en memoria de Cleopatra y, otras más, por la rabia y la culpa que la carcomían por dentro. No había estado presente en el interrogatorio de Andrómeda, pero no lo necesitaba. Su intuición le gritaba que a quien debían haber asesinado esa tarde, era a ella. Nadie antes había atacado a Cleopatra salvo Andrómeda y estaba claro que esta no era culpable del homicidio, o ya la habrían detenido. Cleopatra se había hecho un permanente de rizos, pero antes de eso, Elizabeth era la única con el cabello así. Y la única a la que habían intentado aniquilar de forma abierta con anterioridad, también.

En cuanto todo terminó, la gente comenzó a desperdigarse. Para sorpresa de Elizabeth (y de los muchos ahí presentes), Bryant avanzó por el pasillo central, acompañado por Duncan Zephyr, uno de los miembros del Saigrés, los dos vestidos con los acostumbrados kimonos negros. A la joven le hubiera gustado que el Garque le dedicara unas palabras de aliento, o como mínimo una mirada, pero el guardián estaba centrado en dar las condolencias a los padres de Cleopatra. Zephyr, por su parte, intentaba consolar al deshecho hüteur de la fallecida, quien era sostenido por dos de sus discípulos.

Elizabeth se volvió para buscar a Gabriella, pero descubrió que la pelirroja sollozaba en compañía de un Ian que le pasaba un brazo por los hombros. Durante un instante se sintió fuera de lugar, porque aunque había tratado a Cleopatra y le había simpatizado, el tiempo que habían pasado juntas había sido escaso como para establecer lazos de amistad muy fuertes. Afortunada o desafortunadamente, alguien la aferró de un brazo y la sacó de sus fúnebres pensamientos: la señora Dadle.

—Monanti —habló la mujer en un tono tajante que cortó el ambiente cual cuchillo afilado—. Ven conmigo. Volveremos a la pirámide.

—¿Para qué? —preguntó ella con igual frivolidad y una ceja en alto—. No quiero ser grosera, señora Dadle, pero estamos en un funeral y no me parece correcto…

—¿Irte sin más? —la mujer rió con desdén—. ¿Tan rápido te encariñaste con la señorita Canatsu? No lo creo. Seguro tus atrasadas creencias te hicieron repudiarla… —Elizabeth no respondió, con las manos apretadas en puños y las mejillas encendidas—. En cualquier caso, no tienes elección. Debes de cambiarte para tu prueba práctica.

Elizabeth recordó que estaba en un funeral y se tragó su exclamación. En cambio, palideció.

—¿Qué? —musitó, horrorizada—. ¿Ahora? —sacudió la cabeza—. No, señora Dadle, tiene que haber un error, mi prueba práctica está programada para mañana y…

—Ya no —atajó ella—. Hemos decidido adelantarla —le dio la espalda—. Andando, ya has perdido suficiente tiempo.

Elizabeth no la siguió. Por el contrario, se zafó de su agarre con brusquedad (la anciana profirió un gritito escandalizado) para volverse hacia Gabriella.

—Debo irme —le susurró con premura. Miró de reojo a la vicepresidenta del Saigrés—, han adelantado mi prueba práctica para hoy.

—¿Ahora? —repitió la pelirroja, entre desconcertada y apurada.

—Sí. La señora Dadle quiere que la acompañe al Templus para cambiarme… —suspiró, no sabiendo cómo más expresar el pánico que comenzaba a invadirla—. ¿Podrías disculparme con Kya después? Y con los padres de Cleopatra, también.

—Claro, yo les  digo —Gabriella la abrazó—. Te deseo toda la suerte del mundo, amiga.

—Gracias, la necesitaré.

Se giró y fue a reunirse con la señora Dadle, antes de abandonar el templo por el pasillo central. Sin que nadie se diera cuenta, una  figura vestida con el uniforme de las bakemono fue en pos de ambas, oculta al mundo gracias a su don de la invisibilidad. Mientras, un aposhii expresaba la pena que en esos momentos, no se podía permitir.

 

Astucieus contempló a Beryl dormir. Profundas ojeras se le marcaban bajo los párpados, su ya de por sí pálida piel parecía ahora cetrina. Aun así, era hermosa. El hombre tuvo ganas de acariciarle una mejilla, pero lo sucedido la noche anterior hizo que la rabia lo embargase de nuevo. Secretos, secretos y más secretos. Beryl Wonna era todo un misterio para él y, aunque no le gustase admitirlo, se había convertido, al mismo tiempo, en una completa desconocida.

Una desconocida a la que había amado al punto de engendrar un hijo con ella. Estúpido, eso es lo que había sido. Mas no otra vez. En cuanto despertase, Beryl lo iba a escuchar y, esta vez, no cedería a sus encantos.

Como si hubiese conectado con su mente, la mujer entreabrió los ojos, escudriñando a su alrededor y luciendo desconcertada unos segundos, antes de parecer recordar lo ocurrido. Entonces, su mirada cansina se clavó en Astucieus.

—¿Cómo te sientes? —preguntó él más por formalidad que por otra cosa.

—Cansada… —la mujer se llevó una mano a la sien—, y adolorida. Yo… ¿Cómo me encontraste? —suspiró—. Mis recuerdos… mis recuerdos son algo confusos.

—Me dirigía a la biblioteca para leer un poco… —relató Astucieus secamente—, cuando me tropecé con tus guardias apostados en la entrada. Me dijeron que no podías dormir y que habías decidido ir allí para leer, pero al entrar te descubrí inconsciente sobre el suelo. Al principio pensé que te habían herido… —apretó las manos en puños—. Hasta que vi las descargas que despedía tu cuerpo: una magyassu… —tensó la mandíbula—. ¿Por qué nunca me lo dijiste, Beryl? Es más, me siento como un imbécil por no haberlo descubierto antes. Pero nunca tuviste un ataque mientras estuvimos juntos…

—Sí los tuve… pero fui cuidadosa. Lo más cuidadosa que pude. Si me sentía mal, por ejemplo, era cuando te cancelaba la cita usando cualquier excusa.

—¿Por qué?

Beryl curvó los labios en una sonrisa torcida.

—Porque soy un peligro, Astucieus. Solo unas cuantas pitonisas lo saben… mi madre murió cuando yo era una niña… —se encogió sobre sí misma—. No solo soy magyassu, sino también clarividente. Y no cualquier clarividente. Una pitonisa. ¿No lo ves? Si hubiese revelado a los cuatro vientos que era magyassu no habría llegado ni a los diez siglos porque, ¿quién no iba a querer bajo su poder a una pitonisa que además puede desarrollar cualquier don? Mi madre me hizo jurar que jamás se lo diría a nadie y después de que ella muriera, repetí el juramento con Itzal.

—¿Por qué no te trasladaron aquí, al Templus? Pudieron haberte puesto bajo la tutela del hüteur Kotoro… o bajo la de mi hüteur, ya puestos.

—Si hubiese formado parte de tu linaje, entonces lo nuestro no se habría dado —sonrió ella con picardía. Mas su gesto se apagó al ver el semblante de Astucieus, austero. Soltó aire—. Itzal no quiso. Volvemos a lo mismo, el mundo se habría enterado de mi condición y bueno… —bajó la mirada.

—Debiste decírmelo, Beryl. Era tu pareja… por los Dioses, íbamos a tener un hijo, incluso pensé en casarnos luego de que naciera el bebé.

—Qué… ¿Qué? —tartamudeó ella, conmocionada, sus ojos abiertos de par en par—. Astucieus yo… nunca pensé… —tragó con fuerza—. De cualquier forma, me habrías despreciado…

—¿Por qué? —espetó el hombre, exasperado—. Beryl, mi hüteur era magyassu. Sé lo que es convivir con uno, cómo atender sus crisis. No deberías verlo como una carga.

Los ojos de la mujer se llenaron de lágrimas.

—Pero lo es —se cubrió la cara con las manos—. Es una maldición… no perdí el bebé en un accidente de coche, Astucieus. Murió por culpa de uno de mis ataques. Yo… —sollozó—, asesiné a nuestro hijo.

Astucieus se quedó sin habla. De pronto, toda la ira que sentía contra la pitonisa desapareció. La imaginó gritando  entre convulsiones y con sangre escurriéndole por las piernas. Repentinamente, las piezas encajaron: Itzal insistiendo con que no viera a su protegida, el aislamiento de Beryl en el oráculo, las cartas no respondidas. El dolor de Beryl no solo se limitaba a la pérdida de su hijo, sino a la culpa de que este muriera por su enfermedad. Sintió un nudo en la garganta al fijar la vista en la mujer acurrucada en la camilla, llorando amargamente.

—Debiste… debiste decirme… —susurró y posó una mano sobre el hombro de Beryl—. Jamás te habría despreciado, mucho menos culpado por lo ocurrido. Tú no mataste al bebé, Beryl. Simplemente fue algo que pasó. No pediste ser magyassu y, por supuesto, no deseabas que el niño muriera.

—Lo dices únicamente para no hacerme sentir mal —ella se descubrió la cara y dejó a la vista sus ojos enrojecidos—. Yo… nunca me lo perdonaré, Astucieus. Nunca.

El hombre no pudo menos que abrazarla. Beryl le regresó el gesto y sollozó sobre su hombro. Estuvieron así varios minutos, hasta que por fin ella se calmó, Astucieus le ofreció un pañuelo de papel para secarse la cara.

—Gracias —murmuró ella con voz ronca—… De verdad lo lamento, Astucieus, no es que no confiara en ti, es que temía que me rechazases por mi enfermedad. Y cuando aborté… estaba segura de que me odiarías. Yo todavía lo hago.

El Garque suspiró.

—Mírame bien, Beryl —la sujetó de la barbilla—: jamás te  odiaré por eso. Sí, quizá me enfadé por tu aislamiento —contuvo un estremecimiento al recordar hasta qué punto había llegado su enfado—, pero ahora que me has dicho la verdad, no te culpo. Ni te repudio por ser una magyassu. Mi hüteur tenía la misma enfermedad… ¿Cómo podría yo rechazarte? Lo del bebé… no fue tu culpa, Beryl. Tuviste una crisis y el niño no lo soportó… pero no fue culpa tuya.

La aludida le acarició una mejilla.

—Te quiero, Astucieus —dijo y acercó su rostro al masculino—. Nunca dejé de quererte, de pensar en ti.

El Garque no se movió. La hechizante mirada de ella lo tenía atrapado. Su corazón martilleó con fuerza, su respiración se volvió entrecortada conforme Beryl acortaba la distancia. Habría podido separarse, pero no lo hizo, porque no quería. Finalmente, los labios femeninos alcanzaron los suyos y se fundieron en un beso. La lengua del Garque se enredó con la de la mujer, recorriendo cada espacio del interior de su boca.

Cuánto tiempo había pasado, durante cuántas horas había soñado con volver a besarla. Su sabor era exquisito, su aroma, incluso semi cubierto por el olor de los ungüentos, estaba allí, llamándolo, sus largas y aterciopeladas manos enredadas en su cabellera ejerciendo presión para que continuara, para que recorriera con los labios el resto de su cuerpo.

Sin embargo, algo estalló en su mente. En realidad, la voz que le habló lo hizo en un tono modulado, pero la sorpresa con la que apareció lo tomó desprevenido e hizo que se separara de Beryl de un salto.

«Astucieus, hemos presentado nuestras condolencias a la familia y el linaje de Cleopatra, tal y como aconsejaste.»

«¿Y?». Farfulló él tras recomponerse. «Dikoudis, no me digas que únicamente me has contactado para eso, porque te lanzaré un chorro de ácido en cuanto te vea.»

«Vaya, parece que alguien tomó más zumo de limón del acostumbrado. Pero no, no te contacté por eso. Acabo de enterarme de que han adelantado la prueba práctica de Elizabeth para hoy. Dadle se ha ido con ella, de hecho, y Duncan comentó algo de que duraría una semana, más o menos.»

Astucieus terminó de enderezarse y despejarse, al mismo tiempo que le hacía un ademán a Beryl para que aguardara.

«¿Adelantarle la prueba? ¿Una semana? ¿Pero eso está permitido?»

«No tengo idea. Tampoco sé si Gabriella ha ido con ellas… se supone que el Saigrés iba a procurar que sus pruebas no chocasen, pero ante este drástico cambio, desconozco si Altus esté al tanto.»

«Esto es obra de la arpía de Dadle, se aprovechó de que… bueno, de toda la situación. ¿Viste a Altus en el funeral?»

«Sí. Aunque igualmente pudo tratarse de un Aposhii.»

«Trataré el asunto con Astarte después. ¿Has podido sacarle a Zephyr de qué irá la prueba de Elizabeth?»

«Sí: manejo de estrés bajo presión. Al parecer, localizaron una aldea tomada por algunos de los Scorfil que quedan. Elizabeth deberá planificar y llevar a cabo su liberación.»

Astucieus parpadeó, incrédulo.

«Dime que es una broma.»

«No. Créeme, me he quedado tan pasmado como tú.»

«¡Pero es una crueldad!». Estalló el guardián: «Y una insensatez… están poniendo las vidas de toda una aldea en manos de Elizabeth… ¿Y qué si alguien muere?»

«Lo mismo dije yo. Pero Duncan me ha respondido que si no puede con esto, entonces no podrá con la responsabilidad del cargo a gobernadora… Espera, me comunico contigo más tarde. Tengo a un reportero encima que me ha sacado algo sobre un brote de no sé qué…»

Cortó la comunicación. Astucieus pareció volver a la realidad, sus ojos se posaron en una expectante Beryl que se acariciaba los labios. Fue cuando el verdadero peso de lo que había hecho cayó sobre sus hombros.

—Beryl yo…

—Astucieus… —ella se incorporó, con una mano sujetaba la manta que le cubría el cuerpo—. No… no tienes que decir nada, yo… prometo no contárselo a nadie. Si quieres, podemos vernos a escondidas y…

—No, Beryl —la cortó él con más dureza de la que pretendía. Se aclaró la voz—. No podemos hacer eso, Beryl. Está penado: los Garque no pueden establecer relaciones amorosas con gente ajena a la pirámide. Si yo todavía fuera un erudito no habría problema, pero ahora… te decapitarían.

La pitonisa bufó.

—¿Se puede saber quién impuso esa estúpida ley?

—Un guardián despechado porque uno de sus compañeros conquistó a la mujer de la que él estaba enamorado —suspiró—. De cualquier forma, no podemos hacer esto.

—Eres el Segundo. ¿Por qué no cambias esa ley?

—Las leyes no se cambian de un día para otro. Tendría que reunirme con el cónclave judicial… y quitarme a Érix Kunne de encima, también. Y en estos momentos, no puedo hacer ninguna de las dos cosas.

—Pero Astucieus…

—No —zanjó él, si bien algo en su interior se estrujó—. Tuvimos nuestra oportunidad, Beryl, mas esta ya pasó. Lo mejor es que quedemos como amigos y continuemos con nuestras vidas —avanzó hacia la salida—. Descansa, iré a buscar a Itzal.

Le dio la impresión de que la mujer iba a decir algo, pero esta se limitó a fruncir los labios y el ceño, antes de dedicarle un seco asentimiento con la cabeza.

 

Elizabeth entró al dormitorio que compartía con el resto de sus compañeras casi arrastrando los pies. Deseó que uno de sus dones fuera el de la teletransportación, ya que de esa forma habría evitado los alaridos que ahora daban cada uno de sus músculos. Sus vaqueros estaban echos un asco, sin contar con su camiseta. Su cabello estaba atado, aunque eso no quitaba que pareciera un nido de pájaro. Se rascó la cabeza, convencida de que tendría piojos. Olfateó su axila y arrugó su cara; al parecer, su aspecto no era lo único repelente.

Suspiró. La cama la llamaba poderosamente, pero sabía que si se tumbaba, no habría poder humano que la levantase. En cambio, arrojó la alforja que contenía su armadura de combate junto con su katana. Astucieus habría pegado el grito en el cielo de haber presenciado aquello, pero para alegría de la muchacha, el hombre no estaba allí. Al igual que sus compañeras. Seguro estaban enfrascadas en sus estudios. Escogió un conjunto de ropa limpia, agarró una de las botellitas de esencias y minerales que se había traído de sus aposentos en la Morada de los Garque y entró en el cuarto de baño, dispuesta a meterse en la bañera hasta que se le arrugaran las manos. Antes de cerrar la puerta, agarró un papel y garabateó en él: «advertencia. Erudita lacerante bañándose. Si valora su propia vida, no entrará» y lo fijó en el marco.

Antes de prepararse la bañera, decidió deshacer los nudos en su cabello y quitarse unas cuantas chinches. Megan Dadle había hecho todo lo posible para que su primera prueba práctica fuese espantosa, incluso peor que la de Gabriella. La habían hecho dormir a la intemperie en vez de en una de las tiendas que habían levantado, con la excusa de que el gobernador debía estar acostumbrado a cualquier tipo de entorno. Pero Elizabeth sabía que de haberse tratado de Astucieus, o incluso del Quinto al mando, habrían erigido una tienda exclusiva para él. Hubo de ingerir comida mal cocinada y de no saber las propiedades de las plantas, habría muerto de una infección. Al menos, el capitán tenía la suficiente vergüenza como para no mirarla a los ojos mientras discutían la estrategia a seguir.

La señora Dadle desechaba cada una de sus sugerencias, hasta que un día, harta del sabotaje contra su persona, Elizabeth le pidió a la erudita el no entrometerse, ya que el tiempo se les agotaba debido a que pronto se cumpliría el plazo que los Scorfil habían dado a los militares para satisfacer los caprichos plasmados en una lista.

Pero lo peor vino el día del asalto. Lo primero que Elizabeth notó fue que los aldeanos no parecían muy afectados, salvo por ostentar algunos cortes, labios rotos o moratones. Ningún muerto. Después, lo que captó su atención fue la forma en la que los Scorfil combatían con los soldados: parecían sincronizados, salvo cuando se dirigían contra ella, atacándola a diestra y siniestra. Pero ella sabía usar la katana, además de contar con sus habilidades. Repentinamente, una lanza la alcanzó en un muslo y cuando ella se volvía para asestarle un golpe letal al Scorfil, este cayó de rodillas suplicando por su vida, declarando además algo que dejó a la muchacha helada: «¡piedad, mi señora, soy solo un artista! ¡Me contrataron para fingir ser Scorfil, pero soy solo un artista!»

Elizabeth no mató al hombre solo porque el asombro se lo impidió. Aunque sí lo dejó inconsciente de un golpe con la empuñadura de su katana. Colérica más que adolorida por la herida en la pierna, se volteó al grupo que, ahora sabía, fingía combatir. Con un ademán imperioso alzó una barrera, entre soldados y Scorfil, captando así la mirada de todos, quienes lucieron nerviosos ante la ira que relampagueaba en sus ojos.

—¿Quiénes más de ustedes son artistas? —preguntó, a duras penas logró contener la ira en su voz.

Todos los Scorfil tiraron sus armas y se arrodillaron ante ella.

—¿Y ustedes? —espetó temblorosa de furia—. ¿Qué son? ¿Carniceros? ¿Pinches de cocina?

—Nosotros sí somos militares, mi señora —habló en voz baja el capitán del grupo.

Sin poder contenerse, Elizabeth se echó a reír.

—Y se puede saber, ¿a quién se le ocurrió tan brillante idea?

—A mí —se oyó decir la voz de la señora Dadle.

Elizabeth torció la boca en una sonrisa amarga. Sin quitar los ojos de la erudita, arrancó un pedazo de tela del uniforme del Scorfil caído y se vendó la herida con fuerza para cortar el flujo de sangre.

—Espero explicaciones, señora Dadle.

La anciana soltó una carcajada que se asemejó más a un graznido.

—No tengo por qué dártelas, Monanti. Eres una simple erudita ante una prueba.

—Una prueba de manejo de estrés bajo presión —apuntó ella con aparente ligereza—. La cual hasta ahora, me parece, voy aprobando. Le importaría, entonces, ¿explicarme qué significa todo esto? —realizó un amplio ademán con una mano—. Scorfil artistas, soldados que obedecen órdenes suyas, porque dudo mucho que mis hüteur o el Verzaik estén al tanto de esta situación… ¡ah! —agregó al ver una carita llena de hollín asomándose por una de las ventanas de las casas—. ¿Y qué es eso? ¿Aldeanos de mentiras?

—¡No, señodita Monanti, nosotos sí somos de vedad! —exclamó la niñita y salió de su casa entre trompicones, estaba claro que usaba zapatos del mismo pie—. ¡Ellos son los de mentidas! Y ella… —acusó a la señora Dadle con un dedo—. ¡Es la buja malvada! ¡Dijo que nos matadía si no le hacíamos caso!

Elizabeth giró despacio la cabeza hacia la erudita, quien estaba roja hasta las orejas. Enarcó ambas cejas.

—¿Algo que tenga que decir, señora Dadle?

—Es una chiquilla…

—Puede ser, pero los niños raras veces mienten —miró a los guardias—. Quiero a cada uno de los aldeanos frente a mí, y más les vale tratarlos con cortesía. Y respecto a ustedes, mis brillantes actores, tengan la amabilidad de dirigir a la señora Dadle a su tienda.

—¡Tú no vas a darme órdenes! —tronó la aludida.

—No estoy dando órdenes, estoy pasando mi prueba de manejo de estrés bajo presión. Para fortuna suya, creo que lo estoy haciendo muy bien, ¿cierto? No la he cortado a la mitad… y tampoco diré nada de todo esto si se muestra solícita. Coopere conmigo, señora Dadle, y yo cooperaré con usted.

La mujer masculló algo, pero se dejó guiar al interior de su tienda con pasos fuertes. Los soldados, acataron las órdenes de la joven Monanti, quien escuchó las quejas y réplicas de los aldeanos durante toda aquella farsa. Finalmente, la chica ordenó a los militares reparar los «fingidos» daños causados, reparar las casas y hasta construir un pozo, para el que ella misma colaboró.

Se demoró unos días más para asegurarse que todo estaba en orden y justo la noche previa a su regreso, diez höllechat se adentraron en la aldea y se lanzaron a la caza. Elizabeth intentó por todos los medios que el derramamiento de sangre fuera mínimo, pero no lo consiguió. Uno de los soldados murió, al igual que varios pueblerinos, sin contar con que a ella le habían arrancado un trozo de carne de la cadera que aún le dolía luego de cicatrizar. Tras ese enfrentamiento, los aldeanos prácticamente los expulsaron aludiendo que habían atraído más desgracias que bendiciones, sin contar con que la señora Dadle le advirtió que su puntuación mermaría debido a su incapacidad para defender a sus súbditos.

—Perra —masculló la joven mientras la tina se llenaba, espumosa y con aroma a sándalo—. Ojalá la mordida que le dejó el höllechat en el trasero le impida sentarse durante días… —se sumergió en el agua con un suspiro—. Y todavía tengo que hacerle llegar a Bryant el mensaje de la enferma…

Recordó aquel día sin poder evitar el estremecerse. Había sido el último, justo antes de marcharse del pueblo. La niñita con la carita llena de hollín que desmintió a Megan le había suplicado que la acompañara a la casa para dos, y cuando Elizabeth confesó no entenderle, ella le presentó a su hermana mayor, una muchacha que debía tener su edad (solo que en siglos) y que se puso furiosa al enterarse de lo que la niña había solicitado.

—Ella no puede hacer nada por madre, Mell —espetó la joven con las manos apretadas. Pero su mirada se suavizó al ver los ojitos llenos de lágrimas de su hermanita menor. Dio un suspiro—. Lo siento, señorita Monanti, Melliand no debió contarle nada….

—Mell me dijo que su madre estaba en el cuarto para dos…

—Sí, madre está aislada —espetó la chica con voz seca—. Y a menos que tenga el don de la sanación, no veo por qué tenga que verla.

Elizabeth arqueó una ceja, pero mantuvo la calma cuando dijo:

—No, no tengo el don de la sanación, pero si me dejas echarle un vistazo, quizá pueda enviar a alguien del Templus para que la atienda.

—¿Ves, Talía? —saltó Melliand muy emocionada—. ¡Ella puede ayudad!

Talía masculló algo para sí, mas tras un largo rato de reflexión, asintió.

—De acuerdo. Pero debe cubrirse. Y tú te quedas aquí, Mell. No tenemos suficientes trapos para las tres —aclaró antes de que su hermana se atreviera a protestar—, y no pienso permitir que ninguna vaya sin protección. A saber qué es lo que tiene madre.

Melliand aceptó, no sin varios refunfuños. Elizabeth hubo de recogerse el cabello con una red, antes de ponerse un pañuelo encima y ajustarse un velo que le cubría la nariz, las orejas y el mentón. Manos y brazos vendados (llevar puesto su traje de combate llamaría mucho la atención), así como unas rústicas y extraña especie de gafas construidas con lo que debía ser malla de gallinero. Por suerte, todo este «equipo» solo se lo colocó al hallarse ante la puerta de una especie de caseta de madera (ubicada varios kilómetros lejos del pueblo), de la cual surgían gemidos que le pusieron los vellos de punta.

—¿Lista? —le preguntó Talía con una severidad que no alcanzaba sus ojos.

—Lista —aceptó Elizabeth, segura de que debía tener la misma expresión.

Talía empujó la puerta y entró. Elizabeth la siguió, cerrando tras de sí por previas indicaciones de su acompañante. Empero, lo que vio disparó en ella la urgente necesidad de correr por su vida.

Dentro había pocos objetos. Se trataba de una sola habitación, de hecho, con una cama mediana en donde yacía tendida una mujer con los ojos abiertos como platos, fijados en algún punto del techo, con un hilillo de baba escurriéndole por una comisura de la boca. Gemía como si la acuciase un dolor delirante que nunca parecía terminar, medio enronquecido, brotando de sus labios cuarteados y con las cuerdas vocales resaltadas negras por encima de la piel.

—Por Dios… —murmuró Elizabeth, conteniéndose a duras penas para no tener arcadas.

El cuarto apestaba a sudor, orina y excrementos. La mujer era un despojo de ser humano, puro hueso y pellejo blanco, tan níveo que era imposible pasar desapercibidas las ligeras marcas rojas que le salpicaban aquí y allá. Podrían tratarse de arañazos, pero eran demasiado cortas y, a la vez, demasiado largas para ser provocadas por algún roedor.

—Las ve, ¿cierto? —habló Talía detrás del velo—. Están por todas partes, pero no son picaduras, ni arañazos, ni la mordedura de algo… —se le llenaron los ojos de agua—. Y no deja de gemir… apenas come, no duerme y… se está muriendo, no sé qué le pasa pero se está muriendo…

—Pero yo lo averiguaré —en la bañera, Elizabeth se talló el cabello con fuerza y el agua que le chorreó fue de color café—. Se lo comunicaré a mis hüteurs y haré que alguien vaya en su ayuda, Talía. Lo prometo.

 

***

n/A:

¡OTRO capítulo! Jo, se me acaban los colchones…y mi tiempo para escribir se ha reducido enormemente. Para ser franca, ni siquiera tengo idea de qué voy a poner en el cap que sigue al último que escribí xD.

En fin, ¿qué les pareció esta entrega? ¿Qué creen que pase entre Beryl y Astucieus? ¿Y qué hay de la enferma que visitó Elizabeth? ¿qué es lo que tendrá? ¡Tecleen, que yo los leo!



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