Historia al azar: Isla del drama, Harry Potter
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Destino II. Epidemia. » De Dioses y mortales
Destino II. Epidemia. (R15)
Por Kajiura
Escrita el Martes 5 de Mayo de 2015, 23:20
Actualizada el Viernes 11 de Agosto de 2017, 00:15
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De Dioses y mortales

XXIV

De Dioses y mortales

 

Gabriella apoyó la espalda contra el árbol de cerezo luminiscente. Se había guiado más por una corazonada que por una certeza, así que había muchas posibilidades de que su ida hasta allí no le reportase nada, pero al menos, podría decirse a sí misma que lo había intentado.

—¿Desvelándose de nuevo, señorita Altus?

Gabriella ahogó una exclamación y a punto estuvo de caerse. Se volvió. Él estaba allí, tal y como había esperado y, por alguna extraña razón, su corazón se saltó un latido.

—Maks… —murmuró, su mirada fija en los ojos bicolores del hombre—. ¿Cómo sabías que estaría aquí?

—Porque capté tu incertidumbre luego de que registrara tu mente —él se arrodilló y sumergió la mano en el lago, agitándola, con lo cual ondas dispares se produjeron en la superficie—. ¿Y tú? ¿Cómo supiste que vendría?

—¿Intuición femenina? —Gabriella se encogió de hombros, antes de sentarse con las piernas entrecruzadas—. Tú… ¿Por qué lo hiciste?

—¿Hacer el qué?

—Encubrirnos. Viste a dónde fui con Elizabeth y, sin embargo, guardaste el secreto. ¿Por qué?

Maks la miró fijamente. Gabriella se estremeció, aunque no supo identificar la naturaleza del escalofrío.

—Tal vez me gustaría que las cosas entre los Garque fueran diferentes —respondió al fin—. Que haya un progreso notorio, que se aplique justicia realmente… —los ojos le chispearon—. O quizá sea algo más. Todavía no lo tengo muy claro —se incorporó—. Pero has de saber que no estaré allí siempre para protegerlas. Deben tener más cuidado, procurar no verse envueltas en situaciones que comprometan sus… asuntos.

La pelirroja lo contempló durante unos segundos. La luz rosácea de las hojas le daba un aire extraño, casi benevolente, si bien lo inquietante de sus pupilas desmentía ese halo de paz.

—Gracias —sonrió—. Sea cual sea la razón por la que lo hiciste, gracias por encubrirnos.

El hombre curvó los labios en una mística sonrisa.

—Yo tú no me lo tomaba tan a la ligera. Puede que algún día decida cobrarte el favor.

La muchacha arqueó una ceja.

—Pensé que éramos amigos.

Maks estrechó los ojos.

—Sí, pero hasta los amigos adquieren deudas el uno con el otro, ¿no?

Gabriella rio.

—De acuerdo —alzó una mano con solemnidad—. Si se diera el caso, prometo devolverte el favor.

Él le tendió una mano que Gabriella aceptó para impulsarse. La misma inercia la hizo adelantarse unos pasos, quedando apenas a un palmo de distancia del hombre, su aroma a canela le llegó con deliciosa fuerza. Contuvo la respiración, de pronto atrapada por la incongruencia de su mirada, con la mano aún entrelazada con la suya.

—Es un trato, señorita Altus.

Rozó con los labios el dorso de la mano de Gabriella, antes de soltarla y desaparecer sin más.

 

Elizabeth contó cada una de las bifurcaciones que tomaba. Finalmente, alcanzó la esquina que deseaba con lo cual, el cuadrante bañado por la luz de la luna quedó a la vista. Hacía tiempo, había compartido un almuerzo con Astucieus en ese mismo laberinto. El sitio le había gustado tanto que había decidido memorizar su localización, lo que ahora le venía de maravillas.

Disfrazarse sin ayuda de nadie le había supuesto un esfuerzo considerable, aunque en su opinión, el resultado no había sido tan malo. La peluca rubia se mantenía sobre su sitio, su cuerpo recubierto por un batín color vino que había sacado del armario de Gabriella. Debajo, un camisón blanco le recubría las piernas, sus pantuflas acolchonadas apenas y hacían ruido. Se había maquillado muy poco, en realidad, solo llevaba delineado los ojos y rímel en las pestañas, pero esperaba que pese a todo luciese atractiva a los ojos de Érix. Para su alivio y sorpresa, el hombre iba también en ropa de dormir, pantalones y camisa que no opacaban su belleza en lo absoluto.

—Hola.

Érix no respondió. Abrió ambos brazos en un gesto que la invitaba a acercarse y, Elizabeth, llevada más por la necesidad de protección, lo abrazó y permitió que él la estrechara contra sí.

—Estaba tan preocupado por ti —susurró él contra su pelo. A Elizabeth el corazón le latía con tanta fuerza que estuvo segura de que Érix podía sentirlo—. Intenté que el Saigrés recapacitara y te colocara en una habitación aparte, bien custodiada, pero me sacaron el estúpido tema de la imparcialidad —bufó—. Y encima, Eunice apoyó su causa.

—Pero estoy bien —Elizabeth se separó unos pasos, recuperado el aliento—. Yo… me hubiera gustado verte antes, pero con todo lo que ha pasado… —suspiró—. Mañana serán los ritos fúnebres de Cleopatra. Una de mis compañeras está destrozada y…

—Se repondrá —la cortó el hombre con un ademán displicente—. Lo importante es que tú estás bien —se sacó algo de un bolsillo, el cual desenvolvió y se metió en la boca—. ¿Quieres uno?

—¿Qué es? —preguntó ella, desconcertada ante el abrupto cambio de tema.

—Chocolate. Uno de mis súbditos me ha enviado un frasco… están deliciosos.

—No, gracias —rechazó la joven con educación—. Desde lo del envenenamiento les perdí afecto a los chocolates… —frunció el ceño—. ¿Y a qué te refieres con «súbdito»?

Érix rio entre dientes.

—Mi pequeña Elizabeth, no tienes por qué fingir conmigo… —la muchacha parpadeó, perdida. Él gruñó—. Somos de la realeza, ¿recuerdas? Me lo dijiste la última vez que nos vimos, durante el almuerzo.

—¿En serio? —ella se removió, incómoda—. No… no lo recuerdo. De hecho, tienes que saber que ese día tenía… tenía un fuerte resfriado y seguramente por eso dije tantas tonterías.

Érix enarcó ambas cejas.

—Pues eso no me pareció ninguna tontería.

Elizabeth suspiró.

—De todos modos… ¿te parece si empezamos de cero? En serio, ese día estaba realmente mal, apenas y recuerdo lo que comí.

—De acuerdo —accedió Érix y se alejó un paso. La valoró con la mirada—. ¿Sabes? Eres un poco extraña.

—¿Yo? —Elizabeth lució confundida—. ¿Por qué?

Érix se encogió de hombros.

—No sé, no pareces… querer que lo nuestro progrese.

—¿Qué? No, Érix, nada más alejado de la realidad… Es solo que… bueno, de donde yo vengo, las cosas se hacen más despacio.

—Ah, ya —ironizó él—, y por eso saltaste a mis brazos nada más verme.

Elizabeth arrugó el entrecejo, irritada.

—Como ya dije, han sido unos días difíciles y… —alzó las manos, sus mejillas ruborizadas—. Lo siento. No debí hacerlo.

El hombre soltó aire.

—No, Elizabeth, soy yo el que debe disculparse. Es solo que durante el almuerzo te veías tan resuelta… pero si dices que no estabas en tus cabales, te creeré.

A Elizabeth no le gustó la forma en cómo dijo aquello último.

—Gracias —murmuró, un poco resentida.

Se quedaron callados largos minutos.

—Me gustaría verte después de tu prueba práctica —comentó el hombre al fin—. ¿Te parece si salimos a cenar?

Elizabeth cabeceó.

—Sí, estaría bien.

—Excelente. Contáctame en cuanto estés libre, para que te dé el día y la hora.

—De acuerdo —Elizabeth se alejó, bastante desilusionada con aquel frugal encuentro—. Te…te contactaré en cuanto esté disponible. Que tengas buenas noches, Érix.

El hombre simplemente asintió. Ningún cumplido, despedida cortés o siquiera un comentario sobre su atuendo. Elizabeth deseó con todas sus fuerzas poder recordar esa primera cita la cual, al parecer, había sido espléndida, porque en lo referente a esta, no solo se había llevado un gran chasco, sino que se sentía un tanto molesta.

—Hay demasiadas diferencias entre nosotros —murmuró mientras avanzaba por los pasillos, iluminando su andar con una flamita azul platinado—. Tengo que tener paciencia, esmerarme más por acortar el abismo que nos separa… —entró al almacén y comenzó a quitarse las horquillas que le sujetaban la peluca—. Ojalá Gabriella pueda ayudarme a ser una chica más… cultroriana.

Suspiró, acabó de quitarse el maquillaje y volvió a su habitación.

 

Atenea entró a la estancia con su inconfundible aire marcial. Zehel, sentado sobre una silla de nube, jugueteaba con un rayo de luz que serpenteaba entre sus dedos.

—Mi señor —lo saludó la Diosa con una reverencia—. He venido a informarle, mi señor: Senet ha conseguido que nuestro señor Chronos…

—Chronos, Atenea —le corrigió él con calma, aunque la mujer pudo notar la dureza en su timbre—. Es un Dios neutro, no uno superior. Por ende, no se le debe pleitesía.

—De acuerdo: Senet consiguió que Chronos le revelase el paradero de Zadquiel, la espada asesina de Dioses.

Zehel la miró con una ceja en alto.

—¿En serio? ¿Y qué le ha pedido a cambio?

—No lo sé, mi señor, Senet no ha querido contarnos nada al respecto.

Zehel estrechó los ojos, y Atenea supo que estaba leyendo la mente de la Diosa de la sabiduría sin su permiso. Tuvo compasión de ella. Al cabo de un rato, el Dios curvó los labios en una sonrisa torcida.

—Por supuesto —dijo con acritud—, es tan típico de él…

—Se ha enviado a Makoto a buscar la espada —continuó con su reporte la divinidad femenina—. Otra integrante de la Triada permanecerá alerta ante cualquier atentado que cometa Aranea contra Elizabeth Monanti.

Zehel cabeceó.

—Bien.

—Por otra parte —la Diosa titubeó—. Nuestros informantes nos han dicho que Aranea planea… planea desatar algo mucho más grande. Una venganza que podría cobrarse las vidas de muchos inocentes… ¿no deberíamos actuar nosotros en consecuencia?

Zehel suspiró, cansado, aunque Atenea sabía que dicha sensación no podía ser experimentada por los Dioses, no de la misma manera que los mortales.

—Atenea, no otra vez, por favor.

—Pero es que somos los señores del cielo —protestó ella—. Deberíamos actuar como tales, mostrar misericordia, cuidar de nuestros fieles… pero tú te mantienes pasivo, observando cómo se desarrollan las cosas sin más.

—Eso es porque tengo el don de la visión y sé cuándo intervenir y cuándo no.

—¿En serio? —le disparó una mirada escéptica—. A mí no me da esa impresión.

—Eso a mí no me importa —declaró él, severo, sus ojos oscurecidos—. No debo explicaciones a nadie.

Atenea se apoyó sobre la mesa resplandeciente.

—Tal vez, pero les debes a tus mortales un poco de consideración. ¿O es que eres tan arrogante como para creer que no los necesitas?

—No te permito que me hables así, Atenea.

—No se lo permites a nadie —espetó ella—. Desde… desde la extinción de Isis no le permites a nadie tutearte, llevarte la contraria…

—Suficiente —Zehel se levantó—. Me has dado el reporte y es suficiente. Ahora, desaparece de mi vista.

—¿O qué? ¿Acabarás con mi existencia?

—¿Me estás desafiando, Señora de la Guerra Justa?

Los dos se sostuvieron la mirada.

—Estoy intentando que recuerdes, Señor de los cielos cultrorianos —soltó ella con un suspiro—. Que recuerdes que sin los mortales no hay plegarias, y sin las plegarias no hay Dioses. Pero no necesariamente debe haber sufrimiento para que existan las plegarias. Isis intentó que lo vieras… pero te negaste. No esperes a que sea demasiado tarde para valorar a los mortales.

Se dio la media vuelta…

—Espera —la detuvo el Dios—. ¿Por qué te interesa tanto todo esto? —realizó un amplio ademán con una mano—. Lo que hago, lo que pienso…

—…y lo que sientes. Porque eres ejemplo para todos nosotros, para todo un mundo, y creo que ya va siendo hora de que dejes el pasado atrás y recapacites… Dices que los mortales no entienden el porvenir, la importancia de lo que depara el destino y de que todo siga su correcto curso, pero si lo piensas, tú estás actuando exactamente igual.

Zehel pareció meditar sus palabras.

—¿Y si te dijera que esta catástrofe debe darse para que acontecimientos de importancia se den en el futuro?

—Lo entendería… pero no por ello dejaría a su suerte a los mortales.

Zehel hizo aparecer de nuevo el haz de luz y jugueteó con él, alternando sus colores mientras lo deslizaba entre sus dedos, su gesto era pensativo.

—Meditaré tus palabras, Atenea —contestó al fin—. Ahora, vuelve a tus predios. Y que el plan se mantenga como hasta ahora. ¿Queda claro?

La Diosa realizó una profunda reverencia.

—Enterada, señor.

Y desapareció con un estallido de luz.

 

Astucieus avanzó por el pasillo con aire distraído. Era incapaz de dejar de darle vueltas al interrogatorio de aquella mañana. Soportar las quejas de Érix Kunne había requerido de toda, absolutamente toda su paciencia y diplomacia. El hombre había insistido con aislar a Elizabeth y poner al ejército entero a custodiarla, y aunque él no se habría opuesto a cumplir su petición, Dadle, Tanos Tsuul y Eunice Kunne se habían negado en redondo. En realidad, se había desatado todo un debate al respecto, pero al final habían sido más los que apoyaban la moción de que las cosas siguieran su curso, a fin de descubrir quién estaba detrás de todo aquello.

Se detuvo al llegar a la entrada de la biblioteca. Dos miembros de la milicia permanecían de pie a cada lado de las puertas. Durante un instante, Astucieus se vio desconcertado, hasta que recordó que había alguien que sí estaba custodiada por el ejército.

—¿La señorita Wonna está allí dentro? —preguntó.

—Afirmativo, señor —respondió uno de los guardias—. La señorita no podía dormir y deseó venir a leer un rato. Le preguntamos si no quería que llamásemos al señor Dikoudis para que le diera algo para conciliar el sueño, pero se negó.

Astucieus arrugó el entrecejo, asintió y entró al recinto. En un primer vistazo sus ojos no detectaron presencia alguna, hasta que se posaron en la silla volcada y la figura inerte en el suelo. Sintió perder el color.

—¡Beryl! —exclamó y fue a arrodillarse al lado de la inconsciente mujer. Para su horror, había manchas de sangre en su camisón, su hermoso rostro rasgado por un corte que iba desde su sien hasta el mentón—. Por los Dioses… ¡Guardias! —tronó, ahora colérico. Los aludidos asomaron las cabezas. Astucieus los fulminó con la mirada—. ¿Se puede saber qué demonios ha pasado aquí?

Ambos soldados terminaron de entrar. Sus ojos casi saltan fuera de órbita al captar la escena al completo.

—Señor… —balbuceó uno de ellos—. Nosotros… no oímos nada y…

Astucieus gruñó una maldición y regresó su atención a Beryl. La colocó bocarriba y le tomó el pulso. Su piel ardía, su corazón latía más rápido de lo normal. La cargó en brazos y se levantó.

—Despierten a la señora Txaran —ordenó—. Condúzcanla a la enfermería… y más les vale que lo hagan rápido, o me aseguraré de que los degraden a soldados rasos.

No esperó a ver sus reacciones, desapareció con un resplandor. Reapareció en la enfermería de los Garque, en una de las camillas acomodó a Beryl quien emitió un quejido y entreabrió los ojos.

—Astucieus… —susurró ella, su mirada enfocaba y desenfocaba por momentos. Algo dentro de la mente del Garque quiso volver, un recuerdo, pero estaba demasiado distante como para que lo alcanzara. Beryl se acurrucó sobre sí misma y se estremeció—. No… aléjate de mí…

—No seas ridícula —el hombre revolvió en el interior del armario que contenía infinidad de pócimas y ungüentos. El recuerdo estaba cada vez más cerca, si bien aún demasiado lejos como para captarlo—. Estás herida y…

Se quedó atónito al voltearse. Con un espasmo, Beryl se contrajo, al tiempo que un chispazo eléctrico saltaba de su piel y le abría un nuevo corte. Entonces, el recuerdo finalmente regresó a su memoria. Se vio a sí mismo, arrodillado en el suelo, al lado de un hombre cuyo cuerpo se contorsionaba mientras despedía descargas eléctricas que saltaban en todas direcciones. Su hüteur.

—No… no puede ser —murmuró para sí, pasmado—. Ella no puede… no puede ser una magyassu.

—No… no me toques —jadeó Beryl y apretó los dientes al experimentar una nueva sacudida—. Puedo… puedo hacerte daño…

Astucieus abrió la boca para hacerle un millón de preguntas, pero la volvió a cerrar. Debía centrarse en lo que realmente importaba y era estabilizar a Beryl cuanto antes.

—Beryl… —dijo a una prudente distancia de ella—, tienes que decirme dónde está tu medicina… ¿dónde guardas la esencia de fénix?

—¿Esencia… de fénix? —repitió, confusa, su respiración era entrecortada—. Yo… no… lo lamento, Astucieus…

—Beryl, mírame —él le tomó el rostro con ambas manos, sintiendo cómo un hormigueo le recorría los brazos, a modo de advertencia—. Eso es… dime donde está la esencia de fénix, ¿lo recuerdas? Tu medicina, un frasco con un elixir rojo y dorado… ¿Dónde lo guardas, Beryl?

—En mi armario —balbuceó ella—. Dentro… dentro de una caja metálica…

Astucieus la soltó, retrocedió un paso y volvió a desaparecer. Para su alivio, Itzal ya estaba en la habitación de la pitonisa y revolvía el armario con desesperación

—Está en una caja metálica —le dijo él por la espalda.

La presidenta ahogó un grito y se volteó, tan preocupada estaba por encontrar lo que buscaba que no había notado el resplandor detrás de ella.

—Lo sé… —tartamudeó, todavía conmocionada por su abrupta aparición—. Yo… déjeme explicarle, señor…

—Las explicaciones después, Itzal. Hay que encontrar la medicina de Beryl.

Ella asintió y continuó con la búsqueda del objeto ansiado. Finalmente lo halló, pero resultó que la caja tenía un candado con clave. La anciana intentó girar la perilla, pero los dedos le temblaban tanto que le resultó imposible marcarla de forma acertada. Desesperado, Astucieus le arrebató la caja y le pidió que le dictara la contraseña. Por fin, el candado cedió, Astucieus levantó la tapa y extrajo lo que necesitaba: una botella con un líquido entre rojo y dorado, unos guantes largos negros y un frasco de ungüento regenerativo.

—Te veo en la enfermería —dijo, olvidándose por completo de que él mismo podía teletransportar a Itzal hasta allí.

Se materializó justo enfrente de la camilla de Beryl, quien se retorcía de dolor y presentaba una marca rojiza debido a la alta fiebre. Las pupilas de Astucieus se contornearon de rojo con lo cual, la mujer dejó de moverse, aunque de hito en hito soltaba un gemido ante los fugaces chispazos que saltaban de su cuerpo. El Garque dejó sobre la mesa el instrumental, se enfundó los guantes negros hasta los codos, agarró la botella con esencia de fénix y la destapó.

—Bebe —dijo y empinó el borde contra los labios de Beryl.

Más influenciada por el don de Astucieus que por otra cosa, la pitonisa tragó el líquido. Astucieus la liberó y, mientras la medicina hacía efecto, prosiguió a limpiarle la sangre con un paño húmedo, desgarrándole el camisón para alcanzar los cortes que había debajo. De cualquier modo, la prenda había quedado inservible. Empapó la frente y el rostro enardecido de la mujer, para acto seguido comenzar a untarle el ungüento regenerativo. Hubo unos cuantos chisporroteos más, pero los guantes protegían al hombre de ser electrocutado. Poco le importó que Itzal entrara como un vendaval a la enfermería. La erudita tampoco lo interrumpió, sino que se adentró en la parte posterior del recinto para regresar con un cazo con agua fría y un paño, entregándose a la tarea de bajarle la fiebre a su protegida.

—Cuida que no se le moje la herida de la sien —advirtió él mientras extendía una manta sobre el cuerpo de la pitonisa—, o se le lavará el ungüento.

—Astucieus… —empezó a decir la presidenta.

El Garque la cortó con un ademán.

—Esta vez no, Itzal. Quiero explicaciones, pero será Beryl quien me las dé.

La aludida contempló largos minutos a la convaleciente, mas al final suspiró y asintió.

—De acuerdo. Pero tendrás que esperar hasta mañana… —dudó—. Bueno, imagino que ya sabes cómo es el proceso de recuperación de esta enfermedad.

Astucieus compuso una sonrisa amarga.

—De primera mano —se alejó unos pasos—. Si necesitas algo, estaré en la sala de al lado.

—¿No irás a dormir?

—No. Imagino que sabrás las recaídas que pueden darse en esta enfermedad —soltó con acritud. Pero respiró hondo y agregó—: te relevaré dentro de tres horas. ¿Crees poder aguantar?

—Si.

—Bien. Cualquier cosa, estaré al lado.

Y salió de la habitación.

 



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