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Destino II. Epidemia. » Interrogatorios
Destino II. Epidemia. (R15)
Por Kajiura
Escrita el Martes 5 de Mayo de 2015, 23:20
Actualizada el Martes 6 de Junio de 2017, 21:43
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Interrogatorios

XXIII

Interrogatorios

 

Elizabeth suspiró.

Después de lo ocurrido, el Saigrés las había cambiado de habitación. Algunas eruditas protestaron, argumentando que deberían desterrarlas del piso, o incluso, descalificarlas, como si ellas hubieran tenido la culpa de la muerte de Cleopatra. Gabriella se había instalado en la misma litera que Kya, en la cama de abajo, mientras que ella acomodaba sus cosas en el armario central, al lado de una cama individual. Por su parte, Momoka y Andrómeda seguían compartiendo litera, aunque con nuevas normas.

—Esta vez, yo  duermo en la parte de abajo —sentenció Momoka con voz indiferente pero firme.

—¿Por qué? —protestó la otra—. Antes dormías arriba y…

—Tú lo has dicho: «antes». Ahora, las cosas son diferentes y, por tanto, yo duermo abajo.

—Es por lo de esa subnormal, ¿cierto? —espetó Andrómeda. Elizabeth esperaba que Kya saltase ante el insulto, pero la muchacha no había vuelto a emitir palabra desde la muerte de su amiga de la infancia, limitada únicamente a moverse, a asentir y negar con la cabeza—. Piensas que yo la maté…

Momoka soltó una risa desdeñosa.

—No creo que sea tu estilo, Andrómeda. Tú y yo lo sabemos bien. Aunque si quieres atribuirte el hecho, es cosa tuya.

Andrómeda gruñó algo, pero fue a instalar sus cosas en el espacio de arriba.

—¿Y ahora qué? —le preguntó Elizabeth a Gabriella tras acercársele—. El Saigrés dijo que no saliéramos de aquí pero… —miró a Kya de reojo—, creo que a ella le vendría bien beber algo.

—Kya… —intentó llamar su atención Gabriella—. Kya, linda, ¿hay algo que podamos hacer por ti?

La aludida negó con la cabeza.

—¿Segura? —insistió Elizabeth—. Si quieres, puedo prepararte la ducha, con agua caliente, aunque sea para que te laves el cuerpo…

—Sí, la ducha caliente te relajará… —ella volvió a negar—. Vamos, Ky, verás que te sientes mejor…

La joven negó por tercera vez. En ese instante, entraron Megan Dadle e Itzal Txaran. Todas voltearon a verlas, excepto Kya, quien mantuvo la vista fija en el techo.

—Bien —suspiró la presidenta con voz cansina—. Por esta noche, un par de criadas les traerán algo ligero para cenar, antes de cerrar las puertas con llave.

—Mañana temprano serán conducidas al palacio de justicia, en donde serán sometidas a un interrogatorio por la señorita Cantharis Farfalla.

—¿A un interrogatorio? —repitió Andrómeda con ceño—. ¿Y por qué? Nosotras no hicimos nada…

—Si no tiene nada que ocultar, no tiene nada qué temer —Itzal entornó los ojos—. En cualquier caso, no tienen opción. Se ha cometido un crimen y se llevarán a cabo las respectivas investigaciones. Hasta después del interrogatorio, no tienen permitido salir ni recibir visita. ¿Queda claro?

—Sí, señora —soltaron las cuatro a la vez.

—Excelente —zanjó la señora Dadle. Pero se percató del estado de Kya y enarcó una ceja—. ¿Y a ella qué le pasa?

—Cleopatra era su mejor amiga —intervino Gabriella—. Creo… creo que está conmocionada.

—Me aseguraré de que le traigan una infusión —cabeceó Itzal—. Con permiso, señoritas.

Las dos mujeres abandonaron la habitación, la cual, volvió a sumirse en un denso silencio. Las criadas no tardaron en llegar con la cena. Elizabeth se alegró de ver a Nezumi y le extrañó que Misaki también estuviera presente, mas no le dio muchas vueltas al asunto al percatarse de que debajo de su plato, asomaba el borde de un sobre. Miró a un lado y luego al otro, corroborando que nadie más lo había notado, antes de disponerse a ingerir sus alimentos, con cuidado de no dejar al descubierto la misiva o mancharla de comida.

Continuaron sin intercambiar palabra incluso después de cenar, vistiéndose y metiéndose en sus camas. Elizabeth se obligó a mantenerse despierta hasta que oyó cómo las respiraciones de todas cambiaban al entrar en el sueño profundo. Solo entonces, se animó a encender una llamita del tamaño de su pulgar, para acto seguido extraer su abrecartas y romper el sobre que, minutos antes, había sacado de debajo del plato.

El corazón le dio un vuelco nada más notar la caligrafía. Era de Érix. Se había enterado de lo ocurrido y estaba preocupado por ella. El texto era breve, pero aun así a Elizabeth le latió el corazón de emoción ante la preocupación del hombre.

—Por tu expresión, adivino que el mensaje es de tu príncipe azul.

Elizabeth ahogó un grito y apretó la epístola contra su pecho. Gabriella permanecía de pie al borde de su cama, despeinada pero con los sentidos alerta.

—Gabriella por Dios, me asustaste. Pensé… pensé que estabas dormida.

—Lo estaba, pero soy sumamente sensible a la luz —se encogió de hombros.

—Oh, lo siento. No pretendía despertarte.

Con un chasquido, apagó su flama. Gabriella se sentó mientras ella escondía la carta junto con las demás.

—Quien… ¿Quién crees que haya sido? —preguntó Elizabeth al cabo de unos segundos. Sus ojos se habían acostumbrado a la penumbra y, debido a ello, era capaz de distinguir la silueta de su compañera.

—No lo sé, pero debemos cuidarnos las espaldas —Gabriella giró la cabeza en dirección a la planta superior de su litera, en donde Kya descansaba acurrucada sobre sí misma—, y cuidarla a ella. Me preocupa el estado en el que está.

—A mí también. ¿Crees que arremeta contra Andrómeda?

—Es muy probable, aunque no estoy segura de cómo lo hará. Quiero decir, no puede dañar a Andrómeda sin más, porque a pesar de lo que hizo, está prohibido que una cobre justicia por su propia mano. Para eso están las leyes.

Elizabeth suspiró.

—Entiendo esa parte pero, ¿sabes? También entendería a Kya si lo hiciese. Cuando mi madre y hermana murieron, yo quería matar a su asesina con mis propias manos… —meneó la cabeza—. Si bien más tarde descubrí que aquello no las habría traído de vuelta. Pero la sed de venganza es fuerte, sumamente fuerte… aunque la frustración de no recuperar lo que perdiste lo es todavía más.

—De cualquier forma, debemos vigilarla.

Elizabeth asintió.

—Creo que lo mejor es que intentemos dormir un poco… solo Dios sabe lo que nos espera mañana en el interrogatorio —Gabriella se levantó—. Que descanses, Gaby. Y gracias por todo lo de hoy.

—No agradezcas. Para eso estamos las amigas —se encaminó a su litera—. Hasta mañana, Elizabeth.

 

Astucieus se sentó en su puesto, detrás del cristal unidireccional de la sala de interrogatorios. A su lado, una mujer de cabello liliáceo y ojos grises permanecía rígida en un pupitre, con una libreta de anotaciones sobre la paleta.

Megan Dadle se había opuesto a que él interviniera en el proceso, pero acabó desistiendo ante el argumento de que aquello era algo que se salía de lo habitual en las pruebas de selección. Por otra parte, sería Cantharis quien dirigiese el interrogatorio, a fin de que la objetividad a la hora de cuestionar a Elizabeth fuera más fiable. Eso, y que la jueza de Cultre Central hacía gala de un don por demás interesante, el cual, obligaba a decir la verdad a quien ella interrogase. Asimismo, contaban con el apoyo de Faire Rancuniere, una erudita especializada en psicología y que además poseía el don de leer el aura de las personas. De igual manera, se había llamado al hüteur Kotoro para que colaborase, escaneando con discreción las mentes de las cuatro sospechosas (la mente de Elizabeth era impenetrable, así que ella no contaba), mientras las escoltaba al palacio de justicia.

—Ellas podrán decirme la verdad, pero hay muchas formas de hacerlo y ocultar cosas —había insistido Cantharis en cuanto le preguntaron si necesitaba algún tipo de apoyo extra—. Lo mejor es que todos trabajemos en conjunto, para comparar palabras con recuerdos y esencias.

Astucieus accedió. Sabía de antemano que ni Gabriella Altus ni Elizabeth podrían haber llevado a cabo el crimen, ya que ambas habían estado en el Subterráneo de Educación en ese momento, si bien eso era algo que no podía revelar. De cualquier modo, el suceso lo inquietaba bastante, ya que tenía la sospecha de que Cleopatra Canatsu no había sido el verdadero objetivo del asesino, sino más bien, Elizabeth.

Apartó sus conjeturas al ver cómo la puerta al otro lado de la sala se abría, dejando entrar a la primera erudita a interrogar: Momoka Yane, según pudo leer en el listado con fotografías que Cantharis le había entregado. La muchacha tenía gran porte, aunque su seriedad endurecía lo delicado de sus facciones. Mientras Cantharis hacía las preguntas de rigor para romper el hielo, Astucieus repasó el expediente de la interrogada: sin antecedentes penales, con la habilidad de la invisibilidad… frunció el ceño. Ahora que lo recordaba, Isis Astarte la había mencionado el día en que buscaron candidatas a guardas de Elizabeth.

Se estremeció. Momoka tenía el entrenamiento de las bakemono, un entrenamiento que bien podría volverla una asesina letal. Miró a Faire. La joven, que debía tener la edad de Bryant, pasaba la mirada de Momoka a sus anotaciones, mientras en sus ojos se vislumbraban reflejos color tornasol de tanto en tanto. No quiso interrumpirla y se concentró en lo que acontecía al otro lado de la pared.

—Magnífico… —Cantharis fingió poner en orden unos folios que sostenía entre las manos, los cuales, en realidad, eran pergaminos encantados que le permitían mantener comunicación escrita con Astucieus y Faire, en caso de que quisiesen hacer una pregunta en particular—, entonces, ¿podría decirme en dónde estaba en el momento en el que se cometió el delito?

—En la biblioteca. Se acercaba la hora de la cena, y quería regresar unos libros que había tomado prestados. Puede corroborar mi nombre en la lista de ingreso, de la misma forma en que puede preguntarle a la encargada.

—Muy bien. Ahora  dígame, en su opinión, ¿quién cree usted que pudo haberlo hecho? ¿Tenía algún enemigo la señorita Canatsu?

Momoka frunció los labios. «Se está conteniendo», pensó Astucieus, mas al cabo de unos segundos, la muchacha respondió.

—Hay una gran probabilidad de que fuese Andrómeda, una de mis compañeras. Pero…

—¿Pero…? —inquirió Cantharis con sutileza.

—Conocí a Andrómeda en mi época de estudiante, y nunca se le dio bien manejar armas tan pesadas como una guadaña. Además, jamás vi que guardase alguna, quiero decir, no es algo que pudiese ocultar en uno de los armarios sin más.

—¿Y por qué cree que ella pudo haberlo hecho?

—No soportaba a Cleopatra. Ni siquiera mientras estudiamos juntas. Es homofóbica, me parece.

—Bien… ahora dígame, ¿cómo catalogaría el estilo de lucha de su compañera?

Momoka frunció el ceño, pensativa.

—Sádico —respondió—. Cleopatra solo fue alcanzada una vez, y de haber sido Andrómeda, creo que le habría ocasionado distintos cortes. Eso y que es algo… peculiar a la hora de provocar heridas.

—¿Podría explicarse?

—Le gusta alcanzar puntos específicos, como para dejar su propia firma en ellos. En una ocasión luché contra ella durante una práctica de hechicería avanzada, y noté que tenía tendencia a dirigir los ataques hacia mi brazo izquierdo y mi cara. Cuando le pregunté por qué se enfocó en ellos me dijo que yo era bonita, y que había notado que era zurda, por lo que «dejar su marca» en zonas tan especiales para mí sería todo un triunfo personal.

—¿Diría entonces que si ella fuese la responsable de todo esto, usted podría ser su siguiente víctima?

Momoka rio entre dientes.

—Lo dudo mucho. Andrómeda podrá ser algo sádica, pero también es fácil de amedrentar.

—¿Cómo?

Momoka se mordió la cara interna de la mejilla. «Se ha dado cuenta del influjo de Cantharis», meditó Astucieus. «Cuidado, Farfalla, presiónala pero hazlo con cuidado…»

—Me refiero a que… —tragó saliva—, bueno, a que  procura no meterse con quien siente que es superior a ella. Si nos enfrentamos aquella vez fue porque nos pusieron de pareja.

—Ya veo. Por último, señorita Yane, ¿alguna otra persona que considere que pueda ser enemiga de la señorita Andrómeda?

—Kya Kalonice… ella… era la mejor amiga de Cleopatra y… —tosió, como atragantándose con sus propias palabras.

—Comprendo. Por ahora creo que es todo —Cantharis se levantó, Momoka pareció aliviada porque suspiró y se puso en pie—, corroboraremos que realmente estuvo en la biblioteca el día de ayer… Cualquier cosa, ya bien sea un dato que recuerde o algo que le parezca importante para la resolución de este caso, no dude en confiárselo al Saigrés o a mí —le tendió una mano—. Que tenga un buen día, señorita Yane.

—Igualmente, señora. Con permiso.

Momoka le regresó el gesto y salió de la habitación, su paso era firme pero apresurado. A Astucieus no le extrañó, la mayoría de personas que se enfrentaban a un mentalista (porque a fin de cuentas, eso es lo que Cantharis era) por primera vez, deseaban alejarse lo antes posible. Eso, y que el globo ocular escarlata de los ojos de la mujer, en contraste con su pupila verde… no eran muy agradables a la vista.

La siguiente en pasar fue Kya Kalonice. Astucieus contuvo la respiración apenas verla. El aspecto que aquella chica presentaba para nada tenía que ver con el mostrado en la fotografía. No había rastro de maquillaje, las mejillas hundidas, la piel pálida y los huesos resaltados por debajo de la piel…

—Es mitad dvergar—comentó Faire al verle la cara, aunque también parecía conmocionada por el físico de la joven erudita—. Pero nunca la había visto así. Imagino que por eso se maquilla tanto, para ocultar su condición pero… por los Dioses, ella está… destrozada. Y furiosa. Muy furiosa —se estremeció—…es… es horrible…

Astucieus volvió su atención al interrogatorio. Kya Kalonice mantenía una expresión en blanco, casi catatónica, limitada únicamente a asentir y a negar con la cabeza cuando Cantharis le hacía una pregunta sin relevancia. No obstante, Faire tenía razón, y eso que él no podía verle el aura a la joven. Había algo en sus ojos, algo oscuro y peligroso, como si fuera un volcán a punto de hacer erupción, y Astucieus temió que en vez de que Kya fuese la siguiente víctima de Andrómeda, fuese esta quien acabase destazada por la primera.

—… Y dígame, señorita Kalonice, ¿dónde estuvo la tarde pasada?

—Con Cleopatra —respondió la aludida con voz mecánica—. La acompañé a hacerse un permanente de rizos porque… porque le encantaban los rizos de Elizabeth…

Cantharis cabeceó, Astucieus se puso alerta ante el último dato. ¿Cabría la posibilidad de que el asesino hubiese confundido a Cleopatra con Elizabeth?

—Ya veo. Y durante su salida, ¿le comentó su amiga algo sobre alguna posible amenaza? Me refiero a si alguien la estaba importunando últimamente.

—No. Hablábamos de lo lindas que nos íbamos a ver cuando saliéramos… —se le llenaron los ojos de lágrimas, sus manos aferradas al borde del escritorio—. Pero siempre había alguien importunándola, siempre… y ese alguien era Andrómeda.

Hubo un silencio que se prolongó por unos segundos, al parecer a nadie le había pasado desapercibido el siniestro odio que reflejaron aquellas últimas palabras, Astucieus no pudo reprimir un escalofrío. Le recordaba a él antes de invocar a Ferzeo, y por dentro rezó para que aquella muchacha no fuera a cometer una locura similar.

—¿Qué tipo de ofensivas le dirigía su compañera a la señorita Canatsu?

—Mayormente verbales. Cleopatra era… era empática y… —tomó una profunda bocanada de aire—, Andrómeda se valía de eso para herirla, porque su desprecio por sus preferencias sexuales era genuino, así que cada vez que la insultaba, lo hacía con toda la saña… y yo…

—Usted… ¿qué?

—Yo siempre estaba riñendo con la muy perra —soltó Kya con rabia, sus facciones se crispaban poco a poco—, porque no respetaba, porque incluso parecía disfrutarlo…

—¿Alguna vez llegaron a las manos ella y usted?

—No, aunque en más de una ocasión estuvimos a punto. La última vez Cleopatra y Gaby me retuvieron, mientras Elizabeth levantó una barrera protectora que evitó que el látigo acerado de Andrómeda me alcanzase.

—¿Andrómeda la agredió con un látigo?

—Sí. La muy zorra dijo que mis pechos eran falsos. Y siempre trató de abominación a Cleopatra… —se cubrió la cara con las manos—. Ella estuvo allí… estuvo allí y no la ayudó… —soltó un aullido estrangulado y rompió a llorar—. La odio… ¡Voy a matar a esa hija de puta!

Cantharis no pudo continuar con las preguntas. Kya perdió por completo el control de sí misma, incapaz de dejar de gritar y llorar, tirándose del pelo y retorciéndose como si algo la quemase por dentro. Astucieus incluso tuvo que hacer uso de su don para dormirla antes de que unos guardias se la llevaran.

La siguiente en ser interrogada fue Elizabeth. Su discípula se veía nerviosa, pero se mantuvo firme y ocupó el puesto que había frente a Cantharis. Manejó la conversación de inicio con mucha soltura, Astucieus estaba a punto de estirarse en su silla cuando la jueza preguntó:

—¿Dónde estuvo ayer en la tarde, señorita Monanti?

Sintió que el alma se le escapaba del cuerpo. ¿Cómo no lo pensó antes? Cantharis no podía leerle la mente a la chica, pero sí podía soltarle la lengua… y ahora que lo recordaba, Maks Kotoro sí que podría haberle leído la mente… pero a Gabriella Altus.

«Mierda, mierda, mierda…» Pensó con desesperación. « ¿Qué hago? ¿Y si finjo tener un ataque y…?»

No pudo seguir con su crisis de pánico mental, porque Elizabeth respondió:

—Fui a almorzar con mi compañera, Gabriella Altus. Después dimos un paseo por el parque de los suri, en donde comimos alacranes… fue asqueroso, si me lo pregunta.

Astucieus sintió desmayarse de puro alivio. Lo sabían. De alguna manera, Gabriella, o Elizabeth —o ambas—, sabían del don de Cantharis, y estaban diciendo la verdad… a medias. Quiso soltar una carcajada histérica, pero se contuvo. Debía recordarse a sí mismo que aún faltaba por oír las observaciones del hüteur Kotoro.

Elizabeth respondió todas las interrogantes con naturalidad, seguida por Altus, quien se mostró todavía mucho más segura al hablar, hasta que por fin, le llegó el turno a la tan mencionada Andrómeda. Astucieus la repasó con detenimiento. Barbilla alzada, en contraste con las oscuras ojeras que le marcaban los párpados. Una erudita litoi, jugando para el puesto de Tercera al mando, el mismo para el que jugaba la difunta Cleopatra.

—Ahora bien, ¿le importaría decirme dónde estaba la tarde en la que la señorita Canatsu fue asesinada?

—En el dormitorio.

Andrómeda abrió mucho los ojos. Al parecer, no esperaba responder con tanta franqueza. Astucieus sonrió, al otro lado Cantharis reemplazó el gesto con una ceja en alto.

—¿Quiere decir que estuvo presente cuando la asesinaron?

Andrómeda se mordió el labio con tanta fuerza que Astucieus estuvo seguro de que le quedaría marca.

—Sí —escupió, horrorizada.

—¿Como observadora o como asesina?

—¡Yo no la maté! —chilló Andrómeda con voz aguda—. ¡Yo solo lo vi, pero no la maté! ¡Lo juro, lo juro!

Rompió a llorar, Cantharis le dio unos segundos de margen, segundos en los que Astucieus aprovechó para garabatear algo en su pergamino.

«No le des tregua, pregúntale por qué no dio la voz de alarma.»

Cantharis leyó su mensaje y asintió de forma imperceptible.

—Si lo vio todo, ¿por qué no dio la voz de alarma?

—Porque estaba aterrada —hipó Andrómeda—. Yo… me escondí y… no pude moverme…

—¿Podría describir al asesino?

—Usaba una máscara, así que no pude verle la cara…

—¿Qué tipo de máscara? ¿Le distinguió los ojos? ¿El color de pelo?

—Yo… no, no distinguí sus ojos —Andrómeda sacudió la cabeza, como aturdida, Astucieus supo que Cantharis la estaba exprimiendo sin piedad, sus pupilas ligeramente dilatadas la delataban—. Tenía puesta una túnica de mangas largas, pan…pantalones debajo… toda de negro…

—¿Toda? ¿Entonces era una mujer?

—Sí… no… quiero decir, sí… —Andrómeda jadeó, Astucieus le indicó a su subordinada que bajase la intensidad de su don, mientras que, a su lado, Faire pasaba la mirada de sus apuntes a la interpelada, su mano escribiendo todo lo rápido que podía—. Gruñó en un par de ocasiones, creo… creo que hasta maldijo, y luego de clavarle la guadaña a Cleopatra habló…

—Bien. Vamos por partes, señorita. Primeramente, necesito que me describa, con toda la claridad y precisión que sus recuerdos le permitan, cómo era esa persona físicamente. Comencemos por su altura, luego su vestimenta, su máscara, la complexión que le parece tenía debajo de la indumentaria…

Andrómeda comenzó a proporcionarles cada uno de los detalles que Cantharis le había pedido. La jueza bosquejaba el retrato hablado, Astucieus anotaba la descripción tal cual la dictaba la erudita: la supuesta fémina era delgada, pero con la suficiente fuerza como para haber sostenido una guadaña. Faz alargada, manos de dedos largos y delgados, enfundados en guantes.

—¿Se parece un poco a esta imagen? —Cantharis le enseñó lo que había dibujado.

—Era más bajita… y… creo que menos ancha de espalda… —la mujer corrigió los trazos y volvió a mostrárselos a la joven quien, tenía los ojos rojos e hinchados de tanto llorar—. Sí, así…

—Perfecto. Ahora, señorita, necesito que haga un último esfuerzo y me cuente, despacio, qué ocurrió desde el momento en que usted entró en la habitación.

—Yo… —Andrómeda se abrazó a sí misma, Astucieus no dudó de que luego de aquello, la muchacha acabaría exhausta—. Cuando entré esa persona, la asesina, ya estaba allí. Se dirigía al cuarto de baño, en donde estaba Cleopatra, y yo… —tragó con fuerza—. Me agaché y me metí debajo de una de las literas, con todo el sigilo que pude. Creo que si no me oyó fue por el ruido de la ducha, y porque mi compañera estaba cantando. Entonces la asesina abrió la puerta de golpe…

Prosiguió a contar el cómo Cleopatra había conseguido salir del baño, desnuda, y literalmente había intentado huir por su vida. Con cada palabra que vomitaba, Astucieus notaba cómo su expresión facial cambiaba, y tuvo la espantosa sensación de que la experiencia vivida con Elizabeth aquel día en los calabozos se repetía.

—Pero era tan torpe… —Andrómeda soltó una risa hilarante—. Al final la alcanzó y ensartó como una estrella de mar en una brocheta… —se carcajeó, de sus ojos volvían a correr lágrimas—. Pero lo mejor vino cuando la tipa le habló… se disculpó, le dijo que lo lamentaba y que no debía haber sido ella… ¡Que no debía haber sido ella! ¿Puede creerlo? ¡La asesina no iba a por ella!

Astucieus se enderezó. Cantharis no necesitó leer su mensaje para saber qué pregunta debía realizar a continuación:

—¿Entonces, quién debía haber sido?

—No lo dijo —Andrómeda sollozó de nuevo y hundió la cara entre las manos—, ¡pero yo no la maté, no lo hice, no, no, no, yo…!

—Suficiente —habló Faire en tono modulado—. Detenga el interrogatorio o se volverá loca…

Astucieus abrió la boca para rebatirle, pero emitió un gruñido quebrado y asintió. Dejó que Faire le transmitiera a Cantharis la notificación, antes de utilizar su poder mental para dejar inconsciente a Andrómeda. Miembros de la polissa vinieron y se la llevaron, Cantharis salió de la sala y se demoró unos instantes en el exterior antes de volver a entrar, acompañada por el hüteur Kotoro.

—Bien —empezó mientras los recién llegados ocupaban sus puestos en torno al círculo improvisado—, Ha llegado el momento de comparar impresiones —miró a Faire—. ¿Podría iniciar, señorita Rancuniere?

—El aura de las señoritas Monanti, Altus y Yane se mantuvieron estables —reportó la erudita—. Quizás fluctuaron ante la presión ejercida por la señorita Farfalla, pero en general no manifestaron alteración alguna. Las que me preocupan son la señorita Kalonice y Andrómeda… —meneó la cabeza—. Hay demasiado odio en la señorita Kalonice, y me preocupa que pueda cometer una locura.

—¿Considera entonces que debería ser descalificada de las pruebas de selección? —preguntó Astucieus.

Faire dudó.

—No lo sé. Según reportó el Saigrés, la señorita Kalonice manifestó un estado casi catatónico la noche anterior, imaginaron que por la impresión de haber visto morir a su amiga de la infancia. Cabe la posibilidad de que lo que presenciamos durante el interrogatorio fuera solo el derrumbamiento de sus defensas emocionales y psíquicas, no obstante la ira que manifestó puede no ser pasajera.

—Si se me permite opinar —habló el hüteur Kotoro—, me parece que impedirle a la señorita Kalonice el participar en las pruebas no evitará que cobre justicia por su propia mano, si es que lo hace. Por lo que vi en sus recuerdos, la rivalidad entre ella y la señorita Andrómeda viene de siglos atrás, y lo que aconteció la noche pasada fue solo la gota que derramó el vaso. Por otra parte, la señorita Kalonice tiene la edad suficiente como para hacerse responsable de sus actos. No estamos hablando de separar a dos niñas que se han peleado por un dulce, sino de dos mujeres adultas que saben perfectamente lo que hacen y las consecuencias que acarrearán.

—Estoy de acuerdo con el hüteur —asintió Cantharis—. Si la señorita Kalonice lleva a cabo una acción fuera de lo permitido en las pruebas de selección, tendrá que asumir el precio, como cualquier otro ciudadano que viola la ley. No somos niñeras de nadie para vigilar sus acciones.

—Opino lo mismo —atajó Astucieus antes de que Faire pudiera protestar—. Ahora, señorita Rancuniere, informe lo que notó en el aura de la señorita Andrómeda.

—Esa mujer tiene un desequilibrio severo… pero eso no nos incumbe, ¿no? —añadió en un tono ácido—. Es sádica, tal y como dijo la señorita Yane, me parece que en verdad disfrutó viendo morir a su compañera.

—Dijo que estaba aterrada y que por eso se escondió… —Cantharis arqueó una ceja—. ¿Qué hay con eso?

—Verídico. Es sádica, pero también es cobarde.

—Y eso la deja únicamente como testigo ocular —apuntó Astucieus—. No podemos culparla por su sadismo, porque los hechos demuestran que en efecto, se asustó y escondió…

—Pero lo que vi en su aura…

—Eso no es suficiente —atajó Cantharis—. En todo caso, podría advertírsele al Saigrés para que lo tengan en cuenta en las pruebas, pero nada más.

—¿Usted qué encontró, hüteur Kotoro? —cuestionó Astucieus.

—Lo único que puedo corroborar es que en efecto, la señorita Andrómeda mostraba una aversión sincera contra la señorita Canatsu. Eso, y que realmente vio lo que pasó. Entró, se escondió y presenció el suceso debajo de una de las literas.

—¿Y qué hay de las demás? —preguntó Cantharis.

Astucieus contuvo la respiración. Era el momento. Si el hombre había averiguado lo que Altus y Elizabeth habían hecho, lo revelaría en ese preciso instante. Con calma, el hüteur entrecruzó los dedos sobre el pupitre.

—Nada —dijo al fin—. Las tres están limpias. La señorita Altus estuvo fuera de la pirámide en compañía de la señorita Monanti. Fueron al parque de los suri, comieron escorpiones y regresaron a la pirámide. De igual forma, la señorita Yane se mantuvo fuera durante el ataque, regresando unos libros a la biblioteca.

Astucieus dejó de oír lo que decía Cantharis. Mantuvo fija la mirada en el hüteur, sin comprender por qué había mentido. Porque aunque los datos que había proporcionado eran verídicos, no estaban completos, y él lo sabía.

—… ¿Está usted de acuerdo, señor Thrampe?

Astucieus dio un respingo en su silla.

—¿Perdón? —sacudió la cabeza—. Dispénseme, señorita Farfalla, pero me distraje.

—Sugería que interrogásemos a algunos de los candidatos. Eso, y mantener vigiladas a las mujeres cuyas características físicas se asemejen a las proporcionadas por la señorita Andrómeda. También se me ocurre que la señorita Rancuniere se pasee entre las candidatas, a fin de distinguir alguna fluctuación oscura en sus auras, algo que pudiese identificarlas como asesinas —Faire asintió—. Por otro lado… —titubeó—. La erudita dijo que el asesino había confesado equivocarse de objetivo, lo cual me inquieta, porque estoy casi segura de que a quien buscaba era a…

—La señorita Monanti —soltaron los cuatro a la vez.

—De acuerdo —Astucieus se levantó—. Farfalla y Rancuniere, encárguense de encontrar al asesino. Yo me haré cargo de lo referente a mi discípula… o al menos, lo hablaré con el Saigrés. Hüteur Kotoro —le extendió la mano—, muchísimas gracias por sus servicios.

—No hay de qué, señor Thrampe —sonrió el hombre, a Astucieus le dio la impresión de ver un destello divertido en sus ojos—. Me alegra haber podido hacer algo útil para la resolución de este caso.

—De cualquier forma, si detecta algo más, no dude en decírmelo —puso especial énfasis en la última palabra—… para así agilizar el proceso.

—Como ordene, señor.

El hombre inclinó el cuerpo, se despidió de ambas féminas y abandonó la sala, no sin antes dedicarle una última sonrisa ladeada a Astucieus quien, no pudo evitar sentirse un tanto inquieto.

Demasiado inquieto para su gusto.

 



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