Historia al azar: Hermione súper estrella
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Destino II. Epidemia. » Rizos
Destino II. Epidemia. (R15)
Por Kajiura
Escrita el Martes 5 de Mayo de 2015, 23:20
Actualizada el Viernes 11 de Agosto de 2017, 00:15
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Rizos

XXII

Rizos

 

Elizabeth ocupó un puesto en las sillas que había delante del escritorio, junto a Bryant. Astucieus se sentó en la acojinada.

—Antes que nada, Elizabeth, creo que te debo una disculpa —empezó el Segundo—: fue una negligencia de mi parte olvidarme del sello que te había impuesto, de la misma manera en la que creo que debí explicarte desde un inicio por qué te obligué a participar en las pruebas.

Elizabeth  bajó la cabeza, aunque por dentro quería hacer otra cosa.

—Yo… entiendo que tenga sus razones, hüteur, y debería confiar en estas y su importancia.

—Quizá, pero yo debería habértelas confiado para que entendieras… —miró de soslayo a Bryant—, para que todos entendieran lo delicado de la situación —suspiró—. Aun así, callar los motivos de mi decisión no justifica la tiranía de estas últimas semanas. De verdad… lo lamento.

Elizabeth lo miró y no pudo evitar que un nudo se le formara en la garganta, sus manos estrujaron la túnica al apretarse en puños.

—¿Por qué? —dijo con voz ronca—. Por qué si me enseñó a luchar por un objetivo, ¿de repente llega y me ata de manos? Yo… obedecí sus órdenes y las del hüteur Bryant, incluso si sus métodos me aterrorizaban o me llevaban al límite… ¿Por qué se niega a liberarme de esas cadenas?

Astucieus no contestó. Las palabras de su discípula parecían haberle calado, Bryant colocó una mano sobre la de Elizabeth y su contacto pareció aplacarla, aunque un par de lágrimas se escaparon de sus párpados, el castaño se apresuró a tenderle un pañuelo.

—Hay un pacto… —comenzó el Segundo en un murmullo—. Hice un pacto con Ferzeo hace siglos, Elizabeth.

—¿Con Ferzeo? —repitió ella, anonadada—. ¿Por qué iba a pactar con el señor de los infiernos?

Astucieus prosiguió a contarle toda su  historia. Elizabeth no lo interrumpió, pero sus emociones se reflejaron en su cara transformada, demostrando horror, tristeza y cierta chispa compasiva. Encadenados, todos estaban encadenados a los caprichos del destino, sin importar los Dioses que rigiesen el mundo, la vida los llevaba por donde quería, dejándoles apenas opciones y herramientas para ejercer su propia voluntad.

—Por eso no puedo asumir  la gubernatura de forma directa —finalizó el hombre, de pronto parecía haber envejecido varios siglos—. No es que seas un instrumento, Elizabeth… pero en estos momentos, eres mi única salvación.

—Si Zehel no te hubiera sugerido yo habría aceptado el cargo con gusto —habló por primera vez Bryant—. Lo que queremos que entiendas, Elizabeth, es que no eres un mero objeto para nosotros. Te apreciamos, te admiramos y te estamos muy agradecidos por todo lo que has hecho, pero por desgracia Zehel no nos ha dejado opción.

—A menos claro, que estés dispuesta a matarme —dijo Astucieus en tono helado—. No te lo reprocharía, es lo mínimo que me merezco por todo lo que he hecho… —dejó la frase en el aire.

Elizabeth se aferró al borde del escritorio. Sus ojos se mantenían fijos en Astucieus y se lo imaginó como aquel reo, despellejado y rasgado por la mitad, con las vísceras y los sesos desparramados. El sueño donde le practicaba el sepuku volvió con fuerza, mezclándose con la rabia e impotencia que sentía, y durante una fracción de segundo sopesó la idea de aceptar aquella osadía, dejar que Ferzeo reclamase su alma para después destazarlo vivo… no obstante, las palabras de Megan Dadle la embistieron con brutalidad: «… Llevas sus ojos, su boca… ¿Piensas que no sé que por tus venas corre la pura esencia del mal?»

—No —decretó con firmeza, casi con furia—. No estoy dispuesta a ser una marioneta de los Dioses, o del destino, o de quien sea que mueva los hilos. Si lo mato, hüteur, estaremos haciendo justo lo que ellos quieren, y no pienso concebirlo. Cierto, estoy obligada a presentar las pruebas por mandato divino, mas eso no significa que cuando ascienda al poder, no pueda retomar el control de mi vida.

Bryant curvó los labios en una amplia sonrisa.

—Te lo dije… es más fuerte de lo que crees —la miró—. Diga lo que diga la gente, Elizabeth, te pareces más a tu madre que a tu padre.

Ella compuso una sonrisa torcida.

—Creo que tengo de ambos, Bryant, pero gracias por el cumplido.

Él le tomó una mano y se la apretó con cariño.

—Todos tenemos luz y oscuridad por dentro, no lo olvides.

—Y eso me lleva al siguiente punto —retomó la palabra Astucieus—. Si estás dispuesta a que refuerce el sello, tienes que entender que este se desvanecerá de a poco de forma irremediable. Entonces, tus conflictos, tus dudas existenciales, deberás liberarlas de alguna manera. No sé, se me ocurre que podrías practicar el combate para dejar salir la furia y la frustración, o meditar para encontrar alivio en momentos de desesperación.

—También podrías recurrir a Gabriella —sugirió Bryant—. Si has confiado en ella para que te trajera, creo que podrías confiarle tus inquietudes, ¿no?

Elizabeth pareció meditarlo. Asintió.

—Sí, creo que sí.

—De acuerdo —Astucieus se enderezó como pudo en su puesto, para acto seguido extraer de entre sus ropas la botella que Elizabeth tanto conocía—. Hagámoslo, entonces.

Elizabeth tomó una respiración profunda, cuadró los hombros, asintió y extendió la mano para tomar el frasco. Sin mirar a ninguno de sus  hüteur, destapó la botella y bebió su contenido hasta el fondo.

Cerró los ojos al tiempo que una sustancia helada se vertía en el interior de su cabeza. Percibió a Astucieus adentrarse en su mente, e inconscientemente se debatió, pero la orden de sosegarse que le impartió el hombre la hizo relajarse y dejarlo hacer. Entonces, un desfile de imágenes flashearon por sus memorias, recuerdos que creía olvidados y enterrados en lo más profundo de su ser, pero que al traerlos de vuelta la sacudieron hasta la médula: su madre muerta, Juliette, el haber estado atada a la pira, los entrenamientos incansables de sus hüteur, los asesinatos, la guerra, la destrucción, sangre… la tremenda similitud entre ella y Tyr… odio… ira, desolación… iba a gritar, sintió el alarido pugnar por salir de su garganta, como el silbido de una tetera al alcanzar su punto límite, pero algo, una especie de compresa helada se posó sobre su frente, aplacando la fiebre, el ardor.  Despacio, muy despacio, las emociones y los recuerdos se difuminaron, guardados uno a uno dentro de un cofre imaginario, cuya llave se fue a posar sobre sus manos y de no haber sido porque Elizabeth sabía que todo aquel proceso se estaba llevando a cabo dentro de su psique, habría jurado que dicha llave estaba realmente en sus palmas y que no era una mera sensación inducida por el poder de Astucieus.

Sintió la mente del hombre retirarse y, tras unos instantes en los que sus sentidos volvieron a ser conscientes de lo que la rodeaba, abrió los ojos. Estaba débil, incluso un poco febril, pero gran parte de su determinación había vuelto, además de su astucia, frialdad y lucidez. Sonrió.

—Dio resultado —dijo y pasó la mirada de Astucieus a Bryant. El primero lucía exhausto, casi macilento, pero sonreía complacido—. Vuelvo a ser yo otra vez.

—Magnífico —Bryant sacó un estuche del cual extrajo una laminilla de lo que parecía azúcar concentrado—. Ahora, ponte esto en el paladar y deja que se deshaga. Es un nivelador de energía, te hará sentir mejor.

—Gracias —Elizabeth aceptó la laminilla y siguió las instrucciones—. Mmm, sabe bien —miró a Astucieus con preocupación—. ¿Por qué no toma uno usted también, hüteur?

—Creo que puede apañárselas solo —intervino Bryant con una sonrisa burlona antes de cerrar el estuche. Miró su reloj de pulso—. No es que quiera echarte, Elizabeth, pero me temo que debes irte. Elina no debe tardar en volver.

—Claro —la muchacha se levantó, con las fuerzas recuperadas y sin rastro de la inseguridad que la había embargado durante días—. Gracias por todo, Bryant… —dudó, mas al final envolvió al castaño en un abrazo, quien se vio sorprendido durante unos segundos, antes de regresarle el gesto. Elizabeth no vio la ceja arqueada que les dedicaba Astucieus—. Hüteur Thrampe… —se separó del muchacho y le dedicó al Segundo una profunda reverencia—, espero que se recupere pronto… y descuide, no le fallaré. Pasaré las pruebas cueste lo que me cueste.

—Estoy convencido de ello, Elizabeth… y gracias.

La joven inclinó la cabeza una última vez, antes de dar media vuelta y abandonar la habitación.

—Lista —dijo en cuanto encaró a Gabriella. Respiró hondo y, por primera vez desde hacía meses, la acción le salió natural y sin esfuerzo—. ¿Vamos?

—Vamos.

Recorrieron el camino realizado, hasta llegar a la habitación en donde habían dejado sus cosas. Se vistieron, se quitaron el maquillaje y volvieron a salir. Gabriella la invitó a almorzar debido a que la hora del almuerzo en el Templus ya se les había pasado.

—Creo que voy a aceptar la propuesta del pétalo azul —comentó Elizabeth mientras degustaba un delicioso platillo fatteh—. Quiere que nos veamos en estos días… pero no estaba segura si aceptar o no. Ya sabes, por lo de la última vez y que me sentía… rara.

—Pero tienes tu primera prueba práctica en unos días —Gabriella tomó un sorbo de su bebida de arroz—, ¿no deberías mejor prepararte para eso?

—Control de la situación —Elizabeth meditó mientras masticaba un pedazo de pan—. Me suena un poco a la prueba de autoridad que les aplicaron a ustedes, algo en donde me vea sometida a presión y, a su vez, deba hacer frente a un dilema… —se encogió de hombros—. Aunque no creo que sea peor que impartir órdenes desnuda, ¿no?

Gabriella enarcó ambas cejas.

—En serio necesitabas ese sello, ¿cierto? —soltó aire—. Pero no, no creo que sea peor que eso.

Elizabeth soltó una carcajada.

—No tienes idea —chocó su vaso con el de Gabriella—. Es como si me hubiesen quitado un velo que me tapase la visión, como si las cuerdas que me sujetasen se hubieran aflojado… siguen allí, lo mismo mis miedos, pero ya no me paralizan… —suspiró con alivio—, y eso es de lo más liberador.

Gabriella se rio.

—Salud por eso, entonces.

—Salud.

Ambas féminas rieron y se sumieron en conversaciones más triviales. Pagaron la cuenta, antes de encaminarse al parque de los Suri, un espacio abierto que Elizabeth apenas conocía de vista. De diseño hexagonal: rodeado con palmeras por entre las que correteaban ardillas y algunas lagartijas de verde brillante.

El suelo pasaba de ser ámbar para convertirse en granito, mientras que los suri se paseaban como si fuesen palomas. Ciertamente eran aves, dueñas de un plumaje moteado que iba del café al dorado y que permitían que los niños las alimentasen. En el centro del lugar se apreciaba una fuente con forma de sirena, de cuya aleta brotaba agua cristalina. Encantadores de serpientes se apostaban en cada esquina, así como bailarinas exóticas y algunos puestos que vendían brochetas de insectos y alacranes.

—¿Se te antoja probar una? —le dijo la pelirroja al verla examinar las brochetas.

—¡Dios, no! Creo que vomitaría…

—Oh vamos, ¡no saben tan mal! —la instó ella golpeándola con suavidad por un hombro—. Anda, compraré una para que la pruebes, y si no te gusta, me la como yo.

—Oh, madre mía… —Elizabeth rio pero asintió—. De acuerdo, la probaré.

Fue la peor experiencia gastronómica de su vida. De puro milagro no devolvió el almuerzo. Al menos, podía decir que las había probado.

Regresaron al Templus cuando el sol plateado ya se ocultaba en el horizonte. Al parecer, no eran las únicas eruditas que habían pasado el día fuera de la pirámide, ya que muchos volvían del exterior.

—¡Chicas! —las interceptó Kya en uno de los pasillos—. ¿Dónde estaban? ¡Llevo horas buscándolas!

—Pasamos el día fuera, Kya —explicó Gabriella—. ¿Qué tal les ha ido a  ti y a Cleopatra?

—¿No lo ves? —ella meneó su melena, cuyas puntas estaban teñidas de un rojo encendido—. ¿Verdad que realza mi majestuosidad?

—Sin dudarlo, Kya. ¿Y qué tal quedó Cleo con su permanente?

—¡Fenomenal! Tienen que verla… la he dejado lavándose el cuerpo… hasta Momoka dijo que le sentaba bien el cambio.

Avanzaron por entre la marea de gente hasta las estancias de las candidatas, cuyo pasillo, por alguna extraña razón, estaba más transitado de lo habitual. Elizabeth notó a dos eruditas con expresiones horrorizadas que corrían en dirección contraria a la de ellas.

—¿Pero qué…? —empezó a decir Elizabeth, desconcertada.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Gabriella a la primera erudita con la que se cruzó.

—La asesinaron… —murmuró esta, blanca como la nieve—, asesinaron a Cleopatra Canatsu.

—¿Qué? —exclamó Kya—. ¡No puede ser, si la acabo de…!

No terminó la oración, precipitándose al interior de la habitación que compartían.

—¡Kya, no!

Gabriella intentó detenerla, pero su amiga se escabulló en el interior del recinto. Elizabeth y Gabriella fueron tras ella, aunque el alarido de la muchacha les llegó antes incluso de que atravesaran el umbral.

—Por los Dioses… —jadeó Gabriella.

Elizabeth no tuvo palabras para expresar el horror que sus ojos captaban. Se cubrió la boca con las manos. Kya volvió a gritar.

La habitación estaba hecha un desastre. Sin embargo, no era el reguero de cosas lo que impresionaba, sino los rastros de sangre, que terminaban en un amplio charco sobre el cual reposaban unos pies en puntillas, como si su dueña estuviese a punto de ejecutar una elegante danza. La sangre trazaba una telaraña sobre las piernas de piel dorada, pasando por la pelvis y hacia el estómago, en donde la hoja de una guadaña se hundía en la carne hasta clavarse en la pared. Cleopatra tenía los ojos abiertos, su exótica desnudez a la vista, la cabellera perfectamente rizada se desparramaba sobre sus hombros.

Kya gritó por tercera vez, lo cual sacó a Elizabeth del trance. La joven se estremeció al ver a Cleopatra abrir y cerrar los ojos. Extraordinariamente, la muchacha seguía viva. Con una determinación que no sentía, se concentró en el arma que dividía a la mitad el cuerpo de Cleopatra y, comenzó a realizar un ademán, a fin de extraer la hoja.

—¡No! —la detuvo Gabriella al aferrarla por un brazo. Señaló hacia el frente, Elizabeth notó de inmediato cómo el brillo en los ojos de su amiga moribunda se había apagado con ligereza—. La… la matarás si haces eso…

Elizabeth pensó que de todos modos, Cleopatra estaba más muerta que viva. Kya se aproximó y le sujetó una mano. Elizabeth buscó algo con desesperación… ¿pero para qué? De pronto, se percató de que no buscaba un objeto, sino a una persona. Y esa persona estaba en una esquina de la habitación.

Era Andrómeda quien, permanecía inalterable mientras veía la escena.

—¡Andrómeda! —la llamó con voz imperiosa, la cual sobresaltó a la mencionada e hizo que la mirara—. ¡Rápido, ayúdame aquí!

—Si te piensas que voy a curarla estás loca —espetó la erudita en tono tajante—. No me moví cuando la atacaron, y no pienso tocarla ahora. Se lo merece por ser anormal.

—Estabas… ¿Estabas aquí cuando la atacaron? —articuló Gabriella sin poder creérselo.

Elizabeth iba a decir algo, pero Kya se le adelantó.

—Zorra malnacida… —se apartó de la moribunda Cleopatra unos pasos—. Ven aquí ahora mismo o te reduciré a cenizas…

—No, Kya… —balbuceó Cleopatra y de su boca brotó más sangre—. No… vale… la pena…

—Shhh, te pondrás bien…

—No… quédate… conmigo…

Kya le sujetó la mano y rompió a llorar. Elizabeth quiso desintegrar a Andrómeda.

—Por amor de Dios, Andrómeda, se está muriendo… —giró sobre sí misma al no obtener respuesta, en dirección al resto de eruditas que observaban—. ¿Hay alguien más que tenga el don de la sanación? ¡Por favor, necesitamos ayuda!

Silencio. Elizabeth se volteó al sentir el repentino agarre de Gabriella en torno a su muñeca.

—No, Elizabeth… ya… ya es demasiado tarde…

La aludida levantó la mirada. En efecto, los ojos de Cleopatra finalmente se habían apagado.

 



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