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Destino II. Epidemia. » De acercamientos y disfraces
Destino II. Epidemia. (R15)
Por Kajiura
Escrita el Martes 5 de Mayo de 2015, 23:20
Actualizada el Viernes 11 de Agosto de 2017, 00:15
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De acercamientos y disfraces

XXI

De acercamientos y disfraces

 

Gabriella se acomodó al pie del árbol de cerezo que se erigía en el medio del pequeño, pero apacible, jardín interno. Algunas de sus hojas, con su peculiar tono rosáceo, despedían un fulgor tenue que permitía a quien se lo propusiese el desplazarse por el jardín sin complicaciones.

Gabriella sabía que la poción energizante la mantendría despierta un buen rato, pero en cuanto se liberase de sus efectos, esta le pasaría factura. Y lo peor era que no podía permitirse el recuperarse. Suspiró. Si al menos Elizabeth estuviera enterada de su intervención como guarda, las cosas serían mucho más sencillas

—¿Preparándose para la prueba teórica de mañana, señorita Altus?

Gabriella ahogó un grito del susto y a punto estuvo de dejar caer el libro que sostenía.

—Hüteur… hüteur Kotoro —dijo al identificar al hombre que terminó de aproximarse—. Yo… no lo oí llegar —agregó, más como una reprimenda hacia sí misma que como un comentario.

—Los felinos solemos ser sumamente silenciosos —el erudito se sentó en una roca cercana y se estiró—. En fin, ¿no debería estar en cama? Casi es medianoche.

—Yo… tengo que estudiar —soltó aire y miró el ejemplar que reposaba entre sus  piernas—. No me fue muy bien en la primera prueba teórica, así que debo hacerlo bien en esta.

—¿Me permite? —Gabriella le tendió el libro—. Humm… el derecho es algo que siempre me ha producido emociones contradictorias.

—¿Por qué? —preguntó ella y recibió el manuscrito de vuelta.

—Porque a pesar de que existe un inmenso compendio de normatividades, ello no implica que se cumplan —curvó los labios en una media sonrisa—. Sin contar con el hecho de que algunos de los teóricos del derecho son tan rebuscados…

—¿Ha tenido alumnos que se dedicasen después a las leyes, señor?

—Por supuesto —ladeó la cabeza—. ¿Por qué? ¿Tiene problemas con algunas de las cláusulas?

Gabriella cabeceó.

—Sí, en especial con las de derecho institucional.

El hüteur hizo una mueca.

—Ya veo. Bueno, si puedo ayudarle en algo…

Gabriella buscó los apartados que más problemas le daban. El erudito le explicó lo mejor que pudo y, para tratarse de una materia que no le agradaba del todo, a Gabriella sus aclaraciones le parecieron por demás reveladoras.

—Gracias —dijo con sinceridad—, me ha quitado un enorme peso de encima.

—Estoy seguro que usted sola lo habría digerido muy bien. Quizá no en el mismo lapso de tiempo, pero bien. Su capacidad intelectual es tan buena como sus habilidades físicas… hubiese sido cosa de que pusiese empeño, otro elemento del cual no carece.

Gabriella rio entre dientes, pero estrechó los ojos.

—Tal parece que me espiara, señor.

—Para nada —él rio y rechazó su idea con un ademán displicente—. Lo deduje el día en que escudriñé su mente, durante la prueba de cacheo. Me parece una mujer por demás… interesante, señorita Altus.

Gabriella se ruborizó, pero no se dejó engatusar. Se daba perfecta cuenta cuando alguien le lanzaba alguna indirecta, si bien no era de las que se impresionaban fácilmente. Carraspeó y arqueó una ceja.

—Me halaga, señor, pero y, aunque desconozco su edad, sé que ha vivido unos cuantos eones… y en ese tiempo seguro ha conocido a más de una mujer interesante —el hombre soltó una carcajada y alzó las manos en señal de rendición—. Por otra parte, ¿a qué se debe su deambulación a estas horas de la noche?

—Maks, llámame Maks —él extrajo de entre sus ropas un frasco de lo que parecían ser, píldoras anticonceptivas—. Y le llevaba esto a la señora Dadle.

—¿Anticonceptivos? —dijo Gabriella, con el desconcierto marcando toda su faz—. Sin ofender pero… eh… no sabía que… bueno, la señora Dadle tuviera todavía una vida sexual activa.

—Lo cierto es que desconozco si la tiene —el hüteur se encogió de hombros—, aunque si me lo preguntas, lo dudo mucho, si apenas sobrelleva el ritmo de las pruebas de selección.

—Entonces… ¿por qué le llevas las…?

—¡Ah! —el hombre miró el frasco como si acabase de percatarse de la etiqueta—. Ya veo, no, no, el frasco es de píldoras anticonceptivas, pero en realidad contiene unas cápsulas revitalizantes de mi propia invención, las cuales no provocan rebote, tal y como ocurre con las infusiones energizantes. Las he metido aquí porque… bueno, porque me ha parecido divertido, ya sabes, la señora Dadle es tan amargada…

Gabriella se cubrió la boca con una mano para ahogar la risa.

—No te ofendas pero, ¿no es eso muy arriesgado? Quiero decir, hablamos de un miembro del Saigrés.

—Bah —el otro hizo un ademán para restarle importancia—, a nadie le viene mal ejercitar el sentido del humor. Aunque… —entornó los ojos, escudriñando a la muchacha—, algo me dice que a ti te vendrían mejor.

Le tendió el frasco a Gabriella.

—¿A mí? —la aludida parpadeó—. Yo… gracias, Maks, pero no puedo aceptarlo. Eso sería… sería como hacer trampa.

—Oh, por favor. ¿Acaso crees que el resto de candidatos no beben litros y litros de poción energizante? Bien, esto sería algo parecido. Que, por otra parte, no está penado. Lo único es que no podrías decirle a nadie que yo te lo di. Una cosa es que los hüteur les ayudemos con sus repasos, y otra muy distinta que les proporcionemos sustancias que los aventajen.

Gabriella pareció meditarlo.

—De acuerdo —asintió y recibió el frasco—. Aunque por lo que reza la etiqueta… —sonrió divertida—, no creo que nadie sospeche qué es. Pero… ¿qué le dirás a la señora Dadle?

—Nada. Simplemente prepararé otro frasco para ella, puede que esta vez meta las cápsulas dentro de uno cuya etiqueta sea sobre el estreñimiento.

Esta vez, Gabriella no pudo evitar reírse.

—Eso sería divertido de ver.

Maks esbozó una media sonrisa que acabó en un bostezo casi idéntico al de un gato.

—Es tarde —dijo y se incorporó—. Deberías irte a dormir. El sueño es sumamente importante, y ni un puñado de cápsulas o frascos de infusión lo sustituirán jamás —le sonrió por última vez—. Que tengas buenas noches, Gabriella.

—Igualmente, Maks —ella dudó, mas al final le tendió una mano—. Y gracias por todo.

El hombre le rozó el dorso con los labios.

—Ha sido un placer, señorita Altus.

La soltó y, sin más, desapareció con un pin.

 

Elizabeth suspiró, ocupó el único pupitre que había en la estancia y rasgó el sobre que contenía su prueba: un folio de diez hojas, escritas por ambas caras.

El Saigrés había dividido a los eruditos según las candidaturas por las que jugaban. Así, a ella le tocaba enfrentar su prueba en un aula vacía, salvo por la vigilancia de la señora Dadle y el señor Zephyr, por supuesto. Desconocía por qué necesariamente dos eruditos tenían que vigilarla, aunque sospechaba que era para cerciorarse que no hiciese trampa… y para que la señora Dadle no se pasase de lista, también. Agarró el bolígrafo y comenzó a contestar, su mente era un conjunto gigantesco de libros de diversos temas, desde educación, hechicería, leyes, economía y estrategias de combate.

Tuvo que hacer una pausa ante un apartado de casos que la puso en apuros, luego volvió a detenerse ante la llegada de un breve desayuno que agradeció y le devolvió la claridad de sus ideas, para por último frenarse debido al entumecimiento de su mano por tanto escribir.

—¿Cansada, señorita Monanti? —habló de repente Megan Dadle—. Imagino que debe ser difícil, siendo como es usted una extranjera…

—Hay cosas que me dan algunos problemas, sí —Elizabeth cabeceó y tras mirar de reojo las interrogantes siguientes, decidió contestarlas mal a propósito, a fin de que no resultase sospechoso su buen rendimiento—, pero creo que me las apaño bastante bien, señora.

—Ya se verá en sus resultados, señorita Monanti —la mujer curvó los labios en una sonrisa maliciosa—. ¿Le han dicho que seré yo quien califique su prueba?

Elizabeth no evitó que la pluma se le desviara en un rayón al oír la noticia. Maldijo por lo bajo.

—No la pongas nerviosa, Megan —la reprendió el señor Zephyr—. En realidad, la calificaremos entre los dos, señorita Monanti.

—Me alegra saberlo —argumentó Elizabeth sin apartar la mirada del texto que leía—, aunque estoy segura que la señora Dadle podría calificarme de forma justa.

La aludida gruñó, pero no agregó nada más. Elizabeth no supo cuánto tiempo se mantuvo respondiendo, pero cuando terminó y entregó los folios a los eruditos, Gabriella ya la esperaba en el pasillo.

—¿Y bien? —inquirió ella—. ¿Qué tal te ha ido?

—Creo que bien —la muchacha sacudió y flexionó los dedos de su mano derecha—. Aunque en economía deseé tener a Kya a mi lado… —suspiró—. ¿Y a ti? ¿Cómo te fue?

—Muy bien —dijo la pelirroja con entusiasmo—. Creo que esta vez obtendré una puntuación más alta.

Echaron a andar, aquí y allá iban y venían alumnos, eruditos sensei y candidatos a Garque.

—¿Y Kya y Cleopatra?

—Kya la acompañó a hacerse un permanente de rizos —Gabriella sonrió—. Aunque en lo personal a mí el cabello de Cleopatra me fascina, ella insiste con que quiere tener rizos como los tuyos.

Elizabeth rio.

—Mira nada más, y lo que yo daría por alaciarme el cabello.

—Si quieres, un día de estos puedo acompañarte a hacerte un permanente.

—Estaría bien, aunque por el momento mis recursos monetarios son escasos… por cierto, ¿qué hora es?

—La hora justa para disfrazarnos —la pelirroja aceleró el paso—. Anoche escondí los atuendos en un callejón cerca de aquí…

Le explicó a Elizabeth (a través de un código que ambas comprendiesen) que se disfrazarían de hombres, así nadie sospecharía de que eran ellas quienes llegaban al subterráneo de educación. Y si alguien preguntaba, dirían que eran eruditos erabu que iban a reportar informe a Bryant acerca de las estadísticas de niños con habilidades extraordinarias registrados durante el último año.

—Antes, pensaba en disfrazarme de hombre para ir a estudiar —confesó Elizabeth mientras avanzaban por las calles—. Eso, o vestirme de monja. A mi hermana no le hacía especial ilusión la idea, siempre reñía con mi madre porque ella quería casarse con alguien del pueblo y tener niños. Ella y yo… nos llevábamos muy bien, a pesar de nuestras diferencias y que no poseía magia. De hecho, le encantaba verme utilizar mis dones.

Gabriella rio entre dientes.

—Yo no tuve hermanos… pero mi mejor amiga cubrió ese espacio, por suerte era mi vecina así que nos veíamos con relativa frecuencia, hasta que entré al Templus.

—¿Ella no tenía dones?

—No. De hecho, ni mi madre ni mi padre los tenían… y mi madre murió de cáncer, a duras penas pudo estar presente en mi ritual de iniciación —sacudió la cabeza—. Mi padre… no volvió a ser el mismo, comenzó a beber y bueno, nada fue igual en nuestras vidas.

Elizabeth bajó la cabeza.

—Lo siento. Yo… no recuerdo al padre de mi hermana —frunció el ceño—, pero mi madre dice que nos abandonó en cuanto me vio hacer magia por accidente. Fue una suerte que no nos denunciara…

—Bien —Gabriella suspiró—, hemos llegado.

—¿Aquí? —Elizabeth repasó su entorno, un callejón con botes de basura desbordados al fondo—. No creo que sea muy… higiénico

—Bueno, no es precisamente «aquí» —Gabriella se adelantó unos pasos, sacó de entre sus prendas un pincel con plumas blancas en lugar de cerdas, el cual apoyó sobre una de las paredes laterales, antes de trazar un rectángulo de considerable tamaño, aun sin tener pintura. Acto seguido, golpeó el interior del cuadrilátero imaginario con los nudillos, para luego murmurar:

—Tore.

La piedra se estremeció, marcándose el perímetro del rectángulo que antes había delineado, como si una enorme hoja de acero la hubiera acuchillado. A continuación, surgió un pomo metálico que Gabriella giró y empujó sin titubeos. Elizabeth la siguió, pero parpadeó ante el fogonazo rojizo que se encendió hasta convertirse en una antorcha que levitó justo en el centro del recinto.

Dentro sólo había una mesa, junto a varias sillas esparcidas por todas partes. La estancia no era demasiado grande, con unos tragaluces alineados en lo alto del techo, aunque estos estaban demasiado mugrientos como para iluminar bien el interior.

—Nuestros atuendos están allí —Gabriella señaló una caja que reposaba en una esquina—. Espero que las prendas no te vengan muy grandes.

—No te apures —Elizabeth ahogó un bostezo detrás de su mano y meneó la cabeza—. Por Dios, ¿cómo es posible que una se sienta exhausta a pesar de haber dormido toda la noche?

—¿Has vuelto a tener pesadillas? —le preguntó Gabriella mientras se vestía, de espaldas a ella.

—No… —la muchacha titubeó—. Bueno, quizá… No sé si llamarlas pesadillas, son más bien sueños inquietos, ni siquiera los recuerdo del todo, pero me dejan una sensación turbadora.

—Esperemos que después de hoy, esos sueños te dejen en paz —Gabriella se giró, sobre la camisa y el pantalón sastre lucía una túnica de mangas largas color mostaza, la misma que Elizabeth llevase superpuesta durante su salida con Érix Kunne.

Sin embargo, esta se complementaba con una capucha, guantes y botas negras, lo que les permitió a ambas mujeres esconder sus melenas ya de por sí apretadas en un moño.

—¿Por qué estas son diferentes? —preguntó Elizabeth mientras se ajustaba el broche representativo a su rango.

—Porque no son de eruditos erabu cualquiera —explicó Gabriella y se ajustó las botas—, son las que usan los ministros de selección… por eso las botas, las capuchas y los guantes de otro color, para ser distinguidos del resto —sacó de la caja un estuche de maquillaje—. Ahora, a curtirnos la piel y a pintarnos más cejas.

Elizabeth sonrió y permitió que Gabriella la transfigurase primero, antes de que ella se entregase de igual forma con su cara. Cuando terminaron, Elizabeth tenía pintada una sola ceja que le cruzaba la frente y Gabriella, la piel tostada y una barba que habían encontrado dentro de la caja.

—¡Tendríamos que tomarnos una foto! —exclamó Elizabeth tras mirarse en un espejo—. Es increíble… ¿dónde aprendiste a hacer estas cosas, Gaby?

—Pasatiempos de mi juventud —la otra se encogió de hombros—. ¿Lista para salir? Recuerda que debes caminar con las piernas un tanto separadas y hablar en un tono más grave.

Elizabeth carraspeó.

—¿Así está bien, señorita? —dijo  y adoptó una expresión seria que hizo reír a Gabriella.

—Sí, así está bien —respondió con un timbre mucho más convincente—, y a partir de ahora seremos los ministros Baltazar y Anton Cardiel, hermanos… ¿alguna pregunta?

—Ninguna, hermano mayor. Pero yo soy Anton, si no te importa, me gusta más ese nombre.

—De acuerdo.

Salieron de la habitación herrumbrosa cuya puerta cerraron y desvanecieron tras de sí, Gabriella puesta a la cabeza al retomar su senda por las calles transitadas. Por fortuna, no tuvieron que andar demasiado, porque tomaron un carruaje que les adelantaría camino. Elizabeth nunca había ido al Subterráneo de Educación incluso cuando ayudó a Bryant mientras Astucieus estaba convaleciente, frecuentó más el Palacio de Justicia, así que aquella experiencia la tenía nerviosa y emocionada a partes iguales.

Observó, a través de la ventana, el trayecto que realizaban: recorrían la orilla de un río cuyas aguas embravecidas eran escarlatas, que, según explicaciones de Gabriella, se llamaba «río ensangrentado». Giraron hacia  la derecha y traquetearon al bajar por una pendiente algo pronunciada, pasaron casas y puestos ambulantes, un mercado y una escuela, antes de adentrarse en un camino franqueado por arboledas.

Por fin, el camino terminaba junto con la corriente del río que desembocaba en una inmensa catarata. La joven abrió mucho los ojos, pensando en gritar, pero Gabriella se le adelantó y le cubrió la boca con una mano, al tiempo que murmuraba un hechizo el cual las fijó a sus asientos. Elizabeth cerró los ojos y aguantó la respiración al sentir un fuerte tirón seguido del típico vacío en el estómago al caer, segura de que la carroza se destrozaría al estrellarse contra las rocas del fondo.

Sin embargo, el impacto no fue el esperado. Chocaron contra algo sólido que la hizo saltar en su asiento, seguido del traqueteo de los galgos. Al final, se detuvieron. El corazón le retumbaba hasta en los oídos, además de escuchar con gran claridad el caer del agua en algún lado. La cascada no debía estar muy lejos de donde se hallaban. 

—Hemos llegado, señores.

Gabriella le quitó el cinturón invisible que la fijaba a la silla, antes de abrir la puerta y salir al exterior, seguida por Elizabeth quien se tragó una exclamación de asombro.

Estaban paradas sobre un islote de enormes adoquines verde oscuro, rodeado por lo que parecía ser un cañón de paredes rocosas casi verticales. En efecto, la catarata desembocaba en un lado, de vez en cuando se apreciaban algunos peces de colores que saltaban fuera del agua y extendían unas alas pequeñas para realizar alguna pirueta en el aire antes de volver a sumergirse. 

—Bien —rompió el silencio Gabriella—, démonos prisa, no debemos hacer esperar al señor Dikoudis.

Elizabeth asintió y anduvo tras los pasos de su amiga. Para su estupefacción, lo que primero creyó que era un islote resultó ser una áaklik, una tortuga (Gabriella hubo de explicarle en voz baja qué era eso) gigantesca, cuyo cuello estirado servía de puente para alcanzar el inmenso boquete que había en una de las paredes, del cual salía y entraba gente de todo tipo. Una vez del otro lado, bajaron por unas escaleras de piedra que desembocaban en un recibidor para nada lúgubre, en contra de lo que Elizabeth había pensado: bien iluminado, con paredes y suelos pintados de colores claros, sillas de espera y un mostrador con forma de tenaza de algún crustáceo, detrás del cual aguardaba un muchacho pecoso y larguirucho.

—Vamos —le instó Gabriella con un gesto.

Se adelantaron en dirección al mostrador, su amiga preguntó al dependiente por la ubicación del Quinto al mando, argumentando que venían a reportarle informe acerca de los niños con habilidades registrados en aquel último año. Al cabo de unos instantes, (y luego de solicitarles sus respectivas identificaciones, Elizabeth se preguntó de dónde Gabriella había conseguido todo aquello), el encargado les confirmó que Bryant estaba en su despacho. Dieron las gracias, antes de abordar un ascensor que los llevó todavía más abajo, en donde el ambiente era más húmedo y frío.

En cuanto las puertas se abrieron, Elizabeth supo que empezaba su verdadera prueba. Por el pasillo venían Beryl Wonna, Érix y Elina Kunne. Aun así, Gabriella no pareció amilanarse, porque avanzó con paso decidido hacia el túnel, por lo que Elizabeth no tuvo más remedio que ir detrás suyo.

—Buenas tardes, mis señores Kunne —Gabriella realizó una profunda reverencia que Elizabeth imitó—, señorita Wonna… Senet nos bendice al cruzarlos en nuestro camino.

—Es usted muy amable, ¿señor…? —Elina arqueó una ceja.

—Baltazar —se presentó Gabriella y le estrechó una mano a la mujer, para repetir el gesto con los otros dos—, Baltazar Cardiel. Y este —indicó a Elizabeth con un ademán—, es mi hermano, Anton Cardiel. Somos ministros erabu. El señor Dikoudis solicitó nuestra presencia para presentarle informe sobre los niños con habilidades detectados este año.

—Qué raro —Elina frunció el ceño, Érix las escrutaba de pies a cabeza, Elizabeth sintió un escalofrío recorrerla por dentro—, el señor Dikoudis no comentó nada acerca de su visita.

—Imagino que no quería importunar su hora de almuerzo, mi señora —se apresuró en decir Elizabeth, a fin de no quedar como un pasmarote.

—Debe ser —Elina cabeceó—. El señor Dikoudis puede ser muy noble… en fin, señores, espero que su encuentro con el Quinto al mando sea provechoso… un gusto conocerles.

—El gusto fue nuestro, mi señora —corearon Elizabeth y Gabriella.

Los tres retomaron su caminata, Elizabeth no pasó por alto el que Érix le susurrara algo a Beryl que la hizo reír. Sintió un pinchazo de celos. Absurdo, la pitonisa era su sensei y, dudaba que el hombre pudiese dirigirse a ella con otras intenciones que no fueran amistosas. Seguro veía sombras donde no las había. Gabriella también volvió a andar, Elizabeth la siguió hasta que por fin alcanzaron la puerta que tenía grabado un hipocampo sobre su superficie. Llamaron a ella.

—Adelante —dijo la voz de Bryant desde dentro.

La puerta se deslizó sola, a lo cual ambas muchachas se precipitaron al interior de la estancia. El despacho de Bryant no era menos impresionante que el de Astucieus: suelo de mármol, paredes frontales cristalizadas, que dejaban ver el río ensangrentado y sus peces. La posterior, por el contrario, era de roca y mostraba una placa de plata con el escudo cultroriano en relieve. Escritorio y sillas de bronce, la perteneciente a Bryant con forma de cabeza de hipocampo. En el techo, alto y cóncavo, se extendía un mural de la Diosa Senet sentada sobre la Áaklik, en su mano derecha sostenía un libro mientras que, con la otra, alzaba imperiosa su báculo, reverenciada por criaturas tanto acuáticas como terrestres.

—Henos aquí, mi señor —dijo Gabriella ya sin fingimientos en la voz—, dispense si hemos tardado unos minutos, pero nos hemos cruzado con el Verzaik y la señorita Wonna en el pasillo.

—¿Señorita Altus? —Bryant lució sinceramente asombrado—, ¿Elizabeth? Por los Dioses, si no te oigo el timbre no me entero de que eres tú…

—Hola, Bryant —Elizabeth sonrió con amplitud—, me alegra mucho poder hablar contigo de nuevo.

—Impresionante —rio él y se levantó para examinarlas mejor—. Sabía que no me fallaría, señorita Altus. Imagino que ni siquiera han recurrido a su invisibilidad.

—Imagina bien, mi señor. A veces es mejor dejarse ver que ocultarse.

—Estupendo —él asintió con aprobación—. Espérenme aquí, iré por el Segundo.

Se alejó antes de desaparecer, Elizabeth notó que esta vez era sólo envuelto por un resplandor, pero sin hacer el menor ruido. Reapareció al cabo de unos minutos, acompañado por un Astucieus que mantenía el brazo pegado contra su costado. Elizabeth se estremeció al recordar su sueño y el poco aplomo y buen humor que había reunido durante el día se desvanecieron, reemplazados por la incertidumbre y la desazón.

—Vaya —el hombre pasó la mirada de una a otra y arqueó ambas cejas—, ¿de quién fue la idea?

—De Gaby —respondió Elizabeth tímidamente, esperando que su hüteur la reprendiera por no haber sido más ingeniosa.

—Un trabajo medianamente decente —Astucieus inclinó la cabeza a regañadientes—. Ahora, si no le importa, señorita, tendrá que esperar afuera. El asunto a tratar con la señorita Monanti no es de su incumbencia.

—Como ordene, señor.

Gabriella se inclinó ante ambos Garque, antes de girar en redondo y abandonar la habitación.

—Bien —Bryant indicó con un gesto las sillas—, toma asiento, Elizabeth.

 



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