Historia al azar: Cada uno con su enemigo
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Destino II. Epidemia. » Apuros
Destino II. Epidemia. (R15)
Por Kajiura
Escrita el Martes 5 de Mayo de 2015, 23:20
Actualizada el Miércoles 4 de Octubre de 2017, 01:30
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Apuros

XX

Apuros

 

Senet, señora de la sabiduría, avanzó con pasos dubitativos a través de la estancia. Era amplia, con un techo que reflejaba el infinito, miles y miles de estrellas titilantes. Al fondo, un trono que parecía ser de diamante y ónix permanecía vacío, mudo testigo de las estanterías de cristal repletas de objetos varios, desde cucharillas del tamaño de un pulgar hasta un colmillo gigantesco que dejaba escapar una especie de vaho blanquecino. No obstante, lo que atraía poderosamente la atención de la divinidad era el remolino iridiscente que giraba en la pared derecha, a veces lento, a veces rápido, en ocasiones dando la impresión de ser neblinoso, y en otras, acuoso. Cambiaba de  color cada tanto, pasando por tonalidades pastel, chillonas y oscuras, sin importar si la combinación de las mismas tenía algún sentido estético.

—Mirar fijamente es una falta de respeto, señora de la sabiduría.

Senet dio  un brinco del susto y retrocedió unos pasos. No se había percatado de cuán cerca había estado de tocar aquella sustancia, ni siquiera recordaba haber estirado el brazo. Con un parpadeo, giró la cabeza, para descubrir sentado en el trono a un hombre con el cabello verde botella recogido en una larga trenza, sus ojos avellana la escudriñaban sin disimulo, en contra de sus propias palabras.

—Mi señor Chronos… —carraspeó y recuperó el porte—. Espero no haber interrumpido nada, mi señor.

Chronos curvó los labios en una sonrisa torcida.

—Tú nunca interrumpirás, Senet… —dijo, y su voz aterciopelada pareció acariciarla—. Pero dime, ¿en qué puedo ayudarte?

Senet abrió la boca, pero la volvió a cerrar. Arrugó la frente.

—Creo, mi señor, que usted ya lo sabe.

—Cierto —sus ojos emitieron un brillo divertido—, pero no me gusta cortar la iniciativa de quienes se atreven a aparecer en mis aposentos. Así que dime, ¿a qué has venido?

—He venido a hacer una solicitud —ella se aproximó al trono e hincó una rodilla—. Un trato… a cambio de obtener la ubicación de Zadquiel, la espada asesina de Dioses.

—Ah, sí, mi amiga Zadquiel… la misma que acabó con la vida de tu predecesora, ¿no? Y si te arrodillas frente a mí es porque en verdad la necesitas… levántate, señora de la sabiduría, no es tu pleitesía lo que me interesa.

—Mi señor… —Senet  permaneció de rodillas, pero alzó la cabeza hacia él—. La ubicación de la espada resulta de vital importancia, como bien debe saber. Se libra una guerra divina y no podemos quedarnos de brazos cruzados.

—Es curiosa la forma en cómo procede el cielo y el infierno… este último prefiere hacer las cosas por sí mismo, mientras que el primero, opta por conseguir juguetes para lanzarle a sus mascotas y ver cómo se las ingenian para resolver el conflicto.

Senet se ruborizó.

—Mi señor Zehel dijo que…

—Tu señor Zehel cosechará lo que siembra —Chronos se levantó, y le tendió una mano para que hiciera lo mismo—. La pregunta es, ¿qué quieres cosechar tú, Senet?

La mujer aceptó la mano y se incorporó, despacio. Allí donde sus manos se tocaban una onda de frío y calor las recorría, tan contradictoria como mismo lo era el fulgor cautivador y burlón de su mirada.

—Yo… —se alejó un paso, de pronto cuestionándose si había sido buena idea ir hasta allí—. Necesitamos la espada, mi señor.

—Y yo necesito colaboradores. ¿Estás dispuesta a otorgarme tu entera colaboración a cambio de la ubicación de la espada, Senet?

—Colaboración… ¿Colaboración para qué?

—He dicho «tu entera colaboración» —enfatizó él—, y eso implica que cooperes cuando sea y en la forma que sea —la recorrió de arriba abajo, Senet sintió un cosquilleo, justo en la zona baja de su vientre. Pero desapareció al convertirse aquella cautivadora sonrisa en una mueca horrible—. Una gran petición merece un gran sacrificio… pero lo llamaremos pago, en vista de  que a tu señor Zehel no le gusta dicho término.

—Yo… no puedo entregarle mi existencia, mi  señor, si es eso a lo que se refiere.

—No me refiero a tu existencia, sólo… —le delineó la faz con un dedo, su aliento a menta le llegó a la Diosa cual soplo fresco—, tu colaboración.

—Yo… No sé, mi señor…

Chronos bajó la mano, y su semblante cambió por uno decepcionado. Se alejó un paso.

—Si no estás segura de poder pagar, es porque tampoco estás convencida de querer negociar —se encogió de hombros—. El libre albedrío es algo que respeto, no, exijo a quienes pactan conmigo, señora de la sabiduría, y tú no serás la excepción.

Giró sobre sí mismo con aparente desinterés, dirigiéndose de vuelta hacia su trono, si bien con cada paso que daba una parte de él se desvanecía en el aire.

—¡No! —exclamó Senet cuando la parte inferior del cuerpo de él ya había desaparecido. El torso de Chronos se volvió a mirarla, con una ceja arqueada—. Yo… estoy dispuesta a negociar, mi señor —tomó aire y se armó de valor—: de acuerdo, pagaré el precio que pide por la ubicación de la espada.

Chronos sonrió, sus piernas volvieron a materializarse.

—Magnífico —le tendió una mano—. Estaba seguro de que no me defraudarías, señora de la sabiduría —soltó una risita hilarante, a la par que sus ojos divagaban de un punto a otro, antes de enfocarla de nuevo—. Ahora, cierra el trato.

Senet se acercó y estrechó su mano, logrando que un resplandor esmeralda surgiera de la unión entre ambas.

—Zadquiel está en ninguna y en todas partes, a la vista y oculta de aquel que la quiera encontrar —recitó el Dios—. Su ubicación sólo la conoce alguien, mas si el perseverante no desiste, su paradero se le revelará. Le gustan las vainas raras, las caras y también las raídas, pues ella se sabe acoplar. Pero si el osado quiere blandirla, en la pirámide ha de buscar.

—El Templus… —murmuró Senet—. ¿La espada está en el Templus?

El amo y señor de la nada formuló una mística sonrisa.

—He cumplido mi parte del trato —susurró, y tiró de ella con fuerza, haciéndola chocar contra su pecho—. Ahora, cumple la tuya.

Y la besó.

 

Elizabeth extrajo de su armario el abrecartas que días atrás, había encontrado debajo de su litera. Cautelosa, miró a un lado y luego a otro, antes de sentarse en su cama con las dos cartas en su regazo, ambas traídas por Megara. Tras haber acudido a la biblioteca, Gabriella había decidido ir en busca de su hüteur, a fin de aclarar unas cuantas dudas. Con sumo cuidado, la joven abrió el primer sobre y sacó su contenido, dentro no había sólo papel doblado, sino también, el pétalo de una rosa azul. Sonrió: esa esquela era sin dudas de Érix Kunne.

Leyó cada línea con avidez, sus ojos brillaban ante los elogios que el hombre realizaba hacia su persona, sus mejillas ardieron con la súplica de tener un nuevo encuentro, mientras, contrario a lo que sus facciones reflejaban, en su interior se instalaba la duda y la incertidumbre. No recordaba lo acontecido en la última (y primera) salida con él, y eso la turbaba sobremanera. Gabriella le había dicho que podría ser producto de la conmoción del posterior enfrentamiento con los demonios, mas fuera cual fuese la razón, Elizabeth no estaba muy segura de cómo proceder ante la nueva invitación. Sin contar con que su propio estado emocional y psíquico era bastante vacilante.

Suspiró, y prosiguió a abrir la segunda carta. La caligrafía era pequeña y ligeramente inclinada, típica de quien está acostumbrado a escribir mucho y de prisa, y a pesar de que lo que databa revelaba la identidad de su remitente, Elizabeth no pudo menos que sonreír ante la rúbrica que perfilaba al final: «enteramente tuyo, sesenta y ocho.»

—Bryant… —dijo y repasó con un dedo las oraciones—. Dios, mil gracias por responder…

Leyó por segunda vez la misiva, esta vez con mayor detenimiento. Bryant la citaba mañana al mediodía, en su oficina, ubicada en el subterráneo de educación. «Necesitamos hablar. Tengo entendido que Gabriella Altus es tu compañera de habitación; si puedes y confías en ella, pídele que te traiga hasta aquí, si no mal recuerdo, su don es el de la invisibilidad y no les será difícil pasar desapercibidas. Elina sale a comer a esa hora, así que no hay peligro de que nos interrumpan.»

—Mañana a mediodía… —Elizabeth desintegró la carta hasta reducirla a polvo —, me pregunto cómo es que sabe que Gabriella posee el don de la invisibilidad… —se encogió de hombros—. En fin, se lo preguntaré a ella en cuanto regrese.

—¡Es que no puedo creerlo, Cleo, me ha mandado a paseo! —exclamó la voz de una airada Kya desde el pasillo—. Sí, de acuerdo, fue sutil y muy profesional, ¡pero igualmente me dio calabazas! ¡A mí, la mujer más despampanante del Templus!

Elizabeth ahogó una risita detrás de su mano. No podía evitarlo, la exasperación de Kya era a veces divertida de ver, en especial, cuando estaba relacionada con su incuestionable atractivo. A la estancia entraron sus dos compañeras, Cleopatra intentando convencer a su amiga de algo, y esta, negando con la cabeza mientras con una mano estrujaba lo que debía ser una epístola.

—No me importa. Esto no se puede quedar así, Andrads Non Ludere tiene que voltear a verme… Hola, Ely —se percató del sobre y el pétalo azul que lo acompañaba. Con un gesto todavía más irritado, se volvió a Cleopatra, al tiempo que apuntaba en dirección al regazo de Elizabeth—. ¿Ves? ¡Ella ha logrado que Érix Kunne la busque como un perrito faldero! ¿Por qué yo no puedo hacer lo mismo con ese Teniente?

—En realidad, Kya, ahora es Capitán.

—Como sea —refutó ella con un ademán displicente—, el caso es que no puede rechazarme sin más.

Cleopatra suspiró y llevó los ojos al techo.

—A mí por eso me gustan las mujeres.

—No sabía que conocieras al Capitán Non Ludere, Kya.

—Bueno, tanto como conocerlo, no —la muchacha lució abatida y se dejó caer en su cama—. En realidad, lo vi por primera vez cuando me asignaron la tarea de diseñar el nuevo traje del ejército, y como es obvio, le tomé las medidas —sonrió con picardía y le guiñó un ojo—. Y déjame decirte que tiene unas medidas estupendas.

—¡Kya! —rio Elizabeth y se abanicó con el sobre que sostenía—. Por Dios, qué cosas dices.

—La cuestión es, que desde entonces mantenemos correspondencia, pero hasta ahora todo había sido cortesía y… —se encogió de hombros—. Yo supuse que era algo tímido, así que decidí ser quien diera el gran paso. ¡Pero el muy bastardo se ha atrevido a rechazarme! —rugió, indignada—. Qué barbaridad, ¿qué tendrá ese hombre en la cabeza?

—A ti no, eso es definitivo —se burló Cleopatra.

Kya hizo un puchero.

—¡Qué mala eres! —dijo y le lanzó una almohada—. Te regocijas en mi desgracia…

—Alerta roja, alerta roja —entró anunciando Gabriella, muy agitada—. Momoka y Andrómeda vienen, y esta última no tiene muy buena cara…

—Que le den a Andrómeda —barbotó Kya de malas pulgas—. Y a Momoka también, por amargada.

—Uy, parece ser que Andrómeda no es la única encrespada… ¿Qué te pasa, Kya?

—¡Oh, Gaby, es toda una tragedia griega!

Repetía su diatriba acerca del Capitán Non Ludere y su rechazo, cuando Andrómeda entró a la habitación mascullando por lo bajo. Disimuladamente, Elizabeth escondió bajo la almohada la carta y el pétalo que Érix le había enviado, Gabriella le dedicó un pulgar en alto con la mano oculta detrás de la espalda. Segundos después, entró Momoka.

—Han colgado las fechas de las pruebas teóricas individuales —explicó con hastío, al notar las caras y el silencio de las demás—, y son mañana.

—¿Qué? —exclamaron todas a la vez.

—Lo que oyeron —Momoka subió a su litera con agilidad, debajo, Andrómeda seguía farfullando—: las pruebas teóricas para la gubernatura, el cargo de Segundo, Tercero y Cuarto al mando son mañana.

—¡Pero si no hace mucho hicimos la prueba teórica general! —protestó Kya, a punto de llorar—. Y hace unos días la práctica individual… Dioses, creo que voy a sufrir un colapso nervioso.

—Eso no es justo —objetó Cleopatra—, ¿cómo nos van a avisar un día antes?

—A mí no me veas. Quéjate con el Saigrés.

—Seguro lo han hecho así para agarrarnos desprevenidos —Gabriella se mordisqueó una uña, luego se despeinó y por último soltó aire—. Por Tamara, esta noche no dormiré.

—¿A qué hora son las pruebas mañana, Momoka? —preguntó Elizabeth.

—A las ocho de la mañana —la muchacha se quitó una bota con un pie y repitió el proceso con la otra—. Parece que quieren agarrarnos con hipoglicemia, también.

—¡Hey! —se quejó Andrómeda—. ¡No dejes tus zapatos tirados por ahí!

Momoka torció los ojos.

—Si tanto te molesta donde han caído, muévelos tú.

Andrómeda iba a decir algo, pero se lo pensó mejor al ver cómo Momoka sacaba una daga de su peinado, de lo que antes parecía ser un simple adorno, y se limpiaba las uñas con ella, antes de tumbarse bocabajo y empezar a leer un grueso ejemplar. En cambio, la otra erudita emitió un gruñido quebrado, para acto seguido empujar las botas debajo de la cama con un pie.

—Creo que nosotras también deberíamos ir a buscar libros —sugirió Gabriella con cansancio en el timbre—. Si no nos apresuramos, el resto de candidatos arrasará con la biblioteca… y en todo caso, esta cierra a las diez.

—¡Yo no quiero estudiar! —jerimiqueó Kya—. ¡Estoy tan deprimida!

Cleopatra le susurró algo al oído, lo cual consiguió que la muchacha abriera mucho los ojos, disparándole a Andrómeda una mirada asesina, como si ya le hubiese arrebatado la candidatura.

—…entonces… ¿Te piensas quedar?

—¡Hay que ir a por esos libros antes de que se los lleven! —Kya se incorporó de un salto, pero miró a Cleopatra—. ¡La que vea primero los títulos se los queda!

Y corrió fuera de la habitación.

—¡Hey! —protestó la otra entre risas—. ¡Eso no es justo, al menos déjame uno por mi comentario motivacional!

Abandonó la estancia, seguida por Elizabeth y  Gabriella.

—Por cierto, Gaby… —empezó la chica de ojos azules una vez estuvieron fuera y Cleopatra se hubo perdido en una bifurcación—, me han respondido, y me han citado para mañana.

—Uff, pero mañana tenemos la prueba…

—Sí, pero por fortuna la cita es a mediodía, para ese entonces ya habremos terminado.

Gabriella asintió.

—¿Y dónde quedaron de verse?

Elizabeth pareció meditar sus  palabras.

—En la escuela de abajo, la que es muy grande —esperó, y al cabo de unos segundos, Gabriella asintió al entender su indirecta—.  La cuestión es que me sugirieron que me acompañases, a fin de que pueda… disfrazarme de fantasma, si me entiendes.

—Sí, te entiendo —la pelirroja frunció el ceño—. Pero no creo que eso baste, quiero decir, en caso de… tener que modelar, nos veríamos obligadas a enseñar más piel de la necesaria, y eso podría perjudicarnos. Sería fatal que los espectadores nos vieran así, y ni hablar de los jueces.

—¿Entonces? ¿Qué sugieres?

—Que usemos otros atuendos.

—Mmm… ¿Alguna sugerencia para esos nuevos vestidos?

—Sí, pero te la digo después —indicó con la barbilla las doble puertas que se atisbaban al final del corredor—. Libremos una batalla a la vez.

—De acuerdo.

Se adentraron en la inmensa estancia, en donde tal y como Gabriella había dicho, ya había un considerable número de candidatos a Garque dando vueltas por las estanterías, mientras emitían protestas en susurros, que, tratándose de un lugar como ese, resonaban cual gritos exasperados. A la bibliotecaria le latía una vena en la sien.

—¡Hey, chicas! —gritó Kya al otro extremo de la sala—. ¡Hemos conseguido una sala de estudio!

—¡Silencio! —tronó la bibliotecaria medio histérica—. ¿Es que no saben leer los letreros? ¡O se callan todos o les coseré la boca sin anestesia!

Silencio total. Ni siquiera se oían las páginas al pasar. Gabriella tragó en seco, pero le hizo una seña a Kya para darle a entender que la había escuchado. Ella y Elizabeth fueron en busca de su respectivo material, para luego encerrarse cargadas de libros, no sin antes dar un sorbo a sus respectivas infusiones capsciere, sin que la otra se diera cuenta, claro.

Transcurrieron dos horas en las que ninguna de las cuatro eruditas intercambió palabra. Sólo el susurro de las hojas al deslizarse rompía la monotonía del ambiente, Elizabeth ayudándose de la telequinesis para pasar las páginas, agradecida como nunca de que la información se le pegase con la primera leída.

—Gaby, ¿en verdad estás estudiando?

La mencionada dio un brinco del susto.

—Por Tamara, Kya, me asustaste… Pues claro que estoy estudiando, ¿qué otra cosa haría si no?

—Es que parece que sólo hojearas el libro. De tener la telequinesis, seguro pasarías las páginas a la misma velocidad que Elizabeth.

Gabriella suspiró.

—Ya quisiera… pero no, lo que pasa es que…bueno, tampoco le veo sentido a saturarme de información que no recordaré dentro de cinco minutos, así que echo un vistazo al texto y sólo me detengo en las partes que considero importantes.

—Entonces, enséñame a identificar las partes importantes —Cleopatra se masajeó las sienes—, porque para mí todo tiene importancia… santa Senet, se me va a partir la cabeza.

—Quizá deberíamos tomarnos un descanso —suspiró Kya y se hundió en su silla. Pero miró de forma asesina a tres eruditas que se asomaban en la ventanilla de la puerta para ver si el aula estaba vacía—. Aunque… creo que será mejor que no nos movamos de aquí, o perderemos el lugar.

—Charlemos sobre algo —Elizabeth marcó con un dedo la página en donde se había quedado—, como por ejemplo, su época de estudiantes. ¿Cómo fue? Tengo curiosidad…

—¡Fue muy divertida! —exclamó Kya con entusiasmo—: éramos más chicas que chicos… Aunque si me preguntas, el único decente era Ian, con esos ojazos grises.

Gabriella se rio.

—Oh, vamos, el señor Dikoudis tampoco estaba mal.

—Claro, si te gustan los enclenques sabelotodo… ¿Qué? —agregó ante las miradas de las otras tres—. ¡Era un flacuchito sabiondo! Sólo a Faire e Hiyori les gustaba…

—¿Faire e Hiyori? —repitió Elizabeth, desconcertada.

—Sí, fueron compañeras nuestras y novias del señor Dikoudis —explicó Gabriella—. Ambas muy inteligentes, por cierto. De la primera no sé mucho, pero Hiyori me parece que es sensei, aquí en el mismo Templus.

—Y es ciega —apuntó Kya—, lo que explica por qué fue su novia.

—¡Kya! —la reprendieron Gabriella y Cleopatra.

—De acuerdo, de acuerdo, no diré más.

—Momoka y Andrómeda también estaban en nuestro grupo —dijo Cleopatra—, y creo que a la segunda le gustaba Ian.

—Quizá, pero Ian sólo tenía ojos para Kaled Mavra… —Kya se dio de toquecitos en el mentón con un dedo—. Ahora que lo pienso, Ramsés tampoco se quedaba atrás, era tan sexy…

—Ramsés era un vampiro —dijo Gabriella ante la cara perdida de Elizabeth—, y Kaled, una korman.

—Con vampiro… ¿te refieres a esos que chupan sangre?

—Ajá. Aunque Ramsés es mitad vampiro y mitad cultroriano… tengo entendido que le va muy bien, me parece que se dedica a dar conferencias sobre el autodominio de los instintos vampíricos… —Cleopatra se encogió de hombros—. Respecto a Ian y Kaled, bueno, ellos fueron novios mientras estudiábamos, pero creo que lo suyo no funcionó…

—No —ratificó Cleopatra con un cabeceo—. Me parece que ahora Kaled y Ramsés son pareja…

—Dicen que Kaled es una korman… ¿qué es eso?

—Son criaturas femeninas, muy hermosas, aunque no más que yo —Kya bamboleó su larga cabellera cobriza—. El problema es que enloquecen ante la visión del sexo opuesto, a quien buscan arrancarle el corazón para devorarlo.

—Por Dios… —Elizabeth se cubrió la boca con ambas manos—, ¿y cómo es que Ian podía salir con esa chica sin que ella lo matase?

—Kaled se vendaba los ojos… pero si no mal recuerdo, fue precisamente por su condición que ella y Ian se separaron. Creo que tuvieron un incidente y ella estuvo a punto de matarlo.

—Pobrecito Ian, él estaba loco por ella —Kya dio un suspiro melodramático—, y hacían una linda pareja…

—Puede ser —asintió Gabriella—, pero su relación con Ramsés debe ser más segura, digo, él no tiene corazón, y en caso de que ella pierda los estribos, posee la suficiente fuerza para refrenarla.

—Yo digo que Kaled no debió romper la relación —Cleopatra se cruzó de brazos—, ¿recuerdan lo mal que la pasó Ian?

Se enfrascaron en cotilleos y charlas intrascendentes, hasta que las tres chicas que minutos antes se habían asomado llamaron a la puerta y sin esperar a que les respondieran, entraron en la estancia.

—Tenemos un permiso del Saigrés para ocupar esta aula —dijo una de ellas blandiendo un papel en una mano,  antes de que Kya pudiese replicar—. Ustedes ya llevan bastante tiempo aquí, y no parece que estén estudiando.

—¡Claro que estamos estudiando! —refutó Kya—. Además, ¿por qué quieren precisamente nuestra sala?

—Por si no lo has notado, niña, la biblioteca está abarrotada —le replicó otra de las candidatas con el ceño fruncido—, y como bien dijo mi compañera, tal parece que ustedes ya terminaron aquí.

—No, Kya, déjalas —atajó Gabriella antes de que se desatase el apocalipsis—. Tienen razón, nosotras tenemos nuestro material, bien podemos ir a estudiar a otra parte.

La muchacha no lució muy convencida, pero asintió.

—De acuerdo —dijo y se levantó, con sus libros entre los brazos—. Vamos a los jardines, entonces.

Sus amigas la siguieron, cediéndoles así el espacio a las otras tres.

 



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