Historia al azar: Masoquismo
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Destino II. Epidemia. » Pecados
Destino II. Epidemia. (R15)
Por Kajiura
Escrita el Martes 5 de Mayo de 2015, 23:20
Actualizada el Viernes 11 de Agosto de 2017, 00:15
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Pecados

XIX

Pecados

 

Cuando el pasadizo del gran salón de los Garque se abrió, Bryant no pudo menos que sobresaltarse, al ver a una mujer enfundada en el traje de las bakemono, salvo por la cara, maquillada de blanco y mostrando unos bondadosos ojos negros, con el pelo oscuro recogido por dos palillos.

—Soy yo, mi señor —sonrió la mujer con la voz de Gabriella—: Gabriella Altus.

—Por Senet, Gabriella, me has…me has desconcertado y dado un susto de muerte —arqueó una ceja y la repasó de arriba a abajo—. ¿No es ese el peinado y el maquillaje de las criadas?

—Lo es —Gabriella avanzó y terminó de salir del túnel—, el kimono y los enormes pechos falsos los he dejado en el pasadizo… —sonrió al ver la cara asombrada del guardián—. Es una larga historia, mi señor. Hoy no sólo vengo a darle el reporte semanal, sino a entregarle una carta de Elizabeth.

—¿De Elizabeth? —inquirió Bryant con curiosidad—. ¿Y para qué me ha escrito una carta Elizabeth? Y en todo caso, ¿por qué no utilizaron la cadena habitual de criadas para hacérmela llegar? —frunció el entrecejo—. No han estado haciendo eso para mantener comunicación con…con el señor Kunne?

—En efecto, mi señor, esa ha sido la estrategia, pero después de lo acontecido la tarde pasada, comienzo a creer que la servidumbre no es de fiar. Todavía no descubro en qué parte la cadena falla, ¿pero cómo si no Aranea se enteró de que Elizabeth y el señor Kunne saldrían? Sus poderes no pueden traspasar estos muros, así que alguien tuvo que haberle informado. Yo seguí la cadena de sirvientas hasta los límites de la morada, pero después… —arrugó la frente—. Después no lo hice. Un descuido por el cual me arrepiento y pido disculpas, señor.

—Y por eso te has disfrazado de sirvienta, para hacerle creer a Elizabeth… —Gabriella asintió—. Entiendo. Excelente idea. ¿Pero qué harás cuando tengas que estar en dos sitios a la vez? Me refiero a que tengas que enviar cartas y vigilar a Elizabeth…es más, ¿con quién la has dejado ahora?

—Con un aposhii mío. Nos hemos quedado en la biblioteca estudiando, o más bien, intentando distraernos, porque a Elizabeth finalmente le han asignado su primer prueba práctica, y está algo nerviosa.

—¿Y qué le han impuesto? —preguntó Bryant, ansioso.

—En realidad, el Saigrés se está guardando muy bien las explicaciones acerca del contenido de las pruebas —torció el gesto—. Apenas y dan detalle…pero creo que van a evaluar cómo se maneja Elizabeth en una situación bajo presión.

—Rayos, eso puede significar muchas cosas —Bryant se pasó una mano por el pelo—. ¿Y ella cómo está? Aparte de nerviosa, quiero decir.

—Eso es lo que me preocupa, mi señor…

Le contó al Garque lo ocurrido la mañana siguiente a la posesión de la chica. Al terminar, los ojos de Bryant se habían oscurecido, con las manos cerradas en puños.

—Maldito sea Astucieus cien veces… ¿Tienes la carta?

—Aquí está, mi señor.

Bryant la tomó, y se la guardó dentro de su uniforme.

—¿Para cuándo está programada la prueba práctica de Elizabeth?

—Para la próxima semana, mi señor.

—Bien. Intenta que Elizabeth se estrese lo menos posible, y nada de salir de la pirámide estos días…al menos, no hasta que yo hable con el segundo. ¿Queda claro?

—Como ordene, señor.

—Perfecto —Bryant adoptó un semblante y tono más formal, si bien su ligera sonrisa no abandonó sus labios—. Ahora, proceda a darme el reporte semanal, señorita Altus.

Gabriella no tardó mucho en proporcionárselo. En cuanto se hubo marchado, Bryant extrajo la carta de Elizabeth, la abrió y se dio a la tarea de leerla. Conforme avanzaba, una sombra iba cubriendo sus facciones, sin contar con el temblor que comenzó a recorrerle las manos, además de los recuerdos sobre lo ocurrido una mañana, hacía poco más de un año:

 

—¡Por favor! —suplicaba el hombre flacucho y de larga barba blanca, con las piernas y brazo izquierdos cercenados—. ¡Misericordia, le suplico tenga misericordia!

Bryant apartó los ojos del pobre desgraciado. El olor de la sangre era tan penetrante que podía incluso saborearla en su propia boca. Más allá, Elizabeth mantenía la mirada fija en el reo, con una mano extendida hacia él y los dedos moviéndose como si tocase alguna pieza en el piano. Sin embargo, la única melodía que surgía eran los alaridos de su víctima, a causa del desprendimiento de piel, piel que se despegaba gracias a la telequinesis y la laceración de Elizabeth.

—¡Piedad! —rugió el hombre desgañitándose la garganta—. ¡Por favor, mi señora, tenga piedad!

—No puedo con esto —soltó Elizabeth y bajó la mano, su frente perlada en sudor, y no precisamente por la concentración—. Si tengo que matarlo lo haré de una vez, pero no así…

—Lo harás como yo te diga —atajó Astucieus—, y te digo que lo despellejes hasta el final.

—Pero hüteur… —intentó protestar Elizabeth con voz trémula—, yo…

—No es una pregunta, Elizabeth. Es una orden, y las órdenes no se cuestionan. Ahora, prosigue con los hombros y el cuello. Y ten cuidado con las arterias…

Elizabeth miró al preso que sollozaba.

—Lo lamento… —murmuró y cerró los ojos, volviendo a alzar la mano—, de verdad…

Retomó su acción torturadora, los gritos del condenado se hicieron oír de nuevo.

—¡Abre los ojos! —exclamó Astucieus, déspota—. ¡No seas cobarde y mira a tu víctima a los ojos!

—Basta, Astucieus —intervino Bryant—. La estás…la estás presionando demasiado.

—Cierra la boca, Dikoudis. Sé lo que hago…

—¡Por favor! —clamó el reo medio ahogándose con su propia sangre—. ¡Piedad, por todos los Dioses!

—No puedo… —Elizabeth lloraba—. Mi señor, no me haga seguir…

—¡Destrózale la cara! —vociferó Astucieus—. ¡Él no tuvo compasión a la hora de asesinar a esas familias, enséñale lo que es el verdadero sufrimiento! ¡Y abre los malditos ojos, o te clavaré alfileres en los párpados!

—Astucieus… —advirtió Bryant al ver cómo Elizabeth acataba la orden, y parecía horrorizada ante la visión de la masa ensangrentada que era el convicto—. Astucieus, detenlo ya…

—…Sigue con las mejillas, con la nariz…eso es…siente el poder que recorre tus venas…tienes el poder, Elizabeth…

Al inicio, Bryant creyó que la joven vomitaría, pero lo que inició como leves espasmos en su pecho se convirtió en carcajadas histéricas, casi desquiciadas, mientras el desollamiento cobraba velocidad y fuerza, la piel del tipo ahora se desprendía con tremenda facilidad, y al llegar a la zona de la coronilla, uñas invisibles escarbaron entre su carne y hasta sus sesos, removiéndolos como si fueran pudín. Un torrente de lágrimas desbordaban los ojos de Elizabeth, pero las carcajadas continuaban, y en un instante la cabeza del tipo se desgarró por la mitad, huesos y músculos separándose, Bryant y Astucieus se quedaron estupefactos.

—¡Tengo el poder! —gritó la chica con una risa demencial, que le recordó a Bryant a Nirvana—. ¡Tengo el poder, maldito bastardo!

—¡Detente! —gritó Astucieus, esta vez asustado. Bryant estaba a punto de mearse en los pantalones—. ¡Para ahora mismo, Elizabeth!

Pero la chica no lo escuchó, continuó riéndose como una loca, el desgarre en el cuerpo del reo seguía prolongándose en una grieta asquerosa. Bryant no lo vio venir. Astucieus se adelantó unos pasos y abofeteó a Elizabeth con tal fuerza que la derribó al suelo, el castaño atisbó la sangre que resbalaba por la comisura de su labio partido. Sin darle tiempo a otra cosa, el hombre la pateó en el estómago. Elizabeth se dobló de dolor y algo en sus ojos cambió, Astucieus se arrodilló delante suyo y le alzó el rostro agarrándola por el pelo.

—Ordené que te detuvieras —dijo el Garque ya no a voz en grito, pero sí con un tono imperioso—… ¿Es que acaso estás sorda?

La joven no le respondió. Ni siquiera era capaz de enfocar a Astucieus. Bryant sintió cómo un escalofrío le recorría la columna.

—¿Elizabeth? —la llamó en un hilo de voz—. Liz… ¿puedes oírnos?

—No, no puede —Astucieus chasqueó los dedos frente a ella, pero al no obtener respuesta, extrajo una botella de entre sus ropas y obligó a la chica a beber su contenido.

—¿Pero que…qué haces? —se envalentonó Bryant—. ¡Déjala en paz, maldita sea! ¡Ya ha sido suficiente!

—Yo decido cuándo ha sido suficiente —gruñó Astucieus, al tiempo que sus ojos se contorneaban por un brillo iridiscente—. Vamos, Elizabeth, déjame entrar…eso es…

Bryant lo dejó hacer sólo porque vio la faz de la chica relajarse, las lágrimas dejaron de fluir y por último, sus párpados cayeron, desvaneciéndose entre los brazos del guardián, de cuyas fosas nasales corrían hilillos de sangre.

 

En el salón, el castaño arrugó la carta que sostenía y cerró los ojos. «La he sellado», fue la única explicación que le dio Astucieus luego de aquello. Ahora, ese sello se estaba rompiendo, y Elizabeth estaba a punto de desequilibrarse. Y él tenía tanta culpa como el Segundo, por haberlo permitido.

—Pero no teníamos tiempo —musitó, en un intento por auto convencerse. Abrió de regreso los párpados y alisó la carta—. Oh, Elizabeth, lo lamento tanto… —apretó la mandíbula—. Pero va a acabar, no dejaré que esta locura siga adelante. No más.

Desapareció, y  reapareció justo en la habitación de Astucieus.

Su compañero continuaba incapacitado, con el brazo vendado y apretado contra el cuerpo, y seguiría así durante al menos dos semanas más. Cualquiera diría que Astucieus se estaba tomando aquello como una especie de vacaciones, pero lo cierto era que el Garque parecía más una fiera enjaulada, para nada acostumbrado a permanecer quieto o en cama. Aun así, Bryant no se amilanó ante su ya conocido carácter huraño.

—Dime que lo que tienes allí es el acta de defunción extraña pero infalible de Érix Kunne… —masculló el hombre al verlo materializarse en la habitación.

—No, es una carta de Elizabeth.

—¿De Elizabeth? —Astucieus se enderezó, mas el dolor no tardó en recordarle su presencia con un pinchazo—. Mierda… ¿cómo es que Elizabeth te ha enviado una carta?

—Es una larga historia, pero en resumen, Gabriella me la ha traído —Bryant arrimó una silla y se sentó, con la espalda muy rígida—. Tiene problemas, Astucieus. Serios problemas, y tanto tú como yo somos responsables.

Le tendió al Segundo el papel arrugado. Este lo tomó y leyó su contenido, al final su rostro se había puesto lívido.

—Maldición…había olvidado lo de ese sello.

—¿En serio? —Bryant enarcó una ceja—. Entonces es que eres un peor hüteur de lo que pensaba.

Astucieus lo miró, ceñudo.

—¿A qué viene ese comentario, Dikoudis?

—A que hay que retirar a Elizabeth de las pruebas —sentenció el aludido—. Esto no puede seguir así, Astucieus. Si no matan a Elizabeth ella matará a alguien, o acabará volviéndose loca.

Astucieus respiró hondo y dejó salir el aire por entre los dientes.

—Dikoudis, ya hemos hablado de esto…

—No, no lo hemos hecho. Se ha hecho todo lo que tú has dispuesto, y nada más. No te has dignado a dar ni una maldita explicación sobre por qué Elizabeth debe asumir de forma directa el cargo, y no tú, o yo.

—Porque Zehel no lo permitiría, imbécil. ¿O es que tu hipocampesco cerebro no lo ha captado las veces que te lo he dicho?

—No, no lo ha hecho —lo cortó Bryant con brusquedad—. Zehel es el señor del cielo, el Dios de Dioses, la deidad que mayor compasión debe mostrar… ¿por qué se negaría a una petición que salvará la vida de una chica inocente?

Astucieus soltó una carcajada amarga, cortada de nuevo por el dolor.

—¿Compasión? —dijo con ironía en el timbre—. ¿Quién te ha dicho que Zehel es compasivo?

—¿Quién te ha dicho a ti que no lo es?

—Simplemente lo sé —espetó él—. Y tú deberías entenderlo, ¿o es que no recuerdas cómo te reprendió la última vez? ¿Y qué me dices de las pruebas del Sainte Rituell? Apuesto a que la tuya fue endemoniadamente cruel.

Bryant abrió la boca, pero la volvió a cerrar.

—Eso no importa ahora.

—No, claro que importa. Zehel no es lo que tú crees, Dikoudis, lo que la gran mayoría cree.

Bryant apretó los descansabrazos de la silla. Los apretó tanto que de haber tenido el don de la fuerza sobrenatural, los habría reducido a astillas.

—Me estás diciendo —comenzó, con voz contenida de rabia—, ¿Que todo esto, toda esta mierda es por alguna rencilla entre Zehel y tú? ¿Que estás poniendo en riesgo la vida de Elizabeth sólo para demostrar lo despreciable que puede ser Zehel?

—Es más que eso, Dikoudis…

—¡Entonces explícamelo, maldita sea! —estalló Bryant, y para fortuna de su superior, su onda torturadora se extinguió con una breve sacudida al impactar contra un muro—. ¡Dime de una puñetera vez a qué estamos jugando! ¡Porque estás arriesgando la vida de más de una persona, puede que incluso provoques una condenada hecatombe!

—Te prohíbo que me hables así, Di…

—Te hablo como se me venga en gana —Bryant  estaba furioso. Sentía en la punta de los dedos su don de nacimiento, hormigueando, ansioso porque lo dejase salir de nuevo, mas él supo retenerlo—. ¿No has pensado lo que podría suceder si Elizabeth enloqueciera? Por los Dioses, Astucieus, ¿no recuerdas lo que hizo con ese reo? Si se trastocase, ella podría… —se estremeció—, podría reducir Cultre a cenizas. Tú mismo se lo gritaste a la cara: tiene el poder… y ahora  que ese sello se está desbaratando, ¿en serio pretendes que ese poder reaccione mansamente? ¿Después…después de todo lo que le hicimos pasar?

Astucieus calló por largos minutos. Bryant tomó profundas bocanadas de aire en un intento por serenarse, pero la magia destructora continuaba fluyendo como un río embravecido por sus venas.

—Zehel no va a permitir que la retiremos —musitó el Garque al fin—. Él…quiere que yo ascienda al poder de forma directa.

—¿Por qué? —preguntó Bryant, con una vena palpitándole en la sien.

—Para castigarme —Astucieus lo miró fijamente—, para castigarme por haber matado a su esposa.

Bryant estuvo a dos segundos de torturarlo sin piedad.

—Astucieus, por Senet, no me vengas con sandeces. No hay registros mitológicos que…

—Que hablen de una Diosa casada con Zehel, lo sé —lo cortó él con las manos en alto—. Pero eso se debe a que toda esa evidencia, escrita o almacenada en la memoria de cualquier ser mortal, fue modificada.

—¿Y por qué tú sí conservas el dato? —rebatió Bryant, escéptico.

—En realidad, lo conservábamos Âkil y yo, pero él está muerto. La cuestión es… —tomó aire—, que hace siglos pacté con Ferzeo, Dikoudis. Era joven, estúpido y estaba dolido por…por una relación amorosa que no perduró. Y en venganza decidí pactar con el señor de los infiernos. Si me ayudaba a llegar al poder, yo le entregaría Cultre en bandeja de plata. Y accedió. Asumí el puesto de Segundo, y un siglo más tarde, el gobernador murió en circunstancias sospechosas. Entonces, ascendí. Me convertí en el gobernante supremo de todo Cultre, y nadie, absolutamente nadie, iba a burlarse de mí otra vez. Mi hermano intentó detenerme, desde luego, porque una vez en el cargo mis actos no fueron precisamente honorables: oprimí, no, exprimí al pueblo hasta que no pudo más, exterminé a todo aquel que se atrevió a contradecirme…incluso decapité a las trillizas Kunne —se estremeció, y por primera vez desde que lo conocía, Bryant vio auténtico pavor reflejado en sus pupilas—. En ese entonces, Âkil era Tercero, e intentó razonar conmigo, pero fue en vano. No me lo ordenaba porque sabía que me negaría, y desobedecer una orden suya me llevaría a la tumba, a causa de la maldición que mi padre había arrojado sobre mí. Sin contar con que…bueno, creo que él no estaba preparado para ser responsable de mi muerte, por más destrucción que causase. Al final, imploró ayuda a los cielos, pero Zehel, ese a quien tú crees tan misericordioso, ignoró su llamado. Así que buscó apoyo por otro lado, y lo encontró en Isis, la señora de la sabiduría y esposa de Zehel.

—Astucieus, ¿estás consciente de lo inverosímil que suena todo esto?

—Sí —admitió él con una sonrisa torcida—, y precisamente por eso no lo voy pregonando por ahí… —suspiró—. Pero mi palabra es lo único que puedo ofrecerte como prueba. Eso, y que invoques a cualquier otra divinidad celeste para preguntarle, porque tanto ellos como los del infierno conservan el recuerdo de aquel suceso. Isis, la patrona de la sabiduría, respondió al llamado de Âkil, pero la única forma de detener aquella locura sin perjudicarme era regresar  el tiempo, y esa es una acción que sólo un Dios puede llevar a cabo.

—Chronos —murmuró Bryant por lo bajo—…Dios del tiempo y amo y señor de la nada.

—Exacto. Y el precio que pidió por hacerlo fue la vida de la Diosa —Astucieus tragó con fuerza—. Un precio que ella accedió a pagar. Zehel se puso colérico, por supuesto, pero el pacto estaba hecho y no había manera de retractarse. Chronos atravesó a mi señora Isis con Zadquiel, la espada asesina de Dioses, acabando así con su existencia, y creando de la nada a una nueva deidad llamada Senet.

Bryant parpadeó. Parecía imposible, pero por alguna descabellada razón, creyó en sus palabras. Sobre todo, al recordar la forma sardónicamente hipócrita con la que el señor del cielo le hablaba al Segundo, además de las miradas de profundo desprecio que le lanzaba.

—Por eso…por eso Zehel te odia tanto…

—Sí. No obstante, la cosa no terminó allí: Ferzeo no iba a quedarse de brazos cruzados, así que llegó también a un acuerdo con Chronos, porque a fin de cuentas, no había violado ninguna ley divina, ya que tanto él como yo habíamos procedido según las cláusulas del contrato que nos unía. Y el trato fue el siguiente: si tras retroceder el tiempo, yo volvía a asumir la gubernatura de forma directa, mi alma le pertenecería, y esta vez no habría deidad que pudiese abogar por mí, o por lo que hiciera. Si alguien quisiera derrocarme, iba a tener que hacerlo con sus propias manos. Claro que, para que todos estos acuerdos fueran respetados ambas partes debían conservar el recuerdo de lo acaecido…y eso incluía al infierno, al cielo, a Âkil y a mí.

De repente, Bryant lo vio todo muy claro.

—Pero eso es… —soltó una risa nerviosa, mitad incrédula—, si dices que Zehel busca que asciendas al poder…es como si dijeras que no le importa lo que puedas hacerle a Cultre una vez Ferzeo te reclame como suyo.

Astucieus volvió a sonreír de medio lado.

—Si ignoró el llamado la primera vez, ¿por qué crees  que va a importarle lo que ocurra en la segunda?

Bryant se quedó de una pieza.

—Pero es que…no puede…Zehel no puede desentenderse así del mundo, un mundo que él mismo creó.

—Y que puede reconstruir cuando le plazca y como le plazca —Astucieus encogió su hombro sano—. Acaba de entenderlo, Dikoudis, para Zehel nosotros los mortales no somos sino criaturas reemplazables que apenas merecen un vistazo, porque él, el señor o todo poderoso de las alturas, lo sabe todo gracias a su magnánimo poder de la visión y por ende, nosotros no comprendemos los designios del destino.

—Pero eso es ser demasiado arrogante, hasta las pitonisas saben que las visiones son enviadas por nuestro señor Chronos… —Astucieus rio con desdén—. Oh, vamos, Zehel tiene que saberlo.

—Y lo sabe, pero de eso a admitir que hay  un Dios por encima de él hay un largo trecho de diferencia —se masajeó una sien—. ¿Ahora lo entiendes? Por eso necesito a Elizabeth, por eso no puedes ser tú quien asuma la gubernatura. Zehel está empecinado con que yo falle para que Ferzeo reclame su parte del trato, y maldición, a mí no me importaría si sólo fuera a quedarse con mi alma, sería lo justo para expiar mis pecados, pero no se trata sólo de eso. Si estando en mis cabales hice lo que hice, ¿qué no haré bajo el dominio del señor de los infiernos? ¿Quién, por todos los Dioses, podría detenerme?

Bryant se hundió en su silla, mas su tono fue helado cuando dijo:

—Elizabeth podría.

—Créeme, estoy de acuerdo con eso pero, ¿sería capaz de levantar una mano contra mí? —blandió la carta—. Tan sólo con soñarlo ya está aterrada, ¿en verdad crees que me desgarraría por la mitad sin la influencia de un demonio? Lo dudo mucho.

—¿Entonces qué sugieres? —protestó Bryant—. ¿Que la dejemos enloquecer? Estoy seguro que una vez demente, no tendrá problemas en destazarnos a los dos, y al mundo entero. Y si Zehel es tan cabrón como dices… ¿quién va a salvar a Cultre de Elizabeth?

Los dos guardaron silencio.

—Podría volver a sellarla —sugirió Astucieus en voz baja—. Reforzar el sello, más bien.

Bryant bufó.

—Claro, y cuando este se rompa Elizabeth explotará.

—El desvanecimiento del sello no funciona así —explicó Astucieus—. Según la teoría…

—Espera un segundo, ¿según la teoría? ¿Te refieres a que nunca lo has visto en la práctica?

—Eh…pues no, no lo he hecho —el hombre se rascó la nuca, y Bryant deseó tener el poder de laceración de Elizabeth—. Sólo conozco la teoría…pero hasta ahora, esta no me ha fallado —agregó a la defensiva.

Bryant se cubrió el rostro con ambas manos, e intentó no asesinarlo allí mismo.

—Por amor a Tamara, Astucieus, ¿cómo es que siendo el Segundo puedes ser tan negligente?

—El caso es —lo ignoró el Garque con la nariz en alto—, que el desvanecimiento del sello no se da de golpe, sino de forma gradual. Tal vez…tal vez si le explico a Elizabeth toda la situación, el por qué necesito que pase esas pruebas, su rabia y parte de sus conflictos internos desaparezcan y, por ende, el desvanecimiento del sello no sea tan catastrófico.

—Bien —concedió Bryant, exhausto—, supongamos que será así… ¿pero cómo conseguiremos verla? Y piensa rápido, porque la semana que viene será su primera prueba práctica. Si para entonces no lo hemos arreglado…

Se miraron fijamente, pero no añadieron nada más. No lo necesitaban. Si para entonces no habían reforzado ese sello, Elizabeth podría desmoronarse, y con ella, el planeta entero.

 

***

N/A: ¡Hola maravillas!

Bueno, bueno, finalmente se descubre el gran secreto de Astucieus. ¿Qué harán ahora para volver a sellar a Elizabeth antes de que inicien las pruebas? Las cosas van a empezar a complicarse y Aranea, a sacar sus cartas más oscuras.

Espero que la historia les esté gustando, por favorcito, den señales de vida, ya saben que si no pueden comentarme aquí pueden hacerlo a través de Facebook o twitter, que yo los leeré con mucho gusto.

Por otra parte, informarles que se me terminan los capítulos de colchón…pedir una disculpa anticipada si me tardo en actualizar, pero ya ven que mi salud es inestable, y encima, tengo libros para reseñar y estudiar (no, no voy en la uni, pero mis editoras me obligan a estudiar ciertos libros), hacerla de moderadora, de beta…así que pido paciencia. Pero de que sigo escribiendo, lo sigo haciendo, con todas mis historias (no me he olvidado de «Cruda fantasía»)

Un abrazo a todos y desde ya, ¡gracias por leer!



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