Historia al azar: La dificil reconciliación
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Destino II. Epidemia. » Peticiones e imposiciones
Destino II. Epidemia. (R15)
Por Kajiura
Escrita el Martes 5 de Mayo de 2015, 23:20
Actualizada el Martes 6 de Junio de 2017, 21:43
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Peticiones e imposiciones

I

Peticiones e imposiciones

 

Le gustaba sentir la aspereza de las ramas entre sus dedos. En realidad, le encantaba todo cuanto le rodeaba: el aroma a humedad y a flores salvajes, el verde tiñéndolo todo, el brillo de las gotas de rocío que destellaba en las hojas. Podía pasarse el día ahí, entre árboles y maleza, en los ríos y lagunas, colgado de las lianas como si fuese un mono.

De repente, la rama de la que se sostenía se partió al medio y lo hizo precipitarse hacia abajo, el grito que pretendía soltar se le quedó atascado en la garganta. No obstante, la velocidad de la caída se redujo hasta que el viento lo acunó como si tuviese el peso de una pluma, sus pies fueron depositados sobre el suelo con suavidad.

Sin previo aviso, el panorama se tambaleó y diluyó en un montón de colores, para después formar un nuevo paisaje, esta vez con un lago al frente suyo. Se asomó, curioso, y se topó con su reflejo, infantil y de ojos verdes; a su lado surgió otra figura idéntica a la de él, salvo que sus facciones estaban contraídas en una expresión severa y de entrecejo fruncido, ninguno de los dos debía de sobrepasar los cuatro siglos.

—Así que estabas aquí —lo regañó el niño—, mamá te va a castigar, te ha buscado durante mil horas…

—No es cierto —le refutó él—, eres un mentiroso, seguro que mamá te acaba de mandar a buscarme y te has tele-trans-por-ta-do con tus chispitas. A ti es al que va a castigar —agregó mordaz—, cuando se entere de que las has usado.

—¡No! —se defendió el castaño. Pero pareció amilanarse ante la ceja arqueada de su doble—. No… no le digas, yo… fue sin querer, quería encontrarte rápido para que jugáramos, y entonces mis chispitas aparecieron y me trajeron hasta aquí.

—Lo sabía, no puedes estar sin mí —se pavoneó el chiquillo con la nariz en alto, su gemelo rodó los ojos mas adoptó una cara traviesa a los segundos siguientes.

Con un movimiento rápido, se agachó y salpicó a su hermano, el otro protestó y retrocedió unos pasos.

—¡Oye! —dijo, aunque una que otra risa divertida se le escapaba—, ¡eso es trampa, estaba distraído!

—No es trampa —se rio el otro—, es que soy más listo que tú.

—¡ya quisieras!

Entre los dos iniciaron una batalla por ver quién acababa más empapado, sus risas dotaban al lugar de una tierna musicalidad. Sin previo aviso su hermano saltó sobre él y lo tiró al lago, dicha acción  lo tomó tan desprevenido que no pudo evitar sorber agua por la nariz.

 

Alzó los párpados y tosió compulsivamente, aunque sin ahogarse en realidad; la luz le dio de golpe y le hirió los ojos, sus manos se agitaron desesperadas, en un intento por salir a la superficie… pero estaba en la superficie. Se quedó muy quieto, como si le hubiesen lanzado un encantamiento paralizante, despacio giró la cabeza hacia su derecha.

Ahí, con una sonrisa de pura satisfacción y malicia, estaba Astucieus. Y sostenía un balde de cuyo borde goteaba agua.

—Buenos días, hipocampo de biblioteca —dijo con los ojos entornados por el deleite de ver al muchacho empapado—, sí, lo sé, no mereces el honor de ver mi imperial rostro por la mañana, pero ya ves, amanecí de buenas.

Bryant respiró hondo para no caerle a golpes. Se escurrió el agua del rostro, alcanzó sus gafas y se volvió hacia la otra mesita de noche,. No, no era tarde, ¿pero por qué diantres su despertador no había sonado?

—Yo lo apagué —le cacareó Astucieus—. Apresúrate, Itzal podrá ser paciente, pero Dadle no. Y no me apetece escuchar sus graznidos tan temprano.

Giró sobre sus talones y abandonó el lugar, al tiempo que hacía pasar a dos criadas para que le ayudasen al joven a vestirse; estas ahogaron una exclamación al encontrarlo mojado de pies a cabeza.

—Ojalá te dé un derrame —masculló el muchacho.

—¡Escuché eso!

Bryant apretó los labios y terminó de levantarse, resignado a haber sido despertado de aquella forma tan…fresca. Ya ni tenía caso preguntarle al hombre por qué lo había hecho.

 

 

Astucieus rió entre dientes tras cerrar la puerta. Definitivamente, molestar a Dikoudis era su pasatiempo favorito. Pero la alegría le duró poco al recordar a quienes lo esperaban en el Gran Salón de los Garque. Desde que había recibido la carta, Aquellos individuos le daban vueltas en la cabeza; o más bien, el motivo a tratar con ellos.

 

Señor Astucieus Thrampe.

Dekiru, Respublica Genjitsu; Orturbs Kili´ich.                    

Templus; 9º piso.

 

Estimado y muy respetado Gobernador:

 

Por medio de la presente solicitamos una reunión de carácter urgente con usted,. Debido a lo delicado de la situación, no nos atrevemos a expresar nada al respecto en esta carta, por miedo a que alguien más la intercepte y haga malas interpretaciones.

Lamentamos no proporcionarle más esclarecimientos, pero sepa que es de gran importancia el asunto a tratar.

En espera de una pronta respuesta, le deseamos un feliz día y quedamos a sus honorables órdenes:

 

Itzal Txaran

Presidenta del Saigrés.

 

 

Media hora más tarde, ambos Garque iban a toda prisa por los en ese entonces solitarios pasillos de su Morada, con destino al salón de los Garque, el cual había sido preparado para recibir a los eruditos. Había transcurrido un mes desde la caída del rey escorpión y, si bien Astucieus había tardado en recuperarse, Bryant había tomado las riendas del gobierno e iniciado el resurgimiento del mundo, tarea en la que Elizabeth lo apoyó como pudo.

Aun así, un mes era poco tiempo; la economía estaba por los suelos, al igual que los servicios públicos, la mayoría de edificaciones seguían sin levantarse, continentes vecinos que no estaban tan mal enviaban ayuda para la gente necesitada. La Pirámide Mayor ya no era empleada como refugio, volvía a albergar a los estudiantes, maestros y servidumbre sobreviviente. Y aunque el segundo al mando se había reintegrado a sus labores, lo cierto era que necesitaban al resto de guardianes.

Astucieus se temía una reprimenda por parte del Saigrés —sobre todo de Dadle, quien le detestaba y a quien detestaba— o, visto desde una perspectiva más positiva, deseaban sólo notificarle acerca de las próximas selecciones. Pero lo dudaba. El Congreso no insistiría en reunirse con él sólo para notificarle aquello.

— ¿Por qué no mejor nos aparecemos en el aula? —Bryant dobló en una esquina y maldijo lo grande del lugar—. Sería más rápido.

—Porque para la edad que tienen los eruditos, podríamos ocasionarles un infarto —respondió Astucieus como si tal cosa—. Además, te hace falta ejercicio. Tienes piernas de palillo dental.

Bryant estuvo a punto de iniciar una discusión, pero se quedó callado al vislumbrar las puertas dobles que anunciaban la entrada a la sala de reuniones. Astucieus le pasó de lado, abrió y entró con el porte que le caracterizaba. Una vez Bryant le dio alcance, optó por quedarse de pie a su lado, un tanto intimidado por los cinco pares de ojos que los observaban.

Irradiando magnificencia, respeto y poder, el Saigrés estaba compuesto por tres hombres y dos mujeres, estas dos últimas con la suficiente edad encima como para encorvarse con ligereza. Pese a la calidez y el incienso aromático que flotaba por toda la estancia, el ambiente se sentía tenso, pesado. O tal vez era que Bryant se sentía demasiado pequeño delante de ellos.

La primera y quizás más importante, era Itzal Txaran. De larga cabellera nevada, ojos cafés y diversas arrugas sobre su pálido rostro. Con la lechuza como símbolo, Itzal poseía la habilidad de extraer el alma de los demás, un don que le había granjeado el respeto de muchos, así como el miedo.

A su izquierda se hallaba su sucesora y por consecuente, vicepresidenta del concilio: Megan Dadle; viuda de William Thrampe. Alta y muy estirada, de cabellera gris hasta por debajo de las orejas, con un flequillo sobre la frente, ojos impávidos y quisquillosos. Le identificaba el cuervo, dueña del don de regeneración; de todos era sabido el odio profesado entre ella y Astucieus, fundamentado en que su esposo, antiguo tutor del Garque, había sido herido de muerte en su compañía, y lo culpaba por ello.

A la derecha de la presidenta se ubicaba un hombre de pelo blanco, con una curiosa calvicie en la parte de la coronilla. De ojos  anaranjados, parecidos a los de un gato. Aunque sin conservar algún puesto de relevancia en el grupo, su nombre era conocido hasta entre los alumnos más jóvenes: Duncan Zephyr. Este erudito era capaz de derretir a sus oponentes en vida; el león le identificaba, había rechazado continuadas veces el puesto de vicepresidente e incluso, en un par de ocasiones, el de presidente del congreso.

A su lado estaba Thanos Ts´uul, persona identificada por el oso negro. Y ciertamente, conservaba un gran parecido con él. Musculoso, de cara cuadrada, con el pelo grisáceo y una habilidad bastante peculiar: transformar a toda criatura viva en cucaracha.

Y por último, estaba Vlad Tie, con un físico que saltaba a la vista: la parte izquierda de la cabeza era calva, mientras que la derecha mostraba una gruesa mata de pelo lacio y gris, que le caía sobre el rostro y cubría uno de sus ojos celestes. Caracterizado por la cabra, además del don de la clonación.

En conjunto, estas cinco personalidades desempeñaban dos papeles fundamentales. El primero, era fungir como directores del Templus y, el segundo, era evaluar a los candidatos que se convertirían, por designio divino, en los próximos guardianes.

—Vaya, hasta que al fin los señores Garque hacen acto de presencia—rompió el silencio Megan; tanto ella como Itzal lucían un kimono kuro-tomesode, con la parte superior en negro y con cinco escudos bordados en plata, la tela destiñéndose hacia abajo hasta alcanzar el color turquesa—. Cinco minutos tarde. Aunque era predecible, tratándose de ti, Astucieus.

—Pido una disculpa, señores, damas —Astucieus la ignoró e inclinó la cabeza—. Pero nos ha sido imposible el presentarnos antes.

—Ja —se indignó Megan—. Esto es un insulto. ¿Qué otra cosa más importante puede haber hoy que nuestra reunión? Debieron postergar cualquier otro asunto.

—Disculpas aceptadas, señor Thrampe —esta vez, habló Itzal—. Lo importante es que ya están aquí. Señor Dikoudis —inclinó la cabeza hacia el susodicho—, un gusto verle.

—El gusto es mío, señora Txaran —el castaño regresó el gesto—. Y al igual que mi compañero, ofrezco disculpas por el retraso.

—He de insistir —interrumpió Megan—: es inadmisible que acudieran a atender otros asuntos, a sabiendas de que teníamos concertada una reunión. Como Garque que son, deberían tener el principio de la puntualidad.

—Tiene toda la razón, señora Dadle —afirmó Astucieus en un encantador tono de voz que Bryant sabía, precedía a algún comentario sardónico—, por eso mismo me quedaré a conversar con usted cinco minutos después de esta reunión, para así compensar mi terrible fallo.

La desagradable sonrisa de Megan se congeló.

—Estoy segura de que disfrutaría de tu compañía, querido —dijo con tono de falsa cortesía que no pudo ocultar su enfado—, pero por desgracia tengo cosas que hacer después de esta reunión, así que lo pasaré por alto… sólo por esta vez —finalizó con los ojos estrechados.

—Se lo agradezco —Astucieus se inclinó un poco hacia la anciana—, siempre he creído que es usted una mujer muy amable. Aunque dejo abierta la invitación, podríamos tomar el té una tarde de estas.

Megan no dijo nada, se limitó a ampliar la  sonrisa hasta que sus labios formaron una tensa línea, de no haberse tratado de un miembro del Saigrés Bryant se hubiera reído. El día en que esos dos se sentasen a tomar el té, iban a tener que asegurarse de que ninguno hubiese envenenado la infusión del otro.

—Pero por favor, tomen asiento —invitó Astucieus a la vez que él mismo ocupaba un lugar a la mesa, Bryant fue a sellar la estancia—. He de admitir que su repentina solicitud me ha tenido intrigado.

—Sí… —Itzal pareció tensarse en su puesto, Bryant ocupó un lugar al lado de su compañero—, bueno, no le di más detalles porque el asunto resulta algo delicado, y me preocupaba que el mensaje cayese en otras manos, antes incluso de que tomáramos cualquier decisión.

Astucieus arqueó ambas cejas.

—¿De qué se trata, señora…?

—Elizabeth Monanti tiene que irse del Templus.

Bryant miró a Megan. Todo rastro de falsa comprensión se había esfumado, convertido su gesto en uno agudo y severo, no dispuesta a dejarse amilanar.

— ¿Y puedo saber por qué, señora Dadle? —inquirió Astucieus en un tono sutil pero a la vez, intimidante.

— ¿Cómo que por qué? Esa chica es peligrosa, deberías haberla encerrado en Katvel.

—Nos ha salvado de Tyr —intervino Bryant, molesto por la actitud de la anciana—, ¿cómo puede eso significar un peligro para nosotros?

—Es hija de ese monstruo —apuntó Thanos con severidad—, ¿cómo sabemos que no reorganizará a los Scorfil que quedan?

—Entiendo su inquietud, señor Tsuul —dijo Astucieus en apariencias, tranquilo, mas Bryant pudo ver en sus ojos una chispa de enfado—, pero puedo asegurarle que la señorita Monanti no haría tal cosa, en especial porque fue precisamente por culpa de su padre que perdió a su madre y hermana. Sería absurdo que ahora apoyara su causa.

—Yo creo que es una buena muchacha —comentó Vlad con una voz áspera y cadenciosa—. Aunque no voy a negar que me causa un poco de inquietud sus poderes. ¿Cómo sabemos que no los usará en contra nuestra?

Bryant apretó los dientes. Eso sí era inaudito, ¿cómo podían los eruditos pensar de aquella forma de Elizabeth, después de que los había salvado a todos?

—Con el debido respeto, caballeros, señora Dadle, pero Elizabeth nunca haría algo como lo que ustedes piensan —dijo, respirando hondo para sus adentros—. Es cierto, la entrenamos durante un año, pero eso no significa que tenga el control suficiente sobre su magia como para levantar y dirigir un ejército.

—¡Ah! —saltó Megan como si estuviesen en un tribunal y acabase de descubrir al acusado infringiendo la ley—, ¡con mayor razón deben encerrarla, alguien con semejante poder y sin control podría volarnos a todos en mil pedazos!

Astucieus forzó una sonrisa de lado.

—Tampoco está tan descontrolada, señora Dadle. Por algo el señor Dikoudis ha referido que la entrenamos. Yo en persona fui quien le enseñó a controlar su magia y la instruyó en el combate.

—Nos preocupa, señor Thrampe —dijo Itzal con voz serena, en un intento por calmar los ánimos—. Tememos que culpe al señor Dikoudis de las desgracias caídas sobre su familia y quiera tomar represalias contra él, contra todo Cultre. Usted mismo me explicó que en las escrituras de Sheila se hablaba de su inmensurable poder.

—Ella jamás nos traicionaría —le aseguró Bryant—, a nadie, al señor Thrampe y a mí nos ve como a sus maestros, nos profesa respeto. Además, si en verdad fuese a hacernos daño, lo habría hecho cuando estuvimos vulnerables, cuando el señor Thrampe estuvo en el hospital, por ejemplo.

—Yo creo —habló por primera vez Duncan—, que deberíamos darle una oportunidad. Los señores Garque convivieron con ella durante un año, si tramase algo lo habrían notado. Además, la joven es nueva en el mundo, no es como si pudiese hacerse de aliados a la primera de cambio, o llevar a cabo un plan tan grande como lo es una traición.

—¡Pero es hija de Tyr! —estalló Megan—. ¡No podemos confiar en nadie que comparta su sangre!

—Mi estimada señora, la sangre no hace al hombre —la contradijo Astucieus—. Me sorprende que usted, con la prodigiosa educación que tiene, crea en esas cosas.

—Tal vez por sí sola Elizabeth Monanti no sea un peligro, ¿pero quién asegura que no haya alguien detrás de ella? —contraatacó la susodicha con los ojos entornados—. Alguien inteligente, capaz de manipularla. Y si manipula a la chica manipula sus poderes.

—Le garantizo, señora Dadle, que fueron contadas las personas que estuvieron relacionadas con la señorita Monanti, por lo que nos habríamos percatado de algún cambio. A menos que… —el Garque esbozó una sonrisa peligrosa—, desconfíe de nosotros.

Megan soltó una risa aguda. Bryant tuvo ganas de golpearla.

—Para nada, mi querido Astucieus —dijo en un tono dulce que crispó los nervios del castaño—. Aunque no voy a negar que me molestó mucho la muerte de Âkil Hendrich, espero que en verdad lo matase Tyr, y no alguien más con tal de ascender al poder.

Fue demasiado. Astucieus se levantó con los ojos contorneados en rojo, Bryant consiguió sostenerlo por ambos brazos a duras penas.

—No le des gusto, Astucieus —le susurró al oído—, sabes que lo hace para provocarte. Contrólate, o a quien van a encerrar en Katvel será a ti.

—Megan, por favor —dijo Itzal y disparó a su compañera una mirada taladrante—. Se me hace de muy mal gusto que pienses eso del señor Thrampe. Todos aquí sabemos lo mucho que le dolió la muerte del señor Hendrich, por ser este su mejor amigo.

—Gracias por su apoyo, señora Txaran —dijo Astucieus quien volvió a sentarse, a regañadientes, porque Bryant estaba seguro de que si lo dejaban, manipularía a Megan hasta que dejase de respirar—, pero podría decir lo mismo de la mayoría de ustedes. Se me hace de muy mal gusto que tengan esas ideas acerca del Monanti, quien arriesgó su propia vida para salvarnos a todos.

Itzal suspiró y se hundió en su silla. Megan parecía querer desintegrar a Astucieus con la sola mirada; Thanos se puso ceñudo, Duncan se limitó a contemplar sus manos entre cruzadas sobre la mesa mientras que, Vlad se limitó a bajar la cabeza arrepentido.

—Lo sentimos, señor Thrampe —dijo la presidenta en nombre de todos. O de casi todos, porque su compañera no daba la impresión de lamentarlo en lo absoluto—. Desde la muerte del gobernador todos estamos un poco alterados, preocupados de que alguien pueda volver a traicionarnos. Pero si ustedes dicen que no hay problema con la señorita Monanti, voy a confiar en sus palabras. Por otra parte —se enderezó, el resto de los miembros del Saigrés se acomodaron en sus puestos, preparados para abordar otro tema— y como ya sabe, las selecciones están a la vuelta de la esquina, ¿asumo que tomará el cargo de Primero al mando?

—No.

Itzal parpadeó, confundida. Bryant fue incapaz de ocultar una mueca. Desde que la líder de la Triada había sugerido que su compañero fuese el próximo gobernador, éste se había negado rotundamente, si bien el castaño desconocía sus motivos.

—¿Perdón? —dijo la presidenta del Saigrés—. ¿A qué se refiere con esa negativa?

—A que no ascenderé a ese cargo, señora Txaran —contestó Astucieus con rotundidad—. No estoy calificado para ejercer ese papel.

—Discúlpeme, señor Thrampe, pero su desempeño durante el último año dice lo contrario —discrepó Duncan con una ceja en alto—. No sólo ocupó tres puestos a la vez, sino que también invirtió tiempo en el entrenamiento de la señorita Monanti.

—Agradezco el cumplido, señor Zephyr, pero he de insistir —rechazó Astucieus con elegancia—. De todos soy el menos indicado para ello. El señor Dikoudis, por el contrario, sería un buen gobernante —el aludido sintió perder el color, miró a su compañero con los ojos como platos—. Incluso la señorita Monanti ejercería un mejor papel: es noble, valiente, inteligente, refinada y estimada por el pueblo.

—¿Esa chiquilla, gobernadora? —se rió Megan—. Eso es ridículo. Además, tiene veinte años, no veintiún siglos, que es el mínimo de edad para ser Garque.

—No me parece tan mala idea—comentó Duncan y se acarició el mentón—, Concuerdo con el señor Thrampe, la gente tiene muy buen concepto de ella: miembros del ejército hablan de su determinación en combate, su poder es inconmensurable, mientras atendió a los refugiados se ganó su respeto y estima, y eso es algo a tener en cuenta para desempeñar el puesto de gobernante.

—No sería justo para los eruditos de la Rama Real de Oro —terció Thanos, severo—. Dadle tiene razón, no cumple con el mínimo de edad, en teoría, ni siquiera tiene un siglo.

—Eso es porque en la Tierra no se puede vivir tanto —rechazó Bryant con educación, pero visiblemente entusiasmado con la idea. Sentía que hasta Elizabeth tenía mayor temple que él para ejercer el cargo.

—¡Ni hablar! —exclamó Megan muy acalorada—. ¡Esa muchacha no puede ser Garque, mucho menos ser gobernadora!

Itzal soltó aire como si implorase paciencia a los cielos. Bryant la compadeció, aunque él habría pedido un rayo que partiese en dos a la mujer. Empezaba a odiarla tanto como lo hacía el Segundo.

—Entiendo tu postura, Megan —dijo con calma—, De hecho, hay otro requisito que la señorita Monanti no cumple, y es el de llevar mínimo un siglo como Garque.

—¡Exacto! —exclamó la vicepresidenta—. Apenas conoce nuestras costumbres y tradiciones, apenas controla su magia. No pueden permitir que alguien así suba al poder, nos llevará a la ruina.

—Y por eso, recomendaría que recibiese asistencia, que hubiese una especie de Ministro de gobernación.

Al mismo tiempo, las sillas se corrieron al ponerse de pie sus ocupantes. Todas excepto la de Astucieus, quien permaneció sentado unos segundos antes de también levantarse.

Acababa de materializarse un hombre alto, rubio y de ojos azules, con un cuerpo atlético y brazos fuertes, enfundado en una túnica blanca, ceñida con una cuerda dorada. A diferencia de los ahí presentes, Astucieus no bajó la cabeza, ni adoptó una expresión respetuosa. Todo lo contrario, le sostuvo la mirada al recién llegado, su expresión iba entre el desconcierto y el horror.

—Mi señor Zehel —dijo Itzal con voz solemne—, es un honor tenerlo entre nosotros.

—Mi querida Itzal —el aludido se acercó a la mujer y le besó una mano, Bryant se apresuró en hacer aparecer una silla, más alta y elegante que las otras—, para mí es un gusto y un placer estar entre ustedes.

—Mentiroso —masculló Astucieus, mas sólo Bryant pareció oírlo porque le pegó un codazo con disimulo—. Auch, vuelve a codearme y te dejo manco, Dikoudis.

—Compórtate —susurró el castaño de vuelta.

Zehel, el Dios de dioses,  ocupó el puesto que le habían asignado y repasó a cada uno con la mirada. Sus súbditos se mantuvieron en silencio, con las cabezas gachas, en señal de rotunda sumisión. Todos menos Astucieus, quien lo miró directo a los ojos, pero al final cedió ante el azul intenso de sus iris. El Dios rió entre dientes, complacido y autosuficiente, antes de aclararse la garganta y comenzar a hablar.

—Elizabeth Monanti ha demostrado ser leal a la pirámide y a los Señores del Cielo —dijo con porte aristocrático—, por tanto, echarla de aquí sería una enorme falta de gratitud. Con respecto a su ascenso a Garque, estoy de acuerdo con que presente las pruebas y, en caso de que fuese seleccionada para cubrir la gubernatura, sugeriría que alguien más la aconsejase. Alguien como el señor Thrampe, por ejemplo.

Astucieus levantó la cabeza tan de golpe, que estuvo seguro de oír crujir sus vértebras, sus manos se apretaron en puños. Megan y Thanos también se enderezaron, la primera frunció el entrecejo denotando enfado.

—Con el debido respeto, mi señor —dijo—, pero no creo que la señorita Monanti sea apta, además de que no cumple los dos principales requisitos.

—Yo tampoco soy apto —agregó Astucieus muy serio—. Sin embargo, creo que la señorita Monanti desempeñaría un papel admirable. Sé que no cumple con dos de los requerimientos, aún así debería dársele la oportunidad, no sólo por las cualidades antes mencionadas, sino porque se merece ese honor.

—Admiro su modestia, señor Thrampe. Señora Dadle —agregó con una sonrisa encantadora—, creo que la subestima. Debo insistir, la señorita Monanti es una magnífica candidata para ese puesto y, ¿quién mejor que su hüteur para guiarla?

Astucieus tensó la mandíbula, Bryant estuvo seguro de escuchar rechinar sus dientes.

—En realidad, planeaba pedir mi degradación —dijo el hombre en un medio gruñido, Bryant no terminaba de comprender por qué tanta resistencia a ascender al puesto de gobernador—… señor.

Zehel compuso una media sonrisa que no pareció sentir en realidad. Bryant sacudió la cabeza, ¿por qué esa actitud de la deidad? Era cierto que Astucieus merecía que le zurcieran la boca, ¿pero no se suponía que el Dios de Dioses debía ser noble y compasivo?

—Denegada —declaró con frialdad.

Astucieus se aferró al borde de la mesa para no cometer una locura. Los demás parpadearon, confundidos por su actitud.

—Con el debido respeto, mi señor —le interceptó Duncan—, ¿pero por qué ha de denegar la petición del señor Thrampe? Digo, si se puede saber. En mi opinión, lo tiene bien merecido, luego de todo lo que hizo durante la guerra contra Tyr.

—Entiendo sus razones, señor Zephyr —dijo Zehel y pareció recuperar su amabilidad—, pero si no mal recuerdo, está en sus leyes el que un Garque permanezca en el puesto a menos que una enfermedad atiente contra su vida. Sé que el señor Thrampe lo tendría bien merecido por los méritos conseguidos, pero al igual que él otros Garque me han solicitado en el pasado la misma petición, y yo me he negado.

—¿Por qué? —se atrevió a preguntar Bryant.

Se arrepintió al instante. Algo oscuro se removió en los ojos de Zehel, y se clavó en él como una daga.

—¿Duda de mis decisiones, señor Dikoudis? —dijo, su tono suave como la cera poseía el filo de una navaja—. Porque eso significaría un problema.

Bryant negó con la cabeza, al mismo tiempo que se apoyaba sobre la mesa, de pronto su cuerpo era sacudido por temblores, su frente perlada en sudor.

—Para nada, mi señor. Yo…disculpe mi atrevimiento.

—Disculpas aceptadas —sonrió el Dios, y Bryant sintió desaparecer aquello que lo afectaba—. Por otra parte —miró a Astucieus con una ceja en alto—, sería una pena perder su astucia y determinación en los altos puestos, señor Thrampe. Confíe en mí, no desista como guardián.

El aludido no respondió. No podía. Temblaba, sus ojos brillaban de cólera, las uñas de sus manos formaron medias lunas en las palmas.

—Disculpe si sueno atrevido, mi señor —habló Thanos—, pero dudo mucho que los estudiantes de las últimas ramas estén de acuerdo  con que la señorita Monanti asuma la gubernatura, podríamos tener problemas con ellos de aceptar su propuesta.

—Despreocúpese, señor Tsuul —lo tranquilizó Zehel—. No lo hubiera sugerido si supiera que les causaría conflicto.

—Confiamos en su inmensa sabiduría, mi señor —dijo Itzal—, y actuaremos según su consejo: Elizabeth Monanti será sometida a las pruebas para Garque. En caso de que llegue hasta el final, el señor Thrampe actuará como Ministro. Si no, ocupará el puesto de gobernador, ¿he entendido bien?

—Perfecto —el Dios dio una palmada enérgica—. Me alegra haber sido de ayuda, damas, caballeros —inclinó la cabeza a modo de despedida y se levantó—, les deseo un maravilloso día.

—Lealtad eterna a los señores del Cielo —corearon el Saigrés y Bryant, puestos en pie.

Zehel les dedicó una última sonrisa antes de desaparecer tras una explosión de luz, seña que pareció dar por terminada la reunión, porque los miembros del Congreso se enfrascaron en charlas animadas, Megan era la única que lucía no muy conforme con las decisiones tomadas; Bryant iba a llamar la atención de su compañero al posar una mano sobre uno de sus hombros, pero Astucieus se levantó de golpe, todavía con la expresión truncada.

—Dikoudis, acompaña a los eruditos a los límites de la Morada —ordenó con aspereza—. Si me disculpan, hasta que no haya un gobernador como tal debo cubrir dicho puesto y, pasan de las diez de la mañana.

Giró sobre sus talones y abandonó la habitación, Bryant lo vio marcharse con una sensación extraña en su interior. Él siempre había confiado en el buen juicio de los Señores del Cielo pero, y no sabía por qué, algo le decía que Zehel se había guiado más por cobrarle algo al hombre que por tener una razón que lo respaldase.

La pregunta era, ¿qué podría deberle Astucieus al Dios?

 

 

N/A:

Una disculpa por el pequeño retraso en la actualización de este cap, pero ahora con la epilepsia, mis horas frente al ordenador me han sido reducidas drásticamente (por eso mismo no he podido actualizar «Prohibido ser feliz», mil perdones). De cualquier forma, aquí está, en contra de que ando medio drogada por tanta pastilla >.< Pero espero que les guste, y ya saben, cualquier tipo de comentarios son bienvenidos, en especial, si son en favor del crecimiento de su autora y la historia n.n

Un saludo a todos y ya saben, ¡tecleen que yo los leo!



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