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Destino II. Epidemia. » Lados oscuros
Destino II. Epidemia. (R15)
Por Kajiura
Escrita el Martes 5 de Mayo de 2015, 23:20
Actualizada el Miércoles 4 de Octubre de 2017, 01:30
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Lados oscuros

XVIII

Lados oscuros

 

A Bryant casi le da un ataque al ver materializarse a un Astucieus, Gabriella y Elizabeth ensangrentados, justo en el medio de su habitación.

—¿Pero que…qué…? —tartamudeó, conmocionado.

—Mi señor… —Gabriella señaló con premura a Astucieus, quien se había desvanecido de nuevo—. Rápido, pierde mucha sangre, Elizabeth estuvo a punto de cercenarle el brazo.

—¿Elizabeth? —repitió Bryant sin comprender. Pero vio el estado cada vez más pálido del segundo y cambió su expresión por una severa—. De acuerdo, las explicaciones después.

Teletransportó al grupo rumbo a la enfermería de los Garque, en donde entre él y Gabriella —esta última, después de vendarse su propio brazo— acomodaron a Astucieus sobre una de las camillas, antes de hacer lo mismo con Elizabeth. Acto seguido, la pelirroja prosiguió a explicarle lo ocurrido, mientras Bryant extraía pócimas e instrumental para intervenir a su compañero. Con cada palabra que salía de la boca de Gabriella el ceño del castaño se acentuaba más, pero en ningún momento el guardián la interrumpió. Al cabo de unos minutos alguien llamó a la puerta, y al inicio tanto Bryant como Gabriella pretendían ignorarlo, hasta que una voz femenina, jadeante, se hizo oír al otro lado.

—Soy yo, señor Dikoudis: Beryl Wonna. Déjeme pasar, por favor, lo he… lo he visto todo en una visión.

Bryant soltó aire con fastidio, pero abrió la puerta de la enfermería y dejó entrar a Beryl. La pitonisa ahogó una exclamación al identificar el cuerpo malherido de Astucieus.

—Dioses benditos… —murmuró con las manos en la boca—, es peor de lo que atisbé… —repasó a Gabriella y Elizabeth con la mirada, antes de volverse hacia Bryant con semblante adusto—. ¿Qué puedo hacer?

Él se sintió aliviado de que la mujer estuviese dispuesta a colaborar más que a estorbar. Entre los dos terminaron de atender las heridas del Segundo, luego las de Gabriella y por último, las de Elizabeth, que eran las menos graves. A Bryant le sorprendió la destreza con la que Beryl manipulaba el instrumental de curación, sin contar con lo habilidosa que era para preparar cataplasmas.

—Con esto no te quedarán cicatrices —le explicó la pitonisa a Gabriella—, pero hay que aguardar un par de horas, tres para estar seguros. Y no te preocupes por lo de tu secreto, me enteré por una visión enviada, así que eso debe ser respaldo suficiente para que no te apliques el sepuku, ¿no? —finalizó con una media sonrisa.

Gabriella le regresó el gesto.

—Sí, supongo que sí.

—Señorita Wonna, ¿le importaría quedarse con ellos un momento? —Bryant se secó el sudor de la frente—. Tengo que ir a ver cómo están las cosas en el palacio de justicia, y ver qué explicaciones me puedo inventar para salir del apuro. A estas horas, la prensa ya debe estar enterada, y no quiero dejar a ninguno de los tres solos.

—Despreocúpese, mi señor, yo los velaré.

—Ponga hechizos de protección. Si el Verzaik intenta irrumpir en la estancia, haga oídos sordos, no deben ver a Elizabeth aquí, y tampoco puedo regresarla a ella y la señorita Altus a su dormitorio, no en el estado en el que están. De cualquier forma, dudo que los Kunne vengan a asomarse siquiera, querrán hablar conmigo primero, si es que ya se han enterado.

—Como ordene, señor Dikoudis.

Bryant salió de la enfermería antes de desaparecer. En efecto, el caos reinaba en el palacio de justicia, y Bryant tuvo que hacer uso de toda su paciencia, autoridad y entereza para despachar a los guardias y los medios de comunicación. Por fortuna, la recepcionista no recordaba el encuentro con Elizabeth, así que el Quinto al mando ofreció como explicación que el Segundo había sido atacado por demonios.

—¿Y por qué no abrió la puerta para que lo auxiliasen? —preguntó una periodista.

—El señor Thrampe se preocupa por su gente, y no deseaba que nadie más saliera herido —explicó Bryant con calma. Todos soltaron un «aaahhh» conmovidos—. Por otra parte, sus heridas eran de gravedad y de haber esperado más tiempo no habría sobrevivido. Yo mismo me he encargado de atenderlo y ahora se recupera en el Templus…

—Señor Dikoudis, en su opinión, ¿por qué cree que un grupo de demonios atacaría al señor Thrampe? —preguntó otro periodista.

—Aún no tenemos nada en concreto, pero es probable que se trate de demonios antaño aliados con el rey Tyr, en busca de venganza por la muerte de su dirigente.

—Pensé que los demonios le habían seguido por el pacto realizado con Aranea —dijo el hombre con un pestañeo inocente—. ¿Por qué iban atacar al Segundo ahora, si quien realizó el pacto con su señora está muerto? ¿O es que pretenden seguir a su hija?

Hubo murmullos nerviosos.

—La señorita Monanti no tiene nada que ver con esto —respondió Bryant con ceño—. Como la mayoría ya sabrá, ella nunca tuvo contacto con su progenitor hasta el enfrentamiento en el que ella misma lo derrotó.

—Sabemos que la señorita Monanti va a presentar las pruebas para el cargo de gobernación —dijo la mujer que había realizado la primera interrogante—. ¿No le parece que es demasiada coincidencia que el Segundo al mando haya sido atacado apenas unos días después de que iniciaran las pruebas?

Bryant entornó los ojos.

—¿Qué es exactamente lo que insinúa, señorita?

—Que exista una probabilidad de que Elizabeth Monanti intente apartar al Segundo del camino —intervino el reportero—. Al fin y al cabo, es hija del difunto rey Tyr, y por su sangre corren los genes de ese desalmado…

A Bryant le dio la impresión de estar discutiendo con la señora Dadle otra vez. Respiró hondo y apretó las manos, en su sien derecha comenzaba a hacerse sentir un palpitante dolor.

—Puedo garantizarles, señores, que la señorita Monanti no haría tal cosa. Como ya saben, el puesto de gobernador no se disputa, lo toma en automático cualquiera de los Garque que lleve ejerciendo como mínimo un siglo, y la señorita Monanti presenta las pruebas no por orden nuestra, sino por mandato divino.

—¿Sugiere entonces que los señores del Cielo muestran favoritismo hacia ella? ¿No es eso un tanto injusto para el resto de participantes?

—¿Por qué no se lo plantea a nuestro señor Zehel? Seguro a él le encantará explicar su concepto de justicia —espetó Bryant, y se negó a responder cualquier otra pregunta.

Sin embargo, todavía hubo de enfrentar al Verzaik. Elina y Ebe se mostraron sinceramente preocupadas por el estado de salud de Astucieus, mientras que Eunice apoyaba las teorías de los reporteros. Electra, por otra parte, se mantenía neutra, y Érix estaba más interesado en saber cuándo Astucieus podría reincorporarse a sus labores, sin dejar de mostrar su desagrado hacia los ataques de la prensa contra la persona de Elizabeth, y la incompetencia de Bryant para solventar la situación.

—No debió cortar así la conferencia —le reprendió—. ¿Cómo se supone que la señorita Monanti ascienda al cargo de gobernadora si su propio pueblo duda de sus nobles intenciones?

—La señorita Monanti no ascenderá únicamente por sus nobles intenciones, señor Kunne —replicó Bryant—. Lo hará porque posee las cualidades necesarias, y este tipo de eventos no son sino pruebas que deberá afrontar. Ningún gobernador es santo de devoción de todo el globo.

—Y no obstante, con su comportamiento la ha perjudicado más de lo necesario —insidió Érix—. ¿Cómo puede hacerse llamar su hüteur?

—Soy su hüteur porque la rescaté de ser quemada en la pira —rebatió Bryant a duras penas conteniéndose—. Soy, al igual que el señor Thrampe, su hüteur porque me encargué de su entrenamiento durante todo un año, y porque precisamente, en estos momentos de crisis he intentado librarla de las acusaciones lo mejor posible. Me hago responsable de lo que digo, señor Kunne, no de las interpretaciones que puedan hacer los demás. Si tanto le ofenden las habladurías acerca de la señorita Monanti, es porque naturalmente, no la conoce como lo hacemos nosotros sus hüteur.

—¿Me está acusando de algo, señor Dikoudis? —objetó Érix con los dientes apretados.

—Como dije antes, me hago responsable únicamente de lo que digo —le dio la media espalda de forma educada, aun así logró atisbar cómo Érix se ponía rojo de la rabia—. Ahora si me disculpa, la vida del Segundo todavía se encuentra en peligro, y estará de acuerdo conmigo en que no podemos darnos el lujo de perder a otro guardián, ¿verdad? —miró a las hermanas—. Damas, espero sepan dispensarme durante la cena.

—Señor Dikoudis, si hay algo que podamos hacer para mejorar el estado de salud del señor Thrampe… —dijo Elina.

—No se apure, señorita Kunne, estoy seguro que su hermano sacará adelante el trabajo de los puestos del señor Thrampe durante su ausencia… ¿o me equivoco, señor Kunne? —finalizó y le lanzó a Érix una mirada chispeante.

—Desde luego que lo haré —barbotó este con la nariz en alto, como para disipar las dudas que cualquiera de los presentes pudiera haberse planteado—. Aunque espero que el Segundo no abuse de su convalecencia.

—Ya basta, Érix —lo cortó Ebe, enfadada—. El señor Thrampe volverá a sus labores cuando el señor Dikoudis así lo crea conveniente, y no antes —le sonrió a Bryant—. Dispénsenos, señor Dikoudis, pero toda esta situación nos tiene un poco tensos.

—Descuide, señorita Kunne, lo entiendo perfectamente.

Para cuando Bryant volvió a la enfermería, la migraña que minutos antes se había anunciado era más que notoria, por lo que le costó despedir a Beryl con educación, si bien la pitonisa no protestó mucho al verle la cara. La cataplasma que le había aplicado a Gabriella había dado resultados espectaculares, y tanto su cara como sus brazos estaban limpios. Lo mismo había ocurrido con la pierna de Elizabeth, no así su nariz, la cual tardaría en recomponerse un rato más.

—¿Es normal que no haya despertado? —preguntó Gabriella mirando a Elizabeth con preocupación.

—Fue poseída por un monession —Bryant se masajeó las sienes y se dejó caer en una silla—, y por lo que me contaste sobre esa flecha, digamos que la exorcizaste. Ese tipo de cosas siempre deja extenuada a la víctima, sino es que acaba con su vida antes… —curvó los labios en una media sonrisa—. Por cierto, buen golpe, estuviste cerca de destrozarle la nariz…

Gabriella se ruborizó.

—Lo siento, mi señor, yo…

Bryant la cortó con un ademán displicente y una risa cansina.

—Era una broma, Gabriella. En realidad, no sé cómo darte las gracias por salvarle la vida al segundo… —miró al susodicho con expresión sombría—, o si debería lamentarme de que lo hubieses hecho.

Gabriella lo miró sin entender.

—¿Señor?

El castaño sacudió la cabeza.

—No me hagas caso. Estoy demasiado cansado y no pienso con claridad… Dime, ¿has considerado ya qué le dirás a Elizabeth en cuanto despierte?

—Bueno, sí, si la recepcionista no recuerda lo acontecido, es probable que Elizabeth tampoco, ¿no? —Bryant cabeceó—. Es más, dudo que siquiera recuerde la salida con el señor Kunne, si mis sospechas son ciertas, la posesión se dio en el momento en el que esa mujer del restaurante la tocó… el caso es que podría decirle que luego de la salida con el señor Kunne, decidió dar un paseo por su cuenta, y que una horda de demonios la emboscaron, aunque por suerte, yo no estaba muy lejos de allí y la auxilié. Tendría sentido, teniendo en cuenta que los demás piensan que al señor Thrampe le pasó lo mismo, Elizabeth podría creer que Aranea está detrás y que busca aniquilarlos a ambos.

—Que de hecho, creo que fue exactamente lo que pasó, aunque no imagino por qué Aranea querría eliminar a Astucieus, y por qué iba a usar a Elizabeth para ello.

—Tal vez quería matar dos pájaros de un tiro —se aventuró a decir la pelirroja—. Si Elizabeth hubiera matado al señor Thrampe, la habrían condenado a muerte, ¿no? Es la pena que se da a quienes atentan contra la vida de un Garque, y a fin de cuentas, Tyr detestaba al Segundo tanto como a su propia hija. Resulta natural que Aranea quiera exterminarlos.

Bryant arqueó ambas cejas, asombrado.

—¿Sabes? Creo que el puesto de Segunda al mando se te daría muy bien.

Gabriella soltó una risita nerviosa.

—Gracias, mi señor, aunque… —se acomodó un mechón de cabello detrás de una oreja—. Tengo que admitir que no me ha ido muy bien en la prueba práctica de hoy.

—Bah, nadie sale invicto en todas las pruebas. Si no falla en las que aplica el Saigrés lo hacen en la que impone Zehel.

—¿Nuestro señor Zehel impone una prueba?

—Sí. ¿Nunca has presenciado un Sainte Rituell? —Gabriella negó con la cabeza—. Bueno, al final de las evaluaciones realizadas por el Saigrés, quedan dos candidatos por puesto. En el Sainte Rituell, nuestro señor Zehel aplica una prueba final, que determinará quién asumirá el cargo.

Gabriella tragó en seco.

—Y a usted… ¿a usted qué tipo de prueba le asignó?

Los ojos de Bryant se apagaron.

—Me obligó a azotar a mi hermano gemelo.

Gabriella se estremeció.

—Yo…no sabía que tuviera un hermano.

—Lo tenía —la corrigió él con suavidad—, pero está muerto.

—Lo siento, mi señor, no pretendía…

—No importa —Bryant se levantó—. En cualquier caso, las pruebas de Zehel siempre son las más duras, porque te ponen al límite, a fin de comprobar si realmente mereces el cargo. Así que no te angusties tanto si no sales tan bien en las evaluaciones del Saigrés, porque lo verdaderamente difícil viene al final.

—Entiendo.

Una vez Elizabeth se hubo recuperado del todo, Bryant le administró un somnífero para que no despertara en lo que quedaba de noche, antes de ayudarle a Gabriella a llevarla a las estancias de las candidatas. Por fortuna aquel había sido un día lo bastante ajetreado como para que nadie se preocupara demasiado por la ausencia de ambas muchachas, así que cuando llegaron, todas las camas estaban ocupadas por sus respectivas inquilinas, quienes dormían apaciblemente.

—Muchísimas gracias, mi señor —murmuró Gabriella de vuelta en el pasillo—. Espero… espero que el señor Thrampe se recupere de sus heridas pronto.

Bryant enarcó una ceja y la miró con gesto divertido.

—En realidad, creo que te gustaría lo contrario —la erudita rio y se sonrojó—. Créeme, no eres la única. Astucieus es… —suspiró—. En fin, mañana será otro día…

—Que descanse, mi señor.

—Igualmente, Gabriella. Que tengas buenas noches.

Se alejó, y desapareció un par de pisos más arriba.

Reapareció en la enfermería, en donde se dispuso a trabajar en esa infusión que anularía el estallido de sus apariciones. Estaba exhausto, tanto, que dudaba que pudiese conciliar el sueño. Por otra parte, debía velar que todo marchara bien con Astucieus. La última vez que Bryant abordó el asunto del retiro de Elizabeth de las pruebas, su superior se había puesto colérico y le había prohibido sacar el tema a colación, pero dadas las circunstancias, Bryant planeaba desobedecer esa orden, así le costase una quemadura de tercer grado, o un chorro de ácido en un brazo.

—Y hablando de brazos… —estudió la herida del hombro de  su superior, e hizo una mueca—. Algo me dice que no podrás moverlo con la misma agilidad de antes, compañero —chasqueó la lengua—. Maldición, Astucieus, ojalá Elizabeth te lo hubiese segado para que aprendieras la lección… —soltó aire, pero sus ojos emitieron un fulgor oscuro—. No importa, si no la has aprendido con esto, me encargaré de que lo hagas. Bastante daño le has hecho ya, como para que encima pongas en riesgo su vida.

Retomó sus actividades y luego de un par de horas, se tumbó en una de las camillas para dormitar.

 

Gabriella nunca pensó que la explicación de lo supuestamente ocurrido el día anterior fuese a calar tan hondo en Elizabeth. Kya y Cleopatra mostraron preocupación, pero ella… había algo en sus ojos que Gabriella no supo descifrar. Al menos, no al inicio. Sin embargo, cuando Ian llegó con el diario en donde aparecía la noticia sobre el ataque al Segundo al mando, Gabriella notó claramente cómo todos los músculos del cuerpo de la chica se tensaban, y sus manos, pese a haberse apretado en puños, temblaban violentamente. ¿Sería posible que la joven recordara lo acontecido? Y si era así, ¿por qué no la había desmentido en los dormitorios?

—Creo… creo que necesito tomar aire fresco —anunció Elizabeth y se levantó, antes de dirigirse hacia la salida sin dar tiempo a que nadie la detuviese.

—Iré con ella —se apresuró en decir Gabriella, dejando de lado su taza de té para incorporarse—. Después de todo, el señor Thrampe es su hüteur, esto seguro le ha afectado…

—Lo siento —se disculpó Ian con gesto compungido—, no me acordé… por favor, dile que no era mi intención alterarla.

Gabriella le sonrió.

—Tranquilo, se lo diré.

No le costó mucho encontrar a Elizabeth. En realidad, fueron los chismorreos de las alumnas lo que guio a Gabriella hasta los aseos de damas más cercanos, en donde Elizabeth se  había metido en uno de los cubículos y vomitaba ruidosamente. Gabriella maldijo por lo bajo, espantó a las dos alumnas que fingían retocarse el maquillaje antes de cerrar la puerta y poner hechizos de protección. A continuación, se volteó hacia el cubículo donde se hallaba su amiga, dentro el ruido de arcadas había cesado.

—¿Elizabeth? —la llamó, cautelosa—. Puedes salir, he echado a todo el mundo…

Oyó cómo la chica tiraba de la cadena, antes de correr el cerrojo y abrir la puerta. Estaba pálida y se abrazaba a sí misma, luciendo demasiado indefensa, demasiado pequeña. A Gabriella se le partió el corazón.

—Lo siento… —dijo con la voz ronca. Se acercó a los lavabos y se enjuagó la boca—. Creo… creo que la noticia me ha golpeado más de lo que pude soportar.

—Oye… —Gabriella le colocó una mano sobre el hombro—, estoy segura que  el señor Thrampe se pondrá bien…

Elizabeth negó con la cabeza.

—Tú no lo entiendes —se giró hacia ella—. Yo… me he estado resquebrajando desde que entré a las pruebas y… anoche tuve un sueño…

—¿Si…? —inquirió Gabriella, sutil.

Elizabeth volvió a abrazarse y a estremecerse.

—No lo entenderías…

—Ponme a prueba —le sonrió la erudita.

Elizabeth se mordió el labio.

—La gente… la gente se admira de lo que hice, dicen que fui muy valiente al enfrentarme a Tyr, al enfrentar todo lo que se me vino encima con tanta facilidad… Pero no fue tan sencillo —relató—. Había demasiado dolor, demasiado odio en mí… y mi señor Thrampe se valió de ello durante mi etapa de entrenamiento. Una parte de mí quería venganza, pero la otra no deseaba ser una asesina, porque Dios, para llegar a Tyr iba a tener que matar a muchísimas personas… Quizá si hubiese recibido una instrucción a temprana edad como la de mis hüteur las cosas habrían sido distintas…pero sólo teníamos un año, y debieron tomarse medidas drásticas…el caso es que cuando el maestro Thrampe me obligó a asesinar a reos yo…simplemente no pude soportarlo —tragó con fuerza, sus ojos brillaron acuosos. Gabriella estaba horrorizada—. Sí, eran criminales condenados a muerte, pero eso no bastaba. El odio y la venganza dejaron de ser suficiente aliciente. Quiero decir, a ratos eran un motivo lo bastante poderoso como para hacerme seguir. No obstante, vinieron las pesadillas, y una tarde uno de los reos suplicó piedad a gritos, pero mi hüteur me ordenó continuar, y cuando acabé con la vida de aquel pobre desgraciado, me desmoroné. Después recuerdo muy poco, pero fue como si me rompiera, como si me hubiera hecho pedazos por dentro, Bryant me dijo que reía y lloraba a la vez, y que él se asustó muchísimo… pero yo… yo sólo recuerdo que caía, que me precipitaba hacia un abismo oscuro, y sin embargo, sabía que allí estaría a salvo. A salvo del odio, del dolor, de la responsabilidad, de todo… y entonces, mi hüteur Thrampe me abofeteó. Lo hizo tan fuerte que me reventó el labio, pero fue la patada en el estómago lo que me regresó a la realidad, como si una mano invisible hubiese tirado de mí para traerme de vuelta —suspiró—. Cuando recobré el control, me sentía… deshecha. Oía lo que me decían, sabía que me hablaban a mí, pero mi cuerpo no me respondía, y mi mente estaba tan exhausta y fragmentada, con ese lado mío regocijándose en el homicidio que acababa de cometer, mientras que el otro no paraba de reprenderme, y al mismo tiempo, la voz suplicante del reo se repetía una y otra vez. De repente, alguien vertió algo por mi garganta. Fue cuando escuché la voz de mi señor Thrampe dentro de mi cerebro. Él había usado esa poción en mí una vez, pero en esa ocasión fue distinto. De alguna forma, él recogió cada uno de los pedazos de mi mente y los reconstruyó, los… unió de nuevo, por así decirlo. La voz del preso, mi parte oscura y mi parte buena se fundieron en uno, y el dolor y las contradicciones que dentro de mí sentía desaparecieron. Antes de abandonar mi cabeza mi hüteur… no sé cómo explicarlo, puso una especie de sello en mí…

—¿Como para contener todo aquello? —le ayudó Gabriella, al ver que Elizabeth era incapaz de continuar, con la respiración entrecortada. Finalmente la chica asintió, despacio—. ¿Y después qué pasó?

—Volví a sentirme bien, completa y más decidida que nunca. Comencé a cuestionarme menos acerca de las vidas con las que acababa, incluso puse mayor dedicación en aprender encantamientos oscuros… Pero desde que maté a Tyr, ese… sello se ha ido desgastando. Yo ya lo había venido notando, me atreví a cortar en seco a Astucieus cuando este estaba reprendiendo a Bryant por defenderme, y luego estuve a punto de perder los estribos y asesinar a la señora Dadle, el día en que me llevó a las estancias de las candidatas. Y anoche… anoche soñé que bailaba con alguien de rostro grotesco. Pese a todo no le temía, ni siquiera me inspiraba repulsión. «Los dos sabemos que lo disfrutas», me dijo con una sonrisa que me pareció tan tentadora. «Lo deseas, y además estás en tu derecho, porque él ha hecho lo que ha querido contigo… Mátalo, Elizabeth. Mátalo y deja que la calidez de su sangre enfunde tus manos como guantes de terciopelo…»

Gabriella tenía la garganta seca.

—Y tú… ¿qué le dijiste?

—No le dije nada —el timbre de Elizabeth se quebró—. Simplemente acepté la daga larga que me tendía y cuando adoptó la forma de mi hüteur, le practiqué el sepuku.

Gabriella la abrazó, y por fin, Elizabeth rompió a llorar.

—Cálmate, Liz —intentó consolarla, aunque por dentro ella misma sentía una revolución de emociones: miedo y compasión por su amiga, y rabia y desprecio en contra de Astucieus—, fue… fue sólo un sueño…

—Pero Gaby, ¿y si de alguna forma yo envié a esos demonios para que lo atacaran? —hipó ella—. Dioses del cielo, hoy que me desperté me sentía tan… tan malditamente regocijada con aquel sueño, cuando debería haber estado aterrada. Pero aparté la sensación y mis cuestionamientos porque, como dices, era sólo un sueño, pero ahora… ahora… estoy tan asustada, ¿qué pasará si ese sello mental se rompe? ¿Y si arremeto contra mi hüteur y le hago daño? Por Zehel, ¿será posible que tengan razón y me parezca a mi padre más de lo que creo?

—Escúchame bien, Elizabeth —Gabriella se separó y la sujetó con firmeza por los hombros—. No eres una persona malvada, ¿entiendes? Sólo estás furiosa con el señor Thrampe, como lo estaría cualquier persona si hubiera pasado por lo mismo que tú. Pero eso no te convierte en un monstruo. Y que seas hija de Tyr no implica que vayas a repetir el patrón. No lo has hecho hasta ahora —mintió, apartando bruscamente el recuerdo de lo acaecido la noche pasada—, y estoy segura de que no lo harás. Y en todo caso, ni Kya, ni Ian, ni Cleo, ni Egbert ni yo permitiríamos que siguieses esa senda, ¿me oyes? —Elizabeth sollozó y la abrazó de nuevo—. No estás sola… no importa cuánta bazofia suelte la prensa o la bruja de Dadle… nosotros estamos contigo, y creemos en ti.

—Pero el sello…

—El sello es un punto y aparte. Creo… creo que deberías escribirle al señor Dikoudis y explicarle lo que has notado, lo que piensas que pueda estar pasando. Si se preocupó por ti en el momento en el que te sellaron, entonces te tomará en serio. No digo que el señor Thrampe no lo haga, pero bueno, él es más… no sé, a lo mejor se lo toma como una ofensa a su súper poder de manipulación —ironizó en tono amargo.

Elizabeth se separó, tomó un poco de papel higiénico y se sonó la nariz, si bien Gabriella atisbó en sus labios una media sonrisa.

—Sí, puede ser. ¿Pero cómo le hago llegar la carta? ¿A través de las criadas?

Gabriella frunció el ceño y pareció meditarlo.

—Sí, pero no uses la misma cadena. Hay una sirvienta… Megara, me parece que se llama… le podría decir a ella que recoja la carta en el dormitorio, debajo de tu almohada, por ejemplo. Así sería más seguro, no valernos siempre de las mismas criadas para enviar la correspondencia.

—No sé…—Elizabeth titubeó—. Nezumi me agrada y confío en ella y las compañeras que ha escogido para rotar las cartas…

—Megara es tan o más fiable, créeme —le aseguró Gabriella, aunque por dentro ya trazaba un plan para conseguir la indumentaria de la servidumbre, el maquillaje y una peluca—, la conozco como la palma de mi mano, me… me ayudó en unas cuantas travesuras durante mi época de estudiante.

Elizabeth suspiró, pero asintió.

—De acuerdo —dijo—, le escribiré a Bryant, y le haremos llegar la carta a través de ella.

 

***

N/A: ¡Hola a todos!

Espero les guste el capítulo…estoy exhausta, así que no sé que más decir xD. Eso de ser moderadora, escritora y beta reader me deja molida…aun así lo estoy disfrutando mucho n.n

Ya saben, si quieren comenten, si no, de todos modos, gracias por pasarse por aquí =)

¡Un abrazo!



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