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Destino II. Epidemia. » Elizabeth Phaulius
Destino II. Epidemia. (R15)
Por Kajiura
Escrita el Martes 5 de Mayo de 2015, 23:20
Actualizada el Miércoles 4 de Octubre de 2017, 01:30
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Elizabeth Phaulius

XVII

Elizabeth Phaulius

 

Durante los primeros minutos creyó que la había perdido, en especial, porque su cerebro buscaba una cabellera azabache, cuando recordó que la joven ahora iba de rubia. La localizó en una de  las escaleras, y tras darle unos metros de margen, retomó su persecución con más calma.

Salieron a los jardines traseros, en donde Érix Kunne ya aguardaba, de pie al lado de una de las fuentes. Gabriella vio cómo sonreía al identificar a Elizabeth, y cómo le besaba el dorso de la mano, antes de ofrecerle su brazo para echar a andar hacia una de las carrozas. Gabriella aprovechó el traqueteo que ambos pasajeros hicieron al subir para saltar al techo del vehículo que los transportaría, si bien el cochero miró atrás con el ceño fruncido al detectar el sonido de su brinco, aun y cuando la pelirroja intentó ser lo más silenciosa posible. Para desgracia de Gabriella, el trayecto no fue precisamente placentero, en especial cuando caían en un bache y tenía que emplear todas sus fuerzas para no salir proyectada hacia un lado. En esos momentos, agradeció no sólo su entrenamiento como bakemono, sino también sus prácticas de gimnasia, durante su época de estudiante en el Templus.

Llegaron a un restaurante al que Gabriella jamás soñaría con entrar; lo conocía de vista, incluso había oído comentarios de quienes podían permitirse la entrada, pero para ella y su bolsillo, el acceso estaba simplemente prohibido. Los recibió una mujer alta y de curvas exuberantes, enfundada en un traje de corte a la medida, quien estrechó la mano de Érix antes de repetir el gesto con Elizabeth. Gabriella notó, pese a la distancia que las separaba, cómo su amiga se estremecía, pero lo atribuyó a que el área estaba climatizada gracias a un hechizo. Érix también notó su temblor por lo que le pasó un brazo por los hombros y la estrechó contra sí.

La pareja fue conducida hacia una mesa previamente reservada, Gabriella se percató de la media docena de miradas que se clavaron en Érix y Elizabeth. Con cuidado, vadeó los obstáculos y se colocó a una prudente distancia de ellos, a fin de que su mirada pudiese conectar directamente con la de su protegida. Los segundos dieron paso a los minutos y luego a las horas, a Gabriella le sorprendió la desenvoltura con la que Elizabeth se mostraba frente a Érix, y aunque no podía escucharlos con total claridad, supo que en una ocasión su amiga contestó a la insinuación del hombre con un comentario pícaro. Por fin, dieron por terminado el encuentro, y tras pagar la cuenta, salieron del recinto con Gabriella pisándoles los talones.

Una vez fuera, Elizabeth le dijo algo a su acompañante, y para asombro de la pelirroja, Érix abordó la carroza sin ella, no sin protestar un par de veces. Con una expresión más que desconcertada, Gabriella vio marcharse al menor de los Kunne, mientras Elizabeth esperaba a que se perdiera de vista antes de avanzar por una calleja alterna y hacer señas a otro carruaje para que se detuviera. Pese a su propio aturdimiento, la espía volvió a encaramarse al transporte, incrementando más su confusión al percatarse de que se dirigían al palacio de justicia.

« ¿Pero qué diablos?». Pensó Gabriella entre estupefacta y alarmada. « ¿Para qué ha querido venir Elizabeth aquí? Sabe que no puede ver a sus hüteur…a menos que quiera aprovechar el disfraz para hablar con el señor Thrampe…»

Elizabeth se apeó de la carroza, y estaba a punto de marcharse cuando el cochero le recordó de  la paga.

—Oh, claro —dijo ella en un tono dulce que más que agradar, le provocó a Gabriella un escalofrío. Aun con las lentillas, algo en los ojos de Elizabeth había cambiado—…el dinero…pero usted es un hombre demasiado bueno como para mortificar a una dama como yo con esas nimiedades, ¿verdad?

—Verdad —soltó el hombre como sumergido en un trance—. Dispense…ha sido estúpido de mi parte.

Elizabeth le besó una mejilla y de nuevo, el gesto hizo que Gabriella se estremeciera sin saber por qué.

—Excelente. Que tenga linda tarde, caballero.

Se volteó y subió las escalerillas en dirección a la entrada del edificio. Gabriella la siguió, esta vez con los sentidos alerta. Se colocó lo bastante cerca como para saber que en efecto, Elizabeth buscaba a Astucieus, y para darse cuenta de que de nuevo, la chica parecía someter a una especie de hipnosis a la recepcionista a fin de que le informase que el Garque se hallaba en su despacho, solo.

Sin embargo, lo que acabó por confirmarle que algo no iba bien fue el que, tras subir Elizabeth al elevador, esta se volteó y fijó la vista en ella, como si pudiese verla realmente, logrando que Gabriella se quedara anclada en su sitio. La chica curvó los labios en una sonrisa torcida, casi perversa, antes de hacerle un gesto grosero y pulsar el botón que cerraba las puertas, sin que Gabriella pudiese arribar con ella.

En cuanto comenzó a ascender, Gabriella recuperó la movilidad, saliendo disparada rumbo a las escaleras de emergencia y subiendo los peldaños de dos en dos. Tenía que alcanzar el despacho de Astucieus, porque estaba segura, lo que Elizabeth iba a mantener con él no iba a ser precisamente una agradable charla. Sea lo que le hubiere pasado a la chica, la había transformado por completo, Gabriella incluso se atrevía a decir que no era ella misma. No en su interior, al menos.

Giraba en uno de los descansillos cuando una repentina explosión de luz la lanzó contra una pared, golpeándose la cabeza y perdiendo momentáneamente el control de su don natal, con lo cual quedó a la vista durante algunos segundos.

—Lo siento, Gabriella Altus —habló una voz femenina, Gabriella necesitó de unos instantes para enfocar a la mujer que la observaba con preocupación. Era Makoto, la líder de la triada—, pero no hay mucho tiempo. Toma —le tendió un arco cargado con una única flecha, el cual Gabriella tomó entre sus manos con respeto reverencial—, esto te servirá para combatir a lo que posee a Elizabeth.

—¿Pero qué es lo que le pasa? —preguntó la erudita sin poder contenerse.

—No hay tiempo —repitió Makoto y negó con la cabeza—. Pero tiene que ver con Aranea. Clávale la flecha en el corazón, o su efecto no dará resultado. No te preocupes, no la matarás, pero la liberarás.

Gabriella asintió.

—De acuerdo. Gracias, mi señora.

Makoto se desvaneció y Gabriella reanudó su carrera escaleras arriba. Se adentró en el pasillo que llevaba al despacho de Astucieus, guiada más por el sonido de los tacones de Elizabeth que por conocer el sitio, y atisbó a lo lejos que la chica se detenía, llamaba a la puerta y al cabo de unos instantes, esta se abría. Gabriella sabía que al igual que las puertas de las oficinas y los linajes de los hüteur, había otros edificios resguardados por entradas similares, las cuales sólo podían abrirse desde dentro o en su defecto, ante la orden del dueño del recinto.

La pelirroja vio, como en cámara lenta, cómo la puerta se deslizaba hacia el interior, permitiéndole el paso a Elizabeth antes de repetir su trayecto para cerrarse. En una última acción desesperada, la muchacha se deslizó por el suelo con las rodillas, e interpuso una pierna, con lo que la puerta quedó entreabierta. Empero, ni Astucieus ni Elizabeth parecieron notar su  presencia, porque sin previo aviso, la segunda realizó un ademán con una mano, arrojando a Astucieus contra la pared del fondo.

—Humm… —Elizabeth soltó una risilla malévola—, eso por obligarme a presentar las pruebas de mierda, cabrón.

Astucieus resbaló y quedó sentado en el suelo, en la pared dejó una traza carmesí. Aun así, el Garque se mantuvo consciente.

—¿Pero qué…qué demonios…? —balbuceó, aturdido—. ¿Quién es usted y qué rayos…?

Gritó cuando un sonido de desgarre se producía, y la tela de sus prendas bajas se descosía y levantaba, llevándose  consigo la piel de su pierna izquierda.

—¿Tan rápido se olvida de su discípula, hüteur? —rio Elizabeth y sus dedos realizaron un movimiento casual, si bien el alarido de Astucieus al desprendérsele una nueva tira de cuero no resultó precisamente corriente—. Permítame entonces refrescarle la memoria…

Gabriella no esperó a ver qué hacía Elizabeth a continuación. Rodó al interior de la estancia y la sujetó por un tobillo, del cual tiró con fuerza logrando que la chica cayera de bruces y que la peluca rubia se ladeara, dejando a la vista parte de su cabellera oscura. A su espalda, la puerta se cerró al fin, y en cuanto la siniestra mirada de Elizabeth se volvió hacia ella, se preguntó si no había sellado su tumba y la de Astucieus.

No se preocupó por seguir ocultándose. De alguna manera, Elizabeth podía verla, y era mejor que Astucieus también lo hiciera si iban a tener que trabajar en conjunto. O al menos, Gabriella esperaba que trabajasen juntos, porque sabía que ni en sus mejores sueños iba a poder con aquella versión rabiosa de la joven Monanti.

—Perra… —gruñó Elizabeth y lanzó un escupitajo sanguinolento, al parecer, se había mordido la lengua con el impacto—. O debería decir…condenado pajarillo entrometido…

Terminó de arrancarse la peluca y se levantó. Gabriella ahogó una exclamación al ser arrojada contra el mural de Tamara, su campo visual se colmó de estrellitas multicolores.

—¿Elizabeth? —atinó a decir Astucieus entre jadeos de dolor—. Por los Dioses… ¿pero qué te sucede?

—Lo que sucede, hüteur, es que me cansé de usted y de las estupideces con las que me ha manipulado todo este tiempo —lo peor no eran las palabras de la chica, sino el sincero tono envenenado con el que las decía, Gabriella sintió su odio aun y cuando no iban dirigidas hacia ella—. Me cansé de ser un juguete, de ser su arma de primera línea… —sonrió de medio lado—. O más bien, decidí que si voy a serlo, deseo disparar primeramente contra usted.

 

Volvió a realizar un ademán con una mano, pero esta vez Astucieus fue más rápido y se apartó del embate, el muro detrás de él se cuarteó en una larga grieta vertical. Sin embargo, Elizabeth no perdió tiempo y lanzó una de las sillas contra el Garque, al mismo tiempo que Gabriella proyectaba un encantamiento contra el mueble y lo hacía estallar en miles de pedazos.

—¡Vamos! —la instó, puesta en pie—. ¿O es que el gatito le teme al pajarillo?

Elizabeth enseñó los dientes en una sonrisa terrible. De sus manos se desprendieron una horda de maleficios, Gabriella saltó y se contorsionó para esquivarlos a duras penas. Con un último brinco, se afianzó de la lámpara del techo y le propinó a Elizabeth una patada en la cara, la muchacha gritó y se llevó las manos hacia la nariz a la par que caía al suelo de trasero.

—Puta…zorra malnacida…

—Esos son demasiados adjetivos groseros —Gabriella cayó de regreso con agilidad y tomó el arco entre sus manos—. Y dudo que tus hüteur te enseñaran todas esas palabrotas, Ely.

Tensó el arma, los ojos de Elizabeth se abrieron como  platos al identificarla, y sin importarle que la sangre le manara a borbotones de la nariz, exclamó:

—¡No!

Gabriella sintió cómo algo recogía parte de su melena y, sin que tuviese oportunidad para disparar, una fuerza invisible tiró de ella y la arrastró del pelo por todo el despacho, su cara despellejándose en el trayecto. No supo en qué momento perdió su arma, pero agradeció infinitamente el que Elizabeth la soltara tras dar un nuevo alarido. Con los brazos en carne viva, alzó la cabeza, Elizabeth se sujetaba una pierna, en donde se apreciaba una rojiza marca de quemadura. En una esquina, Astucieus había conseguido incorporarse, y blandía en una mano un látigo de fuego.

—¿Qué pasa, señorita Phaulius? —dijo y se adelantó un paso, tambaleante; Gabriella distinguió la sangre que le escurría de la pierna herida—. ¿Es que no se atreve a enfrentarse a alguien con el mismo número de habilidades que usted?

Gabriella localizó el arco y la flecha. No estaban muy lejos, pero debía ser cautelosa si quería recuperarlos. Ella no podía atraerlos hacia sí con un vago ademán, a diferencia de Elizabeth.

—No…me llames…por ese apellido… —siseó la aludida con la cara contorsionada en una expresión diabólica.

—¿Cuál? ¿Phaulius? —la provocó Astucieus. Mientras, Gabriella comenzó a aproximarse hacia el armamento—. ¿Por qué? Ese era el apellido de tu padre…y debería haber sido el tuyo.

Fue el acabose. Elizabeth arrojó el escritorio contra Astucieus, al tiempo que Gabriella se lanzaba a por el arco y la flecha. El mueble ardió en el aire antes de tocar al hombre, mas la joven no acabó ahí y efectuó un nuevo gesto con los dedos. El grito de Astucieus fue inhumano, y mientras alistaba el arma, Gabriella lo vio arquearse en un lento espasmo, a la vez que un nuevo sonido de desgarre, el desgarre de la carne, resonaba en la habitación, como si lo hubieran magnificado con un hechizo. Sangre comenzó a escurrir por la axila de Astucieus, la piel de su hombro abriéndose en un limpio tajo hasta dejar ver el hueso. «Por los Dioses, va a cercenarle el brazo…». Pensó Gabriella con horror, y soltó la flecha, pese a no hallarse de frente a la chica.

La flecha se clavó en el omóplato izquierdo de Elizabeth, quien detuvo su ataque, Astucieus se derrumbó en un charco de su propia sangre. Despacio, la muchacha se volteó hacia Gabriella, sus ojos desmesurados, por las comisuras de sus labios escurrieron hilillos escarlata, antes de que también se desplomara. Gabriella no se movió, a pesar de que sabía que el Segundo al mando requería atención inmediata. Esperaba que Elizabeth realizara un movimiento sorpresivo, mas la joven ni se inmutó.

Con cuidado y los músculos tan tensos como la cuerda que había sostenido la flecha, se acercó a la muchacha, se arrodilló a su lado y le extrajo la flecha del cuerpo. No brotó sangre, ni siquiera había un orificio que demostrase la antigua presencia de la punta, y justo cuando Gabriella iba a darle la vuelta,   Elizabeth se levantó de golpe y le apretó el cuello con sus manos como garras.

—Despídete de tu vida, pajarillo.

Gabriella abrió y cerró la boca, pero por el movimiento que presintió sobre su cuello, supo que Elizabeth no se limitaría a estrangularla, sino a rompérselo. Sin pensar en lo que hacía, su brazo se disparó hacia delante, raudo, tan certero como la flecha que sostenía, encajándose esta vez en el objetivo deseado.

En el corazón de Elizabeth.

En esta ocasión, la reacción de la aludida no se limitó a desorbitar los ojos, sino a emitir un ronquido que se convirtió en un aullido prolongado, todo su cuerpo sacudiéndose como si recibiese una potente descarga. Finalmente, sus manos aflojaron la presión sobre el cuello de Gabriella, y cayó sobre ella, la pelirroja se apresuró en soltar la flecha y medio sostenerla.

Tardó unos minutos en recuperar el aliento, y cuando lo hizo, se percató de que afuera gente gritaba  y aporreaba la puerta. Los guardias. Seguro el escándalo había llamado su atención. Pero no podía abrirles, si descubrían el desastre no tardarían en deducir que quien había atentado contra la vida de Astucieus había sido Elizabeth, o incluso ella misma.

Nuevamente, extrajo la flecha del pecho de la joven, y por segunda vez no vio marcas ni sangre fluyendo. Tras dejarla bocarriba, corrió hacia donde estaba el segundo, y en completo silencio se ocupó de fijarle el brazo y contener como pudo la hemorragia, usando retazos del propio kimono del Garque.

—Mi señor… —lo llamó y le dio de palmaditas en la cara—. Vamos, señor Thrampe…despierte, necesitamos de usted para salir de aquí…

Por fin, el hombre entreabrió los ojos y emitió un quejido.

—Elizabeth…ella…

—No está muerta —atajó Gabriella—. Pero necesitamos salir de aquí lo antes posible. Al otro lado hay gente, guardias que no tardarán en entrar, y si ven todo esto…

—Tráela…tráela hasta aquí —gimió el hombre—. Nos tele…nos teletransportaré hasta la pirámide.

Gabriella obedeció, agarró la peluca, el arco y la flecha, antes de arrastrar a Elizabeth hacia  donde estaba el Garque, tomándolo del brazo sano y dejando que los puntos de luz los envolvieran para desaparecer.

 

***

¡Hola, vidas mías!

Espero que este capítulo les gustase. La acción y los conflictos irán aumentando, al igual que los atentados. ¿Qué pasará con Elizabeth? ¿Podrá aguantar los embates de Aranea? ¿A qué problemas se verán arrastrados los Garque? Comentarios o sugerencias, ¡tecleen que yo los leo!



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