Historia al azar: Alleine Zu Zweit
Regístrate | Recupera tu contraseña
     
     
Menú

RSS de Pottterfics



 
¿Quién ha añadido esta historia a sus Favoritos?
Destino II. Epidemia. » Moralejas
Destino II. Epidemia. (R15)
Por Kajiura
Escrita el Martes 5 de Mayo de 2015, 23:20
Actualizada el Sábado 8 de Abril de 2017, 04:07
[ Más información ]

Moralejas

XVI

Moralejas

 

Gabriella dio un respingo al sentir el brazo de Elizabeth sobre su hombro. La demostración había terminado, y las candidatas cuchicheaban en grupos a lo largo de la explanada. Por su parte, Gina y la señora Dadle intercambiaban unas cuantas palabras, una vez la adolescente se hubiese vuelto a vestir. Miembros de la polissa habían escoltado a los prisioneros de regreso a sus celdas, además de recoger el cadáver y limpiar la zona.

—Lo siento —se disculpó Elizabeth en un susurro—, no pretendía asustarte.

—Descuida, es sólo que todo esto me ha dejado un poco nerviosa.

Elizabeth asintió y miró de reojo a la jueza.

—Ha sido impresionante, ¿verdad?

—Bastante —coincidió Gabriella con un asentimiento. Pero arrugó la frente—, aunque me quedan algunas dudas…

—¡Bien, señoritas! —llamó su atención la adolescente—. ¡Necesito su atención, por favor! Gracias… prometo no quitarles mucho tiempo… —volvió a sujetarse el cabello—. Tal y como prometí antes, estoy dispuesta a responder a sus preguntas, y a su vez, hacerles unas cuantas. ¿Quién quiere lanzar la primera interrogante?

—Yo… —habló una mujer que debía rondar los treinta siglos, con el cabello castaño de punta y los labios fruncidos—. ¿Por qué usted tuvo a su cargo únicamente a cuatro hombres, y nosotras a cinco? Me ha parecido un tanto injusto.

—Es una buena pregunta —Gina entrelazó las manos en la espalda—, y la respuesta es sencilla: los hombres a los que ustedes se enfrentaron eran simples cadetes. Rebeldes, indisciplinados, pero gente medianamente civilizada, a diferencia de los caballeros a mi cargo, todos y cada uno recluidos en celdas individuales de alta seguridad. Asesinos. Violadores. En resumen, personas con poco o ningún escrúpulo, como seguro notaron. Por ende, el número de individuos a liderar fue menor que el de ustedes. Si hubiese sido el mismo, me arriesgaba a perder el control de la situación, y tres reos habrían sido una cantidad injusta en comparación a la suya… ¿qué es lo que le parece tan gracioso, señorita? —agregó con una ceja alzada, en dirección a una muchacha de sonrisa sardónica.

—Va a disculparme, señora, pero yo creo que al final, la situación se le ha salido de control.

—¿Eso cree? —Gina entornó los ojos y recorrió a todas y cada una de las candidatas—. ¿Hay alguien que piense lo contrario?

Gabriella levantó una mano.

—Yo —titubeó, aunque sólo para buscar las palabras adecuadas—. Su expresión cuando ese hombre la inmovilizó… Tal vez me equivoque pero, no me parece que luciera como una persona que ha perdido el control de la situación. En tal caso se habría visto desesperada, asustada…y usted no parecía ninguna de las dos.

—Muy bien —la felicitó Gina con una media sonrisa—. Sin embargo, he de aclarar una cosa: que conservase la calma no significa que no estuviese muerta de miedo —se frotó los brazos—. Cualquier mujer desnuda que se hubiese plantado delante de tipos como esos habría estado aterrada, o de lo contrario, es que algo no iba bien dentro de su cabeza. Lo que quiero decir es que el miedo es natural, es el foco de alerta que se enciende en nuestro cerebro para hacernos ver que existe una situación de riesgo. No obstante, debemos aprender a controlar nuestras expresiones, y a no dejarnos dominar por el pánico. Fue un error que, más tarde o más temprano, todas acabaron por cometer. Les dejaron ver a los reclutas que sus palabras o gestos les ofendían, las avergonzaban o las hacía sentir mal. ¿Sí, señorita?

—¿Quiere decir que no debemos mostrar emoción alguna? —preguntó la joven rubia, aún con la nariz colorada.

—Sí…y no. Hay momentos para todo. Ocasiones en las que podrán soltar una sana carcajada, instantes en donde tendrán la oportunidad de permitirse sentir rabia, o incluso derramar lágrimas. Pero en momentos como este, en donde el resultado de la operación depende de su temple y entereza, no queda más que mantenerse serena y con la cabeza fría. La labor que van a desempeñar no se reduce a comandar reclutas indisciplinados. Si el gobernador cae, la seguridad, las vidas de miles de millones de personas estarán en sus manos. En ese caso, no podrán permitirse hacer pataletas, desquitarse con el primero que se cruce en su camino ni derrumbarse en sus oficinas para llorar amargamente. Cuando la estabilidad del globo está en riesgo, el miedo y la inseguridad no pueden tener cabida. Encima, ustedes cargan con el peso de pertenecer al género femenino, porque nos guste o no admitirlo, la historia nos dice que sólo han existido dos Garque mujeres, de las cuales, una huyó para no volver. Al otro lado de este edificio, una treintena de hombres buscará apartarlas del camino a cualquier coste, y reafirmar que las mujeres no sirven para ser guardianes, mucho menos, para ser juez de todo un planeta. Así que deben aprender a dominarse y a actuar en consecuencia.

Todas bajaron las miradas.

—¿Alguien más? —las instó Megan Dadle.

—Yo —fue el turno de Momoka para tomar la palabra—. Si dice que mantuvo todo bajo control, ¿por qué no le dio usted misma una paliza a ese tipo cuando este la acorraló?

Hubo murmullos de aprobación.

—Esperaba que me lo preguntasen. En su opinión, señorita, ¿por qué cree que no lo hice?

Momoka frunció el entrecejo.

—No lo sé…

—Oh, vamos, haga un esfuerzo.

Momoka lo meditó durante unos segundos, mas al final meneó la cabeza.

—Ni idea, señora.

Para sorpresa de todas, fue la voz de Elizabeth la que dio la respuesta.

—Probaba la lealtad de los otros presos —explicó, no sin cierto atisbo de duda—. Se dio cuenta de que observaban el enfrentamiento, y deseaba saber hasta qué punto la apoyarían

—Excelente. ¿Y cómo es que yo sabía que me apoyaban, señorita Monanti?

—Porque no se unieron a su compañero para perjudicarla —soltó Gabriella de repente, iluminada.

—En efecto: intuía que estaban de mi lado porque no se habían aliado para enfrentarme. Además, había hecho un trato con ellos, por lo que no les convenía que algo me pasase. Aun así, necesitaba comprobarlo.

—¿Por qué? —insistió alguien en voz baja, aunque no lo suficiente como para pasar desapercibida.

—Porque si el día de mañana regreso a esta prisión, sabré que puedo negociar de forma razonable con estos hombres. Y eso es un tipo de información sumamente valiosa.

—¿Y si ninguno hubiera intervenido? —preguntó otra erudita—. Dios, estaban a punto de violarla, y ese…ese monstruo la tenía tan bien sujeta…a menos que tuviese fuerza sobrenatural, dudo que hubiese podido sacárselo de encima, señora.

Gina sonrió, y alzó una mano abierta hacia el cielo. En ese momento un pájaro sobrevolaba las alturas, y cuando Gina cerró los dedos en un puño, emitió un horrible graznido, antes de caer al suelo, muerto. El ave sangraba por cada uno de sus orificios, con las alas y los huesos del espinazo destrozados como si la mano de un gigante los hubiera triturado. Entonces, Momoka se golpeó la frente con la palma abierta.

—¡Lo había olvidado! —exclamó en tono recriminatorio—. ¡Su don es el de manipular el calcio!

Gina sonrió y asintió.

—¿Alguien tiene otra pregunta?

—Yo… —llamó su atención la muchacha rubia—. ¿Cómo es que llegó a jueza siendo tan joven? A su edad yo sólo me preocupaba por los cotilleos… —meneó la cabeza.

La sonrisa de Gina se volvió triste, pero aun así rio.

—Creo que fue precisamente así, evitando cotillear…en especial, con la gente que me rodeaba —cabeceó—. ¿Alguien más?

Nadie respondió. Gina les dedicó unas últimas palabras a modo de despedida, antes de que Megan volviese a dirigir la marcha en dirección a la pirámide.

Cuando llegaron, Gabriella sentía un palpitante dolor en las sienes, aunque sus sentidos estaban puestos en Elizabeth, quien se había mantenido callada y taciturna durante todo el viaje de regreso.

—¿Elizabeth? ¿Estás bien?

La chica parpadeó y sacudió la cabeza.

—¿Es la hora del almuerzo? —preguntó, desconcertada.

—Sí —Gabriella la miró con preocupación y le tocó la frente con el dorso de la mano—. No, no tienes fiebre…

—Estoy bien —la tranquilizó ella—. Es sólo que… —suspiró—. Perdón, me ha entrado algo de pánico con todo lo que la señorita Daring ha dicho.

—Te entiendo —Gabriella asintió y le apretó un hombro con cariño—. Vamos, seguro algo fresco nos caerá bien, y puede que Kya y Cleo hayan vuelto de sus propias evaluaciones.

Elizabeth asintió, y la siguió en dirección al interior de la estancia.

Tal y como Gabriella vaticinó, Kya y Cleopatra habían vuelto ya de sus evaluaciones, si bien ninguna de las dos lucía satisfecha ni mucho menos. La erudita de pelo cobrizo tenía incluso los ojos rojos e hinchados de tanto llorar.

—Por los Dioses… —empezó Gabriella, alarmada al ver el estado en el que se encontraba Kya—. ¿Qué ha pasado?

Cleopatra suspiró y negó con la cabeza.

—Ha sido una pésima mañana —curvó los labios en una mueca—: nuestra primera prueba práctica…bueno, no ha salido todo lo bien que hubiésemos deseado.

Gabriella suspiró y ocupó el puesto al lado de Kya quien, rompió a llorar nada más oír la mención a las pruebas.

—¿Qué pasó? —repitió, y abrazó a su sollozante compañera.

—Teníamos que cerrar un trato con distintos contratistas —explicó Cleopatra, ceñuda—. Nos hicieron pasar en grupos de cinco, aunque cada cual debía tratar con una persona diferente. Pero esas personas…estoy segura que ni siquiera era gente del comercio. Además, sabían cosas sobre nosotros…cosas privadas. El empresario que le tocó a Kya…él…se burló de ella, sabía lo de…lo de su condición… —se removió incómoda, lanzándole a Elizabeth una mirada de reojo. No obstante, la chica supo ser discreta y se abstuvo de preguntar—. Fue bastante humillante, a decir verdad. Lo cierto es que de no ser por el último enfrentamiento que tuve con Andrómeda, el ejercicio también me habría tomado con la guardia muy baja, aunque eso no quita que fuera una experiencia desagradable —se masajeó el cuero cabelludo—. ¿Y a ti cómo te fue?

Gabriella suspiró, pero prosiguió a relatar su propia experiencia. Al cabo de un rato llegaron Ian y Egbert, el primero hinchado y amoratado de un lado de la cara.

—No pregunten —soltó el erudito de malas pulgas al ver que las cuatro lo miraban con estupor.

Cleopatra arqueó una ceja en dirección a Egbert, pero este se limitó a negar con la cabeza y a torcer el gesto en una mueca de dolor al acomodarse en su respectivo almohadón.

Elizabeth, por su parte, se encaminó a la barra en donde se distribuían bebidas frías de distintos sabores, siempre bajo el escrutinio de Gabriella. La pelirroja la vio tomar seis vasos, conseguir que una de las criadas le proporcionara una bolsa con hielos, y encaminarse de vuelta a la mesa. Todos agradecieron los refrescos, y el humor de Ian pareció aplacarse un poco tras presionarse la bolsa con hielo sobre la cara hinchada. Hablaron de cosas sin importancia, hasta que notaron que más estudiantes de los que había al inicio comenzaron a rondar con sus bandejas entre las mesas, por lo que el primer grupo de tres —conformado por Kya, Gabriella y Elizabeth— se levantó para ir a por sus raciones.

—Parece que no ha sido una buena mañana para nadie, ¿verdad? —comentó Elizabeth por lo bajo, detrás de Gabriella.

La aludida hizo un movimiento imperceptible con la cabeza, en señal de negación.

—No lo pregunté antes porque no me pareció prudente pero… —Elizabeth se pegó más a su oído—, ¿a qué se refería Cleopatra con lo de la condición de Kya? ¿Me lo explicarás después?

Gabriella encogió un hombro. «Tal vez», quería decir ese gesto, y Elizabeth pareció entenderlo porque no preguntó más. Se sirvieron sus platillos en las bandejas y regresaron a la mesa, permitiendo así que los otros tres fueran a servirse.

Comieron sin rozar siquiera el tema de las evaluaciones. Al terminar, uno a uno se fue despidiendo, y Gabriella se levantó  en cuanto Elizabeth comentó que iría a dar un paseo.

—Te acompaño —dijo—. Necesito despejarme.

Elizabeth asintió, aunque había algo implícito en su mirada que Gabriella no supo descifrar. No importaba, allá a donde fuera, iría también  ella, con o sin su consentimiento.

—¿Sabes que no iré a dar un paseo, cierto? —le preguntó la muchacha una vez estuvieron en un pasillo lo bastante solitario como para que no las oyeran oídos curiosos—. O al menos, no de ese tipo.

Se ruborizó, y de no haber sido por ese gesto, Gabriella se habría mostrado desconcertada, pero el sonrojo de la chica la hizo recordar el acontecimiento para el que Elizabeth se había preparado durante días, y para el que sus propias amigas la habían ayudado a planear. La idea había sido de Kya, de hecho.

—Por su puesto. Irás a alistarte para el gran evento.

—Sí —la sonrisa de Elizabeth se amplió e iluminó toda su cara—. ¿Crees…crees que me reconozca?

—Claro, no por nada le enviaste una descripción de cómo lucirías —le guiñó un ojo—. Y yo estoy aquí únicamente para que esa apariencia falsa luzca tan despampanante como la real.

Elizabeth soltó una risa nerviosa.

—Muchas gracias, Gaby. La verdad es que no quería vestirme sola, pero como todas estaban tan apabulladas por lo de las pruebas, no me atreví a pedirles que me acompañaran, por miedo a molestar.

Gabriella realizó un ademán con una mano.

—Para nada molestas, mujer, además, nosotras te ayudamos a planear todo esto, y no sería justo que en el momento cumbre te abandonásemos.

Elizabeth suspiró y asintió.

—De todas formas, gracias.

Realizaron el resto del trayecto en absoluto silencio, hasta alcanzar el aula que días antes habían seleccionado para la labor y es que, Érix Kunne (esta vez sí era él, Gabriella había seguido la cadena de criadas que se pasaban las cartas hasta llegar a los límites de la Morada de los Garque) había iniciado correspondencia con Elizabeth, y tras unos cuantos intercambios escritos, estaba interesado en salir con ella. La idea las había emocionado a todas, pero Gabriella debía recordarse a sí misma el mantenerse alerta ante una posible trampa.

En cualquier caso, habían preparado un disfraz para Elizabeth, incluida una peluca rubia, lentillas para los ojos, y una túnica de erudita erabu, en su característico color mostaza y con la iconografía de un dedo alzado, bordado en el pecho del lado izquierdo. El aula en donde habían escondido todo era más bien un almacén de limpieza, cuya llave les había proporcionado la criada en jefe de esa planta, una mujer regordeta que debía rondar los cincuenta siglos, de cara bonachona y que había peleado contra los scorfil durante la invasión al Templus, y que le profesaba a Elizabeth un respeto reverencial.

—Bien —Elizabeth sacudió la túnica para extenderla. A su espalda, Gabriella cerraba la puerta con llave—, comencemos con la transformación.

—Es probable que las lentillas te molesten un poco al principio —advirtió Gabriella, pasándole la prenda por la cabeza—, pero te acostumbrarás, además de que ese tono miel que te escogió Kya se te verá precioso.

—Hablando de Kya… —Elizabeth se recogió el cabello en un moño bien apretado—, ¿me dirás a qué se refería Cleopatra con lo de «su condición»?

Gabriella se mordió el labio.

—No creo que deba, Elizabeth. Quiero decir, es algo muy privado, y no me parece que deba ser yo quien te lo cuente. Es como… —estuvo a punto de decir: «como tu don de la premonición», pero se detuvo. En cambio, agregó—, como si tuvieras una marca de nacimiento en una zona íntima del cuerpo… ¿no irías contándoselo a todo el mundo, verdad? —la chica negó con la cabeza—. Con lo de Kya pasa lo mismo: es algo muy personal, y si te enteras, me parece que debería ser por boca de ella.

—Entiendo. Esperaré a que se abra y decida compartirlo conmigo, entonces.

Aseguraron la peluca con ganchillos trasparentes, para acto seguido colocar las lentillas en su sitio. Gabriella necesitó más de un intento para poder hacerlo, ya que el ojo de Elizabeth no paraba de lagrimear. Lo siguiente fue maquillar a la chica, Kya les había dejado un set completo para dicha labor, además de un par de pendientes plateados muy bonitos. Cuando terminó, Gabriella admiró su obra maestra, e hizo a Elizabeth girar sobre su propio eje.

—¡Estás preciosa! —exclamó, emocionada—. En serio, si no le gustas a Érix Kunne yo misma le patearé el…

—¡Gaby! —la cortó Elizabeth, entre divertida y escandalizada—. No digas eso, por Dios. Si no le gusto es porque seguro no soy lo suficientemente buena para él —finalizó, y bajó la mirada.

—Hey, nada de eso —Gabriella le alzó el mentón y la obligó a mirarla—. Tú eres mucho mejor que cualquier otra chica, por el simple hecho de ser tú. No permitas que nadie te diga lo contrario, ¿de acuerdo? Ni siquiera un miembro del Verzaik.

Elizabeth suspiró, pero asintió y curvó los labios en una amplia sonrisa.

—Bien, aquí voy. Deséame suerte.

—No la necesitas —Gabriella le sonrió y le dio un rápido abrazo—. Si todo el interés que plasma en sus cartas es verídico, realmente tu sola presencia bastará. Sólo sé tú misma.

—De acuerdo. Y de nuevo, muchísimas gracias, Gaby.

Salieron del almacén juntas. La idea era que Elizabeth llevase la llave consigo para que pudiese cambiarse cuando volviese, así que Gabriella torció en dirección contraria a la de ella, antes de doblar en una esquina y quedar fuera del alcance de su vista. Luego, contó hasta diez y, tras asegurarse de que no habían moros en la costa, desapareció como tragada por la nada.

No obstante, continuaba allí, y debía correr si quería alcanzar a Elizabeth.  

 



« Prueba de autoridad Comenta este capítulo | Ir arriba Elizabeth Phaulius »


Potterfics - Harrylatino
Potterfics es parte de la Red HarryLatino





Todos los derechos reservados. Los personajes, nombres de HARRY POTTER, así como otras marcas de identificación relacionadas, son marcas registradas de Warner Bros. TM & © 2003. Derechos de publicación de Harry Potter © J.K.R.