Historia al azar: Severus Snape ¿Un alien?
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Destino II. Epidemia. » Prueba de autoridad
Destino II. Epidemia. (R15)
Por Kajiura
Escrita el Martes 5 de Mayo de 2015, 23:20
Actualizada el Miércoles 4 de Octubre de 2017, 01:30
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Prueba de autoridad

XV

Prueba de autoridad

 

ADVERTENCIA:

El contenido de este capítulo puede resultar ofensivo para gente sensible. En tal caso, absténgase de leerlo.

 

Gabriella bajó del carruaje seguida por Elizabeth. Detrás de esta, descendieron otros cuatro candidatos a Segundo al mando. Había transcurrido poco más de una semana desde que les aplicasen la prueba de cacheo. No obstante, la pelirroja se sentía como si desde entonces hubieran pasado meses.

En un inicio, vigilar a Elizabeth no le resultó tan complicado, al fin y al cabo la joven había pasado el tiempo confinada en la enfermería, y aunque dormitar en el suelo no fuera una de sus experiencias favoritas (en las habitaciones de las candidatas lo que dormía en su cama era un aposhii), tampoco estaba tan mal. Sin embargo, una vez Elizabeth hubiera sido dada de alta, la cosa cambió. Tenía que seguirla allá a donde fuera, algunas veces invisible, otras a luces vistas y con una buena excusa por delante, pero eso le dejaba poco tiempo para poder estudiar y prepararse para sus propias pruebas. Casi estaba segura de, si no suspender, salir con notas muy bajas en la primera evaluación teórica general. Por fortuna, cuando fue a darle el reporte al Quinto Garque al final de la semana, este la sorprendió con un par de obsequios.

—No tiene tanto como el frasco de Elizabeth —le explicó en tono de disculpa, mientras Gabriella examinaba la botella cuadrada de tonalidad azabache que camuflajeaba el verdadero color oro pálido de su contenido—, pero si la racionas bien, te será de gran utilidad.

—Mi señor… yo… no sé qué decir. No… no debería aceptarla —añadió titubeante—. A diferencia de la señorita Monanti, fui instruida dentro de estas mismas paredes, y no me parece correcto valerme de este tipo de… apoyos.

Bryant rio entre dientes.

—Probablemente estaría de acuerdo contigo, de no ser porque no te encuentras en igualdad de condiciones que el resto de tus compañeros. A diferencia de ellos tú no podrás repasar o consultar libros cuando lo desees, ni entrenarte a la hora que te plazca. Quizá no pueda ayudarte en lo referente a la práctica, pero sí puedo auxiliarte con lo teórico. Te lo mereces por proteger a Elizabeth… aunque  mejor si mantenemos esto en secreto —esbozó una media sonrisa—. En especial, lejos de los oídos del Segundo al mando. Por otra parte y, como dije antes, la botella no contiene la misma cantidad de infusión que la que le envié a la señorita Monanti. Tendrás que pensar muy bien para qué vas a usarla, y no desperdiciarla en repasos sin sentido.

Al final, Gabriella suspiró y aceptó el regalo. El segundo obsequio consistía en infusión energética disfrazada de enjuague bucal, la cual la ayudaba a mantenerse despierta y activa. Aun así, bajo sus ojos había sombras que al inicio de las pruebas no estaban, y cuando sus amigas preguntaron, le echó la culpa a un supuesto insomnio.

—El insomnio es malo —Kya negó con la cabeza, entre severa y preocupada—. Te saldrán arrugas prematuras, Gaby. Si quieres, puedo ir a las cocinas y pedir que te preparen un té de mi propia invención, verás que luego de eso duermes como un bebé.

—No te preocupes, Kya —Gabriella curvó los labios en una sonrisa ligera—, estaré bien.

—Kya tiene razón, Gaby —comentó Cleopatra entre bocado y bocado—, debes cuidarte. ¿No es así, Ely?

—¿El qué? —Elizabeth pareció salir de un trance—. Perdón, no estaba poniendo atención.

—¡Uuuhh, algo me dice que Elizabeth pensaba en su amore! —Kya le dio un codazo a la susodicha, cuyas mejillas se encendieron—. ¿A que sí, Ely?

—Yo… esto…

Cleopatra y Gabriella rieron y le picaron las costillas con complicidad. Érix Kunne había estado enviándole cartas a Elizabeth, aunque Gabriella sabía que él no era lo único que la distraía.

Elizabeth llevaba, además, el entrenamiento con Beryl Wonna, quien  le había dejado diversos ejercicios de gimnasia mental, algunos más que le ayudaban a entrenarse para poder prestar atención a dos cosas a la vez, sin contar con el adiestramiento a manos de la propia mentora de Gabriella. Había días en los que Elizabeth estaba tan cansada que la pelirroja la vio cabecear mientras memorizaba un libro, y se preguntó si no sería bueno que la chica tomase también infusión energética.

Para ella, por otra parte, lo más complicado hasta ahora era infiltrarse todos los días en las lecciones impartidas por Beryl, ya que tenía la sensación de que la mujer sabía de su presencia, aunque hasta ahora no daba muestras de haberla descubierto. La única ocasión en donde pasó serios apuros para seguirle la pista a su protegida fue cuando desapareció al teletransportarse junto con Maks Kotoro, aunque al final consiguió volverla a encontrar. Temió que el erudito le hubiese hablado de la visita que ella misma había hecho a su despacho, pero su joven amiga no comentó nada al respecto, por lo que supuso que el hüteur había guardado silencio.

Todavía recordaba el frío que le había descendido por la columna cuando la imagen de sí misma bajando los peldaños de la guarida de las bakemono apareció en sus pensamientos. Las bakemono estaban bajo juramento de muerte, y si alguien descubría lo que eran, estaban obligadas a practicarse el sepuku. Claro que, aquella normativa tenía sus excepciones. Los Garque podían conocer sus identidades y las misiones en las que se hallaban involucradas, de la misma manera en la que la líder de turno podía revelar sus identidades a quienes lo creyese conveniente. Pero debían cuidarse de los telépatas, y para ello cada una de las integrantes del grupo portaba un amuleto que las protegía de sus intromisiones.

Cuando Maks Kotoro le pidió que le entregase el amuleto no pudo menos que sorprenderse, más aún, al notar que el hüteur evitaba ahondar en los recuerdos que la mostraban como una espía. Era como apartar la mirada de algo prohibido, apenas distinguía algo el hüteur se apartaba y continuaba con el escrutinio. Así pues, Gabriella fue incapaz de contener su curiosidad y acudió al despacho del hombre, quien le explicó que estaba enterado de la «doble vida» que Momoka y ella llevaban, ya que la propia Isis Astarte se lo había confiado una noche antes. Por esa misma razón, ambas féminas —Gabriella y Momoka— estaban exentas de suicidarse, para su alivio.

Ahora, Gabriella sólo debía preocuparse por aprobar lo mejor posible las pruebas, sin descuidar por ello a Elizabeth, claro. Había convencido a la chica para que la acompañase en aquel primer examen práctico, y así no perderla de vista.

—¿No estás nerviosa? —le  preguntó Elizabeth mientras avanzaban por el camino de gravilla.

—Algo —admitió Gabriella con un cabeceo—. El resumen de la prueba era poco aclaratorio.

Elizabeth asintió. Las fechas y  horarios de las pruebas estaban clasificadas por generales y específicas, las cuales, a su vez, se ramificaban según el puesto a Garque al que se deseaba aspirar. Debajo del titular de cada prueba venía un pequeño resumen que explicaba, a grandes rasgos, de qué trataría la prueba, a fin de que los participantes se preparasen para ella o consiguiesen los materiales necesarios. No obstante, debajo del encabezado que  Gabriella había leído, únicamente encontró una escueta frase: «ejercicio de la autoridad ante los subordinados».

—A mí todavía no me asignan prueba práctica —la muchacha frunció el ceño—… ¿por qué crees que sea?

—No lo sé. Pero míralo desde este punto, tienes más tiempo para prepararte.

—Sí, pero… —Elizabeth sacudió la cabeza—, estoy leyendo sobre tantas cosas que siento que no avanzo, sino que zapateo en un mismo lugar. ¿Cómo me preparo para lo desconocido?

—Al menos se te quedaron las lecciones de baile de Cleopatra —apuntó la pelirroja y Elizabeth rio—. Aunque entiendo un poco cómo te sientes —suspiró—. Me hubiese gustado que fuesen más específicos a la hora de describir la prueba de hoy.

Se detuvieron. Vieron a Megan Dadle hablar con el par de dvergar que custodiaban la verja. Instantes después, las rejas se abrieron y les permitieron el paso. Avanzaron por una senda pavimentada durante unos segundos, antes de que se abriera en una explanada de césped inmensa.

—El Asterión —anunció Gabriella por lo bajo, más como explicación a Elizabeth que como un comentario en sí.

—Vi una ilustración de él en uno de los libros, pero no pensé que fuera tan grande.

Gabriella asintió. El Asterión era el edificio donde se entrenaba y reclutaba a la polissa, y donde estaban las oficinas de Cantharis Farfalla, jueza de Cultre Central. Su magnificencia arquitectónica no estaba en lo alto de sus muros, sino en lo largo. El Asterión era de una sola planta, pero tan largo que dividía la extensa explanada en dos, y hacía que hubiesen dos entradas: la trasera y delantera. Megan Dadle había guiado a las mujeres candidatas por la verja del frente, mientras que Duncan Zephyr, se encaminó con los hombres por atrás.

Antes de postularse para Garque, Gabriella había intentado que la polissa la reclutara, pero no lo consiguió. A diferencia de Momoka, quien pareció encajar mejor en los estándares exigidos por Cantharis. Según palabras de la propia Farfalla, Gabriella era «demasiado blanda» para ese tipo de trabajo, y como si quisiese castigarla por poseer dicha característica, la dejó en el puesto de secretaria.

«Ascendida con las bakemono, pero detenida aquí», pensó ese día con amargura. «No cabe duda que no todo se puede en esta vida.»

Sólo esperaba que Cantharis no fuese a presenciar la prueba, fuera cual fuera esta. Mucho menos, a fungir como juez calificador. Rastreó el lugar con la vista, pero no la detectó. Entornó los ojos… había algo en una de las bancas ubicadas debajo del alero del edificio. Se trataba de una figura baja, envuelta por completo en una larga túnica verde.

—¿No es esa Gina Daring? —comentó alguien a su espalda.

Lo era. La jueza de Cultre del Sur las observaba con ojo crítico, si bien lucía extraña con túnica y no con el uniforme.

—Señorita Monanti —llamó de repente Megan, con lo que Elizabeth dio un respingo del susto. Cualquiera habría dicho que la anciana no se había percatado de su presencia hasta ese momento—, vaya a hacerle compañía a la señorita Daring en aquel banco. El resto, sígame.

No era una pregunta, era una orden. Elizabeth le deseó suerte a Gabriella en un susurro antes de ir a donde se le indicaba. Gabriella estuvo tentada de hablar con la anciana y explicarle que no podía perder de vista a Elizabeth, pero recordó su juramento y cambió de opinión. Por otra parte, no creía que Gina Daring fuese a hacerle ningún daño, aunque como guarda que era, tampoco podía evitar ponerse un tanto paranoica y ver a todo el mundo como posible sospechoso.

Acabó por confiar en que su intuición no le fallaría, y siguió a sus compañeras hacia la larga fachada del Asterión. Megan Dadle abrió una de las puertas con una llave y les cedió el paso, para por último entrar ella también y cerrar tras de sí. La habitación parecía usarse como una especie de almacén, cubierto el suelo por una gruesa capa de polvo, que recubría igualmente las cajas, armas rotas y muebles desvencijados que se amontonaban por todas partes sin orden ni concierto.

—Pongan atención —habló la anciana con voz afilada—, porque no pienso repetir las instrucciones para nadie. A partir de este momento comienza su primera prueba práctica. Como habrán leído en el resumen, se trata de demostrar su capacidad de mando y autoridad ante sus subordinados. Que, para ser exactos, serán todos aquellos que laboren en este edificio. Se han escogido a cinco nuevos reclutas, algunos más indisciplinados que otros. Ustedes deberán conseguir que realicen una rutina básica de entrenamiento físico. Si lo logran, obtendrán la máxima puntuación. Si no… —torció los labios en una mueca desagradable—. En esa caja —señaló la única caja que no revelaba una película de polvo—, encontrarán algunos artilugios que podrían serles de utilidad para ejercer su autoridad, aunque después de que cada una pase el examen, deberá devolver el instrumento que utilizó, para que otra de sus compañeras pueda ocuparlo si así lo desea. Ah, y deberán desnudarse antes de salir.

Hubo un silencio que se prolongó unos segundos, antes de que todas estallaran a la vez:

—¿Qué?

—¿Está diciendo que vamos a plantarnos frente a los reclutas… desnudas?

—¿Qué clase de autoridad puede ejercer una sin ropa?

—¿Por qué sin ropa? ¡Es imposible mandar así!

—¡Al menos que sean reclutas mujeres!

—¡Oh, no, yo no me he depilado!

Todas miraron a una muchacha rubia que se sonrojó al instante.

—¿Qué? —alegó ella en un hilo de voz—. Estaba en mi periodo y no podía depilarme…

—Señora —tomó la palabra Momoka—, ¿cuál es el objetivo de que hagamos la prueba desnudas?

—Que si lo logran, estarán demostrando una autoridad verdadera. Nuestra desnudez muestra todo lo que somos, y al mismo tiempo nos deja vulnerables. Pero si pese a ello ustedes consiguen que esos chicos realicen una rutina básica de entrenamiento, entonces es porque son capaces de ejercer ese poder en todo un planeta. Están jugando para el puesto de Segundo al mando, señoritas. La seguridad de todo el globo estará en sus manos, y en caso de que algo le ocurriese al gobernador, deberán fungir como líderes supremos.

—¿Chicos? —repitió la erudita rubia que se había preocupado por su depilación—. ¿Quiere decir que los reclutas serán varones?

La sonrisa de Dadle se amplió.

—Exacto.

—¡Pero eso es humillante! —protestaron algunas.

—¡Seguro que a los candidatos varones no los están haciendo pasar por lo mismo!

—¿Y qué pasa si tengo el periodo?

—¡Silencio! —las calló Megan con una voz potente que Gabriella no pensó que tuviera—. Esto no está en discusión. La prueba es como es, y a la que no le parezca, puede retirarse. Los candidatos varones están pasando exactamente por lo mismo, sólo que ellos deben comandar a un grupo de reclutas mujeres. Y para la que dijo que tenía el periodo… —estrechó los ojos, acentuando su parecido con el de un cuervo, su animal característico—, te revisaré primero. Si es cierto que estás menstruando, en la caja encontrarás un paquete de tampones.

Gabriella se compadeció de la pobre infeliz.

—Si me retiro… —comenzó la susodicha, una joven que debía ser un par de siglos mayor que Gabriella—, ¿afectará de algún modo mi nota?

La sonrisa de Dadle fue feroz. Gabriella jamás había visto a nadie sonreír con esa crueldad, ni siquiera a Astucieus Thrampe.

—¿Usted qué cree, señorita?

La aludida abrió y cerró la boca. Nuevamente, Gabriella la compadeció.

Afortunada o desafortunadamente, el orden en el que enfrentaban la prueba era opcional, es decir, que cada una pasaba cuando así lo creyera conveniente. La primera en hacerlo fue una mujer que debía estar rondando los cuarenta siglos, muy alta, corpulenta y con el pelo recortado como el de un hombre. De no ser porque Gabriella la vio desnuda, habría jurado que era varón. Pero la mujer no duró mucho, porque Dadle detuvo la evaluación luego de que dejara a dos hombres inconscientes y a otro incapaz de procrear en el futuro.

Hubo que reemplazar a los cadetes por otros más rebeldes e indisciplinados, y Gabriella se preguntó si precisamente por eso Cantharis Farfalla los ofrecía para las evaluaciones, a modo de reprimenda. Más de alguna de las candidatas acabó llorando, un par de ellas optaron por retirarse y, otras menos, consiguieron que los cadetes empezaran una rutina de entrenamiento, aunque para ello tuvieron que valerse de diversas armas, y de un férreo autocontrol y temple, si bien en cuanto volvían a entrar en el almacén, se derrumbaban llorando. Incluso Momoka, quien no solía revelar lo que sentía muy a menudo, regresó temblando de pies a cabeza, tan roja como una manzana.

Entonces, decidió que era hora de tomar al toro por las astas. Gabriella respiró hondo, se desvistió y salió a la explanada de hierba cuando Dadle preguntó quién iba a ser la siguiente, llevando entre sus manos una guadaña. Luego de mantenerse dentro de un lugar en semi penumbra, la luz del sol la deslumbró durante unos segundos, pero se recuperó y avanzó hasta colocarse frente a la fila de reclutas medio magullados.

Creyó que los encontraría cansados y un tanto más dóciles, pero se equivocó. Estaban malhumorados, y eso los volvería más indisciplinados y groseros. En la banca, Elizabeth le regaló una sonrisa de aliento, al lado de Gina Daring, quien parecía algo hastiada. Megan Dadle la observaba desde otra de las bancas, con una pluma y un bloque de notas en las manos.

—¡Firmes! —ordenó Gabriella con toda la seriedad que fue capaz de reunir.

Dos de los reclutas rieron entre dientes y la miraron de arriba abajo. El tercero también la recorrió con los ojos, aunque Gabriella notó que se fijaba más en las diversas cicatrices que le marcaban la piel, producto de su entrenamiento como bakemono. El cuarto hombre bufó mientras que, el quinto, con un ojo morado, torció la boca en una sonrisa burlona.

—¿O si no, qué? —la instó—. ¿Nos cortarás los huevos con esa linda guadaña que tienes?

—Silencio, cadete —espetó Gabriella sin poder evitar ruborizarse—. No le he dado permiso para hablar.

—No hace falta que hablemos —el hombretón se palmeó un muslo y la recorrió con la mirada, lascivo—. ¿Por qué no vienes y me dejas comprobar si tu coñito es tan rojo como tu pelo?

Sus compañeros soltaron una carcajada, excepto el que le había visto las cicatrices, que rio un tanto nervioso. Gabriella hizo un esfuerzo sobrehumano para, precisamente, no cortarle los huevos con la guadaña. Guardó silencio, y adoptó la expresión más gélida que pudo formular, clavando la mirada primero en uno de los reclutas y, una vez le hubo cortado la risa, pasó a fulminar al siguiente. Tardó un par de minutos y sólo consiguió amilanar a tres, pero se dio por bien servida.

—Ustedes —los señaló con un dedo—, los quiero en una columna a mi izquierda.

—¡Mira, Moi! —exclamó el joven que había bufado al verla llegar—. ¡Parece que nos ha elegido para formar un trío!

Esta vez, Gabriella sí reaccionó. Giró la guadaña entre sus manos y la deslizó por el suelo con un movimiento rápido, logrando que el osado cayera sin alcanzar a meter las manos para amortiguar el golpe. Su compañero, el del ojo morado, se carcajeó como si fuera lo más divertido, al menos hasta que Gabriella le dio una patada en el estómago que le sacó todo el aire.

—Y agradezcan que no he usado la hoja —masculló con rabia contenida. Se volvió a los tres que, pese a haber formado la columna, soltaban risitas burlonas—. ¿Y ustedes qué? ¿Es que quieren comparar su sangre con el color de mi pelo? ¡Una serie de doscientas genuflexiones, ya!

Los reclutas se tragaron la risa y empezaron a hacer lo que se les decía entre refunfuños. Gabriella intentó que los otros dos cooperaran, pero fue inútil. Al final, tuvo que regresar al almacén con el resto de las candidatas, temblorosa y con un nudo en la garganta. Pero no lloró. Pasaron cuatro mujeres más, la última, la rubia que lamentó no haberse depilado, acabó volviendo entre gritos y sollozos, con la marca roja de una mano en una nalga, y las risotadas de los cadetes retumbando por detrás.

Permanecieron en el almacén un rato, cada una sumida en sus propias cavilaciones, rabia y frustración, hasta que por fin Megan Dadle fue a buscarlas. Salieron en tropel como un rebaño de ovejas rasuradas y vapuleadas, con la dignidad y la autoestima por el suelo. Los cadetes se habían marchado y en su lugar estaban cuatro hombres, los cuales no sólo tenían pinta de maleantes, sino que llevaban un aro en el cuello que los identificaba como tal y que anulaba cualquier habilidad mágica.

—Mañana se darán a conocer sus resultados —anunció Megan vuelta hacia ellas—, ahora, la señorita Daring les demostrará cómo debían haber hecho las cosas.

—Pero ellos son sólo cuatro —protestó una candidata en voz baja.

Era cierto, pero aquellos cuatro doblaban en tamaño a cualquiera de los cadetes a los que ellas se habían enfrentado. Y una cosa era lidiar con reclutas indisciplinados, y otra muy distinta tratar con posibles asesinos o violadores. Gabriella vio a Gina Daring levantarse del banco, suspirar y tirar del cinto que le ceñía la túnica con un movimiento teatral.

La prenda cayó al suelo y dejó a la vista su desnudez, casi al momento los maleantes soltaron risitas y silbidos irreverentes. Sin embargo, Gabriella notó que la jueza llevaba el pelo recogido en un moño, sujeto con algo demasiado brillante para tratarse de un simple adorno. Asimismo, sujetaba en una mano un plumín con el tapón retirado. Gina avanzó hacia los reos como si tal cosa, deteniéndose frente a ellos con las manos en la espalda y una expresión serena.

—Buenos días, caballeros —empezó con voz fuerte y clara, como si estuviese impartiendo una cátedra al aire libre—. Mi nombre es Gina Daring, jueza de Cultre del Sur. La razón por la que están ustedes aquí parados y por la que estoy como Eqat me trajo al mundo, es para demostrarle a estas señoritas, que ustedes son más inteligentes que la panda de cadetes desarrapados de hace unos minutos.

Gabriella contuvo la respiración. Había reacciones distintas por parte de los reos: uno de ellos, un hombre alto como una vara y con un largo y delgado bigote, fruncía el ceño con ligereza; a su izquierda, un tipo de pelo enmarañado y dientes podridos esbozó una sonrisilla divertida; le seguía otro sujeto calvo, de ojos oscuros y calculadores, con los cuales estudiaba a Gina con detenimiento, y por último, un hombre de cara cuadrada y enormes manazas, se pasaba la lengua por los labios, como saboreándose a la adolescente.

—¿Y bien? —inquirió Gina con una ceja en alto—. ¿Nadie tiene nada qué decir?

—¿Y cómo… cómo demostraremos eso, señora? —preguntó el hombre del bigote.

—Me alegro que lo pregunte, señor —la chica esbozó una sonrisa sutil—. Lo único que deben hacer es realizar una rutina simple de ejercicio. Pueden escoger con qué empezar: abdominales, genuflexiones… ¿sí, caballero? —agregó mirando al hombre calvo.

—¿Qué nos ocurrirá si no obedecemos?

Gina amplió la sonrisa.

—Es usted un hombre listo… ¿qué cree que podría pasar?

—Los carceleros nos apalearían —habló el bigotón.

Pero su compañero, el calvo, negó con la cabeza y apuntó el destello que se distinguía entre el cabello de Gina.

—Yo me preocuparía más por eso.

—Chico listo —repitió la jueza y con un movimiento elegante incluso pese a estar desnuda, extrajo de entre su cabellera el artilugio brillante que Gabriella le había atisbado. Lo desplegó mostrando que era un abanico de hojas de acero, relucientes ante la luz de ambos soles—. Pero no creo que tengamos que llegar a esto, ¿verdad?

El hombre del bigote fue el primero en dar un paso hacia atrás y comenzar a hacer los ejercicios. El calvo arrugó la frente y pareció tener un debate interno, mas acabó inclinando la cabeza, casi en una reverencia, antes de retirarse unos pasos para poder realizar él también su serie de abdominales.

—Magnífico —Gina miró a los otros dos, e ignoró de forma deliberada la seña obscena que uno de ellos le hizo—. Mmm… tal parece que no logro convencerlo… ¿de qué se le acusa, caballero?

—Robo a mano armada, infanticidio, parricidio, y muchos, muchos cidios más, señora jueza—dijo en son de burla el del pelambre desaliñado—. Como ve, no me gusta doblegarme ante los demás…

—Respeto eso —Gina, despreocupada, se abanicó con el arma—. ¿Qué le parece si hacemos un trato? Usted hace una sencilla rutina de ejercicio y yo negocio con la señora Farfalla para que dispongan, los tres —enfatizó e incluyó al calvo y el bigotón con un ademán de una mano—, de ciertas comodidades en sus celdas, como hechizos de calefacción, mejores camas y comidas.

El greñudo pareció meditarlo, pero negó con la cabeza.

—Negocie mi libertad, y tal vez…

—Creo que no me he explicado bien —Gina abrió y cerró el abanico, aunque sin abandonar su tono y semblante amable—. Se encuentran aquí para cumplir una condena por muchos crímenes, no porque estén de vacaciones, aunque cierto es que yo puedo hacer que su estancia sea más agradable… —amplió la sonrisa, y esta vez, en sus ojos hubo un brillo de advertencia—, o volverla un infierno, según prefiera. Así que dígame, mi estimado homicida, ¿qué escoge? ¿Nuestro trato o…? —dejó la frase en el aire.

Gabriella estaba sin habla, entre expectante e impresionada de cómo Gina manejaba la situación. Por fin, el asesino gruñó, se dio la vuelta y buscó un espacio en donde ejecutar su serie de ejercicios. Faltaba uno. Pero el hombre de cara cuadrada se echó a reír, de forma tan abrupta y estridente que hizo saltar a la pelirroja y a las candidatas que habían a su alrededor.

—¿Qué le parece tan divertido, señor? —preguntó Gina con ambas cejas en alto.

—¡Tienes talento, niña! —los ojos del reo emitieron un siniestro brillo divertido—. Plantarte desnuda frente a nosotros y darnos órdenes como si fueses la propia Tamara resulta algo de admirar, pero también, muy excitante —la recorrió de arriba abajo, y aunque la expresión de Gina no varió, sus músculos manifestaron una tensión apenas perceptible—, aunque me temo que no basta para que yo haga ejercicios de rutina, por más sencilla que sea la serie.

Fue el turno de Gina para recorrerlo con la mirada.

—Y dígame, señor, ¿qué sería suficiente para usted?

—¿Sabes por qué estoy aquí, niña?

—Ilústreme, por favor.

—Por amar a las mujeres —el tipo se adelantó un paso, pero Gina no se movió—: amaba cuando ellas chillaban mientras yo me las cogía, primero por delante, luego por atrás. Amaba ver cómo sus pechos explotaban al apretarlos, como remolachas cocidas y purpúreas, la humedad de la cuenca de sus ojos al introducir mis dedos en ellos, mientras con la otra mano tiraba de su pelo para robarles un beso… y sus labios… la carne de sus labios era tan tierna… —se relamió, y todas las allí presentes vieron, con horror y asco, la erección que se erguía a través de sus prendas—. Pero lo mejor era la sangre, no, lo mejor era cogérmelas cuando ya estaban frías, porque  su coño aún conservaba el calor… —curvó los labios en una sonrisa depredadora—. ¿Me dejas  ver qué tan caliente está tu coño, niña?

No esperó a que Gina le respondiera. Se abalanzó sobre ella con el hambre y la lujuria reflejados en el rostro. La jueza de Cultre del Sur lo dejó aproximarse un paso, antes de apartarse de él con un movimiento fluido y casi despreocupado, con lo que el tipo estuvo a punto de darse de bruces contra el suelo. Gina le dio un toquecito con la punta al descubierto del plumín, justo entre la mejilla y el  lóbulo de la oreja, haciendo que gruñera y se volviera hacia ella, molesto por la burla. Intentó apresarla por segunda vez, y por segunda vez Gina lo esquivó y le hizo una marca con el plumín, ahora en la articulación del codo. Con cada pincho que recibía, el reo se ponía más furioso, si bien Gabriella notó que no por ello descuidaba sus movimientos. No tanto, al menos.

—¿Está consciente de que ataca a un superior, señor? —preguntó Gina con ceño. Los reos que antes se ejercitaban en torno a ella ahora observaban con curiosidad la peculiar danza en el que la jueza y su compañero se hallaban enfrascados.

El hombre no respondió, pero cambió de táctica e intentó derribar a Gina con un barrido de pies. A Gabriella le sorprendió la facilidad con la que realizaba el gesto, y se preguntó a cuántas y a qué tipo de mujeres se había enfrentado para verse obligado a prepararse para ello. Gina masculló algo, pero se apartó dando una vuelta de gimnasia hacia atrás, la cual hubo de repetir para evitar ser alcanzada.

—No lo repetiré, señor: si no se detiene y reconsidera sus acciones me veré obligada a utilizar la fuerza…

—¡Hazlo! —la instó él con una carcajada salvaje—. ¡Me encantan las hembras que ponen resistencia!

Gina puso los ojos en blanco y bufó con fastidio.

—Como guste.

Entonces, Gabriella entendió para qué era el plumín.

Lo que al principio parecía una forma de fastidiar al reo, adquirió un nuevo y revelador sentido cuando Gina asestó el primer puñetazo en una de las marcas que le había hecho. El aludido no tardó en darse cuenta de que la chica lo había convertido, sin que él se diera cuenta, en una diana andante, y aunque intentó verse a sí mismo para detectar en qué partes le había hecho las marcas, no tardó en percatarse de que, por una parte, dicha acción le quitaba unos preciados segundos para esquivar a la joven, y, por otra, no todos los puntos dejados por Gina resultaban objetivos a alcanzar.

La jueza de Cultre del Sur era rápida, tanto, que Gabriella se preguntó si su don no sería el de la híper velocidad. Aprovechaba su baja estatura para escabullirse, y realizar uno que otro corte en la piel de su contrincante, lo suficientemente profundo como para debilitarlo por la pérdida de sangre, pero no para matarlo. De repente, el violador consiguió desarmar y derribar a la chica, inmovilizándola y separándole las piernas con una presteza escalofriante. Algunas de las candidatas gritaron, otras se adelantaron un paso —Gabriella incluida— para ir en auxilio de la adolescente, pero Megan Dadle las detuvo con un ademán.

—¡Va a violarla! —exclamó alguien con voz aguda.

Pero Gina Daring no parecía preocupada, era más, miraba con fijeza al hombre sudoroso y manchado de sangre que jadeaba sobre ella, entre excitado y fatigado, con el pene erecto al aire y a punto de penetrarla. De haber estado más atento, habría notado la figura que se erguía detrás suyo, con una inmensa roca en las manos.

La piedra bajó con una fuerza terrible y chocó contra la cabeza del violador, el crack que produjo al romper el cráneo se escuchó hasta donde estaban las candidatas. Sangre escurrió por el rostro del hombre como si se tratasen de dedos color carmesí, dedos que le arrebataron su fuerza y apagaron el brillo de sus ojos. El tipo se tambaleó unos instantes, para después precipitarse sobre el cuerpo de Gina, quien salió de debajo de él antes de que la aplastase.

Fue cuando descubrieron a quien había lanzado la piedra.

Era el tipo calvo, el de ojos calculadores y que había retrocedido de segundo.

—¿Qué? —dijo como si tal cosa, al sentir todas las miradas clavadas en él. Se encogió de hombros—. Estaba condenado a muerte, de cualquier forma. En cambio, yo tengo cadena perpetua, y no pretendo pasarme el resto de mi vida en ese catre de mierda y comiendo esa comida asquerosa.

Se volteó, y retomó su serie de ejercicios.

 

***

N/A:

¡Hola caracolas de mi vida y mi corazón!

Antes que nada y de que moderación le prenda fuego a este capítulo, tengo que aclarar que: 1) no hay escenas de sexo explícito. 2) he advertido antes de que el capítulo era fuerte para almas sensibles, aunque a mi parecer, la cosa no es tan alarmante como lo son muchos, muchísimos de los demás contenidos que hay en esta página. Y 3) Las palabrotas no son con intención de ofender a ningún lector, género o grupo feminista, es parte de las personalidades de  los personajes, porque estarán de acuerdo con que tanto reclutas indisciplinados como los  reos (en especial estos últimos) no van a expresarse con ramos de flores y versos de amor.

De los morbosos ya no me hago responsable, porque bajo advertencia no hay engaño. Por otra parte, no podía cortar el texto, porque como ya se habrán dado cuenta, abarca poco más de la mitad del capítulo y, encima, si lo quito la mitad del cap siguiente no tendría ningún sentido. Así que espero que moderación entienda (que además esta historia es para mayores de quince, no para niños) las circunstancias, así como espero no haber ofendido a ninguna palomita blanca.

Ahora sí, la nota de autor: ¿a que se nota que ando contenta? XD. Bueno, eso es porque el proyecto que estaba absorbiendo mi tiempo y sueño finalmente está terminado y con la bendición dada, a ver qué pasa con el nene. ¡Deséenme suerte!

Pasando al cap, tengo que decir que ha sido toda una experiencia escribirlo. Gracias a las personas que consciente o inconscientemente influyeron para que lo construyera de forma correcta, porque es uno de mis capítulos favoritos (modestia aparte), seguramente porque me costó sudor y lágrimas plasmarlo.

En fin, espero que a ustedes también les gustase, y ya saben, dudas, comentarios o sugerencias, ¡tecleen que yo los leo!



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