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Destino II. Epidemia. » Pitonisa
Destino II. Epidemia. (R15)
Por Kajiura
Escrita el Martes 5 de Mayo de 2015, 23:20
Actualizada el Sábado 8 de Abril de 2017, 04:07
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Pitonisa

XIV

Pitonisa

 

Astucieus se reclinó en su asiento y suspiró. Faltaba una hora para que terminara la jornada, aunque a él le habría gustado haber podido adelantar el tiempo. Ese día, había supervisado todas y cada una de las instalaciones enfocadas al entrenamiento de la polissa y la milicia, además de su funcionamiento. Dicha revisión había estado inspeccionada, a su vez, por Érix Kunne. Sin embargo, en aquella ocasión el hombre se retiró antes de lo habitual, no sin antes soltarle un sermón acerca de su ineptitud y de lo importante que resultaba el solventar los inconvenientes hallados.

—Por mí, puede meterse sus inconvenientes por donde mejor le quepan —masculló el Garque a la par que cerraba los ojos y se masajeaba las sienes—. Espero que al menos Elizabeth haya tenido un mejor día que el mío.

Sabía que aquella mañana se llevaría a cabo la evaluación de cacheo, y eso lo ponía nervioso. Un estudio sanguíneo no traería problemas, pero el escrutinio mental o la infusión de la culpabilidad, eran arena de otro desierto. Si descubrían que Dikoudis se había puesto en contacto con Elizabeth, peor, que le había proporcionado la infusión capsciere, estarían perdidos. Y no sólo él, sino el globo entero. Pensando en ello estaba cuando alguien llamó a la puerta.

—¿Quién? —preguntó y abrió los ojos.

—Soy yo, mi señor: Beryl Wonna.

Astucieus no pudo menos que sorprenderse. Se había cruzado con Beryl Wonna en más de alguna ocasión durante los últimos días, sí, pero sólo habían intercambiado palabras de cortesía, no más.

—Adelante.

La puerta de su despacho se deslizó sola hacia dentro, revelando a una Beryl enfundada en un vestido color hueso y sin mangas, pero de escote austero que ocultaba el corte en su pecho, aún sin cicatrizar. La herida del antebrazo y los hematomas habían cerrado bastante bien, gracias a varios ungüentos y pócimas de su propia invención, y ya sólo se veían un rayón rojo en vez del corte, así como sutiles manchas amarillentas, allí donde antes reinaba el morado. La mujer estaba escoltada por dos hombres del ejército, quienes habían sido elegidos por la propia Itzal Txaran.

—Esperen aquí fuera, caballeros. No tardaré —pidió la pitonisa con voz amable.

—Como usted ordene, señora.

La mujer entró con paso ligero, sus ojos grises repasaron su entorno con curiosidad. Detrás de ella, la puerta se cerró.

—Me gusta la decoración, va muy acorde contigo. Aunque… —señaló el mural de Tamara impartiendo justicia—, esa pintura me parece un poco sombría.

—¿En qué puedo servirle, señorita Wonna?

Ella lo miró. Esa mañana, el peinado de flor era sustituido por una diadema a juego con sus ropas, dejando que su larga cabellera platinada se le escurriera hasta la cintura, otorgándole a sus gestos cierto aire infantil e inocente.

—Yo… he venido a ofrecerte una disculpa —Beryl ocupó un puesto frente a él—, tanto por lo que dije la última vez sobre ti como por el daño que te causé en el pasado —bajó la mirada—. Lamento haberte apartado de mi lado sin mayor explicación, como mismo me disculpo por haberme negado a recibirte en el oráculo, o por no responder tus cartas. Tampoco creo que seas un hombre sin corazón… —volvió a mirarlo—. ¿Podrías perdonarme? Sé que es tarde para retomar lo que teníamos, pero por favor, permíteme expiar mis pecados y brindarte mi sincera amistad.

         —¿Por qué hasta ahora? —inquirió Astucieus con calma, pero con los ojos estrechados en una expresión desconfiada—. ¿Por qué no has venido a disculparte antes?

—Yo… quise disculparme en el oráculo, pero… —frunció los labios—, supongo que necesitábamos decirnos muchas cosas antes de llegar a una verdadera reconciliación.

—Sí, supongo que sí.

Se sumieron en un silencio incómodo, los dos poco acostumbrados a las palabras y más a los actos, como en el pasado, en donde Astucieus le devoraba esa boca y ese cuello largo como el de un cisne. No obstante, el animal característico de Beryl no era el cisne, sino la esfinge. Y la esfinge estaba llena de acertijos, tan llena de misterios, razón por la cual Astucieus no podía evitar preguntarse, si el brillo arrepentido de la pitonisa no escondía algo más. Pero no, las relaciones entre Garque y personas ajenas a la pirámide estaban prohibidas, y Beryl lo sabía bien.

—De acuerdo —accedió al fin—, acepto tu disculpa.

La mujer esbozó una sonrisa que le iluminó el rostro.

—Gracias —tendió la mano por encima del escritorio—. ¿Amigos, entonces?

Astucieus la contempló durante unos segundos, antes de estrecharle la mano también.

—Amigos, sí.

—Perfecto —ella apretó su mano con ligereza antes de levantarse—. Lo dejo, señor Thrampe. Mis clases no tardarán en empezar, y no quiero darles a mis alumnos una mala impresión llegando tarde.

—No sabía que fueras a dar clases. ¿Sobre qué serán?

—Clarividencia, por supuesto. Itzal cree que sería una buena forma de excusar mi presencia en el Templus.

Astucieus asintió.

—Una excelente justificación, sin duda.

—Te veo en la cena —Beryl le dedicó una última sonrisa, y Astucieus no pudo más que verla marchar, con su larga cabellera oscilando a su espalda.

 

Elizabeth avanzaba por los pasillos casi por inercia, arrastrada por la corriente de estudiantes que se dirigían a sus últimas clases del día.

Todavía no podía creer la suerte que había tenido. Porque aquello tenía que haber sido suerte, o intervención divina. ¿Sería posible que Zehel, el Dios de Dioses cultrorianos, la quisiese realmente en el puesto de gobernadora?

En cuanto la infusión capsciere apareció en sus pensamientos, supo que estaba perdida. Sin embargo, lo que salió de la boca de Maks Kotoro no fue una condena, sino una liberación: «limpia», decretó, y la miró de forma intensa con sus ojos rojo y negro. Ella intentó que el asombro no trasluciera en su rostro, y fue a ocupar un puesto entre los otros evaluados, al lado de Kya.

—¿Y Gaby? —preguntó al no verla por ninguna parte.

—No lo sé —la muchacha meneó la cabeza—. Platicaba con Cleo cuando la perdí de vista. Supuse que no se sentía bien y que había salido a tomar aire… ¿tú no la viste salir?

—No —Elizabeth frunció el ceño, aunque tampoco era como que hubiese estado muy pendiente de quién salía de las doble puertas.

Seguramente, Gabriella se habría mezclado entre los estudiantes que salían, tal y como ella lo estaba haciendo en esos momentos, a fin de pasar desapercibida y poder alcanzar el aula que deseaba. Desconocía por qué el hüteur Kotoro no la había delatado, pero se lo agradecía de todo corazón. Tal vez, si se lo topaba más adelante y a solas, podría preguntarle. Por ahora, debía hallar la clase que le interesaba.

Por fin la encontró, marcada la puerta por una tablilla que, a su vez, tenía tallada una esfinge. Empujó y se adentró en la estancia, captando la mirada de los alumnos que ya ocupaban algún pupitre. No se detuvo mucho en ellos, más preocupada en encontrar un lugar vacío para ocupar. Lo halló en la parte posterior del aula, casi al final de una de las filas. Fingió buscar papel y lápiz dentro del bolso que Kya le había prestado, para así darle tiempo a los ojos curiosos a apartarse de ella, aunque para su fortuna, la llegada de su maestra fue lo que la salvó.

Beryl Wonna lucía mucho más joven con el cabello suelto, o quizá era la diadema a juego con sus ropas lo que suavizaba sus rasgos; de cualquier forma, la mujer era hermosa, incluso con ese arañazo y las marcas de hematomas desvaneciéndose de su piel. La pitonisa dejó un par de gruesos libros sobre el escritorio, además de un saquito de terciopelo negro. Detrás de  ella, los soldados que la custodiaban flanquearon la puerta y permanecieron de pie, sus rostros impasibles bien podrían pasar por los de una estatua.

—Buenas tardes a todos —saludó la pitonisa con una sonrisa—, bienvenidos sean al curso de clarividencia y el arte de adivinar. Mi nombre es Beryl Wonna, pitonisa instruida en el Oráculo de Delfos e hija de la difunta Sheila Wonna. Antes de adentrarnos en el tema como tal, me gustaría saber qué es lo que esperan de este curso. Mmm… usted —señaló con un ademán cortés a un muchacho que lucía un kimono en color cobre, propio de la rama real a la que pertenecía—. ¿Su nombre es…?

—Leónidas Marraquésh, sensei.

—Dígame, señor Marraquésh, ¿por qué ha decidido tomar este curso?

—Yo… bueno… —el joven de ojos castaños y piel trigueña se ruborizó—, me gusta saber de todo un poco, sensei.

—Sabelotodo —susurró una chica por lo bajo, en son de burla.

Hubo risitas que la secundaron. Beryl las ignoró.

—¿Me creería si le dijera que vi venir su respuesta? —dijo en cambio, y todos sus alumnos rieron—. ¿Y usted, señorita? —indicó a una chica de aspecto desaliñado y expresión taimada—. ¿Para qué ha venido?

—Para aprender a adivinar el futuro, obviamente —dijo y se cruzó de brazos. Miró a Marraquésh—. Y para saber si Marra se casará conmigo algún día —agregó guiñándole un ojo.

El muchacho se puso todavía más rojo. A su alrededor, algunos soltaron una carcajada. Elizabeth no pudo contener una sonrisa, contagiada del ambiente juvenil.

—¿A qué linaje pertenece?

—Origin. Me llamo Génesis Origin, sensei Wonna.

—Y dígame, señorita Origin, en su opinión, ¿cómo es que se da dicho fenómeno?

—No lo sé, pero cualquiera puede tener una visión del futuro, ¿no?

—Correcto —Beryl abrió el saquito y extrajo un puño de lo que parecía ser arena dorada—. Lo primero que deben saber es que, tal y como ha afirmado la señorita Origin, el futuro le puede ser revelado a cualquiera —abrió la mano, y sopló despacio su contenido, justo encima de una pizarra negra. Los granos de arena se dispersaron y serpentearon sobre ella hasta formar una oración: « ¿quién puede predecir?»—. Así pues, nuestro primer tema serán los tipos de predicciones —mientras hablaba, el polvo dorado se descomponía para volver a formar nuevas palabras—. Primeramente, tenemos la predicción de tipo Hipnos. ¿Sabe alguien cómo se manifiesta este tipo de premonición? ¿Sí, jovencita…?

—Mara. Mara Yiruma, sensei.

—Bien, señorita Yiruma, la escucho.

—No estoy segura, pero Hipnos es el nombre de un Dios griego, ¿no? El Dios de los sueños. Entonces, las predicciones de tipo Hipnos deben ser aquellas que se nos revelan en sueños…

—Muy buena deducción, señorita Yiruma. Sí, Hipnos es el Dios griego de los sueños, y a él se debe el nombre de este tipo de predicciones que, en efecto, son aquellas que nos llegan mientras dormimos. Empero debemos recordar que el Dios de la predicción y patrón de las pitonisas es nuestro señor Chronos, y no Hipnos.

—Pensé que Chronos era el Dios del tiempo y amo y Señor de la nada —comentó Marraquésh, confuso.

—En efecto, pero también es el encargado de enviar predicciones a los mortales, ya que, como señor del tiempo que es, conoce todo aquello que ocurre y ocurrirá.

—Pero nuestro señor Zehel también tiene ese don, ¿no? —preguntó Yiruma con ceño—.  O eso nos han enseñado…

—Lo tiene —Beryl asintió—, pero sólo ve lo que nuestro señor Chronos así le permite.

—Entonces, debería ser Chronos el Dios supremo —apuntó Origin entre confusa e indignada.

—Chronos es un Dios neutro —explicó la pitonisa mientras se paseaba entre las filas de pupitres—. Es decir, que no interviene en disputas mortales ni divinas, a menos que su participación sea necesaria para mantener el equilibrio del universo. No tiene predilección por el bien o el mal, simplemente es, aunque sí, se le profesa poco culto. Pero volviendo al asunto de las predicciones… ¿alguien sabe cómo diferenciar un sueño normal de un sueño premonitorio? ¿Sí, joven?

—Edfu Cheops, gran sensei del Oráculo —habló un muchacho con el kimono dorado y una argolla en una oreja—. La diferencia entre un sueño común y uno premonitorio es la ausencia de color en las imágenes, mi señora. Se recomienda realizar una descripción escrita de lo soñado antes de que se borre de la memoria, ya que no se sabe si dicho sueño volverá a presentársenos.

—Excelente, señor Cheops. ¿Alguna vez ha tenido un sueño premonitorio?

—Más de uno, sensei. Mi don natal es el de la premonición —anunció él con orgullo.

La afable sonrisa se borró de los labios de Beryl. Alrededor de Cheops, los murmullos no se hicieron esperar. «No debió haberlo dicho», pensó Elizabeth, severa.

—Agradezco su honestidad, joven Cheops, pero le sugiero que no divulgue esa información con tanta libertad. Podría ser… peligroso. El don de la visión es uno de los más codiciados.

—Pero usted lo ha compartido con nosotros —el muchacho arrugó la frente—. Es más, todo el mundo sabe que las pitonisas ven el futuro.

—Sí, y por eso vivimos en el oráculo. Con todo y eso existe gente que busca hacerse con nuestras visiones —alzó un brazo para que todos pudieran ver la delgada y larga línea rojiza que lo atravesaba—. El futuro es una cosa delicada, jovencito, y por ende debes tener más cuidado a la hora de compartir información relacionada con tu don.

—¿Cuál es la diferencia entre una pitonisa y alguien que posee el don? —preguntó Marraquésh débilmente.

—Las pitonisas podemos predecir a voluntad —explicó Beryl y volvió a pasearse entre las sillas—. A diferencia de quienes poseen el don, que han de esperar a que una visión les sea revelada, bien sea en sueños o durante la vigilia.

—¿Cómo es predecir a voluntad? —preguntó Origin, curiosa.

Beryl rio entre dientes.

—Bueno, primeramente, se determina sobre quién ha de versar la visión. Una vez se decide esto, es como entrar en una inmensa habitación repleta de esferas de luz —realizó un arco con ambas manos, como para indicar la amplitud del lugar—. Cuando la pitonisa en cuestión toma una esfera de luz, entonces le es revelado un fragmento de futuro de esa persona. Sin embargo, no se puede tomar cualquier esfera, sólo las primeras tres más cercanas, y deben ser vistas en orden. Ninguna pitonisa puede tener más de tres visiones al día, a menos que el señor Chronos lo estime conveniente y se las envíe él mismo.

—¿Y las personas con el don? —preguntó Yiruma—. ¿Cómo predicen ellas?

—Con calma, vamos por partes —Beryl sonrió con ligereza, casi con dulzura—. Las pitonisas realizan dos tipos de premoniciones: las profecías y los presagios. Estos últimos son el tipo de predicciones que realizan las personas con el don, de hecho. Las profecías, por otra parte, son inmutables, es decir, cuyo contenido se cumplirá de una u otra manera, y afectan el destino de toda la humanidad. Los presagios, en cambio, sí pueden ser evitados, y hacen referencia a una sola persona o a determinado grupo.

—Dispense, señorita, pero he oído decir que las profecías pueden cambiarse —objetó Cheops, aún con cierto aire resentido—. ¿Podría explicar eso?

—Algunos creen que las profecías pueden cambiarse, sí —concedió la mujer sin ofenderse por el tono altanero y desafiante de su alumno—, aunque mi experiencia me ha enseñado que no hay profecías erradas, sino malas pitonisas. El arte de predecir no alude únicamente al hecho de recibir  visiones futuristas, señor Cheops, sino también a saber interpretar el contenido de las mismas.

—Dice que cuando las pitonisas predicen, es como entrar en un recinto lleno de esferas de luz… —Marraquésh la miraba con profunda admiración—, ¿cómo ocurre con quienes tienen el don? ¿Cómo es eso de los presagios?

Beryl soltó una risita.

—La ansia de saber puede ser tan peligrosa como ver el futuro, joven Marraquésh —dijo, al tiempo que inclinaba la cabeza y le regalaba al chico una cálida sonrisa—. Como decía anteriormente, las personas con el don tienen premoniciones de tipo presagio, los cuales, pueden ser modificados. Estos presagios llegan de forma repentina, por lo que las personas con el don deben entrenarse para poder ocultar la manifestación de alguna predicción. Para eso, y para no perder contacto con su entorno mientras predicen. Si un presagio los alcanza en pleno combate, morirían, ya que estarían inmersos en la visión y dejarían de prestar atención al enfrentamiento. Los síntomas más comunes en una persona con el don que está recibiendo una visión del futuro son: ojos en blanco, respiración entrecortada y sibilante, algunos incluso manifiestan temblores ligeros o pérdida de la fuerza en los miembros inferiores.

Elizabeth asintió a casi todos los síntomas, mientras tomaba la mayor cantidad de apuntes posibles. Esperaba que Beryl explicase la forma en cómo alguien con el don se entrenaba para disimular su habilidad, pero no lo hizo. Suspiró. Tenía dos opciones: o esperaba a que la mujer sacara el tema, o se quedaba al final de la clase para preguntarle personalmente. Quizá optase por lo último; necesitaba desarrollar su don, hasta el momento ningún presagio la había sorprendido en una situación de vida o muerte, pero no podía esperar a que ocurriera. La última vez, la visión de la supuesta muerte de Astucieus a manos de los demonios, se había presentado mientras estaba en compañía de Bryant, pero no sabía si durante el siguiente presagio que recibiera pudiera correr con tanta suerte.

Cuando la clase terminó, volvió a emplear la técnica de fingir que revolvía sus cosas en el bolso, y en cuanto se hubo marchado el último estudiante, se levantó y aproximó a su maestra, quien arrastraba los granos de arena con ayuda de una brochita, hasta hacerlos caer en un canal que había debajo de la pizarra.

—Disculpe… ¿sensei Wonna? —dijo, recordando que era así como los estudiantes denominaban a quienes los instruían.

—¿Sí? —Beryl se volvió—. Oh, es usted, señorita Monanti. Ya me preguntaba si iba a acercarse.

—Usted… ¿me vio en una visión?

—En un presagio —asintió ella con calma—. Uno enviado por mi señor Chronos, he de decir, aunque no estaba segura si se acercaría a mí o se limitaría a recibir las lecciones en silencio —se encogió de hombros—. ¿En qué puedo servirle, señorita Monanti?

—Yo… —Elizabeth tragó saliva para darse valor—. Me preguntaba cómo puede una persona con el don de la clarividencia el desarrollar su habilidad…

Beryl le escudriñó el rostro.

—Guardias —dijo a los soldados que custodiaban la entrada—, cierren la puerta y espérenme afuera, por favor.

Los militares chocaron talones y acataron la orden, Elizabeth fue incapaz de evitar ponerse tensa al adivinar lo que venía. «Lo sabe», pensó. «Sabe que tengo el don y ha echado a los guardias para evitar que oigan nada.»

—¿Posee el don de la premonición, cierto? —más que una pregunta, sonaba como una certeza—. Puede ser franca conmigo, no se lo diré a nadie.

—Sí —confesó Elizabeth y abrazó contra su pecho el bolso de Kya—. Pero no tengo idea de cómo entrenarlo, y me preocupa que pueda causarme inconvenientes.

—Entiendo. Se ha mostrado bastante cautelosa, a decir verdad. ¿Sus hüteur saben de esto?

—Sí. Pero ellos… —sacudió la cabeza—, teníamos poco tiempo, y necesitaba desarrollar cuanto antes mis otros dones. Pero ahora… si alguien sabe que soy clarividente, podrían incluso decir que ocupo mi don para sacar ventaja en las pruebas.

—Mi dulce niña, ser descalificada sería el menor de tus problemas —le alisó el cabello y le dio un beso en la frente—. Supe del atentado que hubo contra ti, toda la pirámide se enteró, pero si supieran que encima posees el don de la predicción… —negó con la cabeza y adoptó un semblante serio—. ¿Jamás has entrenado tu habilidad?

—Nunca. La única vez que hablé con alguien de mi misma condición fue sólo para escuchar las advertencias acerca del anonimato, pero no me dijo cómo desarrollar mi don.

—Bien —Beryl suspiró—. Te daré clases particulares, pues. Si mi señor Chronos me avisó de que estarías en mi aula esta tarde, seguramente es porque esperaba algo de mí, y quizá fuera esto.

—Mi señora, yo… —Elizabeth balbuceó, impresionada y agradecida a partes iguales, sus mejillas ardían—. Yo… no sé qué decir, mi señora.

—No tienes que decir nada —Beryl sonrió—. Literalmente, de hecho. Nadie debe saber que te entreno, ¿está bien? Podríamos despertar sentimientos indeseados en el resto de tus compañeros.

—De mi boca no saldrá ni una sola palabra, sensei.

—Excelente. Continuarás recibiendo las clases con el resto de estudiantes. Así, abarcaremos aquí la parte teórica, y cuando estemos a solas, nos enfocaremos en la parte práctica.

—Como usted ordene, sensei.

—Nos reuniremos en esta misma aula, a las cinco de la mañana, de esa forma tu psique estará todavía susceptible por el sueño. ¿Crees poder venir tan temprano?

—El hüteur Thrampe me despertaba a esa hora para ir a calentar —asintió Elizabeth—, no creo que esto sea un problema.

—Magnífico —Beryl le besó una mejilla—. Ahora vete, y recuerda mantenerlo en secreto.

—Así lo haré, mi señora —Elizabeth realizó una profunda reverencia—. Muchísimas gracias por su ayuda, que el Dios Chronos la llene de bendiciones.

Giró sobre sus talones y abandonó la habitación.

Regresó por el pasillo por el que había venido, sintiéndose emocionada y aliviada a la vez. Un asunto menos del qué preocuparse. Ahora, sólo le quedaba dar lo mejor de sí. Eso, e intentar mantener en secreto sus actividades. No esperaba que fuera tan difícil, a Kya y Cleopatra les había dicho que las clases a las que acudía eran de historia cultroriana, una asignatura en la que debía sumergirse forzosamente para las pruebas, pero lo bastante repudiada por las eruditas como para que no quisiesen acompañarla. Kya había comentado que podría salvar ese detalle leyéndose todos los libros de  historia de la biblioteca, al fin y al cabo la infusión capsciere le ayudaba a fijar la información, pero Elizabeth había rebatido la idea argumentando que prefería recibir las clases como tal. Esperaba que Gabriella no pusiese resistencia al respecto, aunque nadie la había visto después de la prueba de cacheo.

Cortó el hilo de sus pensamientos al identificar una figura a varios metros por delante de ella. La larga trenza era lo primero que llamaba la atención, pero lo que caracterizaba al individuo eran sus ojos bicolores, uno negro y uno rojo. El hüteur Kotoro conversaba con otra erudita, una erabu, a juzgar por el color mostaza de su túnica y el distintivo en forma de dedo que llevaba bordado en el pecho, del lado izquierdo. Los eruditos erabu recorrían el mundo en busca de niños y niñas con habilidades que pudiesen ingresar en cualquiera de los centros especializados, como lo era el Templus. Elizabeth aguardó a que la erudita se marchase, antes de aproximarse al hüteur Kotoro con algo de timidez.

—¡Señorita Monanti! —la saludó el hüteur nada más detectarla—. Qué gusto verla de nuevo, ¿hay algo que pueda hacer por usted?

—Yo… —Elizabeth carraspeó, arrepentida de que el hüteur no pudiera leerle la mente en esos momentos—, sí, me… me gustaría intercambiar algunas palabras con usted, hüteur. En privado, de ser posible.

—Por supuesto —el hombre esbozó una sonrisa extraña, y le dedicó a Elizabeth una mirada de… ¿complicidad?—. Tome mi brazo, nos teletransportaré hasta mi despacho. Será más rápido.

—No sabía que tuviese el don de la teletransportación, mi señor.

—Es parte de lo bello de ser magyassu.

A diferencia de la aparición de sus señores Garque, la teletransportación del hüteur Kotoro era silenciosa y sin explosiones de luz que los anunciase, por lo que en un abrir y cerrar de ojos, Elizabeth se hallaba en el pasillo de los linajes, frente a una puerta cuyo letrero rezaba: «linaje Kotoro». El hüteur apoyó una mano sobre la madera y, casi al instante, sobre su dorso brillaron las iniciales «MK», antes de desaparecer y dejar la piel intacta, al tiempo que la puerta se deslizaba sola hacia dentro.

—Las damas primero, por favor.

Elizabeth se adentró en la estancia seguida por el hombre quien, cerró la puerta tras de sí y aplicó encantamientos de protección. El despacho del hüteur Kotoro habría podido pasar por uno común y corriente, de no ser por lo extraño de los muebles, elaborados todos con un cristal opaco, como ahumado, que Elizabeth no había visto con anterioridad. Incluso la pared de su derecha estaba fabricada con ese cristal. A través de él se vislumbraba el aula vecina, un salón amplio como el de la hüteur de Gabriella, en donde una pareja de estudiantes de la rama real de plata realizaban sus deberes.

—Se llama cristal ahumado —explicó el hüteur al pasarle de lado, e ir a ocupar la silla detrás del escritorio—. Al menos, el de los muebles. Es mi color característico —acarició la mesa mientras esbozaba una media sonrisa—…el de la pared, por otro lado, se llama cristal unidireccional. De esa forma, puedo ver lo que hacen mis estudiantes al otro lado, mientras que ellos solo perciben una pared de espejo. Pero por favor, tome asiento —agregó con educación—. ¿Hay algo de beber que pueda ofrecerle? No soy muy afecto al vino, pero sí al té.

—Gracias, hüteur, pero mis compañeras seguro me esperan para la cena, y no me gustaría demorarme —se sentó en una de las sillas acojinadas—. Yo… en realidad venía a preguntarle por… —se movió incómoda en su puesto—, por lo que pasó hoy en la mañana.

—Ah, sí, la prueba de cacheo —los ojos de Kotoro brillaron, sus labios se torcieron en una sonrisa ladeada. A Elizabeth la recorrió un escalofrío—. La señorita Altus ha venido a cuestionar también mis acciones…

—¿Gabriella? —Elizabeth puso cara de desconcierto—. Gabriella… ¿Gabriella sabe que usted me dejó pasar?

—Sus tres amigas lo saben, ¿no? —el hüteur se encogió de hombros—. Las tres sabían que usted poseía un frasco de infusión capsciere, aunque sólo la señorita Altus tuvo el valor de enfrentarme. Ella y usted, por supuesto.

—¿Por qué? —Elizabeth lo miró con fijeza—. ¿Por qué nos dejó pasar, si vio lo que vio?

—Para empezar, sus amigas son inocentes. Ellas no bebieron la infusión capsciere, pero usted, sí. Y sé que la seguirá bebiendo en el transcurso de las pruebas. ¿Por qué no delatarla, dice? Bueno, cierto es que pienso que Cultre prosperará en manos de una gobernadora como usted, pero… —deslizó un dedo por el borde de la mesa acristalada—, hay peligros peores que la declaración que pude haber hecho esta mañana, señorita Monanti. Peligros que la están acechando desde las sombras. No soy quien para detenerla, mi señor Chronos así me lo ha revelado.

—Usted… ¿posee el don de la premonición, cierto?

—No se debe hablar con tanta libertad sobre ese don, ¿no se lo ha advertido la pitonisa Beryl Wonna a Edfu Cheops?

«Lo sabe», pensó Elizabeth con una sensación de pánico creciente. «Sabe que he estado en las clases con la sensei Wonna… ¿sabrá que va a entrenarme?»

—Entonces, llevaré ofrendas a mi señor Chronos como muestra de agradecimiento —se levantó, de pronto sin querer quedarse ni un minuto más en compañía de aquel hombre—. De cualquier modo, gracias por su ayuda, hüteur.

Realizó una torpe inclinación antes de dar media vuelta y encaminarse rumbo a la puerta.

—Señorita Monanti —la llamó el hüteur cuando ya tenía una mano en el pomo—… mi señor Chronos me ha pedido que no la obstaculizara esta vez, pero no creo que para la próxima corra con tanta suerte.

 

***

N/A:

¡Holaaaa criaturas de mi vida!

Actualizando, sí, un poco a las carreras, porque estoy hasta el tope de trabajo, yendo a contra reloj para poder enviar a concurso otro proyecto… ¡crucen los dedos por mí! Porque hay que ver, me estoy matando como no lo hacía desde Cultre para hacerlo bien…esperemos que al menos me gane una palmadita por parte del jurado >.<

Pero pasemos al cap… ¿qué les ha parecido? Tengo que confesar que me encanta trabajar el personaje de Beryl Wonna, ¿qué opinan de ella? ¿Y del hüteur Kotoro? Otro sujetillo interesante…¿A qué se referirá con la advertencia que le ha hecho a Elizabeth? ¿Qué nuevos peligros esperan a la joven? Dudas, comentarios o sugerencias, ¡tecleen que yo los leo!



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