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Destino II. Epidemia. » Miradas
Destino II. Epidemia. (R15)
Por Kajiura
Escrita el Martes 5 de Mayo de 2015, 23:20
Actualizada el Miércoles 4 de Octubre de 2017, 01:30
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Miradas

XIII

Miradas

 

El salón era tan brillante y etéreo como lo eran el resto de las estancias celestiales. Alrededor de una mesa de cristal se sentaban cinco mujeres de aspectos e indumentarias varias. Todas conversaban entre sí, rodeadas por un ambiente de preocupación y severidad. Repentinamente, hubo una explosión de luz, y Zehel, el gran señor del cielo se materializó, con su túnica blanca y su porte altivo.

—No se levanten —atajó la divinidad con un gesto impaciente—. Entre más rápido comencemos, más rápido podré ocuparme de lo verdaderamente importante.

—Con el debido respeto, mi señor, pero esto también es importante —comentó una de las mujeres, vestida con el uniforme negro del ejército, con la diferencia de que las placas que portaba eran de oro en vez de plata. Tenía el pelo rojo recortado a la altura del mentón, dueña de unos ojos almendrados de color verde esmeralda. Se trataba de Atenea, Diosa de la guerra justa—. No debería menospreciar así el valor de esta reunión.

—Agradezco la observación, Atenea, pero creo ser capaz de discernir un acontecimiento de otro.

—Y le aseguro no dudamos de su buen juicio, mi señor —se apresuró en decir Senet, señora de la sabiduría—. Lo que sucede es que nos preocupa la situación.

—No podemos permitir que Aranea haga lo que le plazca —intervino una fémina de tez dorada, ojos muy separados de color café oscuro y cabello negro recogido en una trenza. Lucía un mono elástico, botas y un broche de oro en forma de estrella de cinco puntas, del lado izquierdo del pecho—. Que Ferzeo la apoye sólo demuestra lo sucio e injusto que juega y jugará siempre el averno.

—Ferzeo tiene un interés de por medio, mi estimada Tamara —Zehel ocupó el único puesto que quedaba vacío—. Además, Aranea aún no interviene de forma directa.

—Con el debido respeto, mi señor, pero me parece que con todo lo que Aranea hizo por Tyr mientras estuvo con vida, fue más que suficiente como para catalogar su intervención de directa —opinó la cuarta mujer con movimientos elegantes, de ojos dorados y rasgados, el pelo lo llevaba recogido en un moño muy apretado. Vestía un kimono muy elaborado, que iba entre las tonalidades blanca y turquesa. Era Amaterasu, patrona de la esperanza—. No sólo lo convirtió en un monstruo, sino que dio protección a su palacio, y le ofreció a sus propios demonios para pelear, sin contar con que por poco lo convierte en un ser inmortal.

—Permíteme recordarte, Amaterasu, que la conversión de Tyr y los demonios proporcionados fueron parte del pacto que hizo con Aranea. Respecto a la protección que otorgó al palacio, nosotros procedimos de la misma forma enviando a Makoto a resguardar el Templus. Y sobre la inmortalidad… ella no se la otorgó directamente, contactó a una diablesa Dasell que poseyera dicha mercancía y luego la presentó a Tyr para que pudieran cerrar el trato. No hubo nada directo en realidad, simplemente Aranea supo aplicar cada una de las cláusulas de su propio contrato con Tyr.

—Una interpretación astuta y retorcida —habló la quinta mujer. El largo cabello le caía en ondulaciones hasta la cintura, castaño oscuro y semi recogido con una peineta, sus ojos pequeños centelleaban celestes. Su nombre era Meret, y era la señora de la paz. Tenía puesto un vestido de seda, con tirantes gruesos, ajustado hasta la cintura y suelto en tablones a la altura de los tobillos—. Aun así concuerdo con Tamara, debemos hacer algo.

Zehel suspiró con fastidio.

—¿Algo como qué? ¿O es que no has escuchado nada de lo que dije? Aranea no ha intervenido directamente. Por ende, nosotros no tenemos por qué tomar cartas en el asunto.

—Tal vez no todavía, pero lo hará —retomó la palabra Atenea—. Ya ha oído lo que traen nuestros informantes: Ferzeo le ha dado permiso para llevar a cabo personalmente su venganza. Y aunque se siga valiendo de la sirvienta para atacar al Monanti dentro de la pirámide, no dudará en usar sus propias artimañas para cazarla una vez se encuentre fuera.

—Me parece, querida Atenea, que tu naturaleza belicosa nubla tu perspectiva de la situación —le rebatió Zehel—. Es cierto, nuestros informantes nos han avisado acerca de la autorización de Ferzeo, mas eso no significa que Aranea vaya a intervenir de forma directa.

—Pero mi señor, no podemos esperar a que realmente lo haga —objetó Tamara—. Se supone que somos los protectores de los mortales valerosos y nobles, ¿en dónde quedaría dicha afirmación si permitimos que los dañen?

—También somos pacifistas —Zehel entrecruzó los dedos sobre la mesa—, y eso implica no intervenir o romper las reglas hasta que sea absolutamente necesario. De cualquier forma, los mortales a veces necesitan una buena dosis de sufrimiento para recordar que dependen de nosotros.

—¿Por eso acorralaste a Astucieus Thrampe? —escupió Atenea, furiosa—. ¿Para que sufriera y recordara que necesita de ti?

Los ojos de Zehel se oscurecieron.

—No creo haberte dado permiso para tutearme, Atenea. Y en todo caso, lo que yo haga o deje de hacer no es asunto tuyo.

—Y tiene razón —atajó Senet con suavidad—, no somos quién para juzgar sus acciones, mi señor. Sin embargo, somos protectoras de los mortales, y en lo que respecta a ellos sí podemos intervenir.

Zehel respiró hondo y pasó la mirada por cada una de las Diosas, deteniéndose en Atenea, cuyo brillo fiero no se había desvanecido de sus ojos.

—De acuerdo. ¿Qué es lo que sugieren?

Cuatro de ellas hablaron a la vez.

—¡Deberíamos darle muerte! —rugió Atenea.

—Hay que devolver el golpe, en proporción a las acciones que lleve a cabo —sugirió por su parte Tamara.

—Pienso que deberíamos hablar con Aranea, quizá se pueda llegar a un acuerdo sin derramamiento de sangre —argumentó Meret.

—Siempre he creído que todo ser tiene un lado valeroso, y Aranea no debe ser la excepción —dijo Amaterasu—. Tal vez debamos apelar a él y mostrarle el daño que ha causado, para que así recapacite…

Zehel arrugó la expresión, si bien había captado cada una de las sugerencias.

—¿Senet? —inquirió una vez el aluvión de voces se hubiera aplacado—. ¿Cuál es tu propuesta?

La aludida tomó una respiración profunda.

—No se le puede pedir bondad a un höllechat —comenzó—, y tampoco creo que Aranea desvíe la vista de su objetivo. Si se ha atrevido a pedirle a su señor que le permita intervenir, es porque está dispuesta a todo con tal de alcanzarlo. Pienso que debería ser aniquilada, mi señor. No obstante y, tal y como ha señalado anteriormente, somos Dioses pacifistas, por ende, sugiero que se autorice a un miembro de la triada a intervenir según sea la magnitud de los ataques de Aranea en contra de la señorita Monanti, siempre y cuando estos se lleven a cabo fuera de la pirámide. Sobre lo que la sirvienta haga nada podemos hacer, ya que existe un contrato que la obliga a acatar órdenes, pero el resto de agresiones me parece que sí podríamos interceptarlas.

—Siempre la voz de la razón, Senet —Zehel enarcó una ceja—, benditos los Dioses que te pusieron en dicho cargo —agregó, aunque esta vez, su timbre tenía un toque de amargura—. Estaría de acuerdo contigo en todo de no ser porque, ¡ah! No se puede asesinar a una Diosa.

Hubo un silencio incómodo, Meret y Amaterasu se removieron en sus sillas, mientras que Tamara y Senet bajaban la vista, esta última con las mejillas encendidas. Al final, fue Atenea quien habló.

—En realidad, sí se puede, y usted lo sabe bien, mi señor.

Zehel la fulminó con la mirada.

—Cierto, pero la espada asesina de Dioses no está en mi poder, y dudo que ninguna de ustedes quiera ir a preguntarle al Señor del Tiempo su paradero.

—Yo iré —musitó Senet, aunque su afirmación se escuchó fuerte y clara—. Creo… creo que podría convencer al amo de la nada que me rebelase su ubicación.

Zehel rio con desdén.

—Retiro mis palabras, no siempre eres la voz de la razón. Chronos no te confiará nada, Señora de la Sabiduría, a menos que pagues un precio muy alto. Y te prohíbo terminantemente que des tu vida a cambio… no quiero que se repita lo de la última vez. Por otra parte, lo de la triada me parece una buena idea, Tamara, asígnale a Makoto la misión.

—Como ordene, mi señor.

—¿Y si se sobrepasa? —increpó Atenea—. ¿Y si no se conforma con agredir a Elizabeth Monanti? Senet ya lo dijo, Aranea no se detendrá ante nada, está dispuesta a quemar el mundo si con eso consigue lo que quiere. Debe ser exterminada.

—Mi señor, permítame dialogar con el señor Chronos —retomó la palabra la Señora de la Sabiduría—, le prometo que no me sacrificaré.

Zehel la miró largo rato.

—Hazlo —dijo al fin y se levantó—, pero te advierto que no sacarás nada en claro.

Y sin despedirse o añadir algo más, desapareció.

 

Elizabeth estuvo inconsciente durante todo un día. Cuando volvió en sí, el alivio de haber sobrevivido quedó eclipsado ante el malestar general que sentía. La garganta le escocía como si alguien le hubiera introducido un hierro candente por ella, a tal punto que incluso el agua era difícil de pasar. Sus amigas llegaron a visitarla, y le informaron que el Saigrés había retrasado el inicio de las pruebas, a fin de que ella estuviera presente en el examen de cacheo.

—Aún no nos dicen cómo van a examinarnos —comentó Kya con un meneo pesaroso de la cabeza—, así que yo te sugiero que no te pongas loción, Ely.

Elizabeth no entendió a qué se refería la cobriza, hasta que Gabriella realizó una pantomima de alguien empinándose una botella, y fue cuando se acordó.

—Oh, ya… —miró a su alrededor, pero la enfermera no andaba por allí. Aun así, optó por ser cautelosa—. No, no lo haré. De todos modos… tampoco me siento con ánimos de nada.

—Es normal, ese veneno estuvo a punto de matarte —Cleopatra hizo una mueca—. De no haber sido por Andrómeda…

—Por Kya —le corrigió Gabriella—. Estoy segura de que Andrómeda no habría movido un solo músculo, si Kya no la hubiera amenazado.

Le contaron a Elizabeth lo acontecido en medio de todo el caos.

—¿Tan mal le caigo a Andrómeda como para tener que obligarla a salvarme?

—A Andrómeda no le cae bien nadie —bufó Kya—. Tampoco la he visto usar su don de sanación en ninguna otra persona que no sea ella misma. Por algo su animal característico es una hirudinea.

—¿Una… qué? —preguntó Elizabeth, desconcertada.

—Una sanguijuela —explicó Gabriella—, hirudinea es el nombre científico.

—Ah… —Elizabeth parpadeó—, no sabía que ese fuera su animal característico —torció el gesto—. Qué asco.

—Y así mismo es su interior. Pero, ¡ja! No contaba con mi ardiente intelecto —Kya sopló la llamita que había encendido en la punta de su dedo índice—. Siempre estoy un paso por delante de ella, le guste o no.

—Con todo y tu ardiente intelecto —rio Gabriella—, hay que tener cuidado con ella. En especial ustedes dos —señaló a Kya y Cleopatra—, que van a disputarse el puesto de Tercera al mando.

—Por cierto, Gabs, dicen que las pruebas para Segundo son sumamente brutales —comentó Cleopatra—, ¿no estás nerviosa por eso?

Gabriella suspiró y hundió los hombros.

—Y si no estaba nerviosa acabas de ponerme, Cleo. Muchas gracias.

Kya fue la primera en soltar una carcajada, seguida de las otras tres.

El resto de la semana Elizabeth lo pasó medio estudiando —al final le pidió a Gabriella que le trajera algún libro de la biblioteca que pudiera serle útil— y medio pensando. En especial, pensando; los restos de la infusión capsciere no tardaron en desvanecerse, por lo que fijar tantísima información le fue casi imposible. Se dedicó mejor a darle vueltas a lo ocurrido: quien quiera que le hubiese enviado los chocolates se había fijado en el cortejo que había mantenido con Érix Kunne durante la cena en la que se conocieron. ¿Pero quién? Había sido una reunión privada y por ende, los candidatos a posibles amenazas eran escasos.

Escasos, mas no nulos.

Megan Dadle era la principal sospechosa, a su parecer; a Duncan Zephyr apenas y lo conocía, sus señores Garque estaban descartados al igual que Érix, aunque sus hermanas… sus hermanas habían sido afables con ella, salvo tal vez, Eunice. Todavía recordaba la mirada de envidia que le había lanzado al saber que poseía más de un don natal.

—Tengo que cuidarme las espaldas —musitó más para sí—, ahora más que nunca.

La dieron de alta una noche antes de la prueba de cacheo. Ninguna de sus compañeras sabía cómo las iban a evaluar, y el ambiente en la habitación era bastante tenso, Elizabeth ni siquiera estaba segura de qué se esperaba de ella en dicha evaluación.

—Buscan saber si haces o harás trampa en las pruebas —le explicó Gabriella—. Existen tres formas de cachear a los candidatos: estudios de sangre, infusión de la culpa y registro mental. Los primeros son los más tardados, así que dudamos que vayan a emplearlos, en vista de lo cortos de tiempo que andamos. La infusión de la culpa te hace tener alucinaciones acerca de todas las cosas malas que has hecho a lo largo de tu vida, por lo que acabas confesando todos tus crímenes a voz en grito —torció el gesto en una mueca—. Es la más dolorosa, pero eficaz. Y por último, el registro mental lo lleva acabo un telépata, en las últimas selecciones quien lo ha realizado ha sido el hüteur Kotoro.

—¿Es lo mismo la telepatía que la manipulación?

—No. La manipulación puede hacer que las personas hagan cosas en contra de su voluntad, mientras que la telepatía, se limita a leer los pensamientos de los demás, y a comunicarse con otras mentes. Un telépata no puede controlar a las personas, de la misma manera en la que un manipulante no puede saber lo que estas piensan. Lo sé porque en nuestro salón de clases había un par de gemelos, chico y chica, uno con la habilidad de manipular y, la otra, dueña del don de la telepatía. Eran discípulos del hüteur Kotoro, de hecho.

—Una vez el hüteur Thrampe quiso manipularme, pero antes, tuvo que darme una infusión para poder tener acceso a mi mente… ¿crees que el hüteur Kotoro tenga que hacer lo mismo para poder leer mis pensamientos?

—No lo sé… a decir verdad, es la primera vez que oigo de alguien cuya mente esté protegida… supongo que es por tu propio don de la protección, ¿no?

—Sí —Elizabeth se giró sobre uno de sus costados y se arrebujó mejor bajo las mantas. Estaba oscuro, y las respiraciones de las cuatro eruditas restantes llegaban claramente a sus oídos, Andrómeda roncaba ligeramente—. Gaby, ¿crees que me descalifiquen por lo que hice en la cena con los Kunne?

—No, no tendrían por qué. Aquello no fue una prueba como tal, no en toda regla, quiero decir.

—No, supongo que no. Aun así, me resulta incómoda la idea de alguien hurgando en mis pensamientos.

—Lo sé. A mí también.

—¿Hay algo de tu vida que te avergüence?

—Muchas cosas —Gabriella bostezó—, aunque no creo que sean motivo para descalificarme.

—Espero que… eso, no sea un motivo para descalificarme a mí —Elizabeth suspiró y cerró los ojos—. Duerme bien, Gaby.

—Igualmente, Liz. Que descanses.

No obstante, los sueños de Elizabeth le impidieron descansar. No recordaba el sueño específicamente, pero cuando despertó, se sentía como si no hubiera pegado ojo en toda la noche. Ni siquiera el golpe de agua fría bajo la ducha consiguió despejarla del todo. El Saigrés había anunciado la tarde anterior que el cacheo se llevaría a cabo en el comedor general, y que los candidatos debían ir en ayunas. A Elizabeth este hecho le beneficiaba más que molestarle, ya que aunque hubiese querido, no habría podido ingerir alimento alguno. Alcanzaron su destino en completo silencio. Las puertas del comedor habían sido selladas, y los candidatos aguardaban fuera, cuchicheando entre ellos en voz baja.

—¿Han dicho ya cómo van a evaluarnos? —le preguntó Gabriella a Ian.

—Aún no. Pero espero que no se demoren demasiado, porque me muero de hambre.

—Seguro nos hacen estudios de sangre —comentó Kya—. De lo contrario, no nos habrían pedido que viniéramos en ayunas.

—No lo sé, también podrían darnos la pócima de la culpabilidad —argumentó Cleopatra, nerviosa—. Quizá nos pidieron que viniéramos en ayunas para evitar que vomitásemos o algo.

Elizabeth iba a opinar, pero las puertas se abrieron y dejaron ver a dos de los miembros del Saigrés, Thanos Tsuul y Vlad Tie, el primero distinguible por su prominente mandíbula cuadrada, y el segundo, por tener la mitad de la cabeza afeitada.

—¡Su atención, por favor! —habló Tie con la voz magnificada—. ¡A continuación realizaremos la evaluación de cacheo, la cual, será ejecutada a través de un registro mental!

Hubo murmullos inquietos y miradas nerviosas.

—¡Dicha prueba será llevada a cabo por el hüteur Maks Kotoro! —siguió el corpulento Tsuul—. ¡Para quien no lo conozca, se trata de un magyassu muy habilidoso, por lo que si han infringido las reglas, les recomendamos que abandonen la pirámide, antes de ponerse en evidencia!

Nadie se movió. Elizabeth sentía cómo el corazón le retumbaba dentro del pecho. De repente, una joven erudita alzó una mano.

—Pero si nos harán un registro mental, ¿para qué pedirnos que viniéramos en ayunas?

—¡Algunos son muy sensibles a la invasión mental! —explicó Tie—. ¡Serán evaluados delante de estudiantes y eruditos, además del resto de integrantes del Saigrés! ¡Si han infringido las normas de cualquier forma, por favor, regresen a sus dormitorios y recojan sus cosas!

Silencio. Ninguno de los candidatos movió un solo músculo.

—¡Bien! —Tsuul desenrolló un grueso rollo de pergamino—. ¡Serán llamados por orden alfabético: Admes, Achiles!

Un candidato de rostro pecoso y dientes prominentes se adelantó y atravesó el umbral custodiado por los eruditos supremos. Apenas transcurrieron cinco minutos cuando unos toquecitos se hicieron oír al otro lado de las puertas, con lo que Tsuul llamó al siguiente candidato.

Uno a uno, los aspirantes a Garque fueron pasando al interior del comedor general, de donde no se les volvía a ver. Elizabeth suponía que se quedaban para tomar el desayuno. En un par de ocasiones escucharon gritos provenientes del otro lado, pero ni Vlad Tie ni Thanos Tsuul les dieron mayor explicación. Tampoco dijeron nada cuando un joven que recién había entrado para ser evaluado vomitó de forma estruendosa al cabo de unos segundos del escrutinio mental. Elizabeth se preguntó qué podía haber devuelto si se suponía que estaba en ayunas.

De su grupo, Gabriella fue la primera en ser examinada, seguida por Ian. Los nervios comenzaron a retorcerle las tripas a pesar de que las tenía vacías, y por un instante pensó que vomitaría. Algunos candidatos no soportaron más la espera y se retiraron, Elizabeth nunca supo si lo hacían por aburrimiento o porque tenían algo que esconder. Al menos no era la única muerta de nervios: Edipo Barrior, un erudito que sudaba copiosamente, se enredó con sus propios pies y cayó de bruces nada más empujar las puertas. Su nombre dio paso al de Cleopatra, Egbert y Kya, dejando a Elizabeth sola. Buscó entre la gente algún rostro conocido, algún erudito con el que se hubiera cruzado durante su etapa de Garque provisional, alguien que pudiera dedicarle una mínima sonrisa de aliento, pero no encontró a nadie.

—A veces es mejor estar solo.

Elizabeth ahogó un grito del susto y se volvió. Se topó con unos ojos color turquesa que recordaba bien, aunque era extraño ver a su dueño enfundado en una túnica gris, y no en el uniforme del ejército.

—Teniente Non Ludere —dijo con una mano en el pecho, en un intento por sosegar los desenfrenados latidos de su corazón—. No… no sabía que participaría en las pruebas.

—Es mi intención, sí —el militar de cabellera negro azulada inclinó la cabeza—. Aunque mis superiores opinan que debería quedarme con el puesto de capitán.

—Oh…no sabía que lo habían ascendido. Mis más sinceras felicitaciones. Pero porqué… ¿por qué cree que es mejor estar solo?

Andrads se encogió de hombros.

—En estos casos, la histeria resulta una enfermedad por demás contagiosa.

Elizabeth se secó las manos sudorosas y asintió.

—Sí, supongo que tiene razón.

—¡Monanti, Elizabeth!

La aludida se volvió. Tomó una profunda bocanada de aire para serenarse, antes de avanzar hacia las puertas del recinto y empujarlas. No notó que estas realizaban una pequeña oscilación a su espalda, demasiado preocupada por la enorme cantidad de miradas que se clavaban en ella.

Por eso, y porque acababa de recordar que sí había infringido las reglas.

Megan Dadle le había dicho que tenía prohibido comunicarse con los Garque de cualquier manera, pero ellos le habían escrito y le habían mandado la infusión capsciere. Y no sólo para sobrevivir al encuentro con el Verzaik, sino, precisamente, para hacer trampa en las pruebas.

—¿Señorita Monanti? —la llamó Itzal Txaran. Elizabeth dio un respingo—. Tome asiento, por favor.

—Sí… lo siento —balbuceó la chica y volvió a ponerse en marcha, en dirección a la silla que había en el centro de la estancia, frente al conocido hüteur Kotoro, con su larga trenza y sus ojos bicolores, uno negro y uno rojo.

—¿Nerviosa? —le preguntó el hombre con afabilidad.

—Un poco.

El hüteur sonrió.

—Relájese. No tiene nada qué temer, si no tiene nada que esconder —extrajo de entre los pliegues de su túnica una botella con infusión—. Me enteré de que uno de sus dones protege también su mente, así que voy a pedirle que se beba esto.

—Si no es indiscreción, mi señor, ¿pero quién le ha dado tal información?

—Nadie, pero es mi deber como examinador indagar si alguno de los candidatos poseen dones que puedan obstaculizar mi trabajo. Eché un vistazo en las mentes de todos, pero cuando intenté asomarme a la suya, me topé con una barrera tan hermosa como su dueña —Elizabeth se ruborizó—. Ahora beba, por favor.

Elizabeth obedeció: agarró la botella, le quitó el corcho y bebió su contenido hasta la última gota. Aguardó a que el líquido hiciera efecto, esmerándose mientras tanto en poner su mente en blanco. A lo mejor de esa forma el hüteur Kotoro no alcanzaba a distinguir la verdad que tanto la atemorizaba. No recordaba haber sentido nada cuando Astucieus le dio aquella infusión, por lo que no sabía qué esperar al respecto. Sin embargo, debía existir un cambio notorio en ella, porque transcurridos varios segundos el hombre anunció:

—Bien, aquí vamos.

Se estremeció al sentir unos dedos helados que le acariciaban el centro de la frente. Poco a poco, se fueron hundiendo en el interior de su cráneo, Elizabeth jadeó y se aferró a los bordes de la silla para no derrumbarse. Un relámpago de luz surcó su visión, luego otro, intercalado con imágenes de sus propias memorias: la charla con Gabriella durante la noche anterior, el rostro de su madre, su estancia en la enfermería, Juliette riéndose de uno de sus comentarios, la hüteur de Gabriella y sus discípulas, alguna conversación con Bryant, el baile con Érix, el entrenamiento con Astucieus, las clases a manos de sus amigas… y una botella color oro pálido.

 

***

N/A:

¡Hola maravillas de mi vida!

Uff, creí que no podría actualizar, pero aquí estamos. Por suerte tengo un colchón lo bastante esponjoso en esta historia, así que solo hube de darle una repasadita. Espero les gustase el cap, ¿qué pasará ahora que se sabe que Elizabeth hace trampa en las pruebas? ¿Qué habrá ocurrido en el pasado entre los Dioses que parece encolerizar a Zehel e involucrar a Astucieus? ¡Vamos, quiero leer sus teorías!

Un abrazo y ya saben, dudas o sugerencias, ¡tecleen que yo los leo!



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