Historia al azar: Yo, Scorpius (II)
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Destino II. Epidemia. » Intervenciones
Destino II. Epidemia. (R15)
Por Kajiura
Escrita el Martes 5 de Mayo de 2015, 23:20
Actualizada el Miércoles 4 de Octubre de 2017, 01:30
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Intervenciones

XII

Intervenciones

 

A la mañana siguiente, en el gran salón, el sonido de la aparición de Astucieus resonó por todo lo alto.

—Tenemos que hacer algo con ese maldito estallido —masculló el Garque en dirección a Bryant, quien se encontraba de brazos cruzados contra una de las columnas del gran salón—, es imposible pasar desapercibido con semejante escándalo anunciándonos.

El castaño asintió. Astucieus no pasó por alto las oscuras ojeras que se le marcaban bajo los ojos.

—Intentaré crear algún hechizo o infusión —miró de reojo las sombras que se perfilaban en un reloj de sol ubicado en una esquina—. ¿Crees que la señorita Astarte tarde mucho en llegar?

—Unos minutos. Le dije que se presentara a las cinco en punto, y aún faltan diez.

—Perfecto —Bryant se enderezó—. Astucieus, he pensado en lo que pasó anoche y aunque sé que vas a odiarme, insisto en que deberíamos retirar a Elizabeth de las pruebas.

El Garque puso los ojos en blanco.

—Dikoudis, ya hemos tenido esta conversación.

—Sí, pero esta vez no se trata de los derechos de Elizabeth. Han intentado asesinarla, por Senet.

—Sí, y por eso he concertado esta reunión con Astarte, para asignarle a Elizabeth un guardaespaldas.

—¿Por qué no puede ser otro? —se exasperó el muchacho—. Yo podría ocupar el puesto de primero al mando…

—Zehel no lo permitirá…

—¿Por qué no? Es el señor de los cielos. Creo que entendería perfectamente lo delicado de la situación…

—No, no lo hará —siseó Astucieus y se adelantó un paso—. No tienes idea de cómo es Zehel, Dikoudis. Ni la más mínima idea.

—¿Y tú sí? —le increpó Bryant con una ceja en alto y los puños apretados—. Porque no me pareces muy religioso como para conocer el comportamiento de cada uno de los Dioses.

—No te pases de listo, Dikoudis.

—No me paso de listo, estoy preocupado por Elizabeth. Por Tamara, Astucieus, hay una profecía que podría estar refiriéndose a su muerte, ¿y tú quieres que siga con esto? Creo que tú eres el que se pasa de inteligente.

—Escúchame bien, hipocampo de mierda —Astucieus cerró la mano en un puño y, sin que la tocaran, la garganta de Bryant bloqueó el paso del aire—. No tienes ni la más remota idea de lo que está en juego. Y tampoco conoces a Zehel. Él no dejará que tú asumas el cargo, y si yo subo al puesto de forma directa, la muerte de Elizabeth será la menor de las tragedias —lo liberó de su influencia, Bryant tosió y jadeó de forma ruidosa—. Ahora, te prohíbo que vuelvas a sacar este tema de conversación. No hay más qué discutir.

Bryant no dijo nada. No podía. En esos instantes, uno de los muros crujió, y dejó ver un pasadizo secreto por el cual salió Isis Astarte, la actual líder de las bakemono.

—Mis señores —la mujer inclinó el cuerpo en la acostumbrada reverencia, al parecer, sin percatarse de la tensión que flotaba en el ambiente. Eso, o fingió no notarlo—. Agente Isis Astarte a sus servicios.

—Bienvenida, agente Astarte —Astucieus se adelantó y dejó atrás a Bryant quien, se frotaba el cuello con disimulo—. Le agradezco respondiera a mi llamado anoche, a pesar de lo tarde que era.

—He consagrado mi vida a su mandato, mi señor. No tiene que agradecer.

—Bien —Astucieus se llevó las manos a la espalda, Bryant llegó a su lado con mala cara—. Tal y como le expliqué, estamos ante una situación delicada.

—Lo escucho, mi señor.

—Han intentado asesinar a la señorita Monanti —Astarte lo miró, alarmada—. Como sabrá, la señorita se encuentra en periodo de prueba, por lo que es muy probable que cualquiera de los candidatos a Garque haya llevado a cabo el atentado. He hablado con el Saigrés y están de acuerdo con asignarle un guarda a la señorita, siempre que este se mantenga encubierto. He revisado los expedientes de sus subordinadas, y tengo entendido que tiene a dos agentes participando en las pruebas.

—Así es, mi señor. Gabriella Altus y Momoka Yane.

—Excelente. Quiero a la señorita Yane en el puesto.

—Con el debido respeto, mi señor —le contradijo Astarte sin atreverse a mirarlo directamente a los ojos—. Pero no creo que Momoka sea la mejor opción. Si va a cuidar a la señorita Monanti, no sólo necesita seguirla de cerca, sino tener la posibilidad de ganarse la confianza de la señorita, y Momoka no es buena con las relaciones interpersonales. Para tal efecto me parece que Gabriella haría un mejor papel, señor.

—¿Corríjame si me equivoco, agente, pero no fue en compañía de ella como pereció su líder? —la mujer no se movió—. Entonces, no veo cómo alguien tan incompetente como Altus podría proteger a la señorita Monanti.

—La señorita Astarte tiene razón —discrepó Bryant, Astucieus estuvo a dos segundos de incinerarlo—. Si no quieres decirle a Elizabeth nada para no incomodarla, entonces tiene que ser alguien en quien ella confíe, y Gabriella Altus me parece una buena opción. Estudiamos juntos, puedo decir que sabrá ganarse a Elizabeth, si no lo ha hecho ya.

—Además —retomó la palabra la agente—, Gabriella tiene talento para las artes marciales, por esa razón mi predecesora le permitió asistir al asalto del palacio del rey Tyr. Sé que puede parecer inexperta y demasiado noble, pero si se me permite decir, se necesita mucho coraje para apuñalar a tu mentora en el corazón. Cualquier otra de las chicas habría sido incapaz.

Astucieus emitió un gruñido quebrado.

—De acuerdo. Asígnele la misión a Altus. Pero se lo advierto —dijo y alzó un dedo—, esto no le dará ninguna ventaja en las pruebas.

—Se lo haré saber, mi señor. ¿Algo más?

El hombre pasó la mirada estrecha por uno y otro.

—Más les vale a los dos que esa muchacha no falle, o serán ustedes quienes paguen las consecuencias.

Y tras alejarse unos pasos, desapareció envuelto en una explosión de luz.

 

Aranea se detuvo justo al borde de las escaleras.

Previamente, había concertado una cita con el señor de los infiernos, mas allí no parecía haber nadie. La sala de reuniones era amplia, un salón que descendía en espiral, peldaño a peldaño, con gradas de roca negra la cual, despedía cierto brillo extraño ante la luz de las antorchas púrpuras que iluminaban la estancia. Y en el centro del recinto, justo en el ojo del huracán, se erigía un trono conformado por diversos huesos, y revestido con retazos de pelo y piel humanos.

El trono de su señor Ferzeo.

La leyenda contaba que, cualquier humano que se atreviese a sentarse en dicho lugar, sería reducido a sus pieles, mismas que  pasarían a recubrir la mortífera silla; por otra parte, si era un Dios el de semejante osadía, acabaría perdiendo la cordura y, por ende, siendo entregado al Señor del Tiempo para su posterior y definitiva aniquilación. Aranea no sabía cuánto de verdad había en aquel mito, pero no le apetecía averiguarlo. Lo que definitivamente era una certeza, era el hecho de que el lugar se hallaba desierto, y que su petición tendría que esperar, le gustase o no.

—Qué divertido es hacerles creer que deberán esperar para ser atendidos —habló una voz venida de ninguna parte. Aranea se detuvo y escudriñó sus alrededores con disimulo—, ustedes, tan acostumbrados a recibir atención al instante… Su cara de frustración me resulta todo un poema trágico.

La Diosa se volvió. Ocupando el trono de huesos estaba su señor Ferzeo, con su habitual túnica púrpura y sus ojos felinos puestos en ella, con sus labios curvados en una sonrisa de lado y un mechón castaño oscuro cayéndole de forma distraída sobre la frente.

La Diosa se estremeció, más aún, al sentir la mirada de su señor recorrerla de arriba abajo y viceversa. En un parpadeo, había descendido las gradas y se había materializado frente a él, incapaz de avanzar ni un solo paso pero temblando a causa de la lujuria y el deseo que de pronto la habían invadido.

—Mi estimada Aranea… —le saludó el Dios con cierto brillo maligno en los ojos—, qué gusto verte de nuevo, luego de la muerte del mortal Furste Phaulius pensé que te recluirías en tus aposentos durante un tiempo.

—Mi señor… —Aranea ahogó un gemido al morderse el labio, sintiendo cómo manos invisibles se deslizaban por debajo de sus ropas—. Yo… aún… aún queda trabajo por hacer, mi señor.

Ferzeo rio, y tanto las caricias como el crudo deseo en Aranea desaparecieron. La Diosa necesitó sentarse en una de las gradas y abanicarse con una mano, no obstante su señor había clavado la mirada en la criatura que permanecía encadenada a la base del trono, la cual, emitió un gruñido bajo.

—Tranquila, mi dulce mascota —murmuró él con cariño en el timbre, mientras con una mano acariciaba la cabeza de la bestia—, no tienes que ponerte celosa.

Aranea le prestó más atención. No era un animal, como en un inicio había pensado, sino una persona, una figura humana, mitad agazapada y mitad derrumbada al lado del trono de Ferzeo. Lucía ropa harapienta sobre un cuerpo que rayaba en lo cadavérico, piel cetrina y marcadas calvicies en la cabeza, el poco cabello rubio lo tenía enmarañado y sucio. A Aranea le sorprendió más el hecho de que se tratara de una simple mortal, que el que le faltase la pierna derecha o que estuviese poseída por un demonio monession.

—Corregiría lo errado de tus pensamientos —habló Ferzeo esta vez, en voz alta y clara—, pero tengo mejores cosas que hacer que disipar mentes perdidas como la tuya. Así que ve al punto —la miró, y en esta ocasión, sus ojos provocaron en Aranea un terror irracional—, y hazlo rápido.

—Solicito permiso para intervenir de manera directa, mi señor.

—¿Y por qué debería concedértelo? No me reportaría ningún beneficio… además de que me repugnan los motivos de tu venganza —escupió el Dios con asco—, enamorada de un burdo mortal…

—Yo no me enamoré de Tyr —se atrevió a replicar Aranea, si bien mantuvo la mirada baja—, pero cierto es que al ser asesinado, esa sucia chiquilla puso en duda mi poderío…

Ferzeo se carcajeó.

—Oh, por favor, querida Ara, Elizabeth Monanti no ha puesto en duda nada tuyo. Salvo, tal vez, tu poder de atracción y seducción, ya que Tyr pareció olvidar su devoción hacia ti en cuanto tuvo su juvenil cuerpo debajo —sonrió, Aranea se clavó las uñas en las palmas al apretarlas en puños—. Típico de los varones mortales… si controlasen mejor sus instintos llegarían más lejos…

—Con el debido respeto, mi señor, pero Tyr perdió la batalla debido a desconocer por completo el tema de los relojes adelantados… del cual yo tampoco sabía.

—Desde luego que no lo sabías, querida, tan sólo eres una Diosa menor, y las Diosas menores son un poquito incompetentes, ¿verdad? De la misma forma en la que no pueden intervenir, no sin beneficiarme de alguna manera, por supuesto. Y tu intervención directa no lo hace. Así que desaparece de mi vista.

—Pero mi señor… —Aranea cayó arrodillada a sus pies—, por favor, se lo suplico, la mortal que ha pactado conmigo no me será suficiente, es tan inútil y…

Ferzeo no la dejó terminar. La pateó en la cara sin titubear ni por un instante, derribándola de espaldas y haciendo que se golpeara la cabeza contra una de las gradas.

—He dicho que te largaras, señora de los condenados —siseó Ferzeo, amenazante. Sus ojos encendidos como si fuesen brazas grisáceas—. No me hagas repetirlo, o seré yo quien te condene a ti.

Aranea no respondió. El golpe la había dejado muy aturdida, de su barbilla y parte posterior de la cabeza escurría un líquido liliáceo que despedía un ligero fulgor mientras se perdía camino abajo y por dentro de sus prendas.

Entonces, algo extraordinario ocurrió. La mujer a la que Ferzeo había denominado como su mascota emitió un jadeo alto, una inhalación que se asemejó más a un ronquido. Al mismo tiempo, sus ojos volvieron a definirse, mostrando una pupila en exceso dilatada, captando de inmediato la atención de ambas divinidades.

—Y así, lo que no debe ser permitido se conferirá, marcando el primer paso del Señor de los Infiernos —recitó con cientos de voces profundas, femeninas—. Porque cuando el pasado retorna al presente sólo puede concebir algo que lo beneficie o lo perjudique, pero de él dependerá que un kodoran blanco y negro extienda sus alas sobre Cultre.

La mujer-mascota volvió a emitir esa especie de ronquido, el cual derivó en un alarido espantoso, quizá torturada por las imágenes que la visión le había ofrecido, o por el hecho de que el señor de los avernos hubiese escuchado la profecía. Cualquiera que hubiese sido la causa de su horror, consiguió que cayera de bruces en el suelo, convulsionando y dejando un reguero de sangre hasta que por fin, permaneció inerte.

—Lástima —comentó el Dios al cabo de varios minutos de silencio, en los que las heridas de Aranea se cerraron lentamente—, sus predicciones no me habían fallado hasta ahora.

—¿Era… una pitonisa?

—Sheila Wonna —Ferzeo miró el cuerpo de la mujer con la cabeza ladeada—, todas y cada una de sus predicciones se cumplieron… y supongo, que esta última no será la excepción.

Aranea contuvo la respiración.

—¿Mi señor? —inquirió sutilmente—. ¿Qué…qué significa eso?

Ferzeo curvó los labios en una perversa sonrisa.

—Significa que tienes permiso para intervenir de forma directa, querida.

 

Gabriella bajó las escaleras con cuidado. A pesar de contar con la iluminación de su flamita color rojo vino, corría el riesgo de caerse debido a lo inclinado de los peldaños, además de la humedad que, conforme descendía, se volvía más y más densa. Por fin, el recorrido terminó en un largo pasillo, Gabriella avanzó por él con pisadas un tanto más firmes. En la superficie, ambos soles proyectaban sus rayos sofocantes, pero allí, a cientos de metros bajo tierra, la oscuridad y la cantidad de bifurcaciones que se desprendían a partir del pasillo por el cual ella avanzaba, harían perderse hasta al mejor orientado.

La guarida de las bakemono tenía tantos eones como mismo tenía la agrupación. Según los registros históricos, todo había comenzado cuando Rin Haruka, una muchacha con el don de la invisibilidad, buscó por todos los medios ser admitida en el Templus. En ese entonces, las mujeres con habilidades extraordinarias apenas y recibían una educación diferente a la de aquellas que no las tenían; así pues, la adolescente entrenó su don desde muy niña, ayudada por los apuntes que su mejor amigo le hacía llegar desde la gran pirámide. Una mañana, ansiosa por demostrar los avances que había conseguido, Haruka se coló en el edificio de Gobernación, en donde atacantes del norte mantenían apresado al Gobernador Supremo. La chica provocó una escaramuza que dio al Garque la oportunidad de librarse de sus captores.

Después de aquello, los guardianes y eruditos volvieron la mirada hacia las mujeres con habilidades, y comenzaron a considerarlas para ser instruidas en el Templus. Por otra parte, el gobernador le asignó a Haruka instructores particulares que completasen su entrenamiento y, diez siglos más tarde, la instó a que formase la congregación de espías, mandando a construir la edificación para tal efecto.

Gabriella recordaba el instante en que recibió su carta de admisión; al parecer, Chihiro Wakana la había estado observando desde que comenzase su preparación en las ramas reales, últimos niveles de instrucción dentro de la pirámide, y había decidido que era apta para formar parte del grupo. Al principio, Gabriella creyó que no lo lograría, que Chihiro se había equivocado al elegirla, pero al cabo de un siglo de entrenar sin descanso, la líder de las bakemono la nombró miembro oficial del grupo, junto con una docena de muchachas mayores que ella. A diferencia de Momoka, quien se graduase después.

Momoka. Se preguntó si la erudita ya la odiaba con tanta intensidad desde sus años en el Templus (si bien desde ese entonces ya se mostraba fría y distante, aunque en opinión de Gabriella, la muchacha era así con todos), o le había agarrado inquina durante su formación como espías. Jamás olvidaría su cara cuando Chihiro la eligió para formar parte del grupo de asalto al palacio del rey Tyr, aunque para esas fechas, la rivalidad entre ambas estaba más que declarada.

Alcanzó la puerta de acero que llevaba a las oficinas de Isis Astarte, y tras recibir el pase, entró. La estancia no tenía nada de extraordinario, salvo, tal vez, que diversas armas se dispersaban por doquier, algunas empotradas en los muros y otras, incluso, aseguradas entre la lámpara de candelabros que colgaba del techo, con sus hojas calentándose perpetuamente en el fuego.

—Mi señora —saludó Gabriella con una reverencia—, he venido en cuanto me ha sido posible, mi señora.

—Toma asiento, Altus. Pero asegura la puerta y los muros antes, no quiero que nadie escuche nuestra conversación.

—Como ordene, señora.

Gabriella obedeció y aplicó hechizos de protección a la puerta y las paredes, antes de ocupar un lugar frente a su dirigente.

—¿Cómo has estado? —le preguntó la mujer mientras abría nueces con una daga—. ¿Qué tal van esas pesadillas?

—Supongo que bien, mi señora.

—Mmm… —Astarte degustó una nuez antes de proseguir—, sólo por el «supongo» intuyo que aún no te abandonan del todo. ¿Me equivoco?

Gabriella bajó la mirada.

—No, señora.

—Entiendo. En nuestra primera misión siempre vemos sangre y muerte, aunque no apuñalamos a nuestra mentora. Con todo y eso, confío en que lo superarás. En especial, si piensas jugar para Segunda al mando —masticó otro trozo de nuez—. Me han dicho que las pruebas para esa candidatura son especialmente brutales.

Gabriella tragó saliva.

—Imagino que lo son, señora.

Astarte rio entre dientes.

—¿No te lo habías planteado, verdad? —Gabriella alzó los ojos para mirarla—. Déjame adivinar, tu principal motivación es el cambiar el sistema legal, convertirte en una juez sabia y justa… —Gabriella se ruborizó—. Por supuesto, resulta muy propio de ti. Pero necesitarás más que buenas intenciones, Altus.

—Lo tendré en cuenta, mi señora.

—Sin embargo —continuó la mujer—, el escorpión deberá ser siempre escorpión, y la mano que lo ayuda a salir del agua, deberá conservar su naturaleza generosa. Es cuestión de que se valga de algunas herramientas para auxiliarlo sin salir herida, como una hoja. Y tú debes hacer lo mismo.

—Lo haré, mi señora.

—Bien —Astarte se llevó la última nuez a la boca, la degustó y tragó—. Ahora, pasemos a lo que nos concierne: tengo una nueva misión para ti, Altus.

Gabriella parpadeó.

—Pero creí… creí que estábamos exentas de nuestras labores como espías mientras durasen las pruebas, señora.

—Sí, pero esta misión es especial. Requiere precisamente de alguien que esté dentro —frunció el entrecejo—. ¿Qué tal te llevas con la señorita Monanti?

—Bien —Gabriella empezó a vislumbrar hacia dónde iba la conversación—. Quiero decir, apenas y nos conocemos, pero siento que hemos conectado bien —se mordisqueó la cara interna de la mejilla—. Mi señora, la misión tiene que ver con el atentado que ha habido en contra de la señorita Monanti, ¿cierto?

—Cierto —Astarte asintió—. Los Garque quieren asignarle un guardaespaldas a la señorita, pero no desean que nadie se entere, ni siquiera ella. De lo contrario, el resto de candidatos podrían tener la impresión de que existen ciertas… preferencias hacia su persona.

—Si no es que ya las tienen —suspiró Gabriella—. Pero mi señora, yo… no creo ser la más apta para esto. Pienso que Momoka lo haría mucho mejor.

—¿En serio? —Astarte arqueó una ceja—. ¿Momoka ha conectado tan bien con la señorita Monanti?

—No… pero quizá pueda hacer cambiar de parecer a Elizabeth respecto a ella.

Su líder rio de nuevo.

—Y si lo consiguieses, serías todavía más apta para llevar a cabo la misión.

—Pero mi señora…

—Busca las herramientas, Altus —la cortó Astarte con calma—. No puedes vivir dudando de ti misma el resto de tus días. Y si lo haces, entonces no eres digna del puesto de Segunda al mando. Cultre necesita un juez justo, sí, pero uno cobarde nos llevará al desastre.

Gabriella apretó las manos y dientes.

—Yo no soy cobarde…

—Entonces demuéstralo.  Además, el señor Dikoudis ha apostado también por ti. Está en juego su palabra y la mía, de hecho, porque el señor Thrampe no estaba de acuerdo con nuestra moción, acerca de que fueras tú la guarda de la señorita Monanti. Te ha tachado de incompetente, por cierto.

—Ese hombre debería verse primero en un espejo—masculló Gabriella con rabia. Pero se cubrió la boca con una mano al percatarse de lo que había dicho, más bien, delante de quién lo había dicho—. Yo… lo siento, mi señora.

Astarte la miró, divertida.

—Bueno, tengo que admitir que a veces yo pienso lo mismo. En cualquier caso, no le reportarías a él, sino al señor Dikoudis, para tu alivio.

—Yo… —Gabriella soltó aire y se hundió en su silla—. No lo sé, mi señora. Me preocupa fallar como le fallé a mi señora Wakana.

—Todos los seres vivos nacen para morir, Altus. Es la única verdad irrefutable. Si no hubieses sido tú quien presenciases su muerte hubiera sido cualquiera de nosotras. Chihiro no tenía salvación, le hiciste un favor al apuñalarla. Lo mismo habría tenido que hacer cualquier otra de tus compañeras si su pareja se hubiera roto una pierna, por ejemplo. Una bakemono jamás abandona a otra, pero si la situación se complica y una de ellas no puede seguir, es menester matarla, antes que dejarla en manos del enemigo. Nuestro grupo no opera rescates, ya lo sabes. Ahora bien, si crees que las palabras del señor Thrampe son ciertas, entonces regresa a la pirámide, y dile a Yane que venga. Para esta misión necesito a alguien noble, pero de nada me sirve si carece de coraje.

Gabriella bufó y cruzó los brazos sobre el pecho. Astarte la había herido en su orgullo, aunque las palabras que más la habían sulfurado eran las de Astucieus, y eso que no lo había tenido enfrente cuando las dijo.

—De acuerdo —barbotó al cabo de unos segundos de silencio—, aceptaré la misión.

—Excelente —Astarte curvó los labios en una media sonrisa—. Deberás seguir a la señorita Monanti allá a donde vaya. Tus reportes serán semanales. El señor Dikoudis te esperará el último día de la semana, a las seis de la tarde, en el gran salón. ¿Recuerdas el pasadizo que conduce hasta allí, verdad? —Gabriella asintió—. Perfecto. Ah, y debes saber que este trabajo no te beneficiará en las pruebas.

—Comprendo. Pero… ¿qué pasará si me descalifican? Una vez descalificados, los candidatos deben abandonar la pirámide.

La sonrisa de Astarte se torció.

—Niña, en serio que no sabes nada… han sido pocos los candidatos descalificados, al menos, los que han jugado para el puesto de Segundo al mando. La mayoría de ellos acaba muertos, no te creas que el machismo es el único culpable de que no haya habido mujeres en ese cargo con anterioridad.

—Oh… —Gabriella tragó en seco—, qué inspirador.

—Lo es, para quienes sobreviven. Pero volviendo a tu pregunta, en caso de que no lo consiguieses, Momoka entraría en tu lugar. Sería un tanto complicado, pero confío en que no debamos recurrir a esos extremos. Por ahora —chasqueó los dedos, y la puerta a espaldas de Gabriella se abrió—, la responsabilidad es enteramente tuya.

Gabriella se levantó y realizó una reverencia.

—No le fallaré, mi señora. Antepondré la vida de la señorita Monanti a la mía.

—Sé que lo harás. Ah, y ni una palabra de esto a nadie, ni a la propia Momoka. A partir de estos momentos, cualquiera puede ser sospechoso. ¿Entendido?

—Entendido, señora.

—Puedes retirarte —la mujer realizó un ademán a modo de despedida. Pero agregó justo antes de que Gabriella traspasara el umbral—. Y Altus… —su subordinada la miró—, la culpa no está en el sentimiento, sino en el consentimiento.

Gabriella calló por unos segundos, mas al final asintió:

—No lo olvidaré, mi señora.

 

***

N/A: ¡Hola caracolas!

Tarde pero sin sueño, aquí está el capítulo de regalo por inicio de año. Estos meses de diciembre - enero han estado muy regalados, ¡eh! Pero advierto que a partir de Febrero volveremos al ritmo habitual que ya llevábamos…o a lo mejor no, quién sabe. Creo que llevo buen paso en lo que a escribir esta novela se refiere, así que tal vez pueda darme el lujo de mantenerla al día más seguido.

Pero pasando al capítulo… ¿qué les pareció? ¿A qué se habrá referido aquella profecía? ¿Qué será de Elizabeth y los Garque ahora que Aranea tiene permiso de intervenir de forma directa? ¡Tecleen, que yo los leo!



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